Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
Esto se ha publicado como Out Of Character.
Tenlo en cuenta al responder.
*El nacimiento del Caos.*
Vharkhul Braknak
-La tormenta no cambió.
Pero algo más sí lo hizo.
No fue un sonido… no fue un movimiento… fue una sensación. Como si el propio aire se hubiera vuelto incorrecto de repente.
Más pesado.
Más denso.
Más vivo.
Un paso.
Aparecí.
No desde un lugar… sino desde todos a la vez. Mi figura se formó entre la lluvia como si siempre hubiera estado ahí, como si la realidad simplemente hubiera decidido recordarme.
Pasé junto a Fenrir.
Sin mirarla al principio.
Sin detenerme.
Pero mi presencia la atravesó como un golpe seco en el pecho.
—Aparta, niña.
Mi voz ya no era un susurro.
Era materia.
Era peso.
—Se acabó el jugar a las enfermeras con tu tía.
Mis ojos se alzaron hacia el ogro… y entonces sonreí.
Una sonrisa torcida.
Hambre.
—La reina reclama este espécimen…
Mis huesos crujieron.
No como algo que se rompe…
Como algo que se libera.
Mi espalda se arqueó con violencia, los músculos se tensaron bajo la piel mientras el Caos emergía sin permiso, sin control, sin intención de ocultarse. La carne cambió, se adaptó, se deformó con elegancia brutal.
La piel se endureció.
Las venas se marcaron como ríos oscuros latiendo con poder.
Mis colmillos asomaron lentamente entre mis labios mientras mi respiración se volvía más profunda… más pesada… más animal.
Mis ojos dejaron de ser humanos.
Y cuando volví a erguirme…
Ya no era Lili.
Era algo mucho más antiguo.
Más correcto.
—Yo te enseñaré… cómo se usa un alma de verdad.
Me coloqué detrás del ogro.
Mi mano se cerró sobre el mango de la espada.
No dudé.
No medí.
No calculé.
Empujé.
La hoja se hundió aún más en su cuerpo con una estocada seca, brutal, definitiva. La carne cedió, los huesos crujieron, y la sangre brotó en un pulso caliente que se mezcló con la lluvia.
El ogro apenas reaccionó.
Solo una mueca.
Solo un sonido contenido.
Me incliné sobre él.
Lento.
Disfrutándolo.
Mi lengua recorrió la sangre que escapaba de su boca, limpiándola con calma, saboreando cada matiz como si leyera su historia en ella.
—Sí…
Una risa baja escapó de mi garganta.
—Este servirá…
—Khkhehe…
Levanté la mano izquierda.
Y el cadáver cercano respondió.
No con vida.
Con violencia.
Se elevó en el aire de forma antinatural, su cuerpo temblando como si algo dentro de él se resistiera. Mis dedos se cerraron en el vacío… y tiré.
El alma salió.
No como luz.
Como algo que no quería ser arrancado.
El cuerpo crujió.
Los huesos estallaron dentro de la carne, uno tras otro, en una sinfonía grotesca que ahogó incluso el rugido de los truenos. La piel se tensó, se rasgó, colapsó… mientras aquello que era su esencia quedaba atrapado en mi mano.
Vivo.
Furioso.
Inestable.
Entonces…
Arranqué la espada.
De un solo tirón.
El cuerpo del ogro colapsó al instante, la herida se abrió, la vida abandonándolo en un latido.
Y ahí…
Sin transición.
Sin delicadeza.
Hundí el alma dentro de la herida.
No guié.
No pedí permiso.
La forcé.
El impacto fue inmediato.
La carne se cerró como si nunca hubiera sido abierta, los músculos se tensaron violentamente, la energía recorrió su cuerpo como una tormenta atrapada bajo la piel.
Sellado.
Forzado.
Perfecto.
Mi mano subió hasta uno de sus cuernos.
Y tiré.
Obligándolo a girarse.
A mirarme.
A entender.
Mi rostro quedó frente al suyo, a escasos centímetros, mi sonrisa abierta, peligrosa… absoluta.
—Mírame bien, Vharkhul Braknak…
Mis ojos brillaban con una intensidad antinatural.
—Estás frente a tu reina.
....
No había duda.
No había opción.
—No te arrodilles nunca ante mí… ni ante nadie.
Mi agarre se tensó ligeramente.
—Porque mi gobierno no se rige desde la servidumbre…
Mi voz bajó.
Más grave.
Más profunda.
—…sino desde la lealtad a lo que nunca debió existir…
Una sonrisa más amplia.
Más oscura.
—…pero decidió hacerlo.
Mis ojos se clavaron en los suyos.
