• Mi amigo pecador: El tanque volcado crujía bajo el viento. Más allá de aquel refugio improvisado, el campo de batalla se extendía como un desierto de cenizas. La tierra estaba teñida de gris, los árboles reducidos a esqueletos carbonizados y el aire olía a humo, sangre y pólvora.

    Dos jóvenes habían sobrevivido a lo imposible o eso parecía...

    Zelkova Legasov, el joven cura, respiraba agitadamente. Su rostro estaba manchado de hollín y sudor. Miró hacia la entrada del casco destrozado y apretó los dientes.

    ●Esos malditos nos engañaron...

    Se volvió hacia su compañero.

    ●¿Estás...?

    Las palabras murieron en su garganta.

    Hart Soger estaba apoyado contra una pared metálica. Una de sus manos presionaba desesperadamente su abdomen. La sangre brotaba entre sus dedos a borbotones, formando un charco oscuro bajo él.

    ○Me duele...

    Susurró Hart con una mueca de agonía.

    ○Me duele mucho... Voy a morir.

    ●¡No!

    Zelkova cayó de rodillas junto a él.

    ●Déjame revisarte. Intentaré cauterizar la herida.

    Hart soltó una risa débil y amarga.

    ○Es inútil, Zel... Intenté ayudarte, pero parece que la cagué... Ja...

    El cura comenzó a presionar la herida con ambas manos. Los guantes negros se empaparon de rojo en cuestión de segundos.

    ●Te sacaré de aquí. ¿Recuerdas? Me enseñaste la foto de tu novia. La verás pronto. Solo resiste...

    Hart emitió un quejido que terminó convirtiéndose en una carcajada rota.

    ○No hay ninguna novia.

    Zelkova parpadeó.

    ●¿Qué?

    ○Esa foto... se la robé a un amigo muerto. Estaba enamorado de ella. Lo envidiaba tanto...

    Su respiración empezó a volverse irregular.

    ○Compartí contigo esa historia porque... yo también quería presumir de un amor verdadero. Quería poner celosos a nuestros compañeros...

    Su mirada vagó hacia el exterior, donde los cadáveres yacían entre las cenizas.

    ○Y míralos... todos muertos.

    Una lágrima descendió por su rostro.

    ○Solo faltaba yo.

    Zelkova no encontró respuesta.

    Hart tragó saliva.

    ○He pecado... Iré al infierno junto a esos bastardos...

    Entonces comenzó a llorar.

    ●¿Por qué lloras?

    Preguntó Zelkova en voz baja.

    Hart cerró los ojos.

    ○Porque tengo miedo.

    Su voz temblaba.

    ○No quiero ir al infierno. Me arrepiento de todo lo que hice en mi vida. Ojalá pudiera ser tan recto como tú.

    Soltó una risa ahogada.

    ○Te envidio. Y eso me enerva porque eres amable con todos...

    Las lágrimas seguían cayendo.

    ○Si pudiera comenzar de cero, cambiaría todo...

    Miró sus manos ensangrentadas.

    ○Y ahora es demasiado tarde.

    Zelkova apoyó la espalda contra la pared metálica del tanque. Su mirada permaneció fija en su amigo.

    ●Nunca es tarde.

    Hart negó lentamente con la cabeza.

    ○No hay cielo para mí.

    Hubo un silencio pesado.

    El joven cura preguntó:

    ●¿Por qué temes al amor de Dios?

    Hart no respondió durante varios segundos. Sus labios temblaron.

    ○Por favor... léeme algo.

    Zelkova asintió.

    Con una voz firme, aunque quebrada por la emoción, recitó:

    ●"Porque yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré."

    Hart escuchó aquellas palabras como un hombre perdido en medio de una tormenta. Sus ojos estaban rojos e inundados de lágrimas.

    ○¿Por qué somos tan terribles?

    Preguntó.

    Zelkova guardó silencio un instante antes de responder:

    ●Somos larvas solamente, hechas para formar mariposas angélicas que algún día mirarán a Dios de frente.

    Hart sonrió débilmente. Su corazón latía cada vez más lento.

    ○Quédate conmigo...

    Buscó la mano de su amigo.

    ○No me dejes.

    Zelkova la sujetó con fuerza.

    ●Estoy aquí.

    Entonces dijo:

    ●Repite conmigo.

    Hart lo observó.

    Y el cura comenzó a recitar:

    ●"Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores."

    Los labios de Hart se movieron.

    ○Busqué... al Señor... y Él me respondió...

    Su voz era apenas un susurro.

    ○Me libró... de todos mis temores...

    Una última exhalación escapó de sus labios. Después llegó el silencio. El viento siguió soplando entre los árboles carbonizados. La mano de Hart perdió toda fuerza. Y cayó inmóvil.

    Zelkova permaneció allí, sujetándola. Esperó. Un segundo. Dos. Diez. Como si se negara a aceptar lo evidente. Por fin comprendió que estaba solo. Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas ennegrecidas. Luego vino un sollozo. Y después otro hasta que el joven cura alzó el rostro hacia el cielo gris y lanzó un aullido desgarrador.

    ●¡HAAAAART!

    Su voz atravesó el campo muerto.

    ●¡HART!

