• ℂ𝖑𝖆𝖚𝖉𝖊 ♱

    Era una noche como cualquier otra, una donde el club estaba lleno de vida y donde todo tipo de transacciones ocurrían: algunas a voluntad propia, otras a la fuerza. Pero todo era lo "normal" ahí dentro.

    Había una mezcla de aromas que, las primeras veces, hicieron que Oriana quisiera vomitar de inmediato. Alcohol, perfumes demasiado dulces, cigarro, incluso algo más primitivo y desagradable: olores que debían permanecer en la intimidad y no mezclarse con el aire de un salón abarrotado. Pero, hoy en día, ella ya no reaccionaba. Había logrado el entumecer sensaciones con el pasar de los años, aunque casi siempre con ayuda.

    Estaba sentada junto a quien solían llamar Niko, uno de los hombres importantes de la organización, y estos estaban haciendo lo que querían aprovechando que el jefe no estaba presente en esa ocasión.

    Los ojos violeta de la chica permanecían perdidos entre las luces de colores que parpadeaban de forma intermitente sobre el salón. La música que retumbaba por todas partes había dejado de tener sentido hacía rato, la escuchaba distante, sin mencionar las voces de los sujetos alrededor de la mesa que parecían estar festejando mientras también se discutían ciertos negocios. El tráfico de armas, drogas, personas... todo lo que hizo que Oriana cayera en ese infierno por un descuido.

    Pero, entre conversaciones, también se escapaban nombres, no siempre completos, a veces alias. En ocasiones podía recordarlos bien, otras esos recuerdos eran muy difusos, pero siempre tenía que fingir que no escuchaba nada si quería mantenerse con vida.

    Mientras tanto, sostenía una copa en su mano izquierda. Ni siquiera dio un sorbo al líquido, el efecto de otras sustancias había empezado a actuar en su sistema y la hundía lentamente en la sensación de desconexión qje tanto necesitaba para soportar noches difíciles. Movía apenas la copa, ya sin sentir sus dedos.

    -¿Pero no será un problema si se da cuenta de que ese adelanto será sustraído de la cuenta? -preguntó uno de los hombres, a lo que una carcajada siguió por parte del que estaba al lado de la pelinegra.

    -Nah, tendrá otras cosas que hacer y de todos modos se verá reflejado demasiado tarde. El jefe dijo que para cuando lo note nosotros ya habremos cambiado de ubicación. Mientras, nos hizo el trabajo gratis. -volvió a reír antes de descansar la mano en el muslo de la joven. Ella la sintió pesada y más como si fueran garras que dedos, clavándose en su carne.

    Bajó la vista de a poco, fijándose en los rostros que conocía, pero ya se veían borrosos, algunos más que otros. Y, aunque no entendió demasiado, supo identificar que algo no andaba bien. Había una tensión e incomodidad entre ellos que se le podría pegar a ella si no fuera porque estaba más bien ida.

    Antes de que la conversación cambiara ocurrió algo raro: la radio que otro de ellos tenía sonó. Pareció que alguien intentaría hablar del otro lado, pero después se escuchó una estática que, si bien duró pocos segundos, fue suficiente para dejar a todos callados.

    -¿Qué mierda fue eso?

    -Nada, seguro uno de estos tarados apretó sin querer el comunicador. Da igual... -pero no daba igual, en realidad. Pronto descubrirían que el tiro les había salido por la culata.
    [SclopetariusNox.txt] Era una noche como cualquier otra, una donde el club estaba lleno de vida y donde todo tipo de transacciones ocurrían: algunas a voluntad propia, otras a la fuerza. Pero todo era lo "normal" ahí dentro. Había una mezcla de aromas que, las primeras veces, hicieron que Oriana quisiera vomitar de inmediato. Alcohol, perfumes demasiado dulces, cigarro, incluso algo más primitivo y desagradable: olores que debían permanecer en la intimidad y no mezclarse con el aire de un salón abarrotado. Pero, hoy en día, ella ya no reaccionaba. Había logrado el entumecer sensaciones con el pasar de los años, aunque casi siempre con ayuda. Estaba sentada junto a quien solían llamar Niko, uno de los hombres importantes de la organización, y estos estaban haciendo lo que querían aprovechando que el jefe no estaba presente en esa ocasión. Los ojos violeta de la chica permanecían perdidos entre las luces de colores que parpadeaban de forma intermitente sobre el salón. La música que retumbaba por todas partes había dejado de tener sentido hacía rato, la escuchaba distante, sin mencionar las voces de los sujetos alrededor de la mesa que parecían estar festejando mientras también se discutían ciertos negocios. El tráfico de armas, drogas, personas... todo lo que hizo que Oriana cayera en ese infierno por un descuido. Pero, entre conversaciones, también se escapaban nombres, no siempre completos, a veces alias. En ocasiones podía recordarlos bien, otras esos recuerdos eran muy difusos, pero siempre tenía que fingir que no escuchaba nada si quería mantenerse con vida. Mientras tanto, sostenía una copa en su mano izquierda. Ni siquiera dio un sorbo al líquido, el efecto de otras sustancias había empezado a actuar en su sistema y la hundía lentamente en la sensación de desconexión qje tanto necesitaba para soportar noches difíciles. Movía apenas la copa, ya sin sentir sus dedos. -¿Pero no será un problema si se da cuenta de que ese adelanto será sustraído de la cuenta? -preguntó uno de los hombres, a lo que una carcajada siguió por parte del que estaba al lado de la pelinegra. -Nah, tendrá otras cosas que hacer y de todos modos se verá reflejado demasiado tarde. El jefe dijo que para cuando lo note nosotros ya habremos cambiado de ubicación. Mientras, nos hizo el trabajo gratis. -volvió a reír antes de descansar la mano en el muslo de la joven. Ella la sintió pesada y más como si fueran garras que dedos, clavándose en su carne. Bajó la vista de a poco, fijándose en los rostros que conocía, pero ya se veían borrosos, algunos más que otros. Y, aunque no entendió demasiado, supo identificar que algo no andaba bien. Había una tensión e incomodidad entre ellos que se le podría pegar a ella si no fuera porque estaba más bien ida. Antes de que la conversación cambiara ocurrió algo raro: la radio que otro de ellos tenía sonó. Pareció que alguien intentaría hablar del otro lado, pero después se escuchó una estática que, si bien duró pocos segundos, fue suficiente para dejar a todos callados. -¿Qué mierda fue eso? -Nada, seguro uno de estos tarados apretó sin querer el comunicador. Da igual... -pero no daba igual, en realidad. Pronto descubrirían que el tiro les había salido por la culata.
    Me encocora
    Me shockea
    3
    1 turno 0 maullidos
  • ❛‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ 𝑨𝑼: 𝑫𝑨𝑹𝑲 𝑭𝑨𝑵𝑻𝑨𝑺𝒀/𝑺𝑶𝑼𝑳𝑺𝑩𝑶𝑹𝑵𝑬



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ❝𝑂𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑓𝑜𝑜𝑡𝑠𝑡𝑒𝑝𝑠 𝑡𝘩𝑎𝑡 𝑤𝑒𝑟𝑒 𝑛𝑒𝑣𝑒𝑟 𝑓𝑜𝑢𝑛𝑑❞

    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎



    ‎❛ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola.

    Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta.

    Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos.

    Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna.

    𝘘𝘶𝘪𝘻𝘢́ 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘳𝘦𝘴𝘶𝘭𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘧𝘰𝘳𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦.

    Existe un relato de un joven caballero que preguntó por qué seguían cargando aquellas lámparas si la mayoría de ellos podía orientarse incluso en completa oscuridad. Su maestro observó el sello ardiendo durante un largo rato, en silencio. La luz danzaba lánguida sobre el hierro ennegrecido de sus guanteletes, reflejándose en las cicatrices que cruzaban sus manos.

    —𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒𝑟 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑎 —respondió el hombre.

    El joven creyó que se trataba de una metáfora. Los jóvenes suelen creer eso, y confunden sabiduría con poesía.

    Años después fue enviado más allá de los últimos caminos conocidos, a una región donde los bosques crecían sobre ciudades olvidadas y ruinas que se hundían lentamente bajo raíces negras. Allí encontró aldeas vacías, mesas preparadas para personas que jamás regresarían y cunas meciéndose en habitaciones donde no quedaba nadie a quien dormir.

    Cada noche escuchaba pasos detrás de él. Jamás delante, siempre atrás y a la misma distancia. Esperando.

    Intentó ignorarlos durante días. Luego durante semanas, y cuando finalmente reunió el valor para girarse, no encontró nada. Sólo árboles inmóviles y niebla. Sin embargo, al amanecer descubría huellas rodeando su campamento. Demasiado grandes para un hombre y demasiado humanas para una bestia.

    Y aún así continuó avanzando. Porque esa era la tragedia de los Vaeltaja; no eran héroes. Los héroes tienen la posibilidad de regresar. Ellos tenían la obligación de seguir caminando.

    Décadas más tarde volvió a Vargfjall. El cabello se había vuelto gris bajo el casco y la lámpara seguía ardiendo exactamente igual que el primer día. Los pocos hermanos que aún permanecían con vida preguntaron qué había encontrado en aquellas tierras. El hombre permaneció largo rato observando la llama, inmóvil.

    Luego respondió:

    —𝐿𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑛𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟𝑛𝑜𝑠.

    Nadie habló. La lámpara continuó brillando entre sus manos.

    —𝐴 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑒.

    Jamás explicó qué significaban aquellas palabras. Jamás volvió a abandonar la fortaleza. Y cuando murió, encontraron la lámpara todavía encendida junto a su cuerpo, aunque el sello que la alimentaba se había consumido hacía años. Desde entonces, cuando los viajeros ven una luz solitaria moviéndose entre los bosques durante la noche, procuran no seguirla.

    No por miedo al Vaeltaja, sino porque existe una vieja creencia en Vargfjall:

    𝑆𝑖 𝑢𝑛𝑎 𝑙𝑢𝑧 𝑠𝑒 𝑑𝑒𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑦 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑎 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑠𝑜𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑢𝑒𝑛, 𝑙𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑟𝑑𝑎𝑟𝑎́ 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑠𝑜𝑙𝑎. 𝑌 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠, 𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑛 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑠𝑜𝑙𝑎𝑠, 𝑦𝑎 𝑛𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎𝑛 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟 𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑒𝑟𝑠𝑒.


    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛋᚢᛘᛁᛦ ᛋᛅᚴᛁᛅ ᛅᛏ ᚼᛅᚾ ᚠᛅᚾ ᛋᚴᚢᚴᛅ ᛋᛁᚾ
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛅᚦᛁᛦ ᛅᛏ ᛋᚴᚢᚴᛁᚾ ᚠᛅᚾ ᚼᛅᚾ ᚠᛁᚱᛋᛏ
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎❝𝘚𝘰𝘮𝘦 𝘴𝘢𝘺 𝘩𝘦 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘴 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸. 𝘖𝘵𝘩𝘦𝘳𝘴 𝘴𝘢𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘮 𝘧𝘪𝘳𝘴𝘵❞



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᚦᛦ


    ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛‎ ‎ https://youtu.be/bLVJ5SdGCes
    ❛‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ 𝑨𝑼: 𝑫𝑨𝑹𝑲 𝑭𝑨𝑵𝑻𝑨𝑺𝒀/𝑺𝑶𝑼𝑳𝑺𝑩𝑶𝑹𝑵𝑬 ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ❝𝑂𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑓𝑜𝑜𝑡𝑠𝑡𝑒𝑝𝑠 𝑡𝘩𝑎𝑡 𝑤𝑒𝑟𝑒 𝑛𝑒𝑣𝑒𝑟 𝑓𝑜𝑢𝑛𝑑❞ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola. Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta. Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos. Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna. 𝘘𝘶𝘪𝘻𝘢́ 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘳𝘦𝘴𝘶𝘭𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘧𝘰𝘳𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦. Existe un relato de un joven caballero que preguntó por qué seguían cargando aquellas lámparas si la mayoría de ellos podía orientarse incluso en completa oscuridad. Su maestro observó el sello ardiendo durante un largo rato, en silencio. La luz danzaba lánguida sobre el hierro ennegrecido de sus guanteletes, reflejándose en las cicatrices que cruzaban sus manos. —𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒𝑟 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑎 —respondió el hombre. El joven creyó que se trataba de una metáfora. Los jóvenes suelen creer eso, y confunden sabiduría con poesía. Años después fue enviado más allá de los últimos caminos conocidos, a una región donde los bosques crecían sobre ciudades olvidadas y ruinas que se hundían lentamente bajo raíces negras. Allí encontró aldeas vacías, mesas preparadas para personas que jamás regresarían y cunas meciéndose en habitaciones donde no quedaba nadie a quien dormir. Cada noche escuchaba pasos detrás de él. Jamás delante, siempre atrás y a la misma distancia. Esperando. Intentó ignorarlos durante días. Luego durante semanas, y cuando finalmente reunió el valor para girarse, no encontró nada. Sólo árboles inmóviles y niebla. Sin embargo, al amanecer descubría huellas rodeando su campamento. Demasiado grandes para un hombre y demasiado humanas para una bestia. Y aún así continuó avanzando. Porque esa era la tragedia de los Vaeltaja; no eran héroes. Los héroes tienen la posibilidad de regresar. Ellos tenían la obligación de seguir caminando. Décadas más tarde volvió a Vargfjall. El cabello se había vuelto gris bajo el casco y la lámpara seguía ardiendo exactamente igual que el primer día. Los pocos hermanos que aún permanecían con vida preguntaron qué había encontrado en aquellas tierras. El hombre permaneció largo rato observando la llama, inmóvil. Luego respondió: —𝐿𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑛𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟𝑛𝑜𝑠. Nadie habló. La lámpara continuó brillando entre sus manos. —𝐴 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑒. Jamás explicó qué significaban aquellas palabras. Jamás volvió a abandonar la fortaleza. Y cuando murió, encontraron la lámpara todavía encendida junto a su cuerpo, aunque el sello que la alimentaba se había consumido hacía años. Desde entonces, cuando los viajeros ven una luz solitaria moviéndose entre los bosques durante la noche, procuran no seguirla. No por miedo al Vaeltaja, sino porque existe una vieja creencia en Vargfjall: 𝑆𝑖 𝑢𝑛𝑎 𝑙𝑢𝑧 𝑠𝑒 𝑑𝑒𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑦 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑎 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑠𝑜𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑢𝑒𝑛, 𝑙𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑟𝑑𝑎𝑟𝑎́ 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑠𝑜𝑙𝑎. 𝑌 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠, 𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑛 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑠𝑜𝑙𝑎𝑠, 𝑦𝑎 𝑛𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎𝑛 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟 𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑒𝑟𝑠𝑒. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛋᚢᛘᛁᛦ ᛋᛅᚴᛁᛅ ᛅᛏ ᚼᛅᚾ ᚠᛅᚾ ᛋᚴᚢᚴᛅ ᛋᛁᚾ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛅᚦᛁᛦ ᛅᛏ ᛋᚴᚢᚴᛁᚾ ᚠᛅᚾ ᚼᛅᚾ ᚠᛁᚱᛋᛏ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎❝𝘚𝘰𝘮𝘦 𝘴𝘢𝘺 𝘩𝘦 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘴 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸. 𝘖𝘵𝘩𝘦𝘳𝘴 𝘴𝘢𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘮 𝘧𝘪𝘳𝘴𝘵❞ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᚦᛦ ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛‎ ‎ https://youtu.be/bLVJ5SdGCes ❜
    Me gusta
    Me encocora
    6
    0 turnos 0 maullidos
  • Cruzó un portal y llegó a un lugar muy extraño, todos los hombres andan en calzoncillos y las mujeres apenas se cubren.

    Creo que lo llamaban Latinoamérica y alguien grito:

    Se va a hacer o no la carnita asada..¿?
    Cruzó un portal y llegó a un lugar muy extraño, todos los hombres andan en calzoncillos y las mujeres apenas se cubren. Creo que lo llamaban Latinoamérica y alguien grito: Se va a hacer o no la carnita asada..¿?
    Me enjaja
    Me gusta
    7
    5 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Ven conmigo preciosa. Sé que puedo tratarte mil veces mejor que él


    (Mi Zhami ya se canso de los hombres)
    Ven conmigo preciosa. Sé que puedo tratarte mil veces mejor que él 💦🔥 (Mi Zhami ya se canso de los hombres)
    Me encocora
    Me gusta
    Me enjaja
    Me endiabla
    11
    0 comentarios 0 compartidos
  • Sı no hαч αlgo que te motıve α dαrlo todo, ıncluso lo que es pαrte ınherente de quıén eres...
    ¿Reαlmente estάs vıvo?
    Es lα devocıón lo que sepαrα α los hombres de lαs bestıαs.
    Es lα entregα cıegα ч αbsolutα lα únıcα mαnerα de rαsguñαr lo dıvıno.
    ¿Y sı te entregαses α mı́, qué clαse de dıvınıdαd crees que te esperα?
    Sı no hαч αlgo que te motıve α dαrlo todo, ıncluso lo que es pαrte ınherente de quıén eres... ¿Reαlmente estάs vıvo? Es lα devocıón lo que sepαrα α los hombres de lαs bestıαs. Es lα entregα cıegα ч αbsolutα lα únıcα mαnerα de rαsguñαr lo dıvıno. ¿Y sı te entregαses α mı́, qué clαse de dıvınıdαd crees que te esperα?
    Me encocora
    Me gusta
    Me endiabla
    Me entristece
    9
    4 turnos 0 maullidos
  • Recuerden que ser un general no es para cualquiera, debes estar siempre alerta porque las traiciones están en todos lados.

    Debes ser frío y despiadado hasta con tus propios hombres o sino tarde o temprano se te lanzan directo al cuello.

    Este amiguito de aquí abajo tuvo que aprender a las malas que traicionarme es la peor decisión que se te puede ocurrir.
    Recuerden que ser un general no es para cualquiera, debes estar siempre alerta porque las traiciones están en todos lados. Debes ser frío y despiadado hasta con tus propios hombres o sino tarde o temprano se te lanzan directo al cuello. Este amiguito de aquí abajo tuvo que aprender a las malas que traicionarme es la peor decisión que se te puede ocurrir.
    Me encocora
    Me shockea
    2
    0 comentarios 0 compartidos
  • Sinceramente los hombres aunque fuerte, se desmorona con cosas tan simples.

    *Stelle junto a las amigas es vacunada mientras a distancia, miraba a su hermano siendo consulado por los amigos y su hermano parecía estar por morir por una inyección. *
    Sinceramente los hombres aunque fuerte, se desmorona con cosas tan simples. *Stelle junto a las amigas es vacunada mientras a distancia, miraba a su hermano siendo consulado por los amigos y su hermano parecía estar por morir por una inyección. *
    0 turnos 0 maullidos
  • La pequeña iglesia de madera se alzaba a medio terminar en el centro del pueblo. Las paredes apenas alcanzaban la altura de un hombre y el techo todavía era un esqueleto de vigas desnudas. Alrededor, las casas mostraban el mismo aspecto de abandono y miseria: ventanas cubiertas con tablas, huertos secos y rostros marcados por semanas de hambre.

    Entre el polvo y los tablones trabajaba el joven cura de gorra de caza roja y abrigo oscuro. Sus manos estaban cubiertas de tierra mientras ayudaba a levantar una de las paredes. Cerca de la obra, varias ollas humeaban sobre un fuego improvisado.

    "Padre... tenemos hambre". Murmuró uno de los aldeanos, observando la escasa comida que quedaba.

    El cura dejó el martillo a un lado y miró la fila de personas que aguardaban. No había mucho: apenas unas pocas papas que había racionado cuidadosamente. Sin embargo, tras días explorando los alrededores, había encontrado un terreno fértil junto al río donde ya comenzaban a crecer nuevos cultivos. Tomó una de las ollas y comenzó a repartir las porciones.

    -Niños y mujeres comerán primero.

    Algunos hombres intercambiaron miradas preocupadas y replicando: "Pero padre."

    -Los hombres comeremos cuando sus estómagos estén saciados

    Continuó con firmeza.

    -Ningún niño de este pueblo volverá a acostarse con hambre mientras yo pueda evitarlo.

    El silencio se extendió entre los presentes. Las porciones eran pequeñas, pero suficientes para devolver algo de color a los rostros agotados. Los niños se acercaron tímidamente con sus cuencos, y las madres recibieron la comida con ojos humedecidos.

    El cura señaló entonces hacia las afueras del pueblo, donde varias hileras de tierra recién removida se extendían bajo el sol.

    -Hoy comemos poco. Mañana plantaremos más. Y cuando llegue la cosecha, este pueblo no dependerá de la caridad de nadie.
    La pequeña iglesia de madera se alzaba a medio terminar en el centro del pueblo. Las paredes apenas alcanzaban la altura de un hombre y el techo todavía era un esqueleto de vigas desnudas. Alrededor, las casas mostraban el mismo aspecto de abandono y miseria: ventanas cubiertas con tablas, huertos secos y rostros marcados por semanas de hambre. Entre el polvo y los tablones trabajaba el joven cura de gorra de caza roja y abrigo oscuro. Sus manos estaban cubiertas de tierra mientras ayudaba a levantar una de las paredes. Cerca de la obra, varias ollas humeaban sobre un fuego improvisado. "Padre... tenemos hambre". Murmuró uno de los aldeanos, observando la escasa comida que quedaba. El cura dejó el martillo a un lado y miró la fila de personas que aguardaban. No había mucho: apenas unas pocas papas que había racionado cuidadosamente. Sin embargo, tras días explorando los alrededores, había encontrado un terreno fértil junto al río donde ya comenzaban a crecer nuevos cultivos. Tomó una de las ollas y comenzó a repartir las porciones. -Niños y mujeres comerán primero. Algunos hombres intercambiaron miradas preocupadas y replicando: "Pero padre." -Los hombres comeremos cuando sus estómagos estén saciados Continuó con firmeza. -Ningún niño de este pueblo volverá a acostarse con hambre mientras yo pueda evitarlo. El silencio se extendió entre los presentes. Las porciones eran pequeñas, pero suficientes para devolver algo de color a los rostros agotados. Los niños se acercaron tímidamente con sus cuencos, y las madres recibieron la comida con ojos humedecidos. El cura señaló entonces hacia las afueras del pueblo, donde varias hileras de tierra recién removida se extendían bajo el sol. -Hoy comemos poco. Mañana plantaremos más. Y cuando llegue la cosecha, este pueblo no dependerá de la caridad de nadie.
    Me gusta
    1
    8 turnos 0 maullidos
  • — Existirán cosas más fuertes que la magia para atrapar hombres?
    — Existirán cosas más fuertes que la magia para atrapar hombres?
    Me endiabla
    Me shockea
    2
    18 turnos 0 maullidos
  • 〔 𝐗-𝐌𝖾𐓣 𝐀𝐔 〕


    El trabajo en la madrugada siempre era lo peor. Esas horas muertas donde la soledad se hacía más pesada y el silencio más ruidoso que estar en medio de una fiesta. Alaska lo odiaba demasiado. Lo único que podía romper ese silencio eran los zumbidos de los tubos fluorescentes dentro de la gasolinera y uno de los ventiladores de las heladeras funcionando mal. Pero incluso así había algo más en el ambiente que ella no podía discernir con claridad, pero a la vez sabía que era algo malo.

    Decidió salir, tomar un poco de aire tal vez ayudaría a calmar el creciente dolor en su cabeza, justo detrás de la frente. Sacó su paquete de cigarrillos y tomó uno para encenderlo, pero le costó más de lo usual. Tuvo que intentarlo cinco veces hasta que finalmente se encendió, aquello la estresó un poco, sintiendo escalofríos. No era por estar fuera, ese frío venía desde dentro.

    Dio una calada larga para llenar bien sus pulmones de humo y nicotina, y lo mantuvo allí un momento antes de expulsarlo con lentitud. Sus hombros se relajaron de a poco. Duró poco antes que el letrero de fuera empezara a parpadear. Tal vez un error, podía pasar, había ocurrido antes. El problema era que el dueño lo había mandado arreglar hacía dos días y, al mismo tiempo, el dolor de cabeza se intensificaba. Se quejó apenas antes de cerrar los ojos.

    —...ᵗᵉ ᵉˢᵗáⁿ ᵐⁱʳᵃⁿᵈᵒ. —el susurro se escuchó demasiado cerca, justo al lado de su oreja. Abrió los ojos de golpe y casi se echó a correr. De no ser porque su cuerpo quedó medio congelado lo habría hecho, pero solo se alejó unos pasos mientras miró alrededor. Nada, nadie.

    —Solo tu imaginación, Alaska. —se dijo a sí misma antes de dar otra calada. Y ahí escuchó un motor, luego vio las luces de vehículo antes de poder vislumbrar bien que se trataba de una camioneta negra. La música se hizo presente enseguida también, demasiado alta como para que dentro pudiera escuchar algo desde afuera. Tenía algunos símbolos dibujados con aerosol rojo y blanco. Apartó la vista de inmediato apenas una de las puertas traseras se abrió, por alguna razón no le dio buena espina.

    Cuatro hombres salieron, riéndose con demasiada fuerza, uno de ellos la miró al instante, más de lo necesario.

    —Miren nada más... no solo dejan a cualquiera trabajar a estar horas, también tienen que ser... ¿qué? ¿Sobreviviente de homicidio o algo? —se burló de la cicatriz de la chica, sin apartar la vista de ella. vaya descaro. Pero la chica hizo caso omiso mientras apagó el cigarrillo contra la pared y volvió al interior de la estación. No quería más problemas de los que ya tenía.

    Las luces titilaron de repente, de forma muy rápida y tenue, pero ella lo notó enseguida. Lo quiso ignorar, pero después de pasar por la puerta tuvo que detenerse en seco por la puntada de dolor que sintió en la cabeza, llevando una mano a su sien al mismo tiempo que cerró los ojos.

    —Oye —llamó otro hombre mientras pasó por su lado, observándola con confusión—, ¿te pasa algo?

    —Estoy... bien... —abrir los ojos le provocó dolor también, se quejó con levedad. Por desgracia no termino ahí, pues un pitido empezó a sonar en su oreja derecha, luego la izquierda, era tan agudo que sintió que los tímpanos iban a reventar.

    —...¿Qué le pasa? —el pequeño grupo se la quedó viendo, atentos. Eso la puso más nerviosa.

    Antes de siquiera poder llevar la mano hacia su nariz sintió la sangre caer. No fue demasiada, solo lo suficiente para notarlo. Ahí supo que tenía que encontrar la forma de calmarse de inmediato. Se movió de nuevo, algo torpe, y cuando posó una mano en el mostrador las luces volvieron a titilar, las botellas en las heladeras tintineando y los vidrios de éstas vibrando.

    —Hey... —de nuevo llamaron su atención— ¿Qué carajo eres?

    —¡ᵀᵉ ᵉˢᵗáⁿ ᵐⁱʳᵃⁿᵈᵒ! ¡ⱽᵃⁿ ᵃ ᵐᵃᵗᵃʳᵗᵉ! —el susurro de nuevo, pero ahora era como un grito lejano. Alaska respiró con pesadez, retrocediendo mientras notó que los hombres se acercaban a ella. Se estaba sobrecargando, sentía que algo empujaba desde dentro de su cráneo, como si fuera demasiado pequeño para contenerlo. No podía pensar bien aunque sentía que debía salir corriendo. No creía poder hacerlo a tiempo.




    // Puede responder cualquiera, por cierto. Pero si se dificulta, pido perdón. ;w;
    〔 𝐗-𝐌𝖾𐓣 𝐀𝐔 〕 El trabajo en la madrugada siempre era lo peor. Esas horas muertas donde la soledad se hacía más pesada y el silencio más ruidoso que estar en medio de una fiesta. Alaska lo odiaba demasiado. Lo único que podía romper ese silencio eran los zumbidos de los tubos fluorescentes dentro de la gasolinera y uno de los ventiladores de las heladeras funcionando mal. Pero incluso así había algo más en el ambiente que ella no podía discernir con claridad, pero a la vez sabía que era algo malo. Decidió salir, tomar un poco de aire tal vez ayudaría a calmar el creciente dolor en su cabeza, justo detrás de la frente. Sacó su paquete de cigarrillos y tomó uno para encenderlo, pero le costó más de lo usual. Tuvo que intentarlo cinco veces hasta que finalmente se encendió, aquello la estresó un poco, sintiendo escalofríos. No era por estar fuera, ese frío venía desde dentro. Dio una calada larga para llenar bien sus pulmones de humo y nicotina, y lo mantuvo allí un momento antes de expulsarlo con lentitud. Sus hombros se relajaron de a poco. Duró poco antes que el letrero de fuera empezara a parpadear. Tal vez un error, podía pasar, había ocurrido antes. El problema era que el dueño lo había mandado arreglar hacía dos días y, al mismo tiempo, el dolor de cabeza se intensificaba. Se quejó apenas antes de cerrar los ojos. —...ᵗᵉ ᵉˢᵗáⁿ ᵐⁱʳᵃⁿᵈᵒ. —el susurro se escuchó demasiado cerca, justo al lado de su oreja. Abrió los ojos de golpe y casi se echó a correr. De no ser porque su cuerpo quedó medio congelado lo habría hecho, pero solo se alejó unos pasos mientras miró alrededor. Nada, nadie. —Solo tu imaginación, Alaska. —se dijo a sí misma antes de dar otra calada. Y ahí escuchó un motor, luego vio las luces de vehículo antes de poder vislumbrar bien que se trataba de una camioneta negra. La música se hizo presente enseguida también, demasiado alta como para que dentro pudiera escuchar algo desde afuera. Tenía algunos símbolos dibujados con aerosol rojo y blanco. Apartó la vista de inmediato apenas una de las puertas traseras se abrió, por alguna razón no le dio buena espina. Cuatro hombres salieron, riéndose con demasiada fuerza, uno de ellos la miró al instante, más de lo necesario. —Miren nada más... no solo dejan a cualquiera trabajar a estar horas, también tienen que ser... ¿qué? ¿Sobreviviente de homicidio o algo? —se burló de la cicatriz de la chica, sin apartar la vista de ella. vaya descaro. Pero la chica hizo caso omiso mientras apagó el cigarrillo contra la pared y volvió al interior de la estación. No quería más problemas de los que ya tenía. Las luces titilaron de repente, de forma muy rápida y tenue, pero ella lo notó enseguida. Lo quiso ignorar, pero después de pasar por la puerta tuvo que detenerse en seco por la puntada de dolor que sintió en la cabeza, llevando una mano a su sien al mismo tiempo que cerró los ojos. —Oye —llamó otro hombre mientras pasó por su lado, observándola con confusión—, ¿te pasa algo? —Estoy... bien... —abrir los ojos le provocó dolor también, se quejó con levedad. Por desgracia no termino ahí, pues un pitido empezó a sonar en su oreja derecha, luego la izquierda, era tan agudo que sintió que los tímpanos iban a reventar. —...¿Qué le pasa? —el pequeño grupo se la quedó viendo, atentos. Eso la puso más nerviosa. Antes de siquiera poder llevar la mano hacia su nariz sintió la sangre caer. No fue demasiada, solo lo suficiente para notarlo. Ahí supo que tenía que encontrar la forma de calmarse de inmediato. Se movió de nuevo, algo torpe, y cuando posó una mano en el mostrador las luces volvieron a titilar, las botellas en las heladeras tintineando y los vidrios de éstas vibrando. —Hey... —de nuevo llamaron su atención— ¿Qué carajo eres? —¡ᵀᵉ ᵉˢᵗáⁿ ᵐⁱʳᵃⁿᵈᵒ! ¡ⱽᵃⁿ ᵃ ᵐᵃᵗᵃʳᵗᵉ! —el susurro de nuevo, pero ahora era como un grito lejano. Alaska respiró con pesadez, retrocediendo mientras notó que los hombres se acercaban a ella. Se estaba sobrecargando, sentía que algo empujaba desde dentro de su cráneo, como si fuera demasiado pequeño para contenerlo. No podía pensar bien aunque sentía que debía salir corriendo. No creía poder hacerlo a tiempo. // Puede responder cualquiera, por cierto. Pero si se dificulta, pido perdón. ;w;
    Me encocora
    Me gusta
    5
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados