• Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • -Hacer ejercicio es....agotador,debo mantener mi físico por mi trabajo por desgracia....

    Suelta un suspiro y se seca con su camiseta
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  • —Me sorprende que no muchos saben que hay una pequeña diferente brujas y hechiceros...aveces es la fuerza y tipo de habilidades,algunas veces las brujas van más ligadas a seres que dan suelen dar miedo,aún que deben admitirlo, no doy miedo,soy adorable!
    —Me sorprende que no muchos saben que hay una pequeña diferente brujas y hechiceros...aveces es la fuerza y tipo de habilidades,algunas veces las brujas van más ligadas a seres que dan suelen dar miedo,aún que deben admitirlo, no doy miedo,soy adorable!✨
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  • —Soy bruja,no vampiro,y creo que las cosas que más amo es tomar el sol y mojarme...espera eso sonó mal!, mojarme en la piscina, espero eso suene mejor jeje
    —Soy bruja,no vampiro,y creo que las cosas que más amo es tomar el sol y mojarme...espera eso sonó mal!, mojarme en la piscina, espero eso suene mejor jeje
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  • After The Shadows – No One Can Hear You.
    Fandom JJK/Original.
    Categoría Suspenso
    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Berlín | 06/03/2045.

    ⠀⠀Los viajes nunca terminaban, la impronta del viajero eran sus memorias, un transeúnte eterno que vivía en los recuerdos de la gente, pero no en un lugar como tal. Una maldición para otros, pero una bendición para él, nunca estaba aburrido, siempre adónde iba tenía un misterio o un propósito que solventar.

    ⠀⠀¿Es esto lo que podían llamar "realización personal"? Puede ser, puede que no, porque en el camino descuidó cosas de sí mismo. Su pasado, su propia identidad y hasta sus lazos familiares, pero no es que quisiera simplemente dejar que el maletín se empolvase. Ser hechicero tenía sus ventajas...

    ⠀⠀Orfanato St. Anselm, antiguo y oscuro, tiene una historia que se remonta al renacimiento, demasiado viejo para pensar que todavía continúa en funcionamiento. Las estructura estuvo retocada durante tantos años que ya ni siquiera se parece al diseño original. Típico, pero lugar plausible para maldiciones... la apariencia no importa, solo el lamento.
    ⠀⠀⸻Esta es tu próxima misión⸻ Comentó un hombre anciano, de barba larga y rostro arrugado, luego de entregar el papel a un joven rubio. Mismo que tomó la nota y leyó con cautela. ⸻¿Motivo?⸻ Las palabras sobraban, era más que nada protocolo. ⸻Avistamientos, ruidos extraños. No creo que supere el tercer grado⸻ Miró con algo de indignación, con la hechicería siendo pública en el globo, podían enviar a cualquier pelele a exorcizar maldiciones, pero no podía ser exquisito con las misiones, a veces no había maldiciones poderosas que tocar, un tercer grado era un milagro estos meses. ⸻Okay, okay, lo tomaré. Deja de mirarme así⸻ Los ancianos algunas veces eran insoportables, pero bueno... la edad no te pone exactamente más alegre.

    ⠀⠀Esa misma tarde, aquel joven hechicero tomó un bus hacia susodicho lugar. Supone que le habrían enviado su currículum a la encargada del lugar, y poder llevar a cabo su investigación para saber de qué clase de maldición son presas. Estos estudios suelen durar desde días hasta semanas, dependiendo de la complejidad y la antigüedad.
    ⠀⠀⸻Okay... ¡Vamos!⸻ Se palpó sus propias mejillas, antes de tocar el timbre de aquel tétrico lugar...

