• 𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝑆𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒 𝑁𝑒𝑔𝑟𝑎
    Fandom OC
    Categoría Fantasía
    Estaba sentado sobre una roca helada, con la capa pesada de nieve y mi espada descansando sobre las rodillas, contemplaba a lo lejos aquel gran bastión. Sus torres se alzaban imponentes entre la ventisca, envueltas en un halo de misterio. Valdrakkar. Calculé que aún me faltaban tres días de marcha dura para llegar, cruzar el barranco helado, atravesar los bosques densos y subir la última cordillera. Tres días de frío que cala hasta los huesos, incluso para alguien como yo. El viento aullaba, la nieve caía sin descanso, y yo solo pensaba en el camino que tenía por delante.

    En ese preciso momento, mientras yo observaba el castillo con serenidad, sin sospechar nada, dentro de sus muros ya había comenzado el infierno. Una orden de asesinos se había infiltrado como sombras silenciosas. Dagas envenenadas, pasos que no hacían ruido sobre la nieve de los tejados. Guardias caían uno tras otro, nobles eran degollados en sus salones, y la traición se extendía como una plaga por los pasillos de Valdrakkar. El reino que desde lejos parecía un refugio de paz ya sangraba por dentro.

    Yo no lo sabía, simplemente me levanté, me ajusté el yelmo y continué mi camino con pasos firmes, dejando huellas profundas en la nieve, ajeno todavía al caos que me esperaba al final de esas tres jornadas.

    Cuando crucé las puertas de Valdrakkar, el castillo ya era un matadero. El olor a sangre caliente mezclada con nieve me golpeó como un puñetazo. Apenas había dado unos pasos cuando las sombras se movieron. Eran muchos. Demasiados. Al menos una docena de aquellos asesinos se lanzaron sobre mí desde los balcones, los pasillos y las vigas del techo. Vestían negro absoluto, máscaras lisas sin ojos.

    Sus dagas envenenadas buscaban las juntas de mi armadura. Desenvainé mi espada, con un movimiento corté el aire con un rugido metálico. Partí a dos de un solo tajo, el impacto resonando en las placas de mi peto. Giré, y mi codo blindado aplastó el cráneo de otro contra una columna. La nieve y la sangre salpicaban mi yelmo mientras avanzaba, es una de las razones por las que llevo armadura, menos posibilidades de quedar incapacitado de golpe.

    Aun así eran demasiados. Sus golpes llovían sobre mí, dagas resbalando contra el acero, pero algunas encontraron las uniones. Una se hundió bajo la axila, otra atravesó la juntura del muslo, y varias más perforaron la espalda donde las placas se unían. Sentí el veneno entrar como fuego líquido que quemaba a través de la carne bajo el metal. Aun así seguí luchando. Maté tantos que el salón principal era un matadero de sombras y acero. Mi armadura resonaba con cada impacto, abollada y rayada, pero yo seguía en pie.
    Hasta que me rodearon por completo.
    Un golpe de maza en la parte trasera del yelmo me hizo caer de rodillas con un estruendo metálico. Luego vinieron las dagas: una docena perforando las juntas, clavándose profundo. El líder de los asesinos hundió su hoja larga directamente a través de la visera de mi yelmo, atravesándome el ojo y el cerebro.
    Todo se volvió negro dentro del acero.

    Tras unos minutos mi cuerpo inmortal se rebeló. Dentro de la armadura, el infierno comenzó. El veneno ardía como ácido fundido, quemando venas y órganos, mientras la regeneración luchaba contra él. Se podía oír desde fuera, el crujido grotesco de huesos recomponiéndose, la carne retorciéndose y burbujeando bajo las placas, expulsando chorros de sangre ennegrecida y veneno por las juntas del yelmo y los guanteletes. Mi espalda se arqueaba violentamente dentro del peto, haciendo que la armadura entera se sacudiera y crujiera como si un demonio estuviera naciendo dentro de ella. Trozos de carne muerta y venenosa salían expulsados por las aberturas del yelmo, humeando en el aire frío.

    Los asesinos que aún quedaban retrocedieron aterrorizados al ver cómo la figura blindada se levantaba sola, tambaleante, con líquido negro chorreando por todas las ranuras de la armadura. El yelmo, abollado y perforado, se giró hacia ellos con un movimiento lento y antinatural.

    — Un monstruo... — Susurró uno.

    Mi espada volvió a alzarse, aún empuñada por una mano que se regeneraba dentro del guantelete. Maté a los últimos en un frenesí brutal y lento, cada golpe acompañado del sonido metálico de mi armadura y los sonidos húmedos y grotescos de mi carne reconstruyéndose.
    Cuando todo terminó, me derrumbé contra una pared, la armadura abollada y chorreando sangre y veneno. Respiraba con dificultad dentro del yelmo, el dolor aún recorriéndome como llamas eternas. La hija del señor y los pocos supervivientes me observaban entre horror y esperanza.

