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    Esos dientes me recuerdan tanto a alguien...

    —decía soltando una risita divertida mientras acomoda el peso del enorme animal en sus hombros—.

    Te llevaré conmigo. Total, un "perrito" rabioso más en casa no hará ninguna diferencia... solo espero que mi dragoncito no se ponga celoso cuando vea que tú sí te dejas acariciar.
    Esos dientes me recuerdan tanto a alguien... —decía soltando una risita divertida mientras acomoda el peso del enorme animal en sus hombros—. Te llevaré conmigo. Total, un "perrito" rabioso más en casa no hará ninguna diferencia... solo espero que mi dragoncito no se ponga celoso cuando vea que tú sí te dejas acariciar.
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  • ¡Acampada!
    Fandom Free rol
    Categoría Comedia
    Charlie Argent Turner
    Niki Sanada Kirijo
    Mike Spellman
    Laura Williams

    Entre todos hemos reunido los sacos, las tiendas, una nevera para las bebidas frías, unas sillas, luces de colores, una gigantesca manta, repelente para insectos y mosquitos.
    En mi mochila llevó una cajita de cerrillas, botella de agua, un pequeño botiquín (con todo lo necesario), otra manta, algo de ropa térmica.
    También llevábamos una segunda bolsa con la comida.

    Hemos quedado justo en la entrada del bosque que se encuentra al norte, deberemos caminar hasta el lugar donde vamos acampar unos diez minutos.
    [Witcher_cx] [Thxprincessice13] [Mr_Spellman] [ThcLuz_97] Entre todos hemos reunido los sacos, las tiendas, una nevera para las bebidas frías, unas sillas, luces de colores, una gigantesca manta, repelente para insectos y mosquitos. En mi mochila llevó una cajita de cerrillas, botella de agua, un pequeño botiquín (con todo lo necesario), otra manta, algo de ropa térmica. También llevábamos una segunda bolsa con la comida. Hemos quedado justo en la entrada del bosque que se encuentra al norte, deberemos caminar hasta el lugar donde vamos acampar unos diez minutos.
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    Cualquier línea
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  • Italia llama, un nuevo sol
    Fandom Oc propio
    Categoría Romance
    Me desperté antes del amanecer con la sensación de cansancio más grande que alguna vez sentí, llevaba apenas 2 días en Italia y lo que debía ser relajante se sentía tan pesado, ¿talvez estava relajándome más de lo que debía?.

    Aún lo recuerdo el día que decidí irme de vacaciones largas la casa estaba en penumbra y silencio por no decir también que en desastre por tantas maletas, una caja de croquetas medio abierta, una manta doblada, miré a mis hijos —los que no hablan pero lo dicen todo— y supe que no podía dejarlos atrás. Los perros se acomodaron a mi lado como si entendieran que el viaje no era una escapada sino un descanso necesario, un descanso de las pasarelas, un descanso del estrés de la ciudad, del miedo; los gatos, con su indiferencia aristocrática, aceptaron la jaula como un nuevo trono temporal.

    Vine a Italia por muchas razones, y ninguna de ellas era simple. Parte fue por seguridad: vi algo que no debía ver, una imagen que se quedó pegada en la retina y que me obligó a moverme, a cambiar de escenario como quien cambia de piel. Parte fue por necesidad de aire, de distancia, de un lugar donde las calles olieran a pan recién hecho y Gelato dulce y como olvidar el aroma de la pizza recién hecha. Y otra parte, la más pequeña y la más obstinada, fue por una esperanza terca: darme otra oportunidad para creer en lo que creí que ya no existía.

