• —Buenos días damas y caballeros¡ Bienvenidos al espectáculo del payaso giko¡~ yeeei¡
    *Giko saco unas pelotitas y se puso a malabarear, claramente jugando al payaso. Pero una de las pelotas cayó y le dio en la cabeza*
    —auuuch :,b juro que si soy divertido¡ Eso fue solo un error¡~ dejame probar otro truco¡
    —Buenos días damas y caballeros¡ Bienvenidos al espectáculo del payaso giko¡~ ✨ yeeei¡ *Giko saco unas pelotitas y se puso a malabarear, claramente jugando al payaso. Pero una de las pelotas cayó y le dio en la cabeza* —auuuch :,b juro que si soy divertido¡ Eso fue solo un error¡~ dejame probar otro truco¡
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  • ¡Es tan caballeroso, que me muero de ternura!
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  • Prepárense!

    La caballerosidad no está muerta.
    Prepárense! La caballerosidad no está muerta.
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  • La mañana apenas comenzaba en Mondstadt, y aun así las luces de la oficina de la Gran Maestra Interina ya permanecían encendidas.

    Jean llevaba allí desde antes del amanecer.

    Sentada detrás de su amplio escritorio de roble, repasaba informes militares y registros comerciales mientras el vapor de una taza de café recién servido ascendía lentamente junto a ella. Afuera, la ciudad apenas despertaba bajo el viento suave de la madrugada, pero una extraña sensación de inquietud había acompañado a Jean desde que abrió los ojos aquella mañana.

    Como si algo estuviera por ocurrir.

    Tres golpes suaves resonaron en la puerta.

    —Adelante.

    La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar a Noelle sosteniendo varias cartas cuidadosamente acomodadas entre sus brazos.

    +Gran Maestra Jean, llegó la correspondencia de esta mañana.

    —Déjala aquí, gracias, Noelle.

    La joven obedeció con una sonrisa amable, colocando el montón de sobres sobre el escritorio. Sin embargo, en lugar de marcharse enseguida, permaneció cerca de la puerta, acomodando discretamente sus guantes mientras observaba a Jean revisar los documentos.

    Jean apenas comenzaba a separar la correspondencia cuando algo llamó su atención.

    Un sello plateado grabado sobre cera oscura.

    Un copo de nieve rodeado por adornos espinosos.

    Fatui.

    El ambiente pareció enfriarse de golpe.

    Jean frunció el ceño apenas tomó el sobre.

    Noelle notó el cambio en su expresión casi al instante.

    +¿Ocurre algo…?

    Jean guardó silencio unos segundos antes de romper el sello con cuidado. Luego, en vez de quedarse detrás del escritorio, se acomodó sobre el borde del mismo, cruzando lentamente las piernas mientras comenzaba a leer.

    La luz de la mañana iluminaba parcialmente su uniforme blanco y azul, reflejándose sobre los detalles dorados de la oficina mientras sus ojos recorrían cada línea de la carta.

    —Como imaginaba… —murmuró en voz baja.

    Noelle dudó un momento antes de acercarse un poco más.

    +¿Es una mala noticia?

    Jean dejó escapar un suspiro cansado.

    —Depende de cómo se mire.

    Sus dedos sostuvieron la carta con firmeza mientras levantaba la vista hacia Noelle.

    —Es una invitación formal de los Fatui. Quieren una cena diplomática.

    Noelle parpadeó sorprendida.

    +¿Una cena…?

    —Mhm. Oficialmente hablan de cooperación comercial, seguridad en rutas y relaciones entre Mondstadt y Snezhnaya…

    Jean hizo una pequeña pausa antes de bajar la mirada nuevamente hacia la carta.

    —Pero el verdadero objetivo es otro.

    Noelle se acercó un poco más, curiosa y preocupada al mismo tiempo.

    +¿Qué quieren realmente?

    Jean apoyó la carta sobre su muslo y tomó lentamente la taza de café a su lado.

    —Quieren establecer una base logística permanente cerca de Mondstadt.

    Noelle abrió apenas los ojos.

    +¿Los Fatui… aquí?

    —“Temporal”, según ellos —respondió Jean con una ligera ironía—. Pero los Fatui rara vez hacen algo sin una intención más profunda.

