• -Las heridas y las cicatrices son temporales, sanan, incluso las más profundas, pero el haber hecho lo correcto dejara una huella eterna.
    O al menos eso me digo a mi mismo para que no duelan tanto
    -Las heridas y las cicatrices son temporales, sanan, incluso las más profundas, pero el haber hecho lo correcto dejara una huella eterna. O al menos eso me digo a mi mismo para que no duelan tanto
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  • •Las Crónicas De Fenrir Queen•

    Capítulo 3: La nieta del curandero

    La conversación con el muchacho continuó durante gran parte de la noche. Poco a poco la posada fue quedándose vacía hasta que únicamente permanecieron algunos viajeros rezagados junto a la chimenea y el tabernero ordenando la barra antes de cerrar. A pesar del tiempo que llevábamos sentados frente a frente, seguíamos sin conocer nuestros nombres. En circunstancias normales aquello habría resultado extraño, pero la verdad era que había cosas mucho más importantes ocupando nuestras mentes. Las grietas. El dolor. Y aquel muchacho. Cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ambos habíamos pasado por algo similar. Ninguno sabía quién era. Ninguno comprendía qué clase de poder utilizaba. Ninguno tenía respuestas. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó mi viaje, sentía algo parecido al alivio. No porque hubiera encontrado una cura ni porque mis problemas estuvieran más cerca de resolverse, sino porque ya no era la única persona cargando con aquellas heridas.

    Cuando finalmente me retiré a descansar, el cansancio acumulado de las últimas semanas cayó sobre mí como una montaña. Apenas tuve fuerzas para dejar la mochila junto a la cama antes de desplomarme sobre el colchón. Durante unos minutos permanecí observando el techo de madera mientras escuchaba el viento golpear suavemente las ventanas de la posada. Pensé en todo lo que había ocurrido desde que abandoné casa. Pensé en todos los curanderos que había visitado. En todas las respuestas negativas. En todas las puertas cerradas. Y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida.

    No sé cuánto tiempo pasó antes de que despertara.

    Lo único que recuerdo fue el dolor.

    Al principio fue una punzada en el costado. Después otra en el pecho. Luego otra recorriendo mi espalda. En cuestión de segundos sentí como si las grietas estuvieran ardiendo bajo mi piel. Intenté incorporarme lentamente mientras trataba de controlar la respiración, convenciéndome de que era solo otro episodio como los que había soportado durante el viaje. Pero aquella vez era diferente. Mucho peor. El dolor se extendía por todo mi cuerpo como si algo estuviera desgarrándome desde dentro. Apreté los dientes, intenté ponerme de pie y me apoyé contra la pared buscando estabilidad. La habitación comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Di un paso. Luego otro. Intenté alcanzar mi mochila para buscar vendas limpias. No llegué. Mis piernas dejaron de responder y la oscuridad terminó tragándoselo todo.

    Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que percibí fue el aroma de las hierbas medicinales. Después escuché el sonido del viento entrando por una ventana abierta y el canto lejano de algunas aves. Durante unos segundos permanecí inmóvil observando el techo sin entender dónde estaba. Aquella no era la habitación de la posada. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de frascos, libros antiguos y plantas secándose al sol. La luz atravesaba una amplia ventana de madera iluminando el interior con un tono cálido y tranquilo. Tardé varios segundos en comprender que me encontraba en otro lugar y fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención. Giré lentamente la cabeza y encontré a una joven sentada junto a la cama. Su largo cabello oscuro descendía sobre sus hombros adornado por un impresionante tocado ceremonial de plumas rojas y blancas. Numerosos adornos tribales decoraban su ropa, sus brazos y su cuello. A su lado descansaba una cesta llena de hierbas recién recogidas y, apoyado cerca de la ventana, un arco decorado con plumas reposaba contra la pared.

    Aira: —Por fin despiertas.

    Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. La cabeza todavía me daba vueltas.

    Fenrir: —¿Dónde estoy…?

    La muchacha sonrió ligeramente mientras apartaba algunas vendas de la cesta.

    Aira: —En casa de mi abuelo.

    Tardé un instante en comprenderlo.

    Fenrir: —¿El curandero?

    Aira: —El mismo que acaba de pasar toda la noche intentando averiguar por qué sigues viva.

    Aquella respuesta consiguió que bajara la mirada instintivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Los vendajes que cubrían mi cuerpo habían sido cambiados. Todos. Las heridas estaban limpias y perfectamente tratadas. Incluso las zonas más difíciles de alcanzar durante mis viajes estaban cubiertas con nuevas vendas. Sentí cómo el rostro se me calentaba ligeramente al comprender lo que eso significaba. Ella había visto las grietas. Todas ellas. Aira pareció darse cuenta inmediatamente de lo que estaba pensando y soltó una pequeña risa.

    Aira: —Créeme. Yo también me sorprendí cuando las vi.

    Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Un anciano de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón de madera. Su aspecto cansado dejaba claro que no había dormido demasiado durante la noche. Caminó hasta una mesa cercana cubierta de libros y notas escritas a mano antes de dirigir finalmente su atención hacia mí.

    Curandero: —Veo que ya despertaste.

    Fenrir: —¿Qué ocurrió?

    El anciano suspiró mientras tomaba asiento.

    Curandero: —Te desplomaste.

    Aquellas palabras parecían simples, pero su expresión era demasiado seria para que aquello fuera todo.

    Curandero: —Tus heridas están empeorando.

    Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ya lo sabía. Lo había sentido durante semanas. Sin embargo, escuchar a alguien confirmarlo era diferente.

    Fenrir: —¿Puede curarlas?

    El silencio se prolongó varios segundos. Demasiados.

    Curandero: —No.

    La respuesta golpeó exactamente igual que todas las anteriores. Sin embargo, antes de que pudiera bajar la mirada, el anciano continuó hablando.

    Curandero: —Pero ahora sé algo que los demás no sabían.

    Levanté la cabeza inmediatamente.

    Fenrir: —¿Qué?

    Curandero: —Siguen activas.

    Mi respiración se detuvo durante un instante.

    Fenrir: —¿Activas?

    Curandero: —No son cicatrices. No son heridas normales. Algo continúa dañándote desde dentro incluso ahora.

    Aquellas palabras fueron seguidas por otro silencio. Uno mucho más pesado. Justo entonces la puerta volvió a abrirse. El muchacho de cabello blanco entró en la habitación con el brazo aún cubierto por vendas. El anciano observó sus heridas, después las mías y finalmente negó lentamente con la cabeza.

    Curandero: —Las de él se han estabilizado.

    Su dedo apuntó hacia mí.

    Curandero: —Las tuyas no.

    Nadie dijo nada durante varios segundos. No hacía falta.

    Las horas siguientes transcurrieron entre exámenes, preguntas y libros antiguos. El anciano comparó nuestras heridas, consultó documentos y revisó apuntes acumulados durante décadas. Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente se volvía una única conclusión: nuestras heridas compartían el mismo origen. El mismo responsable. Aquel muchacho. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano cerró finalmente uno de los libros y permaneció varios segundos observando el fuego de la chimenea antes de hablar.

    Curandero: —No puedo curarlos.

    La decepción apareció de inmediato.

    Curandero: —Todavía.

