Esperanza recuperada:
Zelkova anduvo por un paraje incierto y yermo, semejante a una comarca olvidada por los siglos. Las sendas eran de tierra apisonada, y a lo lejos apenas se divisaban algunas matas y herbazales que quebrantaban la monotonía del erial. En su diestra sostenía un farol de menguada lumbre, cuya llama trémula rasgaba apenas el velo de las tinieblas.

Mientras avanzaba por aquel derrotero silencioso, topóse con un anciano encorvado y macilento, de rostro surcado por arrugas tan hondas como barrancos. El viejo escupió al suelo con desdén y dijo:

○Decidme, zagal, ¿adónde os encamináis con esa exigua luminaria? ¿No advertís que vuestra lucecilla nada puede contra esta lobreguez?

El joven cura alzó el semblante y respondió con sosiego:

●Hacia adelante marcho. Y no temo a la noche, pues el sol se alzará tras de mí como un padre que ampara a su hijo.

El anciano prorrumpió en sonoras carcajadas.

○Nada hallaréis allá. Ningún bien mora en esa dirección.

Mas Zelkova replicó:

●Dios se encargará de mostrarme el sendero.

El viejo frunció el ceño.

○¿Dios? No existe tal deidad. Y si existiere, os aguarda un destino de aflicción y desventura. Tal será la voluntad del dios que tanto veneráis.

El cura guardó silencio un instante antes de preguntar:

●¿Y por qué vos no lleváis luz alguna para orientaros en la oscuridad?

El anciano bajó la vista hacia el polvo de la senda.

○No preciso de ella. Mis ojos y mis pies bastan para moverme por estos parajes. Así lo quiso vuestro Señor. Nada bueno me concedió jamás.

Zelkova observó al hombre con sincera compasión.

●Extraña condición la del hombre. Culpa al cielo de sus pesares, mas jamás aparta la vista de la tierra.

Dio algunos pasos y prosiguió:

●Fui yo quien cometió yerros, no mi Dios. Fui yo quien forjó muchas de mis desgracias, no Él. Mis faltas fueron mías, y no del Altísimo.

Alejóse entonces, aferrándose a su esperanza como quien protege la última centella en medio de una tempestad.

●Mas Dios me defenderá cuando nadie lo haga. Dios me absolverá cuando nadie lo haga. Y Dios me perdonará, porque me ama.

Se detuvo, volvió el rostro hacia el anciano y añadió con voz apacible:

●Y os ama también a vos.

Aquellas palabras atravesaron las murallas que años de rencor habían levantado en el corazón del viejo. Sus labios temblaron, sus rodillas flaquearon y, por vez primera en mucho tiempo, lágrimas silenciosas surcaron sus mejillas ajadas. Y allí quedó, bajo la noche inmensa, llorando no de tristeza, sino porque aún existía alguien que le hablaba de misericordia cuando él ya se había juzgado indigno de ella.
Esperanza recuperada: Zelkova anduvo por un paraje incierto y yermo, semejante a una comarca olvidada por los siglos. Las sendas eran de tierra apisonada, y a lo lejos apenas se divisaban algunas matas y herbazales que quebrantaban la monotonía del erial. En su diestra sostenía un farol de menguada lumbre, cuya llama trémula rasgaba apenas el velo de las tinieblas. Mientras avanzaba por aquel derrotero silencioso, topóse con un anciano encorvado y macilento, de rostro surcado por arrugas tan hondas como barrancos. El viejo escupió al suelo con desdén y dijo: ○Decidme, zagal, ¿adónde os encamináis con esa exigua luminaria? ¿No advertís que vuestra lucecilla nada puede contra esta lobreguez? El joven cura alzó el semblante y respondió con sosiego: ●Hacia adelante marcho. Y no temo a la noche, pues el sol se alzará tras de mí como un padre que ampara a su hijo. El anciano prorrumpió en sonoras carcajadas. ○Nada hallaréis allá. Ningún bien mora en esa dirección. Mas Zelkova replicó: ●Dios se encargará de mostrarme el sendero. El viejo frunció el ceño. ○¿Dios? No existe tal deidad. Y si existiere, os aguarda un destino de aflicción y desventura. Tal será la voluntad del dios que tanto veneráis. El cura guardó silencio un instante antes de preguntar: ●¿Y por qué vos no lleváis luz alguna para orientaros en la oscuridad? El anciano bajó la vista hacia el polvo de la senda. ○No preciso de ella. Mis ojos y mis pies bastan para moverme por estos parajes. Así lo quiso vuestro Señor. Nada bueno me concedió jamás. Zelkova observó al hombre con sincera compasión. ●Extraña condición la del hombre. Culpa al cielo de sus pesares, mas jamás aparta la vista de la tierra. Dio algunos pasos y prosiguió: ●Fui yo quien cometió yerros, no mi Dios. Fui yo quien forjó muchas de mis desgracias, no Él. Mis faltas fueron mías, y no del Altísimo. Alejóse entonces, aferrándose a su esperanza como quien protege la última centella en medio de una tempestad. ●Mas Dios me defenderá cuando nadie lo haga. Dios me absolverá cuando nadie lo haga. Y Dios me perdonará, porque me ama. Se detuvo, volvió el rostro hacia el anciano y añadió con voz apacible: ●Y os ama también a vos. Aquellas palabras atravesaron las murallas que años de rencor habían levantado en el corazón del viejo. Sus labios temblaron, sus rodillas flaquearon y, por vez primera en mucho tiempo, lágrimas silenciosas surcaron sus mejillas ajadas. Y allí quedó, bajo la noche inmensa, llorando no de tristeza, sino porque aún existía alguien que le hablaba de misericordia cuando él ya se había juzgado indigno de ella.
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