Su vida privada nunca fue un secreto. Mujeres en cada ciudad, camas prestadas en conventos aliados, sonrisas compradas con promesas que jamás pensó cumplir. La Iglesia lo sabía. Miraba a otro lado. Un comandante que limpia territorios vale más que un voto roto.
A los treinta ya mandaba hombres. A los treinta y cinco, campañas enteras. A los cuarenta, era un nombre que bastaba para que una aldea cerrase puertas. Rodrigo lidera desde delante, espada en mano, voz firme. No inspira lealtad: inspira miedo. Y el miedo obedece mejor.
Con los prisioneros no tiene prisa. La tortura no es un arrebato, es un método. Sabe cuánto puede aguantar un cuerpo antes de caer y cuándo conviene parar para empezar de nuevo al día siguiente. No disfruta —eso diría él—, pero tampoco aparta la mirada. Para Rodrigo, el dolor es una herramienta más del arsenal.
Y mientras siga funcionando, la Iglesia seguirá pasando por alto todo lo demás.