    Refulgió el eco de un nombre pronunciado por alguien que acababa de perder a su mejor amigo.
    Mi amigo pecador: El tanque volcado crujía bajo el viento. Más allá de aquel refugio improvisado, el campo de batalla se extendía como un desierto de cenizas. La tierra estaba teñida de gris, los árboles reducidos a esqueletos carbonizados y el aire olía a humo, sangre y pólvora. Dos jóvenes habían sobrevivido a lo imposible o eso parecía... Zelkova Legasov, el joven cura, respiraba agitadamente. Su rostro estaba manchado de hollín y sudor. Miró hacia la entrada del casco destrozado y apretó los dientes. ●Esos malditos nos engañaron... Se volvió hacia su compañero. ●¿Estás...? Las palabras murieron en su garganta. Hart Soger estaba apoyado contra una pared metálica. Una de sus manos presionaba desesperadamente su abdomen. La sangre brotaba entre sus dedos a borbotones, formando un charco oscuro bajo él. ○Me duele... Susurró Hart con una mueca de agonía. ○Me duele mucho... Voy a morir. ●¡No! Zelkova cayó de rodillas junto a él. ●Déjame revisarte. Intentaré cauterizar la herida. Hart soltó una risa débil y amarga. ○Es inútil, Zel... Intenté ayudarte, pero parece que la cagué... Ja... El cura comenzó a presionar la herida con ambas manos. Los guantes negros se empaparon de rojo en cuestión de segundos. ●Te sacaré de aquí. ¿Recuerdas? Me enseñaste la foto de tu novia. La verás pronto. Solo resiste... Hart emitió un quejido que terminó convirtiéndose en una carcajada rota. ○No hay ninguna novia. Zelkova parpadeó. ●¿Qué? ○Esa foto... se la robé a un amigo muerto. Estaba enamorado de ella. Lo envidiaba tanto... Su respiración empezó a volverse irregular. ○Compartí contigo esa historia porque... yo también quería presumir de un amor verdadero. Quería poner celosos a nuestros compañeros... Su mirada vagó hacia el exterior, donde los cadáveres yacían entre las cenizas. ○Y míralos... todos muertos. Una lágrima descendió por su rostro. ○Solo faltaba yo. Zelkova no encontró respuesta. Hart tragó saliva. ○He pecado... Iré al infierno junto a esos bastardos... Entonces comenzó a llorar. ●¿Por qué lloras? Preguntó Zelkova en voz baja. Hart cerró los ojos. ○Porque tengo miedo. Su voz temblaba. ○No quiero ir al infierno. Me arrepiento de todo lo que hice en mi vida. Ojalá pudiera ser tan recto como tú. Soltó una risa ahogada. ○Te envidio. Y eso me enerva porque eres amable con todos... Las lágrimas seguían cayendo. ○Si pudiera comenzar de cero, cambiaría todo... Miró sus manos ensangrentadas. ○Y ahora es demasiado tarde. Zelkova apoyó la espalda contra la pared metálica del tanque. Su mirada permaneció fija en su amigo. ●Nunca es tarde. Hart negó lentamente con la cabeza. ○No hay cielo para mí. Hubo un silencio pesado. El joven cura preguntó: ●¿Por qué temes al amor de Dios? Hart no respondió durante varios segundos. Sus labios temblaron. ○Por favor... léeme algo. Zelkova asintió. Con una voz firme, aunque quebrada por la emoción, recitó: ●"Porque yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré." Hart escuchó aquellas palabras como un hombre perdido en medio de una tormenta. Sus ojos estaban rojos e inundados de lágrimas. ○¿Por qué somos tan terribles? Preguntó. Zelkova guardó silencio un instante antes de responder: ●Somos larvas solamente, hechas para formar mariposas angélicas que algún día mirarán a Dios de frente. Hart sonrió débilmente. Su corazón latía cada vez más lento. ○Quédate conmigo... Buscó la mano de su amigo. ○No me dejes. Zelkova la sujetó con fuerza. ●Estoy aquí. Entonces dijo: ●Repite conmigo. Hart lo observó. Y el cura comenzó a recitar: ●"Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores." Los labios de Hart se movieron. ○Busqué... al Señor... y Él me respondió... Su voz era apenas un susurro. ○Me libró... de todos mis temores... Una última exhalación escapó de sus labios. Después llegó el silencio. El viento siguió soplando entre los árboles carbonizados. La mano de Hart perdió toda fuerza. Y cayó inmóvil. Zelkova permaneció allí, sujetándola. Esperó. Un segundo. Dos. Diez. Como si se negara a aceptar lo evidente. Por fin comprendió que estaba solo. Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas ennegrecidas. Luego vino un sollozo. Y después otro hasta que el joven cura alzó el rostro hacia el cielo gris y lanzó un aullido desgarrador. ●¡HAAAAART! Su voz atravesó el campo muerto. ●¡HART! Refulgió el eco de un nombre pronunciado por alguien que acababa de perder a su mejor amigo.
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  • Hello Everybody~!!

    ¡Por fin encontré a mi amigo Tarky para que lo conozcan. ¡Es muy lindo~!

    (La chica llegó montada en una especie de "Pokémon" que es un cruce entre un armadillo motorizado y un tanque de guerra gigante con un enorme cañón central.)

