Un siglo en Inglaterra
– 1605dc - 1705dc -
Llegué a Inglaterra en una noche brumosa, con el río Támesis reflejando el fulgor de las antorchas en sus aguas oscuras. Londres era un laberinto de calles empedradas y edificios de entramado de madera que se alzaban como sombras en la penumbra. El aire olía a carbón y a la humedad del río, mezclado con el aroma del pan recién horneado de las panaderías aún abiertas. Me había vestido con ropas sencillas para no llamar la atención, aunque mis ojos ávidos absorbían cada detalle de esta civilización en crecimiento. No tardé en darme cuenta de que la ciudad vibraba con el eco del teatro y la cultura. Fue en uno de los primeros días de mi estancia que asistí a una obra en el Globe Theatre. La voz de un actor recitaba versos con una cadencia tan hipnótica que sentí cómo las palabras de Shakespeare atravesaban los siglos y resonaban en mi propio espíritu. En las tabernas, oía hablar de dramaturgos como Ben Jonson y de nuevas piezas que desafiaban los convencionalismos. La gente debatía sobre los misterios de la ciencia, pues este era un tiempo de descubrimientos: astrónomos y físicos comenzaban a comprender los secretos del universo, y la medicina avanzaba con una rapidez insólita.
El bullicio de la ciudad se acalló momentáneamente en la madrugada del 5 de noviembre de 1605. Caminaba cerca del Parlamento cuando vi a la multitud enardecida por la noticia de la Conspiración de la Pólvora. Guy Fawkes y sus cómplices habían sido descubiertos con barriles de pólvora bajo el edificio, planeando asesinar al rey Jacobo I. El alboroto crecía a cada instante, y las calles se llenaban de rumores y miedo. Observé con cautela desde la penumbra, notando el odio latente entre católicos y anglicanos, la lucha de poder que teñía la sociedad de incertidumbre y sospecha.
Durante las siguientes décadas, el reino se vio envuelto en un torbellino de conflictos. Fui testigo de la Guerra Civil Inglesa, que dividió la nación entre los realistas que apoyaban al rey Carlos I y los parlamentaristas que seguían a Oliver Cromwell. Vi la Plaza de Whitehall colmada de gente la mañana en que el monarca fue llevado al cadalso. El sonido del hacha al caer resonó en mi interior como un eco del destino trágico de los grandes imperios. Con la ejecución de Carlos I, Cromwell instauró una república y, durante su mandato, Inglaterra cambió de rostro: la austeridad puritana suprimió el teatro y la frivolidad de la corte, y la moralidad se impuso con una severidad implacable.
El tiempo me llevó a presenciar la restauración de la monarquía con la llegada de Carlos II, un rey que devolvió a Londres su esplendor y alegría. Bajo su reinado, la cultura renació con fuerza, y los teatros volvieron a abrir sus puertas. Durante estos años, en las primeras cafeterías de la ciudad, descubrí una nueva forma de intercambio intelectual. Me senté entre filósofos y escritores en estas pequeñas pero vibrantes reuniones donde las ideas fluían como el café negro en las tazas de porcelana. Allí, escuché los pensamientos de John Locke sobre la razón y la libertad, reflexionando sobre cómo sus palabras modelarían el futuro del mundo.
Sin embargo, la paz fue efímera. En 1665, la Gran Plaga se apoderó de Londres. Caminé entre calles silenciosas donde el hedor de la enfermedad impregnaba el aire. Las casas marcadas con cruces rojas escondían a los moribundos, y las campanas doblaban anunciando nuevas muertes a cada hora. Vi el miedo en los ojos de la gente, la desesperación en los médicos con sus máscaras en forma de pico de ave, el sufrimiento de una ciudad al borde del colapso. Apenas un año después, la tragedia volvió a golpear con el Gran Incendio de Londres. Desde una colina lejana, observé el resplandor de las llamas devorando la ciudad. Las iglesias y casas se derrumbaban en la voracidad del fuego, y el humo cubría el cielo como un velo de luto.
Cuando las cenizas se asentaron, la ciudad se alzó con nueva fuerza. Recorrí sus calles reconstruidas y admiré la resurgente arquitectura que comenzaba a definirla. Fue en esta época cuando conocí a Samuel Pepys, quien con su pluma registró el antes y después de la catástrofe, inmortalizando la historia en sus diarios. También me encontré con Isaac Newton, cuya mente iluminaba el mundo con descubrimientos que desafiaban lo que hasta entonces se consideraba cierto. En sus escritos sobre la gravedad y la óptica, vi la prueba de que el conocimiento avanzaba como una ola imparable.
El tiempo continuó su marcha, y en 1688 la Gloriosa Revolución cambió nuevamente el rumbo de Inglaterra. La destitución de Jacobo II y la llegada de Guillermo de Orange marcaron el inicio de un nuevo orden. Me desplacé entre la multitud que celebraba la proclamación del nuevo monarca, viendo cómo el reino abrazaba la promesa de una monarquía constitucional. Al mismo tiempo, en la escena literaria, las mujeres comenzaban a alzar la voz. Conocí a Aphra Behn, quien con su pluma desafiaba la percepción de la mujer en la sociedad, y a Mary Astell, cuyas ideas sobre la educación femenina sembraban una semilla de cambio.
La nobleza me permitió presenciar los bailes en las cortes de los Estuardo, donde la moda dictaba encajes y pelucas empolvadas. También exploré el campo, descubriendo la vida de los terratenientes y los trabajadores agrícolas que sostenían la economía rural. Entre un mundo de ciencia, arte y conflictos políticos, mi presencia en esta tierra se volvió parte de la historia misma.
Cuando el siglo llegó a su ocaso, asistí a la coronación de la Reina Ana en 1702. Observé el esplendor de la ceremonia, el brillo de la corona reflejado en los ojos de una nación expectante. Sabía que mi tiempo en Inglaterra estaba llegando a su fin. Decidí dejar tras de mí un rastro sutil: un manuscrito anónimo donde relaté los eventos que presencié, escondiendo entre sus líneas la voz de una observadora que jamás fue registrada en la historia oficial. Con el primer resplandor del alba, caminé hasta las orillas del Támesis. La bruma cubría la ciudad con un velo etéreo, y cuando las campanas de la catedral de San Pablo anunciaron una nueva mañana, desplegué mis alas y ascendí en el cielo londinense, perdiéndome en la niebla que abrazaba la urbe en su eterno devenir.