    Aquella última palabra consiguió que tanto yo como Aira levantáramos la cabeza.

    Fenrir: —¿Todavía?

    Curandero: —Conozco a alguien que podría acercarnos a una respuesta.

    Aira dejó escapar un suspiro que parecía indicar que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación.

    Aira: —Abuelo…

    Curandero: —Y tú vas a acompañarlos.

    La joven lo miró fijamente.

    Aira: —¿Yo?

    Curandero: —Sí.

    Aira: —¿Y por qué exactamente?

    El anciano me señaló directamente.

    Curandero: —Porque si esa chica sigue ignorando sus heridas, no llegará viva al próximo invierno.

    Sentí cómo la habitación entera quedaba en silencio.

    Curandero: —Y porque ninguno de ustedes debería continuar este viaje solo.

    Aira permaneció unos segundos observándonos. Primero a mí. Luego al muchacho de cabello blanco. Finalmente dejó escapar una pequeña sonrisa resignada.

    Aira: —Supongo que ya no tengo elección.

    Mientras la luz del atardecer teñía de naranja el interior de la casa y el viento movía suavemente las plumas del tocado de Aira junto a la ventana, comprendí que mi viaje acababa de cambiar para siempre. Había llegado a aquellas montañas buscando una cura y estaba a punto de marcharme con algo completamente distinto. Un nuevo rumbo. Nuevas preguntas. Y dos compañeros cuyos caminos, por alguna razón, acababan de quedar unidos al mío. Ninguno de nosotros sabía qué encontraríamos al final de aquella búsqueda. Ninguno sabía quién era realmente el muchacho responsable de nuestras heridas. Pero mientras observaba a Aira discutir con su abuelo y al silencioso espadachín apoyado junto a la puerta, tuve la sensación de que la verdadera historia apenas acababa de comenzar.
    •Las Crónicas De Fenrir Queen• Capítulo 3: La nieta del curandero La conversación con el muchacho continuó durante gran parte de la noche. Poco a poco la posada fue quedándose vacía hasta que únicamente permanecieron algunos viajeros rezagados junto a la chimenea y el tabernero ordenando la barra antes de cerrar. A pesar del tiempo que llevábamos sentados frente a frente, seguíamos sin conocer nuestros nombres. En circunstancias normales aquello habría resultado extraño, pero la verdad era que había cosas mucho más importantes ocupando nuestras mentes. Las grietas. El dolor. Y aquel muchacho. Cuanto más hablábamos, más evidente se volvía que ambos habíamos pasado por algo similar. Ninguno sabía quién era. Ninguno comprendía qué clase de poder utilizaba. Ninguno tenía respuestas. Sin embargo, por primera vez desde que comenzó mi viaje, sentía algo parecido al alivio. No porque hubiera encontrado una cura ni porque mis problemas estuvieran más cerca de resolverse, sino porque ya no era la única persona cargando con aquellas heridas. Cuando finalmente me retiré a descansar, el cansancio acumulado de las últimas semanas cayó sobre mí como una montaña. Apenas tuve fuerzas para dejar la mochila junto a la cama antes de desplomarme sobre el colchón. Durante unos minutos permanecí observando el techo de madera mientras escuchaba el viento golpear suavemente las ventanas de la posada. Pensé en todo lo que había ocurrido desde que abandoné casa. Pensé en todos los curanderos que había visitado. En todas las respuestas negativas. En todas las puertas cerradas. Y, sin darme cuenta, terminé quedándome dormida. No sé cuánto tiempo pasó antes de que despertara. Lo único que recuerdo fue el dolor. Al principio fue una punzada en el costado. Después otra en el pecho. Luego otra recorriendo mi espalda. En cuestión de segundos sentí como si las grietas estuvieran ardiendo bajo mi piel. Intenté incorporarme lentamente mientras trataba de controlar la respiración, convenciéndome de que era solo otro episodio como los que había soportado durante el viaje. Pero aquella vez era diferente. Mucho peor. El dolor se extendía por todo mi cuerpo como si algo estuviera desgarrándome desde dentro. Apreté los dientes, intenté ponerme de pie y me apoyé contra la pared buscando estabilidad. La habitación comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Di un paso. Luego otro. Intenté alcanzar mi mochila para buscar vendas limpias. No llegué. Mis piernas dejaron de responder y la oscuridad terminó tragándoselo todo. Cuando abrí los ojos nuevamente, lo primero que percibí fue el aroma de las hierbas medicinales. Después escuché el sonido del viento entrando por una ventana abierta y el canto lejano de algunas aves. Durante unos segundos permanecí inmóvil observando el techo sin entender dónde estaba. Aquella no era la habitación de la posada. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de frascos, libros antiguos y plantas secándose al sol. La luz atravesaba una amplia ventana de madera iluminando el interior con un tono cálido y tranquilo. Tardé varios segundos en comprender que me encontraba en otro lugar y fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención. Giré lentamente la cabeza y encontré a una joven sentada junto a la cama. Su largo cabello oscuro descendía sobre sus hombros adornado por un impresionante tocado ceremonial de plumas rojas y blancas. Numerosos adornos tribales decoraban su ropa, sus brazos y su cuello. A su lado descansaba una cesta llena de hierbas recién recogidas y, apoyado cerca de la ventana, un arco decorado con plumas reposaba contra la pared. Aira: —Por fin despiertas. Parpadeé varias veces intentando ordenar mis pensamientos. La cabeza todavía me daba vueltas. Fenrir: —¿Dónde estoy…? La muchacha sonrió ligeramente mientras apartaba algunas vendas de la cesta. Aira: —En casa de mi abuelo. Tardé un instante en comprenderlo. Fenrir: —¿El curandero? Aira: —El mismo que acaba de pasar toda la noche intentando averiguar por qué sigues viva. Aquella respuesta consiguió que bajara la mirada instintivamente. Fue entonces cuando me di cuenta de algo. Los vendajes que cubrían mi cuerpo habían sido cambiados. Todos. Las heridas estaban limpias y perfectamente tratadas. Incluso las zonas más difíciles de alcanzar durante mis viajes estaban cubiertas con nuevas vendas. Sentí cómo el rostro se me calentaba ligeramente al comprender lo que eso significaba. Ella había visto las grietas. Todas ellas. Aira pareció darse cuenta inmediatamente de lo que estaba pensando y soltó una pequeña risa. Aira: —Créeme. Yo también me sorprendí cuando las vi. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió lentamente. Un anciano de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón de madera. Su aspecto cansado dejaba claro que no había dormido demasiado durante la noche. Caminó hasta una mesa cercana cubierta de libros y notas escritas a mano antes de dirigir finalmente su atención hacia mí. Curandero: —Veo que ya despertaste. Fenrir: —¿Qué ocurrió? El anciano suspiró mientras tomaba asiento. Curandero: —Te desplomaste. Aquellas palabras parecían simples, pero su expresión era demasiado seria para que aquello fuera todo. Curandero: —Tus heridas están empeorando. Sentí un nudo formarse en mi estómago. Ya lo sabía. Lo había sentido durante semanas. Sin embargo, escuchar a alguien confirmarlo era diferente. Fenrir: —¿Puede curarlas? El silencio se prolongó varios segundos. Demasiados. Curandero: —No. La respuesta golpeó exactamente igual que todas las anteriores. Sin embargo, antes de que pudiera bajar la mirada, el anciano continuó hablando. Curandero: —Pero ahora sé algo que los demás no sabían. Levanté la cabeza inmediatamente. Fenrir: —¿Qué? Curandero: —Siguen activas. Mi respiración se detuvo durante un instante. Fenrir: —¿Activas? Curandero: —No son cicatrices. No son heridas normales. Algo continúa dañándote desde dentro incluso ahora. Aquellas palabras fueron seguidas por otro silencio. Uno mucho más pesado. Justo entonces la puerta volvió a abrirse. El muchacho de cabello blanco entró en la habitación con el brazo aún cubierto por vendas. El anciano observó sus heridas, después las mías y finalmente negó lentamente con la cabeza. Curandero: —Las de él se han estabilizado. Su dedo apuntó hacia mí. Curandero: —Las tuyas no. Nadie dijo nada durante varios segundos. No hacía falta. Las horas siguientes transcurrieron entre exámenes, preguntas y libros antiguos. El anciano comparó nuestras heridas, consultó documentos y revisó apuntes acumulados durante décadas. Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente se volvía una única conclusión: nuestras heridas compartían el mismo origen. El mismo responsable. Aquel muchacho. Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, el anciano cerró finalmente uno de los libros y permaneció varios segundos observando el fuego de la chimenea antes de hablar. Curandero: —No puedo curarlos. La decepción apareció de inmediato. Curandero: —Todavía. Aquella última palabra consiguió que tanto yo como Aira levantáramos la cabeza. Fenrir: —¿Todavía? Curandero: —Conozco a alguien que podría acercarnos a una respuesta. Aira dejó escapar un suspiro que parecía indicar que ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía aquella conversación. Aira: —Abuelo… Curandero: —Y tú vas a acompañarlos. La joven lo miró fijamente. Aira: —¿Yo? Curandero: —Sí. Aira: —¿Y por qué exactamente? El anciano me señaló directamente. Curandero: —Porque si esa chica sigue ignorando sus heridas, no llegará viva al próximo invierno. Sentí cómo la habitación entera quedaba en silencio. Curandero: —Y porque ninguno de ustedes debería continuar este viaje solo. Aira permaneció unos segundos observándonos. Primero a mí. Luego al muchacho de cabello blanco. Finalmente dejó escapar una pequeña sonrisa resignada. Aira: —Supongo que ya no tengo elección. Mientras la luz del atardecer teñía de naranja el interior de la casa y el viento movía suavemente las plumas del tocado de Aira junto a la ventana, comprendí que mi viaje acababa de cambiar para siempre. Había llegado a aquellas montañas buscando una cura y estaba a punto de marcharme con algo completamente distinto. Un nuevo rumbo. Nuevas preguntas. Y dos compañeros cuyos caminos, por alguna razón, acababan de quedar unidos al mío. Ninguno de nosotros sabía qué encontraríamos al final de aquella búsqueda. Ninguno sabía quién era realmente el muchacho responsable de nuestras heridas. Pero mientras observaba a Aira discutir con su abuelo y al silencioso espadachín apoyado junto a la puerta, tuve la sensación de que la verdadera historia apenas acababa de comenzar.
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  • ×ᅠᅠᅠᅠᅠᅠᅠ
    ᅠᅠᅠᅠᅠᅠ
    ᅠᅠᅠno existe en ella lo que se conoce como "𝐛𝐞𝐥𝐥𝐞𝐳𝐚 𝐟𝐞𝐦𝐞𝐧𝐢𝐧𝐚"; es grande; tosca, su cuerpo es mas musculosos que el de algunos varones, tiene cicatrices que rompen el patrón de una piel perfecta, por que jamás podrá usar el título de 𝗿𝗲𝗶𝗻𝗮 , pues para eso primero tendría que haber sido una princesa, que jamás fue.
    batallas, unas tras otras, su cuerpo era acariciando con filos de espadas, no con 𝐦𝐚𝐧𝐨𝐬, no con 𝐛𝐞𝐬𝐨𝐬 o 𝐜𝐚𝐫𝐢𝐜𝐢𝐚𝐬, por que Titania es una bestia, una que jamas conocerá la sensibilidad que puede representar una mujer, por que eso es un lujo que ella 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐢𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞.
    ×ᅠᅠᅠᅠᅠᅠᅠ ᅠᅠᅠᅠᅠᅠ ᅠᅠᅠno existe en ella lo que se conoce como "𝐛𝐞𝐥𝐥𝐞𝐳𝐚 𝐟𝐞𝐦𝐞𝐧𝐢𝐧𝐚"; es grande; tosca, su cuerpo es mas musculosos que el de algunos varones, tiene cicatrices que rompen el patrón de una piel perfecta, por que jamás podrá usar el título de 𝗿𝗲𝗶𝗻𝗮 , pues para eso primero tendría que haber sido una princesa, que jamás fue. batallas, unas tras otras, su cuerpo era acariciando con filos de espadas, no con 𝐦𝐚𝐧𝐨𝐬, no con 𝐛𝐞𝐬𝐨𝐬 o 𝐜𝐚𝐫𝐢𝐜𝐢𝐚𝐬, por que Titania es una bestia, una que jamas conocerá la sensibilidad que puede representar una mujer, por que eso es un lujo que ella 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐦𝐢𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞.
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  • Me quedo allí de pie, dejando que el agua de la ducha caiga caliente sobre mí. Noto cómo me quema en la nuca y los hombros. Desciende por mi piel como la lava de un volcán.

