· · · ⎙
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‧₊˚〔 𝐂𝐇𝐀𝐑𝐀𝐂𝐓𝐄𝐑 𝐅𝐈𝐋𝐄 〕
𝗉𝗋𝖾𝗌𝖾𝗇𝗍𝖾𝖽 𝖻𝗒 Nanuzu
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•. ୭ ╱KateBlake
❪៹✼.°❫
× 𝑙𝑒𝑡'𝑠 𝑔𝑒𝑡 𝑠𝑡𝑎𝑟𝑡𝑒𝑑!
⌯ 𝒕𝒉𝒆 𝒃𝒂𝒔𝒊𝒄𝒔 ↴
ㅤㅤ₊:≡: 𝗻𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲: Katherine Anne Blake.
ㅤㅤ₊:≡: apodos: Kate.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗲𝗱𝗮𝗱: 32
ㅤㅤ₊:≡: 𝗴𝗲́𝗻𝗲𝗿𝗼: Mujer.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗽𝗿𝗼𝗻𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀: Ella.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗲: Humana.
⌯ 𝒕𝒉𝒆 𝒔𝒑𝒆𝒄𝒊𝒇𝒊𝒄𝒔 ↴
ㅤㅤ₊:≡: 𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱: Estadounidense.Virginia.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗿𝗲𝘀𝗶𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮: Actualmente nomada.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗼𝗰𝘂𝗽𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻: Ex- militar. Sargento primero en los Boinas Verdes.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗼𝗿𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘀𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹: Heterosexual.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗱𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹: En una relación con Daryl Dixon.
ㅤㅤ
⌯ 𝒂𝒑𝒑𝒆𝒂𝒓𝒂𝒏𝒄𝒆 ↴
ㅤㅤ₊:≡: 𝗰𝗼𝗹𝗼𝗿 𝗱𝗲 𝗼𝗷𝗼𝘀: Azul
ㅤㅤ₊:≡: 𝗰𝗼𝗹𝗼𝗿 𝗱𝗲 𝗰𝗮𝗯𝗲𝗹𝗹𝗼: Moreno.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗹𝗲𝘅𝗶𝗼́𝗻: Delgada.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗿𝗮𝘀𝗴𝗼𝘀 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗶𝗻𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀: Varios tatuajes y cicatrices.
‧₊❑ Tatuaje con la palabra Indomable en la zona interior de la muñeca. Se lo hizo por su madre.
‧₊❑ tatuaje de un par de golondrinas en la zona derecha del vientre, a la altura del ombligo junto al hueso de la cadera. Es una tatuaje que representaba su relación con Mark, dado que las golondrinas son de los pocos pajaroas que eligen una pareja para toda la vida. 
‧₊❑ Lleva el tatuaje del brazo hasta el cuello a juego con Lincoln, y con el resto de su equipo a modo de unión. 
‧₊❑ Lleva un tatuaje de las alas del chaleco de Daryl en la espalda para representar su unión con él.
‧₊❑ En lo referente a cicatrices. Tiene una leve cicatriz en su costado izquierdo de un disparo. En el muslo derecho, en la cara interna, una cicatriz de una línea irregular de otra herida en una misión. En la espalda algunas leves marcas de metralla, apenas perceptibles gracias a que el chaleco recibió el mayor impacto. En el lado derecho de su mentón, en la línea del rostro, una pequeña cicatriz de una caída cuando era pequeña. Estás son algunas de las marcas.
⌯ 𝒄𝒐𝒏𝒏𝒆𝒄𝒕𝒊𝒐𝒏𝒔 ↴
ㅤㅤ₊:≡: 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮𝗿𝗲𝘀:
ㅤㅤㅤ‧₊❑ Padre - John Blake.
ㅤㅤㅤㅤ· · ·〢Fallecido. Comandante en los marines.
ㅤㅤㅤ‧₊❑ Madre - Margarita Rodriguez de soltera. Margarita Blake tras casarse
ㅤㅤㅤㅤ· · ·〢Fallecida. Ex-militar.
╔══════════════════╗
༉‧₊˚. Su equipo estaba formado por;
‧₊❑ William Rhodes
· · ·〢Esposa Emma Rhodes. Hijo en común; Nate Rhodes (2).
‧₊❑ Adam Brown
· · ·〢 Último integrante tras la muerte de Nate Marino.
‧₊❑ Nico Salvatierra.
