• Il cibo italiano è deliziosamente unico. Adoro cucinare.
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  • Alessandro viajaba en su lujosa camioneta por las calles de la ciudad camino de la escuela de artes donde trabajaba su amigo, el célebre artista Sebastian Rowe, a quien Alessandro conoció en una exposición de sus obras en una galería de arte en Nápoles donde tanto uno como otro quedaron prendados, el uno del arte del otro y el otro de la belleza del contrario, fue así que básicamente Alessandro se convirtió en la musa de Sebastian y éste a su vez, en confidente y amigo del menor, una amistad que se forjó de una forma en la que ninguno de los dos esperaba. Por esa amistad, Alessandro no podía negarse a nada que éste le pidiera y por eso, ahora se encontraba caminando a paso lento por los pasillos de la universidad en busca de la sala en la que lo esperaba su amigo y sus curiosos alumnos.
    La sala era todo lo que se puede esperar de una escuela de artes, el olor a pintura reinaba en el ambiente, en contraste con el caluroso ambiente de fuera, el interior estaba a la temperatura exacta, ni demasiado frío, ni demasiado caliente, justo como al italiano le gustaba, no pudo evitar sonreír, claro que su amigo lo iba a consentir aunque fuera con el aire acondicionado.
    Sebastian entró en la sala y al ver la esbelta figura de su amigo, lo saludó con gran alegría. Intercambiaron un par de palabras hasta que los alumnos empezaron a llegar y Sebastian le indicó a su amigo y modelo que fuera a su oficina, se quitara la ropa y volviera, y Wang así, lo hizo. Una vez desnudo, salió y ocupó su lugar en el sofá en medio de la sala. Miraba con cierto aburrimiento a su alrededor mientras Sebastian daba indicaciones a los alumnos, notaba que algunos lo miraban con morbo, otros como si jamás hubieran visto a un hombre desnudo, pero él se encontraba perfectamente cómodo con su desnudez. Después de todo, era italiano. Recorrió con su mirada a los alumnos que se encontraban ahí y por un breve instante, se quedó fija en un chico que estaba justo frente a él, era...diferente, probablemente era también asiático por los ojos rasgados y el color blanco lechoso de su piel. Le gustó, era lindo. Lo observó un momento mientras veía cómo se preparaba y después, continúo mirando el resto del lugar que lo rodeaba hasta que le ordenaron quedarse quieto para que los chicos pudieran pintarlo.
    Mike Kim
    Alessandro viajaba en su lujosa camioneta por las calles de la ciudad camino de la escuela de artes donde trabajaba su amigo, el célebre artista Sebastian Rowe, a quien Alessandro conoció en una exposición de sus obras en una galería de arte en Nápoles donde tanto uno como otro quedaron prendados, el uno del arte del otro y el otro de la belleza del contrario, fue así que básicamente Alessandro se convirtió en la musa de Sebastian y éste a su vez, en confidente y amigo del menor, una amistad que se forjó de una forma en la que ninguno de los dos esperaba. Por esa amistad, Alessandro no podía negarse a nada que éste le pidiera y por eso, ahora se encontraba caminando a paso lento por los pasillos de la universidad en busca de la sala en la que lo esperaba su amigo y sus curiosos alumnos. La sala era todo lo que se puede esperar de una escuela de artes, el olor a pintura reinaba en el ambiente, en contraste con el caluroso ambiente de fuera, el interior estaba a la temperatura exacta, ni demasiado frío, ni demasiado caliente, justo como al italiano le gustaba, no pudo evitar sonreír, claro que su amigo lo iba a consentir aunque fuera con el aire acondicionado. Sebastian entró en la sala y al ver la esbelta figura de su amigo, lo saludó con gran alegría. Intercambiaron un par de palabras hasta que los alumnos empezaron a llegar y Sebastian le indicó a su amigo y modelo que fuera a su oficina, se quitara la ropa y volviera, y Wang así, lo hizo. Una vez desnudo, salió y ocupó su lugar en el sofá en medio de la sala. Miraba con cierto aburrimiento a su alrededor mientras Sebastian daba indicaciones a los alumnos, notaba que algunos lo miraban con morbo, otros como si jamás hubieran visto a un hombre desnudo, pero él se encontraba perfectamente cómodo con su desnudez. Después de todo, era italiano. Recorrió con su mirada a los alumnos que se encontraban ahí y por un breve instante, se quedó fija en un chico que estaba justo frente a él, era...diferente, probablemente era también asiático por los ojos rasgados y el color blanco lechoso de su piel. Le gustó, era lindo. Lo observó un momento mientras veía cómo se preparaba y después, continúo mirando el resto del lugar que lo rodeaba hasta que le ordenaron quedarse quieto para que los chicos pudieran pintarlo. [myth_white_ape_407]
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    CURIOSIDADES DE PENÉLOPE GARCÍA
    Algunas de ellas son sacadas de la wiki.
    1) Mantiene una estricta adhesión al "Código Hacker" de conducta.
    2)Es fanática de los juegos MMORPG y de las novelas de Agatha Christie.
    3)Utiliza exclusivamente un sistema operativo basado en Linux en sus computadoras.
    4)No habla español pese que la gente lo crea por su apellido.
    5) Sabe francés y ahora está aprendiendo italiano.
    6)Es vegetaliana.
    7) Tiene una gran variedad de horquillas y diademas de todos los colores.
    8) Está enamorada de Derek Morgan.
    9) No le gusta hacer ejercicio físico.
    10) Trata a Mia como si fuera su hermana menor.
    11) Su contacto de emergencia es Spencer.
    CURIOSIDADES DE PENÉLOPE GARCÍA ⚠️ Algunas de ellas son sacadas de la wiki. 1) Mantiene una estricta adhesión al "Código Hacker" de conducta. 2)Es fanática de los juegos MMORPG y de las novelas de Agatha Christie. 3)Utiliza exclusivamente un sistema operativo basado en Linux en sus computadoras. 4)No habla español pese que la gente lo crea por su apellido. 5) Sabe francés y ahora está aprendiendo italiano. 6)Es vegetaliana. 7) Tiene una gran variedad de horquillas y diademas de todos los colores. 8) Está enamorada de Derek Morgan. 9) No le gusta hacer ejercicio físico. 10) Trata a Mia como si fuera su hermana menor. 11) Su contacto de emergencia es Spencer.
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  • —¿Te arrepientes? —preguntó Clara dando un trago a su vaso y echando una mirada a Kelly.