    Pero no me muevo.

    Dejo que el agua limpie suciedad y sangre. Hoy, ajena.

    Cierro los ojos.

    Nunca me acostumbro a la incómoda sensación de tener los oídos taponados. No importa cuántas veces apriete el gatillo. Tampoco cuántas veces lo aprieten ellos. Es como si sumergiese la cabeza debajo del agua o me metieran algodón en los oídos.

    El mundo queda aislado detrás de un cristal antibalas.

    Abro los ojos.

    El vapor lo empaña todo. Especialmente ese espejo borroso frente a la ducha, ahora sin una imagen nítida que mostrar.

    Me ahorro ver las cicatrices que el agua no puede limpiar.
    Me quedo allí de pie, dejando que el agua de la ducha caiga caliente sobre mí. Noto cómo me quema en la nuca y los hombros. Desciende por mi piel como la lava de un volcán. Pero no me muevo. Dejo que el agua limpie suciedad y sangre. Hoy, ajena. Cierro los ojos. Nunca me acostumbro a la incómoda sensación de tener los oídos taponados. No importa cuántas veces apriete el gatillo. Tampoco cuántas veces lo aprieten ellos. Es como si sumergiese la cabeza debajo del agua o me metieran algodón en los oídos. El mundo queda aislado detrás de un cristal antibalas. Abro los ojos. El vapor lo empaña todo. Especialmente ese espejo borroso frente a la ducha, ahora sin una imagen nítida que mostrar. Me ahorro ver las cicatrices que el agua no puede limpiar.
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  • ╔════════════❖[𝙰 𝚀𝚄𝙸𝙲𝙺-𝙵𝙸𝚇-]❖════════════╗

    <<El viaje inició después de completar las actividades que ya tenían programadas a mitad de la noche. ¿Por qué a esas horas? Simple… porque la oscuridad de la noche les protegería de los posibles testigos entorpeciendo su buena visión ante la escasez de la luz del astro rey. Impidiendo ser identificados a ojo de los curiosos, que seguramente se volverían testigos importantes de aquel suceso. O al menos que los hayasen encontrado por mera casualidad.

