• El calor de la sangre en mi rostro no se compara con el frío que se instaló en mi pecho cuando leí esa maldita declaración oficial desde prisión del viejo:

    "No es más que un civil útil. No hay vínculos, no hay afecto".

    Esas palabras borraron de un plumazo los años de entrega, las noches compartidas, la piel que desgasté intentando saldar una deuda impagable con el hombre que me salvó la vida. Todo para mantener las apariencias de su pulcro matrimonio y su honor intacto ante la cúpula.

    Me negó.
    Me desechó.
    Me descartó.

    Pero el verdadero infierno comenzó cuando el clan rival, aquel que siempre nos acechó desde las sombras, olió la sangre en el agua.

    Sabían que el "Loto Negro", el cerebro matemático y el rostro perfecto de la organización, se había quedado sin su escudo protector.
    Mi propio clan, cobarde y homofóbico no dudó en utilizarme como moneda de cambio para sellar un tratado de paz y salvar sus propios pellejos.

    Me entregaron en bandeja de plata. . .

    Mis dedos tiemblan sutilmente mientras intentan abotonar la camisa de seda blanca que me han obligado a usar, pero una mano inmensa y curtida me frena bruscamente, jalando la tela para exponer mi pecho.
    El agarre en mi mandíbula es implacable; los dedos del nuevo líder se entierran en mi piel con una fuerza que me obliga a alzar la mirada, forzándome a enfocarlo solo con mi ojo izquierdo, mientras el derecho late con el eco del trauma de mi pasado.

    —Mírate, Renji... O debería decir Kokuren — su voz áspera resuena en la opulencia de la habitación, cargada de una satisfacción enfermiza

    —El gran estratega, el Idol que hacía suspirar a miles, reducido a esto. Tu antiguo amo te usó de fachada y luego te tiró a la basura. Ahora me perteneces. Tus números, tu mente... y este cuerpo perfecto que tanto escondían, ahora son de mi propiedad.—

    El aire atrapado en mi garganta quema. Mi mente, esa que solía calcular riesgos en milisegundos y lavar millones sin dejar rastro, se encuentra completamente nublada, paralizada por el dolor de la traición.

    El carisma magnético que muestro ante las cámaras no sirve de nada aquí, entre estas paredes donde no soy más que un trofeo de guerra. Siento las lágrimas traicioneras acumularse en mis ojos, mezclándose con el sudor frío que corre por mi cuello.
    —¿Qué pasa? ¿Dónde está el orgullo del consejero? —pregunta, su otra mano descendiendo con firmeza por mi torso, reclamando cada centímetro de mi piel como suya

    — Vas a firmar cada transferencia que te ordene, vas a diseñar las estrategias para destruir lo que queda de tu antigua familia, y cuando termine el día, te encargarás de complacerme en esta cama hasta que olvides tu propio nombre.—


    Podría resistirme.
    Podría usar la lectura fría de personas para buscar una grieta en su psicología y destruirlo desde adentro.
    Pero el peso de la decepción es un ancla demasiado pesada.

    El hombre por el que lo di todo me abandonó a mi suerte, y mi clan me vendió. El vacío emocional es tan devastador que la sumisión total se siente como el único anestésico disponible.

    Cierro los ojos por un instante, dejando caer los brazos con total laxitud, abandonando cualquier intento de defensa. Cuando los abro, la chispa de control ha desaparecido, reemplazada por la mirada vacía de quien ha aceptado su destino.

    —Entendido... —susurro perdiendo toda su dulzura habitual, rota por la humillación

    —Haré... todo lo que me pidas. —
    — Todo. —
    La presión en mi mandíbula aumenta antes de soltarme bruscamente, dejándome caer de rodillas sobre la alfombra.