    La oficina quedó en silencio unos instantes.

    Noelle observó a Jean con atención. Aunque mantenía aquella postura elegante y serena sobre el escritorio, podía notar el cansancio oculto detrás de su expresión.

    La presión.

    La responsabilidad.

    Las decisiones imposibles.

    +Entonces… ¿rechazará la invitación?

    Jean permaneció callada unos segundos mientras el vapor del café ascendía lentamente entre ambas.

    Finalmente negó con la cabeza.

    —No puedo hacerlo.

    La respuesta salió más suave de lo esperado.

    —Si los ignoramos, podrían usarlo como excusa diplomática. Y si aceptamos demasiado rápido… podrían interpretarlo como debilidad.

    Noelle bajó ligeramente la mirada.

    +Eso suena difícil…

    Jean dejó escapar una pequeña sonrisa cansada al escucharla.

    —Bienvenida al trabajo administrativo de los Caballeros de Favonius.

    Aquello hizo que Noelle sonriera apenas.

    Jean volvió a mirar por la ventana de la oficina, observando cómo la luz del amanecer comenzaba a cubrir lentamente la ciudad.

    —Asistiré a la cena —dijo finalmente—. Pero no pienso permitir que los Fatui crean que pueden poner un pie en Mondstadt sin supervisión.

    Noelle asintió con firmeza casi de inmediato.

    +Entonces me aseguraré de que todo esté preparado para usted, Gran Maestra Jean.

    Jean la miró de reojo y, por primera vez esa mañana, su expresión se suavizó ligeramente.

    —Gracias, Noelle.
    La mañana apenas comenzaba en Mondstadt, y aun así las luces de la oficina de la Gran Maestra Interina ya permanecían encendidas. Jean llevaba allí desde antes del amanecer. Sentada detrás de su amplio escritorio de roble, repasaba informes militares y registros comerciales mientras el vapor de una taza de café recién servido ascendía lentamente junto a ella. Afuera, la ciudad apenas despertaba bajo el viento suave de la madrugada, pero una extraña sensación de inquietud había acompañado a Jean desde que abrió los ojos aquella mañana. Como si algo estuviera por ocurrir. Tres golpes suaves resonaron en la puerta. —Adelante. La puerta se abrió apenas lo suficiente para revelar a Noelle sosteniendo varias cartas cuidadosamente acomodadas entre sus brazos. +Gran Maestra Jean, llegó la correspondencia de esta mañana. —Déjala aquí, gracias, Noelle. La joven obedeció con una sonrisa amable, colocando el montón de sobres sobre el escritorio. Sin embargo, en lugar de marcharse enseguida, permaneció cerca de la puerta, acomodando discretamente sus guantes mientras observaba a Jean revisar los documentos. Jean apenas comenzaba a separar la correspondencia cuando algo llamó su atención. Un sello plateado grabado sobre cera oscura. Un copo de nieve rodeado por adornos espinosos. Fatui. El ambiente pareció enfriarse de golpe. Jean frunció el ceño apenas tomó el sobre. Noelle notó el cambio en su expresión casi al instante. +¿Ocurre algo…? Jean guardó silencio unos segundos antes de romper el sello con cuidado. Luego, en vez de quedarse detrás del escritorio, se acomodó sobre el borde del mismo, cruzando lentamente las piernas mientras comenzaba a leer. La luz de la mañana iluminaba parcialmente su uniforme blanco y azul, reflejándose sobre los detalles dorados de la oficina mientras sus ojos recorrían cada línea de la carta. —Como imaginaba… —murmuró en voz baja. Noelle dudó un momento antes de acercarse un poco más. +¿Es una mala noticia? Jean dejó escapar un suspiro cansado. —Depende de cómo se mire. Sus dedos sostuvieron la carta con firmeza mientras levantaba la vista hacia Noelle. —Es una invitación formal de los Fatui. Quieren una cena diplomática. Noelle parpadeó sorprendida. +¿Una cena…? —Mhm. Oficialmente hablan de cooperación comercial, seguridad en rutas y relaciones entre Mondstadt y Snezhnaya… Jean hizo una pequeña pausa antes de bajar la mirada nuevamente hacia la carta. —Pero el verdadero objetivo es otro. Noelle se acercó un poco más, curiosa y preocupada al mismo tiempo. +¿Qué quieren realmente? Jean apoyó la carta sobre su muslo y tomó lentamente la taza de café a su lado. —Quieren establecer una base logística permanente cerca de Mondstadt. Noelle abrió apenas los ojos. +¿Los Fatui… aquí? —“Temporal”, según ellos —respondió Jean con una ligera ironía—. Pero los Fatui rara vez hacen algo sin una intención más profunda. La oficina quedó en silencio unos instantes. Noelle observó a Jean con atención. Aunque mantenía aquella postura elegante y serena sobre el escritorio, podía notar el cansancio oculto detrás de su expresión. La presión. La responsabilidad. Las decisiones imposibles. +Entonces… ¿rechazará la invitación? Jean permaneció callada unos segundos mientras el vapor del café ascendía lentamente entre ambas. Finalmente negó con la cabeza. —No puedo hacerlo. La respuesta salió más suave de lo esperado. —Si los ignoramos, podrían usarlo como excusa diplomática. Y si aceptamos demasiado rápido… podrían interpretarlo como debilidad. Noelle bajó ligeramente la mirada. +Eso suena difícil… Jean dejó escapar una pequeña sonrisa cansada al escucharla. —Bienvenida al trabajo administrativo de los Caballeros de Favonius. Aquello hizo que Noelle sonriera apenas. Jean volvió a mirar por la ventana de la oficina, observando cómo la luz del amanecer comenzaba a cubrir lentamente la ciudad. —Asistiré a la cena —dijo finalmente—. Pero no pienso permitir que los Fatui crean que pueden poner un pie en Mondstadt sin supervisión. Noelle asintió con firmeza casi de inmediato. +Entonces me aseguraré de que todo esté preparado para usted, Gran Maestra Jean. Jean la miró de reojo y, por primera vez esa mañana, su expresión se suavizó ligeramente. —Gracias, Noelle.
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  • Hacía un poco de calor en Teyvat.
    Razor, el Chico Lobo ya había hecho casi todas sus actividades del día a día, jugó por horas con su manada de lobos, pescó, se bañó en el lago detrás de Mondstadt, había ido a la Biblioteca a sus clases con su maestra Lisa.

