• *chibi estaba peleando con un pug gordo para que no le quitara sus chetos* >n<
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  • -Ese día, la androide acaba de regresar de una misión, al fondo se ve un incendio que ella provocó, cuando se enfrentó a una base de máquinas invasoras, ella estaba de regreso a un lugar un tanto tranquilo y seguro por si en el camino se llegaba a encontrar con enemigos.

    Una vez a salvo, 12B le informaria a la comandate que se encuentra en el bunker esperando respuestas de su subordinada, pues hace días atrás, la comandante le dio órdenes de enfrentarse a esos enemigos por suerte a ser modelo de batalla, es capaz de dominar variedad de armas y variedades de estilos de pelea, mientras camina observa el objeto recuperado, seguramente regresará después al bunker a entregarle ese objeto a la comandante *
    -Ese día, la androide acaba de regresar de una misión, al fondo se ve un incendio que ella provocó, cuando se enfrentó a una base de máquinas invasoras, ella estaba de regreso a un lugar un tanto tranquilo y seguro por si en el camino se llegaba a encontrar con enemigos. Una vez a salvo, 12B le informaria a la comandate que se encuentra en el bunker esperando respuestas de su subordinada, pues hace días atrás, la comandante le dio órdenes de enfrentarse a esos enemigos por suerte a ser modelo de batalla, es capaz de dominar variedad de armas y variedades de estilos de pelea, mientras camina observa el objeto recuperado, seguramente regresará después al bunker a entregarle ese objeto a la comandante *
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  • —Ugh... —mira el traje como si Felicia le hubiera traicionado—. Vale, Parker, concéntrate. Es solo un... cambio táctico. Temporal. MUY temporal.

    —He peleado contra alienígenas, robots, villanos con tentáculos y... ¿esto es lo que me derrota?
    —Ugh... —mira el traje como si Felicia le hubiera traicionado—. Vale, Parker, concéntrate. Es solo un... cambio táctico. Temporal. MUY temporal. —He peleado contra alienígenas, robots, villanos con tentáculos y... ¿esto es lo que me derrota?
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  • ──── Bienvenido, aventurero. ¿Necesitas algo? Tengo armas de todos los tipos para ti... Eso si no eres un mago claro, en ese caso no tengo nada para ti, pero ¡los magos no deberían depender de su magia para pelear! así que deberías comprar una daga o un estoque. Seguro te hace ver elegante. ────
    · · ─ ·𖥸· ─ · ·

    𝗞𝗶𝘆𝗼 : 𝗞𝗶𝘆𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗨𝗻𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼 𝟬
    ──── Bienvenido, aventurero. ¿Necesitas algo? Tengo armas de todos los tipos para ti... Eso si no eres un mago claro, en ese caso no tengo nada para ti, pero ¡los magos no deberían depender de su magia para pelear! así que deberías comprar una daga o un estoque. Seguro te hace ver elegante. ──── · · ─ ·𖥸· ─ · · 𝗞𝗶𝘆𝗼 : 𝗞𝗶𝘆𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗨𝗻𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗼 𝟬
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  • El aroma de una corona perdida
    Fandom Original / Omegaverse / Fantasía Real
    Categoría Drama
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira.

    No era una metáfora.

    Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda.

    Azahar falso.

    Vainilla demasiado pesada.

    Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable.

    Yo lo detestaba.

    Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar.

    Ninguna sabía.

    No de verdad.

    Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro.

    Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar.

    Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino.

    Yo sí.

    Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina.

    La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza.

    Una apariencia perfecta.

    Simple.

    Inofensiva.

    Una cocinera más.

    Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario.

    Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores.

    Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo.

    Supresores.

    Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos.

    Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme.

    Pero mi cuerpo…

    Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes.

    Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil.

    Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta.

    Fallon Croft había caído durante el golpe de estado.

    Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona.

    Una historia limpia.

    Cómoda.

    Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir.

    El problema era que los muertos no deberían sentir.

    Y yo sentía demasiado.

    Sobre todo cuando él aparecía.

    No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido.

    Alfa.

    No un Alfa cualquiera.

    El Heredero de Aethelgard.

    El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político.

    El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades.

    Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo.

    Sólo un segundo.

    Suficiente para traicionarme ante mí misma.

    Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él.

    —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas.

    La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente.

    Casi.

    Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta.

    No lo miré hasta que el agua empezó a temblar.

    Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho.

    Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle.

    Mi Omega reaccionó antes que mi mente.

    Un tirón bajo las costillas.

    Una tensión cálida, antigua, peligrosa.

    Mío.

    Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron.

    No.

    No mío.

    Nada era mío desde hacía un año.

    Ni mi nombre.

    Ni mi corona.

    Ni mi reino.

    Mucho menos él.

    —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana.

    La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración.

    Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado.

    Intentando.

    Porque su presencia volvía torpes a mis supresores.

    Esa era la parte que más me irritaba.

    Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina.

    Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse.

    Deslicé la taza hacia él sobre la mesa.

    —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño.

    Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono.

    Aparté los dedos antes de rozar los suyos.

    Demasiado tarde.

    El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible.

    Por un instante, la cocina desapareció.

    No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas.

    Alfa.

    Mi Alfa.

    La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí.

    No lo hice.

    Una princesa no retrocede.

    Una fugitiva tampoco.

    En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas.

    Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos.

    Podía distinguir un veneno por el olor.

    Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna.

    Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra.

    Y no tenía derecho a intentarlo.

    —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo.

    Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza.

    —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión.

    No era cierto.

    O quizá sí.

    Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría.

    Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina.

    Quise decirle que no dejara que eligieran por él.

    Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena.

    Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar.

    Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta.

    Así que dije otra cosa.

    Algo más seguro.

    Algo que una cocinera podía permitirse.

    —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego.

    Bajé la vista a mis manos.

    Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado.

    Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando.

    Mi postura, cuando olvidaba encorvarme.

    Mi forma de observar las salidas.

    Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión.

    Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas.

    Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto.

    El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo.

    No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados.

    No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris.

    No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia.

    Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido.

    Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo.

    Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían.

    Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad.

    Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío.

    Se sintió peligroso.

    Íntimo.

    Como una puerta cerrándose despacio.

    Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado.

    Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa.

    —No debería quedarse mucho tiempo —susurré.

    La advertencia era para él.

    La súplica, para mí.

    Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior.

    —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas.

    Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse.

    Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida.

    Temió por él.

    Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante.

    En una muerta.

    En mí.

    Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo.

    —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión.

    Hubo una pausa.

    Una demasiado larga.

    La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas.

    Yo no debía decir nada más.

    No debía ofrecerle consuelo.

    No debía darle razones para volver.

    No debía, sobre todo, querer que volviera.

    Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado.

    —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer.

    Dejé la cuchara a un lado.

    Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban.

    —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes.

    Esta vez sí sonreí.

    Apenas.

    Un gesto pequeño, afilado, cansado.

    Y quizá demasiado real.

    Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal.

    Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política.

    Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas.

    Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra.

    Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira. No era una metáfora. Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda. Azahar falso. Vainilla demasiado pesada. Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable. Yo lo detestaba. Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar. Ninguna sabía. No de verdad. Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro. Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar. Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino. Yo sí. Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina. La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza. Una apariencia perfecta. Simple. Inofensiva. Una cocinera más. Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario. Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores. Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo. Supresores. Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos. Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme. Pero mi cuerpo… Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes. Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil. Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta. Fallon Croft había caído durante el golpe de estado. Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona. Una historia limpia. Cómoda. Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir. El problema era que los muertos no deberían sentir. Y yo sentía demasiado. Sobre todo cuando él aparecía. No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido. Alfa. No un Alfa cualquiera. El Heredero de Aethelgard. El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político. El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades. Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo. Sólo un segundo. Suficiente para traicionarme ante mí misma. Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él. —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas. La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente. Casi. Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta. No lo miré hasta que el agua empezó a temblar. Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho. Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle. Mi Omega reaccionó antes que mi mente. Un tirón bajo las costillas. Una tensión cálida, antigua, peligrosa. Mío. Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron. No. No mío. Nada era mío desde hacía un año. Ni mi nombre. Ni mi corona. Ni mi reino. Mucho menos él. —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana. La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración. Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado. Intentando. Porque su presencia volvía torpes a mis supresores. Esa era la parte que más me irritaba. Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina. Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse. Deslicé la taza hacia él sobre la mesa. —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño. Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono. Aparté los dedos antes de rozar los suyos. Demasiado tarde. El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible. Por un instante, la cocina desapareció. No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas. Alfa. Mi Alfa. La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí. No lo hice. Una princesa no retrocede. Una fugitiva tampoco. En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas. Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos. Podía distinguir un veneno por el olor. Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna. Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra. Y no tenía derecho a intentarlo. —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo. Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza. —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión. No era cierto. O quizá sí. Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría. Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina. Quise decirle que no dejara que eligieran por él. Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena. Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar. Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta. Así que dije otra cosa. Algo más seguro. Algo que una cocinera podía permitirse. —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego. Bajé la vista a mis manos. Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado. Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando. Mi postura, cuando olvidaba encorvarme. Mi forma de observar las salidas. Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión. Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas. Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto. El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo. No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados. No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris. No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido. Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo. Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían. Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad. Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío. Se sintió peligroso. Íntimo. Como una puerta cerrándose despacio. Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado. Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa. —No debería quedarse mucho tiempo —susurré. La advertencia era para él. La súplica, para mí. Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior. —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas. Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse. Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida. Temió por él. Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante. En una muerta. En mí. Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo. —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión. Hubo una pausa. Una demasiado larga. La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas. Yo no debía decir nada más. No debía ofrecerle consuelo. No debía darle razones para volver. No debía, sobre todo, querer que volviera. Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado. —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer. Dejé la cuchara a un lado. Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban. —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes. Esta vez sí sonreí. Apenas. Un gesto pequeño, afilado, cansado. Y quizá demasiado real. Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal. Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política. Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas. Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra. Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
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    𝐓𝐇𝐄 𝐁𝐎𝐒𝐒 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐀𝐑𝐄𝐍𝐀
    “ 𝘼𝙧𝙚 𝙮𝙤𝙪 𝙡𝙤𝙣𝙚𝙡𝙮 ? “
    ㅤ⠀
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    ㅤ⠀──── ¡¿Tantos años y aún no lo entiendes, Settrigh?! ──── Gritó el mayor acercándose al bastardo gradualmente, apenas la pobre luz del lugar podía dejar en vista la silueta de su ser.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── ¡No te pedí que vinieras! ¡Solo déjame estar solo, maldita sea! ──── Respondió Settrigh, golpeando aún más fuerte el muñeco con el que practicaba.
    ㅤ⠀
    Le molestaban los sermones que venían de el, más aún no podía pensar con claridad al haber perdido aquel combate contra Jack, la ira lo recorría, a pesar de haber perdido, aún quería pelear. Habían apostado algo más allá que simple dinero, lo más importante en aquel mundo de luchadores, el honor.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── Settrigh... Para. ──── Musitó Bingween mientras se posaba a su lado, observandolo en silencio con un rostro preocupado. Después de todo, era como su hijo.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── Déjame... Por favor. ──── Suplico el bastardo mientras lentamente las lágrimas empezaron a recorrer su rostro, un par que habían trazado camino. Limpiaron la suciedad de su rostro, del polvo que había mordido.
    Sus nudillos ya estaban dañados de tanto golpear el muñeco a carne viva, su cuerpo magullado al punto de que si seguía en pie, sus daños tardarían en sanarse un buen tiempo. Había desgarrado sus músculos, su determinación los arrastró.
    ㅤ⠀
    ──── Sabes que sus palabras no valen nada, solamente buscan herirte, ellos lo han hecho desde que eres un cachorro. Lo sabes muy bien. ──── Comentó, manteniendo su postura erguida para pronto acomodar sus gafas. Se acercó al bastardo, agarrando suavemente el dorso de sus manos para detenerlo y así mismo, ver las heridas a profundidad.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── Mamá no lo merece. Solo... Si papá se hubiera quedado, ¿Todo sería normal? ──── Comentó, suspirando suavemente. Siquiera el llanto se percibía, solamente sus lágrimas. El llanto se desgasto a lo largo de su vida.
    ㅤ⠀
    Bingween sabía que nunca Sett aún lidiaba con ese trauma, después de tantos años. Mas aún se esforzaba en tratarlo desde que era un pequeño y simple chico, tratando de sobrevivir. Quizá nunca dejó de ser un cachorro.
    Settrigh apenas lo vio unos segundos... Cerró sus ojos, idiota.
    ㅤ⠀
    ㅤ⠀──── Lo lamento... Maestro. ──── Susurró el bastardo, pronto tomando al mayor en sus brazos para poder atraparlo en un abrazo. Al final, ¿Porque necesitaba a papá? Pensó.
    ㅤ⠀
    Ya tenía un padre a su lado.
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    ㅤ ㅤ ㅤ ㅤ ㅤ⠀ 𝐓𝐇𝐄 𝐁𝐎𝐒𝐒 𝐎𝐅 𝐓𝐇𝐄 𝐀𝐑𝐄𝐍𝐀 “ 𝘼𝙧𝙚 𝙮𝙤𝙪 𝙡𝙤𝙣𝙚𝙡𝙮 ? “ ㅤ⠀ ㅤ⠀ ㅤ⠀ ㅤ⠀──── ¡¿Tantos años y aún no lo entiendes, Settrigh?! ──── Gritó el mayor acercándose al bastardo gradualmente, apenas la pobre luz del lugar podía dejar en vista la silueta de su ser. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── ¡No te pedí que vinieras! ¡Solo déjame estar solo, maldita sea! ──── Respondió Settrigh, golpeando aún más fuerte el muñeco con el que practicaba. ㅤ⠀ Le molestaban los sermones que venían de el, más aún no podía pensar con claridad al haber perdido aquel combate contra Jack, la ira lo recorría, a pesar de haber perdido, aún quería pelear. Habían apostado algo más allá que simple dinero, lo más importante en aquel mundo de luchadores, el honor. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── Settrigh... Para. ──── Musitó Bingween mientras se posaba a su lado, observandolo en silencio con un rostro preocupado. Después de todo, era como su hijo. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── Déjame... Por favor. ──── Suplico el bastardo mientras lentamente las lágrimas empezaron a recorrer su rostro, un par que habían trazado camino. Limpiaron la suciedad de su rostro, del polvo que había mordido. Sus nudillos ya estaban dañados de tanto golpear el muñeco a carne viva, su cuerpo magullado al punto de que si seguía en pie, sus daños tardarían en sanarse un buen tiempo. Había desgarrado sus músculos, su determinación los arrastró. ㅤ⠀ ──── Sabes que sus palabras no valen nada, solamente buscan herirte, ellos lo han hecho desde que eres un cachorro. Lo sabes muy bien. ──── Comentó, manteniendo su postura erguida para pronto acomodar sus gafas. Se acercó al bastardo, agarrando suavemente el dorso de sus manos para detenerlo y así mismo, ver las heridas a profundidad. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── Mamá no lo merece. Solo... Si papá se hubiera quedado, ¿Todo sería normal? ──── Comentó, suspirando suavemente. Siquiera el llanto se percibía, solamente sus lágrimas. El llanto se desgasto a lo largo de su vida. ㅤ⠀ Bingween sabía que nunca Sett aún lidiaba con ese trauma, después de tantos años. Mas aún se esforzaba en tratarlo desde que era un pequeño y simple chico, tratando de sobrevivir. Quizá nunca dejó de ser un cachorro. Settrigh apenas lo vio unos segundos... Cerró sus ojos, idiota. ㅤ⠀ ㅤ⠀──── Lo lamento... Maestro. ──── Susurró el bastardo, pronto tomando al mayor en sus brazos para poder atraparlo en un abrazo. Al final, ¿Porque necesitaba a papá? Pensó. ㅤ⠀ Ya tenía un padre a su lado. ㅤ⠀ ㅤ⠀ ㅤ⠀
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    ***Edad del Caos****
    “El Precio de la Luna”

