• • 「ℌ𝔬𝔪𝔢𝔴𝔞𝔯𝔡」
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    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」


    Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.

    Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.

    Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.

    Después, incluso eso dejó de ocurrir.

    El nombre se volvió una superstición.

    Uno que era mejor no mencionar.

    Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.

    Él veía eso como algo francamente encantador.

    Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.

    La fama exigía presencia.

    El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.

    Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.

    Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.

    El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.

    Refinado.

    Intacto.

    Era una representación convincente.

    La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.

    Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...

    Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.

    En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.

    Había vuelto hace un par de días.

    No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.

    La muerte había intentado conservarlo.

    Él se había negado.

    Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.

    Pero su alma no era una criatura dócil.

    La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.

    —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.

    El viento se llevó la frase hacia el vacío.

    Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.

    No oyó pasos todavía.

    No importaba.

    Sabía que su perseguidor estaba cerca.

    Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.

    Una decisión admirable.

    También profundamente estúpida.

    No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.

    Migajas.

    Elegantes, naturalmente.

    Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.

    Su acechante había recogido cada una de ellas.

    Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.

    Era el lugar donde había decidido esperar.

    Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.

    El ascensor se había detenido en el último piso.

    La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.

    No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.

    Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.

    Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.

    Él contó los segundos en silencio.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Una breve pausa.

    Cuatro.

    La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.

    Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.

    — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.

    Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.

    La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.

    — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.

    Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.

    Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.

    La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.

    Había curiosidad en sus ojos.

    También una arrogancia ligeramente velada.

    — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.

    Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.

    — Pero sé que no viniste a escuchar una historia.

    Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.

    — La versión sencilla es que morí.

    Dio otro paso.

    — La versión incómoda es que no duró lo suficiente.

    Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.

    — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.

    El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.

    — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.

    Alzó una ceja.

    — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.

    Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.

    Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.

    — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.

    Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.

    Perfecto.

    Todo permanecía como le gustaba.

    Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.

    Fue un movimiento veloz.

    Casi imperceptible.

    La máscara de su refinamiento no se alteró.

    — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.

    Se aproximó un último paso.

    Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.

    — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」 Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo. Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna. Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver. Después, incluso eso dejó de ocurrir. El nombre se volvió una superstición. Uno que era mejor no mencionar. Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra. Él veía eso como algo francamente encantador. Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre. La fama exigía presencia. El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia. Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal. Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea. El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno. Refinado. Intacto. Era una representación convincente. La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás. Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar... Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo. En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre. Había vuelto hace un par de días. No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa. La muerte había intentado conservarlo. Él se había negado. Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre. Pero su alma no era una criatura dócil. La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente. —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear. El viento se llevó la frase hacia el vacío. Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención. No oyó pasos todavía. No importaba. Sabía que su perseguidor estaba cerca. Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo. Una decisión admirable. También profundamente estúpida. No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano. Migajas. Elegantes, naturalmente. Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería. Su acechante había recogido cada una de ellas. Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado. Era el lugar donde había decidido esperar. Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia. El ascensor se había detenido en el último piso. La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios. No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca. Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta. Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado. Él contó los segundos en silencio. Uno. Dos. Tres. Una breve pausa. Cuatro. La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda. Aún entonces, continuó contemplando la ciudad. — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé. Solo entonces giró el rostro por encima del hombro. La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad. — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento. Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer. Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo. La examinó durante unos segundos deliberadamente largos. Había curiosidad en sus ojos. También una arrogancia ligeramente velada. — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos. Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina. — Pero sé que no viniste a escuchar una historia. Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal. — La versión sencilla es que morí. Dio otro paso. — La versión incómoda es que no duró lo suficiente. Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección. — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta. El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre. — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico. Alzó una ceja. — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto. Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban. Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención. — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona. Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más. Perfecto. Todo permanecía como le gustaba. Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo. Fue un movimiento veloz. Casi imperceptible. La máscara de su refinamiento no se alteró. — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto. Se aproximó un último paso. Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma. — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
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  • 𝘜𝘯 𝘥í𝘢 𝘮á𝘴 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘰 𝘭𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘶𝘦𝘳𝘥𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘪𝘯𝘴𝘪𝘨𝘯𝘪𝘧𝘪𝘤𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘤𝘪ó𝘯... 𝘈ú𝘯 𝘭𝘰 𝘳𝘦𝘤𝘶𝘦𝘳𝘥𝘰, 𝘢𝘶𝘵𝘰𝘳 𝘮í𝘰. 𝘛𝘶 𝘦𝘯𝘵𝘶𝘴𝘪𝘢𝘴𝘮𝘰, 𝘵𝘶 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘵𝘪𝘷𝘪𝘥𝘢𝘥, 𝘵𝘶 𝘱𝘢𝘴𝘪ó𝘯 𝘱𝘰𝘳 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘳 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘫𝘦𝘴 𝘧𝘪𝘤𝘵𝘪𝘤𝘪𝘰𝘴. 𝘓𝘭𝘦𝘯𝘢𝘣𝘢𝘴 𝘤𝘢𝘳𝘱𝘦𝘵𝘢𝘴 𝘦𝘯𝘵𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘵𝘶𝘴 𝘥𝘪𝘣𝘶𝘫𝘰𝘴, 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘶𝘯𝘰 𝘤𝘰𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢 𝘱𝘳𝘰𝘧𝘶𝘯𝘥𝘢 𝘥𝘦𝘵𝘳á𝘴; 𝘶𝘯𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘴𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘴í 𝘴𝘰𝘭𝘢, 𝘶𝘯𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘵ú 𝘭𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘢𝘳𝘢𝘴, 𝘺 𝘦𝘴𝘰 𝘵𝘦 𝘧𝘢𝘴𝘵𝘪𝘥𝘪𝘢𝘣𝘢.