    En cuanto pude levantarme nuevamente me marche de allí, siempre odie esa mirada de agradecimiento falsa, ya habían reportado el incidente a la Orden. No tardarían en llegar a intentar terminar lo que alguna vez comenzaron.
    Estaba sentado sobre una roca helada, con la capa pesada de nieve y mi espada descansando sobre las rodillas, contemplaba a lo lejos aquel gran bastión. Sus torres se alzaban imponentes entre la ventisca, envueltas en un halo de misterio. Valdrakkar. Calculé que aún me faltaban tres días de marcha dura para llegar, cruzar el barranco helado, atravesar los bosques densos y subir la última cordillera. Tres días de frío que cala hasta los huesos, incluso para alguien como yo. El viento aullaba, la nieve caía sin descanso, y yo solo pensaba en el camino que tenía por delante. En ese preciso momento, mientras yo observaba el castillo con serenidad, sin sospechar nada, dentro de sus muros ya había comenzado el infierno. Una orden de asesinos se había infiltrado como sombras silenciosas. Dagas envenenadas, pasos que no hacían ruido sobre la nieve de los tejados. Guardias caían uno tras otro, nobles eran degollados en sus salones, y la traición se extendía como una plaga por los pasillos de Valdrakkar. El reino que desde lejos parecía un refugio de paz ya sangraba por dentro. Yo no lo sabía, simplemente me levanté, me ajusté el yelmo y continué mi camino con pasos firmes, dejando huellas profundas en la nieve, ajeno todavía al caos que me esperaba al final de esas tres jornadas. Cuando crucé las puertas de Valdrakkar, el castillo ya era un matadero. El olor a sangre caliente mezclada con nieve me golpeó como un puñetazo. Apenas había dado unos pasos cuando las sombras se movieron. Eran muchos. Demasiados. Al menos una docena de aquellos asesinos se lanzaron sobre mí desde los balcones, los pasillos y las vigas del techo. Vestían negro absoluto, máscaras lisas sin ojos. Sus dagas envenenadas buscaban las juntas de mi armadura. Desenvainé mi espada, con un movimiento corté el aire con un rugido metálico. Partí a dos de un solo tajo, el impacto resonando en las placas de mi peto. Giré, y mi codo blindado aplastó el cráneo de otro contra una columna. La nieve y la sangre salpicaban mi yelmo mientras avanzaba, es una de las razones por las que llevo armadura, menos posibilidades de quedar incapacitado de golpe. Aun así eran demasiados. Sus golpes llovían sobre mí, dagas resbalando contra el acero, pero algunas encontraron las uniones. Una se hundió bajo la axila, otra atravesó la juntura del muslo, y varias más perforaron la espalda donde las placas se unían. Sentí el veneno entrar como fuego líquido que quemaba a través de la carne bajo el metal. Aun así seguí luchando. Maté tantos que el salón principal era un matadero de sombras y acero. Mi armadura resonaba con cada impacto, abollada y rayada, pero yo seguía en pie. Hasta que me rodearon por completo. Un golpe de maza en la parte trasera del yelmo me hizo caer de rodillas con un estruendo metálico. Luego vinieron las dagas: una docena perforando las juntas, clavándose profundo. El líder de los asesinos hundió su hoja larga directamente a través de la visera de mi yelmo, atravesándome el ojo y el cerebro. Todo se volvió negro dentro del acero. Tras unos minutos mi cuerpo inmortal se rebeló. Dentro de la armadura, el infierno comenzó. El veneno ardía como ácido fundido, quemando venas y órganos, mientras la regeneración luchaba contra él. Se podía oír desde fuera, el crujido grotesco de huesos recomponiéndose, la carne retorciéndose y burbujeando bajo las placas, expulsando chorros de sangre ennegrecida y veneno por las juntas del yelmo y los guanteletes. Mi espalda se arqueaba violentamente dentro del peto, haciendo que la armadura entera se sacudiera y crujiera como si un demonio estuviera naciendo dentro de ella. Trozos de carne muerta y venenosa salían expulsados por las aberturas del yelmo, humeando en el aire frío. Los asesinos que aún quedaban retrocedieron aterrorizados al ver cómo la figura blindada se levantaba sola, tambaleante, con líquido negro chorreando por todas las ranuras de la armadura. El yelmo, abollado y perforado, se giró hacia ellos con un movimiento lento y antinatural. — Un monstruo... — Susurró uno. Mi espada volvió a alzarse, aún empuñada por una mano que se regeneraba dentro del guantelete. Maté a los últimos en un frenesí brutal y lento, cada golpe acompañado del sonido metálico de mi armadura y los sonidos húmedos y grotescos de mi carne reconstruyéndose. Cuando todo terminó, me derrumbé contra una pared, la armadura abollada y chorreando sangre y veneno. Respiraba con dificultad dentro del yelmo, el dolor aún recorriéndome como llamas eternas. La hija del señor y los pocos supervivientes me observaban entre horror y esperanza. En cuanto pude levantarme nuevamente me marche de allí, siempre odie esa mirada de agradecimiento falsa, ya habían reportado el incidente a la Orden. No tardarían en llegar a intentar terminar lo que alguna vez comenzaron.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    40
    Estado
    Terminado
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  • "-El insomnio se había convertido en una presencia asfixiante, una vez más que no me permitía encontrar descanso alguno. Incapaz de seguir luchando contra las sábanas, decidí levantarme y vestirme con movimientos mecánicos. Sabía perfectamente a dónde debía ir. Con un gesto decidido, invoqué un portal, un paso directo hacia el único refugio capaz de apaciguar el caos que reinaba en mi mente.
    Al cruzar el umbral, me envolvió instantáneamente la espesura de un bosque ancestral. El aire, cargado con el perfume inconfundible a tierra húmeda, resina y madera antigua, recorrió mis sentidos como un escalofrío que me obligó a estremecerme. Una sonrisa llena de una profunda nostalgia se dibujó en mi rostro mientras me adentraba en la penumbra arbolada, guiado por la familiaridad del camino, hasta que, entre la vegetación, comenzó a vislumbrarse la silueta de aquella cabaña que no visitaba desde hacía una eternidad.-"