    Luchianna, aunque no entendía nada, sostuvo suavemente su pajita con dos dedos mientras bebía y alzó la mirada prestando atención a la americana.

    Kelly suspiró.

    -Me siento tonta, creo que todo ha... cambiado. Me hice ilusiones y... Fue todo culpa mía. Soy idiota...

    Clara se apresuró a traducirle rapidamente a Luchianna y la italiana negó con la cabeza. Colocó una mano sobre la de Kelly haciendo que la italiana la mirase. Y, aunque le habló en italiano y en un principio Kelly no entendió demasiado, agradeció la empatía.

    -Non dire così… non sei stupida. —murmuró Luchianna, apretando suavemente su mano.

    Clara sonrió y, con voz suave, tradujo para Kelly, quien miraba a Luchianna con agradecimiento a pesar de haber entendido solo el contexto.

    -Dice que no eres idiota. Que cuando el corazón habla… es normal creer -dijo- Bueno, la última parte es de mi cosecha...

    Kelly bajó la mirada, negando levemente a pesar de la suave sonrisa en sus labios.

    -Pues debería dejar de hacerlo…

    Luchianna negó con más firmeza y añadió algo más, señalando su pecho y luego a Kelly.

    Clara la observó un segundo antes de traducir:

    -Dice que sentir no es el problema. El problema es quien no sabe qué hacer con lo que siente.

    Kelly alzó la vista, sorprendida.

    —¿Eso ha dicho?

    Clara asintió con una pequeña sonrisa.

