• - Sabes tú, lo sé yo, dónde y cuando fuimos libres, y adónde se fue nuestra amada libertad, presos del silencio, nos adornan suspiros cargados de nostalgia, mi recuerdo en tu mirada te molesta y mi corazón suele doler cuando yo pienso en usted, es así, ironía pensar que la luz fue amante de la oscuridad, bailamos si, bailamos como la vida y la muerte en un sueño donde ambos se aman y se toman de la mano, sin principio ni final, te extraño si, en mis madrugadas, en mis enojos, en días donde espero milagrosamente una llamada, si.. a veces, porque estoy acostumbrado a no dar espacio al sentimiento, soy de acero recuerdas, acero que solo puede ser forjado con el fuego que nace de tus labios ... Ave mía Pendragon, que la vida te bendiga y un día puedas recordarme con una sonrisa .
    - Sabes tú, lo sé yo, dónde y cuando fuimos libres, y adónde se fue nuestra amada libertad, presos del silencio, nos adornan suspiros cargados de nostalgia, mi recuerdo en tu mirada te molesta y mi corazón suele doler cuando yo pienso en usted, es así, ironía pensar que la luz fue amante de la oscuridad, bailamos si, bailamos como la vida y la muerte en un sueño donde ambos se aman y se toman de la mano, sin principio ni final, te extraño si, en mis madrugadas, en mis enojos, en días donde espero milagrosamente una llamada, si.. a veces, porque estoy acostumbrado a no dar espacio al sentimiento, soy de acero recuerdas, acero que solo puede ser forjado con el fuego que nace de tus labios ... Ave mía Pendragon, que la vida te bendiga y un día puedas recordarme con una sonrisa .
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  • - No creo que sea el único que tenga un sueño de ayudar a todos los que pueda, de proteger a quienes amo. . . Y tener la posibilidad de mirar todas las películas de acción del mundo.
    - No creo que sea el único que tenga un sueño de ayudar a todos los que pueda, de proteger a quienes amo. . . Y tener la posibilidad de mirar todas las películas de acción del mundo.
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  • -Sergio y yo os deseamos buenas noches. ¡Mañana seguiremos combatiendo el crimen! -se mete en la cama rezando con todas sus fuerzas para que no le llegue una llamada en plena noche. Solo dios sabe cómo de necesario es dormir en ese momento para la analista técnica de la UAC-
    -Sergio y yo os deseamos buenas noches. ¡Mañana seguiremos combatiendo el crimen! -se mete en la cama rezando con todas sus fuerzas para que no le llegue una llamada en plena noche. Solo dios sabe cómo de necesario es dormir en ese momento para la analista técnica de la UAC-
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  • —No me he muerto... aún. Lo cual es básicamente una victoria, considerando mi historial (?)
    —No me he muerto... aún. Lo cual es básicamente una victoria, considerando mi historial (?)
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  • Mae no estaba acostumbrada a las noches fáciles.
    Normalmente la oscuridad traía cazadores, susurros… o recuerdos. Pero aquella vez traía risas.

    El bar era pequeño, con luces cálidas y música demasiado alta. Mae se había sentado en la esquina más alejada, como siempre, con la espalda pegada a la pared y los ojos atentos. Entonces llegaron ellas: dos chicas con delineador corrido y sonrisas sinceras que le pidieron fuego, conversación… y luego su nombre.
    Al principio Mae mintió. Luego se sorprendió riendo.

    Hablaron de chicos idiotas, de sueños imposibles y de tatuajes que aún no existían. Una de ellas le pintó una estrella diminuta en la muñeca con un rotulador negro. “Para que no te pierdas”, dijo.
    Mae sintió algo raro en el pecho. No era miedo. No era rabia. Era… calor.

