La noche del catorce no fue distinta a cualquier otra, y el teniente Castle hizo sus esfuerzos por mantenerla así. Tras un par de horas pensativas, el tiempo se difuminó; la evasión mental, un catalista de ello. Castle evitó reflexión desde la madrugada fría en la que despertó hasta la noche. Para ese entonces, la temperatura ya se había alzado un poco más, pero no lograba disminuir lo surrealista que se sentía.

 

Frank sabía dónde estaba y al mismo tiempo se sentía perdido. No hizo nada más que descansar y se encontraba exhausto —como si hubiera huido de alguna adversidad y su cuerpo apenas se recuperara del surgimiento de adrenalina. Miró el reloj y se dirigió hacia la pequeña estación donde preparaba su equipo táctico; pronto sería hora de salir.

 

Desde un edificio alto en Manhattan, Castle apuntó a un grupo de delincuentes que traficaban droga, aterrorizando a la comunidad local. La misión era rutinaria. Se mantuvo concentrado, pero no por mucho. El clamor de una multitud tras el primer disparo le dio igual; entre muchas voces, el grito de una muchacha le resultó similar a…

 

Un relámpago de recuerdos perforó su mente. Logró aniquilar al objetivo; sin embargo, no pudo evitar desviar su mente hacia rostros inalcanzables, los cuales no podía soltar. En camino a la base, Castle hizo algo que llevaba tiempo sin hacer. Observó sus manos.

 

Esas manos robustas, llenas de cicatrices y costras que, en ese entonces, parecían sanar poco a poco. Palmas que al tocarse tenían su propia suavidad, pese a su textura. Manos manchadas de sangre que ellos conocían como una normalidad, cuando para él eran foráneas; elementos ajenos que no le pertenecían. Y su pecho ardió como un incendio, dejando quemaduras que resurgían con cada noche, cada sueño que le recordaba los últimos momentos que compartió con ellos. Esas manos ajenas se reincorporan a su cuerpo poco a poco, cada vena sintonizando con la rabia que presionaba desde su espalda hacia sus pies. Sintió impotencia. No por venganza, ni culpa, sino por dolor. 

 

Dolor de no tener un ramo de flores tachado en la lista de compras. Dolor de no estar atento por alguna sonrisa o sonrojo al celular en días anteriores. Dolor de no planear alguna sorpresa con el chico mientras las damas se ocupaban. Ardor, necesidad por tocar el cuerpo de María, por tomarla de la cintura, besarla y recordarle lo mucho que la amaba. Lo mucho que la extrañaba. Qué mujer, pensó a si mismo.

Desde el momento en el que entró sangrando y tambaleándose en el escondite, la noche de Castle se volvió totalmente distinta. El cansancio no cesó, por lo que, en vez de dirigirse a limpiar sus heridas, se aplastó contra el sillón más cercano y extendió su brazo, alcanzando una botella. ‘Tepac, 1996’ dictaba la etiqueta en caligrafía sofisticada, aunque la luz débil la hacía casi ilegible.

 

Sacando el corcho de un golpe, Castle dirigió la corona hacia su herida. La detuvo a unos cuantos milímetros de distancia y pensó, después llevándola hacia su boca y tomando un trago ácido. No era común que Frank dirigiera una herida activa al carajo, salvo por veces en las que una vida corre riesgo. Esta noche es diferente. El dolor lo ciega, y apenas piensa con claridad. Fue cuando movió la cabeza que lo vio.

 

Una vela aromática que, extrañamente, siempre estuvo allí, y Castle nunca pensó en utilizar. Gruñó al alzarse y caminó con dificultad hacia la mesa. Buscó en su bolsillo, eventualmente retirando un encendedor. Le tomó tres chasquidos desganados para encender. Castle notó cierta ironía, formando una sonrisa agridulce. El palillo de algodón se ennegreció, un olor a sal de mar emergiendo junto a una tira delgada de humo. Manos ajenas tomaron la vela con delicadeza, iluminándose con la llama. El calor que emergía del vidrio era agradable.

 

Frank se detuvo y por un par de segundos observó la flama directamente, como si en cualquier momento su familia pudiera emerger de ella. Esto no sucede. El exmilitar suspira y dirige unos momentos más a la vela. La dedicó a ellos. A Lisa, una chica tan brillante que siempre iluminaba la casa. A Frankie, un chico tan idéntico a él que solía sentir que hablaba consigo mismo. A María, una mujer tan radiante que, hasta la fecha, lograba partirle el corazón en pedacitos. Soltó el peso enorme de evitar el duelo, el cual, tras ser liberado, lo inundó de pies a cabeza.

No pudo más. Apartó la vista de la vela y se dirigió hacia el sillón, donde pasaría el resto de la noche bebiendo hasta que la culpa y el anhelo se disiparan, junto al paso de las horas.