    ⠀⠀Vesta
    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Berlín | 06/03/2045. ⠀ ⠀⠀Los viajes nunca terminaban, la impronta del viajero eran sus memorias, un transeúnte eterno que vivía en los recuerdos de la gente, pero no en un lugar como tal. Una maldición para otros, pero una bendición para él, nunca estaba aburrido, siempre adónde iba tenía un misterio o un propósito que solventar. ⠀⠀¿Es esto lo que podían llamar "realización personal"? Puede ser, puede que no, porque en el camino descuidó cosas de sí mismo. Su pasado, su propia identidad y hasta sus lazos familiares, pero no es que quisiera simplemente dejar que el maletín se empolvase. Ser hechicero tenía sus ventajas... ⠀⠀Orfanato St. Anselm, antiguo y oscuro, tiene una historia que se remonta al renacimiento, demasiado viejo para pensar que todavía continúa en funcionamiento. Las estructura estuvo retocada durante tantos años que ya ni siquiera se parece al diseño original. Típico, pero lugar plausible para maldiciones... la apariencia no importa, solo el lamento. ⠀⠀⸻Esta es tu próxima misión⸻ Comentó un hombre anciano, de barba larga y rostro arrugado, luego de entregar el papel a un joven rubio. Mismo que tomó la nota y leyó con cautela. ⸻¿Motivo?⸻ Las palabras sobraban, era más que nada protocolo. ⸻Avistamientos, ruidos extraños. No creo que supere el tercer grado⸻ Miró con algo de indignación, con la hechicería siendo pública en el globo, podían enviar a cualquier pelele a exorcizar maldiciones, pero no podía ser exquisito con las misiones, a veces no había maldiciones poderosas que tocar, un tercer grado era un milagro estos meses. ⸻Okay, okay, lo tomaré. Deja de mirarme así⸻ Los ancianos algunas veces eran insoportables, pero bueno... la edad no te pone exactamente más alegre. ⠀⠀Esa misma tarde, aquel joven hechicero tomó un bus hacia susodicho lugar. Supone que le habrían enviado su currículum a la encargada del lugar, y poder llevar a cabo su investigación para saber de qué clase de maldición son presas. Estos estudios suelen durar desde días hasta semanas, dependiendo de la complejidad y la antigüedad. ⠀⠀⸻Okay... ¡Vamos!⸻ Se palpó sus propias mejillas, antes de tocar el timbre de aquel tétrico lugar... ⠀⠀[tidal_beryl_wolf_742]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Los solemnes pasillos del palacio, diseñados para procesiones lentas y susurros reverentes, se han convertido en el escenario de una vibrante escapada. Cyrene se mueve con la agilidad de un cervatillo, sus pies apenas rozando el suelo, mientras su compañero la sigue a una distancia exacta, con las manos ocupadas manteniendo la larga cola del vestido lejos del polvo.

    Sin dejar de avanzar a saltitos y girando la cabeza con una sonrisa radiante —¡Mira, mira, mira! ¡Ese rayo de luz da justo en el cuadro del Rey Fundador! ¿Crees que se enfadaría si supiera que estamos usando su alfombra roja para nuestras carreras secretas? ¡Seguro que sí! Tenía cara de ser muy serio, como tú cuando intentas recordarme que tengo una reunión con los oráculos.

    Él no responde con palabras, pero su ceja se eleva ligeramente mientras ajusta el agarre en la seda para que ella no se enrede al dar un giro brusco. Su mirada no se aparta de ella ni un segundo; es la sombra que asegura que su luz no tropiece.

    —¡Ay, no pongas esa cara de "estamos rompiendo el protocolo"! Ya la escucho desde aquí aunque no digas nada. "Milady, la etiqueta...", "Milady, su seguridad...". ¡Hoy no hay etiquetas! Hoy soy solo Cyrene y tú eres... bueno, tú eres mi sombra favorita con manos para sostener seda. ¡No me sueltes, que si me tropiezo la Diosa de la Fortuna se va a reír de mí durante un siglo!.—

    Al llegar a una gran puerta que da a los jardines, ella se detiene de golpe. Él frena en seco un milisegundo antes de chocar con ella, manteniendo la tela del vestido perfectamente tensa pero delicada entre sus manos.