    Los años habían endurecido al mundo y también a Yen. La que alguna vez fue una niña perdida ahora marchaba al frente de ejércitos. Su nombre ya no se susurraba con duda, sino con respeto entre los Kijin, aquellos que alguna vez fueron nómadas y que ahora habían elegido su propio destino, su propia identidad.

    Yen peleaba a su lado como igual, las campañas contra los Elunai continuaban sin descanso. Ciudad tras ciudad caía, cadenas eran rotas y pueblos enteros recuperaban su libertad. Sin embargo, la libertad no traía siempre valentía. Muchos de los liberados elegían no empuñar armas, y ni Ozma ni Yen los obligaban. No todos nacían para la guerra y ellos lo entendían.

    Pero hubo un lugar distinto, un antiguo centro de investigación. El aire ahí estaba cargado como si la tierra misma recordara el dolor.

    Cuando el asalto comenzó, los Elunai no huyeron de inmediato, activaron su último recurso... Una aberración. De entre los restos del laboratorio emergió algo que alguna vez fue un Nómada. Su cuerpo estaba deformado, cubierto de músculos grotescos, con colmillos que sobresalían como cuchillas y cuernos retorcidos. Su largo cabello blanco caía hasta la cintura como una sombra. En sus manos, un hacha de guerra descomunal.