    Responderé a sus mensajitos y roles Later. Por favor tenganme paciencia please~
    Hello Everybody~!! ¡Por fin encontré a mi amigo Tarky para que lo conozcan. ¡Es muy lindo~! (La chica llegó montada en una especie de "Pokémon" que es un cruce entre un armadillo motorizado y un tanque de guerra gigante con un enorme cañón central.) Responderé a sus mensajitos y roles Later. Por favor tenganme paciencia please~
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  • Una mañana tranquila
    Fandom Cualquiera
    Categoría Slice of Life
    - La ciudad despertaba despacio, el ruido del tráfico aún era lejano, amortiguado por la distancia y por el murmullo constante de las hojas agitadas por la brisa de la mañana, mientras que los primeros rayos del sol atravesaban las copas de los árboles, proyectando manchas doradas sobre los senderos del parque-

    -aquel detective caminaba sin prisa, por primera vez en varias semanas no llevaba una carpeta bajo el brazo ni una radio escupiendo órdenes en su oído, el último informe había quedado sobre el escritorio de la comisaría apenas una hora antes de su hora de salida, en el se relataba todo lo que había pasado en esas semanas, las persecuciones, las pistas, los moteles baratos en dónde se tuvo quedar y el arresto de aquel asesino que estuvo persiguiendo, aquel reporte quedó acompañado por una taza de café olvidada y una promesa poco convincente hacia su jefe "no se preocupe voy a descansar"-

    -terminó sentándose en uno de los bancos cercanos al estanque, la madera crujió levemente bajo su peso, el cansancio era visible, No el agotamiento físico de una noche sin dormir, sino uno más profundo. acumulado y viejo, De esos que se instalan detrás de los ojos y aprenden a vivir ahí-

    -Sacaria una cigarrera metálica del bolsillo interior de la chaqueta, la abrió, tomó un cigarrillo y lo encendió-

    -Durante unos segundos observó la pequeña llama antes de apagar el encendedor con un chasquido seco, la primera bocanada escapó lentamente de entre sus labios, Y después de tantos meses fue diferente, no fumaba para mantenerse despierto o para mantener su cabeza centrada y ordenar pruebas o soportar fotografías de escenas del crimen durante horas...-

    -esta vez fue solo porque la mañana era tranquila, porque el aire olía a césped húmedo, porque el sonido del agua golpeando suavemente la fuente resultaba agradable, por una vez, no había nadie gritando su nombre por la radio o si quiera el sonido de la estética de esos viejos radios-

    -Bondrewd apoyó un brazo sobre el respaldo del banco y cerró los ojos durante un instante, Cuando volvió a abrirlos, dejó escapar una pequeña nube de humo hacia el cielo despejado-

    Supongo que aún recuerdo cómo se siente una mañana normal...

    -Murmuró para sí mismo, mientras la frase quedó suspendida en el aire junto al humo del cigarrillo Y por primera vez en mucho tiempo, el detective no parecía estar buscando un criminal, solo un momento de paz, uno que cualquiera era libre de interrumpir-
    - La ciudad despertaba despacio, el ruido del tráfico aún era lejano, amortiguado por la distancia y por el murmullo constante de las hojas agitadas por la brisa de la mañana, mientras que los primeros rayos del sol atravesaban las copas de los árboles, proyectando manchas doradas sobre los senderos del parque- -aquel detective caminaba sin prisa, por primera vez en varias semanas no llevaba una carpeta bajo el brazo ni una radio escupiendo órdenes en su oído, el último informe había quedado sobre el escritorio de la comisaría apenas una hora antes de su hora de salida, en el se relataba todo lo que había pasado en esas semanas, las persecuciones, las pistas, los moteles baratos en dónde se tuvo quedar y el arresto de aquel asesino que estuvo persiguiendo, aquel reporte quedó acompañado por una taza de café olvidada y una promesa poco convincente hacia su jefe "no se preocupe voy a descansar"- -terminó sentándose en uno de los bancos cercanos al estanque, la madera crujió levemente bajo su peso, el cansancio era visible, No el agotamiento físico de una noche sin dormir, sino uno más profundo. acumulado y viejo, De esos que se instalan detrás de los ojos y aprenden a vivir ahí- -Sacaria una cigarrera metálica del bolsillo interior de la chaqueta, la abrió, tomó un cigarrillo y lo encendió- -Durante unos segundos observó la pequeña llama antes de apagar el encendedor con un chasquido seco, la primera bocanada escapó lentamente de entre sus labios, Y después de tantos meses fue diferente, no fumaba para mantenerse despierto o para mantener su cabeza centrada y ordenar pruebas o soportar fotografías de escenas del crimen durante horas...- -esta vez fue solo porque la mañana era tranquila, porque el aire olía a césped húmedo, porque el sonido del agua golpeando suavemente la fuente resultaba agradable, por una vez, no había nadie gritando su nombre por la radio o si quiera el sonido de la estética de esos viejos radios- -Bondrewd apoyó un brazo sobre el respaldo del banco y cerró los ojos durante un instante, Cuando volvió a abrirlos, dejó escapar una pequeña nube de humo hacia el cielo despejado- Supongo que aún recuerdo cómo se siente una mañana normal... -Murmuró para sí mismo, mientras la frase quedó suspendida en el aire junto al humo del cigarrillo Y por primera vez en mucho tiempo, el detective no parecía estar buscando un criminal, solo un momento de paz, uno que cualquiera era libre de interrumpir-
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • — A veces el agua susurra secretos. A veces sólo refleja lo pequeño que soy. ¡La última vez que encontré un estanque así terminé maldito durante semanas!
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  • ➹ 𝗕𝗶𝘁𝗮́𝗰𝗼𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘀𝗲𝗺𝗮𝗻𝗮; 𝗠𝗲𝘀𝗮 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗱𝗼𝘀.
    #𝖲𝗁𝗈𝗋𝗍𝖲𝗍𝗈𝗋𝗒 .