    —Oh, mi pequeño refugio… mi nido maternal —
    susurré para mí mismo, con la voz cargada de emocion y nostalgia
    —. Por fin he vuelto a casa.—

    "-Al posar mi mano sobre el pomo frío de la puerta, una sensación de calidez me invadió al instante. Al abrirla, la estancia cobró vida propia: las luces se encendieron automáticamente, revelando una decoración que parecía haber quedado congelada en el tiempo, esperando pacientemente mi retorno. Mis pasos me llevaron hacia una pequeña mesa donde descansaba un retrato. Con delicadeza, acaricié la superficie del cristal, reviviendo recuerdos en el silencio del lugar antes de devolverlo con suavidad a su sitio.
    Mi atención fue atraído hacia un rincón, una figura alta e inamovible cubierta por una sábana blanca, que ocultaba un secreto bien guardado. Con un movimiento lento, retiré la tela, dejando al descubierto un piano antiguo, una pieza adornada con grabados intrincados que brillaban bajo la luz tenue.-"

    —Oh, mi viejo amigo… —
    murmuré con ternura, rozando con reverencia la madera.
    — Cuántos años han pasado desde nuestro último encuentro. Debes haberte sentido muy solo esperando mi regreso, ¿verdad? Pero no te preocupes, ya estoy aquí es momento de devolverte la vida. Acompáñame esta noche, ¿qué te parece?—

    "-Me acomodé en el asiento y, con una suavidad, apoyé mis dedos sobre las teclas. Al primer contacto, una melodía empezó a fluir, llenando cada rincón de la cabaña con notas que hablaban de ausencias y reencuentros. Cerré los ojos, dejándome arrastrar por la armonía, sumergiéndome profundamente en cada nota hasta desaparecer dentro de la propia música.-"

    https://music.youtube.com/watch?v=PiCa76Ch5O8&si=v4kHGcww6bQ8mSds
    "-El insomnio se había convertido en una presencia asfixiante, una vez más que no me permitía encontrar descanso alguno. Incapaz de seguir luchando contra las sábanas, decidí levantarme y vestirme con movimientos mecánicos. Sabía perfectamente a dónde debía ir. Con un gesto decidido, invoqué un portal, un paso directo hacia el único refugio capaz de apaciguar el caos que reinaba en mi mente. Al cruzar el umbral, me envolvió instantáneamente la espesura de un bosque ancestral. El aire, cargado con el perfume inconfundible a tierra húmeda, resina y madera antigua, recorrió mis sentidos como un escalofrío que me obligó a estremecerme. Una sonrisa llena de una profunda nostalgia se dibujó en mi rostro mientras me adentraba en la penumbra arbolada, guiado por la familiaridad del camino, hasta que, entre la vegetación, comenzó a vislumbrarse la silueta de aquella cabaña que no visitaba desde hacía una eternidad.-" —Oh, mi pequeño refugio… mi nido maternal — susurré para mí mismo, con la voz cargada de emocion y nostalgia —. Por fin he vuelto a casa.— "-Al posar mi mano sobre el pomo frío de la puerta, una sensación de calidez me invadió al instante. Al abrirla, la estancia cobró vida propia: las luces se encendieron automáticamente, revelando una decoración que parecía haber quedado congelada en el tiempo, esperando pacientemente mi retorno. Mis pasos me llevaron hacia una pequeña mesa donde descansaba un retrato. Con delicadeza, acaricié la superficie del cristal, reviviendo recuerdos en el silencio del lugar antes de devolverlo con suavidad a su sitio. Mi atención fue atraído hacia un rincón, una figura alta e inamovible cubierta por una sábana blanca, que ocultaba un secreto bien guardado. Con un movimiento lento, retiré la tela, dejando al descubierto un piano antiguo, una pieza adornada con grabados intrincados que brillaban bajo la luz tenue.-" —Oh, mi viejo amigo… — murmuré con ternura, rozando con reverencia la madera. — Cuántos años han pasado desde nuestro último encuentro. Debes haberte sentido muy solo esperando mi regreso, ¿verdad? Pero no te preocupes, ya estoy aquí es momento de devolverte la vida. Acompáñame esta noche, ¿qué te parece?— "-Me acomodé en el asiento y, con una suavidad, apoyé mis dedos sobre las teclas. Al primer contacto, una melodía empezó a fluir, llenando cada rincón de la cabaña con notas que hablaban de ausencias y reencuentros. Cerré los ojos, dejándome arrastrar por la armonía, sumergiéndome profundamente en cada nota hasta desaparecer dentro de la propia música.-" https://music.youtube.com/watch?v=PiCa76Ch5O8&si=v4kHGcww6bQ8mSds
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  • Pero se que era un dia como este cuando lo conoci a profe gojo en mi antiguo hogar .....