    Por unas horas no fue un error del universo ni la hija de un demonio.
    Solo fue una chica más, bailando descalza en la acera a las tres de la mañana, prometiendo volver a verse.
    Mae no estaba acostumbrada a las noches fáciles. Normalmente la oscuridad traía cazadores, susurros… o recuerdos. Pero aquella vez traía risas. El bar era pequeño, con luces cálidas y música demasiado alta. Mae se había sentado en la esquina más alejada, como siempre, con la espalda pegada a la pared y los ojos atentos. Entonces llegaron ellas: dos chicas con delineador corrido y sonrisas sinceras que le pidieron fuego, conversación… y luego su nombre. Al principio Mae mintió. Luego se sorprendió riendo. Hablaron de chicos idiotas, de sueños imposibles y de tatuajes que aún no existían. Una de ellas le pintó una estrella diminuta en la muñeca con un rotulador negro. “Para que no te pierdas”, dijo. Mae sintió algo raro en el pecho. No era miedo. No era rabia. Era… calor. Por unas horas no fue un error del universo ni la hija de un demonio. Solo fue una chica más, bailando descalza en la acera a las tres de la mañana, prometiendo volver a verse.
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  • — ¿Qué? Nunca es suficiente. No quiero morir de hambre.(?) Aunque puedo compartirte un poco... Solo un poco. — Aún se aferraba a toda esa comida chatarra como sí su vida dependiera de ello.
    — ¿Qué? Nunca es suficiente. No quiero morir de hambre.(?) Aunque puedo compartirte un poco... Solo un poco. — Aún se aferraba a toda esa comida chatarra como sí su vida dependiera de ello.
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  • A pesar de que el tiempo transcurra algunas cosas no cambian, aún recuerdo los pasteles de lodo que hacía en el jardín de la casa.

    ¿He mejorado? Probablemente, aunque eso no importa mucho cuando lo único que hago es hacer lo que siempre supe que tenía que hacer. Es irónico, no consumo lo que yo mismo preparo, pero es lindo cuando ves el rostro de alguien que disfruta de ello, ahora solo tengo que pensar a quién le regalaré ésto.
    A pesar de que el tiempo transcurra algunas cosas no cambian, aún recuerdo los pasteles de lodo que hacía en el jardín de la casa. ¿He mejorado? Probablemente, aunque eso no importa mucho cuando lo único que hago es hacer lo que siempre supe que tenía que hacer. Es irónico, no consumo lo que yo mismo preparo, pero es lindo cuando ves el rostro de alguien que disfruta de ello, ahora solo tengo que pensar a quién le regalaré ésto.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ||¿Alguna vez extrañaron a alguien que nunca conocieron? Gente con la que compartieron personajes, mundos, tramas, emociones, tiempo... y luego, un día, simplemente dejan de estar.

    Y está bien. Es parte de esto, supongo. Todos tenemos vidas, responsabilidades, días malos, semanas donde no podemos ni mirar el teclado, momentos donde el rol no es prioridad. Yo también me he ido, muchas veces. Pero creo que al final, acá todos somos lectores y escritores de las vidas de otros. Y cuando alguien se va, a veces es inevitable extrañarlo, o quedarte con un montón de preguntas, "¿estará bien? ¿le pasó algo?".

    Y nada, solo quería decirlo. Si alguna vez roleaste conmigo y hoy no estás, espero que la vida te esté tratando bien. Que tus días sean bonitos. Que encuentres tiempo para tus cosas. Y espero estar si algún día vuelves.

    Y aunque no vuelvan, gracias por haber estado. Por haber existido en este mundo raro que construimos entre todos. 𖹭
    ||¿Alguna vez extrañaron a alguien que nunca conocieron? Gente con la que compartieron personajes, mundos, tramas, emociones, tiempo... y luego, un día, simplemente dejan de estar. Y está bien. Es parte de esto, supongo. Todos tenemos vidas, responsabilidades, días malos, semanas donde no podemos ni mirar el teclado, momentos donde el rol no es prioridad. Yo también me he ido, muchas veces. Pero creo que al final, acá todos somos lectores y escritores de las vidas de otros. Y cuando alguien se va, a veces es inevitable extrañarlo, o quedarte con un montón de preguntas, "¿estará bien? ¿le pasó algo?". Y nada, solo quería decirlo. Si alguna vez roleaste conmigo y hoy no estás, espero que la vida te esté tratando bien. Que tus días sean bonitos. Que encuentres tiempo para tus cosas. Y espero estar si algún día vuelves. Y aunque no vuelvan, gracias por haber estado. Por haber existido en este mundo raro que construimos entre todos. 𖹭
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    Vaya eh tenido anónimos vigilando los últimos días
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  • Con un movimiento lento y doloroso, se apartó el cabello de los hombros, dejando que cayera hacia un lado para observar su reflejo en el espejo de bronce de la habitación.

    ​Su espalda era un mapa de guerra.
    A las viejas cicatrices blancas, marcas de años de vagar como guerrera, se sumaban ahora las heridas frescas de la última emboscada...El Rey del Norte no había tenido piedad, sus hombres habían entrado por la puerta principal, aprovechando el hueco que ella misma había dejado al enviar a sus mejores escoltas a proteger a un simple aldeano en el río.