    Al salir de la biblioteca y de la sede de los caballeros de Favonius el sol pegó en su rostro haciéndolo cerrar ligeramente sus ojos hasta adaptarse de nuevo a la luz.

    -Nhg...sol...enojado... -Así conocía él "calor" y luego, sonrió. Siempre buscaba cualquier pretexto para que Sara, la dueña y cocinera de El Gran Cazador le hiciera un batido bien frío con ganchos de lobo y miel-

    Con aquella idea y pretexto perfecto fue corriendo al restaurante cerca de la plaza de Mondstadt.

    -¡Sara...Sara...Sara!... -Demandó entrando al lugar mientras señalaba indignado hacia arriba y hacia afuera "indignado"-...Sol...molesto...

    +¡Razor! ¡Que sorpresa verte por aquí!... ¿Hu? Con que sol "molesto" ¿Eh?

    -¡Uhum! ¡Mucho!...

    +¿No será que...?...Ay ya, ya sé lo que quieres...Siéntate, ya te traigo uno.

    Razor sonrió victorioso. Tomó asiento como siempre y movió sus piernas de lado a lado esperando. Minutos después Sara llegó con su "arma contra el sol", su batido helado.

    +No lo bebas muy rápido...siempre se te congela el cerebro~.

    Razor tomó el vaso con los ojos resplandecientes e ignorando como siempre la advertencia su primer sorbo fue, grande, sus ojos se cerraron y se quejó levemente, paladar y cerebro congelado, pero rió, era un dolor "bueno".

    +¡Te dije que con cuidado!
    -Heh...Batido...bueno.... -Dejó un par de Moras pagando el batido y se fue victorioso con bebida en manos. La puerta del restaurante se abrió de nuevo-...Gracias...Sara...buena...