    No era un soldado, era un experimento. Yen avanzó, por primera vez, el ejército era suyo y no iba a fallar. La batalla fue brutal, cada golpe del monstruo sacudía la tierra. Yen respondía con velocidad y precisión, moviéndose como una sombra bajo la luna invisible del día. Pero aquella cosa no sentía dolor, solo destrucción.

    Porque mientras ella luchaba con técnica, aquella cosa luchaba con puro instinto desatado. Pero entonces... El error llegó en un instante, un movimiento mal calculado, un poder mal canalizado y el castigo fue brutal.

    Su brazo fue arrancado, el dolor indescriptible, sus soldados Kijin dudaron, creyeron su que princesa guerrera iba caer, pero aun así, Yen no retrocedió.

    Algo dentro de ella, ese impulso que siempre la empujaba hacia adelante tomó el control. Junto a Onix, que se mantuvo firme incluso ante el horror, lograron derribar a la criatura y librarla del sufrimiento.

    Pero la victoria no se sintió como tal, los Kijin la llevaron ante Ozma, él percibió algo que lo hizo detenerse. El poder de Yen era grande, demasiado grande para alguien que aún no comprendía lo que tenía.

    Para él, aquello solo significaba una cosa: su hija había crecido y si había crecido, entonces debía ser capaz. Sanó sus heridas pero no su brazo, no fue crueldad, fue convicción.

    Desde su perspectiva, Yen ya tenía todo lo necesario. Si no podía regenerarse era porque aún no lo intentaba de verdad. Porque no había sido llevada al límite correcto.

    Ozma no conocía la verdad, no sabía que el poder de Yen no había crecido de forma natural. Que la bendición lunar, heredada de Selin, había abierto puertas antes de tiempo.

    Le había dado acceso a algo sin enseñarle a usarlo, era como darle a un niño un libro imposible de leer y esperar que entendiera las palabras.

    Yen aceptó la desicion de su padre porque confiaba en él, siempre lo había hecho. Pasaron varios dias para que Yen recuperara su poder agotado, ella sabia lo que tenia hacer, esa noche era la indicada... Pero cuando llegó la luna llena y trató de repetir aquello que una vez mas no hubo respuesta.

    Yen entrenó, intentó, insistió, pero nada. No entendía qué había hecho aquella noche ni cómo volver a hacerlo.

    Por primera vez, su poder no respondía a su voluntad y eso la frustraba más que cualquier herida. Los Kijin, que habían aprendido a observar y adaptarse, comprendieron algo distinto. Ellos no veían a una guerrera fallando veían un problema práctico y lo resolvieron.

    Le dieron un brazo artificial, tosco, hecho con conocimiento robado a los Elunai. No era elegante ni mucho menos perfecto pero funcionaba.

    Cuando Yen lo colocó, sintió el peso, no solo era físico, era la prueba de algo que nunca había enfrentado antes: No bastaba con ser fuerte.