    Sólo así se reducían los riesgos.

    Tres tripulantes abordaron el auto negro y se dieron a la fuga a gran velocidad, logrando salir de aquella ciudad tras cumplir dos ciclos de aquella manecilla larga del reloj.

    Giovanni se había sentado a la derecha del conductor que era el mismo Boris, un hombre corpulento al que conoció al poco tiempo de salir del servicio militar. Giovanni giró su cabeza para mirar hacia el asiento trasero de dicho auto. Un Mercedes Sedán negro, sin placas.

    Al mirar al tercer hombre en la zona de pasajeros, un semblante lleno de disgusto apareció en su rostro. Orillándolo a fruncir el entrecejo.

    — ¿Qué es lo que haces? Te dije que te sentaras en el asiento de en medio. — llevó su mano izquierda hasta el puente de su entrecejo y apretó, era una clara señal de estrés y hartazgo. — ¿Por qué tenemos que andar haciendo esto repetidamente? — cuestiona, la molestia era clara.

    — ¿Es mucho pedir un poco de cortesía cuando prácticamente nosotros te estamos llevando en auto? — Siguió moviendo la misma mano en un acto de sincronización con lo que decía, tratando de evocar algo de empatía por lo que ellos hacían con aquel pasajero. Giovanni cambió su expresión a consternación. — ¿Acaso no establecimos que nuestro límite de simetría está por aquí? — Señaló el punto medio entre asientos.

    Ahora se tornaba un reclamo.
    — Claramente no te das cuenta de que tu desprecio por la armonía geométrica espacial se está yendo a la mierda con tu muy molesta necedad. — Alzó una ceja sin dejar de mirarlo. Quería hacerle entender que a veces habían que seguir ciertos protocolos y, éste, era el suyo. — En serio, dime… ¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso lo que quieres lograr? — Le miró inquisitivo, pareciera que la necedad de aquel pasajero desafiaba al mismo Giovanni Di Vincenzo. — ¡¿Es eso?! ¡¿Asimetría?! — Exclamó al sujeto atrás.

    Y era en la parte de atrás, un hombre atado de manos y pies, amordazado con un pedazo de tela, querían evitar que hablara o gritara para pedir ayuda. Aquel sujeto miró a Giovanni igual que un perrito regañado, confundido por lo que sucedía y lo que estaba por ocurrir con él.

    Pasaron unos segundos.
    Giovanni le miró molesto y en reacción, aquel sujeto se acomodó como pudo pues estaba recostado en el asiento a base de saltitos hasta sentarse nuevamente en donde le indicó. Mientras tanto, Boris miró por el retrovisor para cerciorarse de que nadie les estuviese siguiendo.

    ???: — ¿Mn-mmf? (¿Así?) — cuestionó el sujeto con cara de arrepentimiento, alzando sus cejas y descenso que no sacaran su arma y terminasen el trabajo ahí.

    — Sí… es una mejora, muchas gracias por comprender. — Respondió Giovanni con su calma habitual, complacido por que aquel sujeto entendió su punto. Pero eso no quedó ahí, pues no tardó aquel sujeto en comenzar a sollozar con el sonido ahogado por la mordaza. No se dió cuenta aquel sujeto que lloraba cerca de Boris, eso sin duda le molestó. Tanto, que giró su rostro para gruñirle e intimidar al chico cautivo.

    Boris: — ¡Aaaaagh! ¡Basta! — Exclamó hasta asustar a su rehén, ocasionando que éste se recorriera al asiento atrás de Giovanni, a lo que éste último no tardó en expresar su disgusto y protesta.

    — Ví eso y lo hiciste a propósito… — apuntó con su índice a Boris.

    Boris: — ¡Agh! Ya vamos a empezar… ¡Siempre estan llorando al oído, y eso me desconcentra de conducir! ¡Son molestos! — replicó sin mostrar miedo hacia su jefe, más que nada era una plática entre dos personas, antes de la relación jefe-subordinado.

    — ¿Por qué no mejor admites que odias la simetría? ¡Nunca te gustó! — contradijo Giovanni.
    Boris: — ¡Y también tu ruido! — volvió a decir.
    — Dime una cosa… ¿También me mentiste cuando dijiste que te gustaba la gramática? — volvió a argumentar. Esto ya se estaba saliendo de proporción.
    Boris: — ¡Nada de lo que dices tiene sentido! — ya se estaba molestando, no tardaba en soltar sus puños contra Gio.

    — ¡Eres un fraude! ¡Incluso tu fachada es toda una mentira asimetrica! — reclamó a su amigo, pues era cierto que Boris tenía algunas cicatrices que dejaban su rostro disparejo, en especial las quemaduras de su lado izquierdo. — ¡Pero ahorita voy a arreglar eso! — Amenazó Giovanni.

    Ambos comenzaron a pelear, se tomaron de los cuellos de sus camisas y comenzaron a forcejear, dejando que el auto se sacudiera por la falta de control en su dirección. Se salieron de camino y se internaron a un campo de maíz mientras que el chico maniatado atrás se sacudió a lo ancho del vehículo, golpeándose en ambos lados del mismo.

    Tan pronto como la marcha se detuvo, una gallina voló golpeando el parabrisas hasta que los hombres al frente detuvieron su pelea para mirar a su alrededor. Se quedaron inmóviles ante el momento. No sabían exactamente qué lugar era ese, pero unos segundos después se encargaron de su pasajero, lo sacaron del auto y terminaron su trabajo…

    Minutos más tarde Boris y Giovanni entraron al auto, excepto su peculiar pasajero. Ambos condujeron de vuelta a la ciudad.>>
    ╚═══════════❖═════════════❖═══════════╝
    ╔════════════❖[𝙰 𝚀𝚄𝙸𝙲𝙺-𝙵𝙸𝚇-]❖════════════╗ <<El viaje inició después de completar las actividades que ya tenían programadas a mitad de la noche. ¿Por qué a esas horas? Simple… porque la oscuridad de la noche les protegería de los posibles testigos entorpeciendo su buena visión ante la escasez de la luz del astro rey. Impidiendo ser identificados a ojo de los curiosos, que seguramente se volverían testigos importantes de aquel suceso. O al menos que los hayasen encontrado por mera casualidad. Sólo así se reducían los riesgos. Tres tripulantes abordaron el auto negro y se dieron a la fuga a gran velocidad, logrando salir de aquella ciudad tras cumplir dos ciclos de aquella manecilla larga del reloj. Giovanni se había sentado a la derecha del conductor que era el mismo Boris, un hombre corpulento al que conoció al poco tiempo de salir del servicio militar. Giovanni giró su cabeza para mirar hacia el asiento trasero de dicho auto. Un Mercedes Sedán negro, sin placas. Al mirar al tercer hombre en la zona de pasajeros, un semblante lleno de disgusto apareció en su rostro. Orillándolo a fruncir el entrecejo. — ¿Qué es lo que haces? Te dije que te sentaras en el asiento de en medio. — llevó su mano izquierda hasta el puente de su entrecejo y apretó, era una clara señal de estrés y hartazgo. — ¿Por qué tenemos que andar haciendo esto repetidamente? — cuestiona, la molestia era clara. — ¿Es mucho pedir un poco de cortesía cuando prácticamente nosotros te estamos llevando en auto? — Siguió moviendo la misma mano en un acto de sincronización con lo que decía, tratando de evocar algo de empatía por lo que ellos hacían con aquel pasajero. Giovanni cambió su expresión a consternación. — ¿Acaso no establecimos que nuestro límite de simetría está por aquí? — Señaló el punto medio entre asientos. Ahora se tornaba un reclamo. — Claramente no te das cuenta de que tu desprecio por la armonía geométrica espacial se está yendo a la mierda con tu muy molesta necedad. — Alzó una ceja sin dejar de mirarlo. Quería hacerle entender que a veces habían que seguir ciertos protocolos y, éste, era el suyo. — En serio, dime… ¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso lo que quieres lograr? — Le miró inquisitivo, pareciera que la necedad de aquel pasajero desafiaba al mismo Giovanni Di Vincenzo. — ¡¿Es eso?! ¡¿Asimetría?! — Exclamó al sujeto atrás. Y era en la parte de atrás, un hombre atado de manos y pies, amordazado con un pedazo de tela, querían evitar que hablara o gritara para pedir ayuda. Aquel sujeto miró a Giovanni igual que un perrito regañado, confundido por lo que sucedía y lo que estaba por ocurrir con él. Pasaron unos segundos. Giovanni le miró molesto y en reacción, aquel sujeto se acomodó como pudo pues estaba recostado en el asiento a base de saltitos hasta sentarse nuevamente en donde le indicó. Mientras tanto, Boris miró por el retrovisor para cerciorarse de que nadie les estuviese siguiendo. ???: — ¿Mn-mmf? (¿Así?) — cuestionó el sujeto con cara de arrepentimiento, alzando sus cejas y descenso que no sacaran su arma y terminasen el trabajo ahí. — Sí… es una mejora, muchas gracias por comprender. — Respondió Giovanni con su calma habitual, complacido por que aquel sujeto entendió su punto. Pero eso no quedó ahí, pues no tardó aquel sujeto en comenzar a sollozar con el sonido ahogado por la mordaza. No se dió cuenta aquel sujeto que lloraba cerca de Boris, eso sin duda le molestó. Tanto, que giró su rostro para gruñirle e intimidar al chico cautivo. Boris: — ¡Aaaaagh! ¡Basta! — Exclamó hasta asustar a su rehén, ocasionando que éste se recorriera al asiento atrás de Giovanni, a lo que éste último no tardó en expresar su disgusto y protesta. — Ví eso y lo hiciste a propósito… — apuntó con su índice a Boris. Boris: — ¡Agh! Ya vamos a empezar… ¡Siempre estan llorando al oído, y eso me desconcentra de conducir! ¡Son molestos! — replicó sin mostrar miedo hacia su jefe, más que nada era una plática entre dos personas, antes de la relación jefe-subordinado. — ¿Por qué no mejor admites que odias la simetría? ¡Nunca te gustó! — contradijo Giovanni. Boris: — ¡Y también tu ruido! — volvió a decir. — Dime una cosa… ¿También me mentiste cuando dijiste que te gustaba la gramática? — volvió a argumentar. Esto ya se estaba saliendo de proporción. Boris: — ¡Nada de lo que dices tiene sentido! — ya se estaba molestando, no tardaba en soltar sus puños contra Gio. — ¡Eres un fraude! ¡Incluso tu fachada es toda una mentira asimetrica! — reclamó a su amigo, pues era cierto que Boris tenía algunas cicatrices que dejaban su rostro disparejo, en especial las quemaduras de su lado izquierdo. — ¡Pero ahorita voy a arreglar eso! — Amenazó Giovanni. Ambos comenzaron a pelear, se tomaron de los cuellos de sus camisas y comenzaron a forcejear, dejando que el auto se sacudiera por la falta de control en su dirección. Se salieron de camino y se internaron a un campo de maíz mientras que el chico maniatado atrás se sacudió a lo ancho del vehículo, golpeándose en ambos lados del mismo. Tan pronto como la marcha se detuvo, una gallina voló golpeando el parabrisas hasta que los hombres al frente detuvieron su pelea para mirar a su alrededor. Se quedaron inmóviles ante el momento. No sabían exactamente qué lugar era ese, pero unos segundos después se encargaron de su pasajero, lo sacaron del auto y terminaron su trabajo… Minutos más tarde Boris y Giovanni entraron al auto, excepto su peculiar pasajero. Ambos condujeron de vuelta a la ciudad.>> ╚═══════════❖═════════════❖═══════════╝
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  • El ambiente del bar es peor que los ánimos que arrastro. He pasado del café de siempre. Hoy necesito algo más: una copa de bourbon que me queme la garganta al bajar.

    Miro mi reflejo en el cristal teñido del color rojizo del licor. El cristal me devuelve algo más que mi propia imagen. La chica de la segunda mesa a la izquierda ha buscado mis ojos. Dos veces. No los tendrá.

    Hoy no me apetece explicar mis cicatrices.

    Ni mentir sobre ellas.

    Solo beber.
    El ambiente del bar es peor que los ánimos que arrastro. He pasado del café de siempre. Hoy necesito algo más: una copa de bourbon que me queme la garganta al bajar. Miro mi reflejo en el cristal teñido del color rojizo del licor. El cristal me devuelve algo más que mi propia imagen. La chica de la segunda mesa a la izquierda ha buscado mis ojos. Dos veces. No los tendrá. Hoy no me apetece explicar mis cicatrices. Ni mentir sobre ellas. Solo beber.
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  • ❛‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ 𝑨𝑼: 𝑫𝑨𝑹𝑲 𝑭𝑨𝑵𝑻𝑨𝑺𝒀/𝑺𝑶𝑼𝑳𝑺𝑩𝑶𝑹𝑵𝑬



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ❝𝑂𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑓𝑜𝑜𝑡𝑠𝑡𝑒𝑝𝑠 𝑡𝘩𝑎𝑡 𝑤𝑒𝑟𝑒 𝑛𝑒𝑣𝑒𝑟 𝑓𝑜𝑢𝑛𝑑❞

    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎



    ‎❛ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola.

    Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta.

    Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos.

    Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna.

    𝘘𝘶𝘪𝘻𝘢́ 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘳𝘦𝘴𝘶𝘭𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘧𝘰𝘳𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦.

    Existe un relato de un joven caballero que preguntó por qué seguían cargando aquellas lámparas si la mayoría de ellos podía orientarse incluso en completa oscuridad. Su maestro observó el sello ardiendo durante un largo rato, en silencio. La luz danzaba lánguida sobre el hierro ennegrecido de sus guanteletes, reflejándose en las cicatrices que cruzaban sus manos.

    —𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒𝑟 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑎 —respondió el hombre.

