• Si , supiras lo que siento por ti desde pequeña .... pero de esta manera de "amistad" me cuesta , tanto no decirte lo que mi corazon siente Lancelot que puedo decir,mas cuando me miras de esa manera tuya .
    Si , supiras lo que siento por ti desde pequeña .... pero de esta manera de "amistad" me cuesta , tanto no decirte lo que mi corazon siente Lancelot que puedo decir,mas cuando me miras de esa manera tuya .
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • Vivir en una casa de campo no está tan mal después de todo. Puedo respirar la paz del silencio!

    -casi inmediatamente esa paz se ve interrumpida por los toques insistentes en la puerta principal, lo que me obliga a salir a revisar-
    Vivir en una casa de campo no está tan mal después de todo. Puedo respirar la paz del silencio! -casi inmediatamente esa paz se ve interrumpida por los toques insistentes en la puerta principal, lo que me obliga a salir a revisar-
    Me encocora
    Me gusta
    Me endiabla
    8
    1 turno 0 maullidos
  • Sobran las palabras

    Cuando un sencillo gesto basta,
    La tenue caricia inspira
    Sigue el suspiro que arrastra
    El ardor de la caliente pira

    Que ilumina, guía, luce
    Encendida en lo más profundo
    De dos seres que encontraron cruce
    En este nuestro amplio mundo

    Aquí, ambos engalanados
    Rodeados de pura energía
    Prestan votos de enamorado
    Envueltos en absoluta alegría

    No se pide ningún permiso,
    Para que se produzca el embrace
    Pues no hay mayor compromiso
    Qué obra humana alcance

    Caprichoso el destino quiso
    Henchido de orgullo se complace
    Hoy, en este día preciso
    Todos celebramos su enlace

    Atrás queda lo dudado
    Fuera desdicha y apatía
    Todo está bien posicionado
    Suene deseada sinfonía

    Ecos de voces que se produce
    Cuando el sí suena rotundo
    Hecho que finalmente conduce
    Al matrimonio que queda conjunto

    Brindemos por esta pareja
    Toda gloria, fuera oprobio
    Gritemos con fuerza festeja
    ¡Qué vivan por siempre los novios!

    Sobran las palabras Cuando un sencillo gesto basta, La tenue caricia inspira Sigue el suspiro que arrastra El ardor de la caliente pira Que ilumina, guía, luce Encendida en lo más profundo De dos seres que encontraron cruce En este nuestro amplio mundo Aquí, ambos engalanados Rodeados de pura energía Prestan votos de enamorado Envueltos en absoluta alegría No se pide ningún permiso, Para que se produzca el embrace Pues no hay mayor compromiso Qué obra humana alcance Caprichoso el destino quiso Henchido de orgullo se complace Hoy, en este día preciso Todos celebramos su enlace Atrás queda lo dudado Fuera desdicha y apatía Todo está bien posicionado Suene deseada sinfonía Ecos de voces que se produce Cuando el sí suena rotundo Hecho que finalmente conduce Al matrimonio que queda conjunto Brindemos por esta pareja Toda gloria, fuera oprobio Gritemos con fuerza festeja ¡Qué vivan por siempre los novios!
    0 turnos 0 maullidos
  • Querida Mor Morgana Negrescu

    Querida tardaré en volver a Salem me han surgido varios juicios y debo atenderlos, espero que estéis bien todos.
    Querida Mor 🖤[CxVampiresa13] 💬 Querida tardaré en volver a Salem me han surgido varios juicios y debo atenderlos, espero que estéis bien todos.
    16 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    NP: Lo sabía... Sabía que este momento llegaría...

    "Porfavor, no seas dramático."

    NP: ¡Me estás sustituyendo por esta chatarra!

    Max suspiró con cansancio.

    "Por tercera vez, no te estoy sustituyendo, además, mira el estado en el que está, aún me queda mucho para que pueda siquiera encenderse... Es un invento más, solo eso."