    Tenía cinco años cuando el mundo decidió romperse, y yo fui la que sostuvo el martillo.

    ​No recuerdo mucho de cómo empezó ese día, solo que el pecho me ardía. Era un dolor denso, negro, que no cabía dentro de mi cuerpo infantil. Vivía en un pueblo pequeño, de esos donde el viento siempre huele a tierra húmeda y hojas secas, pero esa tarde el aire se volvió pesado, tanto que costaba respirar. Los adultos gritaban. Recuerdo sus caras distorsionadas por el miedo, pero no me miraban a mí con compasión; me miraban como si yo fuera el monstruo debajo de sus camas.

    ​Y tal vez tenían razón.

    ​Cuando mi habilidad del caos despertó, no fue un destello sutil. Fue un estallido. Sentí un tirón violento en el estómago y, de repente, la gravedad dejó de tener sentido. Mis pies se despegaron del suelo. El suelo mismo empezó a agrietarse, levantándose en pedazos de piedra y tierra que orbitaban a mi alrededor. Un vórtice inestable y oscuro me envolvió, destrozando las casas cercanas, torciendo la realidad como si fuera papel mojado.

    ​Cerré los ojos con fuerza, llorando lágrimas que se sentían calientes y espesas. Cuando los abrí, la vista se me había teñido de un rojo violento. Podía sentir la sangre agolpándose en mis párpados, inyectada en mis ojos por la pura presión de una energía que no sabía cómo controlar. Estaba sola en el centro de mi propia tormenta, flotando, esperando que todo terminara o que me consumiera por completo.

    ​Entonces, el caos se detuvo. No porque se hubiera calmado, sino porque algo más fuerte lo estaba obligando a frenar.

    ​A través del torbellino de escombros y ráfagas oscuras, vi una silueta que caminaba con una calma casi insultante. Era un joven alto, de cabello blanco como la nieve que brillaba a la luz de la tarde. Llevaba unas gafas oscuras que no lograban ocultar del todo la intensidad de su mirada.
    ​A medida que se acercaba, la energía destructiva que yo desprendía chocaba contra una barrera invisible a su alrededor y se disipaba. Su técnica del Ilimitado lo protegía de mi tormenta, conteniendo el desastre con una facilidad pasmosa.
    ​Él se detuvo a unos metros de mí, mirándome flotar. Esperaba que me atacara. Sabía, por puro instinto, que yo era una anomalía peligrosa, algo que los hechiceros llaman una "maldición de Grado Especial". Pero cuando aquel chico se bajó un poco las gafas, revelando unos ojos de un azul tan infinito y brillante que hacían que el cielo pareciera pálido, no vi asco ni miedo en ellos.
    ​Vio mi potencial destructor, sí. Vio el peligro. Pero, sobre todo, vio la inmensa soledad de una niña de cinco años que solo quería que el dolor parara.

    ​—Vaya... Así que tú eras el pequeño terremoto —dijo. Su voz era extrañamente ligera, casi divertida, rompiendo toda la tensión del ambiente.

    ​Extendió una mano hacia mí. No para atacarme, sino para invitarme a bajar. Con un simple gesto de sus dedos, la presión en mi pecho disminuyó y el vórtice se deshizo, dejándome caer suavemente sobre la tierra removida. Mis piernas temblaron y caí de rodillas, agotada, con la respiración entrecortada y la vista aún nublada de rojo.
    ​Él se agachó para quedar a mi altura, ignorando el desastre que nos rodeaba. Supe después que los altos mandos de su mundo habrían ordenado mi ejecución inmediata sin parpadear. Pero a Satoru Gojo nunca le importó lo que dijeran los viejos sabios.

