• - Respondo a la pregunta, la mujer perfecta para mí,

    Bueno la mujer perfecta .. en la calle una dama respetable, en la casa una señora comandante y en la cama una prestigiosa ninfómana insaciable, si te encuentras esas tres características en el mismo paquete, te felicito, te pegaste el premio mayor en la lotería .
    - Respondo a la pregunta, la mujer perfecta para mí, Bueno la mujer perfecta .. en la calle una dama respetable, en la casa una señora comandante y en la cama una prestigiosa ninfómana insaciable, si te encuentras esas tres características en el mismo paquete, te felicito, te pegaste el premio mayor en la lotería .
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  • las peores invaciones con las que se podian lidiar en los territorios de las brujas era la miasma, a diferencia de otras criaturas esta solo se mostraba como un humo negro que consumia todo a su paso a cambio de dar entrada a las demas bestias "FUEGO!" el sonido de cañones resono por toda la ciudad, Yuhi habia preparado sus calderos los cuales habian empezado a disparar a aquella nube oscura alejandola lo mas posible.

    En el suelo Nova usaba su espejo lanzando hechizos una tras de otro dejando cuerpos de criaturas de pesadilla tras de el -ZONA NORTE ESTA ENTRANDO!- Uno de los ccomandantes de defensa anuncio por los altavoces de la ciudad, Nova se apresuro a llegar dejando salir las manos de su espejo, manos que atarian a las criatura sy las llevarian al interior del reflejo, el sonido de los calderos explotando y de las armas de fuego inundaban las calles, los ciudadanos que aprendieron de las brujas empezaron a usar la Cloroquinesis para tratar de crear defensas en los hogares y calles principales sin embargo la miasma no retrocedia.

    Ante el estres el espejo de nova se empezo a agrietar "Que hago! que hago! que hago!" el chico no podia pensar bien dejando que el panico lo consumiera hasta que su espejo exploto, su cuerpo como vidrio se resquebrajo dejando salir algo distinto, los cristales se reconstruyeron en una criatura sin forma definida las cual unicamente imitaba a las bestias rompiendose en añicos para liberar replicas hechas de vidrio tan resistente que nisiquiera golpes directos podian romperlas, con aquello parecieron haber alejado a las criaturas y a miasma una vez mas sin embargo Nova tardo un tiempo en recuperar su forma original pues se habia roto en multiples piezas gracias al estres -eso.... no estuvo bien- fue lo unico que pudo decir mientras obserbava el cristal unirse para fromar nuevamente su cuerpo.

    https://youtu.be/sjRdTyWh7To?si=JSDEGCR9nmD76jYl
    las peores invaciones con las que se podian lidiar en los territorios de las brujas era la miasma, a diferencia de otras criaturas esta solo se mostraba como un humo negro que consumia todo a su paso a cambio de dar entrada a las demas bestias "FUEGO!" el sonido de cañones resono por toda la ciudad, Yuhi habia preparado sus calderos los cuales habian empezado a disparar a aquella nube oscura alejandola lo mas posible. En el suelo Nova usaba su espejo lanzando hechizos una tras de otro dejando cuerpos de criaturas de pesadilla tras de el -ZONA NORTE ESTA ENTRANDO!- Uno de los ccomandantes de defensa anuncio por los altavoces de la ciudad, Nova se apresuro a llegar dejando salir las manos de su espejo, manos que atarian a las criatura sy las llevarian al interior del reflejo, el sonido de los calderos explotando y de las armas de fuego inundaban las calles, los ciudadanos que aprendieron de las brujas empezaron a usar la Cloroquinesis para tratar de crear defensas en los hogares y calles principales sin embargo la miasma no retrocedia. Ante el estres el espejo de nova se empezo a agrietar "Que hago! que hago! que hago!" el chico no podia pensar bien dejando que el panico lo consumiera hasta que su espejo exploto, su cuerpo como vidrio se resquebrajo dejando salir algo distinto, los cristales se reconstruyeron en una criatura sin forma definida las cual unicamente imitaba a las bestias rompiendose en añicos para liberar replicas hechas de vidrio tan resistente que nisiquiera golpes directos podian romperlas, con aquello parecieron haber alejado a las criaturas y a miasma una vez mas sin embargo Nova tardo un tiempo en recuperar su forma original pues se habia roto en multiples piezas gracias al estres -eso.... no estuvo bien- fue lo unico que pudo decir mientras obserbava el cristal unirse para fromar nuevamente su cuerpo. https://youtu.be/sjRdTyWh7To?si=JSDEGCR9nmD76jYl
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  • El cielo nocturno ya no era un manto de promesas, sino una bóveda asfixiante, una prisión a la que le aterraba volver. Mirando hacia la inmensidad oscura, los ojos dorados de Raziel dejaron escapar nuevas lágrimas. Reprimir los siglos de devoción que atesoraba por ella era una tarea imposible, incluso cuando la imagen de la Comandante, empapada en la sangre de sus hermanos, monopolizaba cada una de sus pesadillas.

