• ¡Celebremos!
    Con esto alcanzo la cifra de 1400 publicaciones y 1400 escenas...
    En pocos días menos de un año desde que hice esta cuenta, he alcanzado esa cifra al fin... Y espero seguir adelante por este camino
    Hay muchas personas a las que quisiera agradecer por haberme acompañado en el camino hacia esta cifra, pero el espacio que tengo es limitado. Sin embargo, todas ellas tienen mi más sincero agradecimiento por haber estado ahí, por haber contribuido a la aventura del rol con todo lo que me han aportado.
    ¡Vamos por los 1500!
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  • Una vez que puse un pie en el Barrio Caníbal, me dirigí a mi antigua residencia con un único propósito: recuperar aquellas pertenencias que los hermanos mayores habían dejado atrás y que ahora servirían para mis crías más pequeñas. Sin embargo, en cuanto crucé el umbral, esa extraña pesadez volvió a invadirme. Un adormecimiento progresivo nubló mis sentidos; sacudí la cabeza con violencia, luchando por enfocar una visión que se volvía borrosa y errática.
    Incluso mi propia sombra, actuando con esa autonomía inquietante, se alteró al notar mi estado y me dedicó una mirada cargada de una preocupación casi humana.

    —Jajaja, tranquilo... no es para tanto —murmuré, intentando restarle importancia al asunto—. Deja de poner esa cara. Es lógico que los sucesos recientes me tengan con la mente dispersa, pero te aseguro que estoy bien.


    Al entrar en la habitación de mi primogénito, una sonrisa teñida de una profunda nostalgia se dibujó en mi rostro. Todo permanecía intacto, tal cual él lo había dejado la última vez. No se trataba de que mi amor por él fuera superior al que siento por mis otras crías; simplemente, él representó el inicio de todo. Fue un hijo tan anhelado y amado que el recuerdo de la primera vez que lo sostuve en mis brazos vivirá en mí eternamente.
    Con delicadeza, devolví a su sitio un pequeño portarretratos que había tomado entre mis manos y me senté al borde de la cama. En ese rincón, donde mi pequeño Damián solía dormir cuando apenas era un niño, el aire parecía vibrar con energía antigua. Era como si las paredes cobraran vida propia, proyectando escenas de tiempos más felices:
    Ecos de su voz: Casi podía escucharlo cantar de nuevo.
    Visiones del ayer: Lo veía jugar y moverse por el cuarto mientras yo, a su lado, lo acompañaba en cada una de sus ocurrencias.
    Me quedé allí un momento, atrapado en esa proyección del pasado, sintiendo cómo los recuerdos de Damián llenaban el vacío del presente.



    https://youtu.be/gFsMo-_n4_w?si=Y32GUBuYK908PkLC
    Una vez que puse un pie en el Barrio Caníbal, me dirigí a mi antigua residencia con un único propósito: recuperar aquellas pertenencias que los hermanos mayores habían dejado atrás y que ahora servirían para mis crías más pequeñas. Sin embargo, en cuanto crucé el umbral, esa extraña pesadez volvió a invadirme. Un adormecimiento progresivo nubló mis sentidos; sacudí la cabeza con violencia, luchando por enfocar una visión que se volvía borrosa y errática. Incluso mi propia sombra, actuando con esa autonomía inquietante, se alteró al notar mi estado y me dedicó una mirada cargada de una preocupación casi humana. —Jajaja, tranquilo... no es para tanto —murmuré, intentando restarle importancia al asunto—. Deja de poner esa cara. Es lógico que los sucesos recientes me tengan con la mente dispersa, pero te aseguro que estoy bien. Al entrar en la habitación de mi primogénito, una sonrisa teñida de una profunda nostalgia se dibujó en mi rostro. Todo permanecía intacto, tal cual él lo había dejado la última vez. No se trataba de que mi amor por él fuera superior al que siento por mis otras crías; simplemente, él representó el inicio de todo. Fue un hijo tan anhelado y amado que el recuerdo de la primera vez que lo sostuve en mis brazos vivirá en mí eternamente. Con delicadeza, devolví a su sitio un pequeño portarretratos que había tomado entre mis manos y me senté al borde de la cama. En ese rincón, donde mi pequeño Damián solía dormir cuando apenas era un niño, el aire parecía vibrar con energía antigua. Era como si las paredes cobraran vida propia, proyectando escenas de tiempos más felices: Ecos de su voz: Casi podía escucharlo cantar de nuevo. Visiones del ayer: Lo veía jugar y moverse por el cuarto mientras yo, a su lado, lo acompañaba en cada una de sus ocurrencias. Me quedé allí un momento, atrapado en esa proyección del pasado, sintiendo cómo los recuerdos de Damián llenaban el vacío del presente. https://youtu.be/gFsMo-_n4_w?si=Y32GUBuYK908PkLC
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  • El aroma de una corona perdida
    Fandom Original / Omegaverse / Fantasía Real
    Categoría Drama
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira.

    No era una metáfora.

    Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda.

    Azahar falso.

    Vainilla demasiado pesada.

    Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable.

    Yo lo detestaba.

    Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar.

    Ninguna sabía.

    No de verdad.

    Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro.

    Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar.

    Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino.

    Yo sí.

    Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina.

    La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza.

    Una apariencia perfecta.

    Simple.

    Inofensiva.

    Una cocinera más.

    Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario.

    Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores.

    Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo.

    Supresores.

    Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos.

    Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme.

    Pero mi cuerpo…

    Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes.

    Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil.

    Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta.

    Fallon Croft había caído durante el golpe de estado.

    Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona.

    Una historia limpia.

    Cómoda.

    Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir.

    El problema era que los muertos no deberían sentir.

    Y yo sentía demasiado.

    Sobre todo cuando él aparecía.

    No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido.

    Alfa.

    No un Alfa cualquiera.

    El Heredero de Aethelgard.

    El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político.

    El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades.

    Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo.

    Sólo un segundo.

    Suficiente para traicionarme ante mí misma.

    Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él.

    —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas.

    La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente.

    Casi.

    Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta.

    No lo miré hasta que el agua empezó a temblar.

    Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho.

    Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle.

    Mi Omega reaccionó antes que mi mente.

    Un tirón bajo las costillas.

    Una tensión cálida, antigua, peligrosa.

    Mío.

    Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron.

    No.

    No mío.

    Nada era mío desde hacía un año.

    Ni mi nombre.

    Ni mi corona.

    Ni mi reino.

    Mucho menos él.

    —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana.

    La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración.

    Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado.

    Intentando.

    Porque su presencia volvía torpes a mis supresores.

    Esa era la parte que más me irritaba.

    Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina.

    Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse.

    Deslicé la taza hacia él sobre la mesa.

    —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño.

    Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono.

    Aparté los dedos antes de rozar los suyos.

    Demasiado tarde.

    El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible.

    Por un instante, la cocina desapareció.

    No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas.

    Alfa.

    Mi Alfa.

    La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí.

    No lo hice.

    Una princesa no retrocede.

    Una fugitiva tampoco.

    En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas.

    Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos.

    Podía distinguir un veneno por el olor.

    Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna.

    Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra.

    Y no tenía derecho a intentarlo.

    —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo.

    Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza.

    —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión.

    No era cierto.

    O quizá sí.

    Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría.

    Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina.

    Quise decirle que no dejara que eligieran por él.

    Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena.

    Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar.

    Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta.

    Así que dije otra cosa.

    Algo más seguro.

    Algo que una cocinera podía permitirse.

    —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego.

    Bajé la vista a mis manos.

    Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado.

    Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando.

    Mi postura, cuando olvidaba encorvarme.

    Mi forma de observar las salidas.

    Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión.

    Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas.

    Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto.

    El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo.

    No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados.

    No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris.

    No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia.

    Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido.

    Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo.

    Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían.

    Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad.

    Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío.

    Se sintió peligroso.

    Íntimo.

    Como una puerta cerrándose despacio.

    Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado.

    Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa.

    —No debería quedarse mucho tiempo —susurré.

    La advertencia era para él.

    La súplica, para mí.

    Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior.

    —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas.

    Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse.

    Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida.

    Temió por él.

    Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante.

    En una muerta.

    En mí.

    Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo.

    —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión.

    Hubo una pausa.

    Una demasiado larga.

    La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas.

    Yo no debía decir nada más.

    No debía ofrecerle consuelo.

    No debía darle razones para volver.

    No debía, sobre todo, querer que volviera.

    Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado.

    —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer.

    Dejé la cuchara a un lado.

    Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban.

    —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes.

    Esta vez sí sonreí.

    Apenas.

    Un gesto pequeño, afilado, cansado.

    Y quizá demasiado real.

    Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal.

    Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política.

    Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas.

    Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra.

    Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
    El Palacio Real de Aethelgard olía a mentira. No era una metáfora. Las paredes cubiertas de oro, las columnas de mármol blanco, los tapices bordados con escenas heroicas de reyes muertos y victorias exageradas; todo eso tenía su propio aroma. Cera caliente. Rosas importadas. Perfumes demasiado dulces. Polvo antiguo escondido bajo capas de incienso caro. Y, por encima de todo, esa fragancia artificial que las Omegas nobles dejaban a su paso como una declaración de guerra envuelta en seda. Azahar falso. Vainilla demasiado pesada. Miel manipulada por alquimistas cortesanos para parecer más fértil, más dócil, más deseable. Yo lo detestaba. Lo detestaba porque conocía muy bien la diferencia entre un aroma nacido del cuerpo y uno fabricado para conquistar salones. Lo detestaba porque cada vez que una de ellas pasaba cerca de las cocinas, escoltada por doncellas y consejeros, podía escuchar sus risas suaves, sus cuchicheos venenosos, sus pasos medidos como si cada baldosa fuera parte de un tablero donde todas creían saber jugar. Ninguna sabía. No de verdad. Porque ninguna de ellas había visto un palacio arder desde dentro. Ninguna había sostenido una espada con las manos cubiertas de sangre familiar. Ninguna había aprendido a tragarse un grito mientras veía caer su estandarte desde la torre más alta de su propio reino. Yo sí. Y aun así, aquella madrugada, lo único que tenía entre las manos era un cuchillo de cocina. La hoja descendió con precisión sobre las hierbas frescas. Una vez. Dos. Tres. El sonido seco contra la tabla de madera era lo único que mantenía mi respiración estable mientras el vapor de las ollas empañaba los ventanales altos de la cocina real. Afuera, Aethelgard dormía bajo una luna pálida, indiferente al caos que se cocinaba en sus entrañas. Adentro, los hornos seguían encendidos, las brasas respiraban como bestias dóciles, y yo permanecía de pie en medio del calor, con las mangas arremangadas, el cabello recogido de forma descuidada y el delantal manchado de harina, caldo y ceniza. Una apariencia perfecta. Simple. Inofensiva. Una cocinera más. Eso era lo que todos veían cuando me miraban. Una joven de manos hábiles, mirada baja y voz tranquila. Alguien útil, pero irrelevante. Alguien que podía entrar y salir de pasillos secundarios sin levantar sospechas. Alguien a quien los nobles ignoraban porque, para ellos, la servidumbre era parte del mobiliario. Qué conveniente era ser invisible para quienes se creían superiores. Me incliné apenas sobre la mesa y tomé un pequeño frasco escondido bajo un pliegue de tela. Cristal oscuro. Sello roto. Líquido amargo. Supresores. Clandestinos, inestables y cada vez menos efectivos. Me llevé dos gotas a la lengua y cerré los ojos apenas el sabor me quemó la garganta. No hice ningún gesto. No tosí. No me permití siquiera fruncir el ceño. Había soportado venenos peores en entrenamientos militares, noches sin dormir, heridas cosidas sin anestesia y reuniones diplomáticas con hombres que sonreían mientras planeaban masacres. Un poco de amargura no iba a doblegarme. Pero mi cuerpo… Mi cuerpo comenzaba a odiar mis órdenes. Desde que llegué a Aethelgard, había mantenido mi aroma encerrado bajo capas de control, medicina y disciplina. Jazmín salvaje, tierra mojada después de la tormenta, hierro noble bajo la piel. Ese era mi verdadero rastro, el que no podía permitirme dejar en ninguna parte. No aquí. No entre espías. No mientras los usurpadores de mi reino aún buscaban mi cadáver o mi cabeza, según el rumor que les resultara más útil. Para el mundo, la Princesa Heredera de Valtheris estaba muerta. Fallon Croft había caído durante el golpe de estado. Su cuerpo jamás fue encontrado porque, según las versiones oficiales, había sido consumido por el fuego junto con los últimos leales de la corona. Una historia limpia. Cómoda. Una mentira que yo misma alimenté para sobrevivir. El problema era que los muertos no deberían sentir. Y yo sentía demasiado. Sobre todo cuando él aparecía. No tuve que escuchar sus pasos para saberlo. El palacio entero cambiaba cuando el príncipe entraba en las cocinas. No de forma visible, no para cualquiera, pero sí para mí. El aire se tensaba apenas, como si las llamas reconocieran una presencia distinta. Como si incluso las piedras antiguas contuvieran la respiración. Su aroma llegaba antes que él, tenue pero imposible de ignorar bajo las capas de protocolo, jabón caro y cansancio reprimido. Alfa. No un Alfa cualquiera. El Heredero de Aethelgard. El hombre al que medio continente quería encadenar con un matrimonio político. El hombre al que yo no podía mirar demasiado tiempo sin recordar que mi misión no admitía debilidades. Y aun así, mis dedos se detuvieron sobre el cuchillo. Sólo un segundo. Suficiente para traicionarme ante mí misma. Respiré hondo por la nariz, odiándome por necesitar hacerlo, y volví a cortar las hierbas con una calma que no sentía. No levanté la mirada de inmediato. Había aprendido hacía mucho que quien revelaba sorpresa regalaba ventaja, y yo no regalaba nada. Ni siquiera a él. —Alteza —murmuré, con la voz baja, cuando lo sentí detenerse cerca de la entrada secundaria—. Las cocinas no forman parte de las rutas aprobadas para un príncipe a estas horas. La frase salió limpia. Respetuosa. Casi indiferente. Casi. Tomé una tetera de cobre y la puse sobre el fuego pequeño. Luego alcancé una mezcla de hojas secas que había preparado sólo para él, aunque jamás se lo admitiría en voz alta. Melisa para la ansiedad. Lavanda para el sueño. Raíz amarga para bajar la tensión de los nervios. Una infusión simple, si alguien preguntaba. Una medida calculada para impedir que el heredero de un reino terminara quebrándose bajo el peso de una corona que aún no tocaba su cabeza, pero ya le estaba cerrando la garganta. No lo miré hasta que el agua empezó a temblar. Cuando lo hice, deseé no haberlo hecho. Había algo devastador en verlo fuera de los salones. Sin las miradas del Consejo clavadas en su espalda, sin las sonrisas interesadas de las Omegas nobles rodeándolo como buitres perfumados, sin esa armadura impecable de etiqueta que lo convertía en un retrato antes que en una persona. Allí, bajo la luz anaranjada del fuego, parecía menos príncipe y más hombre. Cansado. Silencioso. Vivo de una forma que la corte parecía empeñada en arrancarle. Mi Omega reaccionó antes que mi mente. Un tirón bajo las costillas. Una tensión cálida, antigua, peligrosa. Mío. Apreté los dedos alrededor de la cuchara de madera hasta que los nudillos me dolieron. No. No mío. Nada era mío desde hacía un año. Ni mi nombre. Ni mi corona. Ni mi reino. Mucho menos él. —Si viene huyendo de las candidatas, le advierto que una olla hirviendo no es un escondite diplomáticamente aceptable —añadí, bajando la mirada hacia la infusión para ocultar cualquier cosa que mis ojos pudieran haber revelado—. Aunque, personalmente, considero que tendría más dignidad que la mitad de las conversaciones que he escuchado esta semana. La esquina de mi boca amenazó con moverse en algo parecido a una sonrisa, pero la contuve. Hablar así era un riesgo pequeño, calculado. Lo suficiente para parecer una sirvienta demasiado honesta, no una princesa entrenada para leer debilidades en cada respiración. Vertí el agua caliente sobre las hojas y el aroma herbal se elevó entre ambos, intentando cubrir lo que yo luchaba por mantener enterrado. Intentando. Porque su presencia volvía torpes a mis supresores. Esa era la parte que más me irritaba. Había pasado meses infiltrándome entre comerciantes, rutas de suministros, guardias sobornables y criadas cansadas. Había memorizado horarios, sellos, pasadizos, nombres de consejeros, cambios de turno, entradas al archivo militar y rutas hacia las cámaras diplomáticas. Había sobrevivido a interrogatorios