La lluvia golpeaba contra los cristales del refugio, un sonido rítmico que contrastaba con el silencio sepulcral que se había instalado entre ambos. Kai permanecía de pie frente a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte, donde las puertas de Elysium comenzaban a brillar con un fulgor dorado y amenazante.
—Tengo que irme, Blue —soltó él, sin girarse. Su voz era un hilo de acero, firme pero cargado de una pesadez insoportable.
Blue, que hasta ese momento acariciaba distraídamente el borde de una taza de té, alzó la vista. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, una mueca de incredulidad.
—¿Elysium? Kai, no bromees con eso. Nadie va a las Tierras Altas por voluntad propia. Mañana tenemos que ir al mercado, ¿recuerdas?
Él se giró finalmente. No había rastro de burla en sus ojos, solo una determinación sombría.
—No es una broma. Los guardianes han reclamado mi presencia. Hay enemigos que solo mi linaje puede contener, sombras que están despertando en el núcleo. Si no voy, el equilibrio se romperá.
Blue sintió un frío repentino. Se puso de pie, su silla arrastrándose ruidosamente contra el suelo.
—¿Y cuánto tiempo? ¿Una semana? ¿Un mes?
Kai bajó la mirada, incapaz de sostener la de ella.
—No lo sé. Podrían ser años... o décadas. El tiempo en Elysium fluye de otra manera. Es posible que, cuando regrese, el mundo que conozco ya no exista. Por eso, Blue... no quiero que me esperes.
La mujer retrocedió un paso, como si las palabras fueran golpes físicos.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó, con la voz quebrada.
—Te dejo libre —continuó él, acercándose un poco—. Rehén de una promesa no vas a ser feliz. Rehén de un fantasma, menos. Si encuentras a alguien, si decides construir otra vida, hazlo. Te lo pido por favor. No te quedes mirando al cielo esperando un regreso que quizá nunca ocurra.
Blue soltó una carcajada seca, casi histérica.
—Es una broma. Es la broma más cruel que me has hecho nunca. ¡Dilo ya! Di que es un truco para asustarme.
Pero Kai no sonrió. Se acercó para tomar sus manos, para intentar consolarla con el calor de su piel, pero Blue reaccionó con una violencia contenida. Dio un salto hacia atrás, interponiendo la mesa entre ambos.
—No me toques —sentenció ella. Sus ojos, antes cálidos, ahora ardían con una mezcla de furia y agonía—. No te atrevas a besarme para despedirte.
—Blue, por favor...
—¡No! —lo interrumpió—. Si me tocas, si dejas tu rastro en mi piel una última vez, no podré dejarte marchar. Si me besas, ese sabor me perseguirá cada segundo de mi existencia y me volveré loca.
Se hizo un silencio denso, cargado de todo lo que no se dirían. Blue respiró hondo, tragándose el nudo que amenazaba con asfixiarla. Enderezó la espalda y, con una dignidad que le desgarraba el alma, señaló la puerta.
—Vete a tu guerra, Kai. Ve a enfrentar a tus enemigos. Pero vete ahora mismo, sin despedidas, sin roces. Vete antes de que mi corazón me obligue a suplicarte que te quedes.
Kai asintió lentamente. Entendía que ese rechazo era la única forma que ella tenía de sobrevivir al adiós. Sin una palabra más, cruzó el umbral. La puerta se cerró tras él, y en la penumbra de la sala, Blue se hundió en el suelo, abrazándose a sí misma, guardando el espacio vacío que él acababa de dejar.