    ​—Tienes unos ojos bastante interesantes, pequeña —me dijo, dedicándome una sonrisa ladeada que, por primera vez en mi corta vida, me hizo sentir a salvo—. ¿Qué te parece si venimos conmigo? Te prometo que el mundo es mucho más divertido cuando aprendes a romperlo a tu manera.

    ​En ese momento, entre las ruinas de mi pueblo, me di cuenta de que el caos no me había destruido. Me había llevado hasta el hombre más fuerte del mundo. Y él, en lugar de borrarme, decidió天 adoptarme en secreto.
    Pero se que era un dia como este cuando lo conoci a profe gojo en mi antiguo hogar ..... Tenía cinco años cuando el mundo decidió romperse, y yo fui la que sostuvo el martillo. ​No recuerdo mucho de cómo empezó ese día, solo que el pecho me ardía. Era un dolor denso, negro, que no cabía dentro de mi cuerpo infantil. Vivía en un pueblo pequeño, de esos donde el viento siempre huele a tierra húmeda y hojas secas, pero esa tarde el aire se volvió pesado, tanto que costaba respirar. Los adultos gritaban. Recuerdo sus caras distorsionadas por el miedo, pero no me miraban a mí con compasión; me miraban como si yo fuera el monstruo debajo de sus camas. ​Y tal vez tenían razón. ​Cuando mi habilidad del caos despertó, no fue un destello sutil. Fue un estallido. Sentí un tirón violento en el estómago y, de repente, la gravedad dejó de tener sentido. Mis pies se despegaron del suelo. El suelo mismo empezó a agrietarse, levantándose en pedazos de piedra y tierra que orbitaban a mi alrededor. Un vórtice inestable y oscuro me envolvió, destrozando las casas cercanas, torciendo la realidad como si fuera papel mojado. ​Cerré los ojos con fuerza, llorando lágrimas que se sentían calientes y espesas. Cuando los abrí, la vista se me había teñido de un rojo violento. Podía sentir la sangre agolpándose en mis párpados, inyectada en mis ojos por la pura presión de una energía que no sabía cómo controlar. Estaba sola en el centro de mi propia tormenta, flotando, esperando que todo terminara o que me consumiera por completo. ​Entonces, el caos se detuvo. No porque se hubiera calmado, sino porque algo más fuerte lo estaba obligando a frenar. ​A través del torbellino de escombros y ráfagas oscuras, vi una silueta que caminaba con una calma casi insultante. Era un joven alto, de cabello blanco como la nieve que brillaba a la luz de la tarde. Llevaba unas gafas oscuras que no lograban ocultar del todo la intensidad de su mirada. ​A medida que se acercaba, la energía destructiva que yo desprendía chocaba contra una barrera invisible a su alrededor y se disipaba. Su técnica del Ilimitado lo protegía de mi tormenta, conteniendo el desastre con una facilidad pasmosa. ​Él se detuvo a unos metros de mí, mirándome flotar. Esperaba que me atacara. Sabía, por puro instinto, que yo era una anomalía peligrosa, algo que los hechiceros llaman una "maldición de Grado Especial". Pero cuando aquel chico se bajó un poco las gafas, revelando unos ojos de un azul tan infinito y brillante que hacían que el cielo pareciera pálido, no vi asco ni miedo en ellos. ​Vio mi potencial destructor, sí. Vio el peligro. Pero, sobre todo, vio la inmensa soledad de una niña de cinco años que solo quería que el dolor parara. ​—Vaya... Así que tú eras el pequeño terremoto —dijo. Su voz era extrañamente ligera, casi divertida, rompiendo toda la tensión del ambiente. ​Extendió una mano hacia mí. No para atacarme, sino para invitarme a bajar. Con un simple gesto de sus dedos, la presión en mi pecho disminuyó y el vórtice se deshizo, dejándome caer suavemente sobre la tierra removida. Mis piernas temblaron y caí de rodillas, agotada, con la respiración entrecortada y la vista aún nublada de rojo. ​Él se agachó para quedar a mi altura, ignorando el desastre que nos rodeaba. Supe después que los altos mandos de su mundo habrían ordenado mi ejecución inmediata sin parpadear. Pero a Satoru Gojo nunca le importó lo que dijeran los viejos sabios. ​—Tienes unos ojos bastante interesantes, pequeña —me dijo, dedicándome una sonrisa ladeada que, por primera vez en mi corta vida, me hizo sentir a salvo—. ¿Qué te parece si venimos conmigo? Te prometo que el mundo es mucho más divertido cuando aprendes a romperlo a tu manera. ​En ese momento, entre las ruinas de mi pueblo, me di cuenta de que el caos no me había destruido. Me había llevado hasta el hombre más fuerte del mundo. Y él, en lugar de borrarme, decidió天 adoptarme en secreto.
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  • Canek dijo: ────────Los dioses nacen cuando los hombres mueren. Mientras los hombres se tuvieron confianza no hubo necesidad de dioses; los hombres podían confiar su corazón y su mente a los otros hombres; podían decir sin miedo su palabra a los otros hombres.

    Pero cuando los hombres se ocultaron de los hombres para comer la fruta que a todos dio el campo; cuando los hombres acecharon a los hombres por gusto de la mujer; cuando los hombres hicieron secreto de la oración que se dice en público, entonces nacieron los dioses.

    Por eso los dioses son tanto más poderosos, más crueles y más lejanos, cuanto mayor es la desconfianza que separa a los hombres de los hombres.

    《Fragmento del libro "Canek" de Ermilo Abreu Gómez. 》
    Canek dijo: ────────Los dioses nacen cuando los hombres mueren. Mientras los hombres se tuvieron confianza no hubo necesidad de dioses; los hombres podían confiar su corazón y su mente a los otros hombres; podían decir sin miedo su palabra a los otros hombres. Pero cuando los hombres se ocultaron de los hombres para comer la fruta que a todos dio el campo; cuando los hombres acecharon a los hombres por gusto de la mujer; cuando los hombres hicieron secreto de la oración que se dice en público, entonces nacieron los dioses. Por eso los dioses son tanto más poderosos, más crueles y más lejanos, cuanto mayor es la desconfianza que separa a los hombres de los hombres. 《Fragmento del libro "Canek" de Ermilo Abreu Gómez. 》
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  • — Oh, Patricia, pobre Patricia. Un mujer de su estatus, de su categoría, pasando la tarde siendo interrogada por la policía londinense. Y aquí estamos: La residencia Greene sintiéndose más vacía que nunca sin esa escandalosa risa nasal.

    Sería el momento perfecto para cuchichear con el resto de las mucamas y extraer algún jugoso secreto que logre aderezar esta historia, ¿no? A esa conclusión llegué también, sin embargo, labios sellados es con lo único que me he encontrado.

    ¿Es lealtad lo que alimenta a este silencio? ¿Es miedo? ¿Complicidad? ¿O algo completamente distinto que aún logra eludirme?
    — Oh, Patricia, pobre Patricia. Un mujer de su estatus, de su categoría, pasando la tarde siendo interrogada por la policía londinense. Y aquí estamos: La residencia Greene sintiéndose más vacía que nunca sin esa escandalosa risa nasal. Sería el momento perfecto para cuchichear con el resto de las mucamas y extraer algún jugoso secreto que logre aderezar esta historia, ¿no? A esa conclusión llegué también, sin embargo, labios sellados es con lo único que me he encontrado. ¿Es lealtad lo que alimenta a este silencio? ¿Es miedo? ¿Complicidad? ¿O algo completamente distinto que aún logra eludirme?
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  • -Mientras Billy dormía en el cuarto de Lorenzo Moretti tuvo una pesadilla, algo lo atormentaba, unas voces que le gritaban "MENTIROSO, FALSO, MENTIROSO!" se veía en la carita de Billy que no se sentía bien, que estaba soñando algo muy feo y no podía despertar, una de esas cosas de su pesadilla se le acercó, y usando las voces de sus cuñados le gritaban al chico "¡QUEMEN A LA BRUJA!" ,Billy solo se retorcía entre los brazos de Lorenzo intentado despertar, no tardo en empezar a llorar-
    -Mientras Billy dormía en el cuarto de [lorenzo_moretti] tuvo una pesadilla, algo lo atormentaba, unas voces que le gritaban "MENTIROSO, FALSO, MENTIROSO!" se veía en la carita de Billy que no se sentía bien, que estaba soñando algo muy feo y no podía despertar, una de esas cosas de su pesadilla se le acercó, y usando las voces de sus cuñados le gritaban al chico "¡QUEMEN A LA BRUJA!" ,Billy solo se retorcía entre los brazos de Lorenzo intentado despertar, no tardo en empezar a llorar-
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  • ㅤㅤㅤㅤ⸻ La noche guarda en sus pliegues las palabras que la conciencia destierra; en su seno germinan los secretos y bebe los pecados de su propia sombra. El día, en cambio, viste de oro las cadenas, adormece la fiera bajo la piel y sepulta los deseos bajo un jardín de apariencias.

    ¿No percibes el murmullo bajo el velo nocturno?

    Toda existencia gira en un remolino de espejismos, una danza de máscaras que se contemplan unas a otras y se llaman verdad. Nos alimentamos de ficciones cuidadosamente pulidas, de mentiras tan antiguas que han aprendido a confundirse con nuestra sangre.

