• — Los caminos de la vida, no son como yo esperaba, no son lo que imaginabaaaaa —

    Foto tomada después de que la noche anterior se la pasara hasta el huevo de alcohol. (?)
    — Los caminos de la vida, no son como yo esperaba, no son lo que imaginabaaaaa — Foto tomada después de que la noche anterior se la pasara hasta el huevo de alcohol. (?)
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  • La noche en la ciudad nunca es realmente silenciosa, pero para Alberto, el zumbido de los neones y el eco de los motores a lo lejos no eran más que ruido blanco. Estaba allí, apoyado contra el frío metal de una barandilla, pero su mente se encontraba a kilómetros —y años— de distancia.

    Con un movimiento mecánico, casi ritual, se llevó el cigarrillo a los labios. El chasquido del encendedor rompió el aire por un segundo, y la pequeña llama bailó en sus pupilas antes de prender la brasa. Al inhalar, el calor del humo llenó sus pulmones, dándole esa extraña y momentánea sensación de plenitud que el vacío en su pecho le negaba durante el día.

    — Una calada por lo que fue... y otra por lo que no pudo ser —pensó, dejando que el humo escapara lentamente de sus labios.

    Sus ojos, cansados y fijos en un punto indefinido del horizonte iluminado por luces difusas, buscaban un rostro que ya solo existía en su memoria. El peso de los cuernos sobre su frente se sentía más real que nunca, como una corona de verdades amargas que aceptaba llevar. Echar de menos no era un sentimiento punzante para él, sino una presencia constante, como la niebla que se aferraba a los edificios de la ciudad; algo que no podías tocar, pero que lo empapaba todo.

    Cada vez que cerraba los ojos, el olor del tabaco se mezclaba con el recuerdo de un perfume, o el eco de una risa que solía silenciar el caos de la metrópoli. Alberto sabía que la ciudad seguiría girando, indiferente a su luto silencioso, pero en ese rincón de sombra, mientras la ceniza se acumulaba en la punta de su cigarro, él se permitía el lujo de no ser un demonio, ni un mito, ni una amenaza. Solo un hombre que deseaba, por un instante, no tener que encender el siguiente cigarrillo a solas.
    La noche en la ciudad nunca es realmente silenciosa, pero para Alberto, el zumbido de los neones y el eco de los motores a lo lejos no eran más que ruido blanco. Estaba allí, apoyado contra el frío metal de una barandilla, pero su mente se encontraba a kilómetros —y años— de distancia. Con un movimiento mecánico, casi ritual, se llevó el cigarrillo a los labios. El chasquido del encendedor rompió el aire por un segundo, y la pequeña llama bailó en sus pupilas antes de prender la brasa. Al inhalar, el calor del humo llenó sus pulmones, dándole esa extraña y momentánea sensación de plenitud que el vacío en su pecho le negaba durante el día. — Una calada por lo que fue... y otra por lo que no pudo ser —pensó, dejando que el humo escapara lentamente de sus labios. Sus ojos, cansados y fijos en un punto indefinido del horizonte iluminado por luces difusas, buscaban un rostro que ya solo existía en su memoria. El peso de los cuernos sobre su frente se sentía más real que nunca, como una corona de verdades amargas que aceptaba llevar. Echar de menos no era un sentimiento punzante para él, sino una presencia constante, como la niebla que se aferraba a los edificios de la ciudad; algo que no podías tocar, pero que lo empapaba todo. Cada vez que cerraba los ojos, el olor del tabaco se mezclaba con el recuerdo de un perfume, o el eco de una risa que solía silenciar el caos de la metrópoli. Alberto sabía que la ciudad seguiría girando, indiferente a su luto silencioso, pero en ese rincón de sombra, mientras la ceniza se acumulaba en la punta de su cigarro, él se permitía el lujo de no ser un demonio, ni un mito, ni una amenaza. Solo un hombre que deseaba, por un instante, no tener que encender el siguiente cigarrillo a solas.
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  • La desaparición de Kagehiro fue como el rastro de humo de un cigarrillo en una habitación sin ventilación...simplemente dejó de estar allí.

    El mundo literario, con su memoria de pez, llenó el vacío con conjeturas vacías. Se hablaba de una enfermedad degenerativa, de un exilio espiritual en una isla remota o de un enredo legal tan complejo como una novela de Kafka.
    Nadie sabía nada. En el fondo, a nadie le importaba lo suficiente. El mundo del entretenimiento es una máquina que no tolera los espacios en blanco; si alguien se retira, la máquina simplemente ajusta sus engranajes y sigue girando buscando alguien nuevo para seguir trabajando.