    Se le había olvidado agradecer como le enseñaron Jean y Lisa, después de ello, se fue contento bebiendo.
    Hacía un poco de calor en Teyvat. Razor, el Chico Lobo ya había hecho casi todas sus actividades del día a día, jugó por horas con su manada de lobos, pescó, se bañó en el lago detrás de Mondstadt, había ido a la Biblioteca a sus clases con su maestra Lisa. Al salir de la biblioteca y de la sede de los caballeros de Favonius el sol pegó en su rostro haciéndolo cerrar ligeramente sus ojos hasta adaptarse de nuevo a la luz. -Nhg...sol...enojado... -Así conocía él "calor" y luego, sonrió. Siempre buscaba cualquier pretexto para que Sara, la dueña y cocinera de El Gran Cazador le hiciera un batido bien frío con ganchos de lobo y miel- Con aquella idea y pretexto perfecto fue corriendo al restaurante cerca de la plaza de Mondstadt. -¡Sara...Sara...Sara!... -Demandó entrando al lugar mientras señalaba indignado hacia arriba y hacia afuera "indignado"-...Sol...molesto... +¡Razor! ¡Que sorpresa verte por aquí!... ¿Hu? Con que sol "molesto" ¿Eh? -¡Uhum! ¡Mucho!... +¿No será que...?...Ay ya, ya sé lo que quieres...Siéntate, ya te traigo uno. Razor sonrió victorioso. Tomó asiento como siempre y movió sus piernas de lado a lado esperando. Minutos después Sara llegó con su "arma contra el sol", su batido helado. +No lo bebas muy rápido...siempre se te congela el cerebro~. Razor tomó el vaso con los ojos resplandecientes e ignorando como siempre la advertencia su primer sorbo fue, grande, sus ojos se cerraron y se quejó levemente, paladar y cerebro congelado, pero rió, era un dolor "bueno". +¡Te dije que con cuidado! -Heh...Batido...bueno.... -Dejó un par de Moras pagando el batido y se fue victorioso con bebida en manos. La puerta del restaurante se abrió de nuevo-...Gracias...Sara...buena... Se le había olvidado agradecer como le enseñaron Jean y Lisa, después de ello, se fue contento bebiendo.
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  • Entre lo cotidiano
    Categoría Suspenso
    En un lugar del mundo, a las orillas del mar en pleno aviso de tormenta, una figura amarilla se alza caminado sin rumbo, observando, callado, el rostro inobservable por la oscuridad que otorga el manto amarillo que le cubre, el Rey de Amarillo, ignorando cuanto tiempo ha pasado, pues para dicha entidad no es nada mas que un concepto vago, puesto a su longevidad ya no cuenta con percepción de este.
    Todo parecía lo mismo de siempre, olas que no paran de moverse, nubes oscuras que muestran la tormenta por venir, sin embargo algo inusual capto la atención de este, una calavera que el agua había traído a sus pies. Con cautela creo un tentáculo que surgiera de su capa para recogerlo, se detuvo a mirarlo, ¿Habrá sido otra victima del culto de Cthulhu? ¿O solo un pobre hombre muerto en otra parte cuyos restos se coordinaron para estar al frente?
    Mirando un poco al horizonte donde estaba la arena, observo un grupo de gente reunida, no era necesario para el acercarse a curiosear, el sabia el porque estaban ahí, el resto del cadáver estaba en ese lugar, por lo que tomo la forma de un joven lo mejor que pudo, desde su prisión en Carcosa, poco podía hacer mas que disminuir su poder para no causar locura ante los humanos, sus ropajes amarillos calzaban con los de la época, sin embargo no podía hacer mucho con su aspecto de ultratumba, pero probablemente era suficiente para acercarse.

