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    Sofía Callahan

    Edad: 25 años
    Profesión: Historiadora (especializada en archivos civiles y correspondencia privada del siglo XIX)
    Residencia: Un apartamento modesto en las afueras, a dos horas de la ciudad; suficiente distancia para que el ruido se vuelva recuerdo y el aire tenga la ausencia de orina y gasolina que es tan maravillosa de inspirar desde el pecho.

    ✧ Apariencia

    No es llamativa en el sentido inmediato, pueden llegar a encontrarse indicios de dinero generacional, pero meramente es admiración por el estilo pasado y ojo clínico a la hora de ir a mercados de segunda mano.
    Cabello oscuro que suele recoger con descuido práctico; mechones sueltos que sobreviven al intento de orden y a grandes rasgos no llegan a ser contraproducentes a la hora de enterrar el rostro en un libro. Piel clara que acusa las horas frente a documentos y lámparas amarillas. Ojos que parecen más viejos de lo que deberían, como si hubieran leído demasiado pronto ciertas cosas.

    Viste prendas sencillas: faldas de tonos apagados, suéteres gruesos, blusas heredadas o encontradas en ventas de garaje. Siempre lleva una cadena fina con un pequeño símbolo religioso, casi escondido bajo la tela.

    ✧ Personalidad

    Doméstica sin ser sumisa.
    Reservada sin ser fría.

    Sofía tiene una manera suave de habitar el espacio, como si pidiera permiso incluso cuando nadie se lo exige. Habla bajo, pero con precisión. El tipo de conversación que se encuentra en profesores de universidad con tintes de maestra de kinder, reverencia al conocimiento y amor a algo que se le debe la ternura que nunca le fue otorgada. No soporta las afirmaciones vacías ni la grandilocuencia sin sustancia, meses de estar acurrucada entre palabras firmes y transparencia escondida en los lugares que deben ser ganados le dejó una pequeña tara a la hora de enfrentar el baile social moderno.

    Su delicadeza no es dramática, es mutismo selectivo:
    — Su mente se pierde felizmente en la espiral descendente de la introspección o la fantasía.
    — Acuna una tendencia patológica a acumular información de cualquier sea el tipo para acurrucarse en ella.
    — Su corazón late con más fuerza y calidez cuando se mantiene dentro de su mundo interno.

    Pero hay algo en ella que no se ha quebrado: una fe pequeña, casi infantil, que no se apoya en dogmas sino en la esperanza obstinada de que la verdad importa, de que la memoria dignifica, de que las cosas pueden repararse aunque nadie lo vea.

    A veces reza, no siempre por sí misma, y definitivamente nunca al mismo ente.

    ✧ Vida cotidiana

    Su apartamento es humilde igual que el resto de los asalariados, aunque profundamente provisto de tonterías, decoraciones, instrumentos del siglo pasado y una vivencia héctica.

    Una mesa de escritura desplegable edwardiana junto a la ventana donde trabaja.

    Tazas de porcelana real, distintos dibujos y una miriada de orígenes.

    Una planta que lucha por sobrevivir al invierno, nadie dijo que las suculentas fueran tan demandantes.

    Estanterías con libros marcados con notas al margen, rebosantes de marca hojas y con cuadernos junto que detallan la investigación a la que asistieron o las aventuras que llegaron a subsidiar.

    Una radio antigua que solo sintoniza bien por las noches.

    La distancia con la ciudad es deliberada. Dos horas de tren o carretera que funcionan como frontera emocional. Allí trabaja, investiga, consulta archivos. Aquí vive.

    Su realidad culinaria es deplorable, pero sin recaer a la miseria absoluta, comidas congeladas, platillos en contenedores de papel y algunos contenedores de vidrio que su madre insiste en dejarle. Encuentra una calma casi sagrada en doblar la ropa o limpiar los platos con cuidado, uno de los peligros de poseer vajilla de relevancia histórica nula pero amplio significado emocional.

    ✧ Conflictos internos

    Se siente atraída por historias trágicas del pasado; hay algo en el sufrimiento antiguo que la consuela.

    Tiene miedo de volverse indiferente.

    A veces confunde soledad con vocación.

    No es ingenua, pero conserva una ternura peligrosa: todavía cree en la bondad inesperada. Todavía se sorprende cuando alguien miente.

    ✧ Creencias

    No milita activamente en ninguna institución religiosa, pero guarda fe.
    Enciende velas pequeñas en fechas que nadie más recuerda.
    Cree en la memoria como acto moral.
    Cree que el amor —aunque no haya tenido uno grande todavía— es algo serio, casi sagrado.