    Kelly dejó escapar una risa suave, todavia más triste que otra cosa… pero real.
    —¿Te arrepientes? —preguntó Clara dando un trago a su vaso y echando una mirada a Kelly. Luchianna, aunque no entendía nada, sostuvo suavemente su pajita con dos dedos mientras bebía y alzó la mirada prestando atención a la americana. Kelly suspiró. -Me siento tonta, creo que todo ha... cambiado. Me hice ilusiones y... Fue todo culpa mía. Soy idiota... Clara se apresuró a traducirle rapidamente a Luchianna y la italiana negó con la cabeza. Colocó una mano sobre la de Kelly haciendo que la italiana la mirase. Y, aunque le habló en italiano y en un principio Kelly no entendió demasiado, agradeció la empatía. -Non dire così… non sei stupida. —murmuró Luchianna, apretando suavemente su mano. Clara sonrió y, con voz suave, tradujo para Kelly, quien miraba a Luchianna con agradecimiento a pesar de haber entendido solo el contexto. -Dice que no eres idiota. Que cuando el corazón habla… es normal creer -dijo- Bueno, la última parte es de mi cosecha... Kelly bajó la mirada, negando levemente a pesar de la suave sonrisa en sus labios. -Pues debería dejar de hacerlo… Luchianna negó con más firmeza y añadió algo más, señalando su pecho y luego a Kelly. Clara la observó un segundo antes de traducir: -Dice que sentir no es el problema. El problema es quien no sabe qué hacer con lo que siente. Kelly alzó la vista, sorprendida. —¿Eso ha dicho? Clara asintió con una pequeña sonrisa. Kelly dejó escapar una risa suave, todavia más triste que otra cosa… pero real.
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  • #Undíaenlavidade Derek Morgan

    Como cada mañana el despertador suena a las 5:45, salga a correr hasta el parque Northmark, se encuentra tres calles más arriba del barrio donde resido.
    Al regresar a casa me doy una rápida ducha antes de cambiarme de ropa.
    Desde mi cuarto llega el delicioso aroma del café recién hecho y también de la exquisita comida que prepara mi madre, lleva conmigo dos días.
    Aprovechando que finalmente he cogido los quince días de vacaciones que tanto había reemplazado para cogérmelas.
    Quiero pasar más tiempo con la gente que me importa y quiero, además después de lo que presencie en mis dos últimos casos necesitaba alejarme una pequeña temporada del trabajo y también de mis compañeros.

    -¡Echaba de menos tu deliciosa comida!
    Beso la mejilla derecha de mi madre mientras ella sonríe y nos acabamos abrazando, ninguno de los dos nos lo decimos mucho pero nos hemos echado bastante de menos.
    Soy un idiota por no llamarla más a menudo, es cierto que debido a mi trabajo el cuál se lleva la mayor parte de mi tiempo, me complica.
    En realidad es una de las muchas excusas que me pongo y ya no quiero seguir poniendo excusas a la gente que quiero.

    -Había pensado que podríamos salir a comer fuera y dar un paseo por el barrio.

    Sabía que mi idea la iba a encantar, ayer pasamos el día haciendo un picnic en un parque cercano, recordando los viejos tiempos.

    Primero fuimos a comer a uno de los restaurantes Italianos que suelo ir en los pocos días libres que tengo, luego dimos un paseo por el barrio mientras veíamos algunos escaparates y en otras tiendas entramos directamente.

    Llevo todas las bolsas no me importa llevarlas, reconozco que hacía mucho tiempo que no veía a mi madre tan contenta.

    Hicimos una última parada en una licorería, al principio me costó convencerla para que esta noche me dejará cocinar para ella.

    Es cierto que no soy un magnifico chef, pero me defiendo bastante bien.

    En la licorería compre una botella de vino blanco, combina a la perfección con las majestuosas Langosta que acabe preparando a la perfección.

    -¡Esto no lo has cocinado tú!

    Simplemente esbozo una sonrisa a la vez que le sirvo el plato, no me ha sorprendido en absoluto su comentario.