    Había partes de sí misma que aún no entendía y que, por primera vez su crecimiento se había detenido. No por falta de poder sino por falta de guía.
    ***Edad del Caos**** “El Precio de la Luna” Los años habían endurecido al mundo y también a Yen. La que alguna vez fue una niña perdida ahora marchaba al frente de ejércitos. Su nombre ya no se susurraba con duda, sino con respeto entre los Kijin, aquellos que alguna vez fueron nómadas y que ahora habían elegido su propio destino, su propia identidad. Yen peleaba a su lado como igual, las campañas contra los Elunai continuaban sin descanso. Ciudad tras ciudad caía, cadenas eran rotas y pueblos enteros recuperaban su libertad. Sin embargo, la libertad no traía siempre valentía. Muchos de los liberados elegían no empuñar armas, y ni Ozma ni Yen los obligaban. No todos nacían para la guerra y ellos lo entendían. Pero hubo un lugar distinto, un antiguo centro de investigación. El aire ahí estaba cargado como si la tierra misma recordara el dolor. Cuando el asalto comenzó, los Elunai no huyeron de inmediato, activaron su último recurso... Una aberración. De entre los restos del laboratorio emergió algo que alguna vez fue un Nómada. Su cuerpo estaba deformado, cubierto de músculos grotescos, con colmillos que sobresalían como cuchillas y cuernos retorcidos. Su largo cabello blanco caía hasta la cintura como una sombra. En sus manos, un hacha de guerra descomunal. No era un soldado, era un experimento. Yen avanzó, por primera vez, el ejército era suyo y no iba a fallar. La batalla fue brutal, cada golpe del monstruo sacudía la tierra. Yen respondía con velocidad y precisión, moviéndose como una sombra bajo la luna invisible del día. Pero aquella cosa no sentía dolor, solo destrucción. Porque mientras ella luchaba con técnica, aquella cosa luchaba con puro instinto desatado. Pero entonces... El error llegó en un instante, un movimiento mal calculado, un poder mal canalizado y el castigo fue brutal. Su brazo fue arrancado, el dolor indescriptible, sus soldados Kijin dudaron, creyeron su que princesa guerrera iba caer, pero aun así, Yen no retrocedió. Algo dentro de ella, ese impulso que siempre la empujaba hacia adelante tomó el control. Junto a Onix, que se mantuvo firme incluso ante el horror, lograron derribar a la criatura y librarla del sufrimiento. Pero la victoria no se sintió como tal, los Kijin la llevaron ante Ozma, él percibió algo que lo hizo detenerse. El poder de Yen era grande, demasiado grande para alguien que aún no comprendía lo que tenía. Para él, aquello solo significaba una cosa: su hija había crecido y si había crecido, entonces debía ser capaz. Sanó sus heridas pero no su brazo, no fue crueldad, fue convicción. Desde su perspectiva, Yen ya tenía todo lo necesario. Si no podía regenerarse era porque aún no lo intentaba de verdad. Porque no había sido llevada al límite correcto. Ozma no conocía la verdad, no sabía que el poder de Yen no había crecido de forma natural. Que la bendición lunar, heredada de Selin, había abierto puertas antes de tiempo. Le había dado acceso a algo sin enseñarle a usarlo, era como darle a un niño un libro imposible de leer y esperar que entendiera las palabras. Yen aceptó la desicion de su padre porque confiaba en él, siempre lo había hecho. Pasaron varios dias para que Yen recuperara su poder agotado, ella sabia lo que tenia hacer, esa noche era la indicada... Pero cuando llegó la luna llena y trató de repetir aquello que una vez mas no hubo respuesta. Yen entrenó, intentó, insistió, pero nada. No entendía qué había hecho aquella noche ni cómo volver a hacerlo. Por primera vez, su poder no respondía a su voluntad y eso la frustraba más que cualquier herida. Los Kijin, que habían aprendido a observar y adaptarse, comprendieron algo distinto. Ellos no veían a una guerrera fallando veían un problema práctico y lo resolvieron. Le dieron un brazo artificial, tosco, hecho con conocimiento robado a los Elunai. No era elegante ni mucho menos perfecto pero funcionaba. Cuando Yen lo colocó, sintió el peso, no solo era físico, era la prueba de algo que nunca había enfrentado antes: No bastaba con ser fuerte. Había partes de sí misma que aún no entendía y que, por primera vez su crecimiento se había detenido. No por falta de poder sino por falta de guía.
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  • ───── STARTER CALL .ᐟ
    ᅠᅠ ♡ Jason Elaris

    El año diecisiete de la era Genji no trajo ninguna promesa de esperanza, sino más bien una profunda sensación de desdicha. Para quienes vivían en las calles de Kyoto, solo encontraban el hambre que no cesaba y en el miedo constante a que una disputa política terminara en un charco de sangre frente a su puerta. El shogunato se desmoronaba a la vista de todos, incapaz de sostener un país que ya no entendía sus propias reglas, la caída era inminente.
    Sin embargo, esa tarde de 1865, Hijikata no buscaba pelea ni estaba persiguiendo a ningún rebelde.
    Caminaba solo por la orilla del río Kamo mientras el sol comenzaba a bajar, pintando el agua de un rojo apagado que recordaba demasiado a las heridas que vio en sus compañeros. Se sentía demasiado cansado, la patrulla del día se había alargado demasiado y sus pies acusaban el esfuerzo de tantas horas de vigilancia.
    Se había separado de Okita y Saitō después de un intento desastroso de socializar en una taberna cercana. Todo empezó cuando, bajo los efectos del sake y la insistencia de sus compañeros, Hijikata accedió a recitar unos versos con un tono que pretendía ser solemne. El silencio que siguió fue incómodo y los pocos aplausos que recibió sonaron más a lástima que a respeto. Okita, que no soportaba que nadie ignorara el "talento" de su subcomandante, se puso en pie de un salto, gritando que todos en el local eran unos bárbaros sin oído musical.
    ​Mientras Okita empezaba a volcar mesas y a amenazar con moler a palos a medio bar por su falta de cultura, y Saitō se preparaba para la inevitable trifulca, Hijikata aprovechó el caos para escabullirse. Se ajustó el uniforme y salió a la calle con paso rápido, mirando hacia otro lado y fingiendo estar muy interesado en una pared cercana para que nadie lo asociara con los dos locos que estaban destrozando el mobiliario.