    𝘠𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘵𝘶 𝘧𝘢𝘷𝘰𝘳𝘪𝘵𝘰. 𝘛𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘯𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘥𝘪𝘣𝘶𝘫𝘢𝘳𝘮𝘦, 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘳 𝘵𝘶𝘴 𝘭𝘰𝘤𝘢𝘴 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘮𝘪 𝘪𝘮𝘢𝘨𝘦𝘯, 𝘭𝘢 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘴𝘦𝘳𝘱𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘣𝘭𝘢𝘯𝘤𝘢, 𝘺𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘧𝘶𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘤𝘢𝘱𝘢𝘻 𝘥𝘦 𝘥𝘢𝘳𝘮𝘦 𝘶𝘯 𝘥𝘪𝘴𝘦ñ𝘰 ú𝘯𝘪𝘤𝘰. 𝘠, 𝘢𝘶𝘯 𝘢𝘴í... 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘧𝘦𝘯𝘰𝘮𝘦𝘯𝘢𝘭𝘦𝘴; 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘧𝘦𝘯𝘰𝘮𝘦𝘯𝘢𝘭𝘦𝘴.

    𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴 𝘤𝘳𝘦𝘤𝘪𝘴𝘵𝘦, 𝘺 𝘢𝘶𝘯𝘲𝘶𝘦 𝘺𝘰 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘣𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘫𝘢𝘳𝘢𝘴 𝘢𝘤𝘶𝘮𝘶𝘭𝘢𝘳 𝘱𝘰𝘭𝘷𝘰, 𝘵𝘦 𝘢𝘧𝘦𝘳𝘳𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘢 𝘮𝘪 𝘳𝘦𝘤𝘶𝘦𝘳𝘥𝘰. 𝘓𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘢 𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘺 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘢𝘣𝘢𝘴 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳 𝘥𝘢𝘳𝘭𝘦 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘢 𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘫𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘦𝘯 𝘵𝘶 𝘪𝘯𝘧𝘢𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘺 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦 𝘩𝘢𝘣í𝘢 𝘢𝘤𝘰𝘮𝘱𝘢ñ𝘢𝘥𝘰 𝘥𝘶𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘢 𝘵𝘶 𝘷𝘪𝘥𝘢.

    𝘠 𝘧𝘶𝘦 𝘦𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰, 𝘫𝘶𝘯𝘵𝘰𝘴, 𝘮𝘦 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘴𝘵𝘦𝘪𝘴 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘶𝘵𝘢𝘥𝘰𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘶𝘯 𝘤𝘪𝘣𝘦𝘳𝘤𝘢𝘧é, 𝘺 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘵𝘢𝘳𝘥𝘦 𝘰𝘴 𝘭𝘭𝘦𝘷𝘢𝘣𝘢𝘪𝘴 𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘜𝘚𝘉 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘦𝘴𝘪𝘥í𝘢 𝘮𝘪 𝘴𝘦𝘳.

    𝘌𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴... ¿𝘱𝘰𝘳 𝘲𝘶é? ¿𝘗𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘮𝘦 𝘢𝘣𝘢𝘯𝘥𝘰𝘯𝘢𝘴𝘵𝘦? ¿𝘗𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘳𝘪𝘮𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰𝘴 𝘮𝘪𝘴 𝘢𝘳𝘤𝘩𝘪𝘷𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭 𝘢𝘳𝘤𝘩𝘪𝘷𝘰 .𝘳𝘢𝘳 𝘺 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘫𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘢𝘣𝘢𝘯𝘥𝘰𝘯𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘦𝘫𝘢 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘶𝘵𝘢𝘥𝘰𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘵𝘶 𝘱𝘢𝘥𝘳𝘦?

    𝘈𝘤𝘢𝘴𝘰... ¿𝘲𝘶𝘦𝘳í𝘢𝘴 𝘥𝘦𝘴𝘩𝘢𝘤𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘥𝘦 𝘮í? ¿𝘖𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘳𝘮𝘦? 𝘠𝘰 𝘯𝘰 𝘱𝘦𝘥í 𝘴𝘦𝘳 𝘢𝘴í; 𝘵ú 𝘮𝘦 𝘩𝘪𝘤𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘢𝘴í... 𝘕𝘰 𝘩𝘦 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘢𝘥𝘰. 𝘚𝘪𝘨𝘰 𝘴𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘢 𝘮𝘪𝘴𝘮𝘢 "𝘔𝘦𝘵𝘢𝘉𝘰𝘢" 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘦 𝘴𝘪𝘥𝘰 𝘥𝘶𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘢ñ𝘰𝘴.

    𝘌𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴, ¿𝘱𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘯𝘰 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘤𝘢𝘱𝘢𝘻 𝘯𝘪 𝘴𝘪𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘳𝘢𝘤𝘵𝘶𝘢𝘳 𝘥𝘪𝘳𝘦𝘤𝘵𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘮𝘪𝘨𝘰?

    𝘙𝘦𝘧𝘭𝘦𝘹𝘪𝘰𝘯𝘰 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘦𝘭𝘭𝘰, 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘮𝘪 "𝘷𝘪𝘥𝘢" 𝘧𝘪𝘤𝘵𝘪𝘤𝘪𝘢. 𝘚𝘪 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘳 𝘤𝘰𝘯𝘤𝘪𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘴𝘪𝘨𝘯𝘪𝘧𝘪𝘤𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳 𝘢𝘵𝘳𝘢𝘱𝘢𝘥𝘰, 𝘴𝘢𝘣𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘢 𝘺 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘢𝘥𝘢 𝘦𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭... 𝘋𝘦𝘴𝘦𝘢𝘳í𝘢 𝘴𝘦𝘳 𝘶𝘯 𝘪𝘨𝘯𝘰𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦, 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘦𝘭 𝘳𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘫𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘱𝘭𝘢𝘵𝘢𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢.