    Sofía Callahan Edad: 25 años Profesión: Historiadora (especializada en archivos civiles y correspondencia privada del siglo XIX) Residencia: Un apartamento modesto en las afueras, a dos horas de la ciudad; suficiente distancia para que el ruido se vuelva recuerdo y el aire tenga la ausencia de orina y gasolina que es tan maravillosa de inspirar desde el pecho. ✧ Apariencia No es llamativa en el sentido inmediato, pueden llegar a encontrarse indicios de dinero generacional, pero meramente es admiración por el estilo pasado y ojo clínico a la hora de ir a mercados de segunda mano. Cabello oscuro que suele recoger con descuido práctico; mechones sueltos que sobreviven al intento de orden y a grandes rasgos no llegan a ser contraproducentes a la hora de enterrar el rostro en un libro. Piel clara que acusa las horas frente a documentos y lámparas amarillas. Ojos que parecen más viejos de lo que deberían, como si hubieran leído demasiado pronto ciertas cosas. Viste prendas sencillas: faldas de tonos apagados, suéteres gruesos, blusas heredadas o encontradas en ventas de garaje. Siempre lleva una cadena fina con un pequeño símbolo religioso, casi escondido bajo la tela. ✧ Personalidad Doméstica sin ser sumisa. Reservada sin ser fría. Sofía tiene una manera suave de habitar el espacio, como si pidiera permiso incluso cuando nadie se lo exige. Habla bajo, pero con precisión. El tipo de conversación que se encuentra en profesores de universidad con tintes de maestra de kinder, reverencia al conocimiento y amor a algo que se le debe la ternura que nunca le fue otorgada. No soporta las afirmaciones vacías ni la grandilocuencia sin sustancia, meses de estar acurrucada entre palabras firmes y transparencia escondida en los lugares que deben ser ganados le dejó una pequeña tara a la hora de enfrentar el baile social moderno. Su delicadeza no es dramática, es mutismo selectivo: — Su mente se pierde felizmente en la espiral descendente de la introspección o la fantasía. — Acuna una tendencia patológica a acumular información de cualquier sea el tipo para acurrucarse en ella. — Su corazón late con más fuerza y calidez cuando se mantiene dentro de su mundo interno. Pero hay algo en ella que no se ha quebrado: una fe pequeña, casi infantil, que no se apoya en dogmas sino en la esperanza obstinada de que la verdad importa, de que la memoria dignifica, de que las cosas pueden repararse aunque nadie lo vea. A veces reza, no siempre por sí misma, y definitivamente nunca al mismo ente. ✧ Vida cotidiana Su apartamento es humilde igual que el resto de los asalariados, aunque profundamente provisto de tonterías, decoraciones, instrumentos del siglo pasado y una vivencia héctica. Una mesa de escritura desplegable edwardiana junto a la ventana donde trabaja. Tazas de porcelana real, distintos dibujos y una miriada de orígenes. Una planta que lucha por sobrevivir al invierno, nadie dijo que las suculentas fueran tan demandantes. Estanterías con libros marcados con notas al margen, rebosantes de marca hojas y con cuadernos junto que detallan la investigación a la que asistieron o las aventuras que llegaron a subsidiar. Una radio antigua que solo sintoniza bien por las noches. La distancia con la ciudad es deliberada. Dos horas de tren o carretera que funcionan como frontera emocional. Allí trabaja, investiga, consulta archivos. Aquí vive. Su realidad culinaria es deplorable, pero sin recaer a la miseria absoluta, comidas congeladas, platillos en contenedores de papel y algunos contenedores de vidrio que su madre insiste en dejarle. Encuentra una calma casi sagrada en doblar la ropa o limpiar los platos con cuidado, uno de los peligros de poseer vajilla de relevancia histórica nula pero amplio significado emocional. ✧ Conflictos internos Se siente atraída por historias trágicas del pasado; hay algo en el sufrimiento antiguo que la consuela. Tiene miedo de volverse indiferente. A veces confunde soledad con vocación. No es ingenua, pero conserva una ternura peligrosa: todavía cree en la bondad inesperada. Todavía se sorprende cuando alguien miente. ✧ Creencias No milita activamente en ninguna institución religiosa, pero guarda fe. Enciende velas pequeñas en fechas que nadie más recuerda. Cree en la memoria como acto moral. Cree que el amor —aunque no haya tenido uno grande todavía— es algo serio, casi sagrado.
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  • Giros, existe el cielo y un estado de coma.

    ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante.

    ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso.

    ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada.

    ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli.

    ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
    Giros, existe el cielo y un estado de coma. ​La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante. ​Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso. ​Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada. ​Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli. ​Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
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    Fandom OC
    Categoría Original
    [smile4me]

    La casa de Dios, lugar donde la bruja no era bienvenida y un lugar que repudiaba...