    —Caballeros, damas.— Saludo de forma cortes. —Creo que encontré lo que faltaba del cadáver. — Al decir esto mostró la calavera. —¿Un asesinato?— Esta pregunta para el era innecesaria, puesto a que sabia la respuesta, pero en su conocimiento, sabia también que no presentar curiosidad morbosa crearía sospechas innecesarias. Al observar con detenimiento el resto de cadáver, observo una marca que lo disgusto, era efectivamente, la marca del culto de Cthulhu, así que como no tenia ninguno de sus seguidores cerca, decidió quedarse para ahondar en el caso y luego mandar a los suyos si esto llegaba a ser necesario.
    En un lugar del mundo, a las orillas del mar en pleno aviso de tormenta, una figura amarilla se alza caminado sin rumbo, observando, callado, el rostro inobservable por la oscuridad que otorga el manto amarillo que le cubre, el Rey de Amarillo, ignorando cuanto tiempo ha pasado, pues para dicha entidad no es nada mas que un concepto vago, puesto a su longevidad ya no cuenta con percepción de este. Todo parecía lo mismo de siempre, olas que no paran de moverse, nubes oscuras que muestran la tormenta por venir, sin embargo algo inusual capto la atención de este, una calavera que el agua había traído a sus pies. Con cautela creo un tentáculo que surgiera de su capa para recogerlo, se detuvo a mirarlo, ¿Habrá sido otra victima del culto de Cthulhu? ¿O solo un pobre hombre muerto en otra parte cuyos restos se coordinaron para estar al frente? Mirando un poco al horizonte donde estaba la arena, observo un grupo de gente reunida, no era necesario para el acercarse a curiosear, el sabia el porque estaban ahí, el resto del cadáver estaba en ese lugar, por lo que tomo la forma de un joven lo mejor que pudo, desde su prisión en Carcosa, poco podía hacer mas que disminuir su poder para no causar locura ante los humanos, sus ropajes amarillos calzaban con los de la época, sin embargo no podía hacer mucho con su aspecto de ultratumba, pero probablemente era suficiente para acercarse. —Caballeros, damas.— Saludo de forma cortes. —Creo que encontré lo que faltaba del cadáver. — Al decir esto mostró la calavera. —¿Un asesinato?— Esta pregunta para el era innecesaria, puesto a que sabia la respuesta, pero en su conocimiento, sabia también que no presentar curiosidad morbosa crearía sospechas innecesarias. Al observar con detenimiento el resto de cadáver, observo una marca que lo disgusto, era efectivamente, la marca del culto de Cthulhu, así que como no tenia ninguno de sus seguidores cerca, decidió quedarse para ahondar en el caso y luego mandar a los suyos si esto llegaba a ser necesario.
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  • 𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎".

    La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos.

    El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba.

    Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo.
    Miré hacia las ventanas altas, y vi.

    No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia.

    Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías.

    Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste.

    Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
    𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎". La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos. El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba. Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo. Miré hacia las ventanas altas, y vi. No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia. Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías. Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste. Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
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  • ℍ𝕦𝕘𝕠 𝕍𝕝𝕒𝕕 eres siempre de lo mas caballeroso conmigo, eres el amor de mi vida.
    [VladHugoRavenlock093] eres siempre de lo mas caballeroso conmigo, eres el amor de mi vida.
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  • El sonido de las fichas al chocar era lo único que rompía el silencio.

    Clac, clac, clac.

    El humo del tabaco dibujaba una neblina tenue bajo la luz cálida del salón privado. Hombres de traje impecable, mujeres elegantes de miradas afiladas, dedos cargados de anillos, joyas de otras culturas. Risas bajas, contenidas, falsas. Nadie en esa mesa era realmente amigo de nadie, a pesar de los posibles jugueteos de piernas bajo la mesa.

    Pero en el centro, nuestro hombre: Renji Kurogane, mejor conocido como Kokuren.

    Sentado con la espalda relajada, una pierna cruzada sobre la otra, como si el tiempo no tuviera prisa por alcanzarlo. Su camisa ligeramente abierta, producto del calor, de las numerosas bebidasque todos tomaban y de haber pasado horas jugando. En su mano, una ficha giraba entre sus dedos mientras se divertía en silencio; sus ojos, fríos y atentos, ya lo habían visto todo.

    —Hmm.

    Dejó caer la ficha.
    Uno de los hombres tensó la mandíbula y una mujer desvió la mirada apenas un segundo, pero fue suficiente. Renji inclinó la cabeza levemente, una sonrisa torcida dibujándose en sus labios.

    —Parece que esta noche la suerte no está de su lado.

    Mentira. No creía en la suerte, pero sabía que ellos sí.
    Con movimientos lentos, casi perezosos, acomodó sus fichas. No había duda ni titubeo, solo la calma de alguien que llevaba varias jugadas por delante desde el principio. El silencio se volvió denso; uno de los presentes soltó el aire entre dientes, otro apretó los nudillos contra la mesa.