    Nombre Provisional se cruzó de brazos, indignado, y salió con aire solemne del baño del arcade donde Max y él ponían a los inventos y las herramientas.
    NP: Lo sabía... Sabía que este momento llegaría... "Porfavor, no seas dramático." NP: ¡Me estás sustituyendo por esta chatarra! Max suspiró con cansancio. "Por tercera vez, no te estoy sustituyendo, además, mira el estado en el que está, aún me queda mucho para que pueda siquiera encenderse... Es un invento más, solo eso." Nombre Provisional se cruzó de brazos, indignado, y salió con aire solemne del baño del arcade donde Max y él ponían a los inventos y las herramientas.
    0 comentarios 0 compartidos
  • Kazuo fué a la alcoba de la reina 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉 . La mujer que ocupaba sus pensamientos día y noche. Aquella que le arrancaba suspiros sin permiso.

    Este dejó un pequeño Doruma con ojos blancos encima de su mesilla de noche con una nota.

    𝓝𝓸 𝓼𝓮 𝓬𝓾𝓪𝓷𝓭𝓸 𝓬𝓾𝓶𝓹𝓵𝓮𝓼 𝓹𝓻𝓲𝓶𝓪𝓿𝓮𝓻𝓪𝓼, 𝓪𝓼𝓲 𝓺𝓾𝓮 𝓪𝓹𝓻𝓸𝓿𝓮𝓬𝓱𝓪𝓷𝓭𝓸 𝓵𝓪𝓼 𝓶𝓲𝓪𝓼 𝓽𝓮 𝓮𝓷𝓽𝓻𝓮𝓰𝓸 𝓮𝓼𝓽𝓮 𝓹𝓻𝓮𝓼𝓮𝓷𝓽𝓮. 𝓔𝓼𝓽𝓸 𝓮𝓼 𝓾𝓷 𝓓𝓸𝓻𝓾𝓶𝓪. 𝓔𝓷 𝓶𝓲 𝓽𝓲𝓮𝓻𝓻𝓪 𝓼𝓮 𝓮𝓷𝓽𝓻𝓮𝓰𝓪 𝓬𝓸𝓷 𝓵𝓸𝓼 𝓸𝓳𝓸𝓼 𝓫𝓵𝓪𝓷𝓬𝓸𝓼 𝓼𝓲𝓷 𝓹𝓲𝓷𝓽𝓪𝓻. 𝓢𝓮 𝓭𝓲𝓬𝓮 𝓺𝓾𝓮 𝓭𝓮𝓫𝓮𝓼 𝓹𝓮𝓭𝓲𝓻𝓵𝓮 𝓾𝓷 𝓭𝓮𝓼𝓸, 𝔂 𝓺𝓾𝓮 𝓬𝓾𝓪𝓷𝓭𝓸 𝓮𝓼𝓽𝓮 𝓼𝓮 𝓬𝓾𝓶𝓹𝓵𝓪, 𝓭𝓮𝓫𝓮𝓼 𝓹𝓲𝓷𝓽𝓪𝓻 𝓼𝓾𝓼 𝓸𝓳𝓸𝓼 𝓹𝓪𝓻𝓪 𝓺𝓾𝓮 𝓭𝓲𝓬𝓱𝓸 𝓭𝓮𝓼𝓮𝓸 𝓹𝓮𝓻𝓭𝓾𝓻𝓮.