    Soy Renji Kurogane, el genio financiero, el idol de masas, pero a partir de hoy, no soy más que un esclavo de sus deseos, un objeto moldeable atrapado en una jaula de oro de la que nunca podré escapar.
    El calor de la sangre en mi rostro no se compara con el frío que se instaló en mi pecho cuando leí esa maldita declaración oficial desde prisión del viejo: "No es más que un civil útil. No hay vínculos, no hay afecto". Esas palabras borraron de un plumazo los años de entrega, las noches compartidas, la piel que desgasté intentando saldar una deuda impagable con el hombre que me salvó la vida. Todo para mantener las apariencias de su pulcro matrimonio y su honor intacto ante la cúpula. Me negó. Me desechó. Me descartó. Pero el verdadero infierno comenzó cuando el clan rival, aquel que siempre nos acechó desde las sombras, olió la sangre en el agua. Sabían que el "Loto Negro", el cerebro matemático y el rostro perfecto de la organización, se había quedado sin su escudo protector. Mi propio clan, cobarde y homofóbico no dudó en utilizarme como moneda de cambio para sellar un tratado de paz y salvar sus propios pellejos. Me entregaron en bandeja de plata. . . Mis dedos tiemblan sutilmente mientras intentan abotonar la camisa de seda blanca que me han obligado a usar, pero una mano inmensa y curtida me frena bruscamente, jalando la tela para exponer mi pecho. El agarre en mi mandíbula es implacable; los dedos del nuevo líder se entierran en mi piel con una fuerza que me obliga a alzar la mirada, forzándome a enfocarlo solo con mi ojo izquierdo, mientras el derecho late con el eco del trauma de mi pasado. —Mírate, Renji... O debería decir Kokuren — su voz áspera resuena en la opulencia de la habitación, cargada de una satisfacción enfermiza —El gran estratega, el Idol que hacía suspirar a miles, reducido a esto. Tu antiguo amo te usó de fachada y luego te tiró a la basura. Ahora me perteneces. Tus números, tu mente... y este cuerpo perfecto que tanto escondían, ahora son de mi propiedad.— El aire atrapado en mi garganta quema. Mi mente, esa que solía calcular riesgos en milisegundos y lavar millones sin dejar rastro, se encuentra completamente nublada, paralizada por el dolor de la traición. El carisma magnético que muestro ante las cámaras no sirve de nada aquí, entre estas paredes donde no soy más que un trofeo de guerra. Siento las lágrimas traicioneras acumularse en mis ojos, mezclándose con el sudor frío que corre por mi cuello. —¿Qué pasa? ¿Dónde está el orgullo del consejero? —pregunta, su otra mano descendiendo con firmeza por mi torso, reclamando cada centímetro de mi piel como suya — Vas a firmar cada transferencia que te ordene, vas a diseñar las estrategias para destruir lo que queda de tu antigua familia, y cuando termine el día, te encargarás de complacerme en esta cama hasta que olvides tu propio nombre.— Podría resistirme. Podría usar la lectura fría de personas para buscar una grieta en su psicología y destruirlo desde adentro. Pero el peso de la decepción es un ancla demasiado pesada. El hombre por el que lo di todo me abandonó a mi suerte, y mi clan me vendió. El vacío emocional es tan devastador que la sumisión total se siente como el único anestésico disponible. Cierro los ojos por un instante, dejando caer los brazos con total laxitud, abandonando cualquier intento de defensa. Cuando los abro, la chispa de control ha desaparecido, reemplazada por la mirada vacía de quien ha aceptado su destino. —Entendido... —susurro perdiendo toda su dulzura habitual, rota por la humillación —Haré... todo lo que me pidas. — — Todo. — La presión en mi mandíbula aumenta antes de soltarme bruscamente, dejándome caer de rodillas sobre la alfombra. Soy Renji Kurogane, el genio financiero, el idol de masas, pero a partir de hoy, no soy más que un esclavo de sus deseos, un objeto moldeable atrapado en una jaula de oro de la que nunca podré escapar.
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  • Un día más en la mira
    Categoría Aventura
    Nada cambia, nunca, la vida no es mejor para ciertas personas, puedes evitar que alguien sufra por un tiempo sacrificándote a ti mismo, pero incluso eso es temporal, puedes fingir que estás bien, pero sabemos que eso es mentira, puede ser más grave o más insignificante, pero todo el mundo sufre, la vida no se apiada de nadie.

    Aquel chico sentado frente a una lápida de piernas cruzadas era la representación de alguien que no soportaba más esa verdad, con un pequeño vaso destinado para alcohol agarrado por sus dedos, su cara estaba cubierta por su pelo debido a su mirada baja, de vez en cuando toma de su vaso y lo vuelve a llenar con una botella que descansaba junto a dicha lápida.

    La atmósfera era desesperanzadora, todo aquel que lo veía mientras pasaban se les quedaba mirando con pena y, al mismo tiempo, de desagrado debido a su fuerte olor a alcohol.

    Cada vez que tiene día libre se la pasa bebiendo alcohol barato desde por la mañana hasta por la noche, siempre frente a aquella dichosa lápida que le recuerda al dolor que intenta sanar con cada sorbo, aunque solo fuera por un momento.

    Es entonces, cuando estaba empezando aquel atardecer, alguien se acercaba a paso lento mientras que aquel chico asomaba un ojo entre todo ese pelo, no se veía rojo ni con lágrimas, lo cuál era raro teniendo en cuenta donde estaba. Esperaba que fuera alguien bajo órdenes de los superiores para asignarle una misión...o quizás no.
    Nada cambia, nunca, la vida no es mejor para ciertas personas, puedes evitar que alguien sufra por un tiempo sacrificándote a ti mismo, pero incluso eso es temporal, puedes fingir que estás bien, pero sabemos que eso es mentira, puede ser más grave o más insignificante, pero todo el mundo sufre, la vida no se apiada de nadie. Aquel chico sentado frente a una lápida de piernas cruzadas era la representación de alguien que no soportaba más esa verdad, con un pequeño vaso destinado para alcohol agarrado por sus dedos, su cara estaba cubierta por su pelo debido a su mirada baja, de vez en cuando toma de su vaso y lo vuelve a llenar con una botella que descansaba junto a dicha lápida. La atmósfera era desesperanzadora, todo aquel que lo veía mientras pasaban se les quedaba mirando con pena y, al mismo tiempo, de desagrado debido a su fuerte olor a alcohol. Cada vez que tiene día libre se la pasa bebiendo alcohol barato desde por la mañana hasta por la noche, siempre frente a aquella dichosa lápida que le recuerda al dolor que intenta sanar con cada sorbo, aunque solo fuera por un momento. Es entonces, cuando estaba empezando aquel atardecer, alguien se acercaba a paso lento mientras que aquel chico asomaba un ojo entre todo ese pelo, no se veía rojo ni con lágrimas, lo cuál era raro teniendo en cuenta donde estaba. Esperaba que fuera alguien bajo órdenes de los superiores para asignarle una misión...o quizás no.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    20
    Estado
    Disponible
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  • ── Esto tampoco estaba aquí....¿qué o quién lo hizo? ──
    Enojada, frustrada, la mujer búho dibujaba y trazaba nuevos caminos mientras revisa su alrededor.