    Los motores encienden, pero no hay forma de mover el resto de las turbinas. El sistema está dañado, sin posibilidad de enviar señales pero ya no suena como la última vez que el tablero se encendió. La tecnología de la tierra es tan anticuada que no se puede ayudar de nada, menos cuando se está en lo que ellos llaman ''el campo''.

    Algunos días se sentía esperanzado, otros simplemente impotente. El calor en aquella zona rural requería descansos continuos, no tenía muchos suministros disponibles además del agua que encontraba de los ríos o algunos estanques, el sabor a tierra no era su favorito.
    Quejarse lo hacía sentir estúpido pues era lo que mantenía su energía, algo de cordura y la paciencia para seguir haciendo anotaciones en una libreta vieja de hojas quemadas.

    '' Revisión continua, al día de hoy no se han encontrado avances. El mismo mantenimiento se realizó ayer cuando aún había luz solar, no hay mejoría.''

    La boca de Shep se torció al plasmar esa última oración con el viejo bolígrafo en mano. Exhaló pesadamente por la nariz encorvándose un poco al bajar la mirada a sus pies. La libreta en sus manos seguía abierta, volviendo las pupilas a revisar lo pendiente.

    — Al menos tengo tiempo de sobra para comer.

    Se murmuró a sí mismo mientras recuperaba la postura, la puerta de la nave subía y bajaba por el viento si no se le colocaba un soporte mientras encontraba como reparar el circuito que la conectaba a la nave. Eso daba oportunidad a ciertos animales para curiosear su morada, entre ellos un conocido peludo de cuatro patas que, a ese punto exigía al menos una cena digna a lado del alienígena.

    El sonido agudo del animal propició a que este se alzara de su desgastado asiento, revisando una caja debajo de herramientas arrumbadas en las que almacenó maíz que encontró (robó) tras explorar algunos metros por el campo. Donde algunas pequeñas chozas se alzaban, corrales con especies animales se alertaban por su paso y las cosechas estaban libres a merced del viento y las criaturas salvajes, como él.

    — Supongo que hoy será mesa para dos.
    ➹ 𝗕𝗶𝘁𝗮́𝗰𝗼𝗿𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘀𝗲𝗺𝗮𝗻𝗮; 𝗠𝗲𝘀𝗮 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗱𝗼𝘀. #𝖲𝗁𝗈𝗋𝗍𝖲𝗍𝗈𝗋𝗒 . Los motores encienden, pero no hay forma de mover el resto de las turbinas. El sistema está dañado, sin posibilidad de enviar señales pero ya no suena como la última vez que el tablero se encendió. La tecnología de la tierra es tan anticuada que no se puede ayudar de nada, menos cuando se está en lo que ellos llaman ''el campo''. Algunos días se sentía esperanzado, otros simplemente impotente. El calor en aquella zona rural requería descansos continuos, no tenía muchos suministros disponibles además del agua que encontraba de los ríos o algunos estanques, el sabor a tierra no era su favorito. Quejarse lo hacía sentir estúpido pues era lo que mantenía su energía, algo de cordura y la paciencia para seguir haciendo anotaciones en una libreta vieja de hojas quemadas. '' Revisión continua, al día de hoy no se han encontrado avances. El mismo mantenimiento se realizó ayer cuando aún había luz solar, no hay mejoría.'' La boca de Shep se torció al plasmar esa última oración con el viejo bolígrafo en mano. Exhaló pesadamente por la nariz encorvándose un poco al bajar la mirada a sus pies. La libreta en sus manos seguía abierta, volviendo las pupilas a revisar lo pendiente. — Al menos tengo tiempo de sobra para comer. Se murmuró a sí mismo mientras recuperaba la postura, la puerta de la nave subía y bajaba por el viento si no se le colocaba un soporte mientras encontraba como reparar el circuito que la conectaba a la nave. Eso daba oportunidad a ciertos animales para curiosear su morada, entre ellos un conocido peludo de cuatro patas que, a ese punto exigía al menos una cena digna a lado del alienígena. El sonido agudo del animal propició a que este se alzara de su desgastado asiento, revisando una caja debajo de herramientas arrumbadas en las que almacenó maíz que encontró (robó) tras explorar algunos metros por el campo. Donde algunas pequeñas chozas se alzaban, corrales con especies animales se alertaban por su paso y las cosechas estaban libres a merced del viento y las criaturas salvajes, como él. — Supongo que hoy será mesa para dos.
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  • -El estruendo de pasos hizo temblar toda la fortaleza subterranea, los Orcos rebeldes dejaron de hablar apenas escucharon aquello acercandose por los enormes tuneles de piedra. Algunos tomaron sus armas de inmediato. Otros comenzaron a gritar ordenes mientras el fuego de las antorchas iluminaba los rostros tensos de los guerreros. El aire dentro del enorme salon olia a humo, alcohol y hierro caliente... y entonces lo vieron, el ogro aparecio caminando lentamente entre las llamas, totalmente Solo. Su gigantesca figura azul casi rozaba el techo de piedra mientras avanzaba hacia el centro del salon, el fuego iluminaba las cicatrices que cubrian todo su cuerpo, sus enormes colmillos los cuernos negros curvados que salian de su cabeza. Su cabello largo y salvaje caia sobre sus hombros como una sombra oscura. No llevaba armadura, no llevaba armas, solo sus manos desnudas-

