• Jean se había tomado un tiempo libre fuera de su oficina, sin embargo, no salió a caminar ni a estirarse. Aprovechó para ir a la arena de entrenamiento con los Caballeros de Favonius. Miró el entrenamiento de ellos detenidamente miró errores, fallas casi de inmediato.

    -Deberé regañar a Kaeya. Los está consintiendo demasiado...

    Al escuchar a la Gran Maestra, los caballeros se tensaron, se pusieron en posición de firmes y saludaron en coro a la maestra. Ella, no sonrió, por primera vez, pudo haber respondido con aquella sonrisa amable con la que siempre saludaba, pero era preocupante lo que vio. Caminó por las escaleras bajando a la arena dejando que su paso firme resonara sobre el suelo de piedra.

    -Agradezco su disposición y su esfuerzo para mejorar enormemente. Sin embargo, no están siendo óptimos. ¿Dónde está Kaeya? -Dijo mientras buscaba al peli azul con la mirada-.

    +E-el Capitán Ka-Kaeya... dijo: "Consideren esto una prueba de iniciativa. Si necesitan que esté aquí para entrenar, entonces ya van retrasados".

    -.....

    Jean puso sus dedos en el puente de su nariz cerrando los ojos emitiendo un profundo suspiro "Me las va a pagar", pensó de inmediato, el caballero se puso nervioso y tragó seco.

    -No están en problemas. Pero vamos a organizar algunas cosas. Los movimientos que están usando carecen de funcionalidad, son movimientos muertos, eso al final cansa al cuerpo, para cuando necesitan responder ya hicieron seis o siente movimientos entre estocada, dejan mucho espacio, no hay una buena guardia.

    Después de irlos corrigiendo e indicando los movimientos que deberían hacer. Jean los puso a prueba. Tomó a siete caballeros en el centro de la arena. La Gran Maestra se enfrentó a todos al mismo tiempo, movimientos fluidos, elegantes, casi automáticos, instinto desarrollado y entrenamiento pulido juntos, esquivaba, bloqueaba, aprovechaba la fuerza de ellos y sus errores para usar el mínimo de fuerza necesario. Todos terminaron derrotados en el suelo, agotados, Jean, en el centro con a penas dos gotas de sudor en su frente por el sol.

    +N-no puede ser...no puede haber tanta diferente...
    Dijeron algunos. Los caballeros expectantes fuera de la arena murmuraban, otros silbaban por ver en acción a la Maestra porque casi nunca pasaba ello.

    -¿Ven lo que les dije?...Tienen "programado" la mala rutina que estuvieron haciendo. Comiencen desde cero con los ejercicios que les puse hasta que se les haga un hábito. Los errores que comentan aquí serán su sentencia en el campo de batalla. No quiero que ninguno de mis caballeros caiga.

    Los Caballeros se miraron entre ellos entendiendo una cosa, no los estaba maltratando, no los estaba humillando, les estaba enseñando, los estaba reconociendo, no como un número en las filas, como personas.

    -No quiero poner un valor a sus vidas, pero si debo hacerlo. Ninguno de ustedes puede morir en un campo de batalla hasta matar a 200 enemigos, uno menos a ello, le diré a Babara que los sane lo antes posible y los mataré yo misma. ¿Queda claro?

    Los caballeros terminaron sonriendo y riendo por el comentario, de alguna forma se habían motivado y entre risas y aplausos hubo un grito de guerra.

    -Bien. Entonces sigan con lo que les enseñé. 10 vueltas a los muros exteriores de Mondstadt, 100 estocadas y 100 bloqueos. ¡Coman, descansen, hidrátense, vayan con Sara al Gran Cazador! ¡La cuenta corre por Kaeya!.

    Jean guardó su espada mientras hablaba y llevó sus manos a la altura de su pecho dando dos aplausos fuertes para romper filas. Los caballeros gritaron, silbaron y rieron por la cuenta de Kaeya mientras se fueron a cumplir el entrenamiento. Jean ahora si sonrió y con aquella sonrisa, sacudió su ropa y caminó por la ciudad.
    Jean se había tomado un tiempo libre fuera de su oficina, sin embargo, no salió a caminar ni a estirarse. Aprovechó para ir a la arena de entrenamiento con los Caballeros de Favonius. Miró el entrenamiento de ellos detenidamente miró errores, fallas casi de inmediato. -Deberé regañar a Kaeya. Los está consintiendo demasiado... Al escuchar a la Gran Maestra, los caballeros se tensaron, se pusieron en posición de firmes y saludaron en coro a la maestra. Ella, no sonrió, por primera vez, pudo haber respondido con aquella sonrisa amable con la que siempre saludaba, pero era preocupante lo que vio. Caminó por las escaleras bajando a la arena dejando que su paso firme resonara sobre el suelo de piedra. -Agradezco su disposición y su esfuerzo para mejorar enormemente. Sin embargo, no están siendo óptimos. ¿Dónde está Kaeya? -Dijo mientras buscaba al peli azul con la mirada-. +E-el Capitán Ka-Kaeya... dijo: "Consideren esto una prueba de iniciativa. Si necesitan que esté aquí para entrenar, entonces ya van retrasados". -..... Jean puso sus dedos en el puente de su nariz cerrando los ojos emitiendo un profundo suspiro "Me las va a pagar", pensó de inmediato, el caballero se puso nervioso y tragó seco. -No están en problemas. Pero vamos a organizar algunas cosas. Los movimientos que están usando carecen de funcionalidad, son movimientos muertos, eso al final cansa al cuerpo, para cuando necesitan responder ya hicieron seis o siente movimientos entre estocada, dejan mucho espacio, no hay una buena guardia. Después de irlos corrigiendo e indicando los movimientos que deberían hacer. Jean los puso a prueba. Tomó a siete caballeros en el centro de la arena. La Gran Maestra se enfrentó a todos al mismo tiempo, movimientos fluidos, elegantes, casi automáticos, instinto desarrollado y entrenamiento pulido juntos, esquivaba, bloqueaba, aprovechaba la fuerza de ellos y sus errores para usar el mínimo de fuerza necesario. Todos terminaron derrotados en el suelo, agotados, Jean, en el centro con a penas dos gotas de sudor en su frente por el sol. +N-no puede ser...no puede haber tanta diferente... Dijeron algunos. Los caballeros expectantes fuera de la arena murmuraban, otros silbaban por ver en acción a la Maestra porque casi nunca pasaba ello. -¿Ven lo que les dije?...Tienen "programado" la mala rutina que estuvieron haciendo. Comiencen desde cero con los ejercicios que les puse hasta que se les haga un hábito. Los errores que comentan aquí serán su sentencia en el campo de batalla. No quiero que ninguno de mis caballeros caiga. Los Caballeros se miraron entre ellos entendiendo una cosa, no los estaba maltratando, no los estaba humillando, les estaba enseñando, los estaba reconociendo, no como un número en las filas, como personas. -No quiero poner un valor a sus vidas, pero si debo hacerlo. Ninguno de ustedes puede morir en un campo de batalla hasta matar a 200 enemigos, uno menos a ello, le diré a Babara que los sane lo antes posible y los mataré yo misma. ¿Queda claro? Los caballeros terminaron sonriendo y riendo por el comentario, de alguna forma se habían motivado y entre risas y aplausos hubo un grito de guerra. -Bien. Entonces sigan con lo que les enseñé. 10 vueltas a los muros exteriores de Mondstadt, 100 estocadas y 100 bloqueos. ¡Coman, descansen, hidrátense, vayan con Sara al Gran Cazador! ¡La cuenta corre por Kaeya!. Jean guardó su espada mientras hablaba y llevó sus manos a la altura de su pecho dando dos aplausos fuertes para romper filas. Los caballeros gritaron, silbaron y rieron por la cuenta de Kaeya mientras se fueron a cumplir el entrenamiento. Jean ahora si sonrió y con aquella sonrisa, sacudió su ropa y caminó por la ciudad.
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  • —Ya no hacen a los hombres como antes. Todos huyen cuando les dices que quieres implantar tus huevecillos en su abdomen. ¿Qué le pasó a los caballeros de antaño?
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  • Vida pasada o un bello sueño

    Año 1162 en algún lugar de Italia...
    La noche es perfecta y una enorme luna llena illumina los bosques que rodean el castillo.
    En uno de los grandes balcones de piedra Alma la mira suspirando .
    Su padre ha vuelto a regañarla por estar luchando a espada con uno de sus caballeros, porque no entiende que ella no quiere tejer ni bordar- resopla mirando la hermosa luna llena sujetando entre sus manos una hermosa espada que esconde en sus aposentos.
    Mañana al amanecer volvera a escapar a el patio de armas aunque le cueste un nuevo castigo
    Continuará.......
    Vida pasada o un bello sueño Año 1162 en algún lugar de Italia... La noche es perfecta y una enorme luna llena illumina los bosques que rodean el castillo. En uno de los grandes balcones de piedra Alma la mira suspirando . Su padre ha vuelto a regañarla por estar luchando a espada con uno de sus caballeros, porque no entiende que ella no quiere tejer ni bordar- resopla mirando la hermosa luna llena sujetando entre sus manos una hermosa espada que esconde en sus aposentos. Mañana al amanecer volvera a escapar a el patio de armas aunque le cueste un nuevo castigo Continuará.......
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  • Los Caballeros Bastardos-Arco III:
    Fandom Culto de Saturno
    Categoría Acción
    Era una mañana fría. El cielo se teñía de tonos rosados mientras la ciudad despertaba lentamente. Los primeros automóviles comenzaban a llenar las calles y las cafeterías abrían sus puertas a los trabajadores que iniciaban una nueva jornada.

    Entre aquella multitud se encontraban nuestros protagonistas: Zelkova, el cura exiliado. Nami, la ladrona. Marco, el vengador.

    Los dos hermanos ocultaban sus identidades bajo pelucas, maquillaje y ropa distinta a la habitual. A simple vista eran sólo ciudadanos más entre la multitud. Fugitivos ante la ley, no podían permitirse cometer errores.

    Zelkova, en cambio, caminaba con relativa tranquilidad. Según los registros alterados por el Culto de Saturno, estaba muerto. Aquella circunstancia lo convertía en el único miembro del grupo capaz de moverse libremente dentro del ojo del huracán.

    Finalmente llegaron frente al Hospital Privado Germánico Nueva Esperanza. El edificio se elevaba majestuoso sobre los demás, una torre de cristal y acero que reflejaba los colores del amanecer. Su reputación era impecable. Médicos prestigiosos, tecnología de vanguardia y pacientes capaces de pagar tratamientos imposibles de encontrar en otros lugares.

    En la cima del octavo piso, observando la ciudad desde una amplia oficina, se encontraba el director: Cassius Vagner.

    Un apellido respetado en el ámbito médico. Una figura influyente cuya red de hospitales se extendía por varias regiones del país.

    Abajo, las puertas automáticas se abrieron silenciosamente al detectar la presencia de los recién llegados. Por ahora, sus disfraces seguían funcionando.

    Porque mientras los tres cruzaban aquellas puertas, lejos de su vista comenzaban a moverse piezas mucho más peligrosas que cualquier policía o cultista al que hubieran enfrentado antes. Los enemigos estaban cerca. Y cuando finalmente mostraran sus rostros, la guerra contra el Culto de Saturno entraría en una nueva fase.

    Una fase marcada por sangre, secretos y hombres que habían renunciado a toda nobleza para convertirse en algo peor.

    Los Caballeros Bastardos habían comenzado a cabalgar.
    Era una mañana fría. El cielo se teñía de tonos rosados mientras la ciudad despertaba lentamente. Los primeros automóviles comenzaban a llenar las calles y las cafeterías abrían sus puertas a los trabajadores que iniciaban una nueva jornada. Entre aquella multitud se encontraban nuestros protagonistas: Zelkova, el cura exiliado. Nami, la ladrona. Marco, el vengador. Los dos hermanos ocultaban sus identidades bajo pelucas, maquillaje y ropa distinta a la habitual. A simple vista eran sólo ciudadanos más entre la multitud. Fugitivos ante la ley, no podían permitirse cometer errores. Zelkova, en cambio, caminaba con relativa tranquilidad. Según los registros alterados por el Culto de Saturno, estaba muerto. Aquella circunstancia lo convertía en el único miembro del grupo capaz de moverse libremente dentro del ojo del huracán. Finalmente llegaron frente al Hospital Privado Germánico Nueva Esperanza. El edificio se elevaba majestuoso sobre los demás, una torre de cristal y acero que reflejaba los colores del amanecer. Su reputación era impecable. Médicos prestigiosos, tecnología de vanguardia y pacientes capaces de pagar tratamientos imposibles de encontrar en otros lugares. En la cima del octavo piso, observando la ciudad desde una amplia oficina, se encontraba el director: Cassius Vagner. Un apellido respetado en el ámbito médico. Una figura influyente cuya red de hospitales se extendía por varias regiones del país. Abajo, las puertas automáticas se abrieron silenciosamente al detectar la presencia de los recién llegados. Por ahora, sus disfraces seguían funcionando. Porque mientras los tres cruzaban aquellas puertas, lejos de su vista comenzaban a moverse piezas mucho más peligrosas que cualquier policía o cultista al que hubieran enfrentado antes. Los enemigos estaban cerca. Y cuando finalmente mostraran sus rostros, la guerra contra el Culto de Saturno entraría en una nueva fase. Una fase marcada por sangre, secretos y hombres que habían renunciado a toda nobleza para convertirse en algo peor. Los Caballeros Bastardos habían comenzado a cabalgar.
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Terminado
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  • Un hombre conversaba por teléfono mientras permanecía en las gradas de un estadio de fútbol americano escolar. Su semblante apenas se alteró cuando escuchó la noticia al otro lado de la línea.

    ○¿Qué? ¿Moriarty ha muerto?

    En aquel instante resonó el estridente pitido que señalaba una nueva anotación. El público estalló en vítores. Su hijo acababa de marcar para el equipo.

    ○Al menos recuperaron lo que nos pertenece. Nunca soporté a ese calvo. Siempre observaba a mi esposa de una manera extraña.

    Disimuló una celebración junto al resto de los progenitores, alzando una mano para saludar a su hijo, la indiscutible estrella del encuentro.

    ○En fin, ¿para eso me llamabas? ¿De verdad no pueden encargarse de un par de alimañas?

    Volvió a acomodarse en su asiento mientras contemplaba el terreno de juego.

    ○Está bien... Está bien. Convocaré a los Caballeros. Están algo herrumbrosos, pero creo que aún pueden finiquitar el asunto.

    La llamada concluyó. Guardó el teléfono y descendió para felicitar a su hijo. Le habló de lo emocionante que había sido el partido, de cómo había sentido el corazón galopar en su pecho y de lo orgulloso que estaba de verlo triunfar.

    Todo era una patraña. No sentía nada. Ni orgullo. Ni emoción. Ni afecto.

    Finalmente llegó el momento de la fotografía. Su hijo sonreía mostrando la medalla de oro con legítimo orgullo. A su derecha se encontraba su padre. A la izquierda, su esposa y sus hijas.

    La luz del sol incidía de tal manera que ocultaba parcialmente los rostros de las mujeres tras un resplandor blanquecino. Y en el centro de aquella imagen familiar perfecta permanecía él. Erguido. Impecable. Con una sonrisa inmóvil, vacía y mortecina, semejante a la de un cadáver que hubiese aprendido a fingir que aún seguía vivo.
    Un hombre conversaba por teléfono mientras permanecía en las gradas de un estadio de fútbol americano escolar. Su semblante apenas se alteró cuando escuchó la noticia al otro lado de la línea. ○¿Qué? ¿Moriarty ha muerto? En aquel instante resonó el estridente pitido que señalaba una nueva anotación. El público estalló en vítores. Su hijo acababa de marcar para el equipo. ○Al menos recuperaron lo que nos pertenece. Nunca soporté a ese calvo. Siempre observaba a mi esposa de una manera extraña. Disimuló una celebración junto al resto de los progenitores, alzando una mano para saludar a su hijo, la indiscutible estrella del encuentro. ○En fin, ¿para eso me llamabas? ¿De verdad no pueden encargarse de un par de alimañas? Volvió a acomodarse en su asiento mientras contemplaba el terreno de juego. ○Está bien... Está bien. Convocaré a los Caballeros. Están algo herrumbrosos, pero creo que aún pueden finiquitar el asunto. La llamada concluyó. Guardó el teléfono y descendió para felicitar a su hijo. Le habló de lo emocionante que había sido el partido, de cómo había sentido el corazón galopar en su pecho y de lo orgulloso que estaba de verlo triunfar. Todo era una patraña. No sentía nada. Ni orgullo. Ni emoción. Ni afecto. Finalmente llegó el momento de la fotografía. Su hijo sonreía mostrando la medalla de oro con legítimo orgullo. A su derecha se encontraba su padre. A la izquierda, su esposa y sus hijas. La luz del sol incidía de tal manera que ocultaba parcialmente los rostros de las mujeres tras un resplandor blanquecino. Y en el centro de aquella imagen familiar perfecta permanecía él. Erguido. Impecable. Con una sonrisa inmóvil, vacía y mortecina, semejante a la de un cadáver que hubiese aprendido a fingir que aún seguía vivo.
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  • Las luces del estudio brillaban con intensidad mientras las cámaras recorrían el escenario principal. Decenas de personas ocupaban sus asientos entre aplausos y vítores, esperando el inicio de la transmisión. Del otro lado de las pantallas, miles de hogares permanecían atentos al programa más visto de la noche.
    La música de apertura resonó por todo el estudio y, segundos después, Vincent apareció caminando con una sonrisa impecable y una presencia imposible de ignorar. Su traje estaba perfectamente acomodado, su cabello arreglado con esmero y su voz irradiaba el carisma que lo había convertido en una de las figuras más reconocidas de la televisión.