    ── Gracias por cuidarme y acompañarme Ꭺꮮꭼꮖꮪꭲꭼꭱ Lamento que te extraviaras, mis mapas ya son inútiles. ── menciona mientras dibuja deprisa, debe aprovechar todo rayo de luz solar.


    El carboncillo crujió con fuerza contra el pergamino arrugado, dejando un trazo grueso y desesperado justo sobre el relieve de un camino que, hasta hace unas horas, se suponía libre de peligro.

    La realidad a su alrededor se burlaba de sus registros, frente a ellos no había una llanura despejada, sino un abismo de vegetación colosal, un santuario olvidado donde los árboles centenarios se entrelazaban con arcos de piedra tan titánicos que parecían las costillas de un dios caído.

    La luz del sol moría deprisa, filtrándose entre las copas de los árboles en haces dorados y densos que iluminaban el polvo en suspensión y encendían el suelo en un tono carmesí brillante, cubierto por una alfombra de flores rojas que no figuraban en ningún tratado botánico.

    El aire allí abajo era espeso, húmedo y cargado de un olor a tierra antigua y magia estancada que erizaba las plumas de su nuca.


    Consciente de que la penumbra avanzaba como una marea silenciosa por el sendero, la mujer búho levantó la mirada hacia las colosales estructuras de piedra cubiertas de musgo, tratando de buscar un patrón, una lógica que explicara cómo semejante monumento había brotado de la nada.

    ── No es una simple alteración geográfica... ──
    murmuró en un hilo de voz, rompiendo el denso silencio del bosque mientras sus grandes ojos captaban el último haz de luz útil.

    ── Es como si el bosque estuviera reescribiéndose a sí mismo para mantenernos atrapados.──
    Guardó el mapa a medio terminar con un gesto brusco, ajustando su equipo mientras se giraba hacia su acompañante. El bosque parecía cerrarse tras ellos, y las sombras entre los arcos de piedra comenzaban a alargarse de forma antinatural.
    ── Esto tampoco estaba aquí....¿qué o quién lo hizo? ── Enojada, frustrada, la mujer búho dibujaba y trazaba nuevos caminos mientras revisa su alrededor. ── Gracias por cuidarme y acompañarme [Runner.Champion] Lamento que te extraviaras, mis mapas ya son inútiles. ── menciona mientras dibuja deprisa, debe aprovechar todo rayo de luz solar. El carboncillo crujió con fuerza contra el pergamino arrugado, dejando un trazo grueso y desesperado justo sobre el relieve de un camino que, hasta hace unas horas, se suponía libre de peligro. La realidad a su alrededor se burlaba de sus registros, frente a ellos no había una llanura despejada, sino un abismo de vegetación colosal, un santuario olvidado donde los árboles centenarios se entrelazaban con arcos de piedra tan titánicos que parecían las costillas de un dios caído. La luz del sol moría deprisa, filtrándose entre las copas de los árboles en haces dorados y densos que iluminaban el polvo en suspensión y encendían el suelo en un tono carmesí brillante, cubierto por una alfombra de flores rojas que no figuraban en ningún tratado botánico. El aire allí abajo era espeso, húmedo y cargado de un olor a tierra antigua y magia estancada que erizaba las plumas de su nuca. Consciente de que la penumbra avanzaba como una marea silenciosa por el sendero, la mujer búho levantó la mirada hacia las colosales estructuras de piedra cubiertas de musgo, tratando de buscar un patrón, una lógica que explicara cómo semejante monumento había brotado de la nada. ── No es una simple alteración geográfica... ── murmuró en un hilo de voz, rompiendo el denso silencio del bosque mientras sus grandes ojos captaban el último haz de luz útil. ── Es como si el bosque estuviera reescribiéndose a sí mismo para mantenernos atrapados.── Guardó el mapa a medio terminar con un gesto brusco, ajustando su equipo mientras se giraba hacia su acompañante. El bosque parecía cerrarse tras ellos, y las sombras entre los arcos de piedra comenzaban a alargarse de forma antinatural.
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  • Mi amigo pecador: El tanque volcado crujía bajo el viento. Más allá de aquel refugio improvisado, el campo de batalla se extendía como un desierto de cenizas. La tierra estaba teñida de gris, los árboles reducidos a esqueletos carbonizados y el aire olía a humo, sangre y pólvora.

    Dos jóvenes habían sobrevivido a lo imposible o eso parecía...

    Zelkova Legasov, el joven cura, respiraba agitadamente. Su rostro estaba manchado de hollín y sudor. Miró hacia la entrada del casco destrozado y apretó los dientes.