    La casa que alquile por un mes estaba en la costa —una casa con ventanas que miraban al mar y una cocina que pedía ser usada a gritos— .Un mes era tiempo suficiente para observar, para esconderme cuando fuera necesario, para dejar que la ciudad me enseñara sus costumbres, sus colores, sus paisajes cada pequeño detalle. Los primeros días han sido un mapa de pequeñas certezas: la siesta de los gatos en la alfombra, los perros persiguiendo sombras en el jardín, yo aprendiendo a preparar un café que supiera a hogar —salio mal—

    Italia tiene un aire que se mete por los poros. No es solo la brisa salada ni el rumor de las olas; es la manera en que la luz cae sobre las fachadas, cómo los ancianos discuten con pasión sobre cosas que a nadie más le importan, cómo los sabores se vuelven recuerdos instantáneos. Caminé por calles empedradas y sentí que mi pecho se aflojaba, que la tensión que había traído conmigo se disolvía en el aroma del albahaca y el humo de la leña. Me sorprendió lo rápido que el país me aceptó: en dos días ya conocía la ruta al mercado, el bar donde el camarero me llamaba por mi nombre y la panadería que guardaba croissants tibios hasta el mediodía. La ciudad tiene esa capacidad de ofrecer segundas lecturas: lo que fue una herida puede convertirse en una cicatriz con historia.

    Fue así como me encontré, una tarde templada, con un volante en la mano que anunciaba un evento de citas rápidas en un restaurante céntrico. La idea me pareció absurda y, al mismo tiempo, irresistible: cinco minutos por persona, cambio de asiento, risas forzadas y miradas que intentan adivinar lo que el otro no dice. Me reí sola en la cocina mientras los perros me miraban con esa mezcla de reproche y curiosidad que solo ellos saben. “¿Otra vez, Lilian?”, parecía decirme el mayor, con la cabeza ladeada. “Sí”, le respondí en voz baja, como si la palabra tuviera pena y miedo al mismo tiempo.

    La preparación para ese día me hacía sentir nerviosa pues era como si fuera a mi primera cita, no quería disfrazarme de alguien que no era; no necesitaba un traje de gala ni joyas de más. Quería verme como yo, Lilian Carson. Elegí un vestido con un corte sencillo, color marfil con ligeros detalles de flores bordadas. Me peiné con cuidado, dejando que el rubio cayera en ondas que parecían casuales pero dando un toque lindo y coqueto. Me puse un perfume que olía a madera y a flores nocturnas, algo que me recordara a casa y a misterio. Antes de salir, miré a mis hijos: los acaricié uno por uno, les susurré que volvería pronto y que no se preocuparan. Los perros se estiraron, los gatos parpadearon con esa indiferencia que es, en realidad, amor concentrado.

    En el camino al restaurante, sentí un ambiente mágico, cautivante, dulce como si de un nuevo comienzo se tratara, las luces se encendían una a una, y el aire traía conversaciones en italiano que sonaban a música. Llegué con tiempo, porque la impuntualidad es un lujo que no me permito. El local era íntimo: mesas pequeñas, velas que temblaban con la brisa de la puerta, una mezcla de risas nerviosas y copas que tintineaban. Me registré con una sonrisa que no era ni demasiado amplia ni demasiado contenida; era la sonrisa de alguien que ha aprendido a protegerse de las miradas

    Me asignaron una mesa junto a una ventana. Desde allí veía entrar a la gente: hombres y mujeres con historias en los ojos, algunos con la esperanza escrita en la frente, otros con la cautela como armadura al estar estáticos en una esquina del restaurante. El organizador explicó las reglas con voz clara: cinco minutos por encuentro, campana, cambio de asiento. “Cinco minutos para decir lo que importa”, pensé, y me pareció una metáfora perfecta.

    El primer encuentro fue con un hombre que tenía la voz grave y una sonrisa que parecía ensayada. Hablamos de banalidades al principio —trabajo, ciudades favoritas— y luego, cuando la campana sonó, hubo un silencio que no supe llenar. “¿Qué buscas?”, me preguntó, directo no respondí pues una parte de mi sabía que buscaba algo, buscaba esa emoción de enamorarme de nuevo de conocer a alguien, pero también por otra parte tenía el miedo de salir lastimada de nuevo, aún que no respondí el asintió, con esa cortesía que no siempre llega a la sinceridad. Cinco minutos pasan como un latido. Cuando me levanté cambiando de asiento y llevando conmigo un vaso con una vela.

    El segundo encuentro fue distinto. Él tenía manos que hablaban; movía los dedos como si cada gesto fuera una frase. Me contó de su trabajo con una pasión que me recordó a los viejos amores: intensidad sin pretensión. “¿Y tú?”, me preguntó, y yo le hablé de mi viaje, de la casa alquilada, de mis perros y gatos, no quería dar muchos detalles además no hablaba muy buen el Italiano. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y ternura. “Eso suena a una vida con raíces”, dijo. “O a una vida que está aprendiendo a echar raíces”, corregí.

    Hubo un momento, en uno de los cambios, en que me quedé mirando la vela en mi mesa. La llama temblaba y, por un instante, pensé en todas las veces que había huido creyendo que la distancia era la solución. Ahora la distancia me había traído de vuelta a un lugar donde podía elegir. Elegir no es lo mismo que lanzarse; elegir es medir el riesgo y aceptar la posibilidad de caer. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no quería que el miedo decidiera por mí.

    Y nuevamente sonó la campana ... Otra cambio
    Me desperté antes del amanecer con la sensación de cansancio más grande que alguna vez sentí, llevaba apenas 2 días en Italia y lo que debía ser relajante se sentía tan pesado, ¿talvez estava relajándome más de lo que debía?. Aún lo recuerdo el día que decidí irme de vacaciones largas la casa estaba en penumbra y silencio por no decir también que en desastre por tantas maletas, una caja de croquetas medio abierta, una manta doblada, miré a mis hijos —los que no hablan pero lo dicen todo— y supe que no podía dejarlos atrás. Los perros se acomodaron a mi lado como si entendieran que el viaje no era una escapada sino un descanso necesario, un descanso de las pasarelas, un descanso del estrés de la ciudad, del miedo; los gatos, con su indiferencia aristocrática, aceptaron la jaula como un nuevo trono temporal. Vine a Italia por muchas razones, y ninguna de ellas era simple. Parte fue por seguridad: vi algo que no debía ver, una imagen que se quedó pegada en la retina y que me obligó a moverme, a cambiar de escenario como quien cambia de piel. Parte fue por necesidad de aire, de distancia, de un lugar donde las calles olieran a pan recién hecho y Gelato dulce y como olvidar el aroma de la pizza recién hecha. Y otra parte, la más pequeña y la más obstinada, fue por una esperanza terca: darme otra oportunidad para creer en lo que creí que ya no existía. La casa que alquile por un mes estaba en la costa —una casa con ventanas que miraban al mar y una cocina que pedía ser usada a gritos— .Un mes era tiempo suficiente para observar, para esconderme cuando fuera necesario, para dejar que la ciudad me enseñara sus costumbres, sus colores, sus paisajes cada pequeño detalle. Los primeros días han sido un mapa de pequeñas certezas: la siesta de los gatos en la alfombra, los perros persiguiendo sombras en el jardín, yo aprendiendo a preparar un café que supiera a hogar —salio mal— Italia tiene un aire que se mete por los poros. No es solo la brisa salada ni el rumor de las olas; es la manera en que la luz cae sobre las fachadas, cómo los ancianos discuten con pasión sobre cosas que a nadie más le importan, cómo los sabores se vuelven recuerdos instantáneos. Caminé por calles empedradas y sentí que mi pecho se aflojaba, que la tensión que había traído conmigo se disolvía en el aroma del albahaca y el humo de la leña. Me sorprendió lo rápido que el país me aceptó: en dos días ya conocía la ruta al mercado, el bar donde el camarero me llamaba por mi nombre y la panadería que guardaba croissants tibios hasta el mediodía. La ciudad tiene esa capacidad de ofrecer segundas lecturas: lo que fue una herida puede convertirse en una cicatriz con historia. Fue así como me encontré, una tarde templada, con un volante en la mano que anunciaba un evento de citas rápidas en un restaurante céntrico. La idea me pareció absurda y, al mismo tiempo, irresistible: cinco minutos por persona, cambio de asiento, risas forzadas y miradas que intentan adivinar lo que el otro no dice. Me reí sola en la cocina mientras los perros me miraban con esa mezcla de reproche y curiosidad que solo ellos saben. “¿Otra vez, Lilian?”, parecía decirme el mayor, con la cabeza ladeada. “Sí”, le respondí en voz baja, como si