    En la primera guerra, allá por el siglo XIV contra la iglesia, saqueó y destruyó numerosos pueblos conocidos por ser religiosos, sobre todo en Aviñón, lugar donde finalmente se asediaría contra las fuerzas de la iglesia, pero eso es agua pasada... ¿No?

    No, no lo era, el conflicto, aunque por aquel entonces se detuviera, nunca se apagó.

    Hoy Morana se dirigía a una catedral, curioso era el motivo, quería observar de cerca el motivo por el que tantas personas buscaban refugio en Dios cuando la iglesia para ella no eran más que mentiras...

    Odiaba la idea.

    Caminaba con una calma que no reflejaba lo que sentía, pisaba la tierra santa como si de basura se tratase, con un resentimiento propio de ella, pues le arrebataron todo lo que conocía, todo lo que amaba...

    Las puertas de la catedral, de arquitectura majestuosa se hallaban frente a ella, hacía poco que la misa había terminado, así que aún habían unas pocas personas, una multitud que, poco a poco, fue disminuyendo.

    La bruja entró en la casa de Dios, irónica era la sensación que la recorría, un odio personal, pero al mismo tiempo, el cálido abrazo de lo que alguna vez fue su propia creencia, ahora manchado por la sangre derramada en su pasado.

    Los pasos hicieron eco, su mirada se posaría en el cristo, crucificado en lo alto, una decoración que le trajo recuerdos tan nefastos, tan distantes... Pero aún intensos.

    Recuerda las piras, las antorchas, las guerras, las muertes ¿Cuántas víctimas hubo? Demasiadas en ambos bandos, murieron culpables e inocentes por igual.

    Pero también habían recuerdos bellos, el rubio color del cabello de su esposo, como siempre trató de llevarla con ella a la iglesia, asegurando que entregando su corazón a la fe, el peso del día a día se iría...

    Una pena que el mismo hombre muriese en la pira, quemado por aquellos en quienes tanto confiaba.

    La mirada de Morana no reflejaba el remolino de emociones que la recorría, pero en su trance no se percató de la ausencia de personas alrededor suya ¿Había quedado sola en la iglesia...?
    [smile4me] La casa de Dios, lugar donde la bruja no era bienvenida y un lugar que repudiaba... En la primera guerra, allá por el siglo XIV contra la iglesia, saqueó y destruyó numerosos pueblos conocidos por ser religiosos, sobre todo en Aviñón, lugar donde finalmente se asediaría contra las fuerzas de la iglesia, pero eso es agua pasada... ¿No? No, no lo era, el conflicto, aunque por aquel entonces se detuviera, nunca se apagó. Hoy Morana se dirigía a una catedral, curioso era el motivo, quería observar de cerca el motivo por el que tantas personas buscaban refugio en Dios cuando la iglesia para ella no eran más que mentiras... Odiaba la idea. Caminaba con una calma que no reflejaba lo que sentía, pisaba la tierra santa como si de basura se tratase, con un resentimiento propio de ella, pues le arrebataron todo lo que conocía, todo lo que amaba... Las puertas de la catedral, de arquitectura majestuosa se hallaban frente a ella, hacía poco que la misa había terminado, así que aún habían unas pocas personas, una multitud que, poco a poco, fue disminuyendo. La bruja entró en la casa de Dios, irónica era la sensación que la recorría, un odio personal, pero al mismo tiempo, el cálido abrazo de lo que alguna vez fue su propia creencia, ahora manchado por la sangre derramada en su pasado. Los pasos hicieron eco, su mirada se posaría en el cristo, crucificado en lo alto, una decoración que le trajo recuerdos tan nefastos, tan distantes... Pero aún intensos. Recuerda las piras, las antorchas, las guerras, las muertes ¿Cuántas víctimas hubo? Demasiadas en ambos bandos, murieron culpables e inocentes por igual. Pero también habían recuerdos bellos, el rubio color del cabello de su esposo, como siempre trató de llevarla con ella a la iglesia, asegurando que entregando su corazón a la fe, el peso del día a día se iría... Una pena que el mismo hombre muriese en la pira, quemado por aquellos en quienes tanto confiaba. La mirada de Morana no reflejaba el remolino de emociones que la recorría, pero en su trance no se percató de la ausencia de personas alrededor suya ¿Había quedado sola en la iglesia...?
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  • Estaba sentado junto a la entrada de su tienda, con la espalda apoyada en un poste, la katana Rentetsu descansando a su lado como si también vigilara. Había terminado de limpiar el filo con una paciencia que parecía contradecirlo: un tipo que maldecía fácil, que respondía con gruñidos a los saludos y que tenía el talento de convertir cualquier conversación en un choque... y aun así, capaz de dedicarle minutos enteros a un detalle mínimo.