ㅤ· · ·〢Esposa Linda. Hijos en comun Lisa (10) y Noah (8).
‧₊❑ Lincoln Diaz.
╚══════════════════╝
ㅤㅤ₊:≡: 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗿𝗲𝘀𝗲𝘀 𝗮𝗺𝗼𝗿𝗼𝘀𝗼𝘀: Actualmente está en una relación sentimental con Daryl Dixon.
✧ Anteriormente, y poco más de un año antes de la caída del mundo, Kate estaba casada con Mark Monroe. Un marine con quien mantuvo una relación de 8 años.
ㅤㅤㅤ ⌯ biography ↴
El amor es aquello que nos mueve.
Kate, como la llaman sus amigos, nació en un hogar lleno de amor, digno de una serie estadounidense. Sus padres, ambos militares, se conocieron en una misión humanitaria en Irak, donde pasaron varios meses y surgieron sentimientos profundos entre ellos. Su madre, Margarita Rodríguez, de Andalucía, y su padre, John Blake, provenía de Virginia. Durante un tiempo, mantuvieron una relación a distancia hasta que Margarita decidió no renovar su contrato en el ejército y solicitar un visado para vivir en EE.UU. Dejó atrás a su familia y el confort de su hogar para perseguir el sueño del amor y construir una vida junto al hombre que amaba.
Se casaron, y fruto de esa unión nació Katherine. Desde pequeña, fue una niña inquieta y traviesa. Sus padres, ante su espíritu indomable, decidieron no tener más hijos, pues con ella ya tenían suficiente emoción. Su mente, siempre en ebullición, la llevaba a cometer travesuras impulsadas por la inocencia infantil. Salía corriendo por la calle al ver un perro, cruzaba sin mirar para acercarse a una pastelería o perseguía palomas con la ilusión de atraparlas.
Se crió en un ambiente bilingüe, hablando inglés con su padre y español con su madre. Curiosamente, no pronunció sus primeras palabras hasta los tres años, confundida por la mezcla de idiomas. Pero cuando comenzó a hablar, ya nadie pudo hacerla callar. Su madre la llamaba "lorito" porque siempre estaba contando historias de dragones y princesas o cantando a pleno pulmón. Su amor por la música la acompañó durante toda su vida. Durante la infancia y la adolescencia, tomó clases de canto, guitarra y piano, talento que cultivó hasta su ingreso en el ejército. A partir de entonces, su música quedó reservada para sus amigos y familiares..
Un cuento roto.
La vida suele dar golpes inesperados, de esos que resquebrajan el suelo y redirigen el destino sin previo aviso. Para Kate, el primer gran golpe llegó a los 10 años, durante lo que debía haber sido una escapada familiar al campo.
El plan era pasar el fin de semana lejos de la ciudad como una escapada familiar. Tras salir Kate del colegio, tanto su madre como ella, irían a la parcela y dejarían todo listo para la llegada del padre al día siguiente.
Apenas quedaban los últimos rayos de sol cuando las primeras gotas de una tormenta de finales de otoño comenzaron a empañar el parabrisas. Afuera, el cielo se tornaba de un gris melancólico, con nubes densas que avanzaban como sombras pesadas. El viento mecía con violencia las copas de los árboles a ambos lados de la carretera, haciendo crujir sus ramas desnudas. El asfalto húmedo reflejaba los destellos anaranjados del sol agonizante, mientras la niebla comenzaba a levantarse desde el suelo, creando un ambiente casi onírico.
El repiqueteo de la lluvia contra la carrocería del coche y las ventanas, la música de fondo, la voz de su madre cantando una canción, las notas que componían la melodía y sus dedos intentando seguirlas en una guitarra imaginaria convertían aquel momento cotidiano en algo verdaderamente mágico. De esos instantes que permanecen en la memoria como una fotografía en la que se pueden encontrar toda clase de sensaciones o ninguna al mismo tiempo. Un único sentimiento lo dominaba todo: la libertad.
Mientras su mente vagaba lejos y sus dedos seguían tocando aquella guitarra invisible, los acontecimientos se desencadenaron con una rapidez implacable, llevándola al último recuerdo feliz con su madre. La lluvia, que había comenzado como un leve goteo irregular, se transformó en un torrente furioso. El agua anegó el asfalto, y las ruedas, a pesar de estar preparadas para el invierno, perdieron tracción. La carretera, ahora convertida en una pista resbaladiza, se extendía como un río de sombras brillantes. La siguiente curva se alzaba como una trampa oculta en la penumbra.
El coche derrapó. Los neumáticos chirriaron en un último intento de aferrarse al suelo, pero fue en vano. En un abrir y cerrar de ojos, la gravedad tomó el control. La sensación de vacío se apoderó del estómago de Kate mientras el coche se deslizaba fuera del camino, atravesando la barrera de seguridad como si fuera de papel.
Dio varias vueltas de campana colina abajo, arrancando arbustos y levantando nubes de tierra y hojas marchitas. Cada impacto era un estruendo sordo, un golpe seco contra la dureza del mundo. Finalmente, el vehículo se estrelló contra el tronco de un árbol, que detuvo su caída con un crujido estremecedor.
Aquel árbol… el mismo que le salvó la vida a Kate, pero que, irónicamente, selló el destino de su madre.
Ahí habría terminado la historia de cómo perdió a su madre. Así quedó para el resto del mundo: ella, inconsciente en el asiento trasero del coche. Pero, como suele decirse, la vida no nos deja elegir. Minutos después, recobró la conciencia.
Aún en estado de shock, se quitó el cinturón como pudo, sin siquiera comprender por qué lo hacía. Entonces, llamó a su madre, y solo en ese momento se percató de la brutalidad del accidente. Pero el miedo, la incertidumbre, el dolor de sus propias heridas o cualquier otro sentimiento quedaron relegados a un segundo plano. Una necesidad irracional la envolvió, una urgencia instintiva y primitiva de buscar consuelo en su madre, su mayor refugio, como un niño que busca a sus padres cuando el mundo se desmorona y lo deja indefenso.
Sin ser del todo consciente de sus propios movimientos, salió del coche y se dirigió al lado del copiloto, pues la puerta del conductor estaba abollada contra el tronco del árbol. Al abrirla, se quedó paralizada ante la imagen que se desplegaba ante ella.
El rostro de su madre estaba cubierto de pequeñas heridas, desfigurado por los diminutos fragmentos de cristal de la ventanilla y el parabrisas. Su cuerpo yacía en una posición antinatural, marcado por el impacto y el despliegue del airbag lateral. Un temblor recorrió el cuerpo de Kate, pero no era el frío el que la estremecía, sino el miedo desgarrador de que su madre ya no estuviera con vida.
Se quedó quieta unos segundos, incapaz de pronunciar la palabra "mamá", que moría en sus labios, al igual que temía que lo hubiera hecho ella. Y entonces, por encima del sonido entrecortado de su propia respiración, escuchó una débil tos proveniente del cuerpo de su madre.
Aquel sonido fue para Kate como un coro celestial. Su madre estaba ahí. Seguía viva.
Aquello fue suficiente para reunir el valor y acortar la distancia entre ambas. Extendió la mano, la posó suavemente sobre su hombro y, con un susurro tembloroso, dejó escapar un débil:
– Mamá… –
Su madre abrió los ojos, fijando su mirada en la de Kate. Aquel contacto visual fue suficiente para hacer que las lágrimas se acumularan en los ojos de la niña, temblorosas, luchando por brotar sin control.
A pesar del dolor evidente que la consumía, su madre intentó alargar la mano hacia ella. Fue un gesto torpe, debilitado, pero lleno de ternura, un intento desesperado de consolar a su hija aun cuando era ella quien se hallaba al borde de la inconsciencia.
Kate sorbió por la nariz con fuerza, como si con ese gesto pudiera ahogar su miedo. Luego, obligándose a esbozar una media sonrisa, asintió y susurró con la voz temblorosa:
– Vale, mamá. Estoy bien. ¿Dime qué hago? ¿Busco el teléfono y llamo a emergencias? ¿Qué hago? –. Su voz se quebró en la última pregunta, el nerviosismo brotando sin control. No sabía qué hacer. No podía permitirse pensar en el miedo o en el dolor; lo único que importaba era ayudar a su madre, sacarla de ahí.
Con la determinación nacida del pánico, apartó la mirada de ella y comenzó a buscar el teléfono con desesperación. Sus manos revolvían todo a su alcance, hurgando entre los restos del accidente, pero no estaba por ninguna parte.
La cabina del coche era un caos absoluto. Fragmentos de cristal cubrían los asientos, el salpicadero, el suelo. Cada vez que Kate movía las manos, pequeñas esquirlas se le clavaban en la piel, dejando finas líneas rojas en sus dedos, pero el dolor no importaba. Apenas había luz: solo el parpadeo intermitente de los warning y el resplandor mortecino de los faros iluminaban el desastre, creando sombras inquietantes en el interior del coche destrozado.
Respiró hondo, conteniendo un sollozo. No podía derrumbarse. No ahora.
– Mamá… no encuentro el teléfono… – su voz era apenas un hilo quebradizo.
Pero tenía que seguir buscando. No había otra opción.
– Kate… Kate… cariño… – la voz de su madre era un murmullo frágil, casi llevado por el viento, pero aún cargado de ternura.
Kate se detuvo en seco. Su respiración entrecortada se mezcló con el sonido de la lluvia golpeando suavemente los restos del coche. Se giró hacia su madre, sintiendo cómo la angustia le oprimía el pecho.
Margarita sabía la verdad. Sabía que, aunque Kate lograra encontrar el teléfono y pedir ayuda, ya no le quedaba demasiado tiempo. Lo sentía en cada punzada de dolor, en cada bocanada de aire que se volvía más difícil de atrapar. Pero su hija aún no lo sabía… y no quería que lo supiera. No así.
Cuando Kate le prestó atención de nuevo, Margarita forzó una sonrisa débil, tratando de ocultar la sombra de la muerte que ya se cernía sobre ella.
– Cariño… escúchame… el teléfono ahora no es importante… – susurró. Cada palabra le costaba un esfuerzo titánico, y con cada sílaba, un leve gorjeo escapaba de su pecho, un escalofriante recordatorio de que sus pulmones se llenaban de sangre.
Kate negó con la cabeza, sin entender.
– No… mamá, tengo que ayudarte… – su voz temblorosa parecía prácticamente una súplica.
– Shhh… quédate un momento conmigo, ¿vale? Todo irá bien… todo… todo irá bien… confía en mí… –
Su voz se apagaba poco a poco, deslizándose entre sus labios como un eco lejano. Kate no podía hacer más que mirarla, su corazón martillando en su pecho con una fuerza dolorosa.
– No pierdas esa maravillosa imaginación… ni esas ganas de comerte el mundo… – Margarita tomó aire con dificultad, sus párpados volviéndose pesados –. No pierdas tu encanto… no te pierdas a ti misma… vive… y sé… como eres… indomable… ¿vale, cariño? Sé indomabl… – .
La frase quedó inconclusa, suspendida en el aire como una promesa rota. Y con ella, Kate sintió cómo algo dentro de sí se rompía para siempre.
Muerta de miedo en el asiento del copiloto, Kate se quedó paralizada. Ya no importaba el teléfono. Ya no importaba encontrar ayuda. Ni siquiera importaba aquella escapada en familia que había imaginado como un momento feliz. Nada importaba. Porque su madre acababa de exhalar su último aliento frente a ella.
El silencio que siguió fue aterrador. Un vacío absoluto, roto solo por el lejano sonido de la lluvia golpeando la carrocería destrozada del coche. Con los labios entreabiertos y los ojos anegados en lágrimas, Kate sintió cómo el frío se colaba en sus huesos, pero ni siquiera temblaba. Apenas respiraba. No podía estar allí. No podía mirar.
Salió del coche tambaleándose, sin ser realmente consciente de sus propios movimientos, con la sensación de que su cuerpo ya no le pertenecía. No sabía a dónde ir, ni qué hacer, así que simplemente se dejó caer en el asiento trasero, donde había estado antes del impacto. Se abrazó las piernas, hundiendo el rostro entre sus rodillas, dejando que el tiempo pasara sin significado alguno.Y allí permaneció.
Horas después, cuando la encontraron, su piel estaba helada, su respiración era débil, y su cuerpo entero temblaba al borde de la hipotermia. Pero Kate no sentía frío. Solo un abismo insondable dentro de sí.
Tocar fondo y renacer.
Tras aquel accidente, la vida de Kate cambió para siempre. No solo por la devastadora pérdida de su madre, sino porque, de algún modo, también perdió a su padre.
Él nunca logró encajar la muerte de su esposa. Se convirtió en una sombra de sí mismo, un hombre atrapado en un duelo que no supo afrontar. Y cada vez que sus ojos se posaban en Kate, veía el reflejo de la mujer que había amado y perdido.
