• En una región cuyo nombre había sido borrado de los mapas y de la memoria de los hombres, una multitud de sacerdotes y sacerdotisas permanecía arrodillada. Sus vestiduras ceremoniales estaban empapadas de sangre consagrada, formando un mar carmesí bajo la tenue luz de centenares de cirios.

    En lo alto de una escalinata de piedra negra se hallaba el patriarca del clan rival de la Flor Imperial.

    Su semblante reflejaba una preocupación poco habitual.

    Frente a él permanecía su mejor guerrero, inmóvil como una estatua.

    ○No podemos continuar así

    Declaró el patriarca.

    ○Necesitamos recuperar el control de la narrativa. Nuestros aliados comienzan a dudar y nuestros enemigos ganan influencia con cada día que pasa.

    Descendió un escalón.

    ○Debemos romper el pacto de paz y declarar la guerra de inmediato.

    La multitud guardó silencio.

    ○Tengo a Mister M respirándome en la nuca. Si seguimos esperando, terminará exigiendo resultados que no podremos ofrecer.

    El guerrero cruzó los brazos.

    ¤¿Creéis que podemos vencer?

    El patriarca sostuvo su mirada.

    ○Esa es precisamente la pregunta que te hago.

    El campeón sonrió apenas.

    ¤Puedo matar a Retsudo.

    Las palabras resonaron por el santuario como una blasfemia.

    ¤Pero necesitaré un equipo.

    Los murmullos comenzaron a extenderse entre los presentes.

    Retsudo Ogami. Aun entre sus enemigos aquel nombre poseía peso suficiente para sembrar inquietud.

    El patriarca cerró los ojos durante unos segundos.

    ○Entonces te daré el mejor equipo que podamos reunir.

    Muy lejos de allí, los protagonistas Unknown Nami y Zelkova disfrutaban de una calma relativa, ignorantes de lo que estaba ocurriendo en las sombras.

    No sabían que alianzas centenarias comenzaban a resquebrajarse. No sabían que antiguos juramentos estaban a punto de ser quebrantados. Y, sobre todo, no sabían que una auténtica guerra se estaba gestando. Una guerra que pronto arrastraría a clanes, cultos, corporaciones y monstruos hacia una misma conflagración. Las primeras piezas ya habían comenzado a moverse. Y cuando el primer disparo fuese efectuado, nadie podría detener lo que vendría después.
    En una región cuyo nombre había sido borrado de los mapas y de la memoria de los hombres, una multitud de sacerdotes y sacerdotisas permanecía arrodillada. Sus vestiduras ceremoniales estaban empapadas de sangre consagrada, formando un mar carmesí bajo la tenue luz de centenares de cirios. En lo alto de una escalinata de piedra negra se hallaba el patriarca del clan rival de la Flor Imperial. Su semblante reflejaba una preocupación poco habitual. Frente a él permanecía su mejor guerrero, inmóvil como una estatua. ○No podemos continuar así Declaró el patriarca. ○Necesitamos recuperar el control de la narrativa. Nuestros aliados comienzan a dudar y nuestros enemigos ganan influencia con cada día que pasa. Descendió un escalón. ○Debemos romper el pacto de paz y declarar la guerra de inmediato. La multitud guardó silencio. ○Tengo a Mister M respirándome en la nuca. Si seguimos esperando, terminará exigiendo resultados que no podremos ofrecer. El guerrero cruzó los brazos. ¤¿Creéis que podemos vencer? El patriarca sostuvo su mirada. ○Esa es precisamente la pregunta que te hago. El campeón sonrió apenas. ¤Puedo matar a Retsudo. Las palabras resonaron por el santuario como una blasfemia. ¤Pero necesitaré un equipo. Los murmullos comenzaron a extenderse entre los presentes. Retsudo Ogami. Aun entre sus enemigos aquel nombre poseía peso suficiente para sembrar inquietud. El patriarca cerró los ojos durante unos segundos. ○Entonces te daré el mejor equipo que podamos reunir. Muy lejos de allí, los protagonistas [Uni_Darkness_Softspot] [legend_opal_hare_231] y Zelkova disfrutaban de una calma relativa, ignorantes de lo que estaba ocurriendo en las sombras. No sabían que alianzas centenarias comenzaban a resquebrajarse. No sabían que antiguos juramentos estaban a punto de ser quebrantados. Y, sobre todo, no sabían que una auténtica guerra se estaba gestando. Una guerra que pronto arrastraría a clanes, cultos, corporaciones y monstruos hacia una misma conflagración. Las primeras piezas ya habían comenzado a moverse. Y cuando el primer disparo fuese efectuado, nadie podría detener lo que vendría después.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Un hombre como Rvfv porfavor, que locura. >..< <3 (O como los del COD, joder que hombres, LLÉVENME que no regreso).
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  • —Nyajajajaja Jajajaja JAJAJA pobres hombres.
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  • ¿Por qué los hombres buscan expresar sus opiniones cuando ni siquiera se les ha cedido la palabra? Su hambre de aprobación y de competencia le recuerda a babuinos salvajes que se rompen el pecho a golpes.