    Renji levantó la mirada, encontrándose con los ojos de cada uno, uno por uno, disfrutando ese instante donde el control cambiaba de manos.

    —Damas y caballeros…

    murmuró, ladeando la sonrisa mientras apoyaba el codo en la mesa y llevaba su mano al mentón con despreocupación.

    —¿Qué vamos a hacer con los refugiados de Corea del Norte?

    Lo dijo como quien comenta el clima, dejando la pregunta suspendida en el aire sin intención real de suavizarla. Antes de que alguien respondiera, sus dedos volvieron a moverse con precisión; tomó una ficha del muro, la observó apenas un instante y la integró a su mano sin apuro.

    —Tsumo.

    Volteó sus fichas con calma, revelando una jugada perfecta, cerrada sin margen de error.

    —Treinta mil.

    El sonido de las fichas siendo empujadas hacia él llenó el silencio que nadie más se atrevió a romper.
    El sonido de las fichas al chocar era lo único que rompía el silencio. Clac, clac, clac. El humo del tabaco dibujaba una neblina tenue bajo la luz cálida del salón privado. Hombres de traje impecable, mujeres elegantes de miradas afiladas, dedos cargados de anillos, joyas de otras culturas. Risas bajas, contenidas, falsas. Nadie en esa mesa era realmente amigo de nadie, a pesar de los posibles jugueteos de piernas bajo la mesa. Pero en el centro, nuestro hombre: Renji Kurogane, mejor conocido como Kokuren. Sentado con la espalda relajada, una pierna cruzada sobre la otra, como si el tiempo no tuviera prisa por alcanzarlo. Su camisa ligeramente abierta, producto del calor, de las numerosas bebidasque todos tomaban y de haber pasado horas jugando. En su mano, una ficha giraba entre sus dedos mientras se divertía en silencio; sus ojos, fríos y atentos, ya lo habían visto todo. —Hmm. Dejó caer la ficha. Uno de los hombres tensó la mandíbula y una mujer desvió la mirada apenas un segundo, pero fue suficiente. Renji inclinó la cabeza levemente, una sonrisa torcida dibujándose en sus labios. —Parece que esta noche la suerte no está de su lado. Mentira. No creía en la suerte, pero sabía que ellos sí. Con movimientos lentos, casi perezosos, acomodó sus fichas. No había duda ni titubeo, solo la calma de alguien que llevaba varias jugadas por delante desde el principio. El silencio se volvió denso; uno de los presentes soltó el aire entre dientes, otro apretó los nudillos contra la mesa. Renji levantó la mirada, encontrándose con los ojos de cada uno, uno por uno, disfrutando ese instante donde el control cambiaba de manos. —Damas y caballeros… murmuró, ladeando la sonrisa mientras apoyaba el codo en la mesa y llevaba su mano al mentón con despreocupación. —¿Qué vamos a hacer con los refugiados de Corea del Norte? Lo dijo como quien comenta el clima, dejando la pregunta suspendida en el aire sin intención real de suavizarla. Antes de que alguien respondiera, sus dedos volvieron a moverse con precisión; tomó una ficha del muro, la observó apenas un instante y la integró a su mano sin apuro. —Tsumo. Volteó sus fichas con calma, revelando una jugada perfecta, cerrada sin margen de error. —Treinta mil. El sonido de las fichas siendo empujadas hacia él llenó el silencio que nadie más se atrevió a romper.
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  • -Eeh, ¿estás seguro?, no es necesario que me lleves, voy a pedir un Uber...-

    Hago un gesto a mi móvil mientras te miro a los ojos, sonrio suavemente al ver tu expresión amable.

    -Eres tan dulce, que buen caballero, pero estoy bien, sé que tú vives al sur y yo al norte, sería un desperdicio, pero si quieres seguir con tu galante caballerosidad, puedes acompañarme mientras espero~~-
    -Eeh, ¿estás seguro?, no es necesario que me lleves, voy a pedir un Uber...- Hago un gesto a mi móvil mientras te miro a los ojos, sonrio suavemente al ver tu expresión amable. -Eres tan dulce, que buen caballero, pero estoy bien, sé que tú vives al sur y yo al norte, sería un desperdicio, pero si quieres seguir con tu galante caballerosidad, puedes acompañarme mientras espero~~-
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