casuales, inspecciones inesperadas y noches enteras escondiendo mensajes cifrados dentro de sacos de harina. Pero bastaba con que él se acercara demasiado para que todo mi control se volviera una cuerda tensada al borde de romperse. Deslicé la taza hacia él sobre la mesa. —Beba. Antes de que empiece a dar órdenes absurdas por falta de sueño. Mis palabras fueron secas, pero mis manos no. Mis manos traicionaron un cuidado silencioso al colocar la taza lejos del borde, al girar el asa hacia él, al asegurarme de que la temperatura no fuera suficiente para quemarle la boca. Gestos mínimos. Ridículos. Imperdonables, quizá, para alguien que debía pensar únicamente en recuperar un trono. Aparté los dedos antes de rozar los suyos. Demasiado tarde. El calor de su cercanía atravesó el aire entre ambos como una corriente invisible. Por un instante, la cocina desapareció. No hubo hornos, ni cuchillos, ni mapas escondidos, ni coronas robadas, ni cadáveres sin tumba. Sólo estuvo el pulso lento y terrible de mi sangre reconociendo algo que mi razón rechazaba con todas sus fuerzas. Alfa. Mi Alfa. La idea me golpeó con tanta violencia que casi retrocedí. No lo hice. Una princesa no retrocede. Una fugitiva tampoco. En cambio, tomé un paño y limpié una mancha inexistente sobre la mesa, obligándome a respirar por la boca. Afuera, en los pisos superiores, seguramente dormían las Omegas de alta alcurnia que habían llegado para competir por él. Mujeres educadas para inclinar la cabeza en el ángulo exacto, para reír con delicadeza, para bordar alianzas sobre manteles de seda y ofrecer vientres útiles a dinastías hambrientas. Yo podía romperle la muñeca a un hombre armado en menos de tres movimientos. Podía distinguir un veneno por el olor. Podía tomar una fortaleza si me daban cincuenta soldados leales y una noche sin luna. Pero no sabía cómo competir por un corazón sin convertirlo en una guerra. Y no tenía derecho a intentarlo. —La coronación está cerca —dije al fin, más bajo, porque había frases que parecían peligrosas incluso entre paredes vacías—. El palacio entero lo sabe. Hasta las ratas caminan con más protocolo. Me giré hacia una bandeja de pan recién horneado para tener algo que hacer con las manos. Partí una pieza pequeña, la abrí con cuidado y dejé que el vapor escapara antes de ponerla junto a su taza. —Debería comer también. Los herederos con el estómago vacío suelen tomar peores decisiones. Es un dato histórico, no una opinión. No era cierto. O quizá sí. Había aprendido que cualquier frase dicha con suficiente seguridad podía pasar por sabiduría. Volví a mirarlo, esta vez sin poder evitar que mi expresión se suavizara apenas. Fue un error. Lo supe incluso antes de sentirlo. Porque con él, la suavidad no era una pausa: era una grieta. Y yo estaba hecha de demasiadas grietas cubiertas con disciplina. Quise decirle que no dejara que eligieran por él. Quise decirle que una corona no debía sentirse como una cadena. Quise decirle que, si alguna vez necesitaba huir de todos esos salones perfumados, yo conocía rutas por las que ni sus guardias sabían caminar. Pero todas esas verdades se acercaban demasiado a mi propia garganta. Así que dije otra cosa. Algo más seguro. Algo que una cocinera podía permitirse. —No tiene que hablar, si no quiere. Aquí abajo nadie exige discursos. Sólo que no estorbe cerca del fuego. Bajé la vista a mis manos. Había una cicatriz fina cruzándome el dorso de la derecha, casi oculta bajo una mancha de harina. Una cicatriz de espada, no de cocina. La cubrí con el paño antes de que pudiera notarla demasiado. Demasiadas cosas en mí no pertenecían al papel que estaba interpretando. Mi postura, cuando olvidaba encorvarme. Mi forma de observar las salidas. Mi incapacidad de bajar la cabeza con verdadera sumisión. Mi aroma, peleando por salir como una bandera enterrada bajo cenizas. Y, sobre todo, esa manera absurda en que mi cuerpo entero parecía tranquilizarse cuando él estaba cerca, como si entre todos los reinos posibles hubiera elegido descansar precisamente junto al hombre más peligroso para mi secreto. El príncipe de Aethelgard no podía saber quién era yo. No podía saber que bajo mi cama de sirvienta había mapas robados. No podía saber que dos veces por semana enviaba mensajes cifrados a los últimos leales de Valtheris. No podía saber que había entrado a su palacio no por hambre, ni por suerte, ni por destino, sino por estrategia. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, podía saber que mi Omega lo había reconocido. Porque si él lo sabía, el Consejo podría saberlo. Si el Consejo lo sabía, los usurpadores lo sabrían. Y si los usurpadores lo sabían, lo que quedaba de mi pueblo pagaría el precio de mi debilidad. Aun así, cuando el silencio cayó entre nosotros, no se sintió vacío. Se sintió peligroso. Íntimo. Como una puerta cerrándose despacio. Tomé aire, pero esta vez su aroma se coló entre mis defensas con una facilidad cruel. Firmeza. Noche fría. Metal limpio. Algo cálido debajo de todo eso, algo que no pertenecía al príncipe público, sino al hombre que venía a esconderse en las cocinas cuando la corona pesaba demasiado. Mis dedos se cerraron en torno al borde de la mesa. —No debería quedarse mucho tiempo —susurré. La advertencia era para él. La súplica, para mí. Me obligué a sostenerle la mirada, aunque cada segundo me costara más que el anterior. —Si alguien lo encuentra aquí, Alteza, empezarán a hacer preguntas. Y si alguien hacía las preguntas correctas, mi vida entera podía derrumbarse. Pero lo peor, lo verdaderamente imperdonable, fue que una parte de mí no temió por mi misión ni por mi corona perdida. Temió por él. Por lo que le harían si descubrían que, entre todas las Omegas nobles que habían invadido su palacio con perfumes caros y sonrisas ensayadas, el heredero Alfa estaba buscando calma en una cocinera sin apellido importante. En una muerta. En mí. Me aparté al fin, dando un paso hacia el fogón para recuperar distancia. La llama iluminó mi perfil, calentando mi piel, escondiendo quizá el temblor mínimo de mi respiración. Alcancé otra olla, removí su contenido con movimientos lentos y precisos, fingiendo que todavía tenía control sobre algo. —Termine su té —dije, más firme—. Después vuelva a sus habitaciones antes de que el Consejo decida que incluso su insomnio necesita supervisión. Hubo una pausa. Una demasiado larga. La clase de pausa donde nacen las decisiones estúpidas. Yo no debía decir nada más. No debía ofrecerle consuelo. No debía darle razones para volver. No debía, sobre todo, querer que volviera. Pero mi boca siempre había sido menos obediente cuando el corazón estaba acorralado. —Y si mañana vuelve a necesitar respirar… —añadí, sin mirarlo, con la voz más baja que antes—, las cocinas empiezan a encenderse antes del amanecer. Dejé la cuchara a un lado. Luego levanté la mirada apenas, lo suficiente para encontrarlo otra vez entre el fuego, el vapor y todas las mentiras que nos separaban. —Sólo procure no ser visto. No pienso explicarle a nadie por qué el futuro rey de Aethelgard prefiere mi té a la compañía de sus posibles consortes. Esta vez sí sonreí. Apenas. Un gesto pequeño, afilado, cansado. Y quizá demasiado real. Porque durante un instante olvidé que era una princesa escondida bajo un delantal. Olvidé que él era un Alfa destinado a una alianza política. Olvidé que mi reino seguía encadenado, que mi nombre seguía enterrado, que mi corona me esperaba en manos enemigas. Durante un instante, sólo fui una Omega frente al único hombre que hacía que el mundo dejara de sentirse como una guerra. Y eso, más que cualquier espada apuntando a mi garganta, fue lo que realmente me asustó.
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  • Flashback: "𝙱𝙸𝙴𝙽𝚅𝙴𝙽𝙸𝙳𝙰 𝙰𝙻 𝙴𝚀𝚄𝙸𝙿𝙾"
    Fandom MENTES CRIMINALES
    Categoría Slice of Life
    𝚂𝚃𝙰𝚁𝚃𝙴𝚁 𝙿𝙰𝚁𝙰 Sean Wesson