    -Y aun asi, nadie se movio, porque todos entendieron porque estaba alli, los habia encontrado , los desertores, los traidores, 700 orcos que abandonaron su ejercito creyendo que podrian esconderse en las montañas y formar su propia tribu lejos de el. Habian robado provisiones, armas y territorio. ALgunos incluso se habian atrevido a burlarse de su nombre despues de huir, y el Ogro habia venido personalmente a responderles, uno de los Lideres rebeldes dio un paso al frente levantando un enorme martillo de guerra, mientras rugia ordenes al resto-

    Lider Orco: "PREPARENSE CANALLAS! HOY ASESINAREMOS A LA BESTIA AZUL Y NOS CORONAREMOS COMO LOS REYES DE ESTAS TIERRAS! GLORIA A LA HORDA!"

    -Entonces comenzo, las primeras flechas impactaron directamente en el pecho del Ogro, otras atravezaron sus brazos y cuello, el no mostro dolor o miedo, solo continuo su caminar, las lanzas llegaron despues, clavandose en sus hombros y costados con violencia suficiente para atravesar armaduras normales. Varias espadas golpearon su cuerpo apenas alcanzo las primeras filas enemigas, pero el Monstruo Azul nunca se detuvo, ni siquiera intento cubrirse o esquivar esos ataques, sus ojos brillaban entre las sombras mientras avanzaba directamente hacia ellos, recibiendo todos los ataques de frente, como si el dolor simplemente no existiera para algo como el, y cuando finalmente llego hasta los primeros orcos.. la carniceria comenzo.-

    -Su mano atrapo la cabeza de uno de ellos y la aplasto como si fuese una fruta madura. Sangre y huesos explotaron sobre los guerreros cercanos antes de que el Ogro arrancara el brazo de otro rebelde de un tiron brutal. Los gritos llenaron el salon de inmediato, el monstruo reia a carcajadas, estaba disfrutando de ese banquete-

    "HAHAHAHAHAHAHA ES HORA DE APLASTAR ESCORIAS! HAHAHAHAHAHAHAHAHA!"

    -Una risa grave, salvaje y monstruosa que retumbaba por toda la fortaleza, una habilidad que anulaba los pensamientos de temor en sus enemigos y los obligaba a atacarlo, una habilidad de "Tanque" "Un Aggro", mientras destruia cuerpos a golpes, Orcos enormes eran levantados del suelo y partidos contra pilares de piedra. Algunos morian aplastados bajo sus propias tropas cuando el Ogro arrojaba cadaveres contra ellos. Otros intentaban escapar y terminaban atrapados entre sus manos gigantescas antes de ser despedazados vivos, hachas se hundian en su espalda, espadas atravezaban sus musculos, flechas cubrian su pecho, pero el seguia avanzando entre la multitud como una bestia imposible de detener. Cada vez que un arma se clavaba en su cuerpo, el ogro sonreia aun mas, porque para el.. aquello no era una batalla, era pura diversion-

    "HAHAHAHAHAHAHA! COMBATAN ESCORIAS! NO ALCANZARAN EL NIRVANA SI HUYEN DE MI! HAHAHAHAHA!"

    -Los Rebeldes dejaron de pelear organizadamente despues de los primeros minutos. El enorme salon se convirtio en un caos absoluto de sangre, fuego y cuerpos despedazados. Algunos orcos comenzaron a arrastrarse intentando a huir hacia los tuneles mientras otros gritaban aterrados viendo como el monstruos atravesaba filas enteras usando unicamente las manos desnudas, como tomaba del pecho a varios orcos y los estrellaba contra el techo, como los hundia contra la tierra, como los partia al medio, golpes poderosos, precisos repletos de daño explosivo de sus puñetazos, cabezas volando, brazos, piernas..sangre y caos, una autentica matanza, el ogro los persiguio igual, no dejo escapar a ninguno-

    "HAHAHAHAHAHAHAHAHA!"