—El Caos te reclama…
Un susurro final.
—…y a la vez te entrega.
Vharkhul Braknak
-La tormenta no cambió.
Pero algo más sí lo hizo.
No fue un sonido… no fue un movimiento… fue una sensación. Como si el propio aire se hubiera vuelto incorrecto de repente.
Más pesado.
Más denso.
Más vivo.
Un paso.
Aparecí.
No desde un lugar… sino desde todos a la vez. Mi figura se formó entre la lluvia como si siempre hubiera estado ahí, como si la realidad simplemente hubiera decidido recordarme.
Pasé junto a Fenrir.
Sin mirarla al principio.
Sin detenerme.
Pero mi presencia la atravesó como un golpe seco en el pecho.
—Aparta, niña.
Mi voz ya no era un susurro.
Era materia.
Era peso.
—Se acabó el jugar a las enfermeras con tu tía.
Mis ojos se alzaron hacia el ogro… y entonces sonreí.
Una sonrisa torcida.
Hambre.
—La reina reclama este espécimen…
Mis huesos crujieron.
No como algo que se rompe…
Como algo que se libera.
Mi espalda se arqueó con violencia, los músculos se tensaron bajo la piel mientras el Caos emergía sin permiso, sin control, sin intención de ocultarse. La carne cambió, se adaptó, se deformó con elegancia brutal.
La piel se endureció.
Las venas se marcaron como ríos oscuros latiendo con poder.
Mis colmillos asomaron lentamente entre mis labios mientras mi respiración se volvía más profunda… más pesada… más animal.
Mis ojos dejaron de ser humanos.
Y cuando volví a erguirme…
Ya no era Lili.
Era algo mucho más antiguo.
Más correcto.
—Yo te enseñaré… cómo se usa un alma de verdad.
Me coloqué detrás del ogro.
Mi mano se cerró sobre el mango de la espada.
No dudé.
No medí.
No calculé.
Empujé.
La hoja se hundió aún más en su cuerpo con una estocada seca, brutal, definitiva. La carne cedió, los huesos crujieron, y la sangre brotó en un pulso caliente que se mezcló con la lluvia.
El ogro apenas reaccionó.
Solo una mueca.
Solo un sonido contenido.
Me incliné sobre él.
Lento.
Disfrutándolo.
Mi lengua recorrió la sangre que escapaba de su boca, limpiándola con calma, saboreando cada matiz como si leyera su historia en ella.
—Sí…
Una risa baja escapó de mi garganta.
—Este servirá…
—Khkhehe…
Levanté la mano izquierda.
Y el cadáver cercano respondió.
No con vida.
Con violencia.
Se elevó en el aire de forma antinatural, su cuerpo temblando como si algo dentro de él se resistiera. Mis dedos se cerraron en el vacío… y tiré.
El alma salió.
No como luz.
Como algo que no quería ser arrancado.
El cuerpo crujió.
Los huesos estallaron dentro de la carne, uno tras otro, en una sinfonía grotesca que ahogó incluso el rugido de los truenos. La piel se tensó, se rasgó, colapsó… mientras aquello que era su esencia quedaba atrapado en mi mano.
Vivo.
Furioso.
Inestable.
Entonces…
Arranqué la espada.
De un solo tirón.
El cuerpo del ogro colapsó al instante, la herida se abrió, la vida abandonándolo en un latido.
Y ahí…
Sin transición.
Sin delicadeza.
Hundí el alma dentro de la herida.
No guié.
No pedí permiso.
La forcé.
El impacto fue inmediato.
La carne se cerró como si nunca hubiera sido abierta, los músculos se tensaron violentamente, la energía recorrió su cuerpo como una tormenta atrapada bajo la piel.
Sellado.
Forzado.
Perfecto.
Mi mano subió hasta uno de sus cuernos.
Y tiré.
Obligándolo a girarse.
A mirarme.
A entender.
Mi rostro quedó frente al suyo, a escasos centímetros, mi sonrisa abierta, peligrosa… absoluta.
—Mírame bien, Vharkhul Braknak…
Mis ojos brillaban con una intensidad antinatural.
—Estás frente a tu reina.
....
No había duda.
No había opción.
—No te arrodilles nunca ante mí… ni ante nadie.
Mi agarre se tensó ligeramente.
—Porque mi gobierno no se rige desde la servidumbre…
Mi voz bajó.
Más grave.
Más profunda.
—…sino desde la lealtad a lo que nunca debió existir…
Una sonrisa más amplia.
Más oscura.
—…pero decidió hacerlo.
Mis ojos se clavaron en los suyos.
—El Caos te reclama…
Un susurro final.
—…y a la vez te entrega.
*El nacimiento del Caos.*
[lunar_turquoise_elephant_284]
-La tormenta no cambió.
Pero algo más sí lo hizo.
No fue un sonido… no fue un movimiento… fue una sensación. Como si el propio aire se hubiera vuelto incorrecto de repente.
Más pesado.
Más denso.
Más vivo.
Un paso.
Aparecí.
No desde un lugar… sino desde todos a la vez. Mi figura se formó entre la lluvia como si siempre hubiera estado ahí, como si la realidad simplemente hubiera decidido recordarme.
Pasé junto a Fenrir.
Sin mirarla al principio.
Sin detenerme.
Pero mi presencia la atravesó como un golpe seco en el pecho.
—Aparta, niña.
Mi voz ya no era un susurro.
Era materia.
Era peso.
—Se acabó el jugar a las enfermeras con tu tía.
Mis ojos se alzaron hacia el ogro… y entonces sonreí.
Una sonrisa torcida.
Hambre.
—La reina reclama este espécimen…
Mis huesos crujieron.
No como algo que se rompe…
Como algo que se libera.
Mi espalda se arqueó con violencia, los músculos se tensaron bajo la piel mientras el Caos emergía sin permiso, sin control, sin intención de ocultarse. La carne cambió, se adaptó, se deformó con elegancia brutal.
La piel se endureció.
Las venas se marcaron como ríos oscuros latiendo con poder.
Mis colmillos asomaron lentamente entre mis labios mientras mi respiración se volvía más profunda… más pesada… más animal.
Mis ojos dejaron de ser humanos.
Y cuando volví a erguirme…
Ya no era Lili.
Era algo mucho más antiguo.
Más correcto.
—Yo te enseñaré… cómo se usa un alma de verdad.
Me coloqué detrás del ogro.
Mi mano se cerró sobre el mango de la espada.
No dudé.
No medí.
No calculé.
Empujé.
La hoja se hundió aún más en su cuerpo con una estocada seca, brutal, definitiva. La carne cedió, los huesos crujieron, y la sangre brotó en un pulso caliente que se mezcló con la lluvia.
El ogro apenas reaccionó.
Solo una mueca.
Solo un sonido contenido.
Me incliné sobre él.
Lento.
Disfrutándolo.
Mi lengua recorrió la sangre que escapaba de su boca, limpiándola con calma, saboreando cada matiz como si leyera su historia en ella.
—Sí…
Una risa baja escapó de mi garganta.
—Este servirá…
—Khkhehe…
Levanté la mano izquierda.
Y el cadáver cercano respondió.
No con vida.
Con violencia.
Se elevó en el aire de forma antinatural, su cuerpo temblando como si algo dentro de él se resistiera. Mis dedos se cerraron en el vacío… y tiré.
El alma salió.
No como luz.
Como algo que no quería ser arrancado.
El cuerpo crujió.
Los huesos estallaron dentro de la carne, uno tras otro, en una sinfonía grotesca que ahogó incluso el rugido de los truenos. La piel se tensó, se rasgó, colapsó… mientras aquello que era su esencia quedaba atrapado en mi mano.
Vivo.
Furioso.
Inestable.
Entonces…
Arranqué la espada.
De un solo tirón.
El cuerpo del ogro colapsó al instante, la herida se abrió, la vida abandonándolo en un latido.
Y ahí…
Sin transición.
Sin delicadeza.
Hundí el alma dentro de la herida.
No guié.
No pedí permiso.
La forcé.
El impacto fue inmediato.
La carne se cerró como si nunca hubiera sido abierta, los músculos se tensaron violentamente, la energía recorrió su cuerpo como una tormenta atrapada bajo la piel.
Sellado.
Forzado.
Perfecto.
Mi mano subió hasta uno de sus cuernos.
Y tiré.
Obligándolo a girarse.
A mirarme.
A entender.
Mi rostro quedó frente al suyo, a escasos centímetros, mi sonrisa abierta, peligrosa… absoluta.
—Mírame bien, Vharkhul Braknak…
Mis ojos brillaban con una intensidad antinatural.
—Estás frente a tu reina.
....
No había duda.
No había opción.
—No te arrodilles nunca ante mí… ni ante nadie.
Mi agarre se tensó ligeramente.
—Porque mi gobierno no se rige desde la servidumbre…
Mi voz bajó.
Más grave.
Más profunda.
—…sino desde la lealtad a lo que nunca debió existir…
Una sonrisa más amplia.
Más oscura.
—…pero decidió hacerlo.
Mis ojos se clavaron en los suyos.
—El Caos te reclama…
Un susurro final.
—…y a la vez te entrega.