    ​Elizabeth cerró los ojos un segundo, y el sonido de los gritos volvió a su mente. El fuego, el olor a hierro y sangre, y el peso de su espada cortando el aire para forzar una retirada que llegó demasiado tarde.

    ​Al fondo del reflejo, la penumbra de la habitación revelaba una figura inmóvil sobre su cama, Milenka.
    ​La arquera, siempre tan ágil y llena de vida, yacía ahora bajo capas de lino manchadas de ungüentos. Elizabeth se giró lentamente, ignorando el pinchazo de sus propias heridas, y caminó hacia ella, se sentó en el borde de la cama, tomando un paño húmedo para limpiar la frente sudorosa de su compañera

    ✴ ​—Milenka —susurró Elizabeth, su voz apenas un hilo quebrado en el silencio—. Por un balde de agua perdimos a diez hombres. Por mi compasión, casi te pierdo a ti.

    ​Elizabeth pasó los dedos cerca de la herida vendada de su protegida, sin atreverse a tocarla. En el pueblo, la llamaban la Reina Escarlata, la líder que los sacó de la tiranía, pero en esa habitación, bajo el peso del saqueo y el lamento de las viudas que aún se escuchaba afuera, se sentía solo como una sombra.

    ✴​ —Sigurd dice que las decisiones no son buenas o malas, sino necesarias —continuó, más para sí misma que para la mujer inconsciente—. Pero Gunnar tiene razón... el Norte no perdona los errores de juicio. ¿Soy realmente una líder, o solo una guerrera que está arrastrando a todos a su propia tumba?

    ​Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pasando justo por encima de la cicatriz de su ojo derecho, antes de caer sobre su mano curtida. Elizabeth no se la limpió. Se quedó allí, vigilando el pulso débil de Milenka.

    El silencio de la habitación se rompió con el eco de unas botas pesadas contra la piedra.
    ​Elizabeth no se giró, sabía a quien pertenecían esos pasos.
    Siguió con el paño en la mano, recorriendo la frente de Milenka, aunque sintió la mirada del veterano clavada en las heridas abiertas de su propia espalda.

    ​Gunnar se acercó a la mesa de madera, dejando su hacha con un golpe seco que hizo tintinear los frascos de ungüentos. Su rostro, surcado por mil batallas, estaba inusualmente serio.

    ​—El pueblo está... de pie —dijo, cruzando sus brazos macizos—. Hemos contado doce bajas civiles. Los graneros del ala este fueron saqueados, se llevaron la mitad de la reserva de grano. Pero los hombres están limpiando la sangre de la entrada. No hay llantos, Elizabeth. Hay silencio. Y el silencio en Brattvåg suele preceder a la sed de venganza.
    ​Elizabeth bajó la cabeza, su cabello rojo ocultaba su rostro.

    ✴ ​—Fue mi culpa Gunnar. Desprotegí la puerta por un capricho de compasión. Milenka está ahí por mi culpa.

    ​Gunnar soltó un bufido de desdén y se acercó dos pasos, obligándola a mirarlo.

    ​— Escúchame bien. Enviaste escoltas porque este pueblo cree que su vida vale algo bajo tu mando. Si dejas que mueran de sed por miedo al Norte, no eres una líder, eres otra tirana —el veterano señaló hacia la ventana, donde las fogatas de vigilancia ya se encendían—. Cometiste un error de táctica, no de corazón. Ahora, deja de lamerte las heridas y decide qué sigue.

    ​Elizabeth apretó el paño con fuerza.

    ✴ ​—¿Qué sugieres? Sigurd dirá que racionemos lo que queda y nos encerremos.

    ​— Sigurd cuenta granos, yo cuento hachas —replicó Gunnar con una chispa de fuego en los ojos—. Si nos encerramos, el Rey del Norte sabrá que nos ha quebrado, propongo enviar una patrulla de rastreo. No para atacar su fortaleza, sino para recuperar lo que es nuestro... Necesitamos reforzar la puerta principal con empalizadas de piedra, no solo madera.

    ​Gunnar se quedó esperando, su presencia masiva llenando el hueco que la duda de Elizabeth había dejado.