    -Cuando todo termino, el silencio regreso lentamente al salon, el fuego seguia ardiendo alrededor de los cadaveres amontonados. Sangre negra descendia por las escaleras de piedra formando pequeños rios entre cuerpos mutilados. Craneos rotos cubrian el suelo junto a dientes, armas quebradas y restos irreconocibles de los guerreros rebeldes, y en medio de toda aquella masacre, el Ogro Seguia de pie, su cuerpo parecia un campo de batalla por si solo, espadas atravesaban sus hombros y espaldas. varias lanzas seguian incrustadas entre sus costillas. Flechas sobresalian de sus brazos, cuello y abdomen. Una enorme hacha permanecia enterrada profundamente cerca de su pecho mientras la sangre descendia lentamente por su piel azul, pero el respiraba tranquilo, sonriente-

    "Escoria apestosa.. ni una herida para recordar, sucias ratas desertoras."

    -Sus ojos observaban los cuerpos esparcidos alrededor suyo, mientras el fuego iluminaba las paredes cubiertas de cuerpos incrustados por lanzas, hundidos en impactos en las rocas, en el techo, en el suelo. Lentamente, el monstruo llevo una mano hacia una espada clavada en su costado y la arranco de un tiron rapido, la observo unos segundos y luego la lanzo hacia detras de el, clavandola directamente en la garganta del ultimo Orco vivo, el cual caeria de frente contra el trono destrozado de roca, este sonrio y volteo su cuerpo, dirigiendose hacia la salida del salon, perdiendose en la oscuridad del campo de batalla-
    -El estruendo de pasos hizo temblar toda la fortaleza subterranea, los Orcos rebeldes dejaron de hablar apenas escucharon aquello acercandose por los enormes tuneles de piedra. Algunos tomaron sus armas de inmediato. Otros comenzaron a gritar ordenes mientras el fuego de las antorchas iluminaba los rostros tensos de los guerreros. El aire dentro del enorme salon olia a humo, alcohol y hierro caliente... y entonces lo vieron, el ogro aparecio caminando lentamente entre las llamas, totalmente Solo. Su gigantesca figura azul casi rozaba el techo de piedra mientras avanzaba hacia el centro del salon, el fuego iluminaba las cicatrices que cubrian todo su cuerpo, sus enormes colmillos los cuernos negros curvados que salian de su cabeza. Su cabello largo y salvaje caia sobre sus hombros como una sombra oscura. No llevaba armadura, no llevaba armas, solo sus manos desnudas- -Y aun asi, nadie se movio, porque todos entendieron porque estaba alli, los habia encontrado , los desertores, los traidores, 700 orcos que abandonaron su ejercito creyendo que podrian esconderse en las montañas y formar su propia tribu lejos de el. Habian robado provisiones, armas y territorio. ALgunos incluso se habian atrevido a burlarse de su nombre despues de huir, y el Ogro habia venido personalmente a responderles, uno de los Lideres rebeldes dio un paso al frente levantando un enorme martillo de guerra, mientras rugia ordenes al resto- Lider Orco: "PREPARENSE CANALLAS! HOY ASESINAREMOS A LA BESTIA AZUL Y NOS CORONAREMOS COMO LOS REYES DE ESTAS TIERRAS! GLORIA A LA HORDA!" -Entonces comenzo, las primeras flechas impactaron directamente en el pecho del Ogro, otras atravezaron sus brazos y cuello, el no mostro dolor o miedo, solo continuo su caminar, las lanzas llegaron despues, clavandose en sus hombros y costados con violencia suficiente para atravesar armaduras normales. Varias espadas golpearon su cuerpo apenas alcanzo las primeras filas enemigas, pero el Monstruo Azul nunca se detuvo, ni siquiera intento cubrirse o esquivar esos ataques, sus ojos brillaban entre las sombras mientras avanzaba directamente hacia ellos, recibiendo todos los ataques de frente, como si el dolor simplemente no existiera para algo como el, y cuando finalmente llego hasta los primeros orcos.. la carniceria comenzo.- -Su mano atrapo la cabeza de uno de ellos y la aplasto como si fuese una fruta madura. Sangre y huesos explotaron sobre los guerreros cercanos antes de que el Ogro arrancara el brazo de otro rebelde de un tiron brutal. Los gritos llenaron el salon de inmediato, el monstruo reia a carcajadas, estaba disfrutando de ese banquete- "HAHAHAHAHAHAHA ES HORA DE APLASTAR ESCORIAS! HAHAHAHAHAHAHAHAHA!" -Una risa grave, salvaje y monstruosa que retumbaba por toda la fortaleza, una habilidad que anulaba los pensamientos de temor en sus enemigos y los obligaba a atacarlo, una habilidad de "Tanque" "Un Aggro", mientras destruia cuerpos a golpes, Orcos enormes eran levantados del suelo y partidos contra pilares de piedra. Algunos morian aplastados bajo sus propias tropas cuando el Ogro arrojaba cadaveres contra ellos. Otros intentaban escapar y terminaban atrapados entre sus manos gigantescas antes de ser despedazados vivos, hachas se hundian en su espalda, espadas atravezaban sus musculos, flechas cubrian su pecho, pero el seguia avanzando entre la multitud como una bestia imposible de detener. Cada vez que un arma se clavaba en su cuerpo, el ogro sonreia aun mas, porque para el.. aquello no era una batalla, era pura diversion- "HAHAHAHAHAHAHA! COMBATAN ESCORIAS! NO ALCANZARAN EL NIRVANA SI HUYEN DE MI! HAHAHAHAHA!" -Los Rebeldes dejaron de pelear organizadamente despues de los primeros minutos. El enorme salon se convirtio en un caos absoluto de sangre, fuego y cuerpos despedazados. Algunos orcos comenzaron a arrastrarse intentando a huir hacia los tuneles mientras otros gritaban aterrados viendo como el monstruos atravesaba filas enteras usando unicamente las manos desnudas, como tomaba del pecho a varios orcos y los estrellaba contra el techo, como los hundia contra la tierra, como los partia al medio, golpes poderosos, precisos repletos de daño explosivo de sus puñetazos, cabezas volando, brazos, piernas..sangre y caos, una autentica matanza, el ogro los persiguio igual, no dejo escapar a ninguno- "HAHAHAHAHAHAHAHAHA!" -Cuando todo termino, el silencio regreso lentamente al salon, el fuego seguia ardiendo alrededor de los cadaveres amontonados. Sangre negra descendia por las escaleras de piedra formando pequeños rios entre cuerpos mutilados. Craneos rotos cubrian el suelo junto a dientes, armas quebradas y restos irreconocibles de los guerreros rebeldes, y en medio de toda aquella masacre, el Ogro Seguia de pie, su cuerpo parecia un campo de batalla por si solo, espadas atravesaban sus hombros y espaldas. varias lanzas seguian incrustadas entre sus costillas. Flechas sobresalian de sus brazos, cuello y abdomen. Una enorme hacha permanecia enterrada profundamente cerca de su pecho mientras la sangre descendia lentamente por su piel azul, pero el respiraba tranquilo, sonriente- "Escoria apestosa.. ni una herida para recordar, sucias ratas desertoras." -Sus ojos observaban los cuerpos esparcidos alrededor suyo, mientras el fuego iluminaba las paredes cubiertas de cuerpos incrustados por lanzas, hundidos en impactos en las rocas, en el techo, en el suelo. Lentamente, el monstruo llevo una mano hacia una espada clavada en su costado y la arranco de un tiron rapido, la observo unos segundos y luego la lanzo hacia detras de el, clavandola directamente en la garganta del ultimo Orco vivo, el cual caeria de frente contra el trono destrozado de roca, este sonrio y volteo su cuerpo, dirigiendose hacia la salida del salon, perdiendose en la oscuridad del campo de batalla-
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  • Parte 5....