    ●Esos malditos nos engañaron...

    Se volvió hacia su compañero.

    ●¿Estás...?

    Las palabras murieron en su garganta.

    Hart Soger estaba apoyado contra una pared metálica. Una de sus manos presionaba desesperadamente su abdomen. La sangre brotaba entre sus dedos a borbotones, formando un charco oscuro bajo él.

    ○Me duele...

    Susurró Hart con una mueca de agonía.

    ○Me duele mucho... Voy a morir.

    ●¡No!

    Zelkova cayó de rodillas junto a él.

    ●Déjame revisarte. Intentaré cauterizar la herida.

    Hart soltó una risa débil y amarga.

    ○Es inútil, Zel... Intenté ayudarte, pero parece que la cagué... Ja...

    El cura comenzó a presionar la herida con ambas manos. Los guantes negros se empaparon de rojo en cuestión de segundos.

    ●Te sacaré de aquí. ¿Recuerdas? Me enseñaste la foto de tu novia. La verás pronto. Solo resiste...

    Hart emitió un quejido que terminó convirtiéndose en una carcajada rota.

    ○No hay ninguna novia.

    Zelkova parpadeó.

    ●¿Qué?

    ○Esa foto... se la robé a un amigo muerto. Estaba enamorado de ella. Lo envidiaba tanto...

    Su respiración empezó a volverse irregular.

    ○Compartí contigo esa historia porque... yo también quería presumir de un amor verdadero. Quería poner celosos a nuestros compañeros...

    Su mirada vagó hacia el exterior, donde los cadáveres yacían entre las cenizas.

    ○Y míralos... todos muertos.

    Una lágrima descendió por su rostro.

    ○Solo faltaba yo.

    Zelkova no encontró respuesta.

    Hart tragó saliva.

    ○He pecado... Iré al infierno junto a esos bastardos...

    Entonces comenzó a llorar.

    ●¿Por qué lloras?

    Preguntó Zelkova en voz baja.

    Hart cerró los ojos.

    ○Porque tengo miedo.

    Su voz temblaba.

    ○No quiero ir al infierno. Me arrepiento de todo lo que hice en mi vida. Ojalá pudiera ser tan recto como tú.

    Soltó una risa ahogada.

    ○Te envidio. Y eso me enerva porque eres amable con todos...

    Las lágrimas seguían cayendo.

    ○Si pudiera comenzar de cero, cambiaría todo...

    Miró sus manos ensangrentadas.

    ○Y ahora es demasiado tarde.

    Zelkova apoyó la espalda contra la pared metálica del tanque. Su mirada permaneció fija en su amigo.

    ●Nunca es tarde.

    Hart negó lentamente con la cabeza.

    ○No hay cielo para mí.

    Hubo un silencio pesado.

    El joven cura preguntó:

    ●¿Por qué temes al amor de Dios?

    Hart no respondió durante varios segundos. Sus labios temblaron.

    ○Por favor... léeme algo.

    Zelkova asintió.

    Con una voz firme, aunque quebrada por la emoción, recitó:

    ●"Porque yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré."

    Hart escuchó aquellas palabras como un hombre perdido en medio de una tormenta. Sus ojos estaban rojos e inundados de lágrimas.

    ○¿Por qué somos tan terribles?

    Preguntó.

    Zelkova guardó silencio un instante antes de responder:

    ●Somos larvas solamente, hechas para formar mariposas angélicas que algún día mirarán a Dios de frente.

    Hart sonrió débilmente. Su corazón latía cada vez más lento.

    ○Quédate conmigo...

    Buscó la mano de su amigo.

    ○No me dejes.

    Zelkova la sujetó con fuerza.

    ●Estoy aquí.

    Entonces dijo:

    ●Repite conmigo.

    Hart lo observó.

    Y el cura comenzó a recitar:

    ●"Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores."

    Los labios de Hart se movieron.

    ○Busqué... al Señor... y Él me respondió...

    Su voz era apenas un susurro.

    ○Me libró... de todos mis temores...

    Una última exhalación escapó de sus labios. Después llegó el silencio. El viento siguió soplando entre los árboles carbonizados. La mano de Hart perdió toda fuerza. Y cayó inmóvil.

    Zelkova permaneció allí, sujetándola. Esperó. Un segundo. Dos. Diez. Como si se negara a aceptar lo evidente. Por fin comprendió que estaba solo. Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas ennegrecidas. Luego vino un sollozo. Y después otro hasta que el joven cura alzó el rostro hacia el cielo gris y lanzó un aullido desgarrador.

    ●¡HAAAAART!

    Su voz atravesó el campo muerto.

    ●¡HART!

