Existen dos tipos de personas en el mundo: los que caminan como si el suelo les perteneciera por derecho de nacimiento, cuyas risas llenan los espacios vacíos y las palabras les brotan sin esfuerzo.
Y luego están los otros.
Los que parecen tener un mundo interior demasiado vasto, pero cuyas puertas están cerradas con llave. Los que pasan una hora decidiendo si mandar un mensaje o no, y al final no lo mandan. Los raros, los que nadie nota hasta que ya no estan. Los que sienten que el guión de la vida les fue entregado en un idioma que no terminan de descifrar. Los que, por más que lo intenten, nunca parecen terminar de encajar.
Alaska es, irremediablemente, el segundo tipo.
No es que no tenga nada que decir. Ese es el malentendido más común sobre ella, la conclusión apresurada que todos sacan antes de mirar dos veces. "¿Acaso no hablas?" Alaska tiene demasiado que decir. Tiene ideas enteras que se despliegan en su cabeza como mapas detallados, teorías que conectan puntos que nadie más se ha molestado en unir. El problema no es el contenido. El problema es el conducto. . .
Porque entre lo que piensa y lo que dice... hay un abismo. Y en ese abismo habitan todas sus dudas. Un día, quizás, alguien se dé cuenta de que no está vacía. O quizás no. Quizás siga siendo la chica rara que atiende en la librería.