Mae no estaba acostumbrada a las noches fáciles.
Normalmente la oscuridad traía cazadores, susurros… o recuerdos. Pero aquella vez traía risas.

El bar era pequeño, con luces cálidas y música demasiado alta. Mae se había sentado en la esquina más alejada, como siempre, con la espalda pegada a la pared y los ojos atentos. Entonces llegaron ellas: dos chicas con delineador corrido y sonrisas sinceras que le pidieron fuego, conversación… y luego su nombre.
Al principio Mae mintió. Luego se sorprendió riendo.

Hablaron de chicos idiotas, de sueños imposibles y de tatuajes que aún no existían. Una de ellas le pintó una estrella diminuta en la muñeca con un rotulador negro. “Para que no te pierdas”, dijo.
Mae sintió algo raro en el pecho. No era miedo. No era rabia. Era… calor.

Por unas horas no fue un error del universo ni la hija de un demonio.
Solo fue una chica más, bailando descalza en la acera a las tres de la mañana, prometiendo volver a verse.
Mae no estaba acostumbrada a las noches fáciles. Normalmente la oscuridad traía cazadores, susurros… o recuerdos. Pero aquella vez traía risas. El bar era pequeño, con luces cálidas y música demasiado alta. Mae se había sentado en la esquina más alejada, como siempre, con la espalda pegada a la pared y los ojos atentos. Entonces llegaron ellas: dos chicas con delineador corrido y sonrisas sinceras que le pidieron fuego, conversación… y luego su nombre. Al principio Mae mintió. Luego se sorprendió riendo. Hablaron de chicos idiotas, de sueños imposibles y de tatuajes que aún no existían. Una de ellas le pintó una estrella diminuta en la muñeca con un rotulador negro. “Para que no te pierdas”, dijo. Mae sintió algo raro en el pecho. No era miedo. No era rabia. Era… calor. Por unas horas no fue un error del universo ni la hija de un demonio. Solo fue una chica más, bailando descalza en la acera a las tres de la mañana, prometiendo volver a verse.
Me entristece
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