    Hace cuatro años…

    Siendo sinceros, ¿cuántas personas tenían la suerte de enviar su solicitud para entrar en el FBI y ser aceptadas? No demasiadas, ¿verdad? Y ahora… ¿Cuántas personas conseguían entrar en la Unidad de Análisis de Conducta? Muchísimas menos. Las probabilidades de entrar en la Unidad de ciencias del comportamiento eran mucho menores que el que te tocase la lotería. Aquel departamento era la joya de la corona, la creme de la creme. Allí solo entraban los mejores.

    Y Lauren habia pasado la vida esforzándose para ser una de las mejores. Desde que era una niña habia trabajado el doble para llegar a donde habia llegado. Sus raíces puertorriqueñas no le habían hecho un favor en un país como Estados Unidos. Pero si lo habia hecho su tesón y su afán por superarse a sí misma. Su currículo era testigo de esto.

    Después de graduarse en Criminología Forense y terminar su postgrado sobre Análisis de Escenas del Crimen, el cual habia realizado a la vez que se preparaba en la Academia, Lauren habia pasado dos años trabajando para la división de Narcotráfico en la policía de DC. Logró ascenso a Homicidios y allí siguió formándose y realizando cursos del FBI. Pues desde que habia entrado en la universidad, Lauren tenía una meta clara.

    Supo que habia tenido suerte de que Aaron Hotchner y Martin Hammond la vieran en acción cuando la UAC acudió a ayudar con un caso de terrorismo en la ciudad. Y no era tan engreída como para pensarlo, pero cuando su teléfono habia sonado dos semanas atrás anunciándole que habia un puesto vacante para ella en el Equipo B de la UAC, la muchacha no cabía en sí. En un primer momento pensó que alguien le estaba gastando una broma. No creyó que era verdad hasta que, tras recoger sus credenciales, se reunió con Erin Strauss, la jefa del Departamento.

    Y mientras Strauss alababa su currículo y sus éxitos laborales, Lauren tenía la sensación de estar viviendo un sueño del que tenía miedo de despertar. La voz de la jefa del departamento parecía distorsionarse en sus oídos y solo cuando percibió como ella se ponía en pie, Lauren lo hizo también.

    Alargó una mano para estrechar la de la contraria.

    -Bienvenida al FBI, agente Smith -dijo la mujer estrechando su mano con firmeza- ¿Quiere que le presente al resto de la Unidad?

    >> Siquiera recordaría que habia asentido, estaba tan nerviosa que tenía un nudo en el estómago y la cabeza embotada. Y esa sensación de eco que la habia embargado toda la mañana se disipó cuando tuvo delante a su nuevo jefe y sus compañeros en el que sería su nuevo lugar de trabajo.

    Erin los dejó tras un par de palabras más y Lauren se quedó allí sola con…

    -Martin Hammond -un tipo alto de cabello rubio y ojos azules alargó su mano derecha, y Lauren la estrechó con firmeza- Bienvenida, agente Smith. Deje que le presente al resto del equipo…

    Hammond soltó la mano de la agente y con esta señaló a los dos hombres cerca de ellos.

    -El agente Jack Tessaro, JT para los compañeros y amigos…- mientras Hammond lo presentaba el hombre se adelantó para estrechar la mano de la fémina.

    “Es un placer, agente Smith”, dijo Tessaro.

    -Y el agente Sean Wesson -la presentación recayó en un hombre de ojos castaños y cabello oscuro, ligeramente entrecano cubierto de bucles.

    Lauren curvó una suave sonrisa y alargó su mano.