    ​—Tú eres la Llama, Elizabeth. Si tú te apagas en esta habitación, el pueblo se congela esta misma noche. ¿Qué órdenes vas a dar?
    Con un movimiento lento y doloroso, se apartó el cabello de los hombros, dejando que cayera hacia un lado para observar su reflejo en el espejo de bronce de la habitación. ​Su espalda era un mapa de guerra. A las viejas cicatrices blancas, marcas de años de vagar como guerrera, se sumaban ahora las heridas frescas de la última emboscada...El Rey del Norte no había tenido piedad, sus hombres habían entrado por la puerta principal, aprovechando el hueco que ella misma había dejado al enviar a sus mejores escoltas a proteger a un simple aldeano en el río. ​Elizabeth cerró los ojos un segundo, y el sonido de los gritos volvió a su mente. El fuego, el olor a hierro y sangre, y el peso de su espada cortando el aire para forzar una retirada que llegó demasiado tarde. ​Al fondo del reflejo, la penumbra de la habitación revelaba una figura inmóvil sobre su cama, Milenka. ​La arquera, siempre tan ágil y llena de vida, yacía ahora bajo capas de lino manchadas de ungüentos. Elizabeth se giró lentamente, ignorando el pinchazo de sus propias heridas, y caminó hacia ella, se sentó en el borde de la cama, tomando un paño húmedo para limpiar la frente sudorosa de su compañera ✴ ​—Milenka —susurró Elizabeth, su voz apenas un hilo quebrado en el silencio—. Por un balde de agua perdimos a diez hombres. Por mi compasión, casi te pierdo a ti. ​Elizabeth pasó los dedos cerca de la herida vendada de su protegida, sin atreverse a tocarla. En el pueblo, la llamaban la Reina Escarlata, la líder que los sacó de la tiranía, pero en esa habitación, bajo el peso del saqueo y el lamento de las viudas que aún se escuchaba afuera, se sentía solo como una sombra. ✴​ —Sigurd dice que las decisiones no son buenas o malas, sino necesarias —continuó, más para sí misma que para la mujer inconsciente—. Pero Gunnar tiene razón... el Norte no perdona los errores de juicio. ¿Soy realmente una líder, o solo una guerrera que está arrastrando a todos a su propia tumba? ​Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pasando justo por encima de la cicatriz de su ojo derecho, antes de caer sobre su mano curtida. Elizabeth no se la limpió. Se quedó allí, vigilando el pulso débil de Milenka. El silencio de la habitación se rompió con el eco de unas botas pesadas contra la piedra. ​Elizabeth no se giró, sabía a quien pertenecían esos pasos. Siguió con el paño en la mano, recorriendo la frente de Milenka, aunque sintió la mirada del veterano clavada en las heridas abiertas de su propia espalda. ​Gunnar se acercó a la mesa de madera, dejando su hacha con un golpe seco que hizo tintinear los frascos de ungüentos. Su rostro, surcado por mil batallas, estaba inusualmente serio. ​—El pueblo está... de pie —dijo, cruzando sus brazos macizos—. Hemos contado doce bajas civiles. Los graneros del ala este fueron saqueados, se llevaron la mitad de la reserva de grano. Pero los hombres están limpiando la sangre de la entrada. No hay llantos, Elizabeth. Hay silencio. Y el silencio en Brattvåg suele preceder a la sed de venganza. ​Elizabeth bajó la cabeza, su cabello rojo ocultaba su rostro. ✴ ​—Fue mi culpa Gunnar. Desprotegí la puerta por un capricho de compasión. Milenka está ahí por mi culpa. ​Gunnar soltó un bufido de desdén y se acercó dos pasos, obligándola a mirarlo. ​— Escúchame bien. Enviaste escoltas porque este pueblo cree que su vida vale algo bajo tu mando. Si dejas que mueran de sed por miedo al Norte, no eres una líder, eres otra tirana —el veterano señaló hacia la ventana, donde las fogatas de vigilancia ya se encendían—. Cometiste un error de táctica, no de corazón. Ahora, deja de lamerte las heridas y decide qué sigue. ​Elizabeth apretó el paño con fuerza. ✴ ​—¿Qué sugieres? Sigurd dirá que racionemos lo que queda y nos encerremos. ​— Sigurd cuenta granos, yo cuento hachas —replicó Gunnar con una chispa de fuego en los ojos—. Si nos encerramos, el Rey del Norte sabrá que nos ha quebrado, propongo enviar una patrulla de rastreo. No para atacar su fortaleza, sino para recuperar lo que es nuestro... Necesitamos reforzar la puerta principal con empalizadas de piedra, no solo madera. ​Gunnar se quedó esperando, su presencia masiva llenando el hueco que la duda de Elizabeth había dejado. ​—Tú eres la Llama, Elizabeth. Si tú te apagas en esta habitación, el pueblo se congela esta misma noche. ¿Qué órdenes vas a dar?
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