La distancia entre ambos creció sin necesidad de palabras. Aunque seguían viviendo bajo el mismo techo, Kate dejó de ser parte de su mundo. Él se sumergió por completo en el trabajo, como si mantenerse ocupado pudiera adormecer el dolor, y ella quedó relegada a un rincón silencioso de la casa que una vez fue un hogar.
Afortunadamente, no estaba completamente sola. Fueron sus abuelos paternos quienes la tomaron bajo su protección,y quienes le dieron el cariño y la estabilidad que su padre ya no podía ofrecerle. Pero, aunque la rodearan brazos dispuestos a consolarla, la ausencia de sus padres pesaba como una sombra constante en su vida.
Los años pasaban. La vida seguía su curso, pero el sentimiento de abandono dentro de Kate no hacía más que crecer. Con cada cumpleaños, con cada nuevo amanecer en aquella casa donde su madre ya no estaba y su padre apenas existía para ella, la herida se hacía más profunda.
Ya no era una niña. Era una adolescente con demasiadas preguntas sin respuesta, con incertidumbres que la asfixiaban y con una ira latente que ardía en su interior sin un rumbo claro. Ira contra la vida, por arrebatarle a su madre. Ira contra su padre, por no ser capaz de quedarse a su lado. Ira contra sí misma, por no saber si pudo haber hecho algo más aquel día. Ira contra el mundo entero.
No sabía qué hacer con toda esa rabia. No sabía dónde dirigirla. Y cuando el dolor se vuelve insoportable, cuando el vacío interno amenaza con consumirlo todo, cualquier salida parece válida.
Así fue como cometió una de las mayores estupideces de su vida: buscar refugio en algo que solo la hundiría más.
Drogas.
Tal vez buscaba una vía de escape. Tal vez solo quería dejar de sentir. O quizás, en el fondo, lo único que deseaba era que su padre la viera. Que la notara. Que hiciera algo… cualquier cosa. Pero la realidad era cruel. Y en su desesperación por encontrar una salida, no hizo más que adentrarse en un abismo aún más oscuro.
Tenía 16 años en esa época. Creyendo que se comería el mundo, fue el mundo quien terminó devorando a la joven.
Lo que al principio fue un escape ocasional se convirtió en una costumbre. Una rutina. Cada fin de semana, en cada fiesta, a veces incluso entre semana, necesitaba esa vía de escape para sentirse libre, para olvidar, aunque fuera por unas horas, el agujero que llevaba dentro.
Era otro sábado por la noche, otra fiesta más, rodeada de su grupo de amistades. Esos amigos con los que compartía risas fugaces, botellas a medio terminar y sustancias que prometían hacerle olvidar todo, aunque solo fuera temporalmente.
Pero en el fondo, lo sabía. Sabía que no eran amigos de verdad. No eran de esos con los que podías desnudar el alma, con quienes abrirte en canal y desmantelar cada pensamiento, cada dolor, con la esperanza de sanar. No. Eran amistades de chupitos y humo, de promesas hechas entre luces de neón y madrugadas que siempre terminaban en el mismo vacío. Las típicas amistades que, en el momento, crees eternas, pero que en realidad no son más que una etapa. Una etapa con un principio y un final.
Entre esas amistades había una que destacaba, no por el vínculo que ambos pudieran tener, más bien por eso que llamamos química y que a esa edad revoluciona nuestras hormonas hasta hacernos casi perder la cordura. Su nombre era Robert, el habitual chico de instituto que llama la atención, y cómo no, le llamaba la atención a Kate hasta el punto de creer que estaba enamorada.
Aquel sábado se vistió con un vestido negro, sus botas altas de tacón y una sonrisa con la que intentaría conquistar el corazón de Robert. Salió de su casa hacía la casa de Rachel. Estaba determinada a que esa noche se lanzaría a por Robert tras uno de esos discursos motivacionales por parte de Rachel.
La fiesta se había decidido que sería en casa de su amiga porque los padres habían salido, por lo que tenían toda la noche para ellos. Como suele pasar en ese tipo de fiesta, medio instituto se encontraba allí. La música, las diversas charlas, las risas y el alcohol llenaban el ambiente. A eso último, al alcohol, fue lo primero a lo que le invitó Stefi cuando cruzó la puerta seguido de invitarla a formar parte del grupo de chicas que ocupaban el sofá del salón.
Como cada fiesta que montaban, las diversas estancias eran ocupadas por los diferentes grupos ya formados dentro de las paredes del instituto. En sí no era más que una fiesta como otra, sin embargo, decidió beber más de lo habitual para reunir el valor necesario para conseguir su objetivo. Rachel que era, como se suele denominar, su mejor amiga la animó durante las horas siguientes hasta que Kate decidió que ya era hora de lanzarse guiada por el embriagador y falso subidón que proporciona el alcohol.
Pero antes de eso necesitaba unos retoques. Por lo que se internó en el baño, se retocó su maquillaje y le soltó al reflejo del espejo un pequeño discurso que tenía elaborado desde hacía semanas.
Una vez estuvo lista, salió con determinación hacía el salón para pedirle a Robert unos minutos a solas. Esperaba encontrar al moreno sentado en una butaca hablando con el resto del grupo como antes de ella irse, al no verle se acercó hasta Stefi para preguntar por su paradero. Le indicó que había subido las escaleras, por lo que ella fue sin pensar. Tal solo quería soltar lo que tenía dentro y esperar que todo saliera bien, como le había dicho Rachel un millón de veces durante aquellas últimas semanas.
Cuando llegó a la planta de arriba, que estaba plagada de jóvenes como ella, fue llamando una por una a las habitaciones hasta que la segunda recibió un “Sí” por respuesta. Estaba allí. No lo pensó dos veces y abrió la puerta encontrando tras esta a Rachel sobre el regazo de Robert. Su mejor amiga, la que le había animado y empujado a lanzarse, parecía que se le había adelantado. Lo que suponía para Kate, no solo sentir que le habían roto el corazón, sino que su mejor amiga le había traicionado.
El sentir que podía ser la burla de ellos, que la habían traicionado, que estaba haciendo el ridículo, y otros tantos pensamientos más la guiaron fuera de aquella casa, a comenzar a caminar con el rumbo de su casa. A pesar de que caminó durante casi una hora, su cabeza no paraba de darle vueltas a qué pasaba, a diversas preguntas que se instalaron en su cabeza como el ruido de una taladradora que no paraba de hacer ruido. Solo quería parar ese ruido, y conocía el modo de hacer que el mundo se parase por un rato. Solo necesitaba una pastilla para sentirse mejor, una escapatoria fácil para no asumir sus sentimientos y poder volar lejos de allí. Volar lejos de su vida. Sin embargo, esa noche, ese vuelo se pasó de altura acabando con ella en el suelo del baño y una llamada a urgencias.
Aquel día tocó fondo pero fue el comienzo para un nuevo modo de vida. Aguantó la charla de su padre, los reproches, los insultos, la bronca y aceptó otro modo de escapar, alistarse en los marines. Su padre buscaba darle un escarmiento. Una vez estando en Boot Camp, ella reaccionaría. Sin embargo, Kate encontró allí la manera de darle un sentido a su vida. Dejar escapar la rabia en el ejercicio, en las rutinas estrictas y el absoluto control que ellos proporcionaban. Encontró amigos de verdad, esos que surgen del caos de un conflicto, o de las misiones humanitarias, y forjó una familia. Su propia familia. Su grupo. Su clan. El motor de su vida.
En construcción...
⌯ 𝒐𝒇𝒇 𝒓𝒐𝒍𝒆 ↴
ㅤㅤ₊:≡: 𝗳𝗮𝗻𝗱𝗼𝗺: The walking dead.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝗷𝗲 𝘁𝗶𝗽𝗼: original.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗳𝗮𝗰𝗲 𝗰𝗹𝗮𝗶𝗺: Marie Avgeropoulos.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗱𝗶𝘀𝗰𝗹𝗮𝗶𝗺𝗲𝗿: El personaje es totalmente inventado por mi, al igual que sus vivencias, no asi el universo en los que se mueve.
ㅤㅤ₊:≡: 𝗰𝗿𝗲́𝗱𝗶𝘁𝗼𝘀:
ㅤㅤㅤ‧₊❑ 𝗍𝖾𝗆𝗉𝗅𝖺𝗍𝖾:
ㅤㅤㅤ‧₊❑ 𝖿𝗂𝖼𝗁𝖺: 𝒎𝒂𝒅𝒆 𝒃𝒚 𝒏𝒆𝒃𝒖𝒍𝒂.