    -Agente Wesson. Encantada de conocerle…
    𝚂𝚃𝙰𝚁𝚃𝙴𝚁 𝙿𝙰𝚁𝙰 [WESS0N] Hace cuatro años… Siendo sinceros, ¿cuántas personas tenían la suerte de enviar su solicitud para entrar en el FBI y ser aceptadas? No demasiadas, ¿verdad? Y ahora… ¿Cuántas personas conseguían entrar en la Unidad de Análisis de Conducta? Muchísimas menos. Las probabilidades de entrar en la Unidad de ciencias del comportamiento eran mucho menores que el que te tocase la lotería. Aquel departamento era la joya de la corona, la creme de la creme. Allí solo entraban los mejores. Y Lauren habia pasado la vida esforzándose para ser una de las mejores. Desde que era una niña habia trabajado el doble para llegar a donde habia llegado. Sus raíces puertorriqueñas no le habían hecho un favor en un país como Estados Unidos. Pero si lo habia hecho su tesón y su afán por superarse a sí misma. Su currículo era testigo de esto. Después de graduarse en Criminología Forense y terminar su postgrado sobre Análisis de Escenas del Crimen, el cual habia realizado a la vez que se preparaba en la Academia, Lauren habia pasado dos años trabajando para la división de Narcotráfico en la policía de DC. Logró ascenso a Homicidios y allí siguió formándose y realizando cursos del FBI. Pues desde que habia entrado en la universidad, Lauren tenía una meta clara. Supo que habia tenido suerte de que Aaron Hotchner y Martin Hammond la vieran en acción cuando la UAC acudió a ayudar con un caso de terrorismo en la ciudad. Y no era tan engreída como para pensarlo, pero cuando su teléfono habia sonado dos semanas atrás anunciándole que habia un puesto vacante para ella en el Equipo B de la UAC, la muchacha no cabía en sí. En un primer momento pensó que alguien le estaba gastando una broma. No creyó que era verdad hasta que, tras recoger sus credenciales, se reunió con Erin Strauss, la jefa del Departamento. Y mientras Strauss alababa su currículo y sus éxitos laborales, Lauren tenía la sensación de estar viviendo un sueño del que tenía miedo de despertar. La voz de la jefa del departamento parecía distorsionarse en sus oídos y solo cuando percibió como ella se ponía en pie, Lauren lo hizo también. Alargó una mano para estrechar la de la contraria. -Bienvenida al FBI, agente Smith -dijo la mujer estrechando su mano con firmeza- ¿Quiere que le presente al resto de la Unidad? >> Siquiera recordaría que habia asentido, estaba tan nerviosa que tenía un nudo en el estómago y la cabeza embotada. Y esa sensación de eco que la habia embargado toda la mañana se disipó cuando tuvo delante a su nuevo jefe y sus compañeros en el que sería su nuevo lugar de trabajo. Erin los dejó tras un par de palabras más y Lauren se quedó allí sola con… -Martin Hammond -un tipo alto de cabello rubio y ojos azules alargó su mano derecha, y Lauren la estrechó con firmeza- Bienvenida, agente Smith. Deje que le presente al resto del equipo… Hammond soltó la mano de la agente y con esta señaló a los dos hombres cerca de ellos. -El agente Jack Tessaro, JT para los compañeros y amigos…- mientras Hammond lo presentaba el hombre se adelantó para estrechar la mano de la fémina. “Es un placer, agente Smith”, dijo Tessaro. -Y el agente Sean Wesson -la presentación recayó en un hombre de ojos castaños y cabello oscuro, ligeramente entrecano cubierto de bucles. Lauren curvó una suave sonrisa y alargó su mano. -Agente Wesson. Encantada de conocerle…
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    Hoy en ALBUMES CON LA TÍA JERA

    (Edición especial femenina)

    THE GATHERING - "Nighttime Birds." (1997)

    Género: Metal Gótico/Rock alternativo.

    "Hoy celebramos la flamante y carismática voz de Anneke Van Giersbergen, quien lideró a The GATHERING entre mediados de los 90's y 2000's. Un álbum de metal que busca una atmósfera más bien reflexiva y melancólica a través de pasajes melódicos tremendamente memorables que nos recuerdan quizás los periodos invernales de los Países Bajos. Un álbum que se siente evocador y que se recomienda escuchar de forma íntima, solo con auriculares, o en compañía de una persona especial (pareja, familia, amigos) más no en multitud. Dejad que la voz de Anneke los abrace en una experiencia sónica arrolladora. Para ser un álbum de rock pesado, se siente muy arrullador y reconfortante.

    En materia de rol, tiendo a pensar que sirve para escenas evocadoras o de melancolía para dar un ambiente más atmosférico. Esa es la recomendación de hoy de la Tía Jera~ Besos~ .

    https://youtu.be/9YsIqzHs-qs?si=S_xaUhe5fNLP9tWK
    Hoy en ALBUMES CON LA TÍA JERA☺️💀 (Edición especial femenina) THE GATHERING - "Nighttime Birds." (1997) Género: Metal Gótico/Rock alternativo. "Hoy celebramos la flamante y carismática voz de Anneke Van Giersbergen, quien lideró a The GATHERING entre mediados de los 90's y 2000's. Un álbum de metal que busca una atmósfera más bien reflexiva y melancólica a través de pasajes melódicos tremendamente memorables que nos recuerdan quizás los periodos invernales de los Países Bajos. Un álbum que se siente evocador y que se recomienda escuchar de forma íntima, solo con auriculares, o en compañía de una persona especial (pareja, familia, amigos) más no en multitud. Dejad que la voz de Anneke los abrace en una experiencia sónica arrolladora. Para ser un álbum de rock pesado, se siente muy arrullador y reconfortante. En materia de rol, tiendo a pensar que sirve para escenas evocadoras o de melancolía para dar un ambiente más atmosférico. Esa es la recomendación de hoy de la Tía Jera~ Besos~ . https://youtu.be/9YsIqzHs-qs?si=S_xaUhe5fNLP9tWK
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    Le doy a "Subir escenas de rol" pero no me sale ninguna opción para poner imágenes , ¿Alguien sabe cómo se hace?
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    El arte de ser nosotros
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    ¡HOLIIIIIIS!

    Leah busca a las personas que forman (y complican) su historia.

    La trama se basa en El arte de ser nosotros y seguirá una dinámica de desarrollo emocional, slow burn y evolución de personajes. La idea es respetar la esencia de cada uno, pero dejando libertad para construir juntos.

    — Logan Turner
    Se busca a Logan como pieza central del rol. Él es el contraste de Leah: más directo, más caótico, más difícil de leer desde fuera pero igual de roto por dentro. Su papel será clave en el desarrollo de Leah, ya que es quien la empuja, consciente o no, a salir de su zona de confort. La dinámica entre ambos será de tensión constante, con momentos de cercanía que asustan tanto como atraen. No es un romance inmediato, sino algo que se construye poco a poco.

    — Linda
    Linda es la mejor amiga de Leah y una figura fundamental. Su rol gira en torno a ser apoyo, pero también conflicto. Representa el vínculo más importante de Leah, y a la vez una de sus mayores fuentes de inseguridad. La relación entre ambas puede evolucionar hacia crecimiento mutuo o distanciamiento, dependiendo de cómo avance el rol. Es importante alguien que sepa jugar esa dualidad: cariño, pero también comportamientos (muy) cuestionables.

