Rol con
Ekaterina Smirnova
Llegué al lugar acordado cuando el cielo empezaba a apagarse, teñido de naranjas cansados y violetas profundos. El claro estaba rodeado de piedras antiguas, ennegrecidas por fuegos que no recordaban a ningún mundo conocido. El aire olía a ceniza dulce y a algo más viejo… primordial.
Y ahí estás tú.
Te mueves despacio, casi con timidez, intentando recordar los pasos de la danza del fuego primordial. Tu cuerpo los conoce mejor que tu mente. La piel blanca refleja la luz moribunda del atardecer; tu cabello medio negro, medio rojo y corto enmarca un rostro concentrado, serio, hermoso a su manera rota.
Desde tu espalda, los tentáculos —esas mutaciones nacidas donde antes hubo voz— se agitan con vida propia, reaccionando al calor latente del lugar, como si el fuego también quisiera escucharte… aunque no puedas hablarle.
Me detengo a unos pasos, observándote sin interrumpir, con una sonrisa suave.
—Cuánto tiempo, amiguita… Te he echado de menos.
Levanto la mano lentamente para no romper el momento. Entre mis dedos nace una llama pequeña, viva, que no quema. El fuego se pliega sobre sí mismo, florece, y adopta la forma de una flor incandescente. En su núcleo late una llama primordial, antigua como el primer latido del caos.
La acerco a mis labios, muerdo el núcleo sin dolor, y la flor se apaga un instante… solo para renacer más intensa.
Te la entrego con cuidado, abierta sobre mi palma.
—Ten.
—Una flor de mi alma.
Mis ojos buscan los tuyos, paciente, invitándote a tomarla… y a comenzar, juntas, la danza.
Rol con [soviet_experiment]
Llegué al lugar acordado cuando el cielo empezaba a apagarse, teñido de naranjas cansados y violetas profundos. El claro estaba rodeado de piedras antiguas, ennegrecidas por fuegos que no recordaban a ningún mundo conocido. El aire olía a ceniza dulce y a algo más viejo… primordial.
Y ahí estás tú.
Te mueves despacio, casi con timidez, intentando recordar los pasos de la danza del fuego primordial. Tu cuerpo los conoce mejor que tu mente. La piel blanca refleja la luz moribunda del atardecer; tu cabello medio negro, medio rojo y corto enmarca un rostro concentrado, serio, hermoso a su manera rota.
Desde tu espalda, los tentáculos —esas mutaciones nacidas donde antes hubo voz— se agitan con vida propia, reaccionando al calor latente del lugar, como si el fuego también quisiera escucharte… aunque no puedas hablarle.
Me detengo a unos pasos, observándote sin interrumpir, con una sonrisa suave.
—Cuánto tiempo, amiguita… Te he echado de menos.
Levanto la mano lentamente para no romper el momento. Entre mis dedos nace una llama pequeña, viva, que no quema. El fuego se pliega sobre sí mismo, florece, y adopta la forma de una flor incandescente. En su núcleo late una llama primordial, antigua como el primer latido del caos.
La acerco a mis labios, muerdo el núcleo sin dolor, y la flor se apaga un instante… solo para renacer más intensa.
Te la entrego con cuidado, abierta sobre mi palma.
—Ten.
—Una flor de mi alma.
Mis ojos buscan los tuyos, paciente, invitándote a tomarla… y a comenzar, juntas, la danza.