    -Voy a clases de cocina, por favor pruébalo.

    Mientras un poco a regañadientes termina probando mi plato, destapo el corcho de la botella para servirle un poco en su copa.
    -¿Qué te parece?.

    Le falto ponerse a cantar de pura alegría, yo simplemente no puedo dejar de reír, beber y comer, en compañía de la mejor madre del mundo.
    #Undíaenlavidade Derek Morgan Como cada mañana el despertador suena a las 5:45, salga a correr hasta el parque Northmark, se encuentra tres calles más arriba del barrio donde resido. Al regresar a casa me doy una rápida ducha antes de cambiarme de ropa. Desde mi cuarto llega el delicioso aroma del café recién hecho y también de la exquisita comida que prepara mi madre, lleva conmigo dos días. Aprovechando que finalmente he cogido los quince días de vacaciones que tanto había reemplazado para cogérmelas. Quiero pasar más tiempo con la gente que me importa y quiero, además después de lo que presencie en mis dos últimos casos necesitaba alejarme una pequeña temporada del trabajo y también de mis compañeros. -¡Echaba de menos tu deliciosa comida! Beso la mejilla derecha de mi madre mientras ella sonríe y nos acabamos abrazando, ninguno de los dos nos lo decimos mucho pero nos hemos echado bastante de menos. Soy un idiota por no llamarla más a menudo, es cierto que debido a mi trabajo el cuál se lleva la mayor parte de mi tiempo, me complica. En realidad es una de las muchas excusas que me pongo y ya no quiero seguir poniendo excusas a la gente que quiero. -Había pensado que podríamos salir a comer fuera y dar un paseo por el barrio. Sabía que mi idea la iba a encantar, ayer pasamos el día haciendo un picnic en un parque cercano, recordando los viejos tiempos. Primero fuimos a comer a uno de los restaurantes Italianos que suelo ir en los pocos días libres que tengo, luego dimos un paseo por el barrio mientras veíamos algunos escaparates y en otras tiendas entramos directamente. Llevo todas las bolsas no me importa llevarlas, reconozco que hacía mucho tiempo que no veía a mi madre tan contenta. Hicimos una última parada en una licorería, al principio me costó convencerla para que esta noche me dejará cocinar para ella. Es cierto que no soy un magnifico chef, pero me defiendo bastante bien. En la licorería compre una botella de vino blanco, combina a la perfección con las majestuosas Langosta que acabe preparando a la perfección. -¡Esto no lo has cocinado tú! Simplemente esbozo una sonrisa a la vez que le sirvo el plato, no me ha sorprendido en absoluto su comentario. -Voy a clases de cocina, por favor pruébalo. Mientras un poco a regañadientes termina probando mi plato, destapo el corcho de la botella para servirle un poco en su copa. -¿Qué te parece?. Le falto ponerse a cantar de pura alegría, yo simplemente no puedo dejar de reír, beber y comer, en compañía de la mejor madre del mundo.
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  • Lod atardeceres en Italia son hermosos, mañana iré a recorrer el lugar, es mi primera vez aquí, y todo se ve tan hermoso, que bueno que aprendí italiano estoy ansiosa de que me deparará mañana este bello país
    Lod atardeceres en Italia son hermosos, mañana iré a recorrer el lugar, es mi primera vez aquí, y todo se ve tan hermoso, que bueno que aprendí italiano estoy ansiosa de que me deparará mañana este bello país
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • Ojalá no tener que regresar de Italia. Ojalá no ver concluidas aquellas vacaciones. Ojalá no tener que volver a su rutina, a la vida de la que luchaba por escapar.

    Ojalá poder quedarse para siempre bajo el sol de Atrani. Ojalá poder pasear de la mano de Andrea D´amico Grimaldi cada noche. Ojalá hacer realidad esa imagen que el italiano habia apenas esbozado.