    Es divertido que lloren, pero preferiría que lo hicieran en silencio y donde no tuviera que verlos.

    — Gracias por abrir la boca y opinar de todos menos de lo pertinente, ¿ya lo has sacado de tu sistema? Ajá, muchas gracias. Procedamos a lo importante.
    ¿Por qué los hombres buscan expresar sus opiniones cuando ni siquiera se les ha cedido la palabra? Su hambre de aprobación y de competencia le recuerda a babuinos salvajes que se rompen el pecho a golpes. Es divertido que lloren, pero preferiría que lo hicieran en silencio y donde no tuviera que verlos. — Gracias por abrir la boca y opinar de todos menos de lo pertinente, ¿ya lo has sacado de tu sistema? Ajá, muchas gracias. Procedamos a lo importante.
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  • C: De verdad lo viste!?
    J: Sii está aquí en el hotel
    C: Dios no me sorprenderia ver al señor Arthur Bennet aquí también!
    J: Pero si solo está el hijo
    C: De verdad solo el hijo está aquí?
    J: Sii lo vi entrar a una de las suit's con varios hombres
    C: Vaya...se debe estar divirtiendo
    J: Claro que lo está, hace rato pase y se escuchaba como se...divertían, Laura fue a dejarles varias botellas de champagne y unas copas
    C: Quién lo diría...al menos a mi no me tocará limpiar esa habitación
    J: ...desgraciada...
    C: De verdad lo viste!? J: Sii está aquí en el hotel C: Dios no me sorprenderia ver al señor Arthur Bennet aquí también! J: Pero si solo está el hijo C: De verdad solo el hijo está aquí? J: Sii lo vi entrar a una de las suit's con varios hombres C: Vaya...se debe estar divirtiendo J: Claro que lo está, hace rato pase y se escuchaba como se...divertían, Laura fue a dejarles varias botellas de champagne y unas copas C: Quién lo diría...al menos a mi no me tocará limpiar esa habitación J: ...desgraciada...
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  • La pesada puerta de la taberna se cerró lentamente a sus espaldas.

    El último rastro de calidez desapareció junto con el murmullo de las conversaciones y el aroma de la cerveza recién servida. Frente a él sólo quedaba un sendero de tierra húmeda que se perdía entre una espesura de árboles antiguos.

    Gavlan ajustó las correas de la enorme mochila que descansaba sobre su espalda. El tintineo de frascos, cuchillos arrojadizos y pequeñas bolsas con veneno rompía el silencio con cada paso que daba.

    El bosque no tardó en envolverlo.

    Los troncos eran tan gruesos que varios hombres no habrían podido rodearlos con los brazos. Sus copas ocultaban casi por completo el cielo, permitiendo que únicamente algunos delgados rayos de luz atravesaran aquel techo de hojas. El aire era frío, pesado, impregnado por el olor a tierra mojada y madera envejecida.

    No había aves.

    Ni insectos.

    Sólo el sonido de las botas de Gavlan hundiéndose sobre hojas secas y raíces retorcidas.

    —Hm...

    El mercader rompió el silencio con un leve gruñido.

    —Demasiado tranquilo.

    Su mano descendió hasta uno de los cuchillos ocultos en el cinturón. No lo desenfundó, pero dejó los dedos apoyados sobre la empuñadura.

    Continuó avanzando.

    Con el paso de los minutos, el sendero comenzó a transformarse. Las raíces dieron paso a enormes losas de piedra cubiertas de musgo. Fragmentos de columnas emergían del suelo como si un antiguo reino hubiera sido tragado por el bosque siglos atrás.

    Entonces los vio.

    A lo lejos.

    Entre la neblina.

    No eran árboles.

    Eran piernas.

    Colosales.

    Tan inmensas que durante un instante su mente tardó en comprender lo que contemplaba. Más arriba, apenas visible entre las copas, se distinguía la silueta de un gigante caminando lentamente entre el bosque. Cada uno de sus pasos hacía vibrar la tierra con un estremecimiento apenas perceptible.

    ...

    Otro.

    Y un tercero.

    Se desplazaban sin prestar atención al pequeño viajero que cruzaba su territorio.

    Gavlan levantó ligeramente el visor de su casco para observar mejor.

    —Bueno...

    Murmuró con una risa seca.

    —Mientras ellos no necesiten flechas... yo tampoco necesitaré correr.

    Volvió a bajar el visor.

    La enorme barba rojiza se balanceó sobre la coraza mientras retomaba el camino con la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas expediciones como para dejarse intimidar por el tamaño de sus vecinos.

    Después de todo...

    Los gigantes podían aplastar a un hombre con un solo paso.

    Pero ninguno de ellos sabía preparar flechas envenenadas.

    Y eso, según Gavlan, siempre era una ventaja.
    La pesada puerta de la taberna se cerró lentamente a sus espaldas. El último rastro de calidez desapareció junto con el murmullo de las conversaciones y el aroma de la cerveza recién servida. Frente a él sólo quedaba un sendero de tierra húmeda que se perdía entre una espesura de árboles antiguos. Gavlan ajustó las correas de la enorme mochila que descansaba sobre su espalda. El tintineo de frascos, cuchillos arrojadizos y pequeñas bolsas con veneno rompía el silencio con cada paso que daba. El bosque no tardó en envolverlo. Los troncos eran tan gruesos que varios hombres no habrían podido rodearlos con los brazos. Sus copas ocultaban casi por completo el cielo, permitiendo que únicamente algunos delgados rayos de luz atravesaran aquel techo de hojas. El aire era frío, pesado, impregnado por el olor a tierra mojada y madera envejecida. No había aves. Ni insectos. Sólo el sonido de las botas de Gavlan hundiéndose sobre hojas secas y raíces retorcidas. —Hm... El mercader rompió el silencio con un leve gruñido. —Demasiado tranquilo. Su mano descendió hasta uno de los cuchillos ocultos en el cinturón. No lo desenfundó, pero dejó los dedos apoyados sobre la empuñadura. Continuó avanzando. Con el paso de los minutos, el sendero comenzó a transformarse. Las raíces dieron paso a enormes losas de piedra cubiertas de musgo. Fragmentos de columnas emergían del suelo como si un antiguo reino hubiera sido tragado por el bosque siglos atrás. Entonces los vio. A lo lejos. Entre la neblina. No eran árboles. Eran piernas. Colosales. Tan inmensas que durante un instante su mente tardó en comprender lo que contemplaba. Más arriba, apenas visible entre las copas, se distinguía la silueta de un gigante caminando lentamente entre el bosque. Cada uno de sus pasos hacía vibrar la tierra con un estremecimiento apenas perceptible. ... Otro. Y un tercero. Se desplazaban sin prestar atención al pequeño viajero que cruzaba su territorio. Gavlan levantó ligeramente el visor de su casco para observar mejor. —Bueno... Murmuró con una risa seca. —Mientras ellos no necesiten flechas... yo tampoco necesitaré correr. Volvió a bajar el visor. La enorme barba rojiza se balanceó sobre la coraza mientras retomaba el camino con la tranquilidad de quien había sobrevivido a demasiadas expediciones como para dejarse intimidar por el tamaño de sus vecinos. Después de todo... Los gigantes podían aplastar a un hombre con un solo paso. Pero ninguno de ellos sabía preparar flechas envenenadas. Y eso, según Gavlan, siempre era una ventaja.
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  • Mientras me bailaban las pestañas
    Se me iban subiendo las arañas
    Con el dedito tapaba el sol
    Mientras se me ahogaba el corazón
    Como primavera entrecortá'
    Yo me quedé a la mitad

    Hasta hoy me siento en soledad
    Buscando en miles, buscando en gente
    Buscando en hombres, en tantos hombres
    Tu humanidad, tu paternidad
    Mientras me bailaban las pestañas Se me iban subiendo las arañas Con el dedito tapaba el sol Mientras se me ahogaba el corazón Como primavera entrecortá' Yo me quedé a la mitad Hasta hoy me siento en soledad Buscando en miles, buscando en gente Buscando en hombres, en tantos hombres Tu humanidad, tu paternidad
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  • Yo...Bueno
    Me puse esto para ti, segun leí por ahi, algunas chicas humanas hacen esto por los hombres que aman y no se si te guste.
    Si no te gusta pues me cambiare al momento..

    *Comentó Lilithia mientras estaba frente a Vaelith Crimsom Lunae , estaba más que sonrojada pues quería verse linda para él solamente. *
    Yo...Bueno Me puse esto para ti, segun leí por ahi, algunas chicas humanas hacen esto por los hombres que aman y no se si te guste. Si no te gusta pues me cambiare al momento.. *Comentó Lilithia mientras estaba frente a [glow_maroon_hippo_481] , estaba más que sonrojada pues quería verse linda para él solamente. *
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  • Los Caballeros Bastardos-Arco III:
    Fandom Culto de Saturno
    Categoría Acción
    Era una mañana fría. El cielo se teñía de tonos rosados mientras la ciudad despertaba lentamente. Los primeros automóviles comenzaban a llenar las calles y las cafeterías abrían sus puertas a los trabajadores que iniciaban una nueva jornada.

    Entre aquella multitud se encontraban nuestros protagonistas: Zelkova, el cura exiliado. Nami, la ladrona. Marco, el vengador.

    Los dos hermanos ocultaban sus identidades bajo pelucas, maquillaje y ropa distinta a la habitual. A simple vista eran sólo ciudadanos más entre la multitud. Fugitivos ante la ley, no podían permitirse cometer errores.

    Zelkova, en cambio, caminaba con relativa tranquilidad. Según los registros alterados por el Culto de Saturno, estaba muerto. Aquella circunstancia lo convertía en el único miembro del grupo capaz de moverse libremente dentro del ojo del huracán.

    Finalmente llegaron frente al Hospital Privado Germánico Nueva Esperanza. El edificio se elevaba majestuoso sobre los demás, una torre de cristal y acero que reflejaba los colores del amanecer. Su reputación era impecable. Médicos prestigiosos, tecnología de vanguardia y pacientes capaces de pagar tratamientos imposibles de encontrar en otros lugares.

    En la cima del octavo piso, observando la ciudad desde una amplia oficina, se encontraba el director: Cassius Vagner.

    Un apellido respetado en el ámbito médico. Una figura influyente cuya red de hospitales se extendía por varias regiones del país.

    Abajo, las puertas automáticas se abrieron silenciosamente al detectar la presencia de los recién llegados. Por ahora, sus disfraces seguían funcionando.

    Porque mientras los tres cruzaban aquellas puertas, lejos de su vista comenzaban a moverse piezas mucho más peligrosas que cualquier policía o cultista al que hubieran enfrentado antes. Los enemigos estaban cerca. Y cuando finalmente mostraran sus rostros, la guerra contra el Culto de Saturno entraría en una nueva fase.

    Una fase marcada por sangre, secretos y hombres que habían renunciado a toda nobleza para convertirse en algo peor.

    Los Caballeros Bastardos habían comenzado a cabalgar.
    Era una mañana fría. El cielo se teñía de tonos rosados mientras la ciudad despertaba lentamente. Los primeros automóviles comenzaban a llenar las calles y las cafeterías abrían sus puertas a los trabajadores que iniciaban una nueva jornada. Entre aquella multitud se encontraban nuestros protagonistas: Zelkova, el cura exiliado. Nami, la ladrona. Marco, el vengador. Los dos hermanos ocultaban sus identidades bajo pelucas, maquillaje y ropa distinta a la habitual. A simple vista eran sólo ciudadanos más entre la multitud. Fugitivos ante la ley, no podían permitirse cometer errores. Zelkova, en cambio, caminaba con relativa tranquilidad. Según los registros alterados por el Culto de Saturno, estaba muerto. Aquella circunstancia lo convertía en el único miembro del grupo capaz de moverse libremente dentro del ojo del huracán. Finalmente llegaron frente al Hospital Privado Germánico Nueva Esperanza. El edificio se elevaba majestuoso sobre los demás, una torre de cristal y acero que reflejaba los colores del amanecer. Su reputación era impecable. Médicos prestigiosos, tecnología de vanguardia y pacientes capaces de pagar tratamientos imposibles de encontrar en otros lugares. En la cima del octavo piso, observando la ciudad desde una amplia oficina, se encontraba el director: Cassius Vagner. Un apellido respetado en el ámbito médico. Una figura influyente cuya red de hospitales se extendía por varias regiones del país. Abajo, las puertas automáticas se abrieron silenciosamente al detectar la presencia de los recién llegados. Por ahora, sus disfraces seguían funcionando. Porque mientras los tres cruzaban aquellas puertas, lejos de su vista comenzaban a moverse piezas mucho más peligrosas que cualquier policía o cultista al que hubieran enfrentado antes. Los enemigos estaban cerca. Y cuando finalmente mostraran sus rostros, la guerra contra el Culto de Saturno entraría en una nueva fase. Una fase marcada por sangre, secretos y hombres que habían renunciado a toda nobleza para convertirse en algo peor. Los Caballeros Bastardos habían comenzado a cabalgar.
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Terminado
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  • Dos hombres transitaban con parsimonia por la avenida, enfrascados en una conversación trivial.

    ○¿Te has enterado?

    □¿De qué?

    Replicó el otro.

    El primero se detuvo al ver el semáforo en rojo y, tras cerciorarse de que nadie prestaba atención, respondió:

    ○Boris Madai fue depuesto y enviado a la misma penitenciaría que Howlett.

    Su compañero soltó una carcajada incrédula.

    □¿Me estás tomando el pelo? ¡Eso es magnífico!

    La risa le arrancó una diminuta lágrima que limpió de su ojo de cristal.

    □Ese malnacido por fin conoció el infortunio. En fin... ¿debemos eliminarlo?

    ○En absoluto

    Respondió el primero.

    ○¿Quién crees que somos? No ejecutamos a los nuestros salvo que incurran en traición.

    El semáforo cambió a verde y ambos reanudaron la marcha con absoluta tranquilidad.

    □Lo sé, lo sé...

    Musitó el segundo.

    □Entonces, ¿quién se hará cargo del pendrive? Y ya que estamos, ¿quién demonios nos está saboteando?

    Al llegar a la esquina adquirieron un par de refrescos y un hot dog. Mientras pagaba, el primero respondió:

    ○Humphrey Moriarty se encargará del asunto. Parece que pretende subsanar su cagada.

    El otro dio un largo trago a su bebida antes de contestar.

    □¿Ese depravado? Por favor... No quisiera ser el pobre infeliz que se cruce en su camino. Si nuestra "empresa"...

    Hizo un gesto de comillas con los dedos al pronunciar aquella palabra.

    □...quedara expuesta públicamente, saldríamos muy mal parados. Eso es lo que los ignorantes creen que somos.

    Pagó la comida y continuaron avanzando entre la multitud.

    ○Ya ves, viejo.

    □Ya ves...

    Ambos cultistas se alejaron sin llamar la atención. A simple vista parecían ciudadanos corrientes, hombres comunes inmersos en la rutina diaria. Y precisamente ahí residía la verdadera fortaleza del culto: sus miembros podían ser cualquiera. Tu padre, tu vecino o incluso un desconocido que cruzara la calle junto a ti. Bajo la apariencia de vidas ordinarias ocultaban una vasta red de influencias que se extendía desde los rincones más humildes hasta las más altas esferas. Aquella discreción garantizaba el éxito de sus designios y volvía casi imposible medir la magnitud de su alcance.
    Dos hombres transitaban con parsimonia por la avenida, enfrascados en una conversación trivial. ○¿Te has enterado? □¿De qué? Replicó el otro. El primero se detuvo al ver el semáforo en rojo y, tras cerciorarse de que nadie prestaba atención, respondió: ○Boris Madai fue depuesto y enviado a la misma penitenciaría que Howlett. Su compañero soltó una carcajada incrédula. □¿Me estás tomando el pelo? ¡Eso es magnífico! La risa le arrancó una diminuta lágrima que limpió de su ojo de cristal. □Ese malnacido por fin conoció el infortunio. En fin... ¿debemos eliminarlo? ○En absoluto Respondió el primero. ○¿Quién crees que somos? No ejecutamos a los nuestros salvo que incurran en traición. El semáforo cambió a verde y ambos reanudaron la marcha con absoluta tranquilidad. □Lo sé, lo sé... Musitó el segundo. □Entonces, ¿quién se hará cargo del pendrive? Y ya que estamos, ¿quién demonios nos está saboteando? Al llegar a la esquina adquirieron un par de refrescos y un hot dog. Mientras pagaba, el primero respondió: ○Humphrey Moriarty se encargará del asunto. Parece que pretende subsanar su cagada. El otro dio un largo trago a su bebida antes de contestar. □¿Ese depravado? Por favor... No quisiera ser el pobre infeliz que se cruce en su camino. Si nuestra "empresa"... Hizo un gesto de comillas con los dedos al pronunciar aquella palabra. □...quedara expuesta públicamente, saldríamos muy mal parados. Eso es lo que los ignorantes creen que somos. Pagó la comida y continuaron avanzando entre la multitud. ○Ya ves, viejo. □Ya ves... Ambos cultistas se alejaron sin llamar la atención. A simple vista parecían ciudadanos corrientes, hombres comunes inmersos en la rutina diaria. Y precisamente ahí residía la verdadera fortaleza del culto: sus miembros podían ser cualquiera. Tu padre, tu vecino o incluso un desconocido que cruzara la calle junto a ti. Bajo la apariencia de vidas ordinarias ocultaban una vasta red de influencias que se extendía desde los rincones más humildes hasta las más altas esferas. Aquella discreción garantizaba el éxito de sus designios y volvía casi imposible medir la magnitud de su alcance.
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