la palabra tuviera pena y miedo al mismo tiempo. La preparación para ese día me hacía sentir nerviosa pues era como si fuera a mi primera cita, no quería disfrazarme de alguien que no era; no necesitaba un traje de gala ni joyas de más. Quería verme como yo, Lilian Carson. Elegí un vestido con un corte sencillo, color marfil con ligeros detalles de flores bordadas. Me peiné con cuidado, dejando que el rubio cayera en ondas que parecían casuales pero dando un toque lindo y coqueto. Me puse un perfume que olía a madera y a flores nocturnas, algo que me recordara a casa y a misterio. Antes de salir, miré a mis hijos: los acaricié uno por uno, les susurré que volvería pronto y que no se preocuparan. Los perros se estiraron, los gatos parpadearon con esa indiferencia que es, en realidad, amor concentrado. En el camino al restaurante, sentí un ambiente mágico, cautivante, dulce como si de un nuevo comienzo se tratara, las luces se encendían una a una, y el aire traía conversaciones en italiano que sonaban a música. Llegué con tiempo, porque la impuntualidad es un lujo que no me permito. El local era íntimo: mesas pequeñas, velas que temblaban con la brisa de la puerta, una mezcla de risas nerviosas y copas que tintineaban. Me registré con una sonrisa que no era ni demasiado amplia ni demasiado contenida; era la sonrisa de alguien que ha aprendido a protegerse de las miradas Me asignaron una mesa junto a una ventana. Desde allí veía entrar a la gente: hombres y mujeres con historias en los ojos, algunos con la esperanza escrita en la frente, otros con la cautela como armadura al estar estáticos en una esquina del restaurante. El organizador explicó las reglas con voz clara: cinco minutos por encuentro, campana, cambio de asiento. “Cinco minutos para decir lo que importa”, pensé, y me pareció una metáfora perfecta. El primer encuentro fue con un hombre que tenía la voz grave y una sonrisa que parecía ensayada. Hablamos de banalidades al principio —trabajo, ciudades favoritas— y luego, cuando la campana sonó, hubo un silencio que no supe llenar. “¿Qué buscas?”, me preguntó, directo no respondí pues una parte de mi sabía que buscaba algo, buscaba esa emoción de enamorarme de nuevo de conocer a alguien, pero también por otra parte tenía el miedo de salir lastimada de nuevo, aún que no respondí el asintió, con esa cortesía que no siempre llega a la sinceridad. Cinco minutos pasan como un latido. Cuando me levanté cambiando de asiento y llevando conmigo un vaso con una vela. El segundo encuentro fue distinto. Él tenía manos que hablaban; movía los dedos como si cada gesto fuera una frase. Me contó de su trabajo con una pasión que me recordó a los viejos amores: intensidad sin pretensión. “¿Y tú?”, me preguntó, y yo le hablé de mi viaje, de la casa alquilada, de mis perros y gatos, no quería dar muchos detalles además no hablaba muy buen el Italiano. Sus ojos se abrieron con una mezcla de sorpresa y ternura. “Eso suena a una vida con raíces”, dijo. “O a una vida que está aprendiendo a echar raíces”, corregí. Hubo un momento, en uno de los cambios, en que me quedé mirando la vela en mi mesa. La llama temblaba y, por un instante, pensé en todas las veces que había huido creyendo que la distancia era la solución. Ahora la distancia me había traído de vuelta a un lugar donde podía elegir. Elegir no es lo mismo que lanzarse; elegir es medir el riesgo y aceptar la posibilidad de caer. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, no quería que el miedo decidiera por mí. Y nuevamente sonó la campana ... Otra cambio
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    | Pensamientos del día:
    ¿Por qué a los hombres les encanta enseñar la raya del durazno?
    ¿Está prohibido subirse los calzoncillos más arriba de eso?
    Hombre que se inclina, hombre que se le ve el corredor del alma. (?)
    | Pensamientos del día: ¿Por qué a los hombres les encanta enseñar la raya del durazno? ¿Está prohibido subirse los calzoncillos más arriba de eso? Hombre que se inclina, hombre que se le ve el corredor del alma. (?)
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  • Bienos dias!!!
    Les deseo a todos los presentesss 🩵🫶
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    // eh Hola, me comunico ante todos mis amiguitos roleros

