El anciano mago estaba sentado en una roca, con la mirada perdida en el suelo polvoriento de la pradera. Sus manos temblaban levemente mientras repasaba en su mente los fragmentos de un conjuro que, por alguna razón, ya no podía recordar. Su túnica, antaño majestuosa, estaba raída por los años y su sombrero ladeado le daba un aire de hombre perdido en su propio tiempo.
Ghost apareció detrás de él, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa en el rostro.
—Vaya, vaya… parece que alguien ha olvidado las llaves de su casa.
El mago levantó la vista con un sobresalto, entrecerrando los ojos para ver mejor a la figura de cabello naranja que le sonreía con aire despreocupado.
—¿Quién eres tú? —preguntó con voz áspera.
—Ghost. Un amigo de los que se pierden —respondió, sentándose a su lado—. Y tú, si no me equivoco, eres un hechicero que olvidó cómo abrir su propio portal.
El anciano suspiró con frustración.
—Es ridículo… He viajado por dimensiones enteras, lanzado hechizos que podrían hacer temblar montañas, pero este… este simple conjuro se me ha escapado. Como si mi mente se negara a recordarlo.
Ghost apoyó un codo en su rodilla y se inclinó hacia él.
—La memoria es caprichosa, especialmente cuando la mente se llena de dudas. Pero dime, ¿qué recuerdas del hechizo?
El mago cerró los ojos, frunciendo el ceño.
—Era… algo sobre llamas azules… y un círculo en espiral…
Ghost chasqueó los dedos.
—¡Ah! Un portal de llamas frías. Buen gusto. Pero dime, cuando lo aprendiste, ¿qué sentiste?
El mago abrió los ojos, confundido.
—¿Sentir? No sé… emoción, supongo. Era joven, impetuoso. Lo aprendí para poder escapar de un maestro que… bueno, que no quería que me fuera.
Ghost se rió suavemente.
—Ahí lo tienes. No es que lo hayas olvidado… es que ya no eres el mismo joven impetuoso de antes. Tu mente lo bloqueó porque ya no eres alguien que huye.
El mago frunció el ceño y Ghost le dio un golpecito en la frente con el dedo índice.
—Pero recuerda, la magia no es solo palabras y símbolos. Es emoción, es instinto. No pienses en el hechizo. Siente el momento en el que lo aprendiste.
El anciano respiró hondo y cerró los ojos de nuevo. Sus dedos empezaron a moverse, dibujando en el aire un círculo que brillaba con un resplandor azul pálido. Ghost observó con una sonrisa cuando el aire frente a ellos comenzó a retorcerse y, de repente, un portal de llamas frías se abrió frente a ellos.
El mago lo miró con asombro.
—Lo recordé…
Ghost se puso de pie y le tendió la mano.
—No lo recordaste. Lo volviste a encontrar dentro de ti.
El anciano tomó su mano y se levantó con dificultad. Miró el portal y luego a Ghost con gratitud.
—Gracias.
Ghost se encogió de hombros con una sonrisa juguetona.
—Es mi especialidad. Ahora, antes de que se cierre… ¿o acaso quieres quedarte aquí a tomar el té conmigo?
El mago rió y, con una última mirada de respeto, cruzó el portal. Cuando desapareció, Ghost suspiró y miró el cielo dorado de la pradera.
—Uno más que encuentra su camino… Ahora, ¿quién sigue?
Antes de que el portal se cerrara por completo, Ghost alzó una mano en despedida y, con una sonrisa ladeada, dijo en un tono relajado:
—じゃあな、魔法使いさん。(Jā na, mahōtsukai-san.)
El resplandor azul del portal parpadeó una última vez antes de desvanecerse en la nada.
El anciano mago estaba sentado en una roca, con la mirada perdida en el suelo polvoriento de la pradera. Sus manos temblaban levemente mientras repasaba en su mente los fragmentos de un conjuro que, por alguna razón, ya no podía recordar. Su túnica, antaño majestuosa, estaba raída por los años y su sombrero ladeado le daba un aire de hombre perdido en su propio tiempo.
Ghost apareció detrás de él, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa en el rostro.
—Vaya, vaya… parece que alguien ha olvidado las llaves de su casa.
El mago levantó la vista con un sobresalto, entrecerrando los ojos para ver mejor a la figura de cabello naranja que le sonreía con aire despreocupado.
—¿Quién eres tú? —preguntó con voz áspera.
—Ghost. Un amigo de los que se pierden —respondió, sentándose a su lado—. Y tú, si no me equivoco, eres un hechicero que olvidó cómo abrir su propio portal.
El anciano suspiró con frustración.
—Es ridículo… He viajado por dimensiones enteras, lanzado hechizos que podrían hacer temblar montañas, pero este… este simple conjuro se me ha escapado. Como si mi mente se negara a recordarlo.
Ghost apoyó un codo en su rodilla y se inclinó hacia él.
—La memoria es caprichosa, especialmente cuando la mente se llena de dudas. Pero dime, ¿qué recuerdas del hechizo?
El mago cerró los ojos, frunciendo el ceño.
—Era… algo sobre llamas azules… y un círculo en espiral…
Ghost chasqueó los dedos.
—¡Ah! Un portal de llamas frías. Buen gusto. Pero dime, cuando lo aprendiste, ¿qué sentiste?
El mago abrió los ojos, confundido.
—¿Sentir? No sé… emoción, supongo. Era joven, impetuoso. Lo aprendí para poder escapar de un maestro que… bueno, que no quería que me fuera.
Ghost se rió suavemente.
—Ahí lo tienes. No es que lo hayas olvidado… es que ya no eres el mismo joven impetuoso de antes. Tu mente lo bloqueó porque ya no eres alguien que huye.
El mago frunció el ceño y Ghost le dio un golpecito en la frente con el dedo índice.
—Pero recuerda, la magia no es solo palabras y símbolos. Es emoción, es instinto. No pienses en el hechizo. Siente el momento en el que lo aprendiste.
El anciano respiró hondo y cerró los ojos de nuevo. Sus dedos empezaron a moverse, dibujando en el aire un círculo que brillaba con un resplandor azul pálido. Ghost observó con una sonrisa cuando el aire frente a ellos comenzó a retorcerse y, de repente, un portal de llamas frías se abrió frente a ellos.
El mago lo miró con asombro.
—Lo recordé…
Ghost se puso de pie y le tendió la mano.
—No lo recordaste. Lo volviste a encontrar dentro de ti.
El anciano tomó su mano y se levantó con dificultad. Miró el portal y luego a Ghost con gratitud.
—Gracias.
Ghost se encogió de hombros con una sonrisa juguetona.
—Es mi especialidad. Ahora, antes de que se cierre… ¿o acaso quieres quedarte aquí a tomar el té conmigo?
El mago rió y, con una última mirada de respeto, cruzó el portal. Cuando desapareció, Ghost suspiró y miró el cielo dorado de la pradera.
—Uno más que encuentra su camino… Ahora, ¿quién sigue?
Antes de que el portal se cerrara por completo, Ghost alzó una mano en despedida y, con una sonrisa ladeada, dijo en un tono relajado:
—じゃあな、魔法使いさん。(Jā na, mahōtsukai-san.)
El resplandor azul del portal parpadeó una última vez antes de desvanecerse en la nada.