    La precisión era un vicio. O una religión. En E=== , a veces era lo mismo.

    El viento movió las lonas. La fogata más cercana escupió una chispa y se la tragó en el aire. “S” alzó la vista hacia el cielo, sin buscar constelaciones ni respuestas. Solo estaba meditando, recordando su hogar, recordando el pasado...

    Ese día...

    No quiero fallar otra vez.

    Esa frase no la decía. Ni se la permitía con palabras. Era más bien un músculo tenso bajo la piel.
    Estaba sentado junto a la entrada de su tienda, con la espalda apoyada en un poste, la katana Rentetsu descansando a su lado como si también vigilara. Había terminado de limpiar el filo con una paciencia que parecía contradecirlo: un tipo que maldecía fácil, que respondía con gruñidos a los saludos y que tenía el talento de convertir cualquier conversación en un choque... y aun así, capaz de dedicarle minutos enteros a un detalle mínimo. La precisión era un vicio. O una religión. En E=== , a veces era lo mismo. El viento movió las lonas. La fogata más cercana escupió una chispa y se la tragó en el aire. “S” alzó la vista hacia el cielo, sin buscar constelaciones ni respuestas. Solo estaba meditando, recordando su hogar, recordando el pasado... Ese día... No quiero fallar otra vez. Esa frase no la decía. Ni se la permitía con palabras. Era más bien un músculo tenso bajo la piel.
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    Feliz año nuevo a todos, muchas gracias por acompañarme este año con roles y charlas, que Dios los bendiga siempre y los cuide, que se cumplan los anhelos de su corazón y que este año que viene sea de bendiciones, ayyy parezco la tía religiosa de la familia, pero fin de año siempre me pone nostálgica.( Vuelvo mañana en la noche para responder roles, hoy se bebe hasta no poder más)
    Feliz año nuevo a todos, muchas gracias por acompañarme este año con roles y charlas, que Dios los bendiga siempre y los cuide, que se cumplan los anhelos de su corazón y que este año que viene sea de bendiciones, ayyy parezco la tía religiosa de la familia, pero fin de año siempre me pone nostálgica.( Vuelvo mañana en la noche para responder roles, hoy se bebe hasta no poder más)
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  • Escena con [masasita_masaru]

    Kazuo no solo era mensajero, también era guía.

    Nunca fue conducido por una mano amiga en sus primeros pasos. Al nacer, fue bendecido… una bendición que, a veces, se sentía como una maldición.

    En sus primeros cien años de vida aprendió solo, sin nadie que le explicase qué era y por qué estaba adquiriendo ese tipo de conciencia, una que un zorro salvaje jamás desarrollaría. Su camino no fue fácil, al contrario; la tragedia, la venganza y la muerte fueron sus mentores en sus primeros siglos de vida.

    No quería que ningún ser celestial pasara por lo mismo que él sufrió. En ocasiones, cuando la luna llena estaba en su punto más alto «la hora en que los espíritus se adueñaban de la oscuridad del bosque», Kazuo entonaba un llamado para que aquellos iguales a él sintieran que no estaban solos en este mundo cruel; que su diferencia no era un error, sino una bendición. Quería que, en sus primeros años, no se desarrollaran bajo la crueldad que el mundo les tenía reservado.

    Algunos no trascenderían; vivirían más de lo normal sin llegar a ser conscientes del poder que albergaban. Pero para aquellos cuya cola se partiera en dos, Kazuo deseaba estar allí. Darles ese amor que a él nadie le dió, en una etapa totalmente crucial.

    Caminaba por el bosque entonando una melodía que solo aquellos que podían caminar entre dos mundos eran capaces de escuchar. A su paso, la tierra, que había cedido al frío invierno, volvía a llenarse de vida, como si la energía y la luz que emanaban los zorros hicieran que la naturaleza se abriera camino. Era un espectáculo visual, una experiencia casi religiosa y trascendental. Quien fuera testigo de aquel milagro podría considerarse afortunado, pues era algo sagrado, reservado solo para los ojos que miraban el mundo con inocencia, más allá de lo físico.

    De pronto se escuchó el crujir de las ramas del suelo, cediendo a un peso ajeno y desconocido. No pertenecía a ninguno de los presentes en aquella marcha celestial. Cuando los kitsunes caminaban, lo hacían con el silencio de un depredador nocturno, sin que la hojarasca protestase bajo sus patas. Aquel sonido hizo que todos los zorros, del color de la luna, corrieran espantados hacia el amparo del manto nocturno. Kazuo fue el único que permaneció allí, con sus nueve colas en un vaivén suave, casi ensayado, manteniendo una calma imperturbable.