    Nah pero ya enserio, como me he quedado un poco sin ideas de que hacer con el gatito, se me ocurrió hacer una pequeña, dinámica¿ Creo, en el que comenten como llegaron a formar al personaje que están usando ahora, que es lo que más les gusta y que no, o que buscarían añadir, supongo solo para conocerlos un poco más

    X ejemplo, mi personaje del gatito no estaba planeado ser un gatito jajaja, simplemente tenía que agregar una imagen y justo tenía la del gato, la coloqué y rellene los espacios de ficha de rol con la idea que tenía del personaje, que es lo que roleo pero en el avatar del gato; un personaje que haga cualquier cosa sin algún trasfondo en específico y solo me divierta con cosas absurdas, en eso es lo que más me gusta del gatito. Pq a pesar de tener la idea de literalmente "un tipo promedio" (OMG lo dijo) que haya sido un gato y todos me tomarán como un gato le añade algo único a las interacciones, por lo menos a mí me dan más risa.

    Y bueno yá, los estaré leyendo a lo largo del día si puedo, solo no me ignoren pls :'c
    // eh Hola, me comunico ante todos mis amiguitos roleros 🗣️🗣️🗣️ Nah pero ya enserio, como me he quedado un poco sin ideas de que hacer con el gatito, se me ocurrió hacer una pequeña, dinámica¿ Creo, en el que comenten como llegaron a formar al personaje que están usando ahora, que es lo que más les gusta y que no, o que buscarían añadir, supongo solo para conocerlos un poco más X ejemplo, mi personaje del gatito no estaba planeado ser un gatito jajaja, simplemente tenía que agregar una imagen y justo tenía la del gato, la coloqué y rellene los espacios de ficha de rol con la idea que tenía del personaje, que es lo que roleo pero en el avatar del gato; un personaje que haga cualquier cosa sin algún trasfondo en específico y solo me divierta con cosas absurdas, en eso es lo que más me gusta del gatito. Pq a pesar de tener la idea de literalmente "un tipo promedio" (OMG lo dijo) que haya sido un gato y todos me tomarán como un gato le añade algo único a las interacciones, por lo menos a mí me dan más risa. Y bueno yá, los estaré leyendo a lo largo del día si puedo, solo no me ignoren pls :'c
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  • Una tarde de pintura para olvidar los malos momentos...
    -La mujer kryptoniana de dedica a pintar un top con pintura de telas.-
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    //Una disculpa para los que estoy roleando, estoy aprendiendo sobre la app y aveces no me doy cuenta de los mensajes, porque como no llegan las notis de mensajes... Aun asi una disculpa muy grande
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    OIGAN! OIGAN!
    ESTABA PENSANDING. (oh wow, sí piensa la loca pervert)
    ¿Y SI LES PASO MIS CODIGOS DE NH?
    Hacemos una comunidad para compartir los códigos, un "leemos y no juzgamos"
    OIGAN! OIGAN! ESTABA PENSANDING. (oh wow, sí piensa la loca pervert) ¿Y SI LES PASO MIS CODIGOS DE NH? Hacemos una comunidad para compartir los códigos, un "leemos y no juzgamos" :STK-46:
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    Mision Imposible: Que Santiago no aparezca dentro de los primeros 15 post de "populares"
    Obstáculos: Santiago (?)

    Te queremos mucho Santi
    Mision Imposible: Que Santiago no aparezca dentro de los primeros 15 post de "populares" Obstáculos: Santiago (?) Te queremos mucho Santi
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