    Refulgió el eco de un nombre pronunciado por alguien que acababa de perder a su mejor amigo.
    Mi amigo pecador: El tanque volcado crujía bajo el viento. Más allá de aquel refugio improvisado, el campo de batalla se extendía como un desierto de cenizas. La tierra estaba teñida de gris, los árboles reducidos a esqueletos carbonizados y el aire olía a humo, sangre y pólvora. Dos jóvenes habían sobrevivido a lo imposible o eso parecía... Zelkova Legasov, el joven cura, respiraba agitadamente. Su rostro estaba manchado de hollín y sudor. Miró hacia la entrada del casco destrozado y apretó los dientes. ●Esos malditos nos engañaron... Se volvió hacia su compañero. ●¿Estás...? Las palabras murieron en su garganta. Hart Soger estaba apoyado contra una pared metálica. Una de sus manos presionaba desesperadamente su abdomen. La sangre brotaba entre sus dedos a borbotones, formando un charco oscuro bajo él. ○Me duele... Susurró Hart con una mueca de agonía. ○Me duele mucho... Voy a morir. ●¡No! Zelkova cayó de rodillas junto a él. ●Déjame revisarte. Intentaré cauterizar la herida. Hart soltó una risa débil y amarga. ○Es inútil, Zel... Intenté ayudarte, pero parece que la cagué... Ja... El cura comenzó a presionar la herida con ambas manos. Los guantes negros se empaparon de rojo en cuestión de segundos. ●Te sacaré de aquí. ¿Recuerdas? Me enseñaste la foto de tu novia. La verás pronto. Solo resiste... Hart emitió un quejido que terminó convirtiéndose en una carcajada rota. ○No hay ninguna novia. Zelkova parpadeó. ●¿Qué? ○Esa foto... se la robé a un amigo muerto. Estaba enamorado de ella. Lo envidiaba tanto... Su respiración empezó a volverse irregular. ○Compartí contigo esa historia porque... yo también quería presumir de un amor verdadero. Quería poner celosos a nuestros compañeros... Su mirada vagó hacia el exterior, donde los cadáveres yacían entre las cenizas. ○Y míralos... todos muertos. Una lágrima descendió por su rostro. ○Solo faltaba yo. Zelkova no encontró respuesta. Hart tragó saliva. ○He pecado... Iré al infierno junto a esos bastardos... Entonces comenzó a llorar. ●¿Por qué lloras? Preguntó Zelkova en voz baja. Hart cerró los ojos. ○Porque tengo miedo. Su voz temblaba. ○No quiero ir al infierno. Me arrepiento de todo lo que hice en mi vida. Ojalá pudiera ser tan recto como tú. Soltó una risa ahogada. ○Te envidio. Y eso me enerva porque eres amable con todos... Las lágrimas seguían cayendo. ○Si pudiera comenzar de cero, cambiaría todo... Miró sus manos ensangrentadas. ○Y ahora es demasiado tarde. Zelkova apoyó la espalda contra la pared metálica del tanque. Su mirada permaneció fija en su amigo. ●Nunca es tarde. Hart negó lentamente con la cabeza. ○No hay cielo para mí. Hubo un silencio pesado. El joven cura preguntó: ●¿Por qué temes al amor de Dios? Hart no respondió durante varios segundos. Sus labios temblaron. ○Por favor... léeme algo. Zelkova asintió. Con una voz firme, aunque quebrada por la emoción, recitó: ●"Porque yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré." Hart escuchó aquellas palabras como un hombre perdido en medio de una tormenta. Sus ojos estaban rojos e inundados de lágrimas. ○¿Por qué somos tan terribles? Preguntó. Zelkova guardó silencio un instante antes de responder: ●Somos larvas solamente, hechas para formar mariposas angélicas que algún día mirarán a Dios de frente. Hart sonrió débilmente. Su corazón latía cada vez más lento. ○Quédate conmigo... Buscó la mano de su amigo. ○No me dejes. Zelkova la sujetó con fuerza. ●Estoy aquí. Entonces dijo: ●Repite conmigo. Hart lo observó. Y el cura comenzó a recitar: ●"Busqué al Señor y Él me respondió; me libró de todos mis temores." Los labios de Hart se movieron. ○Busqué... al Señor... y Él me respondió... Su voz era apenas un susurro. ○Me libró... de todos mis temores... Una última exhalación escapó de sus labios. Después llegó el silencio. El viento siguió soplando entre los árboles carbonizados. La mano de Hart perdió toda fuerza. Y cayó inmóvil. Zelkova permaneció allí, sujetándola. Esperó. Un segundo. Dos. Diez. Como si se negara a aceptar lo evidente. Por fin comprendió que estaba solo. Las lágrimas comenzaron a descender por sus mejillas ennegrecidas. Luego vino un sollozo. Y después otro hasta que el joven cura alzó el rostro hacia el cielo gris y lanzó un aullido desgarrador. ●¡HAAAAART! Su voz atravesó el campo muerto. ●¡HART! Refulgió el eco de un nombre pronunciado por alguien que acababa de perder a su mejor amigo.
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  • El joven cura de gorra de caza roja y largo abrigo oscuro permanecía sentado en una de las sillas de plástico blanco de aquella nueva iglesia. Desde afuera, el edificio parecía más un supermercado recién inaugurado que un templo: paredes lisas, carteles luminosos y una fachada tan moderna que apenas conservaba algo de aspecto religioso.

    Mientras el pastor hablaba desde el escenario, caminando de un lado a otro con micrófono en mano, el cura lo observaba fijamente. Sus ojos ardían con una intensidad difícil de ignorar. No asentía, no sonreía, no participaba de los aplausos; simplemente escuchaba, inmóvil, como una llama contenida.