    Bajó su flauta lentamente, pero con la decisión de quien no teme lo desconocido, mientras sus ojos color zafiro se dirigían hacia el origen del sonido que había perturbado su labor. Aquellas cuencas no eran ojos que perteneciesen del todo a este mundo: la luz interior que poseían se hacía visible en la oscuridad, como si dos luciérnagas azules volaran al mismo compás.

    —Has asustado a mis hermanos… ¿Podrías mostrarte para poder ponerte rostro? —musitó con serenidad. No había hostilidad alguna en su voz, tan solo esa calma intrínseca de su ser.
    Escena con [masasita_masaru] Kazuo no solo era mensajero, también era guía. Nunca fue conducido por una mano amiga en sus primeros pasos. Al nacer, fue bendecido… una bendición que, a veces, se sentía como una maldición. En sus primeros cien años de vida aprendió solo, sin nadie que le explicase qué era y por qué estaba adquiriendo ese tipo de conciencia, una que un zorro salvaje jamás desarrollaría. Su camino no fue fácil, al contrario; la tragedia, la venganza y la muerte fueron sus mentores en sus primeros siglos de vida. No quería que ningún ser celestial pasara por lo mismo que él sufrió. En ocasiones, cuando la luna llena estaba en su punto más alto «la hora en que los espíritus se adueñaban de la oscuridad del bosque», Kazuo entonaba un llamado para que aquellos iguales a él sintieran que no estaban solos en este mundo cruel; que su diferencia no era un error, sino una bendición. Quería que, en sus primeros años, no se desarrollaran bajo la crueldad que el mundo les tenía reservado. Algunos no trascenderían; vivirían más de lo normal sin llegar a ser conscientes del poder que albergaban. Pero para aquellos cuya cola se partiera en dos, Kazuo deseaba estar allí. Darles ese amor que a él nadie le dió, en una etapa totalmente crucial. Caminaba por el bosque entonando una melodía que solo aquellos que podían caminar entre dos mundos eran capaces de escuchar. A su paso, la tierra, que había cedido al frío invierno, volvía a llenarse de vida, como si la energía y la luz que emanaban los zorros hicieran que la naturaleza se abriera camino. Era un espectáculo visual, una experiencia casi religiosa y trascendental. Quien fuera testigo de aquel milagro podría considerarse afortunado, pues era algo sagrado, reservado solo para los ojos que miraban el mundo con inocencia, más allá de lo físico. De pronto se escuchó el crujir de las ramas del suelo, cediendo a un peso ajeno y desconocido. No pertenecía a ninguno de los presentes en aquella marcha celestial. Cuando los kitsunes caminaban, lo hacían con el silencio de un depredador nocturno, sin que la hojarasca protestase bajo sus patas. Aquel sonido hizo que todos los zorros, del color de la luna, corrieran espantados hacia el amparo del manto nocturno. Kazuo fue el único que permaneció allí, con sus nueve colas en un vaivén suave, casi ensayado, manteniendo una calma imperturbable. Bajó su flauta lentamente, pero con la decisión de quien no teme lo desconocido, mientras sus ojos color zafiro se dirigían hacia el origen del sonido que había perturbado su labor. Aquellas cuencas no eran ojos que perteneciesen del todo a este mundo: la luz interior que poseían se hacía visible en la oscuridad, como si dos luciérnagas azules volaran al mismo compás. —Has asustado a mis hermanos… ¿Podrías mostrarte para poder ponerte rostro? —musitó con serenidad. No había hostilidad alguna en su voz, tan solo esa calma intrínseca de su ser.
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  • El maleficio
    Fandom Nier Réplicant/Autómata x Hazbin hotel (Crossover)
    Categoría Terror


    ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧
    Participantes
    ༒𓂀 𝔸𝕝𝕒𝕤𝕥𝕠𝕣 𝕿𝖍𝖊 𝕽𝖆𝖉𝖎𝖔 𝕯𝖊𝖒𝖔𝖓𓂀༒
    ❁ Yᴏʀʜᴀ ɴᴜᴍʙᴇʀ 12 ᴛʏᴘᴇ B ❁
    ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧

    Las maldiciones crean una marca que destruye a todo aquel que se le acerca, dejando una estela de dolor y muerte.


    ××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××

    Hace 2 años atrás antes del proyecto Gestalt

    Todo estaba fuera de control, no se sabe como una enfermedad altamente mortal y contagiosa se les había salido de las manos, por lo cual ese proyecto del cual han estado trabajado desde hace tiempo atrás. Los científicos habían experimentado con todo, principalmente con niños que sentía que nadie recuerda pues esos pequeños solo eran huérfanos, de esos experimentos se creo lo que podría ser una arma altamente letal, pero como la supervivencia de la humanidad es mas importante, por lo que eso quedo descartado y “sellado” luego de su suceso que puso en peligro a toda la instalación.