    —¡Huele eso! ¡Son las lilas! ¿Sabes qué significa? Que el invierno celestial por fin se ha rendido. Vamos, no te quedes ahí parado como una estatua de jardín, ¡todavía nos queda todo el ala oeste por explorar antes de que los sumos sacerdotes noten que mi trono está vacío! ¿A qué esperas? ¡El último en llegar a la fuente paga los pasteles!.
    Los solemnes pasillos del palacio, diseñados para procesiones lentas y susurros reverentes, se han convertido en el escenario de una vibrante escapada. Cyrene se mueve con la agilidad de un cervatillo, sus pies apenas rozando el suelo, mientras su compañero la sigue a una distancia exacta, con las manos ocupadas manteniendo la larga cola del vestido lejos del polvo. Sin dejar de avanzar a saltitos y girando la cabeza con una sonrisa radiante —¡Mira, mira, mira! ¡Ese rayo de luz da justo en el cuadro del Rey Fundador! ¿Crees que se enfadaría si supiera que estamos usando su alfombra roja para nuestras carreras secretas? ¡Seguro que sí! Tenía cara de ser muy serio, como tú cuando intentas recordarme que tengo una reunión con los oráculos.💫 Él no responde con palabras, pero su ceja se eleva ligeramente mientras ajusta el agarre en la seda para que ella no se enrede al dar un giro brusco. Su mirada no se aparta de ella ni un segundo; es la sombra que asegura que su luz no tropiece. —¡Ay, no pongas esa cara de "estamos rompiendo el protocolo"! Ya la escucho desde aquí aunque no digas nada. "Milady, la etiqueta...", "Milady, su seguridad...". ¡Hoy no hay etiquetas! Hoy soy solo Cyrene y tú eres... bueno, tú eres mi sombra favorita con manos para sostener seda. ¡No me sueltes, que si me tropiezo la Diosa de la Fortuna se va a reír de mí durante un siglo!.— Al llegar a una gran puerta que da a los jardines, ella se detiene de golpe. Él frena en seco un milisegundo antes de chocar con ella, manteniendo la tela del vestido perfectamente tensa pero delicada entre sus manos. —¡Huele eso! ¡Son las lilas! ¿Sabes qué significa? Que el invierno celestial por fin se ha rendido. Vamos, no te quedes ahí parado como una estatua de jardín, ¡todavía nos queda todo el ala oeste por explorar antes de que los sumos sacerdotes noten que mi trono está vacío! ¿A qué esperas? ¡El último en llegar a la fuente paga los pasteles!.
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  • El caos no puede extraer tiempo, que es un concepto abstracto. Lo que realmente extrae es potencial biológico futuro; Salud, suerte, oportunidades. El solicitante no muere antes, solo se vuelve estadísticamente más propenso a accidentes y enfermedades.
    El caos no puede extraer tiempo, que es un concepto abstracto. Lo que realmente extrae es potencial biológico futuro; Salud, suerte, oportunidades. El solicitante no muere antes, solo se vuelve estadísticamente más propenso a accidentes y enfermedades.
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  • Adrián despertó con la luz pálida de la mañana filtrándose entre las cortinas. No saltó de la cama; se quedó unos segundos mirando el techo, escuchando el rumor distante de la ciudad que nunca terminaba de dormir. Tomó el teléfono, apagó la alarma antes de que sonara del todo y respiró hondo, como si ese gesto marcara el inicio oficial del día.

    Se levantó y fue directo al baño. El agua fría en el rostro lo despabiló lo suficiente para despejar la neblina del sueño. Se observó en el espejo sin demasiada atención, se pasó una mano por el cabello desordenado y apartó la mirada. Se vistió con ropa cómoda, la misma combinación sencilla de siempre, y antes de salir del cuarto tomó la cámara, revisando por costumbre que todo estuviera en su lugar.

    En la cocina preparó café. El sonido del agua hirviendo y el aroma amargo llenaron el departamento en silencio. Desayunó algo ligero, de pie, apoyado en la encimera, mirando por la ventana cómo la ciudad empezaba a moverse: gente apurada, autos, el día avanzando sin esperar a nadie. Dio el último sorbo, dejó la taza en el fregadero y colgó la cámara al cuello.

    Salió de casa y caminó sin prisa. Le gustaba recorrer unas cuantas calles antes de comer, como si así ordenara sus pensamientos. Observó escaparates, reflejos en los vidrios, sombras alargadas sobre la acera. Por un momento pensó en tomar una foto, pero decidió guardarlo para después.

    Entró a un pequeño café que frecuentaba. El lugar era tranquilo, con mesas de madera y una música suave de fondo. Se sentó cerca de la ventana y pidió lo de siempre. Mientras esperaba, apoyó la cámara a su lado y se quedó mirando hacia afuera, atento a los detalles: una pareja discutiendo en voz baja, un hombre leyendo el periódico, la luz entrando en ángulo perfecto.