    El joven creyó que se trataba de una metáfora. Los jóvenes suelen creer eso, y confunden sabiduría con poesía.

    Años después fue enviado más allá de los últimos caminos conocidos, a una región donde los bosques crecían sobre ciudades olvidadas y ruinas que se hundían lentamente bajo raíces negras. Allí encontró aldeas vacías, mesas preparadas para personas que jamás regresarían y cunas meciéndose en habitaciones donde no quedaba nadie a quien dormir.

    Cada noche escuchaba pasos detrás de él. Jamás delante, siempre atrás y a la misma distancia. Esperando.

    Intentó ignorarlos durante días. Luego durante semanas, y cuando finalmente reunió el valor para girarse, no encontró nada. Sólo árboles inmóviles y niebla. Sin embargo, al amanecer descubría huellas rodeando su campamento. Demasiado grandes para un hombre y demasiado humanas para una bestia.

    Y aún así continuó avanzando. Porque esa era la tragedia de los Vaeltaja; no eran héroes. Los héroes tienen la posibilidad de regresar. Ellos tenían la obligación de seguir caminando.

    Décadas más tarde volvió a Vargfjall. El cabello se había vuelto gris bajo el casco y la lámpara seguía ardiendo exactamente igual que el primer día. Los pocos hermanos que aún permanecían con vida preguntaron qué había encontrado en aquellas tierras. El hombre permaneció largo rato observando la llama, inmóvil.

    Luego respondió:

    —𝐿𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑛𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟𝑛𝑜𝑠.

    Nadie habló. La lámpara continuó brillando entre sus manos.

    —𝐴 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑒.

    Jamás explicó qué significaban aquellas palabras. Jamás volvió a abandonar la fortaleza. Y cuando murió, encontraron la lámpara todavía encendida junto a su cuerpo, aunque el sello que la alimentaba se había consumido hacía años. Desde entonces, cuando los viajeros ven una luz solitaria moviéndose entre los bosques durante la noche, procuran no seguirla.

    No por miedo al Vaeltaja, sino porque existe una vieja creencia en Vargfjall:

    𝑆𝑖 𝑢𝑛𝑎 𝑙𝑢𝑧 𝑠𝑒 𝑑𝑒𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑦 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑎 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑠𝑜𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑢𝑒𝑛, 𝑙𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑟𝑑𝑎𝑟𝑎́ 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑠𝑜𝑙𝑎. 𝑌 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠, 𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑛 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑠𝑜𝑙𝑎𝑠, 𝑦𝑎 𝑛𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎𝑛 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟 𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑒𝑟𝑠𝑒.


    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛋᚢᛘᛁᛦ ᛋᛅᚴᛁᛅ ᛅᛏ ᚼᛅᚾ ᚠᛅᚾ ᛋᚴᚢᚴᛅ ᛋᛁᚾ
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛅᚦᛁᛦ ᛅᛏ ᛋᚴᚢᚴᛁᚾ ᚠᛅᚾ ᚼᛅᚾ ᚠᛁᚱᛋᛏ
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎❝𝘚𝘰𝘮𝘦 𝘴𝘢𝘺 𝘩𝘦 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘴 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸. 𝘖𝘵𝘩𝘦𝘳𝘴 𝘴𝘢𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘮 𝘧𝘪𝘳𝘴𝘵❞



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᚦᛦ


    ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛‎ ‎ https://youtu.be/bLVJ5SdGCes
    ❛‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ 𝑨𝑼: 𝑫𝑨𝑹𝑲 𝑭𝑨𝑵𝑻𝑨𝑺𝒀/𝑺𝑶𝑼𝑳𝑺𝑩𝑶𝑹𝑵𝑬 ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ❝𝑂𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑓𝑜𝑜𝑡𝑠𝑡𝑒𝑝𝑠 𝑡𝘩𝑎𝑡 𝑤𝑒𝑟𝑒 𝑛𝑒𝑣𝑒𝑟 𝑓𝑜𝑢𝑛𝑑❞ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola. Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta. Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos. Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna. 𝘘𝘶𝘪𝘻𝘢́ 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘳𝘦𝘴𝘶𝘭𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘧𝘰𝘳𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦. Existe un relato de un joven caballero que preguntó por qué seguían cargando aquellas lámparas si la mayoría de ellos podía orientarse incluso en completa oscuridad. Su maestro observó el sello ardiendo durante un largo rato, en silencio. La luz danzaba lánguida sobre el hierro ennegrecido de sus guanteletes, reflejándose en las cicatrices que cruzaban sus manos. —𝑃𝑜𝑟𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑡𝑜𝑑𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒𝑟 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑑𝑎 —respondió el hombre. El joven creyó que se trataba de una metáfora. Los jóvenes suelen creer eso, y confunden sabiduría con poesía. Años después fue enviado más allá de los últimos caminos conocidos, a una región donde los bosques crecían sobre ciudades olvidadas y ruinas que se hundían lentamente bajo raíces negras. Allí encontró aldeas vacías, mesas preparadas para personas que jamás regresarían y cunas meciéndose en habitaciones donde no quedaba nadie a quien dormir. Cada noche escuchaba pasos detrás de él. Jamás delante, siempre atrás y a la misma distancia. Esperando. Intentó ignorarlos durante días. Luego durante semanas, y cuando finalmente reunió el valor para girarse, no encontró nada. Sólo árboles inmóviles y niebla. Sin embargo, al amanecer descubría huellas rodeando su campamento. Demasiado grandes para un hombre y demasiado humanas para una bestia. Y aún así continuó avanzando. Porque esa era la tragedia de los Vaeltaja; no eran héroes. Los héroes tienen la posibilidad de regresar. Ellos tenían la obligación de seguir caminando. Décadas más tarde volvió a Vargfjall. El cabello se había vuelto gris bajo el casco y la lámpara seguía ardiendo exactamente igual que el primer día. Los pocos hermanos que aún permanecían con vida preguntaron qué había encontrado en aquellas tierras. El hombre permaneció largo rato observando la llama, inmóvil. Luego respondió: —𝐿𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑛𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑖𝑛𝑡𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟𝑛𝑜𝑠. Nadie habló. La lámpara continuó brillando entre sus manos. —𝐴 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑎 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎𝑛̃𝑒. Jamás explicó qué significaban aquellas palabras. Jamás volvió a abandonar la fortaleza. Y cuando murió, encontraron la lámpara todavía encendida junto a su cuerpo, aunque el sello que la alimentaba se había consumido hacía años. Desde entonces, cuando los viajeros ven una luz solitaria moviéndose entre los bosques durante la noche, procuran no seguirla. No por miedo al Vaeltaja, sino porque existe una vieja creencia en Vargfjall: 𝑆𝑖 𝑢𝑛𝑎 𝑙𝑢𝑧 𝑠𝑒 𝑑𝑒𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑦 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑎 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑎𝑠𝑜𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑢𝑒𝑛, 𝑙𝑎 𝑜𝑠𝑐𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑓𝑖𝑛𝑎𝑙𝑚𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑜𝑟𝑑𝑎𝑟𝑎́ 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑠𝑖𝑔𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑎𝑚𝑖𝑛𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑠𝑜𝑙𝑎. 𝑌 𝑎𝑙𝑔𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑠𝑎𝑠, 𝑐𝑢𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑛 𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑟 𝑠𝑜𝑙𝑎𝑠, 𝑦𝑎 𝑛𝑜 𝑑𝑒𝑠𝑒𝑎𝑛 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟 𝑎 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑒𝑟𝑠𝑒. ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛋᚢᛘᛁᛦ ᛋᛅᚴᛁᛅ ᛅᛏ ᚼᛅᚾ ᚠᛅᚾ ᛋᚴᚢᚴᛅ ᛋᛁᚾ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᛅᚦᛁᛦ ᛅᛏ ᛋᚴᚢᚴᛁᚾ ᚠᛅᚾ ᚼᛅᚾ ᚠᛁᚱᛋᛏ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎❝𝘚𝘰𝘮𝘦 𝘴𝘢𝘺 𝘩𝘦 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘴 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸. 𝘖𝘵𝘩𝘦𝘳𝘴 𝘴𝘢𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘴𝘩𝘢𝘥𝘰𝘸 𝘧𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘩𝘪𝘮 𝘧𝘪𝘳𝘴𝘵❞ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ᚦᛦ ‎‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎❛‎ ‎ https://youtu.be/bLVJ5SdGCes ❜
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  • 。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
    Categoría Original
    La lluvia no caía.

    Se desplomaba.

    Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.

    Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.

    La ciudad seguía viva.

    Y ese era el problema.

    Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.

    Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.

    Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.

    OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.


    En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.

    El cazador.

    Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.

    Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.

    En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.

    El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.

    O lo que quedaba.

    Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:

    — Error... Error... Error…

    El cazador soltó humo por la nariz.

    — Bienvenido al club, idiota.

    A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.

    — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.

    El cazador giró la cabeza.

    Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.

    Tampoco orgullo.

    Solo hastío.

    — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?

    La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.

    — La corporación no pagará el total.

    El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.

    — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.

    Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.

    Nadie se detuvo. Nadie preguntó.

    En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.

    El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.

    Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.

    — Al menos esto sí vale algo.

    La mujer dio un paso atrás.

    — Eso es propiedad privada.

    Él la miró.

    Pesado.

    Despacio.

    Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.

    — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.

    Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.

    Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.

    Entonces su comunicador vibró.

    Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
    Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.

    El cazador suspiró.

    — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.

    Aceptó la llamada.

    Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.

    — Tenemos otro trabajo para ti.

    Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.

    Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.

    — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.

    La voz continuó.

    — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida. 

    El cazador se quedó quieto.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero.

    Una gota bajó por el borde de su parche.

    — ¿Con vida? Eso es complicado.

    — Solo nos sirve con vida. No lo arruines.

    Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.

    — Pero ese es mi encanto.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    — El riesgo es elevado. La paga alta.

    El cazador cerró el ojo.

    Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.

    Luego sonrió.

    Una mueca desgastada.

    Cansada.

    — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.

    Cortó la llamada.

    A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.

    El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.

    Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.

    — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.

    Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.

    Solo existían distintos precios para la misma condena.
    La lluvia no caía. Se desplomaba. Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes. Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez. La ciudad seguía viva. Y ese era el problema. Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso. Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza. Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler. OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE. En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él. El cazador. Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia. Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda. En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana. El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él. O lo que quedaba. Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota: — Error... Error... Error… El cazador soltó humo por la nariz. — Bienvenido al club, idiota. A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas. — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme. El cazador giró la cabeza. Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión. Tampoco orgullo. Solo hastío. — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no? La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa. — La corporación no pagará el total. El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver. — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo. Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana. El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre. Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos. — Al menos esto sí vale algo. La mujer dio un paso atrás. — Eso es propiedad privada. Él la miró. Pesado. Despacio. Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada. — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito. Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo. Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto. Entonces su comunicador vibró. Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada. Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto. El cazador suspiró. — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí. Aceptó la llamada. Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua. — Tenemos otro trabajo para ti. Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas. Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más. — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz. La voz continuó. — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.  El cazador se quedó quieto. La lluvia golpeó el ala de su sombrero. Una gota bajó por el borde de su parche. — ¿Con vida? Eso es complicado. — Solo nos sirve con vida. No lo arruines. Él soltó una risa baja, áspera, sin humor. — Pero ese es mi encanto. Hubo un silencio al otro lado de la línea. — El riesgo es elevado. La paga alta. El cazador cerró el ojo. Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa. Luego sonrió. Una mueca desgastada. Cansada. — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo. Cortó la llamada. A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz. El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar. Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón. — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda. Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre. Solo existían distintos precios para la misma condena.
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  • #SeductiveSunday

    Pequeño recordatorio no todos los príncipes azules nos puedo encontrar en cuentos, últimamente prefiero ese lobo que mataría a cualquiera que fuera capaz de volver a lastimarme.

    Gracias por amarme pese las cicatrices del pasado, prometo ser tu mayor apoyo en lo bueno y en lo malo. Jason Anderson
    #SeductiveSunday Pequeño recordatorio no todos los príncipes azules nos puedo encontrar en cuentos, últimamente prefiero ese lobo que mataría a cualquiera que fuera capaz de volver a lastimarme. Gracias por amarme pese las cicatrices del pasado, prometo ser tu mayor apoyo en lo bueno y en lo malo. [fireman91]
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  • -El Salon permanecio sumido en un silencio antiguo, pesado, de esos que parecen vivir dentro de la piedra desde antes de que existieran los nombres. El viento se filtraba por las grietas del reino como un susurro frio, recorriendo columnas gastadas, apagando y despertando las llamas de las antorchas a su paso. Y alli, en lo mas alto, sobre un trono levantado con huesos, hierro ennegrecido y años de guerra, el Ogro descansaba inmovil. Su enorme figura ocupaba el asiento como si hubiese nacido con el. El torso inclinado apenas hacia adelante, los brazos pesados apoyados sobre sus piernas, la cabeza baja por un instante.. como si llevara sobre sus hombros mucho mas que el peso de su propio cuerpo. Frente a el, no habia nadie, ni guardias, ni bestias, ni subditos esperando ordenes. Solo el vacio extendiendose delante de sus ojos. Y aun asi.. hablaba. Como si el silencio supiera responderle. Como si el aire todavia conservara la forma de alguien que alguna vez estuvo alli-

    "Es extraño lo que uno guarda.." -Murmuro finalmente, con esa voz aspera que parecia surgir desde lo profundo de la roca misma-"Las batallas desaparecen. La sangre se seca, los gritos dejan de escucharse.. Incluso los rostros.. terminan deformandose con el tiempo. Se vuelven humo, recuerdos rotos..fragmentos.. pero hay cosas.." -Hizo una pausa, volviendo a hablar- "Que permanecen.. Cosas que no se pudren. Que no envejecen..que no desaparecen aunque uno lo desee, permanecen como permanece una cicatriz bajo la carne.. incluso cuando la piel aprende a cerrarse encima y uno sigue adelante.. creyendo que lo dejo atras.. creyendo que lo enterro.. hasta que una noche cualquiera, cuando no hay ruido, cuanto no queda nadie observando... vuelve. Como si jamas se hubiese Ido."

