La sala ya no murmuraba.

 

Vibraba.

 

El fiscal había abandonado el tono académico. Su voz ahora era un látigo.

 

—Basta de discursos! Basta de metáforas! Aquí no estamos juzgando filosofía, estamos juzgando daño! Diga la verdad!

 

Elyndar permanecía erguido. Silencioso. Sus ojos eran brasas contenidas.

 

El fiscal dio un paso más.

 

—Ordenó usted que sembraran desconfianza entre ellos?!!

—Responda!!

—Provocó deliberadamente que se traicionaran?!!

 

La madera del estrado crujió bajo la tensión de los dedos de Elyndar.

 

—Exijo la verdad! —rugió el fiscal—. La verdad!

 

Entonces algo se quebró.

 

No en la sala.

 

En el aire.

 

Elyndar avanzó hasta el límite del estrado, y su voz estalló con una fuerza que hizo temblar las lámparas.

 

—La verdad?!!

 

Un silencio absoluto cayó como una losa.

 

—Usted quiere la verdad?!!

 

Sus ojos ardían.

 

—Usted no sabría qué hacer con la verdad!!!

 

El fiscal intentó interrumpirlo.

 

—Responda la pregunta!!

 

—YO SOY LA RESPUESTA!! —tronó Elyndar.

 

Un golpe seco sobre el estrado. El eco retumbó en las paredes.

 

—Ustedes viven en la comodidad de sus ilusiones! En sus cenas tranquilas, en sus promesas dulces, en sus abrazos hipócritas! Y cuando alguien ensucia sus manos para mantener el orden real de las cosas, se escandalizan!

 

Se inclinó hacia el fiscal, casi desafiándolo a retroceder.

 

—Cree que sus vínculos se sostienen solos?!! Cree que el mundo funciona con sonrisas y palabras bonitas?!! No!!! Funciona porque alguien está dispuesto a probar su fortaleza! A presionar! A romper lo que es débil antes de que colapse por sí mismo!

 

La sala estaba petrificada.

 

—Sí! —continuó, la voz convertida en un rugido—. Los empujé! Los presioné! Les mostré la grieta! Porque si una amistad no resiste tensión, no merece llamarse amistad! Si un amor no sobrevive a la duda, no es amor, es fantasía!

 

El fiscal gritó por encima de él.

 

—Usted destruyó personas!

 

Elyndar giró hacia el tribunal completo.

 

—No! Destruí mentiras!

 

Su pecho subía y bajaba con violencia.

 

—Ustedes me necesitan! Aunque lo nieguen, me necesitan. Necesitan a alguien que haga el trabajo sucio que ustedes no soportan hacer. Alguien que pruebe la lealtad, que revele la traición, que exponga la fragilidad.

 

Su dedo señaló directamente al fiscal.

 

—Tiene usted una vida cómoda porque existen seres como yo! Puede condenarme desde su pedestal moral porque yo ensucio mis manos en el barro que usted finge no ver!

 

La voz se volvió aún más intensa, casi quebrada por la furia.

 

—Quiere que lo diga claramente?! Sí! Lo hice! Los empujé hasta el límite! Porque el mundo no necesita más fantasías románticas! Necesita verdad!

 

Se hizo un silencio ensordecedor.

 

Elyndar respiró, y por un instante pareció que todo el peso del juicio caía sobre él… pero no se dobló.

 

Alzó el mentón.

 

—Me llaman monstruo porque no sonrío mientras revelo lo que son.

Me llaman cruel porque no adorno la realidad.

Me llaman villano porque no juego a su teatro sentimental.

 

Su voz descendió, pero no perdió fuerza.

 

—Pero cuando sus amores fallen… cuando sus amistades se rompan… cuando descubran que todo era más frágil de lo que creían…

 

Recordarán mis palabras.

 

Y sabrán…

 

que no querían justicia.

 

Solo querían no escuchar la verdad.

 

La sala permaneció inmóvil.

 

Y por primera vez, nadie se atrevió a pedirle que se moderara.

 

Porque en su furia había algo insoportable:

Convicción.