    Entonces llegó el momento de los testimonios.

    <¿Hay alguien que quiera compartir su experiencia con el Señor>

    Preguntó el pastor con entusiasmo.

    Una mano se alzó entre la multitud. Era la del cura.

    Varias personas lo observaron mientras avanzaba por el pasillo central. Sus botas resonaban contra el suelo brillante hasta llegar al presbiterio. Tomó el micrófono. Durante unos segundos reinó el silencio.

    Habló con voz firme y clara:

    ●Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anuncie otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.

    El silencio duró apenas un instante. Los insultos estallaron desde todos los rincones. Alguien le gritó que se marchara. Otro le arrojó una botella de plástico. Luego vino una de vidrio que se hizo añicos contra una pared cercana. Los abucheos crecieron mientras el joven sacerdote descendía tranquilamente del escenario. No respondió a nadie. Simplemente siguió caminando.

    Botellas y objetos golpeaban el suelo a su alrededor mientras atravesaba el pasillo central con las manos en los bolsillos del abrigo. Finalmente alcanzó la puerta principal.

    Al abrirla, una intensa luz del exterior inundó el recinto. Por un instante su figura quedó reducida a una simple silueta oscura rodeada de resplandor, como si la claridad misma se negara a dejar ver su rostro. Y así se fue con una pequeña sonrisa de satisfacción dibujándose bajo la visera de su gorra roja, convencido de que había cumplido exactamente aquello para lo que había entrado.
    El joven cura de gorra de caza roja y largo abrigo oscuro permanecía sentado en una de las sillas de plástico blanco de aquella nueva iglesia. Desde afuera, el edificio parecía más un supermercado recién inaugurado que un templo: paredes lisas, carteles luminosos y una fachada tan moderna que apenas conservaba algo de aspecto religioso. Mientras el pastor hablaba desde el escenario, caminando de un lado a otro con micrófono en mano, el cura lo observaba fijamente. Sus ojos ardían con una intensidad difícil de ignorar. No asentía, no sonreía, no participaba de los aplausos; simplemente escuchaba, inmóvil, como una llama contenida. Entonces llegó el momento de los testimonios. <¿Hay alguien que quiera compartir su experiencia con el Señor> Preguntó el pastor con entusiasmo. Una mano se alzó entre la multitud. Era la del cura. Varias personas lo observaron mientras avanzaba por el pasillo central. Sus botas resonaban contra el suelo brillante hasta llegar al presbiterio. Tomó el micrófono. Durante unos segundos reinó el silencio. Habló con voz firme y clara: ●Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anuncie otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. El silencio duró apenas un instante. Los insultos estallaron desde todos los rincones. Alguien le gritó que se marchara. Otro le arrojó una botella de plástico. Luego vino una de vidrio que se hizo añicos contra una pared cercana. Los abucheos crecieron mientras el joven sacerdote descendía tranquilamente del escenario. No respondió a nadie. Simplemente siguió caminando. Botellas y objetos golpeaban el suelo a su alrededor mientras atravesaba el pasillo central con las manos en los bolsillos del abrigo. Finalmente alcanzó la puerta principal. Al abrirla, una intensa luz del exterior inundó el recinto. Por un instante su figura quedó reducida a una simple silueta oscura rodeada de resplandor, como si la claridad misma se negara a dejar ver su rostro. Y así se fue con una pequeña sonrisa de satisfacción dibujándose bajo la visera de su gorra roja, convencido de que había cumplido exactamente aquello para lo que había entrado.
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  • -El Ogro en su tiempo libre, se encontraba sentado en su trono, a su lado habia una alta mesa que daba a unas botellas de colores, pequeñas para el Ogro pero llamativas por su contenido, por ende extendio sus dedos, atrapando una de esas botellas y la lanzo en el interior de su boca, como si fuera una pastilla-

    "Hm... esperaba un efecto mas divert.."

    -Sus palabras fueron interrumpidas por una poderosa punzada en su espalda, en su columna seguida de una descarga electrica total, al punto de hacer incendiar su propio cuerpo, las llamas se elevaron con fuerza en el lugar, el trono fue reducido a cenizas, las flamas consumieron su cuerpo hasta entregarle esa nueva apariencia, este observo su cuerpo con sorpresa, se veia mas bajito, mas delgado, media 2 metros de alto, su cuerpo habia perdido masa sobremuscular digna de los Grandes Ogros, ahora se veia como su yo de Juventud-

    "Esa posima... ha cambiado mi cuerpo a la fuerza, ogro verse mas joven, mas niño.. perder belleza musculosa, trabajar para conseguirlo de nuevo!"