    El día se llegó, Albel, tomó el autobús junto con María y la pequeña Lupita, 6 horas y 45 minutos era la distancia para llegar al tren que los llevaría al hospital; sin duda era una travesía constante para la mujer y la pequeña, en el lugar donde les tocó estaba una mujer mayor de piel sumamente oscura, la cual portaba un tanque de oxígeno, la menor por ser pequeña no dejaba de observarla con curiosidad, ese tren lo había puesto el gobierno para las personas con bajos recursos, por ende todo el tiempo estaba saturado, personas de diferentes culturas y razas podían apreciarse ahí. 

    — Mira, mira, los cerros ya se pusieron verdes otra vez, mami. 
    — Si mi amor, ya está en camino la primavera.

    Era asombroso para Lupita, pues la última vez que viajó en el tren, los cerros estaban cobijados con la blanca nieve del invierno, B solo la contempló con una tenue sonrisa en la comisura entre los labios, posó la mirada en aquel lugar, recordando los detalles tan simples que a su rosa de invierno la hacían feliz. 

    El monstruo de metal siguió su curso, unas cuantas pláticas sencillas entre María y él, todo tranquilo y claro como dos viejos amigos, los rayos de sol se disminuyeron, la media tarde ya estaba tocando la puerta, el frágil cuerpo de la infanta estaba recargado en el costado del mayor; el cansancio de haber salido temprano le había ganado. 

    —PRIMERA PARADA, NUEVA ESPERANZA EN 5 MINUTOS, REPITO, EN 5 MINUTOS.

    Una voz se escuchó; los pasajeros que estaban destinados comenzaron a tomar sus pertenencias. Las ruedas del tren comenzaron a cesar, lentamente.  — Lupita, mi amor, despierta, cariño, ya llegamos. - Dijo con suavidad María que había tomado a la pequeña entre sus brazos. 
      
    —Déjame llevarla, tomas las pertenencias, sigue adormilada. - Musitó Abel al ver que Lupita seguía dormida sin ningún esfuerzo, la cargó, colocando la cabeza de la pequeña en su hombro, María los contemplaba, pidiéndole a Dios que él se quedara con ellas para siempre. Detrás de unas cuantas personas, salieron los tres, el hospital era sumamente grande; a B no le sorprendía demasiado; alrededor del mundo había centros de salud más especializados y colosales.

    El tren siguió su curso, ellos entraron al lugar, donde los recibieron con mucha amabilidad, la pequeña a duras penas logró despertarse, ellos eran el turno número 50, Abel entendía por qué María desaparecía dos días, el camino absorbía bastante tiempo.