    —¡Muy buenas noches, damas y caballeros!

    El público respondió con una fuerte ovación mientras él extendía los brazos con confianza.

    —Bienvenidos una vez más a su programa favorito. Soy Vincent, su anfitrión de esta maravillosa velada, y les aseguro que esta noche tenemos sorpresas, invitados y momentos que nadie querrá perderse.

    Las cámaras enfocaron su sonrisa mientras avanzaba por el escenario principal.

    —Así que acomódense en sus asientos, preparen sus bebidas y disfruten del espectáculo. Porque esta noche... será una que recordarán durante mucho tiempo.

    Los aplausos volvieron a llenar el estudio mientras la transmisión continuaba, sin saber que décadas después, aquella misma imagen seguiría existiendo en viejas grabaciones observadas incluso desde el Infierno.
    Las luces del estudio brillaban con intensidad mientras las cámaras recorrían el escenario principal. Decenas de personas ocupaban sus asientos entre aplausos y vítores, esperando el inicio de la transmisión. Del otro lado de las pantallas, miles de hogares permanecían atentos al programa más visto de la noche. La música de apertura resonó por todo el estudio y, segundos después, Vincent apareció caminando con una sonrisa impecable y una presencia imposible de ignorar. Su traje estaba perfectamente acomodado, su cabello arreglado con esmero y su voz irradiaba el carisma que lo había convertido en una de las figuras más reconocidas de la televisión. —¡Muy buenas noches, damas y caballeros! El público respondió con una fuerte ovación mientras él extendía los brazos con confianza. —Bienvenidos una vez más a su programa favorito. Soy Vincent, su anfitrión de esta maravillosa velada, y les aseguro que esta noche tenemos sorpresas, invitados y momentos que nadie querrá perderse. Las cámaras enfocaron su sonrisa mientras avanzaba por el escenario principal. —Así que acomódense en sus asientos, preparen sus bebidas y disfruten del espectáculo. Porque esta noche... será una que recordarán durante mucho tiempo. Los aplausos volvieron a llenar el estudio mientras la transmisión continuaba, sin saber que décadas después, aquella misma imagen seguiría existiendo en viejas grabaciones observadas incluso desde el Infierno.
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  • —Buenos días damas y caballeros¡ Bienvenidos al espectáculo del payaso giko¡~ yeeei¡
    *Giko saco unas pelotitas y se puso a malabarear, claramente jugando al payaso. Pero una de las pelotas cayó y le dio en la cabeza*
    —auuuch :,b juro que si soy divertido¡ Eso fue solo un error¡~ dejame probar otro truco¡
    —Buenos días damas y caballeros¡ Bienvenidos al espectáculo del payaso giko¡~ ✨ yeeei¡ *Giko saco unas pelotitas y se puso a malabarear, claramente jugando al payaso. Pero una de las pelotas cayó y le dio en la cabeza* —auuuch :,b juro que si soy divertido¡ Eso fue solo un error¡~ dejame probar otro truco¡
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  • ¡Es tan caballeroso, que me muero de ternura!
    ¡Es tan caballeroso, que me muero de ternura!
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  • Prepárense!

    La caballerosidad no está muerta.
    Prepárense! La caballerosidad no está muerta.
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  • La mañana apenas comenzaba en Mondstadt, y aun así las luces de la oficina de la Gran Maestra Interina ya permanecían encendidas.

    Jean llevaba allí desde antes del amanecer.

    Sentada detrás de su amplio escritorio de roble, repasaba informes militares y registros comerciales mientras el vapor de una taza de café recién servido ascendía lentamente junto a ella. Afuera, la ciudad apenas despertaba bajo el viento suave de la madrugada, pero una extraña sensación de inquietud había acompañado a Jean desde que abrió los ojos aquella mañana.

