• 𝐿𝑎 𝑃𝑟𝑖𝑚𝑒𝑟𝑎 𝑦 𝐸𝑡𝑒𝑟𝑛𝑎 𝐿𝑙𝑎𝑚𝑎
    Fandom OC
    Categoría Drama
    Ambient: https://youtu.be/reiZrOUYpjY?si=aBIYTpySt-M_Q6_g

    En el claro del bosque antiguo, donde la luz dorada se filtraba entre las hojas como un recuerdo que se niega a morir, Siegmeyer se arrodilló. Su armadura , marcada por el paso de incontables batallas, brillaba débilmente bajo el sol del atardecer. La capa roja, raída y descolorida por el tiempo, caía pesadamente sobre sus hombros. Su gran espada descansaba en su espalda, testigo silencioso de una pena que nunca sanaba.

    Habían pasado más de siglos. Y aun así, el dolor era fresco como la mañana en que la perdió. Su nombre era Liora. Su primer amor. La mujer que le enseñó que un corazón inmortal podía latir con la misma fuerza que uno mortal. La conoció cuando él aún era joven en espíritu, recién bendecido (o maldecido) con la inmortalidad. Ella era una simple sanadora de una aldea fronteriza, cabello castaño que brillaba como miel bajo el sol, ojos verdes llenos de una calidez que hacía que el mundo entero pareciera menos cruel. No era una guerrera, ni una princesa, ni una maga poderosa. Solo era ella y eso bastaba.

    Se enamoraron despacio, como crecen las flores silvestres primero como compañeros, ella curaba sus heridas después de cada batalla, riendo suavemente cuando él intentaba impresionarla con historias de dragones y ejércitos caídos. Eres un tonto Siegmeyer”, le susurraba mientras pasaba sus dedos por su rostro.

    Compartieron años que para él fueron un suspiro. Caminatas por este mismo bosque, noches bajo las estrellas donde ella apoyaba la cabeza en su pecho y soñaba en voz alta con una vida sencilla, una casa pequeña, hijos corriendo entre las flores, envejecer juntos. Siegmeyer nunca tuvo el valor de decirle que él no envejecería. Que mientras ella hablaba de canas y arrugas, él ya sabía que la vería marchitarse.

    La enfermedad llegó sin aviso. Una plaga oscura que ni sus hierbas ni sus oraciones pudieron detener. Siegmeyer lo intentó todo. Cabalgó días enteros en busca de curanderos legendarios, ofreció su propia sangre a dioses que en ese entonces creía, se arrodilló en templos olvidados rogando un milagro, pero nada funcionó.

    En sus últimos días, yacía en la cama de su humilde cabaña, frágil como una hoja seca. Tomó su mano grande y callosa entre las suyas, ya temblorosas y frías.

    —Prométeme algo. —Le dijo con voz débil pero serena—. No dejes que esto te convierta en piedra. Ama de nuevo. Ríe. Vive… por los dos. —

    El caballero que había enfrentado dragones y ejércitos sin temblar, rompió a llorar como un niño.

    —No puedo. — Susurró. — No quiero vivir sin ti. —

    Liora sonrió con esfuerzo, esa sonrisa que siempre lograba calmar sus tormentas internas.

    — Entonces vive por mí. Cada vez que protejas a alguien, cada vez que mires una flor silvestre o escuches el viento entre los árboles… que sea por mí. Yo estaré ahí, en tus recuerdos. No me dejes ir del todo. —

    Murió al amanecer, con la mano aún entrelazada con la de él. Siegmeyer se quedó allí, inmóvil, sosteniendo un cuerpo que ya no era ella. El sol salió igual que siempre, indiferente a su dolor.

    Siglos despues, cuando todo se habia tornado mas oscuro. Las lágrimas caían silenciosas bajo el yelmo. Había tenido otros compañeros desde entonces, y los había amado a cada uno. Pero ella fue la primera. Antes de marcharse, tocó con los dedos la pequeña piedra que había tallado siglos atrás junto al claro, solo un nombre y una frase sencilla.

    “Liora. Mi primer amanecer.”

    || Disculpen lo meloso. ||
    Ambient: https://youtu.be/reiZrOUYpjY?si=aBIYTpySt-M_Q6_g En el claro del bosque antiguo, donde la luz dorada se filtraba entre las hojas como un recuerdo que se niega a morir, Siegmeyer se arrodilló. Su armadura , marcada por el paso de incontables batallas, brillaba débilmente bajo el sol del atardecer. La capa roja, raída y descolorida por el tiempo, caía pesadamente sobre sus hombros. Su gran espada descansaba en su espalda, testigo silencioso de una pena que nunca sanaba. Habían pasado más de siglos. Y aun así, el dolor era fresco como la mañana en que la perdió. Su nombre era Liora. Su primer amor. La mujer que le enseñó que un corazón inmortal podía latir con la misma fuerza que uno mortal. La conoció cuando él aún era joven en espíritu, recién bendecido (o maldecido) con la inmortalidad. Ella era una simple sanadora de una aldea fronteriza, cabello castaño que brillaba como miel bajo el sol, ojos verdes llenos de una calidez que hacía que el mundo entero pareciera menos cruel. No era una guerrera, ni una princesa, ni una maga poderosa. Solo era ella y eso bastaba. Se enamoraron despacio, como crecen las flores silvestres primero como compañeros, ella curaba sus heridas después de cada batalla, riendo suavemente cuando él intentaba impresionarla con historias de dragones y ejércitos caídos. Eres un tonto Siegmeyer”, le susurraba mientras pasaba sus dedos por su rostro. Compartieron años que para él fueron un suspiro. Caminatas por este mismo bosque, noches bajo las estrellas donde ella apoyaba la cabeza en su pecho y soñaba en voz alta con una vida sencilla, una casa pequeña, hijos corriendo entre las flores, envejecer juntos. Siegmeyer nunca tuvo el valor de decirle que él no envejecería. Que mientras ella hablaba de canas y arrugas, él ya sabía que la vería marchitarse. La enfermedad llegó sin aviso. Una plaga oscura que ni sus hierbas ni sus oraciones pudieron detener. Siegmeyer lo intentó todo. Cabalgó días enteros en busca de curanderos legendarios, ofreció su propia sangre a dioses que en ese entonces creía, se arrodilló en templos olvidados rogando un milagro, pero nada funcionó. En sus últimos días, yacía en la cama de su humilde cabaña, frágil como una hoja seca. Tomó su mano grande y callosa entre las suyas, ya temblorosas y frías. —Prométeme algo. —Le dijo con voz débil pero serena—. No dejes que esto te convierta en piedra. Ama de nuevo. Ríe. Vive… por los dos. — El caballero que había enfrentado dragones y ejércitos sin temblar, rompió a llorar como un niño. —No puedo. — Susurró. — No quiero vivir sin ti. — Liora sonrió con esfuerzo, esa sonrisa que siempre lograba calmar sus tormentas internas. — Entonces vive por mí. Cada vez que protejas a alguien, cada vez que mires una flor silvestre o escuches el viento entre los árboles… que sea por mí. Yo estaré ahí, en tus recuerdos. No me dejes ir del todo. — Murió al amanecer, con la mano aún entrelazada con la de él. Siegmeyer se quedó allí, inmóvil, sosteniendo un cuerpo que ya no era ella. El sol salió igual que siempre, indiferente a su dolor. Siglos despues, cuando todo se habia tornado mas oscuro. Las lágrimas caían silenciosas bajo el yelmo. Había tenido otros compañeros desde entonces, y los había amado a cada uno. Pero ella fue la primera. Antes de marcharse, tocó con los dedos la pequeña piedra que había tallado siglos atrás junto al claro, solo un nombre y una frase sencilla. “Liora. Mi primer amanecer.” || Disculpen lo meloso. ||
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  • —Las Crónicas De Fenrir Queen—

    •Capítulo 1: Las heridas que no sanan•

    El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.

    Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.

    Curandero: —Nunca había visto algo parecido.

    Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?

    El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.

    Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.

    Fenrir: —Entonces… puede curarlo?

    La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.

    Curandero: —Lo siento, muchacha.

    Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.

    Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.

    Fenrir: —Tan mal están?

    Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.

    Fenrir: —Puede ayudarme?

    La mujer apartó lentamente la mirada.

    Alquimista: —No.

    Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.

    Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.

    Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?

    Anciano: —No.

    Fenrir: —Y algún alquimista?

    Anciano: —Tampoco.

    Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.

    Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.

    Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.

    Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.

    Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.

    Fenrir: —Parecido?

    Anciano: —Un joven viajero.

    Fenrir: —También está herido?

    El hombre asintió.

    Anciano: —Eso parece.

    No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.

    Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.

    Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.

    Finalmente reuní valor y me acerqué.

    Fenrir: —Puedo sentarme?

    El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.

    Desconocido: —Haz lo que quieras.

    Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.

    Desconocido: —No pareces de aquí.

    Fenrir: —Porque no lo soy.

    Desconocido: —Viajas sola.

    Fenrir: —Sí.

    El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.

    Desconocido: —Qué pasa?

    Fenrir: —Tu brazo.

    Su expresión se endureció ligeramente.

    Desconocido: —Qué ocurre con él?

    Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.

    Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.

    Por primera vez pareció realmente sorprendido.

    Desconocido: —También estás herida?

    Solté una pequeña risa cansada.

    Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.

    El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.

    Desconocido: —Fue un chico?

    Fenrir: —Cómo lo sabes?

    Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.

    Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.

    Fenrir: —Yo no sé quién era.

    Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.

    Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.

    Desconocido: —A mí tampoco.

    La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.

    Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.

    Desconocido: —Porque se rompe.

    Fenrir: —Qué quieres decir?

    Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.

    Bajé la mirada hacia la mesa.

    Fenrir: —Casi me mata.

    El muchacho permaneció unos segundos en silencio.

    Desconocido: —A mí también.

    Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.

    Fuera quien fuese aquel muchacho…
    Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
    —Las Crónicas De Fenrir Queen— •Capítulo 1: Las heridas que no sanan• El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme. Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro. Curandero: —Nunca había visto algo parecido. Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es? El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo. Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo. Fenrir: —Entonces… puede curarlo? La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca. Curandero: —Lo siento, muchacha. Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución. Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando. Fenrir: —Tan mal están? Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves. Fenrir: —Puede ayudarme? La mujer apartó lentamente la mirada. Alquimista: —No. Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo. Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal. Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo? Anciano: —No. Fenrir: —Y algún alquimista? Anciano: —Tampoco. Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar. Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente. Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar. Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido. Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo. Fenrir: —Parecido? Anciano: —Un joven viajero. Fenrir: —También está herido? El hombre asintió. Anciano: —Eso parece. No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo. Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías. Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar. Finalmente reuní valor y me acerqué. Fenrir: —Puedo sentarme? El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder. Desconocido: —Haz lo que quieras. Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo. Desconocido: —No pareces de aquí. Fenrir: —Porque no lo soy. Desconocido: —Viajas sola. Fenrir: —Sí. El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante. Desconocido: —Qué pasa? Fenrir: —Tu brazo. Su expresión se endureció ligeramente. Desconocido: —Qué ocurre con él? Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes. Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío. Por primera vez pareció realmente sorprendido. Desconocido: —También estás herida? Solté una pequeña risa cansada. Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir. El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista. Desconocido: —Fue un chico? Fenrir: —Cómo lo sabes? Desconocido: —Porque a mí me hizo esto. Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido. Fenrir: —Yo no sé quién era. Desconocido: —Yo tampoco sé mucho. Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó. Desconocido: —A mí tampoco. La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar. Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía. Desconocido: —Porque se rompe. Fenrir: —Qué quieres decir? Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor. Bajé la mirada hacia la mesa. Fenrir: —Casi me mata. El muchacho permaneció unos segundos en silencio. Desconocido: —A mí también. Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara. Fuera quien fuese aquel muchacho… Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
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  • ──── Ey, ¿porqué las caras largas? Bueno, es cierto, no ha sido una semana sencilla... las hormigas secuestraron mi última galleta de limón y yo también estuve atrapada en el tráfico que creo que me aprendí los nombres de los conductores de los otros carriles. Pero no se preocupen, esta noche su maga favorita ha llegado para animarlos.

    Afro sonrió, y alzó su sombrero mágico entre sus manitas.

    ──── Normalmente es el mago quien revela que sorpresa se esconde dentro del sombrero. Pero hoy quiero hacer algo diferente. Esta vez, ustedes deciden que va a salir de mi sombrero mágico. ¿Qué será? ¿Un mapache de color rosa? ¿Un dragón de bolsillo? ¿O quizá la factura de la luz? Si sale la factura, gente, no me culpen si yo también salgo corriendo.
    ──── Ey, ¿porqué las caras largas? Bueno, es cierto, no ha sido una semana sencilla... las hormigas secuestraron mi última galleta de limón y yo también estuve atrapada en el tráfico que creo que me aprendí los nombres de los conductores de los otros carriles. Pero no se preocupen, esta noche su maga favorita ha llegado para animarlos. Afro sonrió, y alzó su sombrero mágico entre sus manitas. ──── Normalmente es el mago quien revela que sorpresa se esconde dentro del sombrero. Pero hoy quiero hacer algo diferente. Esta vez, ustedes deciden que va a salir de mi sombrero mágico. ¿Qué será? ¿Un mapache de color rosa? ¿Un dragón de bolsillo? ¿O quizá la factura de la luz? Si sale la factura, gente, no me culpen si yo también salgo corriendo.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    || ¿Debería considerar hacer una ficha? No sé... siento que con la descripción que está en el perfil es suficiente. Pero podría desglosar un poco del lore de Afro y también hacer un apartado para incluir sus poderes como maga psíquica. Por otra parte, siempre me ha resultado más divertido desvelar esas cosas en pequeñas dosis dentro de las tramas... hummm... tendré que pensarlo.
    || ¿Debería considerar hacer una ficha? No sé... siento que con la descripción que está en el perfil es suficiente. Pero podría desglosar un poco del lore de Afro y también hacer un apartado para incluir sus poderes como maga psíquica. Por otra parte, siempre me ha resultado más divertido desvelar esas cosas en pequeñas dosis dentro de las tramas... hummm... tendré que pensarlo. :STK-78:
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • Griffith Ebon

    Cielito, bienvenid a casa,tu novia te ah estado esperando ~

    -la maga oscura lo miraba con deseo -
    [tempest_ruby_whale_263] Cielito, bienvenid a casa,tu novia te ah estado esperando ~ -la maga oscura lo miraba con deseo -
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  • ¿Quién es mi chico lindo?

    Si cariño tu .


    Yo no puedo estar con ustedes chicos, porque está maga oscura tiene dueño,este cuerpecito solo puede ser tocado por uno~
    ¿Quién es mi chico lindo? Si cariño tu . Yo no puedo estar con ustedes chicos, porque está maga oscura tiene dueño,este cuerpecito solo puede ser tocado por uno~
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  • ¿Un baile árabe cielo?
    La maga oscura te puede cautivar con suaves movimientos~

    Una voz suave ,seductora lo cual no se saldrá de tu bella cabecita~
    ¿Un baile árabe cielo? La maga oscura te puede cautivar con suaves movimientos~ Una voz suave ,seductora lo cual no se saldrá de tu bella cabecita~
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ¡POR FAVOR, LEE SI ERES CONOCIDO/AMIGO DEL USER O TE ENCARIÑASTE CON YAKEN!

    Intentaré dar la explicación más completa de mi "probable" abandono de ficrol, aun no decido si irme o no

    La verdad yo llegue a ficrol buscando algo que me gustaba, battle, acción, tramas que no necesariamente deben ser battle, pero si con algo de esfuerzo, originalidad y cariño. Y por un tiempo lo recibí, había un grupo bastante activo de gente que a la par de mi roleaba battle al comienzo, que rolearon conmigo en cuentas anteriores a Yaken
    También se lograban tramas románticas más cómodas, con un cariño mutuo entre los users por ese desarrollo romántico entre los personajes
    Buscaban maneras de hacer que los personajes interactuaran de diversas formas y de verdad se daba aflote todo (cosa que paso con el primer ship de Yaken)

    Pero actualmente en ficrol han sucedido muchas cosas, muchos cambios. El battle casi que desapareció, esos user que dios hacían tramas que eran absoluto cine disminuyeron... Aun hay algunos, lo admito y los admiro por su empeño y amor al Roleplay

    Pero actualmente es más común encontrar tramas flojas... Y seamos sinceros... Los user... Son un problema

    Lo que más encuentras ahora en personajes son mujeres con tetas y culo exageradamente grandes y tipos mamados, chichones o como quieras llamarlos, casi todos priorizando lemon o tramas más sexuales y respuestas vagas

    Sin contar a esos que son multicuentas que rolean con otra cuenta de ellos en roles individuales... Son pocos pero existen

    Esa "magia" que tenía ficrol hace un tiempo era increíble, magia que no se si es que busco mal o es que de verdad es así pero se marchito, se perdió

    Recuerdo antes que solo con decir que buscaba rol llegaban personas que dios eran magas en hacer tramas épicas, inspiradoras y a nivel profesional en tanto originalidad y que te enganchaban... Ahora me ignoran, no responden o los que me piden son los clásicos de "Hola, adiós, *lo saluda*" y desaparecen del rol y no responde nunca

    De mis grandes amigos que aún mantienen ese toque de darle vida a sus roles son 🌸𝒀𝒂𝒆 𝑴𝒊𝒌𝒐 八重神子🌸 , Zack y Santiago (wa no me aparece para mencionar) ...

    Por eso creo que abandonaré Ficrol porque no me parece tan interesante ver lo mismo todos los días de gente buscando tramas sexuales y no otro tipo de tramas más llamativas y buscando impresionar

    Me aburre, me aburrí de eso

    Por eso es que últimamente he roleado más en discord aunque los roles sean más escasos, porque haya si hay gente que busca marcar diferencia, traer vida al Roleplay...

    Extra: Yae nunca me dió esa trama romántica que quería, me dejaba roles colgados pero es muy buena roleplayer
    ¡POR FAVOR, LEE SI ERES CONOCIDO/AMIGO DEL USER O TE ENCARIÑASTE CON YAKEN! Intentaré dar la explicación más completa de mi "probable" abandono de ficrol, aun no decido si irme o no La verdad yo llegue a ficrol buscando algo que me gustaba, battle, acción, tramas que no necesariamente deben ser battle, pero si con algo de esfuerzo, originalidad y cariño. Y por un tiempo lo recibí, había un grupo bastante activo de gente que a la par de mi roleaba battle al comienzo, que rolearon conmigo en cuentas anteriores a Yaken También se lograban tramas románticas más cómodas, con un cariño mutuo entre los users por ese desarrollo romántico entre los personajes Buscaban maneras de hacer que los personajes interactuaran de diversas formas y de verdad se daba aflote todo (cosa que paso con el primer ship de Yaken) Pero actualmente en ficrol han sucedido muchas cosas, muchos cambios. El battle casi que desapareció, esos user que dios hacían tramas que eran absoluto cine disminuyeron... Aun hay algunos, lo admito y los admiro por su empeño y amor al Roleplay Pero actualmente es más común encontrar tramas flojas... Y seamos sinceros... Los user... Son un problema Lo que más encuentras ahora en personajes son mujeres con tetas y culo exageradamente grandes y tipos mamados, chichones o como quieras llamarlos, casi todos priorizando lemon o tramas más sexuales y respuestas vagas Sin contar a esos que son multicuentas que rolean con otra cuenta de ellos en roles individuales... Son pocos pero existen Esa "magia" que tenía ficrol hace un tiempo era increíble, magia que no se si es que busco mal o es que de verdad es así pero se marchito, se perdió Recuerdo antes que solo con decir que buscaba rol llegaban personas que dios eran magas en hacer tramas épicas, inspiradoras y a nivel profesional en tanto originalidad y que te enganchaban... Ahora me ignoran, no responden o los que me piden son los clásicos de "Hola, adiós, *lo saluda*" y desaparecen del rol y no responde nunca De mis grandes amigos que aún mantienen ese toque de darle vida a sus roles son [ripple_lime_bison_158], [Zack25] y Santiago (wa no me aparece para mencionar) ... Por eso creo que abandonaré Ficrol porque no me parece tan interesante ver lo mismo todos los días de gente buscando tramas sexuales y no otro tipo de tramas más llamativas y buscando impresionar Me aburre, me aburrí de eso Por eso es que últimamente he roleado más en discord aunque los roles sean más escasos, porque haya si hay gente que busca marcar diferencia, traer vida al Roleplay... Extra: Yae nunca me dió esa trama romántica que quería, me dejaba roles colgados pero es muy buena roleplayer
    Me entristece
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  • —Recuérdame otra vez ¿Por qué tenemos que ir por esa cosa nosotros?

    Ambos jóvenes caminaban por el árido desierto, el sol abrasador y el viento seco que levantaba la caliente arena hasta sus rostros hacía del camino a su objetivo fuera más complicado de lo que esperaban.

    —Primero, —dice la chica— no es una «cosa» es un artefacto.

    El camino parecía infinito, el calor hacía que el entorno se difuminara a la lejanía.

    —Segundo, —continuaba ella— Si no fuera por la culpa de «alguien» —dijo volteando su rostro hacia él con ojos entrecerrados— no tendríamos que buscar un nuevo catalizador para esta pobre e indefensa maga.

    Una sensación de vergüenza y culpa cosquilleó en el estómago del joven espadachín, sabía que estar en esta situación tan molesta era su culpa, por lo cual no rechistó y siguió su camino.

    —Bueno... supongo que es «en parte» mi culpa.
    —Recuérdame otra vez ¿Por qué tenemos que ir por esa cosa nosotros? Ambos jóvenes caminaban por el árido desierto, el sol abrasador y el viento seco que levantaba la caliente arena hasta sus rostros hacía del camino a su objetivo fuera más complicado de lo que esperaban. —Primero, —dice la chica— no es una «cosa» es un artefacto. El camino parecía infinito, el calor hacía que el entorno se difuminara a la lejanía. —Segundo, —continuaba ella— Si no fuera por la culpa de «alguien» —dijo volteando su rostro hacia él con ojos entrecerrados— no tendríamos que buscar un nuevo catalizador para esta pobre e indefensa maga. Una sensación de vergüenza y culpa cosquilleó en el estómago del joven espadachín, sabía que estar en esta situación tan molesta era su culpa, por lo cual no rechistó y siguió su camino. —Bueno... supongo que es «en parte» mi culpa.
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