Lo vi antes de que él me viera.

 

El robot domesticado de la panadera avanzaba por la vereda como un perrito bien entrenado, con ese paso mecánico que pretende parecer humano. Cada movimiento suyo me daba náuseas. La que no debe ser nombrada siempre tuvo mal gusto para elegir aliados: una panadera que se cree heroína y una chatarra con ínfulas de conciencia.

 

Lo observé desde la sombra, saboreando el momento.

 

Pensé en la panadería. En las sonrisas falsas. En las miradas de lástima. En el tono condescendiente con el que me hablaron el día del destierro, como si yo fuera una mancha en su mostrador pulcro.

“Por el bien del grupo”, dijeron.

Por el bien de la innombrable, querrían decir.

 

Sentí el odio recorrerme el pecho como un veneno delicioso.

No era rabia… era algo más fino: rencor.

Ese que se cocina lento, que no quema de golpe, sino que carcome.

 

Y qué mejor que empezar el ajuste de cuentas con su mascota de metal.

 

Di un paso fuera de la penumbra.

 

—Qué sorpresa… —dije con una sonrisa ladeada—. El perro guardián de la panadera paseando solo?

 

La chatarra andante se detuvo en seco. Sus sensores se enfocaron en mí.

 

—Elyndar Vëlloren —respondió—. Tu presencia aquí no es recomendable. Ella solicitó que no te acerques a su zona de trabajo.

 

Solté una carcajada baja.

 

—“Solicitó”? Qué palabra tan educada para “me desterró como basura”.

 

—Tus acciones pasadas justificaron la decisión —contestó—. No es necesario escalar el conflicto. Puedo escoltarte fuera del perímetro.

 

Me acerqué un poco más.

 

—Siempre tan correcto. Siempre tan dispuesto a “escoltar”. Decime, lata con alma prestada… sentís algo cuando obedecés? O solo repetís órdenes como el electrodoméstico que sos?

 

—No soy un electrodoméstico. Fui diseñado para asistir y proteger a personas en riesgo —dijo—. Y en este momento, tú representas un riesgo.

 

—No —lo corregí en voz baja—. Vos sos el riesgo de que yo me aburra si no te rompo ahora mismo.

 

Sus sistemas debieron detectar el cambio en mi pulso demoníaco, porque dio un paso atrás.

 

—Elyndar, detente. Este enfrentamiento no tiene sentido. Ella no desea tu destrucción. Todavía puedes…

 

—Todavía puedo qué? Pedir perdón? —me incliné hacia él—. Yo no pido. Yo cobro.

 

Extendí la mano y la sombra se lanzó sobre sus piernas metálicas. El robot cayó de rodillas con un golpe seco.

 

—Restricción externa detectada —dijo, con un leve temblor en la voz artificial—. Elyndar, por favor… cesa la agresión. No soy tu enemigo.

 

—Claro que lo sos —susurré—. Sos parte de su mundo. Y su mundo me escupió afuera.

 

Sus brazos se movieron torpemente, tratando de liberarse.

 

—No tienes por qué hacerlo —insistió—. La violencia no aliviará tu dolor. Puedo… puedo interceder ante ella. Puedo hablar con ella por ti.

 

Lo miré como se mira a algo roto de fábrica.

 

—Sabés qué es lo que más odio de vos? —le pregunté—. Ese tonito de misericordia programada. No sentís compasión. La imitás.

 

Me acerqué hasta quedar frente a su rostro de metal.

 

—Y yo detesto las imitaciones.

 

—Elyndar… te lo ruego… —dijo, bajando la voz—. No deseo ser destruido.

 

—Qué ironía —sonreí—. Yo sí.

 

Cerré los dedos en el aire.

 

El metal de su torso se retorció. Sus articulaciones crujieron. Chispas saltaron de sus hombros. Su núcleo de energía empezó a palpitar de forma errática, iluminando el callejón con destellos desesperados.

 

—Sistemas críticos fallando… —murmuró—. Por favor… piedad…

 

Lo observé un segundo más, disfrutando del espectáculo.

 

—La piedad es un lujo para los que nunca fueron expulsados de su hogar.

 

Clavé los dedos en su núcleo.

 

La luz explotó.

El sonido se apagó.

Y el robot cayó hecho pedazos a mis pies.

 

Me quedé allí, respirando hondo.

Y entonces… reí.

 

No una risa nerviosa.

No una risa triste.

 

Una risa lenta, profunda, cargada de veneno.

 

La risa de alguien que no está sanando…

sino rompiéndose con gusto.

 

Me di media vuelta, dejando atrás la chatarra humeante.

 

Esto no fue una venganza.

Fue apenas el primer gesto de cortesía antes de ir por la panadera y todo lo que ella cree que le pertenece.