    Cuando se anunció la adaptación de su obra al formato de serie en Corea del Sur, Kagehiro se limitó a enviar una nota breve, casi aséptica. No hubo conferencias de prensa ni confesiones sentimentales. Se limitó a decir, con esa frialdad técnica que lo caracterizaba, que le complacía que sus historias encontraran un eco en Seúl. Nada más. Nada menos.

    Pasó un año. Un año de grabaciones, de cortes de edición y de silencios acumulados. Entonces llegó la invitación para la alfombra roja.

    "Necesito una invitación adicional, te adjunto los datos de la persona" mando e-mail Kagehiro a su manager.

    Fue la única instrucción que recibió su manager. No era una petición; era una orden, de esas que él nunca daba porque siempre andaba de apático. Por primera vez en años, Kagehiro no solo asistiría, sino que traería consigo una pieza del rompecabezas que había mantenido oculto.

    Cuando el manager vio el nombre para la segunda acreditación, comprendió que los rumores habían fallado en su objetivo, como una flecha disparada en la oscuridad. No se trataba de una mujer. Había algo profundamente irónico en ello: el hombre que había diseccionado el deseo femenino en sus novelas eróticas, el autor que había cartografiado el romance sentimental con una precisión casi quirúrgica, se disponía a caminar hacia la luz tomado de la mano de otro hombre.

    La noche del estreno tenía ese aire pesado de las ciudades antes de la lluvia. Al bajar del coche, el estruendo de los flashes y las preguntas fue inmediato.

    Las cámaras buscaban una grieta, una señal de arrepentimiento o de escándalo. Hubo voces teñidas de esa homofobia rancia que aún flota en el aire de las ciudades modernas con el tradicionalismo asiático, olvidando que por años siempre ha existido la diversidad de preferencia sexual y géneros con otros nombres; pero también hubo gritos de aceptación, de fans que intentaban encontrar los fragmentos de esa relación oculta en las páginas de sus libros.

    Takeo, sin embargo, no parecía escuchar el ruido.

    Sonreía con esa clase de felicidad silenciosa que no necesita ser explicada, una felicidad que se siente como escuchar su viejo disco de jazz en un domingo por la tarde.

    Takeo lo sostenía de la mano, lo mantenía cerca, con una naturalidad que hacía que el resto del mundo pareciera una puesta en escena innecesaria.
    En ese momento, entre el asfalto ligeramente mojado y las luces, no había miedo.

    Solo dos hombres que habían decidido que el tiempo de las sombras había terminado. - -
    La desaparición de Kagehiro fue como el rastro de humo de un cigarrillo en una habitación sin ventilación...simplemente dejó de estar allí. El mundo literario, con su memoria de pez, llenó el vacío con conjeturas vacías. Se hablaba de una enfermedad degenerativa, de un exilio espiritual en una isla remota o de un enredo legal tan complejo como una novela de Kafka. Nadie sabía nada. En el fondo, a nadie le importaba lo suficiente. El mundo del entretenimiento es una máquina que no tolera los espacios en blanco; si alguien se retira, la máquina simplemente ajusta sus engranajes y sigue girando buscando alguien nuevo para seguir trabajando. Cuando se anunció la adaptación de su obra al formato de serie en Corea del Sur, Kagehiro se limitó a enviar una nota breve, casi aséptica. No hubo conferencias de prensa ni confesiones sentimentales. Se limitó a decir, con esa frialdad técnica que lo caracterizaba, que le complacía que sus historias encontraran un eco en Seúl. Nada más. Nada menos. Pasó un año. Un año de grabaciones, de cortes de edición y de silencios acumulados. Entonces llegó la invitación para la alfombra roja. "Necesito una invitación adicional, te adjunto los datos de la persona" mando e-mail Kagehiro a su manager. Fue la única instrucción que recibió su manager. No era una petición; era una orden, de esas que él nunca daba porque siempre andaba de apático. Por primera vez en años, Kagehiro no solo asistiría, sino que traería consigo una pieza del rompecabezas que había mantenido oculto. Cuando el manager vio el nombre para la segunda acreditación, comprendió que los rumores habían fallado en su objetivo, como una flecha disparada en la oscuridad. No se trataba de una mujer. Había algo profundamente irónico en ello: el hombre que había diseccionado el deseo femenino en sus novelas eróticas, el autor que había cartografiado el romance sentimental con una precisión casi quirúrgica, se disponía a caminar hacia la luz tomado de la mano de otro hombre. La noche del estreno tenía ese aire pesado de las ciudades antes de la lluvia. Al bajar del coche, el estruendo de los flashes y las preguntas fue inmediato. Las cámaras buscaban una grieta, una señal de arrepentimiento o de escándalo. Hubo voces teñidas de esa homofobia rancia que aún flota en el aire de las ciudades modernas con el tradicionalismo asiático, olvidando que por años siempre ha existido la diversidad de preferencia sexual y géneros con otros nombres; pero también hubo gritos de aceptación, de fans que intentaban encontrar los fragmentos de esa relación oculta en las páginas de sus libros. Takeo, sin embargo, no parecía escuchar el ruido. Sonreía con esa clase de felicidad silenciosa que no necesita ser explicada, una felicidad que se siente como escuchar su viejo disco de jazz en un domingo por la tarde. Takeo lo sostenía de la mano, lo mantenía cerca, con una naturalidad que hacía que el resto del mundo pareciera una puesta en escena innecesaria. En ese momento, entre el asfalto ligeramente mojado y las luces, no había miedo. Solo dos hombres que habían decidido que el tiempo de las sombras había terminado. - -
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  • Mi cara cuando

