Nacida en el 29 a.C., jinete de Vhagar y primogénita de los Targaryen, recayó sobre sus hombros la carga de ser el contrapeso sensato entre su linaje. Es la severa emisaria de la cordura en su estirpe: solemne en los salones, implacable en el campo de batalla. Su físico es la encarnación de la fortaleza valyria, una estructura robusta y bien delineada que no sacrifica la feminidad, sino que la dota de una aspereza singular. Su cabello, una cascada platina de hilo puro, se encuentra perpetuamente domado en una trenza de inconfundible esencia marcial. Sus ojos, de un malva furioso, no conocen la tibieza.

 

Por derecho de nacimiento, le correspondía desposar a su hermano Aegon, el segundo en edad y único varón de la tríada. Si bien jamás rehusó cumplir su cometido, tampoco dedicó esfuerzo alguno en atraerlo, mucho menos en cultivarle afecto. Su mirada, en secreto inmutable, jamás se apartó de las mujeres, predilección que se llevó a la tumba sin abrir jamás la puerta de su discreción.

 

Antes de sus nupcias, tenía por costumbre seleccionar a las doncellas de su agrado para servirle en la intimidad de sus aposentos. Y sobra decir que las funciones de aquellas elegidas no terminaban en atenderle el tocado o desabrocharle el jubón cuando la noche caía.

 

No escapó a su atención la afinidad furtiva que, tras las sombras, se tejía entre Aegon y Rhaenys. Aquel lazo crecía con el mismo sigilo con el que la propia Visenya hallaba alivio en saberse no la única infiel. Pero si ella lo advertía, Rhaenys lo intuía. Y lo que comenzó como un simple presentimiento, con el tiempo se convirtió en una provocación hábilmente hilada por la menor de los tres.

 

Por designios del azar o voluntad de la benjamina, ambas se vieron atrapadas en un juego de seducción que trascendía la complicidad de hermanas. Alegaban compartir noches de instrucción nupcial, pues el destino de Rhaenys aún pendía de negociaciones dinásticas. Nada más lejos de la verdad.

 

Con el tiempo, Aegon, para quien Visenya jamás había representado un ideal romántico, comenzó a entrever que algo se urdía tras las puertas cerradas. Algo se agita en lo más hondo de su instinto, una alarma sorda que no logra acallar. Y así, tras sopesarlo con ambas, Aegon opta por desposarlas a las dos, impulsado por el temor de perder a su amor inmortal, Rhaenys, o de apartarse de quien, por mandato y derecho, le corresponde: Visenya. Ninguna quedaría relegada.

 

La noche de bodas los encuentra compartiendo el lecho. Sin embargo, es evidente hacia dónde se inclina Visenya. Su trato con Rhaenys es tan natural como el de un depredador con su presa elegida, una coreografía familiar que ambas ya han recorrido sin testigos. Con Aegon, en cambio, hay contención, una cautela que no pasa inadvertida para el joven rey. No es la timidez propia de un primer encuentro, sino la resistencia de quien nunca contempló aquella posibilidad.

 

Y, sin embargo, algo se filtra en ella aquella noche. Una punzada de turbación, un asomo de deseo culpable que le resulta ajeno y desconcertante. Tal vez la sangre del dragón, que corre espesa en sus venas, le impide rechazar del todo la idea de él. Tal vez, entre todas las criaturas que pueblan la tierra, sólo a Aegon le concedería un margen, un espacio restringido dentro de sus preferencias, como quien rompe una dieta estricta con un deleite ocasional. Pero su esencia recelosa no cedería con facilidad. Con él, mantendría las distancias. Con Rhaenys… no tanto.

 

Aunque Visenya arde con el mismo fuego que sus hermanos, el matrimonio atempera su naturaleza. No se abandona con frecuencia a la intimidad, y menos aún comparte el lecho con ambos a la vez (una práctica que, si bien no es desconocida, dista de la regularidad que Aegon y Rhaenys desearían). Para entonces, su interés está más volcado en la Conquista y en el acero que en los placeres carnales o en la premura de una descendencia.

 

Los rumores sobre sus inclinaciones siempre han merodeado la corte, rara vez alcanzando la médula de la verdad. La mayoría son meras fabulaciones de mentes ociosas, relatos salpicados de morbo que exageran y tergiversan. Se dice que la reina halla deleite en la hechicería, cuando en realidad su devoción es hacia la ciencia, la estrategia y el dominio del cuerpo y la mente. De hecho, hasta asegurarse un mínimo de estabilidad, ella misma fabrica sus propios métodos para eludir la concepción. No traería un hijo al mundo en tiempos de guerra. Así, y sumado a la escasez de encuentros con Aegon, es que Aenys fue engendrado antes de que ella se dispusiera a la maternidad.

 

Aegon, por su parte, comienza a desearla cuando ya la tiene, cuando la ve esquiva, cuando la comparación con Rhaenys lo hiere en su orgullo. Es el hambre nacida de la privación, de la certeza de no ser la prioridad en su mirada. Y aunque la pasión nunca los consume como una llamarada, entre ellos brota un afecto auténtico, un lazo que roza lo platónico en su esencia.

Visenya amó a sus hermanos sin distinciones. Su vínculo con Rhaenys hallaba su lenguaje en la cama, del mismo modo que con Aegon lo encontraba en el filo de la espada. Desde el momento en que tomó los votos, les fue devota sin titubeos, y jamás—ni en secreto ni en desvelo—volvió a ceder ante otra tentación.