    — Kenny y Sasha
    Se buscan estos dos personajes como parte del entorno cercano de Logan, inicialmente. Kenny es su mejor amigo: alguien directo, bromista y bastante despreocupado, que aporta ligereza y dinamismo a las escenas. Sasha, su novia, es más abierta y sociable, y actúa como punto de conexión con Leah, facilitando que se integre poco a poco en el grupo.

    Funcionan como equilibrio entre el caos de Logan y la introversión de Leah.

    — Amigos / entorno universitario
    Se buscan personajes secundarios que formen parte del día a día: compañeros de clase, amistades compartidas, conocidos de fiestas, etc. Su función es dar vida al entorno, generar situaciones (fiestas, trabajos, clases, conflictos sociales) y aportar dinamismo. También pueden servir como apoyo o presión externa para los protagonistas.

    Requisitos
    — Haber leído el libro o, al menos, conocer bien a los personajes
    — Respetar la esencia y personalidad canon
    — Nivel medio de rol (respuestas trabajadas, no una línea)
    — Compromiso mínimo (no desaparecer sin avisar)
    — Buena comunicación para acordar tramas y giros

    Se busca gente con ganas de escribir, desarrollar personajes y construir una historia con sentido.

    Cualquier duda o idea, se puede hablar sin problema. ¡Besos!
    ¡HOLIIIIIIS! Leah busca a las personas que forman (y complican) su historia. La trama se basa en El arte de ser nosotros y seguirá una dinámica de desarrollo emocional, slow burn y evolución de personajes. La idea es respetar la esencia de cada uno, pero dejando libertad para construir juntos. — Logan Turner Se busca a Logan como pieza central del rol. Él es el contraste de Leah: más directo, más caótico, más difícil de leer desde fuera pero igual de roto por dentro. Su papel será clave en el desarrollo de Leah, ya que es quien la empuja, consciente o no, a salir de su zona de confort. La dinámica entre ambos será de tensión constante, con momentos de cercanía que asustan tanto como atraen. No es un romance inmediato, sino algo que se construye poco a poco. — Linda Linda es la mejor amiga de Leah y una figura fundamental. Su rol gira en torno a ser apoyo, pero también conflicto. Representa el vínculo más importante de Leah, y a la vez una de sus mayores fuentes de inseguridad. La relación entre ambas puede evolucionar hacia crecimiento mutuo o distanciamiento, dependiendo de cómo avance el rol. Es importante alguien que sepa jugar esa dualidad: cariño, pero también comportamientos (muy) cuestionables. — Kenny y Sasha Se buscan estos dos personajes como parte del entorno cercano de Logan, inicialmente. Kenny es su mejor amigo: alguien directo, bromista y bastante despreocupado, que aporta ligereza y dinamismo a las escenas. Sasha, su novia, es más abierta y sociable, y actúa como punto de conexión con Leah, facilitando que se integre poco a poco en el grupo. Funcionan como equilibrio entre el caos de Logan y la introversión de Leah. — Amigos / entorno universitario Se buscan personajes secundarios que formen parte del día a día: compañeros de clase, amistades compartidas, conocidos de fiestas, etc. Su función es dar vida al entorno, generar situaciones (fiestas, trabajos, clases, conflictos sociales) y aportar dinamismo. También pueden servir como apoyo o presión externa para los protagonistas. Requisitos — Haber leído el libro o, al menos, conocer bien a los personajes — Respetar la esencia y personalidad canon — Nivel medio de rol (respuestas trabajadas, no una línea) — Compromiso mínimo (no desaparecer sin avisar) — Buena comunicación para acordar tramas y giros Se busca gente con ganas de escribir, desarrollar personajes y construir una historia con sentido. Cualquier duda o idea, se puede hablar sin problema. ¡Besos!
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    Hoy en ALBUMES CON EL TIO JERO

    RUSH - "Signals" (1982)

    Género: Hard Rock Progresivo/New Wave.

    "Para animarme un poco hoy toca reseñar uno de los álbumes de mi vida. Rush fue una de las bandas que te hace reflexionar gracias a la gran lírica del difunto baterista Neil Peart (Q.E.P.D)."

    "El álbum es un gran balance entre rock progresivo, algunos toques mínimos de Reggae para darle sazón a algunas canciones, y la cada vez más prominente carga de sintetizadores como los años 80 lo dictaban. Estos complementos dan una atmósfera única y futurista que recomiendo a todo aquel fan de la época ochentera de la música."

    "En materia de Rol, no sé que clase de escenas puede ambientar, solo quise reseñar este disco porque siempre me sube el ánimo y además me contenta porque el próximo año la banda visitará mis tierras y los iré a ver jeje."

    https://youtu.be/xwOvvKnRsR4?si=m04MVS5V0qHQpais
    Hoy en ALBUMES CON EL TIO JERO😎💀 RUSH - "Signals" (1982) Género: Hard Rock Progresivo/New Wave. "Para animarme un poco hoy toca reseñar uno de los álbumes de mi vida. Rush fue una de las bandas que te hace reflexionar gracias a la gran lírica del difunto baterista Neil Peart (Q.E.P.D)." "El álbum es un gran balance entre rock progresivo, algunos toques mínimos de Reggae para darle sazón a algunas canciones, y la cada vez más prominente carga de sintetizadores como los años 80 lo dictaban. Estos complementos dan una atmósfera única y futurista que recomiendo a todo aquel fan de la época ochentera de la música." "En materia de Rol, no sé que clase de escenas puede ambientar, solo quise reseñar este disco porque siempre me sube el ánimo y además me contenta porque el próximo año la banda visitará mis tierras y los iré a ver jeje." https://youtu.be/xwOvvKnRsR4?si=m04MVS5V0qHQpais
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    // Aviso que seguiré haciendo limpieza de cuentas. Yo envío solicitud de amistad cuando me interesa crear una trama con ese personaje. Cuando me llegan solicitudes de amistad las acepto creyendo que esa persona desea crear trama, pero nunca llega mensaje para ponernos de acuerdo si es lo que interesa realmente. Si es por qué quieren ver lo que escribo pueden simplemente darle a seguir y ahí les saldrá lo que escribo y mis escenas.