    Mi cara cuando quería dormir pero Vlad tenía otros planes (Se estuvo detonando a mi hermana toda la noche)
    Mi cara cuando Mi cara cuando quería dormir pero Vlad tenía otros planes (Se estuvo detonando a mi hermana toda la noche)
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  • No quisiera molestarte
    Pero quería gritarte
    Me duele el pecho de amor
    Tiene que haber una salida
    Tiene que haber una salida
    Tiene que haber una
    Para tanto dolor
    Y ahora sé que la salvación
    Estaba dentro de un beso
    Y una caricia en el pelo
    Y aquella noche en el espigón.
    No quisiera molestarte Pero quería gritarte Me duele el pecho de amor Tiene que haber una salida Tiene que haber una salida Tiene que haber una Para tanto dolor Y ahora sé que la salvación Estaba dentro de un beso Y una caricia en el pelo Y aquella noche en el espigón.
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  • Eres la única que sabe donde encontrarme.
    Incluso cuando siento la noche lenta, encuentras una forma de que tus palabras me alcancen

    Y yo solo trato de bloquearlo todo, porque déjalo ir es todo lo que me dices
    Podrías encontrar un halo y no cambiaría nada en absoluto

    Así que encuéntrame solo
    Cuenta los días que pasé
    Rompiéndome los huesos que me doblé
    El sentimiento es real, pero la sonrisa. . . Esa es falsa

    Y aunque duele decirlo, extraño la forma en que me hiciste verme a mí mismo
    Pero vi tu mirada deteriorarse en una vacía
    Y a pesar de que me entiendes, no significa que te importe

    La sonrisa es falsa, el futuro es sombrío, me estoy quedando sin cosas a las que aferrarme, tu cara en el momento es lo único que veo, odio cómo me siento cuando estoy contigo, porque el mundo sigue girando, y tú sigues cantando que debería encubrirlo todo
    Estoy harto de eso
    Eres la única que sabe donde encontrarme. Incluso cuando siento la noche lenta, encuentras una forma de que tus palabras me alcancen Y yo solo trato de bloquearlo todo, porque déjalo ir es todo lo que me dices Podrías encontrar un halo y no cambiaría nada en absoluto Así que encuéntrame solo Cuenta los días que pasé Rompiéndome los huesos que me doblé El sentimiento es real, pero la sonrisa. . . Esa es falsa Y aunque duele decirlo, extraño la forma en que me hiciste verme a mí mismo Pero vi tu mirada deteriorarse en una vacía Y a pesar de que me entiendes, no significa que te importe La sonrisa es falsa, el futuro es sombrío, me estoy quedando sin cosas a las que aferrarme, tu cara en el momento es lo único que veo, odio cómo me siento cuando estoy contigo, porque el mundo sigue girando, y tú sigues cantando que debería encubrirlo todo Estoy harto de eso
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  • ──── Demos inicio a esta noche sin luna, hoy será su ejecución.
    ──── Demos inicio a esta noche sin luna, hoy será su ejecución.
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  • Noche de combos
    Categoría Slice of Life
    Después de terminar el borrador de su articulo explotó en alegría, a pesar de que no había terminado el escrito aún sentía que después de dos días había podido contra el bloqueo creativo. Le mando un mensaje a uno de sus amigos que justo le había mandado un video en gatos para llenarlo de mensajes de "lo hice" "porfin". Entre toda la celebración derrepente sale algo.

    Janko: estas disponible mañana?
    Ney: para que?
    Janko: hay un noche de combos en el gimnasio cerca la avenida, cuesta poco así que yo te lo pago y me acompañas. Te lo mereces y asi te distraes.

    Como Ney nunca había visto boxeo en vivo aunque lo había practicado de pequeña acepto. Al otro día en la tarde al rededor de las 5 llego al lugar, apenas se encontró con janko tenía una expresión de que le iba a pedir algo. Finalmente se lo dijo: la chica que iba a sostener el cartel entre las rondas no había llegado así que necesitaban a otra chica y ella parecía de la talla. Solo la convenció porque iba a poder ver la pelea desde más cerca.

    Llego a los baños un poco apurada con los gritos de su amigo, el vestuario a pesar de que no mostraba tanto si se le había revelador, era un short que perfectamente podría ser un calzón blanco y un top de tirantes negro. Cuando estaba cambiándose la parte de arriba escucho la manilla, se había dado cuenta que no había cerrado la puerta, así que solo se tapo con los brazos.
    Después de terminar el borrador de su articulo explotó en alegría, a pesar de que no había terminado el escrito aún sentía que después de dos días había podido contra el bloqueo creativo. Le mando un mensaje a uno de sus amigos que justo le había mandado un video en gatos para llenarlo de mensajes de "lo hice" "porfin". Entre toda la celebración derrepente sale algo. 💬Janko: estas disponible mañana? 💬Ney: para que? 💬Janko: hay un noche de combos en el gimnasio cerca la avenida, cuesta poco así que yo te lo pago y me acompañas. Te lo mereces y asi te distraes. Como Ney nunca había visto boxeo en vivo aunque lo había practicado de pequeña acepto. Al otro día en la tarde al rededor de las 5 llego al lugar, apenas se encontró con janko tenía una expresión de que le iba a pedir algo. Finalmente se lo dijo: la chica que iba a sostener el cartel entre las rondas no había llegado así que necesitaban a otra chica y ella parecía de la talla. Solo la convenció porque iba a poder ver la pelea desde más cerca. Llego a los baños un poco apurada con los gritos de su amigo, el vestuario a pesar de que no mostraba tanto si se le había revelador, era un short que perfectamente podría ser un calzón blanco y un top de tirantes negro. Cuando estaba cambiándose la parte de arriba escucho la manilla, se había dado cuenta que no había cerrado la puerta, así que solo se tapo con los brazos.
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    Grupal
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    Cualquier línea
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Buenas noches
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  • <Rol abierto>

    Su andar persistió hasta llegar a un poblado; desde lejos se lograba apreciar ese aroma a comida casera, uno que otro auto por las pocas carreteras; se recalcaban las bestias que eran montadas por los pueblerinos y las bicicletas que marcaban las ruedas sobre la terracería.

    Con una maleta en mano, un arma en la espalda que era cubierta con la chamarra oscura que portaba, se dirigió a una posada sumamente humilde, la que era atendida por un anciano gruñón que fumaba un cigarrillo, con el ceño fruncido, al limpiar una vieja escopeta. -

    — ¡Buenas tardes!.- Saludó el exmilitar al llegar frente a aquel hombre, cual estaba tras un mostrador, mismo que no dudó en ignorar las palabras contrarias. - Necesito una habitación. -dijo respetuosamente, el ajeno se detuvo al mirar a "B", sin mucha importancia, dejó la franela polvosa encima del arma y descolgó de una base oxidada la llave. 

    — $200.00 la noche, pague por adelantado. - El anciano dejó la llave en el mostrador, con la intención de que el contrario la tomara; Abel sacó de su bolsillo una cartera de piel seminueva, dejó unos cuantos billetes sobre el mostrador, tomando la llave con el número 8 marcado en ella. — ¡Forasteros!, mala idea llegar a este lugar invadido por "ratas".- Musitó entre dientes al anciano, que continuó limpiando la escopeta, tras ver al desconocido entrar a la habitación y cerrar la puerta. 
    <Rol abierto> Su andar persistió hasta llegar a un poblado; desde lejos se lograba apreciar ese aroma a comida casera, uno que otro auto por las pocas carreteras; se recalcaban las bestias que eran montadas por los pueblerinos y las bicicletas que marcaban las ruedas sobre la terracería. Con una maleta en mano, un arma en la espalda que era cubierta con la chamarra oscura que portaba, se dirigió a una posada sumamente humilde, la que era atendida por un anciano gruñón que fumaba un cigarrillo, con el ceño fruncido, al limpiar una vieja escopeta. - — ¡Buenas tardes!.- Saludó el exmilitar al llegar frente a aquel hombre, cual estaba tras un mostrador, mismo que no dudó en ignorar las palabras contrarias. - Necesito una habitación. -dijo respetuosamente, el ajeno se detuvo al mirar a "B", sin mucha importancia, dejó la franela polvosa encima del arma y descolgó de una base oxidada la llave.  — $200.00 la noche, pague por adelantado. - El anciano dejó la llave en el mostrador, con la intención de que el contrario la tomara; Abel sacó de su bolsillo una cartera de piel seminueva, dejó unos cuantos billetes sobre el mostrador, tomando la llave con el número 8 marcado en ella. — ¡Forasteros!, mala idea llegar a este lugar invadido por "ratas".- Musitó entre dientes al anciano, que continuó limpiando la escopeta, tras ver al desconocido entrar a la habitación y cerrar la puerta. 
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