DIA 1 despues que alexa se fue 


El castillo era demasiado grande. Siempre lo había sido, pero Daniel nunca lo había notado de esa manera. Antes, el eco de sus pasos se mezclaba con la voz de su hermana, con su risa, con la seguridad de que, al final del pasillo, ella estaría ahí. Ahora... solo había silencio. Un silencio que se sentía más pesado que cualquier juicio o expectativa que había cargado antes.

No había dormido. No podía. Cada vez que cerraba los ojos, la veía. No como una sombra del pasado, sino como si fuera a entrar en cualquier momento, como si su ausencia fuera un error que se corregiría de inmediato. Pero no era así. La realidad se había impuesto con la cruel certeza de que esta vez ella no estaría para recogerlo cuando se cayera.

Desayunó solo. Un plato frente a él, una silla vacía al otro lado de la mesa. El pan estaba duro y el té demasiado amargo, pero nada de eso importaba. Hubiera estado igual aunque fuese el mejor banquete del mundo, porque lo que realmente faltaba no era la comida, sino ella. Sus pequeños comentarios burlones, la manera en que rodaba los ojos cuando él se preocupaba demasiado, su simple presencia que hacía que el mundo pareciera menos... sofocante.

Más allá del castillo, el vacío que dejó Alexa también se sentía. La aldea entera parecía sumida en un mutismo extraño, como si su partida hubiera dejado una grieta que nadie quería tocar. Daniel lo notó en los susurros apagados de los sirvientes, en las miradas evitativas de los guardias, en la forma en que sus padres desviaban la vista cada vez que él preguntaba.

—¿Dónde está Alexa? —insistió, esta vez con más firmeza. Pero la única respuesta que obtuvo fue un suspiro pesado y la fría excusa de que "no era un asunto del que debiera preocuparse".

No era suficiente. No podía ser suficiente. Entonces intentó con los sirvientes, con las cocineras, con cualquiera que pudiera darle una pista. Pero todos lo evitaban. Hablaban con él en susurros, con frases vacías, con miradas que decían más de lo que sus labios se atrevían a pronunciar.

Y cuando al fin entendió que nadie le diría nada, que su hermana se había esfumado como si nunca hubiera existido, sintió cómo algo dentro de él se rompía.

Subió corriendo a su habitación, pero no se detuvo ahí. Con un impulso casi instintivo, giró y tomó el pasillo que lo llevaba al cuarto de Alexa. La puerta estaba entreabierta, y al empujarla, el vacío de la habitación le golpeó con una frialdad insoportable. Todo estaba en orden, demasiado en orden. No quedaban rastros de ella más que en su mente, en los recuerdos que ahora parecían tan frágiles como el polvo que flotaba en el aire.

Se acercó a la cama y, sin poder evitarlo, tomó una de las almohadas y la abrazó con fuerza. Hundió el rostro en ella, buscando desesperadamente algún rastro de su hermana, un eco de su aroma, algo que le dijera que todo esto no era real.

—Alexa... —su voz se quebró—. Por favor... por favor, vuelve...

Las palabras se ahogaron en su garganta, mezcladas con sollozos entrecortados. La almohada no respondía. Nadie lo hacía. Y en el abismo de su dolor, en esa soledad aplastante, Daniel comprendió algo aterrador: su hermana realmente se había ido. Y nadie le diría por qué.