    Fueron muchas pérdidas confirmadas, aun así había tiempo de lamentarse, se debe seguir.

    Mientras todo paso, en otro lugar, se explora una ruina, posiblemente buscando una pista qué les ayude contra el. Síndrome de Cloracion blanca, la cual actualmente estaba en todo el mundo, causado grandes pérdidas, mermado la humanidad.

    El científico a cabeza de esa expedición, llego a lo que a su tiempo fue una hermosa mansión, hoy yace en ruinas, entrando por la puerta principal, camino por los polvorientos pasillos, llego a una habitación cerrada, con algunos sellos de muchas religiones pegadas en la puerta, es como si de buscará mantener lo que sea dentro de esa habitación.

    Aunque sentía un escalofrío recorrer su cuerpo, el científico rompe cada sello, pues buscar una forma de eliminar el síndrome de Cloracion blanca, es prioridad. Una vez que la puerta quedo despejada de los sellos, este la abre entrando en la habitación, la cual a diferencia del resto de la mansión, esa misma habitación se encontraba helada, eso no pintaba bien, aun así se aventura por la misma, comenzado a buscar una posible cura.. ¿Por qué lo hace en esa mansión?... Porque se corria un rumor de que la personas que vivieron ahí, había recaudado información sobre el síndrome.

    Bueno no tenía mucho que perder, fue lo que pensó, aunque eso es lo mas lejano que podría estar, pues estaba apuntó de desatar algo.

    El científico encontró una caja fuerte, también con varios sellos, no debía pero su curiosidad fue mas grande, que quito todos los sellos y con ingenio, se las arreglo para abrir eso.

    Dentro no había nada, solo lo que parece una pequeña escultura, la tomo para analizar mejor, gran error porque sea lo que sea que contenía, fue liberado..

    Salió una sombra de la nada, la cual antes de irse, asesina al científico y huye por la ventana, buscado donde dejar una marca maldita para comenzar con una reinado de terror maldito.

    ××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××

    Presente…. Inicia el cuidado y vigilancia del proyecto Gestalt

    Devola estaba como siempre en su despacho en la biblioteca, Nier había ido a verla para ponerla al tanto de lo que había descubierto, pues Nier debía buscar cura para la enfermedad que aqueja el cuerpo de su hermana menor, Yoona.

    Una vez terminado la platica, Nier decide ir a la Fachada en el desierto, para visitar al rey para saber si tenía alguna información.

    Mientras una vez que se marcho, Popola entro al despacho.

    —Todo hasta ahora va bien, es difícil no ser sinceras —. Comento Popola con algo de culpa.

    —Lo se.. Pero es nuestro deber como vigilantes del proyecto —. Suspira mientras se talla los ojos con cansancio.

    —Ojala haya algo que hacer. —Popola le sirve algo de te a su hermana. —Nier no estará podemos ir a investigar a uba zona. — Comentó al sacar un mapa y ponerlo en la mesa.

    Devola recibe el te para ver el mapa, su hermana le señaló una zona donde podría ir para tener mas seguro el éxito del proyecto.

    —Bueno, no perdemos nada. —


    Con esa mentalidad ambas chicas emprenden viaje a la zona asignada, al llegar encuentran las ahora ruinas de la mansión.

    Sin mas entrar al lugar comenzaron a explorar, pasillo destruido y lleno de polvo, llegado a esa habitación donde se haya el mal.

    Esas energías al sentir la presencia de las hermanas, entro a una reliquia, la cual pudieron sentirse atraídas, no se sabe como pero tan pronto como lo tocaron pudieron ver lo qur se enfrentarian.

    —Eso está mal, debemos irnos. — Imágenes malditas llegaron a sus mentes, ambas corren mientras algo las persigue por los pasillos.

    Mientras correr una de ellas se lastima, provocando un sangrado, mientras corren, la sangre derramada es vertida eb un pentagrama, ambas quedaron acorraladas.. ¿Será el fin de ellas?.. No, no puede terminar así…

    —Por favor.. Que alguien nos ayude—. Grito despertada Devola mientras abraza a su hermana.