    La necesitaba con desesperación. La distancia era un veneno corrosivo que le devoraba el alma más rápido que el propio abandono de Padre. El corazón le latía dividido: por un lado, el pánico de que Mikhael la encontrara; por el otro, la agonía de querer sentir su presencia una vez más.

    Desplegó sus alas rotas, forzando un último impulso que la llevó hasta la azotea de un edificio desolado. Tenía que estar lejos. Lejos de la casa de Vael, asegurándose de que su propia imprudencia no lo arrastrara a la muerte. Una vez a salvo en la cornisa, cerró los ojos y dejó que su voz viajara a través de ese vínculo mental que alguna vez juraron que sería eterno. Un hilo que ahora se sentía infectado por la guerra, pero al que Raziel se aferraba con obstinación.

    —He caminado entre ellos... he visto de cerca lo pútrido de su alma... lo inmoral de sus acciones... —Su confesión viajó por el hilo invisible, dándole la razón a todas esas noches de preguntas que siempre la atormentaron. Si tan solo hubiera prestado más atención... quizá habría podido evitar esto, pero ya era muy tarde—. Pero también he visto el rezago del amor de Padre en ellos, Mikhael... lo que alguna vez habitó en ti y en mí... ese amor...

    La palabra le quemó la garganta, dejándole un sabor a ceniza—… el que ya no tiene cabida en tu pecho... he decidido que voy a protegerlo.

    La declaración se cortó por el llanto. Se estaba convirtiendo en la enemiga de la dueña de su corazón, pero se aferró a la certeza de que detenerla era la única forma de salvarla de sí misma; de evitar que las manos puras de la General se perdieran para siempre en la sangre inocente.

    —Sé que pretendes asesinarlos a todos. Y solo quería que supieras... amor mío... que voy a detenerte. Sin importar el costo.
    El cielo nocturno ya no era un manto de promesas, sino una bóveda asfixiante, una prisión a la que le aterraba volver. Mirando hacia la inmensidad oscura, los ojos dorados de Raziel dejaron escapar nuevas lágrimas. Reprimir los siglos de devoción que atesoraba por ella era una tarea imposible, incluso cuando la imagen de la Comandante, empapada en la sangre de sus hermanos, monopolizaba cada una de sus pesadillas. La necesitaba con desesperación. La distancia era un veneno corrosivo que le devoraba el alma más rápido que el propio abandono de Padre. El corazón le latía dividido: por un lado, el pánico de que Mikhael la encontrara; por el otro, la agonía de querer sentir su presencia una vez más. Desplegó sus alas rotas, forzando un último impulso que la llevó hasta la azotea de un edificio desolado. Tenía que estar lejos. Lejos de la casa de Vael, asegurándose de que su propia imprudencia no lo arrastrara a la muerte. Una vez a salvo en la cornisa, cerró los ojos y dejó que su voz viajara a través de ese vínculo mental que alguna vez juraron que sería eterno. Un hilo que ahora se sentía infectado por la guerra, pero al que Raziel se aferraba con obstinación. —He caminado entre ellos... he visto de cerca lo pútrido de su alma... lo inmoral de sus acciones... —Su confesión viajó por el hilo invisible, dándole la razón a todas esas noches de preguntas que siempre la atormentaron. Si tan solo hubiera prestado más atención... quizá habría podido evitar esto, pero ya era muy tarde—. Pero también he visto el rezago del amor de Padre en ellos, Mikhael... lo que alguna vez habitó en ti y en mí... ese amor... La palabra le quemó la garganta, dejándole un sabor a ceniza—… el que ya no tiene cabida en tu pecho... he decidido que voy a protegerlo. La declaración se cortó por el llanto. Se estaba convirtiendo en la enemiga de la dueña de su corazón, pero se aferró a la certeza de que detenerla era la única forma de salvarla de sí misma; de evitar que las manos puras de la General se perdieran para siempre en la sangre inocente. —Sé que pretendes asesinarlos a todos. Y solo quería que supieras... amor mío... que voy a detenerte. Sin importar el costo.
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  • -Usando las ropas antiguas de un pasado distante, la androide se topo con el líder de los vigilantes de la galaxia, sabía lo fuerte que él es y posiblemente, esa fuerza les sera de ayuda en una próxima batalla qué se acerca.

    12B ya había puesto al tanto a la comandante de la fuerza que tiene Ashveil, siente que puede confiar en él, pues se ve que no parece ser de los que traicione, pese al los riesgos que esa alianza podría traer, aun asi la androide se arriesgaría. -
    -Usando las ropas antiguas de un pasado distante, la androide se topo con el líder de los vigilantes de la galaxia, sabía lo fuerte que él es y posiblemente, esa fuerza les sera de ayuda en una próxima batalla qué se acerca. 12B ya había puesto al tanto a la comandante de la fuerza que tiene Ashveil, siente que puede confiar en él, pues se ve que no parece ser de los que traicione, pese al los riesgos que esa alianza podría traer, aun asi la androide se arriesgaría. -
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  • -En una de sus tantas patrullas, androide de Yorha, se encontró con Adam, uno de los seres que fueron creados por las maquinas de los invasores del espacio, las ordenes eran claras, si algún miembro de Yorha se encuentra ya sea con Adam y Eve, deben enfrentarlos, con intención de erradicarlos.

    Adam a ver a la joven androide, mostró una sonrisa, era su oportunidad de enfrentarse a un miembro de Yorha, sin mas comenzó a provocarla.

    Aunque no hacía falta, pues órdenes darlas por la comandante, es algo que se debe llevar acabo, todo sea por la gloria de la humanidad.

    Pese al paisaje desolado y destruido, ya dos figuras batiendose a un duelo de espadas se dejaba ver, el choque de las armas era lo único que quebraba ese silencio de aquella ciudad abandonada y destruida. *
    -En una de sus tantas patrullas, androide de Yorha, se encontró con Adam, uno de los seres que fueron creados por las maquinas de los invasores del espacio, las ordenes eran claras, si algún miembro de Yorha se encuentra ya sea con Adam y Eve, deben enfrentarlos, con intención de erradicarlos. Adam a ver a la joven androide, mostró una sonrisa, era su oportunidad de enfrentarse a un miembro de Yorha, sin mas comenzó a provocarla. Aunque no hacía falta, pues órdenes darlas por la comandante, es algo que se debe llevar acabo, todo sea por la gloria de la humanidad. Pese al paisaje desolado y destruido, ya dos figuras batiendose a un duelo de espadas se dejaba ver, el choque de las armas era lo único que quebraba ese silencio de aquella ciudad abandonada y destruida. *
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  • -Ese día, la androide acaba de regresar de una misión, al fondo se ve un incendio que ella provocó, cuando se enfrentó a una base de máquinas invasoras, ella estaba de regreso a un lugar un tanto tranquilo y seguro por si en el camino se llegaba a encontrar con enemigos.

    Una vez a salvo, 12B le informaria a la comandate que se encuentra en el bunker esperando respuestas de su subordinada, pues hace días atrás, la comandante le dio órdenes de enfrentarse a esos enemigos por suerte a ser modelo de batalla, es capaz de dominar variedad de armas y variedades de estilos de pelea, mientras camina observa el objeto recuperado, seguramente regresará después al bunker a entregarle ese objeto a la comandante *
    -Ese día, la androide acaba de regresar de una misión, al fondo se ve un incendio que ella provocó, cuando se enfrentó a una base de máquinas invasoras, ella estaba de regreso a un lugar un tanto tranquilo y seguro por si en el camino se llegaba a encontrar con enemigos. Una vez a salvo, 12B le informaria a la comandate que se encuentra en el bunker esperando respuestas de su subordinada, pues hace días atrás, la comandante le dio órdenes de enfrentarse a esos enemigos por suerte a ser modelo de batalla, es capaz de dominar variedad de armas y variedades de estilos de pelea, mientras camina observa el objeto recuperado, seguramente regresará después al bunker a entregarle ese objeto a la comandante *
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  • ───── STARTER CALL .ᐟ
    ᅠᅠ ♡ Jason Elaris