    Se detuvo un momento junto a un puente de madera y apoyó las manos en la baranda. El roce de la madera vieja le hizo notar que todavía tenía restos de tinta en los dedos por los documentos que había estado firmando esa mañana. Era un detalle pequeño, pero le recordó lo lejos que estaba de ser el simple campesino que alguna vez fue. Debajo del puente, un par de mujeres trabajaban con sus redes de pesca en un bote pequeño. Se reían por algo que él no alcanzaba a escuchar, compartiendo una complicidad sencilla y cotidiana, Hijikata solo se limitaba a mirar, dejando escapar un suspiro de cansancio.
    Al levantar la vista, el resplandor del atardecer lo obligó a entrecerrar los ojos. En el otro extremo del puente, una silueta se recortaba contra la luz naranja del cielo. Por instinto, enderezó la espalda y ajustó el peso de su katana en la cadera. Su mano derecha bajó unos centímetros, situándose cerca de la empuñadura por pura costumbre.

     ❛ ¿Quién eres? ❜


    ───── STARTER CALL .ᐟ ᅠᅠ ♡ [jay.elaris] El año diecisiete de la era Genji no trajo ninguna promesa de esperanza, sino más bien una profunda sensación de desdicha. Para quienes vivían en las calles de Kyoto, solo encontraban el hambre que no cesaba y en el miedo constante a que una disputa política terminara en un charco de sangre frente a su puerta. El shogunato se desmoronaba a la vista de todos, incapaz de sostener un país que ya no entendía sus propias reglas, la caída era inminente. Sin embargo, esa tarde de 1865, Hijikata no buscaba pelea ni estaba persiguiendo a ningún rebelde. Caminaba solo por la orilla del río Kamo mientras el sol comenzaba a bajar, pintando el agua de un rojo apagado que recordaba demasiado a las heridas que vio en sus compañeros. Se sentía demasiado cansado, la patrulla del día se había alargado demasiado y sus pies acusaban el esfuerzo de tantas horas de vigilancia. Se había separado de Okita y Saitō después de un intento desastroso de socializar en una taberna cercana. Todo empezó cuando, bajo los efectos del sake y la insistencia de sus compañeros, Hijikata accedió a recitar unos versos con un tono que pretendía ser solemne. El silencio que siguió fue incómodo y los pocos aplausos que recibió sonaron más a lástima que a respeto. Okita, que no soportaba que nadie ignorara el "talento" de su subcomandante, se puso en pie de un salto, gritando que todos en el local eran unos bárbaros sin oído musical. ​Mientras Okita empezaba a volcar mesas y a amenazar con moler a palos a medio bar por su falta de cultura, y Saitō se preparaba para la inevitable trifulca, Hijikata aprovechó el caos para escabullirse. Se ajustó el uniforme y salió a la calle con paso rápido, mirando hacia otro lado y fingiendo estar muy interesado en una pared cercana para que nadie lo asociara con los dos locos que estaban destrozando el mobiliario. Se detuvo un momento junto a un puente de madera y apoyó las manos en la baranda. El roce de la madera vieja le hizo notar que todavía tenía restos de tinta en los dedos por los documentos que había estado firmando esa mañana. Era un detalle pequeño, pero le recordó lo lejos que estaba de ser el simple campesino que alguna vez fue. Debajo del puente, un par de mujeres trabajaban con sus redes de pesca en un bote pequeño. Se reían por algo que él no alcanzaba a escuchar, compartiendo una complicidad sencilla y cotidiana, Hijikata solo se limitaba a mirar, dejando escapar un suspiro de cansancio. Al levantar la vista, el resplandor del atardecer lo obligó a entrecerrar los ojos. En el otro extremo del puente, una silueta se recortaba contra la luz naranja del cielo. Por instinto, enderezó la espalda y ajustó el peso de su katana en la cadera. Su mano derecha bajó unos centímetros, situándose cerca de la empuñadura por pura costumbre.  ❛ ¿Quién eres? ❜
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  • ༒𓂀 𝔸𝕝𝕒𝕤𝕥𝕠𝕣 𝕿𝖍𝖊 𝕽𝖆𝖉𝖎𝖔 𝕯𝖊𝖒𝖔𝖓𓂀༒