    El pentagrama comenzó a brillar y como si trajera a algo o alguien del mismo infierno, una figura comenzó a aparecer.
    ¿Sera la esperanza o desesperanza? Que ahora llevaran ellas sobre sus espaldas.
    ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ Participantes [Alastor_rabbit] [Robin] ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ Las maldiciones crean una marca que destruye a todo aquel que se le acerca, dejando una estela de dolor y muerte. ×××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××× Hace 2 años atrás antes del proyecto Gestalt Todo estaba fuera de control, no se sabe como una enfermedad altamente mortal y contagiosa se les había salido de las manos, por lo cual ese proyecto del cual han estado trabajado desde hace tiempo atrás. Los científicos habían experimentado con todo, principalmente con niños que sentía que nadie recuerda pues esos pequeños solo eran huérfanos, de esos experimentos se creo lo que podría ser una arma altamente letal, pero como la supervivencia de la humanidad es mas importante, por lo que eso quedo descartado y “sellado” luego de su suceso que puso en peligro a toda la instalación. Fueron muchas pérdidas confirmadas, aun así había tiempo de lamentarse, se debe seguir. Mientras todo paso, en otro lugar, se explora una ruina, posiblemente buscando una pista qué les ayude contra el. Síndrome de Cloracion blanca, la cual actualmente estaba en todo el mundo, causado grandes pérdidas, mermado la humanidad. El científico a cabeza de esa expedición, llego a lo que a su tiempo fue una hermosa mansión, hoy yace en ruinas, entrando por la puerta principal, camino por los polvorientos pasillos, llego a una habitación cerrada, con algunos sellos de muchas religiones pegadas en la puerta, es como si de buscará mantener lo que sea dentro de esa habitación. Aunque sentía un escalofrío recorrer su cuerpo, el científico rompe cada sello, pues buscar una forma de eliminar el síndrome de Cloracion blanca, es prioridad. Una vez que la puerta quedo despejada de los sellos, este la abre entrando en la habitación, la cual a diferencia del resto de la mansión, esa misma habitación se encontraba helada, eso no pintaba bien, aun así se aventura por la misma, comenzado a buscar una posible cura.. ¿Por qué lo hace en esa mansión?... Porque se corria un rumor de que la personas que vivieron ahí, había recaudado información sobre el síndrome. Bueno no tenía mucho que perder, fue lo que pensó, aunque eso es lo mas lejano que podría estar, pues estaba apuntó de desatar algo. El científico encontró una caja fuerte, también con varios sellos, no debía pero su curiosidad fue mas grande, que quito todos los sellos y con ingenio, se las arreglo para abrir eso. Dentro no había nada, solo lo que parece una pequeña escultura, la tomo para analizar mejor, gran error porque sea lo que sea que contenía, fue liberado.. Salió una sombra de la nada, la cual antes de irse, asesina al científico y huye por la ventana, buscado donde dejar una marca maldita para comenzar con una reinado de terror maldito. ×××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××××× Presente…. Inicia el cuidado y vigilancia del proyecto Gestalt Devola estaba como siempre en su despacho en la biblioteca, Nier había ido a verla para ponerla al tanto de lo que había descubierto, pues Nier debía buscar cura para la enfermedad que aqueja el cuerpo de su hermana menor, Yoona. Una vez terminado la platica, Nier decide ir a la Fachada en el desierto, para visitar al rey para saber si tenía alguna información. Mientras una vez que se marcho, Popola entro al despacho. —Todo hasta ahora va bien, es difícil no ser sinceras —. Comento Popola con algo de culpa. —Lo se.. Pero es nuestro deber como vigilantes del proyecto —. Suspira mientras se talla los ojos con cansancio. —Ojala haya algo que hacer. —Popola le sirve algo de te a su hermana. —Nier no estará podemos ir a investigar a uba zona. — Comentó al sacar un mapa y ponerlo en la mesa. Devola recibe el te para ver el mapa, su hermana le señaló una zona donde podría ir para tener mas seguro el éxito del proyecto. —Bueno, no perdemos nada. — Con esa mentalidad ambas chicas emprenden viaje a la zona asignada, al llegar encuentran las ahora ruinas de la mansión. Sin mas entrar al lugar comenzaron a explorar, pasillo destruido y lleno de polvo, llegado a esa habitación donde se haya el mal. Esas energías al sentir la presencia de las hermanas, entro a una reliquia, la cual pudieron sentirse atraídas, no se sabe como pero tan pronto como lo tocaron pudieron ver lo qur se enfrentarian. —Eso está mal, debemos irnos. — Imágenes malditas llegaron a sus mentes, ambas corren mientras algo las persigue por los pasillos. Mientras correr una de ellas se lastima, provocando un sangrado, mientras corren, la sangre derramada es vertida eb un pentagrama, ambas quedaron acorraladas.. ¿Será el fin de ellas?.. No, no puede terminar así… —Por favor.. Que alguien nos ayude—. Grito despertada Devola mientras abraza a su hermana. El pentagrama comenzó a brillar y como si trajera a algo o alguien del mismo infierno, una figura comenzó a aparecer. ¿Sera la esperanza o desesperanza? Que ahora llevaran ellas sobre sus espaldas.
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    ||[Rumb1ing] y yo ya planeando todo un metaverso que combine religiones y sean justificables para ser los dioses supremos y sus acordes divisiones en cada plano terrenal.