    El año diecisiete de la era Genji no trajo ninguna promesa de esperanza, sino más bien una profunda sensación de desdicha. Para quienes vivían en las calles de Kyoto, solo encontraban el hambre que no cesaba y en el miedo constante a que una disputa política terminara en un charco de sangre frente a su puerta. El shogunato se desmoronaba a la vista de todos, incapaz de sostener un país que ya no entendía sus propias reglas, la caída era inminente.
    Sin embargo, esa tarde de 1865, Hijikata no buscaba pelea ni estaba persiguiendo a ningún rebelde.
    Caminaba solo por la orilla del río Kamo mientras el sol comenzaba a bajar, pintando el agua de un rojo apagado que recordaba demasiado a las heridas que vio en sus compañeros. Se sentía demasiado cansado, la patrulla del día se había alargado demasiado y sus pies acusaban el esfuerzo de tantas horas de vigilancia.
    Se había separado de Okita y Saitō después de un intento desastroso de socializar en una taberna cercana. Todo empezó cuando, bajo los efectos del sake y la insistencia de sus compañeros, Hijikata accedió a recitar unos versos con un tono que pretendía ser solemne. El silencio que siguió fue incómodo y los pocos aplausos que recibió sonaron más a lástima que a respeto. Okita, que no soportaba que nadie ignorara el "talento" de su subcomandante, se puso en pie de un salto, gritando que todos en el local eran unos bárbaros sin oído musical.
    ​Mientras Okita empezaba a volcar mesas y a amenazar con moler a palos a medio bar por su falta de cultura, y Saitō se preparaba para la inevitable trifulca, Hijikata aprovechó el caos para escabullirse. Se ajustó el uniforme y salió a la calle con paso rápido, mirando hacia otro lado y fingiendo estar muy interesado en una pared cercana para que nadie lo asociara con los dos locos que estaban destrozando el mobiliario.

    Se detuvo un momento junto a un puente de madera y apoyó las manos en la baranda. El roce de la madera vieja le hizo notar que todavía tenía restos de tinta en los dedos por los documentos que había estado firmando esa mañana. Era un detalle pequeño, pero le recordó lo lejos que estaba de ser el simple campesino que alguna vez fue. Debajo del puente, un par de mujeres trabajaban con sus redes de pesca en un bote pequeño. Se reían por algo que él no alcanzaba a escuchar, compartiendo una complicidad sencilla y cotidiana, Hijikata solo se limitaba a mirar, dejando escapar un suspiro de cansancio.
    Al levantar la vista, el resplandor del atardecer lo obligó a entrecerrar los ojos. En el otro extremo del puente, una silueta se recortaba contra la luz naranja del cielo. Por instinto, enderezó la espalda y ajustó el peso de su katana en la cadera. Su mano derecha bajó unos centímetros, situándose cerca de la empuñadura por pura costumbre.

     ❛ ¿Quién eres? ❜


    ───── STARTER CALL .ᐟ ᅠᅠ ♡ [jay.elaris] El año diecisiete de la era Genji no trajo ninguna promesa de esperanza, sino más bien una profunda sensación de desdicha. Para quienes vivían en las calles de Kyoto, solo encontraban el hambre que no cesaba y en el miedo constante a que una disputa política terminara en un charco de sangre frente a su puerta. El shogunato se desmoronaba a la vista de todos, incapaz de sostener un país que ya no entendía sus propias reglas, la caída era inminente. Sin embargo, esa tarde de 1865, Hijikata no buscaba pelea ni estaba persiguiendo a ningún rebelde. Caminaba solo por la orilla del río Kamo mientras el sol comenzaba a bajar, pintando el agua de un rojo apagado que recordaba demasiado a las heridas que vio en sus compañeros. Se sentía demasiado cansado, la patrulla del día se había alargado demasiado y sus pies acusaban el esfuerzo de tantas horas de vigilancia. Se había separado de Okita y Saitō después de un intento desastroso de socializar en una taberna cercana. Todo empezó cuando, bajo los efectos del sake y la insistencia de sus compañeros, Hijikata accedió a recitar unos versos con un tono que pretendía ser solemne. El silencio que siguió fue incómodo y los pocos aplausos que recibió sonaron más a lástima que a respeto. Okita, que no soportaba que nadie ignorara el "talento" de su subcomandante, se puso en pie de un salto, gritando que todos en el local eran unos bárbaros sin oído musical. ​Mientras Okita empezaba a volcar mesas y a amenazar con moler a palos a medio bar por su falta de cultura, y Saitō se preparaba para la inevitable trifulca, Hijikata aprovechó el caos para escabullirse. Se ajustó el uniforme y salió a la calle con paso rápido, mirando hacia otro lado y fingiendo estar muy interesado en una pared cercana para que nadie lo asociara con los dos locos que estaban destrozando el mobiliario. Se detuvo un momento junto a un puente de madera y apoyó las manos en la baranda. El roce de la madera vieja le hizo notar que todavía tenía restos de tinta en los dedos por los documentos que había estado firmando esa mañana. Era un detalle pequeño, pero le recordó lo lejos que estaba de ser el simple campesino que alguna vez fue. Debajo del puente, un par de mujeres trabajaban con sus redes de pesca en un bote pequeño. Se reían por algo que él no alcanzaba a escuchar, compartiendo una complicidad sencilla y cotidiana, Hijikata solo se limitaba a mirar, dejando escapar un suspiro de cansancio. Al levantar la vista, el resplandor del atardecer lo obligó a entrecerrar los ojos. En el otro extremo del puente, una silueta se recortaba contra la luz naranja del cielo. Por instinto, enderezó la espalda y ajustó el peso de su katana en la cadera. Su mano derecha bajó unos centímetros, situándose cerca de la empuñadura por pura costumbre.  ❛ ¿Quién eres? ❜
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  • -En una pueblo abandonado, la androide caminaba de forma tranquila, las casas ahora desoladas, solo ecos de un pasado distante, la joven caminaba con arma en mano pues según sus superiores, se decto una señal, extraña, no se sabe si es de un aliado o un enemigo.

    Sin embargo eso no detuvo a la chica, caminaba con demasiada tranquilidad con todos sus sentidos en alerta, su respiración estaba en calma, pero eso si todo en ella, estaba agudizado, no sabe cuando sera qué se tope con algún enemigo, su vida desde que fue creada a sido, batalla tras batalla, mientras algunos de sus compañeros trabajaban en equipo, ella no tuvo nada mas que seguir sola, según la comandante, es mas fácil cuando las expediciones se hacen en solitario, aunque sea un modelo de batalla, es muy buena para investigar y recaudar información.-

    Supongo...

    -Comentó al detenerse cerca de la ubicación de esa señal -

    Tal parece que... Es aquí..

    -Comentó mientras el pod que la sigue le informa que aun falta que debe entrar en ese edificio, 12B Suspira, si no queda de otra, debe seguir con esa mision hasta el final. -
    -En una pueblo abandonado, la androide caminaba de forma tranquila, las casas ahora desoladas, solo ecos de un pasado distante, la joven caminaba con arma en mano pues según sus superiores, se decto una señal, extraña, no se sabe si es de un aliado o un enemigo. Sin embargo eso no detuvo a la chica, caminaba con demasiada tranquilidad con todos sus sentidos en alerta, su respiración estaba en calma, pero eso si todo en ella, estaba agudizado, no sabe cuando sera qué se tope con algún enemigo, su vida desde que fue creada a sido, batalla tras batalla, mientras algunos de sus compañeros trabajaban en equipo, ella no tuvo nada mas que seguir sola, según la comandante, es mas fácil cuando las expediciones se hacen en solitario, aunque sea un modelo de batalla, es muy buena para investigar y recaudar información.- Supongo... -Comentó al detenerse cerca de la ubicación de esa señal - Tal parece que... Es aquí.. -Comentó mientras el pod que la sigue le informa que aun falta que debe entrar en ese edificio, 12B Suspira, si no queda de otra, debe seguir con esa mision hasta el final. -
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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  • -Cansada sin nada que hacer pues en el bunker no le han mandado alguna misión, la androide se sentó bajo un árbol, levanta la mirada a la copa de árbol mientras su mente se dejaba envolver en algunos recuerdos que había hecho, dejo escapar un suspiro con algo de nostalgia, la comandante la había puesto en misión en solitario, asi que gran parte del tiempo sola, mientras otros androides hacían equipos de dos, ella fue designada a una soledad, pues según la comandante es más fácil misión de reconocimiento cuando se estaba en soledad-.

    Bueno.. Al menos puedo ir por ahora donde yo quiera.

    -Deja escapar un suspiro mientras solo sentía el viento acariciando su rostro y jugando con sus cabellos -.
    -Cansada sin nada que hacer pues en el bunker no le han mandado alguna misión, la androide se sentó bajo un árbol, levanta la mirada a la copa de árbol mientras su mente se dejaba envolver en algunos recuerdos que había hecho, dejo escapar un suspiro con algo de nostalgia, la comandante la había puesto en misión en solitario, asi que gran parte del tiempo sola, mientras otros androides hacían equipos de dos, ella fue designada a una soledad, pues según la comandante es más fácil misión de reconocimiento cuando se estaba en soledad-. Bueno.. Al menos puedo ir por ahora donde yo quiera. -Deja escapar un suspiro mientras solo sentía el viento acariciando su rostro y jugando con sus cabellos -.
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