    Como si algo estuviera por ocurrir.

    Tres golpes suaves resonaron en la puerta.

    —Adelante.

    La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar a Noelle sosteniendo varias cartas cuidadosamente acomodadas entre sus brazos.

    +Gran Maestra Jean, llegó la correspondencia de esta mañana.

    —Déjala aquí, gracias, Noelle.

    La joven obedeció con una sonrisa amable, colocando el montón de sobres sobre el escritorio. Sin embargo, en lugar de marcharse enseguida, permaneció cerca de la puerta, acomodando discretamente sus guantes mientras observaba a Jean revisar los documentos.

    Jean apenas comenzaba a separar la correspondencia cuando algo llamó su atención.

    Un sello plateado grabado sobre cera oscura.

    Un copo de nieve rodeado por adornos espinosos.

    Fatui.

    El ambiente pareció enfriarse de golpe.

    Jean frunció el ceño apenas tomó el sobre.

    Noelle notó el cambio en su expresión casi al instante.

    +¿Ocurre algo…?

    Jean guardó silencio unos segundos antes de romper el sello con cuidado. Luego, en vez de quedarse detrás del escritorio, se acomodó sobre el borde del mismo, cruzando lentamente las piernas mientras comenzaba a leer.

    La luz de la mañana iluminaba parcialmente su uniforme blanco y azul, reflejándose sobre los detalles dorados de la oficina mientras sus ojos recorrían cada línea de la carta.

    —Como imaginaba… —murmuró en voz baja.

    Noelle dudó un momento antes de acercarse un poco más.

    +¿Es una mala noticia?

    Jean dejó escapar un suspiro cansado.

    —Depende de cómo se mire.

    Sus dedos sostuvieron la carta con firmeza mientras levantaba la vista hacia Noelle.

    —Es una invitación formal de los Fatui. Quieren una cena diplomática.

    Noelle parpadeó sorprendida.

    +¿Una cena…?

    —Mhm. Oficialmente hablan de cooperación comercial, seguridad en rutas y relaciones entre Mondstadt y Snezhnaya…

    Jean hizo una pequeña pausa antes de bajar la mirada nuevamente hacia la carta.

    —Pero el verdadero objetivo es otro.

    Noelle se acercó un poco más, curiosa y preocupada al mismo tiempo.

    +¿Qué quieren realmente?

    Jean apoyó la carta sobre su muslo y tomó lentamente la taza de café a su lado.

    —Quieren establecer una base logística permanente cerca de Mondstadt.

    Noelle abrió apenas los ojos.

    +¿Los Fatui… aquí?

    —“Temporal”, según ellos —respondió Jean con una ligera ironía—. Pero los Fatui rara vez hacen algo sin una intención más profunda.

    La oficina quedó en silencio unos instantes.

    Noelle observó a Jean con atención. Aunque mantenía aquella postura elegante y serena sobre el escritorio, podía notar el cansancio oculto detrás de su expresión.

    La presión.

    La responsabilidad.

    Las decisiones imposibles.

    +Entonces… ¿rechazará la invitación?

    Jean permaneció callada unos segundos mientras el vapor del café ascendía lentamente entre ambas.

    Finalmente negó con la cabeza.

    —No puedo hacerlo.

    La respuesta salió más suave de lo esperado.

    —Si los ignoramos, podrían usarlo como excusa diplomática. Y si aceptamos demasiado rápido… podrían interpretarlo como debilidad.

    Noelle bajó ligeramente la mirada.

    +Eso suena difícil…

    Jean dejó escapar una pequeña sonrisa cansada al escucharla.

    —Bienvenida al trabajo administrativo de los Caballeros de Favonius.

    Aquello hizo que Noelle sonriera apenas.

    Jean volvió a mirar por la ventana de la oficina, observando cómo la luz del amanecer comenzaba a cubrir lentamente la ciudad.

    —Asistiré a la cena —dijo finalmente—. Pero no pienso permitir que los Fatui crean que pueden poner un pie en Mondstadt sin supervisión.

    Noelle asintió con firmeza casi de inmediato.

    +Entonces me aseguraré de que todo esté preparado para usted, Gran Maestra Jean.

    Jean la miró de reojo y, por primera vez esa mañana, su expresión se suavizó ligeramente.

    —Gracias, Noelle.
    La mañana apenas comenzaba en Mondstadt, y aun así las luces de la oficina de la Gran Maestra Interina ya permanecían encendidas. Jean llevaba allí desde antes del amanecer. Sentada detrás de su amplio escritorio de roble, repasaba informes militares y registros comerciales mientras el vapor de una taza de café recién servido ascendía lentamente junto a ella. Afuera, la ciudad apenas despertaba bajo el viento suave de la madrugada, pero una extraña sensación de inquietud había acompañado a Jean desde que abrió los ojos aquella mañana. Como si algo estuviera por ocurrir. Tres golpes suaves resonaron en la puerta. —Adelante. La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar a Noelle sosteniendo varias cartas cuidadosamente acomodadas entre sus brazos. +Gran Maestra Jean, llegó la correspondencia de esta mañana. —Déjala aquí, gracias, Noelle. La joven obedeció con una sonrisa amable, colocando el montón de sobres sobre el escritorio. Sin embargo, en lugar de marcharse enseguida, permaneció cerca de la puerta, acomodando discretamente sus guantes mientras observaba a Jean revisar los documentos. Jean apenas comenzaba a separar la correspondencia cuando algo llamó su atención. Un sello plateado grabado sobre cera oscura. Un copo de nieve rodeado por adornos espinosos. Fatui. El ambiente pareció enfriarse de golpe. Jean frunció el ceño apenas tomó el sobre. Noelle notó el cambio en su expresión casi al instante. +¿Ocurre algo…? Jean guardó silencio unos segundos antes de romper el sello con cuidado. Luego, en vez de quedarse detrás del escritorio, se acomodó sobre el borde del mismo, cruzando lentamente las piernas mientras comenzaba a leer. La luz de la mañana iluminaba parcialmente su uniforme blanco y azul, reflejándose sobre los detalles dorados de la oficina mientras sus ojos recorrían cada línea de la carta. —Como imaginaba… —murmuró en voz baja. Noelle dudó un momento antes de acercarse un poco más. +¿Es una mala noticia? Jean dejó escapar un suspiro cansado. —Depende de cómo se mire. Sus dedos sostuvieron la carta con firmeza mientras levantaba la vista hacia Noelle. —Es una invitación formal de los Fatui. Quieren una cena diplomática. Noelle parpadeó sorprendida. +¿Una cena…? —Mhm. Oficialmente hablan de cooperación comercial, seguridad en rutas y relaciones entre Mondstadt y Snezhnaya… Jean hizo una pequeña pausa antes de bajar la mirada nuevamente hacia la carta. —Pero el verdadero objetivo es otro. Noelle se acercó un poco más, curiosa y preocupada al mismo tiempo. +¿Qué quieren realmente? Jean apoyó la carta sobre su muslo y tomó lentamente la taza de café a su lado. —Quieren establecer una base logística permanente cerca de Mondstadt. Noelle abrió apenas los ojos. +¿Los Fatui… aquí? —“Temporal”, según ellos —respondió Jean con una ligera ironía—. Pero los Fatui rara vez hacen algo sin una intención más profunda. La oficina quedó en silencio unos instantes. Noelle observó a Jean con atención. Aunque mantenía aquella postura elegante y serena sobre el escritorio, podía notar el cansancio oculto detrás de su expresión. La presión. La responsabilidad. Las decisiones imposibles. +Entonces… ¿rechazará la invitación? Jean permaneció callada unos segundos mientras el vapor del café ascendía lentamente entre ambas. Finalmente negó con la cabeza. —No puedo hacerlo. La respuesta salió más suave de lo esperado. —Si los ignoramos, podrían usarlo como excusa diplomática. Y si aceptamos demasiado rápido… podrían interpretarlo como debilidad. Noelle bajó ligeramente la mirada. +Eso suena difícil… Jean dejó escapar una pequeña sonrisa cansada al escucharla. —Bienvenida al trabajo administrativo de los Caballeros de Favonius. Aquello hizo que Noelle sonriera apenas. Jean volvió a mirar por la ventana de la oficina, observando cómo la luz del amanecer comenzaba a cubrir lentamente la ciudad. —Asistiré a la cena —dijo finalmente—. Pero no pienso permitir que los Fatui crean que pueden poner un pie en Mondstadt sin supervisión. Noelle asintió con firmeza casi de inmediato. +Entonces me aseguraré de que todo esté preparado para usted, Gran Maestra Jean. Jean la miró de reojo y, por primera vez esa mañana, su expresión se suavizó ligeramente. —Gracias, Noelle.
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