    //Eres una persona increíble. Y aunque haya un mar que nos separe, siempre siento que tengo a una amiga como tú cerca de mí. Aunque nunca hayamos perdido el contacto del todo, tenerte de vuelta me ha dado una alegría inmensa 🥹.Eres y serás siempre mi partner, aunque alguna vez nuestros caminos se separen. Eres alguien a quien quiero mucho y siempre desearé que seas feliz en tu vida. No sé realmente si hoy es tu cumpleaños o el de tu OC, pero de igual forma, te felicito en este día. Porque da igual el día que sea, porque todos los celebro sabiendo que estás ahí .//
    Kazuo fué a la alcoba de la reina [Liz_bloodFlame]. La mujer que ocupaba sus pensamientos día y noche. Aquella que le arrancaba suspiros sin permiso. Este dejó un pequeño Doruma con ojos blancos encima de su mesilla de noche con una nota. 𝓝𝓸 𝓼𝓮 𝓬𝓾𝓪𝓷𝓭𝓸 𝓬𝓾𝓶𝓹𝓵𝓮𝓼 𝓹𝓻𝓲𝓶𝓪𝓿𝓮𝓻𝓪𝓼, 𝓪𝓼𝓲 𝓺𝓾𝓮 𝓪𝓹𝓻𝓸𝓿𝓮𝓬𝓱𝓪𝓷𝓭𝓸 𝓵𝓪𝓼 𝓶𝓲𝓪𝓼 𝓽𝓮 𝓮𝓷𝓽𝓻𝓮𝓰𝓸 𝓮𝓼𝓽𝓮 𝓹𝓻𝓮𝓼𝓮𝓷𝓽𝓮. 𝓔𝓼𝓽𝓸 𝓮𝓼 𝓾𝓷 𝓓𝓸𝓻𝓾𝓶𝓪. 𝓔𝓷 𝓶𝓲 𝓽𝓲𝓮𝓻𝓻𝓪 𝓼𝓮 𝓮𝓷𝓽𝓻𝓮𝓰𝓪 𝓬𝓸𝓷 𝓵𝓸𝓼 𝓸𝓳𝓸𝓼 𝓫𝓵𝓪𝓷𝓬𝓸𝓼 𝓼𝓲𝓷 𝓹𝓲𝓷𝓽𝓪𝓻. 𝓢𝓮 𝓭𝓲𝓬𝓮 𝓺𝓾𝓮 𝓭𝓮𝓫𝓮𝓼 𝓹𝓮𝓭𝓲𝓻𝓵𝓮 𝓾𝓷 𝓭𝓮𝓼𝓸, 𝔂 𝓺𝓾𝓮 𝓬𝓾𝓪𝓷𝓭𝓸 𝓮𝓼𝓽𝓮 𝓼𝓮 𝓬𝓾𝓶𝓹𝓵𝓪, 𝓭𝓮𝓫𝓮𝓼 𝓹𝓲𝓷𝓽𝓪𝓻 𝓼𝓾𝓼 𝓸𝓳𝓸𝓼 𝓹𝓪𝓻𝓪 𝓺𝓾𝓮 𝓭𝓲𝓬𝓱𝓸 𝓭𝓮𝓼𝓮𝓸 𝓹𝓮𝓻𝓭𝓾𝓻𝓮. //Eres una persona increíble. Y aunque haya un mar que nos separe, siempre siento que tengo a una amiga como tú cerca de mí. Aunque nunca hayamos perdido el contacto del todo, tenerte de vuelta me ha dado una alegría inmensa 🥹❣️.Eres y serás siempre mi partner, aunque alguna vez nuestros caminos se separen. Eres alguien a quien quiero mucho y siempre desearé que seas feliz en tu vida. No sé realmente si hoy es tu cumpleaños o el de tu OC, pero de igual forma, te felicito en este día. Porque da igual el día que sea, porque todos los celebro sabiendo que estás ahí ❣️.//
    0 turnos 0 maullidos
  • Un destello dorado rasgó la penumbra rojiza de Ciudad Pentagrama como una estrella cayendo a destiempo. La luz descendió en espiral hasta golpear suavemente el suelo de una calle desierta, levantando polvo carmesí y haciendo vibrar los letreros torcidos de los edificios cercanos.
    Cuando el resplandor se disipó, una figura permanecía en el centro del fulgor moribundo.
    Lucifer Morningstar apareció envuelto únicamente en una toga blanca, la tela cayendo con elegancia imperfecta sobre su cuerpo. Sus pies descalzos tocaron el pavimento caliente mientras sus alas, ausentes por el momento, parecían solo un recuerdo escondido bajo la piel. Parpadeó varias veces, como si la realidad tardara en ajustarse a su mirada.
    Lentamente alzó una mano y observó sus dedos, girando la muñeca con extrañeza. Luego recorrió con la vista su torso, sus brazos, la tela sencilla que lo cubría... como si necesitara asegurarse de que seguía siendo él.
    Su expresión, normalmente segura y teatral, se quebró en una mueca de genuina confusión.