    -Acto seguido levantaria sus brazos sobre su cuerpo, haciendo caer una enorme barra, en cada punta habian grandes pezas de 100 toneladas cada una, empezando a hacer ejercicio-
    -El Ogro en su tiempo libre, se encontraba sentado en su trono, a su lado habia una alta mesa que daba a unas botellas de colores, pequeñas para el Ogro pero llamativas por su contenido, por ende extendio sus dedos, atrapando una de esas botellas y la lanzo en el interior de su boca, como si fuera una pastilla- "Hm... esperaba un efecto mas divert.." -Sus palabras fueron interrumpidas por una poderosa punzada en su espalda, en su columna seguida de una descarga electrica total, al punto de hacer incendiar su propio cuerpo, las llamas se elevaron con fuerza en el lugar, el trono fue reducido a cenizas, las flamas consumieron su cuerpo hasta entregarle esa nueva apariencia, este observo su cuerpo con sorpresa, se veia mas bajito, mas delgado, media 2 metros de alto, su cuerpo habia perdido masa sobremuscular digna de los Grandes Ogros, ahora se veia como su yo de Juventud- "Esa posima... ha cambiado mi cuerpo a la fuerza, ogro verse mas joven, mas niño.. perder belleza musculosa, trabajar para conseguirlo de nuevo!" -Acto seguido levantaria sus brazos sobre su cuerpo, haciendo caer una enorme barra, en cada punta habian grandes pezas de 100 toneladas cada una, empezando a hacer ejercicio-
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  • —eh..? Que es esto rojo?.. ¿De verdad quieres saber?..
    **Dijo con una voz inusualmente siniestra mientras se acercaba lentamente a tu persona, cuando estuvo frente a tu cara saco un bote de ketchup medio vacío y te lo mostró*
    —no quería decírtelo pero... Me robe toda la ketchup que tenias en la heladera~ lo se.. soy pura maldad¡
    —eh..? Que es esto rojo?.. ¿De verdad quieres saber?.. **Dijo con una voz inusualmente siniestra mientras se acercaba lentamente a tu persona, cuando estuvo frente a tu cara saco un bote de ketchup medio vacío y te lo mostró* —no quería decírtelo pero... Me robe toda la ketchup que tenias en la heladera~ ✨ lo se.. soy pura maldad¡
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    ¡HEY, FICROLERS 3D!
    ¡Hoy tenemos una gran llegada de nuevos personajes 3D a la comunidad!

    Denle una cálida bienvenida a...

    ㅤㅤㅤㅤㅤ Darkus Aurelian Reis

    ㅤㅤㅤㅤㅤ semidios
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    ㅤㅤㅤㅤㅤ empresario


    ㅤㅤㅤㅤㅤ Kyan Aurelian Reis

    ㅤㅤㅤㅤㅤ semidios
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    ¡Bienvenid@s a FicRol! Nos alegra muchísimo teneros por aquí. Esta comunidad está llena de historias por descubrir, personajes con los que conectar y mucho espacio para que desarrolléis los vuestros a vuestro ritmo.


    Yo soy Caroline, vuestra RolSage, algo así como una guía en el mundo de los Personajes 3D. Si tienes dudas, necesitas ayuda o simplemente quieres charlar, mis DMs están abiertos. Además, en mi fanpage encontrarás guías súper detalladas sobre el funcionamiento de FicRol. ¡Dale like para no perderte nada!


    Antes de lanzaros al rol, os dejo por aquí algunos enlaces útiles que os harán la vida más fácil:


    Normas básicas de la plataforma:
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    ✨ ¡HEY, FICROLERS 3D! ✨ ¡Hoy tenemos una gran llegada de nuevos personajes 3D a la comunidad! 🎉 Denle una cálida bienvenida a... ㅤㅤㅤㅤㅤ ✨ [orbit_silver_rabbit_616] ㅤㅤㅤㅤㅤ 🧬 semidios ㅤㅤㅤㅤㅤ 👾 oc ㅤㅤㅤㅤㅤ 💼 empresario ㅤㅤㅤㅤㅤ ✨ [shade_garnet_squirrel_225] ㅤㅤㅤㅤㅤ 🧬 semidios ㅤㅤㅤㅤㅤ 👾 oc ㅤㅤㅤㅤㅤ 💼 botanico 👋 ¡Bienvenid@s a FicRol! Nos alegra muchísimo teneros por aquí. Esta comunidad está llena de historias por descubrir, personajes con los que conectar y mucho espacio para que desarrolléis los vuestros a vuestro ritmo. 🧙‍♀️ Yo soy Caroline, vuestra RolSage, algo así como una guía en el mundo de los Personajes 3D. Si tienes dudas, necesitas ayuda o simplemente quieres charlar, mis DMs están abiertos. Además, en mi fanpage encontrarás guías súper detalladas sobre el funcionamiento de FicRol. ¡Dale like para no perderte nada! 🧭 Antes de lanzaros al rol, os dejo por aquí algunos enlaces útiles que os harán la vida más fácil: 📌 Normas básicas de la plataforma: 🔗 https://ficrol.com/static/guidelines  📖 Guías y miniguías para no perderse: 🔗 https://ficrol.com/blogs/147711/ÍNDICE-DE-GUIAS-Y-MINIGUIAS  🌍 Grupo exclusivo para Personajes 3D: 🔗 https://ficrol.com/groups/Personajes3D 📚 Directorios para encontrar rol y fandoms afines 🔗 Directorio de Personajes 3D: https://ficrol.com/blogs/181793/DIRECTORIO-PERSONAJES-3D-Y-FANDOMS   🔗 Fandoms 3D en FicRol: https://ficrol.com/blogs/151304/FANDOMS-PERSONAJES-3D-EN-FICROL  ✍️ Consejos para mejorar escritura y narración 🔗 https://ficrol.com/pages/RinconEscritor  ¡Estamos deseando ver a vuestros personajes en acción! 🚀🔥 #RolSage3D #Bienvenida3D #NuevosPersonajes3D #ComunidadFicRol
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  • 。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
    Categoría Original
    La lluvia no caía.

