Los chupasangres... Allá voy.

No son los típicos de las pelis con piel de mármol y drama romántico... No... Estos son parásitos. Seres que un día eran humanos y hoy beben sangre como si fuera una cerveza de terraza. No hay nada atrayente en ello... —Dios, que daño hizo ‘Crepúsculo’ —, solo hay un hambre voraz que te deja seco como una pasa.

Convertirse en uno es demasiado fácil: te muerden, te hacen beber su sangre y, si no te matan antes, el cambio empieza. No están muertos, su corazón sigue latiendo pero recordad que ya no son humanos, sino depredadores. 

Sí, despiertas siendo tú… pero no del todo. Porque el hambre llega, y no es algo que puedas ignorar porque se adueña de todos tus sentidos. 

Son más fuertes, más rápidos, más resistentes. Pueden oír tu corazón, olerte antes de que los veas, y cuando salen esas filas de colmillos afilados, probablemente estés perdido.

No suelen ir solos. Se mueven en nidos, como las ratas que son. Cazan juntos, se protegen, se expanden...

Algunos se ocultan buscando discreción, incluso he visto que parte de ellos luchan contra su sed de sangre, pero la gran mayoría ni lo intenta.

¿Debilidades? Olvida el ajo y las cruces... Estupideces del cine clásico. Aquí solo hay una que funciona siempre: les cortas la cabeza y se acabó el problema.

Ah, cuídate de ellos hasta cuando el sol está en su punto más álgido, porque no les afecta en absoluto. El sol no los quema y eso significa que nunca estás a salvo de ellos.