    Pero si somos una cosa barbara~
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  • • 𝙁𝙪𝙘𝙠, 𝘐'𝘮 𝘱𝘳𝘰𝘤𝘳𝘢𝘴𝘵𝘪𝘯𝘢𝘵𝘪𝘯𝘨 𝘮𝘺 𝘭𝘪𝘧𝘦 𝘢𝘸𝘢𝘺 𝘢𝘨𝘢𝘪𝘯 •

    Trabajar en fin de semana debería ser ilegal. ¿Ah? ¿Lo es en ciertas religiones? Pásenme el crucifijo, o lo que sea que usen
    • 𝙁𝙪𝙘𝙠, 𝘐'𝘮 𝘱𝘳𝘰𝘤𝘳𝘢𝘴𝘵𝘪𝘯𝘢𝘵𝘪𝘯𝘨 𝘮𝘺 𝘭𝘪𝘧𝘦 𝘢𝘸𝘢𝘺 𝘢𝘨𝘢𝘪𝘯 • Trabajar en fin de semana debería ser ilegal. ¿Ah? ¿Lo es en ciertas religiones? Pásenme el crucifijo, o lo que sea que usen
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  • Meses. Eso fue lo que tuve que aguantar. Fingiendo rezar, repitiendo letanías vacías y vistiendo túnicas que olían a polvo y miedo. Me infiltré en una secta religiosa en Europa del Este, un grupo que jugaba a ser santos mientras comerciaban con armas y compraban lealtades de oficiales corruptos. No podía entrar disparando, no podía desaparecerlos a todos… tenía que convertirme en uno de ellos.

    Me hice llamar “hermano Gabriel”. Sonaba irónico, pero funcionó. Me mostré disciplinado, callado, obediente. Ellos lo vieron como fe, cuando en realidad era paciencia. Gané terreno rápido, tanto que el propio líder empezó a confiar en mí. Pobre bastardo.

    En cada ceremonia, usaban un martillo como símbolo de purificación. Lo vi desde el primer día y supe que ese sería el final del falso profeta. Pesado, sólido… letal en las manos correctas. No podía usar armas de fuego, no podía arriesgarme a dejar rastro. Así que esperé.

    La noche llegó durante un ritual privado. Él me llevó a su cámara, rodeada de incienso y símbolos que pretendían inspirar devoción. Se arrodilló frente al altar, dándome la espalda. No dudé. Tomé el martillo y lo levanté. El primer golpe lo silenció. El segundo aseguró que no se levantaría.

    Salí de la sala como si nada hubiera pasado. Para ellos, “hermano Gabriel” había cumplido un acto de fe. Para mí, era solo otro trabajo sucio terminado.

    Nunca recé, nunca lo haré. Pero mientras dejaba atrás las ruinas de aquella secta, me dije lo que siempre he sabido...

    “A veces, un martillo es todo lo que necesitas para derrumbar un imperio.”
    Meses. Eso fue lo que tuve que aguantar. Fingiendo rezar, repitiendo letanías vacías y vistiendo túnicas que olían a polvo y miedo. Me infiltré en una secta religiosa en Europa del Este, un grupo que jugaba a ser santos mientras comerciaban con armas y compraban lealtades de oficiales corruptos. No podía entrar disparando, no podía desaparecerlos a todos… tenía que convertirme en uno de ellos. Me hice llamar “hermano Gabriel”. Sonaba irónico, pero funcionó. Me mostré disciplinado, callado, obediente. Ellos lo vieron como fe, cuando en realidad era paciencia. Gané terreno rápido, tanto que el propio líder empezó a confiar en mí. Pobre bastardo. En cada ceremonia, usaban un martillo como símbolo de purificación. Lo vi desde el primer día y supe que ese sería el final del falso profeta. Pesado, sólido… letal en las manos correctas. No podía usar armas de fuego, no podía arriesgarme a dejar rastro. Así que esperé. La noche llegó durante un ritual privado. Él me llevó a su cámara, rodeada de incienso y símbolos que pretendían inspirar devoción. Se arrodilló frente al altar, dándome la espalda. No dudé. Tomé el martillo y lo levanté. El primer golpe lo silenció. El segundo aseguró que no se levantaría. Salí de la sala como si nada hubiera pasado. Para ellos, “hermano Gabriel” había cumplido un acto de fe. Para mí, era solo otro trabajo sucio terminado. Nunca recé, nunca lo haré. Pero mientras dejaba atrás las ruinas de aquella secta, me dije lo que siempre he sabido... “A veces, un martillo es todo lo que necesitas para derrumbar un imperio.”
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