    Y mientras el abismo sonríe desde el fondo de cada certeza, seguimos llamando realidad al eco de nuestros propios engaños.
    ㅤㅤㅤㅤ⸻ La noche guarda en sus pliegues las palabras que la conciencia destierra; en su seno germinan los secretos y bebe los pecados de su propia sombra. El día, en cambio, viste de oro las cadenas, adormece la fiera bajo la piel y sepulta los deseos bajo un jardín de apariencias. ¿No percibes el murmullo bajo el velo nocturno? Toda existencia gira en un remolino de espejismos, una danza de máscaras que se contemplan unas a otras y se llaman verdad. Nos alimentamos de ficciones cuidadosamente pulidas, de mentiras tan antiguas que han aprendido a confundirse con nuestra sangre. Y mientras el abismo sonríe desde el fondo de cada certeza, seguimos llamando realidad al eco de nuestros propios engaños.
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  • El portal se abrió como una herida en la hechura del mundo.

    El hombre fue arrancado de dondequiera que hubiese estado y arrojado a través de aquella luz impía. Su cuerpo se retorció en el tránsito. La carne pareció olvidar su forma. Los huesos crujieron como ramas secas bajo el peso de una tormenta invisible.

    Un poder inmenso despertó en su interior. No era una llama ni un río. Era algo más antiguo. Más vasto. La energía manó de él sin obediencia y la piedra se quebró bajo sus pies. Cráteres surgieron en la roca desnuda. Las escalinatas temblaron. El aire se llenó de polvo y fragmentos que flotaban alrededor de su figura como satélites errantes.

    Cuando el resplandor menguó, contempló el lugar. Escaleras sin término, ascendían hacia unas puertas colosales cuya sola presencia parecía desafiar la razón de los hombres. Las puertas del TRIUNVIRATO aguardaban inmóviles bajo una luz pálida.

    El demonio de renombrado linaje ajustó el sombrero oscuro sobre su cabeza. Su cabello, amarillo como trigo bajo cierto fulgor y blanco como ceniza bajo otro, danzaba con las corrientes invisibles de aquel reino extraño. Sobre su hombro descansaba una espada extensa y terrible. El filo parecía capaz de partir la misma noche.

    Comenzó a subir. Sus pasos resonaron en el vacío.

    ○Bueno, bueno... ¿dónde estoy?

    El acento británico se deslizó en el aire. Las puertas se abrieron. Y entonces ocurrió...el cambio. Fue súbito y cruel. Sintió los huesos doblarse dentro de su carne. Su espalda se arqueó. Los músculos se contrajeron. El rostro que durante eras había poseído la perfección temible de los demonios superiores comenzó a marchitarse.

    Las facciones divinas se hundieron y palidecieron como un fantasma. La piel adquirió los signos de una edad que jamás había conocido. Cuando terminó, donde antes se hallaba una belleza capaz de doblegar reyes y encender guerras, permanecía el semblante envejecido. Un hombre que los mortales habrían juzgado cercano a los cuarenta años. Llevó una mano a su rostro. Sus dedos temblaban.

    ○¿Mi cuerpo...? ¿Qué le pasa a mi cuerpo?

    Había miedo en su voz. Miedo verdadero. Entonces la luz regresó y lo envolvió. El mundo desapareció y apareció en otro. Un sitio desconocido.

    ○¡Hermana! ¿Dónde estás?

    El grito brotó de su garganta. Movió la espada por puro instinto. El acero cortó el aire con violencia. Era el gesto de alguien preparado para matar ejércitos enteros con tal de proteger a una sola persona. Mas algo se quebró. Un dolor insoportable recorrió su brazo. Escuchó el sonido. Decenas de fracturas. Los huesos estallaron bajo la piel. Cayó de rodillas. La espada golpeó el suelo. Respiró con dificultad, luego alzó la vista. Y habló.

    ○Por la virtud, la historia y el poder que me confiere el peso de mi padre... Azraeth... te ordeno volver a ser mi mano. El aire permaneció inmóvil. Durante un instante no ocurrió nada. Después la carne comenzó a moverse. Los fragmentos óseos regresaron a su sitio. Los tendones se reconstruyeron. La piel se cerró y la mano volvió a existir. Lombard la observó. Abrió los dedos y los cerró, volvió a abrirlos. Ni una sola herida. Ni una sola cicatriz. Se incorporó lentamente.

    Miró la extremidad restaurada como si contemplara un milagro imposible. Luego observó el mundo que lo rodeaba. Y por primera vez, el demonio quedó sin voz.

    ○Esto... esto es...