    -Sus dedos se cerraron lentamente sobre el brazo del trono, la madera crujio bajo su fuerza, pero el no aparto la mirada del vacio frente a si, sus ojos brillaban apenas entre las sombras, encendidos, pero lejanos..Perdidos en un lugar que ya no pertenece a ese salon-

    "A veces pienso.... si fui yo quien se marcho primero.. o si fui yo quien llego demasiado tarde. Si aquello se rompio por el peso del Tiempo o por mis propias manos. Hay recuerdos que vuelven sin pedir permiso... y uno los recibe como recibe una herida vieja cuando cambia el clima. No porque quiera sentirla.. sino porque el cuerpo la reconoce antes que la mente. Una voz, una mirada, una presencia. O quizas simplemente la ausencia de ella. Y lo peor.. es que despues de tanto.. uno ya no sabe si extraña lo que fue... O lo que jamas alcanzo a ser."

    -El ogro dejo caer la espalda contra el trono lentamente. El hierro rechino detras suyo mientras alzaba la mirada hacia la inmensidad oscura del techo. La llama de las antorchas reflejaba destellos rojos sobre sus cuernos y sobre las cicatrices de su pecho, como si el fuego respirara junto a el-

    "Dicen que criaturas como yo no miran atras.. que avanzamos.. que destruimos, que tomamos.. y seguimos caminando sin voltear la cabeza. Como si no sintieramos el peso de nada. Como si la memoria no nos alcanzara. Como si dentro de nosotros no quedaran tumbas, pero estan equivocados.. porque incluso los monstruos recuerdan.. incluso aquellos pronuncian.. momentos que repiten en silencio.. palabras que nunca dijieron y que siguen persiguiendolos años despues... hay noches..donde todo regresa. No como Castigo, si no como una presencia molesta en mis oidos.. Los veo sentandose frente a mi, cuando todos duermen. Y me observan en silencio, esperando que hable primero.."

    -El Ogro cerro los ojos apenas un instante. Y cuando volvio a abrirlos, su mirada quejo fija delante suyo.. como si alquien estuviera realmente sentado alli, a pocos pasos el trono, devolviendole la mirada desde la oscuridad-

    "Y aunque no diga su nombre.. aunque nunca vuelva a pronunciarlo.. aunque el mundo cambie de forma mil veces... aunque el tiempo destruya todo lo que alguna vez conoci... hay una parte de mi que todavia sabria reconocerte entre ruinas, entre fuego.. o entre cenizas. Porque algunas presencias no desaparecen. Solo dejan de ocupar espacio.. y empiezan a vivir dentro de uno.."

    -Despues de eso no dijo nada mas, solo permanecio alli.. quieto, inmenso, solo sobre su trono, hablandole al aire, a sus recuerdos y a aquellos que nunca lo dejaran atras-
    -El Salon permanecio sumido en un silencio antiguo, pesado, de esos que parecen vivir dentro de la piedra desde antes de que existieran los nombres. El viento se filtraba por las grietas del reino como un susurro frio, recorriendo columnas gastadas, apagando y despertando las llamas de las antorchas a su paso. Y alli, en lo mas alto, sobre un trono levantado con huesos, hierro ennegrecido y años de guerra, el Ogro descansaba inmovil. Su enorme figura ocupaba el asiento como si hubiese nacido con el. El torso inclinado apenas hacia adelante, los brazos pesados apoyados sobre sus piernas, la cabeza baja por un instante.. como si llevara sobre sus hombros mucho mas que el peso de su propio cuerpo. Frente a el, no habia nadie, ni guardias, ni bestias, ni subditos esperando ordenes. Solo el vacio extendiendose delante de sus ojos. Y aun asi.. hablaba. Como si el silencio supiera responderle. Como si el aire todavia conservara la forma de alguien que alguna vez estuvo alli- "Es extraño lo que uno guarda.." -Murmuro finalmente, con esa voz aspera que parecia surgir desde lo profundo de la roca misma-"Las batallas desaparecen. La sangre se seca, los gritos dejan de escucharse.. Incluso los rostros.. terminan deformandose con el tiempo. Se vuelven humo, recuerdos rotos..fragmentos.. pero hay cosas.." -Hizo una pausa, volviendo a hablar- "Que permanecen.. Cosas que no se pudren. Que no envejecen..que no desaparecen aunque uno lo desee, permanecen como permanece una cicatriz bajo la carne.. incluso cuando la piel aprende a cerrarse encima y uno sigue adelante.. creyendo que lo dejo atras.. creyendo que lo enterro.. hasta que una noche cualquiera, cuando no hay ruido, cuanto no queda nadie observando... vuelve. Como si jamas se hubiese Ido." -Sus dedos se cerraron lentamente sobre el brazo del trono, la madera crujio bajo su fuerza, pero el no aparto la mirada del vacio frente a si, sus ojos brillaban apenas entre las sombras, encendidos, pero lejanos..Perdidos en un lugar que ya no pertenece a ese salon- "A veces pienso.... si fui yo quien se marcho primero.. o si fui yo quien llego demasiado tarde. Si aquello se rompio por el peso del Tiempo o por mis propias manos. Hay recuerdos que vuelven sin pedir permiso... y uno los recibe como recibe una herida vieja cuando cambia el clima. No porque quiera sentirla.. sino porque el cuerpo la reconoce antes que la mente. Una voz, una mirada, una presencia. O quizas simplemente la ausencia de ella. Y lo peor.. es que despues de tanto.. uno ya no sabe si extraña lo que fue... O lo que jamas alcanzo a ser." -El ogro dejo caer la espalda contra el trono lentamente. El hierro rechino detras suyo mientras alzaba la mirada hacia la inmensidad oscura del techo. La llama de las antorchas reflejaba destellos rojos sobre sus cuernos y sobre las cicatrices de su pecho, como si el fuego respirara junto a el- "Dicen que criaturas como yo no miran atras.. que avanzamos.. que destruimos, que tomamos.. y seguimos caminando sin voltear la cabeza. Como si no sintieramos el peso de nada. Como si la memoria no nos alcanzara. Como si dentro de nosotros no quedaran tumbas, pero estan equivocados.. porque incluso los monstruos recuerdan.. incluso aquellos pronuncian.. momentos que repiten en silencio.. palabras que nunca dijieron y que siguen persiguiendolos años despues... hay noches..donde todo regresa. No como Castigo, si no como una presencia molesta en mis oidos.. Los veo sentandose frente a mi, cuando todos duermen. Y me observan en silencio, esperando que hable primero.." -El Ogro cerro los ojos apenas un instante. Y cuando volvio a abrirlos, su mirada quejo fija delante suyo.. como si alquien estuviera realmente sentado alli, a pocos pasos el trono, devolviendole la mirada desde la oscuridad- "Y aunque no diga su nombre.. aunque nunca vuelva a pronunciarlo.. aunque el mundo cambie de forma mil veces... aunque el tiempo destruya todo lo que alguna vez conoci... hay una parte de mi que todavia sabria reconocerte entre ruinas, entre fuego.. o entre cenizas. Porque algunas presencias no desaparecen. Solo dejan de ocupar espacio.. y empiezan a vivir dentro de uno.." -Despues de eso no dijo nada mas, solo permanecio alli.. quieto, inmenso, solo sobre su trono, hablandole al aire, a sus recuerdos y a aquellos que nunca lo dejaran atras-
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