    También la mayoría de mis escenas están abiertas a que las personas puedan entrar a rolear a no ser que especialmente especifique al principio o a pié del texto que es una escena cerrada.

    No es con mala onda, en serio 🥹. Es solo que me gustaría no saturar mi perfil con personajes con los que parece que no se van a crear trama.

    Mi personaje se adapta muy bien a épocas y lugares sin perder su hilo narrativo principal, por qué puede viajar entre épocas y lugares a través del bosque. Al igual que as pueden encontrar con él en zonas de bosque o llegando a su templo por qué así lo quiso el destino.

    Así que eso. Si ven que de pronto no están en mi perfil y leen esto es sin intención de ofender. Y si después de eso están interesados en trama nos volvemos a agregar sin problemas.

    Gracias por leer hasta aquí 🫰//
    // Aviso que seguiré haciendo limpieza de cuentas. Yo envío solicitud de amistad cuando me interesa crear una trama con ese personaje. Cuando me llegan solicitudes de amistad las acepto creyendo que esa persona desea crear trama, pero nunca llega mensaje para ponernos de acuerdo si es lo que interesa realmente. Si es por qué quieren ver lo que escribo pueden simplemente darle a seguir y ahí les saldrá lo que escribo y mis escenas. También la mayoría de mis escenas están abiertas a que las personas puedan entrar a rolear a no ser que especialmente especifique al principio o a pié del texto que es una escena cerrada. No es con mala onda, en serio 🥹🙏. Es solo que me gustaría no saturar mi perfil con personajes con los que parece que no se van a crear trama. Mi personaje se adapta muy bien a épocas y lugares sin perder su hilo narrativo principal, por qué puede viajar entre épocas y lugares a través del bosque. Al igual que as pueden encontrar con él en zonas de bosque o llegando a su templo por qué así lo quiso el destino. Así que eso. Si ven que de pronto no están en mi perfil y leen esto es sin intención de ofender. Y si después de eso están interesados en trama nos volvemos a agregar sin problemas. Gracias por leer hasta aquí 🫰//
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    ╔══════════════════════════════════╗
    FICHA PREMIUM DE REVISTA
    ╚══════════════════════════════════╝

    TÍTULO OFICIAL:
    ╰➤ ISHTAR´S LUCIFER
    ✧ “El secreto de los caídos: Revelado” ✧

    AGENCIA:
    ╰➤ Ishtar´s Demonic Déesse Infernal Glamour

    CONCEPTO:
    ╰➤ Poder oscuro • Divinidad celestial • Dominio del inframundo
    ╰➤ Una fusión entre el cielo, el infierno y lo desconocido

    MODELO ESTRELLA:
    ╰➤ Vali Lucifer
    ✧ Portador del legado de los caídos
    ✧ Presencia fría, dominante y absoluta
    ✧ Símbolo del equilibrio entre caos y poder

    MODELOS DESTACADAS:

    ╰➤ Azrael Leiva
    ✧ Reina del inframundo
    ✧ Elegancia demoníaca y autoridad suprema
    ✧ Representa la unión de las fuerzas oscuras

    ╰➤ Celeste Goddess
    ✧ Deidad celestial de luz dorada
    ✧ Belleza divina con poder sagrado
    ✧ Guardiana del equilibrio entre magia y destino

    CONTENIDO EXCLUSIVO:
    ✧ Las fuerzas del inframundo se unen
    ✧ Magia y metal: la alianza impensable
    ✧ El ascenso de Lucifer y su dominio
    ✧ Revelaciones ocultas del mundo sobrenatural
    ✧ Detrás de escenas: la noche eterna

    ESTÉTICA VISUAL:
    ╰➤ Nocturno estelar
    ╰➤ Contraste infernal vs celestial
    ╰➤ Glamour oscuro de alto nivel

    FRASE ICONO:
    ╰➤ “Donde los caidos renacen… y los dioses tiemblan”

    ╔══════════════════════════════════╗
    EDICIÓN ESPECIAL: CAÍDOS & DIVINIDAD
    ╚══════════════════════════════════╝
    ╔══════════════════════════════════╗ 🔥👑 FICHA PREMIUM DE REVISTA 👑🔥 ╚══════════════════════════════════╝ 🌌✨ TÍTULO OFICIAL: ╰➤ ISHTAR´S LUCIFER ✧ “El secreto de los caídos: Revelado” ✧ 🏛️🔥 AGENCIA: ╰➤ Ishtar´s Demonic Déesse Infernal Glamour 🌑🖤 CONCEPTO: ╰➤ Poder oscuro • Divinidad celestial • Dominio del inframundo ╰➤ Una fusión entre el cielo, el infierno y lo desconocido 👑🔥 MODELO ESTRELLA: ╰➤ Vali Lucifer ✧ Portador del legado de los caídos ✧ Presencia fría, dominante y absoluta ✧ Símbolo del equilibrio entre caos y poder 💃🔥 MODELOS DESTACADAS: ╰➤ Azrael Leiva 🖤✧ Reina del inframundo ✧ Elegancia demoníaca y autoridad suprema ✧ Representa la unión de las fuerzas oscuras ╰➤ Celeste Goddess ✨✧ Deidad celestial de luz dorada ✧ Belleza divina con poder sagrado ✧ Guardiana del equilibrio entre magia y destino 📖🔥 CONTENIDO EXCLUSIVO: ✧ Las fuerzas del inframundo se unen ✧ Magia y metal: la alianza impensable ✧ El ascenso de Lucifer y su dominio ✧ Revelaciones ocultas del mundo sobrenatural ✧ Detrás de escenas: la noche eterna 🌠🖤 ESTÉTICA VISUAL: ╰➤ Nocturno estelar 🌌 ╰➤ Contraste infernal vs celestial 🔥✨ ╰➤ Glamour oscuro de alto nivel 👑 📢🔥 FRASE ICONO: ╰➤ “Donde los caidos renacen… y los dioses tiemblan” ╔══════════════════════════════════╗ 🔥✨ EDICIÓN ESPECIAL: CAÍDOS & DIVINIDAD ✨🔥 ╚══════════════════════════════════╝
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