    — Mami, ¿Ya casi nos toca?.- Preguntó Lupita, con enfado.
    — En un momento más cariño, se paciente. 
    — Mami, no veo a Ángel, mi amiguita, ¿Puedo ir a buscarla, en lo que me toca?.- Abel se quedó escuchando, con atención, pues la niña cada vez que podía hablaba cosas que solo una persona que el conocía sabría. — Abel, ¿Quieres conocer a Ángel?... El mayor se quedó sin poder reaccionar, su corazón se aceleró, con esa pregunta, pasó saliva forzadamente, un temblor lo invadió por dentro.
    — Si, pequeña, llévame a conocer a Ángel. Yelena Antonov
    Parte 5.... El día se llegó, Albel, tomó el autobús junto con María y la pequeña Lupita, 6 horas y 45 minutos era la distancia para llegar al tren que los llevaría al hospital; sin duda era una travesía constante para la mujer y la pequeña, en el lugar donde les tocó estaba una mujer mayor de piel sumamente oscura, la cual portaba un tanque de oxígeno, la menor por ser pequeña no dejaba de observarla con curiosidad, ese tren lo había puesto el gobierno para las personas con bajos recursos, por ende todo el tiempo estaba saturado, personas de diferentes culturas y razas podían apreciarse ahí.  — Mira, mira, los cerros ya se pusieron verdes otra vez, mami.  — Si mi amor, ya está en camino la primavera. Era asombroso para Lupita, pues la última vez que viajó en el tren, los cerros estaban cobijados con la blanca nieve del invierno, B solo la contempló con una tenue sonrisa en la comisura entre los labios, posó la mirada en aquel lugar, recordando los detalles tan simples que a su rosa de invierno la hacían feliz.  El monstruo de metal siguió su curso, unas cuantas pláticas sencillas entre María y él, todo tranquilo y claro como dos viejos amigos, los rayos de sol se disminuyeron, la media tarde ya estaba tocando la puerta, el frágil cuerpo de la infanta estaba recargado en el costado del mayor; el cansancio de haber salido temprano le había ganado.  —PRIMERA PARADA, NUEVA ESPERANZA EN 5 MINUTOS, REPITO, EN 5 MINUTOS. Una voz se escuchó; los pasajeros que estaban destinados comenzaron a tomar sus pertenencias. Las ruedas del tren comenzaron a cesar, lentamente.  — Lupita, mi amor, despierta, cariño, ya llegamos. - Dijo con suavidad María que había tomado a la pequeña entre sus brazos.     —Déjame llevarla, tomas las pertenencias, sigue adormilada. - Musitó Abel al ver que Lupita seguía dormida sin ningún esfuerzo, la cargó, colocando la cabeza de la pequeña en su hombro, María los contemplaba, pidiéndole a Dios que él se quedara con ellas para siempre. Detrás de unas cuantas personas, salieron los tres, el hospital era sumamente grande; a B no le sorprendía demasiado; alrededor del mundo había centros de salud más especializados y colosales. El tren siguió su curso, ellos entraron al lugar, donde los recibieron con mucha amabilidad, la pequeña a duras penas logró despertarse, ellos eran el turno número 50, Abel entendía por qué María desaparecía dos días, el camino absorbía bastante tiempo. — Mami, ¿Ya casi nos toca?.- Preguntó Lupita, con enfado. — En un momento más cariño, se paciente.  — Mami, no veo a Ángel, mi amiguita, ¿Puedo ir a buscarla, en lo que me toca?.- Abel se quedó escuchando, con atención, pues la niña cada vez que podía hablaba cosas que solo una persona que el conocía sabría. — Abel, ¿Quieres conocer a Ángel?... El mayor se quedó sin poder reaccionar, su corazón se aceleró, con esa pregunta, pasó saliva forzadamente, un temblor lo invadió por dentro. — Si, pequeña, llévame a conocer a Ángel. [C0quette]
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  • Creo que ahora estaré visitando el mundo y territorio de Suguru, debería usar ropas acorde al lugar....

    +Se mira en el reflejo de ese estanque, aquel Kimono me había parecido lindo+
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  • Me vas a decir con que este lugar no es para tomar baños ¿No es así?

    -rodo los ojos al escuchar unos suaves pasos acercándose al estanque a su vez que se incrementaba el aroma familiar de cierto ser escamoso. Tomo una bocanada de aire hinchando su pecho antes de soltarla con lentitud -

    O solo me hice una película yo solo y solo te vas a unir al baño, adelante le enseño a los niños que tiene que hacer cuando dejen de ser peces

    -movio la mano en el agua las crias de dragón hicieron espacio para que el dragón mayor ingresará -

    Eso sí, quítate la ropa la tela puedd tener tinturas que podría lastimar sus branquias ... Son tan delicados siendo cachorros no me extraña porque muy pocos llegan a adultos
    Iudex Neuvilette
    Me vas a decir con que este lugar no es para tomar baños ¿No es así? -rodo los ojos al escuchar unos suaves pasos acercándose al estanque a su vez que se incrementaba el aroma familiar de cierto ser escamoso. Tomo una bocanada de aire hinchando su pecho antes de soltarla con lentitud - O solo me hice una película yo solo y solo te vas a unir al baño, adelante le enseño a los niños que tiene que hacer cuando dejen de ser peces -movio la mano en el agua las crias de dragón hicieron espacio para que el dragón mayor ingresará - Eso sí, quítate la ropa la tela puedd tener tinturas que podría lastimar sus branquias ... Son tan delicados siendo cachorros no me extraña porque muy pocos llegan a adultos [Neuvi11ette]
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