Zelkova discurría por los bulevares en la hora nocturna, abriéndose paso entre la muchedumbre que vagaba de tienda en tienda. Los escaparates derramaban su lumbre sobre el empedrado, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el trajín de quienes acudían a sus compras.
Ceñía su gorra venatoria bermeja y un gabán azul de recio porte. Entre sus dedos reposaba un cigarro humeante, cuya bruma se alzaba en tenues espirales mientras avanzaba contra la corriente de viandantes. Su semblante permanecía caviloso, pues andaba en busca de un presente digno para una persona harto especial a sus ojos.
Ceñía su gorra venatoria bermeja y un gabán azul de recio porte. Entre sus dedos reposaba un cigarro humeante, cuya bruma se alzaba en tenues espirales mientras avanzaba contra la corriente de viandantes. Su semblante permanecía caviloso, pues andaba en busca de un presente digno para una persona harto especial a sus ojos.
Zelkova discurría por los bulevares en la hora nocturna, abriéndose paso entre la muchedumbre que vagaba de tienda en tienda. Los escaparates derramaban su lumbre sobre el empedrado, y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con el trajín de quienes acudían a sus compras.
Ceñía su gorra venatoria bermeja y un gabán azul de recio porte. Entre sus dedos reposaba un cigarro humeante, cuya bruma se alzaba en tenues espirales mientras avanzaba contra la corriente de viandantes. Su semblante permanecía caviloso, pues andaba en busca de un presente digno para una persona harto especial a sus ojos.