    —...Bueno, eso es nuevo.

    Su voz sonó más baja de lo habitual, áspera por un silencio demasiado largo. Dio un paso tambaleante, mirando alrededor las calles deformadas, los anuncios infernales, el cielo eterno de sangre.

    —Ciudad Pentagrama...

    murmuró, entrecerrando los ojos

    —Entonces sí regresé.

    Llevó una mano a su sien, intentando ordenar recuerdos que se deshacían como humo entre los dedos. El limbo había sido una extensión sin tiempo, sin días, sin noches... solo vacío.
    Su sonrisa apareció débilmente, más nerviosa que encantadora.

    —Ahora la pregunta importante...

    Se miró nuevamente, tocándose el rostro con incredulidad antes de alzar la vista al cielo rojizo.

    —¿Cuánto tiempo demonios me fui?
    Un destello dorado rasgó la penumbra rojiza de Ciudad Pentagrama como una estrella cayendo a destiempo. La luz descendió en espiral hasta golpear suavemente el suelo de una calle desierta, levantando polvo carmesí y haciendo vibrar los letreros torcidos de los edificios cercanos. Cuando el resplandor se disipó, una figura permanecía en el centro del fulgor moribundo. Lucifer Morningstar apareció envuelto únicamente en una toga blanca, la tela cayendo con elegancia imperfecta sobre su cuerpo. Sus pies descalzos tocaron el pavimento caliente mientras sus alas, ausentes por el momento, parecían solo un recuerdo escondido bajo la piel. Parpadeó varias veces, como si la realidad tardara en ajustarse a su mirada. Lentamente alzó una mano y observó sus dedos, girando la muñeca con extrañeza. Luego recorrió con la vista su torso, sus brazos, la tela sencilla que lo cubría... como si necesitara asegurarse de que seguía siendo él. Su expresión, normalmente segura y teatral, se quebró en una mueca de genuina confusión. —...Bueno, eso es nuevo. Su voz sonó más baja de lo habitual, áspera por un silencio demasiado largo. Dio un paso tambaleante, mirando alrededor las calles deformadas, los anuncios infernales, el cielo eterno de sangre. —Ciudad Pentagrama... murmuró, entrecerrando los ojos —Entonces sí regresé. Llevó una mano a su sien, intentando ordenar recuerdos que se deshacían como humo entre los dedos. El limbo había sido una extensión sin tiempo, sin días, sin noches... solo vacío. Su sonrisa apareció débilmente, más nerviosa que encantadora. —Ahora la pregunta importante... Se miró nuevamente, tocándose el rostro con incredulidad antes de alzar la vista al cielo rojizo. —¿Cuánto tiempo demonios me fui?
    Me gusta
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • Espero puedan visitarnos en la posda Tianshan, es un hermoso lugar entre un valle rodeado de grandes montañas, donde se puede respirar tranquilidad.

    Pueden degustar algunos bocadillos tradicionales y tambien hospedarse, seran recibidos como un miembro de la familia.

