𝕲𝖍𝖆𝖑𝖉𝖗𝖆𝖓

 

Antaño, los dragones caminaban el mundo como fuerzas antiguas, ajenas a la ambición humana. No eran benevolentes ni crueles: simplemente existían. Ghaldran fue uno de ellos. No el más poderoso, ni el más sabio, pero sí el que sobrevivió.
Cuando los humanos comenzaron a cazarlos por sus escamas, su sangre, su poder, muchos dragones se adaptaron. Se ocultaron. Se diluyeron entre aquello que los destruía. Ghaldran no, él eligió perdurar en su verdadera forma.

Allí donde Ghaldran habita, el mundo cambia. La niebla no es un fenómeno natural, tampoco responde al clima, responde a él. Se arrastra entre árboles, ruinas y huesos como si tuviera vida propia. Reduce la vista, ahoga los sonidos y distorsiona la percepción. Quienes entran en su dominio no solo pierden el camino, pierden certeza.
Los pocos que lograron sobrevivir aseguran que, incluso sin verlo, pudieron sentirlo observando y esperando.

Rara vez se muestra por completo. Primero, los ojos; luego, la silueta. A veces solo la voz.
Su forma es vasta, desproporcionada para cualquier escala humana. Sus alas se extienden como estructuras caídas, y su cuerpo parece más una sombra solidificada que carne verdadera.
Verlo no es solo peligroso, es tener la certeza que el fin se acerca.

Altamente territorial, Ghaldran no distingue entre intrusos inocentes o culpables. Extremadamente hostil hacia la presencia humana. No muestra patrones de negociación y tampoco responde a ofrendas. Para él, todo humano es parte de la misma historia: la que terminó en sangre.
Ataca sin advertencia, pero no siempre con prisa. En ocasiones, permite que sus presas corran, se escondan y recen. Para nada es por piedad, sino porque aún perdura su instinto de caza.
No combate como una bestia, lo hace con inteligencia, estrategia.
Su cuerpo es devastador: colmillos, garras y fuerza suficiente para partir estructuras como si fueran leña seca. Su aliento consume: una exhalación de ceniza y muerte que marca a quienes sobreviven, convirtiéndolos en presas inevitables. Puede desvanecerse en la niebla, aparecer donde no estaba y desaparecer antes de ser alcanzado: no siempre está donde se le ve, no siempre se le ve donde está.

Algunos eruditos sostienen que Ghaldran no es el más fuerte de su especie, pero sí el más peligroso. Mientras otros dragones se adaptaron al mundo Ghaldran espera a que el mundo vuelva a él.

 

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La región marcada como su territorio, entre inmensas montañas y bosques muertos, se ve afectada por una niebla constante, con reducción drástica de la fauna. Se escuchan ecos sin una fuente visible, mayormente de origen humano. Hay una fuerte desorientación espacial y el mismo terreno cambia de forma continua. De persistir demasiado tiempo entre la niebla empiezan a presentarse ciertos síntomas: quemaduras superficiales y que se marcan más con el pasar de los minutos; náuseas y vomitos; paranoia conjunto con alucinaciones visuales; sensación de muerte inminente; finalmente, descomposición.
Si van en grupos, caen uno en uno, sin dar aviso, desapareciendo de la nada, los demás se dan cuenta tarde de cada pérdida.

 

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Desplazamiento: capaz de desvanecerse en la niebla, imposibilitando fijar su posición exacta, y reaparecer en cuestión de segundos en un punto distinto. Si hablamos de velocidad: su vuelo en modo crucero es entre 80 a 120 km/h de forma sostenida; en modo ataque o persecución llega a aumentar de velocidad entre 150 a 200 km/h. Sobre tierra, su andar natural es entre 10 a 20 km/h; en caza es entre 40 a 60 km/h.
Exhalación: puede hacer uso del fuego en su interior, pero por lo usual emite una neblina densa con propiedades necróticas, pudiendo marcar a sus enemigos para saber dónde se encuentran (si sobreviven, la marca facilita que Ghaldran los pueda seguir hasta por días).
Influencia psíquica: induce miedo profundo en sus presas y crea alteraciones sensoriales.
Inmunidad: a magia y ataques convencionales, pues sus escamas actúan como una armadura prácticamente impenetrable y, por naturaleza, un dragón tiene dominio sobre la magia. Es una esponja para la absorción de daño. No puede ser aterrado ni seducido.
Presencia: provoca terror al hacerse visible ante sus víctimas, especialmente humanos.

 

 

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