    Cuando la comida llegó, comió despacio, sin distracciones. No era un momento especial, pero tampoco uno vacío. Era parte de su rutina, de esa calma frágil que había aprendido a construir. Al terminar, pagó, tomó su cámara y salió de nuevo a la calle, listo para dejar que el día siguiera su curso.
    Adrián despertó con la luz pálida de la mañana filtrándose entre las cortinas. No saltó de la cama; se quedó unos segundos mirando el techo, escuchando el rumor distante de la ciudad que nunca terminaba de dormir. Tomó el teléfono, apagó la alarma antes de que sonara del todo y respiró hondo, como si ese gesto marcara el inicio oficial del día. Se levantó y fue directo al baño. El agua fría en el rostro lo despabiló lo suficiente para despejar la neblina del sueño. Se observó en el espejo sin demasiada atención, se pasó una mano por el cabello desordenado y apartó la mirada. Se vistió con ropa cómoda, la misma combinación sencilla de siempre, y antes de salir del cuarto tomó la cámara, revisando por costumbre que todo estuviera en su lugar. En la cocina preparó café. El sonido del agua hirviendo y el aroma amargo llenaron el departamento en silencio. Desayunó algo ligero, de pie, apoyado en la encimera, mirando por la ventana cómo la ciudad empezaba a moverse: gente apurada, autos, el día avanzando sin esperar a nadie. Dio el último sorbo, dejó la taza en el fregadero y colgó la cámara al cuello. Salió de casa y caminó sin prisa. Le gustaba recorrer unas cuantas calles antes de comer, como si así ordenara sus pensamientos. Observó escaparates, reflejos en los vidrios, sombras alargadas sobre la acera. Por un momento pensó en tomar una foto, pero decidió guardarlo para después. Entró a un pequeño café que frecuentaba. El lugar era tranquilo, con mesas de madera y una música suave de fondo. Se sentó cerca de la ventana y pidió lo de siempre. Mientras esperaba, apoyó la cámara a su lado y se quedó mirando hacia afuera, atento a los detalles: una pareja discutiendo en voz baja, un hombre leyendo el periódico, la luz entrando en ángulo perfecto. Cuando la comida llegó, comió despacio, sin distracciones. No era un momento especial, pero tampoco uno vacío. Era parte de su rutina, de esa calma frágil que había aprendido a construir. Al terminar, pagó, tomó su cámara y salió de nuevo a la calle, listo para dejar que el día siguiera su curso.
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  • ❝ 𝗘𝗹 𝗼𝗰𝗲𝗮𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗺𝗶 𝗹𝘂𝗴𝗮𝗿 𝗳𝗲𝗹𝗶𝘇. ❞

    –No había conocido nada más que el enorme mar azul, la arena blanca y el sol que acariciaba su piel.
    Había nacido ahí.
    Era una hija del mar.
    Pero si quería cumplir su sueño... debía irse e iniciar de cero en otro sitio.–
    ❝ 𝗘𝗹 𝗼𝗰𝗲𝗮𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝗺𝗶 𝗹𝘂𝗴𝗮𝗿 𝗳𝗲𝗹𝗶𝘇. ❞ –No había conocido nada más que el enorme mar azul, la arena blanca y el sol que acariciaba su piel. Había nacido ahí. Era una hija del mar. Pero si quería cumplir su sueño... debía irse e iniciar de cero en otro sitio.–
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  • ────Una semana pesada ¿eh? Todos merecemos una tregua del estrés, del trabajo y del sudor en nuestras frentes. Sé exactamente cómo se siente; aunque no lo crean, fui minera en mi vida pasada –suelta un suspiro, recordando aquellos tiempos–. ¡Ah, en fin! Así que, damas y caballeros, cierren los ojos y eleven sus aplausos al ritmo de esta canción. ¡Bienvenidos a Concordia! ¡Que la fiesta comience!

    https://youtu.be/MBsE_Sk0z-E?si=MwKXBhYKC9VQCW-x
    ────Una semana pesada ¿eh? Todos merecemos una tregua del estrés, del trabajo y del sudor en nuestras frentes. Sé exactamente cómo se siente; aunque no lo crean, fui minera en mi vida pasada –suelta un suspiro, recordando aquellos tiempos–. ¡Ah, en fin! Así que, damas y caballeros, cierren los ojos y eleven sus aplausos al ritmo de esta canción. ¡Bienvenidos a Concordia! ¡Que la fiesta comience! https://youtu.be/MBsE_Sk0z-E?si=MwKXBhYKC9VQCW-x
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