    Espero lo disfruten.
    Espero puedan visitarnos en la posda Tianshan, es un hermoso lugar entre un valle rodeado de grandes montañas, donde se puede respirar tranquilidad. Pueden degustar algunos bocadillos tradicionales y tambien hospedarse, seran recibidos como un miembro de la familia. Espero lo disfruten.
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Cartas para :
    Ivanna 𝑺𝒑𝒆𝒍𝒍𝒎𝒂𝒏 & Markus De Lioncourt
    Mia Argent & Oliver Williams
    Anne Halliwell & Sergio Williams
    Hermione Turner & Charlie Tunner
    Phoebe Spellman
    James Spellman & Lillith Swan
    Dafne Turner & Castiel Negrescu
    Hope Mikaelson & Dean Winchester
    Akihiko Sanada & Mitsuru Kirijo
    Thomas Williams & Katherine Williams
    Hannah Smith & Robert Crawford
    Alex Roberts & Angelina Granger
    Cartas para : [ThxGreen] & [Thxpocionboy] [Thxhacker13] & [Th_xSnow] [Featherington_cx] & [Williamsb0y] [Witch_CX] & [ThxCatSalem4] [IcexW1] [JSpellman3] & [CxLillith] [ThcxWitcher_13] & [Vampire132] [thetribrid] & [BxbyDriver] [Sanada_Thcx] & [Thxicewoman] [Snowj] & [mrsw1llians] [SmithThc1] & [Crawf1rd] [Blackthcx_2] & [Hunter1girl]
    Me encocora
    4
    0 comentarios 0 compartidos
  • El aroma de una corona perdida
    Fandom Original / Omegaverse / Fantasía Real
    Categoría Drama
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira.

    No era una metáfora.

    Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda.

    Azahar falso.

    Vainilla demasiado pesada.

    Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable.

    Yo lo detestaba.

    Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar.

    Ninguna sabía.

    No de verdad.

    Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro.

    Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar.

    Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino.

    Yo sí.

    Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina.

    La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza.

    Una apariencia perfecta.

    Simple.

    Inofensiva.

    Una cocinera más.

    Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario.

    Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores.

    Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo.

    Supresores.

    Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos.

    Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme.

    Pero mi cuerpo…

    Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes.

    Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil.

    Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta.

    Fallon Croft había caído durante el golpe de estado.

    Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona.

    Una historia limpia.

    Cómoda.

    Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir.

    El problema era que los muertos no deberían sentir.

    Y yo sentía demasiado.

    Sobre todo cuando él aparecía.

    No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido.

    Alfa.

    No un Alfa cualquiera.

    El Heredero de Aethelgard.

    El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político.

    El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades.

    Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo.

    Sólo un segundo.

    Suficiente para traicionarme ante mí misma.

    Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él.

    —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas.

    La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente.

    Casi.

    Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta.

    No lo miré hasta que el agua empezó a temblar.

    Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho.

    Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle.

    Mi Omega reaccionó antes que mi mente.

    Un tirón bajo las costillas.

    Una tensión cálida, antigua, peligrosa.

    Mío.

    Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron.

    No.

    No mío.

    Nada era mío desde hacía un año.

    Ni mi nombre.

    Ni mi corona.

    Ni mi reino.

    Mucho menos él.

    —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana.

    La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración.

    Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado.

    Intentando.

    Porque su presencia volvía torpes a mis supresores.

    Esa era la parte que más me irritaba.

    Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina.

    Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse.

    Deslicé la taza hacia él sobre la mesa.

    —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño.

    Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono.

    Aparté los dedos antes de rozar los suyos.

    Demasiado tarde.

    El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible.

    Por un instante, la cocina desapareció.

    No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas.

    Alfa.

    Mi Alfa.

    La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí.

    No lo hice.

    Una princesa no retrocede.

    Una fugitiva tampoco.

    En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas.

    Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos.

    Podía distinguir un veneno por el olor.

    Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna.

    Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra.

    Y no tenía derecho a intentarlo.

    —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo.

    Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza.

    —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión.

    No era cierto.

    O quizá sí.

    Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría.

    Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina.

    Quise decirle que no dejara que eligieran por él.

    Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena.

    Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar.

    Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta.

    Así que dije otra cosa.

    Algo más seguro.

    Algo que una cocinera podía permitirse.

    —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego.

    Bajé la vista a mis manos.

    Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado.

    Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando.

    Mi postura, cuando olvidaba encorvarme.

    Mi forma de observar las salidas.

    Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión.

    Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas.

    Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto.

    El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo.

    No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados.

    No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris.

    No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia.

    Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido.

    Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo.

    Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían.

    Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad.

    Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío.

    Se sintió peligroso.

