David Rossi siempre se despierta antes de que la luz del sol termine de filtrarse entre las cortinas. No se trata de insomnio, qué va. Esa es su costumbre desde que puede recordar. Se trata de disciplina aprendida desde que no era nada más que un soldado raso en la Marina de los Estados Unidos. A su edad, solía decir Dave Rossi, “el cuerpo ya no necesita órdenes externas”; el cuerpo de Dave Rossi, cree él, responde a años de rutina marcada, de madrugadas interminables antes de tomar vuelos, de esperas terribles antes de pisar escenas de crímenes dantescas, antes de decisiones que (en definitiva) cambian vidas.
Se incorpora despacio en la cama. La casa está en silencio, como siempre. Una mansión demasiado grande para una sola persona, pero es que lo cierto es que a David nunca le ha gustado vivir en espacios pequeños. Siente que le agobian. Rossi siempre se defiende diciendo que necesita aire, espacio y distancia para pensar. Y es que piensa en toda la casa. En su despacho, en el salón, en la biblioteca… Piensa demasiado y sobrepiensa mucho más… Una mala costumbre tomada con los años. Y ya no la puede soltar.
Mientras el café italiano empieza a hervir en la cafetera, el experimentado escritor y federal se detiene un instante frente a la estantería del salón. En esa estantería donde conserva un ejemplar de cada uno de sus libros, de esos libros que ha escrito de su puño y letra. No los guarda como trofeos, no es tan egocéntrico. Esos libros son recordatorios de cada uno de los momentos de su vida, de situaciones que lo marcaron, de criminales que encerró. Eran nombres de familias que podían descansar tranquilas... Las portadas de aquellas obras eran sobrias, algo que tuvo que pelear bastante con cada uno de sus editores. Eso sí, su nombre estaba escrito y detallado en letras firmes, incapaz de pasar desapercibido.
“Irónico”, pensó Rossi mirando aquellos volúmenes.
Él escribe sobre monstruos… y luego sale a cazarlos. Claro que si no hubiera empezado a cazarlos, jamás habría escrito sobre ellos. Era la pescadilla que se mordía la cola, una relacion que se retroalimentaba.
Desayuna finalmente, como cada mañana, con el periódico abierto, pero esta vez apenas lo lee. Su mente ya está en otro sitio, lejos de allí, a varios kilómetros, centrada en su despacho en la UAC, en el caso que quedó pendiente la noche anterior. Antes de salir de casa aquella mañana, pasa por su estudio, como siempre. Esta es una habitación distinta al resto de la casa: más cálida, más personal, David Rossi en estado puro. Estanterías con fotos con amigos y recuerdos de cada éxito y cada logro, una pequeña colección de libretas de mano la gran mayoría desgastadas por exceso de uso. Y todas ellas repletas de notas tomadas sobre el terreno durante toda su carrera profesional en el FBI. El escritorio de madera oscura está impecable y perfectamente ordenado. Pulcritud ante todo.
Se sienta en su comoda silla de piel y abre el portátil. Tiene que escribir, los plazos limite son un quebradero de cabeza y la editorial no perdona. Asi que acerca una de sus libretas, esa que dejó sobre la mesa el día anterior y comienza a teclear.
No escribe sobre el caso que atañe a la UAC actualmente. No… Su escritura nunca nace de un caso caliente. Dave escribe en base a sus recuerdos, en base a su memoria. Escribe de forma que quede claro cómo la mente humana reescribe el dolor para poder soportarlo. Escribe siempre sobre la culpa silenciosa de los que sobreviven a un crimen. Cuando escribe, Dave no piensa en las ventas. Hace algunos años ya comprendió que escribir y plasmar en narraciones ficticias sobre la realidad era la mejor forma de ordenar sus pensamientos y de dar tributo a los que perdían la vida.
Después de aquello, ya en Quántico, desde las oficinas de la UAC, el día avanza con la intensidad de todos los dias. El FBI nunca se aburria y Dave y su disfuncional familia de la UAC tampoco. Fotografías en la pantalla de la televisión, sobre el tablón de corcho también. Mapas en otro tablón magnético. Líneas que conectan puntos aparentemente inconexos.
Rossi, sentado en su asiento en aquella enorme mesa redonda, observa mientras el doctor Reid realiza una exposición concienzuda sobre el patrón de búsqueda de víctimas del asesino. Y escucha. Siempre escucha primero antes de hablar.
-No busca atención -dice entonces apartándose el dedo de los labios y posando su mano sobre una de las fotos que tiene sobre la mesa para ponerla en el centro de esta, dando más énfasis a sus palabras- Ese cabrito está buscando validación. Y ahí -señala después con el dedo hacia el tablón que Reid tiene detrás, haciendo que el resto de sus compañeros miren tambien de forma simbólica- Ahí está la diferencia entre un criminal impulsivo y uno que quiere ser comprendido…
Después de aquello, una vez que Hotchner da la orden, el equipo se despliega desde la Unidad hacia Arlington. En la escena del crimen, Rossi camina despacio, deteniéndose frente a detalles minúsculos. Sus compañeros se dan cuenta, pero han aprendido hace tiempo a comprender como trabaja Dave Rossi, a comprender que los ojos del experto perfilista a veces veían mejor que los de todo el equipo. Dave no mira solo lo que está presente en la escena. Tambien mira lo que falta.
Cuando cae la tarde, el equipo ve la luz al final del túnel. El caso estaba a punto de cerrarse. No todos los casos terminan con aplausos, por supuesto que no, pero este, al menos, ha evitado una próxima víctima. Eso es suficiente para la Unidad, quienes no dejan de lamentar las victimas previas.
Al llegar la noche, agradeciendo poder pasar la noche en su casa y no estar un hotel en la otra punta del país, Dave se quita la chaqueta con un gesto algo cansado. Se sirve dos dedos de brandy en un vaso y vuelve a su estudio, igual que aquella mañana.
Abre un documento titulado simplemente: Dedicatoria.
Y es que Dave no puede, simplemente escribir dos líneas de agradecimiento y ya. Sus dedicatorias siempre van más allá. En unas cuantas páginas escribe sus agradecimientos: Habla de su juventud, de sus errores, de la arrogancia que tenía cuando creía que la experiencia no era necesaria para entender la maldad. Y habla de las personas que le dieron aquella cura de humildad que todos necesitamos por modestos que seamos. Nombres como Gideon, Hotchner, García, Morgan, Jareau, Reid…
Escribe una última línea más antes de cerrar el portátil, y, con suerte, dar por concluido aquel libro:
"La oscuridad no desaparece. Se estudia. Se comprende. Y, si tienes suerte, se contiene."
Antes de salir de la estancia, apaga la luz del estudio. Y, una vez en la cama, el silencio vuelve. Pero esta vez no es pesado. Es un silencio que invita a la reflexión.
Ha terminado otro día más, con un caso profesionalmente resuelto y un capítulo cerrado.
Y mañana, cuando el sol vuelva a salir, David Rossi volverá a hacer lo que mejor sabe hacer: mirar a la oscuridad de frente sin apartar la vista… y luego, como cada día, volverá a sentarse a escribir sobre ella.