    Permaneció allí, inmóvil bajo la luz desconocida, mientras el universo se desplegaba ante sus ojos como un libro cuya primera página acababa de abrirse.
    El portal se abrió como una herida en la hechura del mundo. El hombre fue arrancado de dondequiera que hubiese estado y arrojado a través de aquella luz impía. Su cuerpo se retorció en el tránsito. La carne pareció olvidar su forma. Los huesos crujieron como ramas secas bajo el peso de una tormenta invisible. Un poder inmenso despertó en su interior. No era una llama ni un río. Era algo más antiguo. Más vasto. La energía manó de él sin obediencia y la piedra se quebró bajo sus pies. Cráteres surgieron en la roca desnuda. Las escalinatas temblaron. El aire se llenó de polvo y fragmentos que flotaban alrededor de su figura como satélites errantes. Cuando el resplandor menguó, contempló el lugar. Escaleras sin término, ascendían hacia unas puertas colosales cuya sola presencia parecía desafiar la razón de los hombres. Las puertas del TRIUNVIRATO aguardaban inmóviles bajo una luz pálida. El demonio de renombrado linaje ajustó el sombrero oscuro sobre su cabeza. Su cabello, amarillo como trigo bajo cierto fulgor y blanco como ceniza bajo otro, danzaba con las corrientes invisibles de aquel reino extraño. Sobre su hombro descansaba una espada extensa y terrible. El filo parecía capaz de partir la misma noche. Comenzó a subir. Sus pasos resonaron en el vacío. ○Bueno, bueno... ¿dónde estoy? El acento británico se deslizó en el aire. Las puertas se abrieron. Y entonces ocurrió...el cambio. Fue súbito y cruel. Sintió los huesos doblarse dentro de su carne. Su espalda se arqueó. Los músculos se contrajeron. El rostro que durante eras había poseído la perfección temible de los demonios superiores comenzó a marchitarse. Las facciones divinas se hundieron y palidecieron como un fantasma. La piel adquirió los signos de una edad que jamás había conocido. Cuando terminó, donde antes se hallaba una belleza capaz de doblegar reyes y encender guerras, permanecía el semblante envejecido. Un hombre que los mortales habrían juzgado cercano a los cuarenta años. Llevó una mano a su rostro. Sus dedos temblaban. ○¿Mi cuerpo...? ¿Qué le pasa a mi cuerpo? Había miedo en su voz. Miedo verdadero. Entonces la luz regresó y lo envolvió. El mundo desapareció y apareció en otro. Un sitio desconocido. ○¡Hermana! ¿Dónde estás? El grito brotó de su garganta. Movió la espada por puro instinto. El acero cortó el aire con violencia. Era el gesto de alguien preparado para matar ejércitos enteros con tal de proteger a una sola persona. Mas algo se quebró. Un dolor insoportable recorrió su brazo. Escuchó el sonido. Decenas de fracturas. Los huesos estallaron bajo la piel. Cayó de rodillas. La espada golpeó el suelo. Respiró con dificultad, luego alzó la vista. Y habló. ○Por la virtud, la historia y el poder que me confiere el peso de mi padre... Azraeth... te ordeno volver a ser mi mano. El aire permaneció inmóvil. Durante un instante no ocurrió nada. Después la carne comenzó a moverse. Los fragmentos óseos regresaron a su sitio. Los tendones se reconstruyeron. La piel se cerró y la mano volvió a existir. Lombard la observó. Abrió los dedos y los cerró, volvió a abrirlos. Ni una sola herida. Ni una sola cicatriz. Se incorporó lentamente. Miró la extremidad restaurada como si contemplara un milagro imposible. Luego observó el mundo que lo rodeaba. Y por primera vez, el demonio quedó sin voz. ○Esto... esto es... Permaneció allí, inmóvil bajo la luz desconocida, mientras el universo se desplegaba ante sus ojos como un libro cuya primera página acababa de abrirse.
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    𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕤𝕖 𝕠𝕗 𝕥𝕙𝕖 𝕥𝕠𝕣𝕟 𝕡𝕒𝕘𝕖 - - - - - - - - - - - - - Part: 1
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    «Hay fragmentos que no se escriben con tinta, sino con el dolor sordo de lo que nace condenado a la distancia. En este rincón del nexo, la belleza es una trampa de cristal». — Ren.

    De una crisálida tejida con el polvo de estrellas muertas y silencios antiguos, brotó la primera pulsación de vida. Era una criatura pequeña, una delicada arquitectura cuadrúpeda de cuerpo esbelto y pelaje tan suave que parecía humo suspendido en el aire. Sus orejas, traslúcidas y rosadas como el primer rubor de un amanecer inexistente, temblaban ante el peso del vacío. Nació muda, desprovista de palabras para nombrar su propio asombro, pero en su pecho latía una curiosidad voraz por los retazos de aquel mundo etéreo que se desplegaba, como un lienzo herido, ante sus pies.

    Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor.

    Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta.

    El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano.

    Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso.

    El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones.

    El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida.

    Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse.

    Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable.

    Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera.

    La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable...

    « Continuará en las próximas crónicas... »
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Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor. Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta. El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano. Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso. El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones. El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida. Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse. Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable. Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera. La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable... « Continuará en las próximas crónicas... »
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  • "La música de esta diva virtual reconforta mi corazón en secreto, nuestras melodías preferidas nos ayudan a seguir adelante incluso en los momentos más difíciles, ¿No lo crees así?"
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