    Íntimo.

    Como una puerta cerrándose despacio.

    Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado.

    Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa.

    —No debería quedarse mucho tiempo —susurré.

    La advertencia era para él.

    La súplica, para mí.

    Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior.

    —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas.

    Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse.

    Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida.

    Temió por él.

    Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante.

    En una muerta.

    En mí.

    Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo.

    —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión.

    Hubo una pausa.

    Una demasiado larga.

    La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas.

    Yo no debía decir nada más.

    No debía ofrecerle consuelo.

    No debía darle razones para volver.

    No debía, sobre todo, querer que volviera.

    Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado.

    —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer.

    Dejé la cuchara a un lado.

    Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban.

    —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes.

    Esta vez sí sonreí.

    Apenas.

    Un gesto pequeño, afilado, cansado.

    Y quizá demasiado real.

    Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal.

    Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política.

    Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas.

    Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra.

    Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira. No era una metáfora. Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda. Azahar falso. Vainilla demasiado pesada. Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable. Yo lo detestaba. Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar. Ninguna sabía. No de verdad. Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro. Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar. Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino. Yo sí. Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina. La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza. Una apariencia perfecta. Simple. Inofensiva. Una cocinera más. Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario. Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores. Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo. Supresores. Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos. Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme. Pero mi cuerpo… Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes. Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil. Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta. Fallon Croft había caído durante el golpe de estado. Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona. Una historia limpia. Cómoda. Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir. El problema era que los muertos no deberían sentir. Y yo sentía demasiado. Sobre todo cuando él aparecía. No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido. Alfa. No un Alfa cualquiera. El Heredero de Aethelgard. El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político. El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades. Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo. Sólo un segundo. Suficiente para traicionarme ante mí misma. Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él. —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas. La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente. Casi. Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta. No lo miré hasta que el agua empezó a temblar. Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho. Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle. Mi Omega reaccionó antes que mi mente. Un tirón bajo las costillas. Una tensión cálida, antigua, peligrosa. Mío. Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron. No. No mío. Nada era mío desde hacía un año. Ni mi nombre. Ni mi corona. Ni mi reino. Mucho menos él. —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana. La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración. Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado. Intentando. Porque su presencia volvía torpes a mis supresores. Esa era la parte que más me irritaba. Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina. Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse. Deslicé la taza hacia él sobre la mesa. —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño. Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono. Aparté los dedos antes de rozar los suyos. Demasiado tarde. El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible. Por un instante, la cocina desapareció. No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas. Alfa. Mi Alfa. La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí. No lo hice. Una princesa no retrocede. Una fugitiva tampoco. En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas. Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos. Podía distinguir un veneno por el olor. Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna. Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra. Y no tenía derecho a intentarlo. —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo. Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza. —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión. No era cierto. O quizá sí. Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría. Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina. Quise decirle que no dejara que eligieran por él. Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena. Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar. Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta. Así que dije otra cosa. Algo más seguro. Algo que una cocinera podía permitirse. —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego. Bajé la vista a mis manos. Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado. Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando. Mi postura, cuando olvidaba encorvarme. Mi forma de observar las salidas. Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión. Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas. Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto. El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo. No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados. No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris. No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido. Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo. Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían. Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad. Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío. Se sintió peligroso. Íntimo. Como una puerta cerrándose despacio. Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado. Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa. —No debería quedarse mucho tiempo —susurré. La advertencia era para él. La súplica, para mí. Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior. —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas. Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse. Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida. Temió por él. Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante. En una muerta. En mí. Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo. —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión. Hubo una pausa. Una demasiado larga. La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas. Yo no debía decir nada más. No debía ofrecerle consuelo. No debía darle razones para volver. No debía, sobre todo, querer que volviera. Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado. —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer. Dejé la cuchara a un lado. Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban. —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes. Esta vez sí sonreí. Apenas. Un gesto pequeño, afilado, cansado. Y quizá demasiado real. Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal. Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política. Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas. Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra. Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    100
    Estado
    Disponible
    Me encocora
    Me gusta
    4
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados