Un destello dorado rasgó la penumbra rojiza de Ciudad Pentagrama como una estrella cayendo a destiempo. La luz descendió en espiral hasta golpear suavemente el suelo de una calle desierta, levantando polvo carmesí y haciendo vibrar los letreros torcidos de los edificios cercanos.
Cuando el resplandor se disipó, una figura permanecía en el centro del fulgor moribundo.
Lucifer Morningstar apareció envuelto únicamente en una toga blanca, la tela cayendo con elegancia imperfecta sobre su cuerpo. Sus pies descalzos tocaron el pavimento caliente mientras sus alas, ausentes por el momento, parecían solo un recuerdo escondido bajo la piel. Parpadeó varias veces, como si la realidad tardara en ajustarse a su mirada.
Lentamente alzó una mano y observó sus dedos, girando la muñeca con extrañeza. Luego recorrió con la vista su torso, sus brazos, la tela sencilla que lo cubría... como si necesitara asegurarse de que seguía siendo él.
Su expresión, normalmente segura y teatral, se quebró en una mueca de genuina confusión.
—...Bueno, eso es nuevo.
Su voz sonó más baja de lo habitual, áspera por un silencio demasiado largo. Dio un paso tambaleante, mirando alrededor las calles deformadas, los anuncios infernales, el cielo eterno de sangre.
—Ciudad Pentagrama...
murmuró, entrecerrando los ojos
—Entonces sí regresé.
Llevó una mano a su sien, intentando ordenar recuerdos que se deshacían como humo entre los dedos. El limbo había sido una extensión sin tiempo, sin días, sin noches... solo vacío.
Su sonrisa apareció débilmente, más nerviosa que encantadora.
—Ahora la pregunta importante...
Se miró nuevamente, tocándose el rostro con incredulidad antes de alzar la vista al cielo rojizo.
—¿Cuánto tiempo demonios me fui?
Un destello dorado rasgó la penumbra rojiza de Ciudad Pentagrama como una estrella cayendo a destiempo. La luz descendió en espiral hasta golpear suavemente el suelo de una calle desierta, levantando polvo carmesí y haciendo vibrar los letreros torcidos de los edificios cercanos.
Cuando el resplandor se disipó, una figura permanecía en el centro del fulgor moribundo.
Lucifer Morningstar apareció envuelto únicamente en una toga blanca, la tela cayendo con elegancia imperfecta sobre su cuerpo. Sus pies descalzos tocaron el pavimento caliente mientras sus alas, ausentes por el momento, parecían solo un recuerdo escondido bajo la piel. Parpadeó varias veces, como si la realidad tardara en ajustarse a su mirada.
Lentamente alzó una mano y observó sus dedos, girando la muñeca con extrañeza. Luego recorrió con la vista su torso, sus brazos, la tela sencilla que lo cubría... como si necesitara asegurarse de que seguía siendo él.
Su expresión, normalmente segura y teatral, se quebró en una mueca de genuina confusión.
—...Bueno, eso es nuevo.
Su voz sonó más baja de lo habitual, áspera por un silencio demasiado largo. Dio un paso tambaleante, mirando alrededor las calles deformadas, los anuncios infernales, el cielo eterno de sangre.
—Ciudad Pentagrama...
murmuró, entrecerrando los ojos
—Entonces sí regresé.
Llevó una mano a su sien, intentando ordenar recuerdos que se deshacían como humo entre los dedos. El limbo había sido una extensión sin tiempo, sin días, sin noches... solo vacío.
Su sonrisa apareció débilmente, más nerviosa que encantadora.
—Ahora la pregunta importante...
Se miró nuevamente, tocándose el rostro con incredulidad antes de alzar la vista al cielo rojizo.
—¿Cuánto tiempo demonios me fui?