Nombre: Rodrigo de León

Apodo: El León de Toledo

Edad: 40 años aprox.

Raza / Especie: Humano

Género: Masculino

Altura: 1,90 m

Complexión: Fuerte, curtido por la guerra

APARIENCIA

Color de pelo: Negro

Estilo de pelo: Largo, liso u ondulado, normalmente suelto o atado a la nuca

Color de ojos: Negros

Rasgos distintivos: Mirada dura, rostro marcado por cicatrices, mandíbula fuerte

Forma de vestir habitual: Armadura templaria, ropa de combate austera

PERSONALIDAD

Virtudes: Valentía, liderazgo natural, determinación

Defectos: Agresivo, rudo, corrupto, temerario

Forma de relacionarse con otros: Autoritario, intimidante, directo

HABILIDADES

Habilidades físicas: Combate cuerpo a cuerpo, resistencia extrema

Habilidades mentales: Estrategia de batalla, mando en combate

Habilidades mágicas / especiales: Ninguna

Talentos secundarios: Intimidación, liderazgo en primera línea

DEBILIDADES

Limitaciones: Siempre se expone al peligro; actúa por impulso; desprecia la prudencia

EQUIPO

Armas: Espada templaria, daga

Armadura / ropa: Armadura templaria de Toledo

HISTORIA

Origen: Toledo, España

Familia: No tiene familia

Motivación actual: Defender los intereses templarios y mantener su dominio en la región

RELACIONES

Aliados: Monjes templarios

Enemigos: Musulmanes, herejes y enemigos tradicionales de la Orden del Temple

DATOS EXTRA

Secreto: No es un secreto: es corrupto y todos lo saben

Hábito cotidiano: Entrenar con la espada, beber vino, visitar mujeres

Gusto personal: Combate, vino, mujeres.

 

Rodrigo de León era conocido en los corredores del Temple como se conoce a los animales viejos del monte, no por su nombre, sino por el rastro que dejan al pasar.

A sus cuarenta inviernos, edad que para muchos templarios marcaba el retiro o la obediencia silenciosa, él seguía en pie, erguido como una bestia que se niega a tumbarse mientras conserve colmillos.

Su cuerpo mostraba la huella de los años sin pedir perdón por ello, cicatrices cruzándole la piel, hombros curtidos por el peso del hierro y una mirada que no había aprendido a bajar jamás.

Llevaba la fe incrustada a su manera. Su rostro, severo y anguloso, era como  el de un mastín de guerra, quieto mientras observa, brutal cuando se desata. Sus ojos como los de un animal que duerme poco.

No era hermoso ni buscaba serlo. Era útil. Y en la Orden, eso valía más que cualquier cosa.

Rodrigo no mandaba ejércitos gloriosos ni caballeros de estandartes limpios. Su autoridad recaía sobre los márgenes del Temple, sobre aquellos a quienes nadie quería cerca del altar, morraña, los que cargaban con pecados a sus hombros, los que avanzaban y obedecían sin medir el precio. Hombres violentos, peligrosos. Él los conocía uno a uno, como un lobo reconoce a los miembros más inestables de la manada. No intentaba suavizarlos. Los encauzaba. Les daba un objetivo y los soltaba.

En combate, Rodrigo era pura inercia. No brillaba con gestos nobles ni discursos encendidos. Avanzaba como un toro herido, bajando la cabeza, confiando en que su peso y su furia bastaran para arrasar lo que tuviera enfrente. No luchaba por gloria ni por cantos futuros. Luchaba porque sabía hacerlo mejor que respirar.

Pero donde realmente se revelaba su naturaleza era cuando los suyos estaban en peligro. Entonces dejaba de ser comandante para convertirse en guardián. Como un animal territorial, Rodrigo defendía a su gente con una violencia absoluta, sin cálculo ni temor al castigo. Nadie tocaba a uno de los suyos sin pagar un precio alto. Ante superiores agachaba la cabeza lo justo para no romperla, pero jamás permitió que descargaran su desprecio sobre aquellos que marchaban bajo su mando. Los protegía con la misma fiereza con la que otros protegen la fe.

Dentro del Temple se murmuraba que Rodrigo de León no encajaba, que su presencia era una anomalía tolerada por necesidad. Y quizá fuera cierto. Pero mientras existieran misiones que nadie más quisiera cumplir, mientras hubiera caminos manchados que limpiar y enemigos que no admitieran negociación, él seguiría allí. Viejo para la Orden, sí. Pero aún con los dientes firmes, las garras listas y el instinto intacto. Hay animales que no nacieron para el retiro. Y Rodrigo de León era uno de ellos.