    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ #SeductiveSunday

    ㅤㅤㅤㅤㅤ #Personajes3D #3D #Comunidad3D
    Ojalá no tener que regresar de Italia. Ojalá no ver concluidas aquellas vacaciones. Ojalá no tener que volver a su rutina, a la vida de la que luchaba por escapar. Ojalá poder quedarse para siempre bajo el sol de Atrani. Ojalá poder pasear de la mano de [b0dyguard] cada noche. Ojalá hacer realidad esa imagen que el italiano habia apenas esbozado. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ #SeductiveSunday ㅤㅤㅤㅤㅤ #Personajes3D #3D #Comunidad3D
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ;; Hotch ha borrado su cuenta T_T
    Y yo le había abierto starter :(


    —llora en italiano (porque el personaje tiene raíces italianas) —
    ;; Hotch ha borrado su cuenta T_T Y yo le había abierto starter :( —llora en italiano (porque el personaje tiene raíces italianas) —
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  • Aunque tenía que trabajar, se levantó algo tarde aquel día, simplemente estaba cansado. Pero, cuando lo salió lo hizo a tiempo de ver corretear a sus hijos hacia la habitación de de Arackniss, farfullando algo sobre que querían jugar con su Tio Alessio y que se quedase en el hotel.

    Ángel alzó una ceja y es que dudaba que su hermano les hubiera dicho nada. En silencio y dejando espacio los siguió y cuando los niños irrumpieron en la habitacion de Arackniss, se escuchó un gruñido y maldiciones eñ italiano. Al parecer este habia seguido dormido hasta el momento.

    Con cautela se asomó por el marco de la puerta y vió, como Lottie y Rummy ya estaban atosigando lo. El primero con muchas, muchas preguntas y toqueteando sus pertenencias, eñ su mayoría claramente de la mafia familiar, y hasta el sobrero de su Tio se había puesto. Le quedaba cómica,emte perfecto, mientras tanto Lottery, estaba subida a su espalda haciéndole peinaditos. Ángel tuvo que apretar los labios para no estallar en carcajadas al ver el panorama. Por que, por supuesto, Arackniss tenía cara de estar realmente enfadado con el mundo, pese a no oponer resistencia. Su hermano se dió cuenta y lo miró de reojo, con una cara que claramente gritaba:

    “ayúdame” señaló a los niños. Y aunque, Ángel le había dicho a Husk que su hermano no se acercaría a los niños… Técnicamente, ahora eran ellos los que se habían abalanzado sobre él, así que se encogió de hombros con una sonrisa y se fue a trabajar de un excelente humor.
    Aunque tenía que trabajar, se levantó algo tarde aquel día, simplemente estaba cansado. Pero, cuando lo salió lo hizo a tiempo de ver corretear a sus hijos hacia la habitación de de Arackniss, farfullando algo sobre que querían jugar con su Tio Alessio y que se quedase en el hotel. Ángel alzó una ceja y es que dudaba que su hermano les hubiera dicho nada. En silencio y dejando espacio los siguió y cuando los niños irrumpieron en la habitacion de Arackniss, se escuchó un gruñido y maldiciones eñ italiano. Al parecer este habia seguido dormido hasta el momento. Con cautela se asomó por el marco de la puerta y vió, como Lottie y Rummy ya estaban atosigando lo. El primero con muchas, muchas preguntas y toqueteando sus pertenencias, eñ su mayoría claramente de la mafia familiar, y hasta el sobrero de su Tio se había puesto. Le quedaba cómica,emte perfecto, mientras tanto Lottery, estaba subida a su espalda haciéndole peinaditos. Ángel tuvo que apretar los labios para no estallar en carcajadas al ver el panorama. Por que, por supuesto, Arackniss tenía cara de estar realmente enfadado con el mundo, pese a no oponer resistencia. Su hermano se dió cuenta y lo miró de reojo, con una cara que claramente gritaba: “ayúdame” señaló a los niños. Y aunque, Ángel le había dicho a Husk que su hermano no se acercaría a los niños… Técnicamente, ahora eran ellos los que se habían abalanzado sobre él, así que se encogió de hombros con una sonrisa y se fue a trabajar de un excelente humor.
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