    León dejó escapar una risa baja al sentir el peso elegante de Alastor acomodado sobre sus piernas, como si aquel sitio le perteneciera por derecho propio. Sus manos se posaron con naturalidad en la cintura ajena, firmes pero cuidadosas, mientras alzaba la vista hacia esa sonrisa eterna que tanto lograba confundirlo

    —Mira nada más… quién diría que terminarías sentado aquí.

    murmuró con ese tono relajado tan suyo, aunque en sus ojos había algo más serio de lo habitual.
    Sus pulgares rozaron lentamente la tela de su traje, casi distraído, antes de suspirar.

    —He peleado contra demasiadas cosas en mi vida, Alastor. Cosas peores de las que cualquiera imaginaría… pero nada me dejó tan fuera de balance como tú.

    León sostuvo su mirada sin apartarse ni un segundo.

    —Desde aquel trato que hicimos no he podido dejar de pensar en ti. En tu voz metiéndose en mi cabeza, en esa forma tuya de aparecer cuando menos lo espero… en cómo logras irritarme y fascinarme al mismo tiempo.

    Una media sonrisa apareció en sus labios mientras acercaba apenas el rostro al suyo.

    —No quiero seguir siendo otro subordinado más en tu lista. No quiero ser solo alguien útil cuando te conviene.

    Sus manos afirmaron suavemente la cintura de Alastor, manteniéndolo cerca.

    —Quiero algo de verdad contigo. Quiero pedirte formalizar esto… que seas mi pareja, y que yo sea algo más para ti que un simple peón.

    León arqueó una ceja, con esa mezcla de encanto y desafío que lo caracterizaba.

    —Así que dime, cariño… ¿hay lugar para mí a tu lado?
    [Alastor_rabbit] León dejó escapar una risa baja al sentir el peso elegante de Alastor acomodado sobre sus piernas, como si aquel sitio le perteneciera por derecho propio. Sus manos se posaron con naturalidad en la cintura ajena, firmes pero cuidadosas, mientras alzaba la vista hacia esa sonrisa eterna que tanto lograba confundirlo —Mira nada más… quién diría que terminarías sentado aquí. murmuró con ese tono relajado tan suyo, aunque en sus ojos había algo más serio de lo habitual. Sus pulgares rozaron lentamente la tela de su traje, casi distraído, antes de suspirar. —He peleado contra demasiadas cosas en mi vida, Alastor. Cosas peores de las que cualquiera imaginaría… pero nada me dejó tan fuera de balance como tú. León sostuvo su mirada sin apartarse ni un segundo. —Desde aquel trato que hicimos no he podido dejar de pensar en ti. En tu voz metiéndose en mi cabeza, en esa forma tuya de aparecer cuando menos lo espero… en cómo logras irritarme y fascinarme al mismo tiempo. Una media sonrisa apareció en sus labios mientras acercaba apenas el rostro al suyo. —No quiero seguir siendo otro subordinado más en tu lista. No quiero ser solo alguien útil cuando te conviene. Sus manos afirmaron suavemente la cintura de Alastor, manteniéndolo cerca. —Quiero algo de verdad contigo. Quiero pedirte formalizar esto… que seas mi pareja, y que yo sea algo más para ti que un simple peón. León arqueó una ceja, con esa mezcla de encanto y desafío que lo caracterizaba. —Así que dime, cariño… ¿hay lugar para mí a tu lado?
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  • —Estoy funcionando con dos horas de sueño, pensamientos intrusivos y una galleta Oreo; estoy listo para pelear contra Dios o convertirme en él.
    —Estoy funcionando con dos horas de sueño, pensamientos intrusivos y una galleta Oreo; estoy listo para pelear contra Dios o convertirme en él.
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