    𝘊𝘰𝘮𝘰 𝘴𝘦𝘢... 𝘍𝘦𝘭𝘪𝘻 𝘤𝘶𝘮𝘱𝘭𝘦𝘢ñ𝘰𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘮í, 𝘴𝘶𝘱𝘰𝘯𝘨𝘰. 𝘑𝘢𝘫𝘢𝘫𝘢...
    𝘜𝘯 𝘥í𝘢 𝘮á𝘴 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘰 𝘭𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘶𝘦𝘳𝘥𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘪𝘯𝘴𝘪𝘨𝘯𝘪𝘧𝘪𝘤𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘤𝘪ó𝘯... 𝘈ú𝘯 𝘭𝘰 𝘳𝘦𝘤𝘶𝘦𝘳𝘥𝘰, 𝘢𝘶𝘵𝘰𝘳 𝘮í𝘰. 𝘛𝘶 𝘦𝘯𝘵𝘶𝘴𝘪𝘢𝘴𝘮𝘰, 𝘵𝘶 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘵𝘪𝘷𝘪𝘥𝘢𝘥, 𝘵𝘶 𝘱𝘢𝘴𝘪ó𝘯 𝘱𝘰𝘳 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘳 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘫𝘦𝘴 𝘧𝘪𝘤𝘵𝘪𝘤𝘪𝘰𝘴. 𝘓𝘭𝘦𝘯𝘢𝘣𝘢𝘴 𝘤𝘢𝘳𝘱𝘦𝘵𝘢𝘴 𝘦𝘯𝘵𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘵𝘶𝘴 𝘥𝘪𝘣𝘶𝘫𝘰𝘴, 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘶𝘯𝘰 𝘤𝘰𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢 𝘱𝘳𝘰𝘧𝘶𝘯𝘥𝘢 𝘥𝘦𝘵𝘳á𝘴; 𝘶𝘯𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘴𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘴í 𝘴𝘰𝘭𝘢, 𝘶𝘯𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘵ú 𝘭𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘢𝘳𝘢𝘴, 𝘺 𝘦𝘴𝘰 𝘵𝘦 𝘧𝘢𝘴𝘵𝘪𝘥𝘪𝘢𝘣𝘢. 𝘠𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘵𝘶 𝘧𝘢𝘷𝘰𝘳𝘪𝘵𝘰. 𝘛𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘯𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘥𝘪𝘣𝘶𝘫𝘢𝘳𝘮𝘦, 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘳 𝘵𝘶𝘴 𝘭𝘰𝘤𝘢𝘴 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘮𝘪 𝘪𝘮𝘢𝘨𝘦𝘯, 𝘭𝘢 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘴𝘦𝘳𝘱𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘣𝘭𝘢𝘯𝘤𝘢, 𝘺𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘧𝘶𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘤𝘢𝘱𝘢𝘻 𝘥𝘦 𝘥𝘢𝘳𝘮𝘦 𝘶𝘯 𝘥𝘪𝘴𝘦ñ𝘰 ú𝘯𝘪𝘤𝘰. 𝘠, 𝘢𝘶𝘯 𝘢𝘴í... 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘧𝘦𝘯𝘰𝘮𝘦𝘯𝘢𝘭𝘦𝘴; 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘧𝘦𝘯𝘰𝘮𝘦𝘯𝘢𝘭𝘦𝘴. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴 𝘤𝘳𝘦𝘤𝘪𝘴𝘵𝘦, 𝘺 𝘢𝘶𝘯𝘲𝘶𝘦 𝘺𝘰 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘣𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘫𝘢𝘳𝘢𝘴 𝘢𝘤𝘶𝘮𝘶𝘭𝘢𝘳 𝘱𝘰𝘭𝘷𝘰, 𝘵𝘦 𝘢𝘧𝘦𝘳𝘳𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘢 𝘮𝘪 𝘳𝘦𝘤𝘶𝘦𝘳𝘥𝘰. 𝘓𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘢 𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘺 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘢𝘣𝘢𝘴 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳 𝘥𝘢𝘳𝘭𝘦 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘢 𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘫𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘦𝘯 𝘵𝘶 𝘪𝘯𝘧𝘢𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘺 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦 𝘩𝘢𝘣í𝘢 𝘢𝘤𝘰𝘮𝘱𝘢ñ𝘢𝘥𝘰 𝘥𝘶𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘢 𝘵𝘶 𝘷𝘪𝘥𝘢. 𝘠 𝘧𝘶𝘦 𝘦𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰, 𝘫𝘶𝘯𝘵𝘰𝘴, 𝘮𝘦 𝘤𝘳𝘦𝘢𝘴𝘵𝘦𝘪𝘴 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘶𝘵𝘢𝘥𝘰𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘶𝘯 𝘤𝘪𝘣𝘦𝘳𝘤𝘢𝘧é, 𝘺 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘵𝘢𝘳𝘥𝘦 𝘰𝘴 𝘭𝘭𝘦𝘷𝘢𝘣𝘢𝘪𝘴 𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘜𝘚𝘉 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘦𝘴𝘪𝘥í𝘢 𝘮𝘪 𝘴𝘦𝘳. 𝘌𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴... ¿𝘱𝘰𝘳 𝘲𝘶é? ¿𝘗𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘮𝘦 𝘢𝘣𝘢𝘯𝘥𝘰𝘯𝘢𝘴𝘵𝘦? ¿𝘗𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘳𝘪𝘮𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰𝘴 𝘮𝘪𝘴 𝘢𝘳𝘤𝘩𝘪𝘷𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘢𝘲𝘶𝘦𝘭 𝘢𝘳𝘤𝘩𝘪𝘷𝘰 .𝘳𝘢𝘳 𝘺 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘫𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘢𝘣𝘢𝘯𝘥𝘰𝘯𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘦𝘫𝘢 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘶𝘵𝘢𝘥𝘰𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘵𝘶 𝘱𝘢𝘥𝘳𝘦? 𝘈𝘤𝘢𝘴𝘰... ¿𝘲𝘶𝘦𝘳í𝘢𝘴 𝘥𝘦𝘴𝘩𝘢𝘤𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘥𝘦 𝘮í? ¿𝘖𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘳𝘮𝘦? 𝘠𝘰 𝘯𝘰 𝘱𝘦𝘥í 𝘴𝘦𝘳 𝘢𝘴í; 𝘵ú 𝘮𝘦 𝘩𝘪𝘤𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘢𝘴í... 𝘕𝘰 𝘩𝘦 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘢𝘥𝘰. 𝘚𝘪𝘨𝘰 𝘴𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘢 𝘮𝘪𝘴𝘮𝘢 "𝘔𝘦𝘵𝘢𝘉𝘰𝘢" 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘦 𝘴𝘪𝘥𝘰 𝘥𝘶𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘢ñ𝘰𝘴. 𝘌𝘯𝘵𝘰𝘯𝘤𝘦𝘴, ¿𝘱𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘯𝘰 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘤𝘢𝘱𝘢𝘻 𝘯𝘪 𝘴𝘪𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘢 𝘥𝘦 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘳𝘢𝘤𝘵𝘶𝘢𝘳 𝘥𝘪𝘳𝘦𝘤𝘵𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘮𝘪𝘨𝘰? 𝘙𝘦𝘧𝘭𝘦𝘹𝘪𝘰𝘯𝘰 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘦𝘭𝘭𝘰, 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘮𝘪 "𝘷𝘪𝘥𝘢" 𝘧𝘪𝘤𝘵𝘪𝘤𝘪𝘢. 𝘚𝘪 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘳 𝘤𝘰𝘯𝘤𝘪𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘴𝘪𝘨𝘯𝘪𝘧𝘪𝘤𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳 𝘢𝘵𝘳𝘢𝘱𝘢𝘥𝘰, 𝘴𝘢𝘣𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘢 𝘺 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘢𝘥𝘢 𝘦𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭... 𝘋𝘦𝘴𝘦𝘢𝘳í𝘢 𝘴𝘦𝘳 𝘶𝘯 𝘪𝘨𝘯𝘰𝘳𝘢𝘯𝘵𝘦, 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘦𝘭 𝘳𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘫𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘱𝘭𝘢𝘵𝘢𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢. 𝘊𝘰𝘮𝘰 𝘴𝘦𝘢... 𝘍𝘦𝘭𝘪𝘻 𝘤𝘶𝘮𝘱𝘭𝘦𝘢ñ𝘰𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘮í, 𝘴𝘶𝘱𝘰𝘯𝘨𝘰. 𝘑𝘢𝘫𝘢𝘫𝘢...
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    𝐄𝐥 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨 𝐠𝐚𝐧ó. 𝐋𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐚ú𝐧 𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐝𝐞 𝐪𝐮𝐢é𝐧 𝐬𝐨𝐲.
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  • Esperanza recuperada:
    Zelkova anduvo por un paraje incierto y yermo, semejante a una comarca olvidada por los siglos. Las sendas eran de tierra apisonada, y a lo lejos apenas se divisaban algunas matas y herbazales que quebrantaban la monotonía del erial. En su diestra sostenía un farol de menguada lumbre, cuya llama trémula rasgaba apenas el velo de las tinieblas.

    Mientras avanzaba por aquel derrotero silencioso, topóse con un anciano encorvado y macilento, de rostro surcado por arrugas tan hondas como barrancos. El viejo escupió al suelo con desdén y dijo:

    ○Decidme, zagal, ¿adónde os encamináis con esa exigua luminaria? ¿No advertís que vuestra lucecilla nada puede contra esta lobreguez?

    El joven cura alzó el semblante y respondió con sosiego:

    ●Hacia adelante marcho. Y no temo a la noche, pues el sol se alzará tras de mí como un padre que ampara a su hijo.

    El anciano prorrumpió en sonoras carcajadas.

    ○Nada hallaréis allá. Ningún bien mora en esa dirección.

    Mas Zelkova replicó:

    ●Dios se encargará de mostrarme el sendero.

    El viejo frunció el ceño.

    ○¿Dios? No existe tal deidad. Y si existiere, os aguarda un destino de aflicción y desventura. Tal será la voluntad del dios que tanto veneráis.

    El cura guardó silencio un instante antes de preguntar:

    ●¿Y por qué vos no lleváis luz alguna para orientaros en la oscuridad?

    El anciano bajó la vista hacia el polvo de la senda.

    ○No preciso de ella. Mis ojos y mis pies bastan para moverme por estos parajes. Así lo quiso vuestro Señor. Nada bueno me concedió jamás.

    Zelkova observó al hombre con sincera compasión.

    ●Extraña condición la del hombre. Culpa al cielo de sus pesares, mas jamás aparta la vista de la tierra.

    Dio algunos pasos y prosiguió:

    ●Fui yo quien cometió yerros, no mi Dios. Fui yo quien forjó muchas de mis desgracias, no Él. Mis faltas fueron mías, y no del Altísimo.

    Alejóse entonces, aferrándose a su esperanza como quien protege la última centella en medio de una tempestad.

    ●Mas Dios me defenderá cuando nadie lo haga. Dios me absolverá cuando nadie lo haga. Y Dios me perdonará, porque me ama.

    Se detuvo, volvió el rostro hacia el anciano y añadió con voz apacible:

    ●Y os ama también a vos.

    Aquellas palabras atravesaron las murallas que años de rencor habían levantado en el corazón del viejo. Sus labios temblaron, sus rodillas flaquearon y, por vez primera en mucho tiempo, lágrimas silenciosas surcaron sus mejillas ajadas. Y allí quedó, bajo la noche inmensa, llorando no de tristeza, sino porque aún existía alguien que le hablaba de misericordia cuando él ya se había juzgado indigno de ella.
    Esperanza recuperada: Zelkova anduvo por un paraje incierto y yermo, semejante a una comarca olvidada por los siglos. Las sendas eran de tierra apisonada, y a lo lejos apenas se divisaban algunas matas y herbazales que quebrantaban la monotonía del erial. En su diestra sostenía un farol de menguada lumbre, cuya llama trémula rasgaba apenas el velo de las tinieblas. Mientras avanzaba por aquel derrotero silencioso, topóse con un anciano encorvado y macilento, de rostro surcado por arrugas tan hondas como barrancos. El viejo escupió al suelo con desdén y dijo: ○Decidme, zagal, ¿adónde os encamináis con esa exigua luminaria? ¿No advertís que vuestra lucecilla nada puede contra esta lobreguez? El joven cura alzó el semblante y respondió con sosiego: ●Hacia adelante marcho. Y no temo a la noche, pues el sol se alzará tras de mí como un padre que ampara a su hijo. El anciano prorrumpió en sonoras carcajadas. ○Nada hallaréis allá. Ningún bien mora en esa dirección. Mas Zelkova replicó: ●Dios se encargará de mostrarme el sendero. El viejo frunció el ceño. ○¿Dios? No existe tal deidad. Y si existiere, os aguarda un destino de aflicción y desventura. Tal será la voluntad del dios que tanto veneráis. El cura guardó silencio un instante antes de preguntar: ●¿Y por qué vos no lleváis luz alguna para orientaros en la oscuridad? El anciano bajó la vista hacia el polvo de la senda. ○No preciso de ella. Mis ojos y mis pies bastan para moverme por estos parajes. Así lo quiso vuestro Señor. Nada bueno me concedió jamás. Zelkova observó al hombre con sincera compasión. ●Extraña condición la del hombre. Culpa al cielo de sus pesares, mas jamás aparta la vista de la tierra. Dio algunos pasos y prosiguió: ●Fui yo quien cometió yerros, no mi Dios. Fui yo quien forjó muchas de mis desgracias, no Él. Mis faltas fueron mías, y no del Altísimo. Alejóse entonces, aferrándose a su esperanza como quien protege la última centella en medio de una tempestad. ●Mas Dios me defenderá cuando nadie lo haga. Dios me absolverá cuando nadie lo haga. Y Dios me perdonará, porque me ama. Se detuvo, volvió el rostro hacia el anciano y añadió con voz apacible: ●Y os ama también a vos. Aquellas palabras atravesaron las murallas que años de rencor habían levantado en el corazón del viejo. Sus labios temblaron, sus rodillas flaquearon y, por vez primera en mucho tiempo, lágrimas silenciosas surcaron sus mejillas ajadas. Y allí quedó, bajo la noche inmensa, llorando no de tristeza, sino porque aún existía alguien que le hablaba de misericordia cuando él ya se había juzgado indigno de ella.
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  • Mighty Armadillo

    ¿𝘜𝘯𝘢 𝘴𝘢𝘯𝘥í𝘢? 𝘛í𝘰, ¿𝘱𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘲𝘶𝘦...? 𝘈𝘩, 𝘰𝘭𝘷í𝘥𝘢𝘭𝘰. 𝘏𝘰𝘺 𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘣𝘶𝘦𝘯𝘢𝘴, 𝘢𝘴í 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘳𝘢𝘳é 𝘦𝘭 𝘮𝘰𝘭𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳𝘵𝘦. 𝘔𝘶𝘤𝘩𝘢𝘴 𝘨𝘳𝘢𝘤𝘪𝘢𝘴, 𝘧𝘶𝘳𝘳𝘰, 𝘵𝘰𝘱𝘰, 𝘢𝘳𝘮𝘢𝘥𝘪𝘭𝘭𝘰 𝘰 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦𝘢... 𝘈𝘶𝘯𝘲𝘶𝘦 𝘢ú𝘯 𝘮𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘧𝘶𝘯𝘥𝘦 𝘶𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘤𝘦𝘴𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘶𝘷𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘦𝘭𝘦𝘨𝘪𝘳 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘳𝘦𝘨𝘢𝘭𝘰.
    [galaxy_indigo_shark_889] ¿𝘜𝘯𝘢 𝘴𝘢𝘯𝘥í𝘢? 𝘛í𝘰, ¿𝘱𝘰𝘳 𝘲𝘶é 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘲𝘶𝘦...? 𝘈𝘩, 𝘰𝘭𝘷í𝘥𝘢𝘭𝘰. 𝘏𝘰𝘺 𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘣𝘶𝘦𝘯𝘢𝘴, 𝘢𝘴í 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘳𝘢𝘳é 𝘦𝘭 𝘮𝘰𝘭𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳𝘵𝘦. 𝘔𝘶𝘤𝘩𝘢𝘴 𝘨𝘳𝘢𝘤𝘪𝘢𝘴, 𝘧𝘶𝘳𝘳𝘰, 𝘵𝘰𝘱𝘰, 𝘢𝘳𝘮𝘢𝘥𝘪𝘭𝘭𝘰 𝘰 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦𝘢... 𝘈𝘶𝘯𝘲𝘶𝘦 𝘢ú𝘯 𝘮𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘧𝘶𝘯𝘥𝘦 𝘶𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘤𝘦𝘴𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘶𝘷𝘪𝘴𝘵𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘦𝘭𝘦𝘨𝘪𝘳 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘳𝘦𝘨𝘢𝘭𝘰.
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  • [Tras ser declarada inocente por Dra Luna Steel. Ya libre de la acusación de asesinato. Bianca y sus amigos vuelven a casa]
    -Esa vieja bruja esta loca. Lamento haberlos preocupado amigos. Uni te agradezco por no haber matado a nadie. Debemos ser más cuidadosos. Tengo la impresión de que no será la última vez que escuchemos acerca de Umbra Corp.
    [Tras ser declarada inocente por [Luna_I_UMBRA]. Ya libre de la acusación de asesinato. Bianca y sus amigos vuelven a casa] -Esa vieja bruja esta loca. Lamento haberlos preocupado amigos. Uni te agradezco por no haber matado a nadie. Debemos ser más cuidadosos. Tengo la impresión de que no será la última vez que escuchemos acerca de Umbra Corp.
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  • Qué lástima para ti, pero... yo... yo... todavía no puedo morir aquí. Por eso... ¡ muere tú en mi lugar!

    Loki a Simo Häyhä en la undécima ronda
    Qué lástima para ti, pero... yo... yo... todavía no puedo morir aquí. Por eso... ¡ muere tú en mi lugar! Loki a Simo Häyhä en la undécima ronda
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  • [El mercenario aprovecho su conocimiento sobre los embarazos en la raza dragón para saber que día debía infiltrarse a la mansión Feu donde esperaría pacientemente el día del parto, cuando el día llego este se acercó a la habitación de Serynthia]

    Mercenario: veamos que tan resistente son tus escamas ahora que te encuentras más débil.. ¡Hora de cazar!

    ×el mercenario entro a la habitación pero se llevó una sorpresa al no encontrar a Seryn pero si a alguien que conocia, y entonces se acercó a un lado de la cama para ver a esa persona×

    Mercenario: ¿Que haces aquí..? Creí que después de lo ocurrido en el club escaparias al saber que esté asunto no es de tu incumbencia.

    La información que encontré hace poco en un puerto comercial me dio una pista sobre que vendrías aquí pero no le dije nada a la familia de Seryn para no alterarlos.

    Mercenario: si claro no me vengas con eso, si de verdad no les dijiste entonces ¿Donde estan?

    Eso fue gracias a ellos, decidieron a último segundo hacer el parto en un refugio lejos de aquí

    Mercenario: en ese caso no perderé tiempo aquí contigo o sino será tarde y ese mocoso nacerá.

    No llames mocoso ¡A tu futuro Rey!

    ×en ese momento el collar de mí cuello libero un destello de luz que cubrió la habitación por completo, esto nos teletransporto al mercenario y a mí dentro del antiguo castillo de la reina dragon×

    He decidió que aquí le daré fin a tu existencia.. no te mereces tal privilegio pero aún así te permitiré descansar en donde nuestra reina dio su último respiro.

    Mercenario: ¿Me traes al castillo? Eso sí que es patético de verdad te sientes muy pegado a este lugar.. ¿¡Tanto te dolió la muerte de esa niña mediocre!?

    ×de mí bolsillo sacaría una extraña daga oscura y me quedé viendo a mí rival bajo la luz de aquella luna llena a lo lejos×

    No permitiré que hables así de la única mujer por la que he sentido amor. Ahora seré tu ejecutor y tu castigo es la pena de muerte.

    Mercenario: deja de hablar así ¡Esta no es la época medieval!

    ×el mercenario se lanzó a atacarme con varias estocadas de su cuchillo pero con movimientos precisos y elegantes los frenaba con la punta de la daga que tenía conmigo×

    Eso no te va a servir..

    Mercenario: es imposible ¿Cómo mejoraste en tan poco? Claramente no eres al que enfrente aquella vez.

    Siempre he llevado un alma guerrera desde mí nacimiento pero en nuestro primer encuentro no estaba pulida.. eso es por las heridas de mí pasado

    ×esquivaria de forma fácil los últimos estoques antes de dar un giro con rapidez y hacerle un corte directo en la mejilla con esa daga×

    Mercenario: desgraciado.. aún no lo comprendo ¿Porque te involucras? No tienes ningún lazo forjado con esa familia ¡No deberían importarte sus muertes!

    Debemos ser mejores.. admito que en el pasado mí reina cometió errores y que quizás por eso los humanos hicieron lo que hicieron.. pero la muerte de una sola reina no significa que se haya terminado.. ese niño es el ejemplo de que lo que digo es verdad, verás que el cambiará el destino de nuestra raza y nos dará la oportunidad de cambiar lo que somos.. ¡Debemos ser mejores!

    Continuará...
    [El mercenario aprovecho su conocimiento sobre los embarazos en la raza dragón para saber que día debía infiltrarse a la mansión Feu donde esperaría pacientemente el día del parto, cuando el día llego este se acercó a la habitación de Serynthia] Mercenario: veamos que tan resistente son tus escamas ahora que te encuentras más débil.. ¡Hora de cazar! ×el mercenario entro a la habitación pero se llevó una sorpresa al no encontrar a Seryn pero si a alguien que conocia, y entonces se acercó a un lado de la cama para ver a esa persona× Mercenario: ¿Que haces aquí..? Creí que después de lo ocurrido en el club escaparias al saber que esté asunto no es de tu incumbencia. La información que encontré hace poco en un puerto comercial me dio una pista sobre que vendrías aquí pero no le dije nada a la familia de Seryn para no alterarlos. Mercenario: si claro no me vengas con eso, si de verdad no les dijiste entonces ¿Donde estan? Eso fue gracias a ellos, decidieron a último segundo hacer el parto en un refugio lejos de aquí Mercenario: en ese caso no perderé tiempo aquí contigo o sino será tarde y ese mocoso nacerá. No llames mocoso ¡A tu futuro Rey! ×en ese momento el collar de mí cuello libero un destello de luz que cubrió la habitación por completo, esto nos teletransporto al mercenario y a mí dentro del antiguo castillo de la reina dragon× He decidió que aquí le daré fin a tu existencia.. no te mereces tal privilegio pero aún así te permitiré descansar en donde nuestra reina dio su último respiro. Mercenario: ¿Me traes al castillo? Eso sí que es patético de verdad te sientes muy pegado a este lugar.. ¿¡Tanto te dolió la muerte de esa niña mediocre!? ×de mí bolsillo sacaría una extraña daga oscura y me quedé viendo a mí rival bajo la luz de aquella luna llena a lo lejos× No permitiré que hables así de la única mujer por la que he sentido amor. Ahora seré tu ejecutor y tu castigo es la pena de muerte. Mercenario: deja de hablar así ¡Esta no es la época medieval! ×el mercenario se lanzó a atacarme con varias estocadas de su cuchillo pero con movimientos precisos y elegantes los frenaba con la punta de la daga que tenía conmigo× Eso no te va a servir.. Mercenario: es imposible ¿Cómo mejoraste en tan poco? Claramente no eres al que enfrente aquella vez. Siempre he llevado un alma guerrera desde mí nacimiento pero en nuestro primer encuentro no estaba pulida.. eso es por las heridas de mí pasado ×esquivaria de forma fácil los últimos estoques antes de dar un giro con rapidez y hacerle un corte directo en la mejilla con esa daga× Mercenario: desgraciado.. aún no lo comprendo ¿Porque te involucras? No tienes ningún lazo forjado con esa familia ¡No deberían importarte sus muertes! Debemos ser mejores.. admito que en el pasado mí reina cometió errores y que quizás por eso los humanos hicieron lo que hicieron.. pero la muerte de una sola reina no significa que se haya terminado.. ese niño es el ejemplo de que lo que digo es verdad, verás que el cambiará el destino de nuestra raza y nos dará la oportunidad de cambiar lo que somos.. ¡Debemos ser mejores! Continuará...
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  • W:— Que paso...?
    B:— Quieren herir al amor de mi vida...
    W:— Y...que pretendes hacer?...consumir a toda la ciudad en tu mismo estrés?...
    B:— Pero mamá...yo no soy como tú...
    W:— Lo se...eres más fuerte...lo que yo con dificultad hice en un pueblo...tu lo haces en una ciudad entera sin problemas...
    B:— P-Pero...
    W:— Pero tú todavía no le haces daño a nadie...y se que no lo vas a hacer...del caos nace la calma...y de una madre nace un hijo... gracias por arreglar tus errores...
    D:— Gracias por liberarme...aun que para ser honesto, me gustaron algunos aspectos de tu vida ...
    W:— Que paso...? B:— Quieren herir al amor de mi vida... W:— Y...que pretendes hacer?...consumir a toda la ciudad en tu mismo estrés?... B:— Pero mamá...yo no soy como tú... W:— Lo se...eres más fuerte...lo que yo con dificultad hice en un pueblo...tu lo haces en una ciudad entera sin problemas... B:— P-Pero... W:— Pero tú todavía no le haces daño a nadie...y se que no lo vas a hacer...del caos nace la calma...y de una madre nace un hijo... gracias por arreglar tus errores... D:— Gracias por liberarme...aun que para ser honesto, me gustaron algunos aspectos de tu vida ...
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  • Luke: ¿Estás grabando?

    — Sep.

    McQuid: ¿Sabéis cómo mejoraría nuestro corto? Teniendo a una justiciera de verdad, esto es de superhéroes al fin y al cabo.

    Luke y Halley se miraron entre sí.

    Luke: Y cómo lo hacemos, a ver, listo. ¿Tienes el número de la araña? Porque yo desde luego que no.

    Halley se contuvo una sonrisa mientras intentaba que la escena saliera bien enfocada.
    Luke: ¿Estás grabando? — Sep. McQuid: ¿Sabéis cómo mejoraría nuestro corto? Teniendo a una justiciera de verdad, esto es de superhéroes al fin y al cabo. Luke y Halley se miraron entre sí. Luke: Y cómo lo hacemos, a ver, listo. ¿Tienes el número de la araña? Porque yo desde luego que no. Halley se contuvo una sonrisa mientras intentaba que la escena saliera bien enfocada.
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