    Se desplomaba.

    Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.

    Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.

    La ciudad seguía viva.

    Y ese era el problema.

    Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.

    Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.

    Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.

    OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.


    En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.

    El cazador.

    Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.

    Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.

    En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.

    El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.

    O lo que quedaba.

    Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:

    — Error... Error... Error…

    El cazador soltó humo por la nariz.

    — Bienvenido al club, idiota.

    A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.

    — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.

    El cazador giró la cabeza.

    Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.

    Tampoco orgullo.

    Solo hastío.

    — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?

    La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.

    — La corporación no pagará el total.

    El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.

    — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.

    Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.

    Nadie se detuvo. Nadie preguntó.

    En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.

    El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.

    Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.

    — Al menos esto sí vale algo.

    La mujer dio un paso atrás.

    — Eso es propiedad privada.

    Él la miró.

    Pesado.

    Despacio.

    Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.

    — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.

    Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.

    Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.

    Entonces su comunicador vibró.

    Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
    Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.

    El cazador suspiró.

    — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.

    Aceptó la llamada.

    Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.

    — Tenemos otro trabajo para ti.

    Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.

    Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.

    — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.

    La voz continuó.

    — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida. 

    El cazador se quedó quieto.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero.

    Una gota bajó por el borde de su parche.

    — ¿Con vida? Eso es complicado.

    — Solo nos sirve con vida. No lo arruines.

    Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.

    — Pero ese es mi encanto.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    — El riesgo es elevado. La paga alta.

    El cazador cerró el ojo.

    Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.

    Luego sonrió.

    Una mueca desgastada.

    Cansada.

    — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.

    Cortó la llamada.

    A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.

    El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.

    Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.

    — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.

    Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.

    Solo existían distintos precios para la misma condena.
    La lluvia no caía. Se desplomaba. Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes. Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez. La ciudad seguía viva. Y ese era el problema. Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso. Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza. Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler. OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE. En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él. El cazador. Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia. Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda. En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana. El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él. O lo que quedaba. Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota: — Error... Error... Error… El cazador soltó humo por la nariz. — Bienvenido al club, idiota. A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas. — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme. El cazador giró la cabeza. Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión. Tampoco orgullo. Solo hastío. — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no? La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa. — La corporación no pagará el total. El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver. — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo. Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana. El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre. Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos. — Al menos esto sí vale algo. La mujer dio un paso atrás. — Eso es propiedad privada. Él la miró. Pesado. Despacio. Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada. — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito. Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo. Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto. Entonces su comunicador vibró. Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada. Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto. El cazador suspiró. — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí. Aceptó la llamada. Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua. — Tenemos otro trabajo para ti. Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas. Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más. — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz. La voz continuó. — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.  El cazador se quedó quieto. La lluvia golpeó el ala de su sombrero. Una gota bajó por el borde de su parche. — ¿Con vida? Eso es complicado. — Solo nos sirve con vida. No lo arruines. Él soltó una risa baja, áspera, sin humor. — Pero ese es mi encanto. Hubo un silencio al otro lado de la línea. — El riesgo es elevado. La paga alta. El cazador cerró el ojo. Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa. Luego sonrió. Una mueca desgastada. Cansada. — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo. Cortó la llamada. A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz. El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar. Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón. — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda. Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre. Solo existían distintos precios para la misma condena.
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  • 𝑻𝒐𝒓𝒓𝒆 𝑺𝒕𝒂𝒓𝒌, 𝑵𝒀, 𝑴𝒂𝒏𝒉𝒂𝒕𝒕𝒂𝒏

    𝟗:𝟒𝟎 𝒑𝒎

    La música vibra a través de toda la Torre Stark, flashes iluminando cada rincón mientras periodistas, empresarios, celebridades y medio Manhattan intentan acercarse lo suficiente como para decir que estuvieron ahí.

    Y en el centro de todo, Tony Stark sostiene una copa con la misma facilidad que con la que sostiene la atención de la habitación.

    —Honestamente, no recordaba que hoy era mi cumpleaños hasta que JARVIS me lo dijo esta mañana —una sonrisa torcida aparece apenas—. Aunque supongo que despertar con trescientas llamadas perdidas, una fiesta multimillonaria en mi propia torre y una botella de whisky más vieja que varios invitados también debió darme una pista.

    Las risas alrededor no tardan en seguirle el ritmo. Y con ello, el modelo reciente, el Mark LXXXV-B; una evolución experimental del Mark 85, más estilizada, modular y hecha para reconstrucción rápida como parte de la escena de la velada.

    —Pero hey... sobreviví otro año. Considerando mi historia, eso ya merece celebración —el reactor bajo su camisa brilla tenuemente entre las luces de la fiesta.

    —Así que esta noche hagan algo irresponsable, gasten demasiado dinero, finjan que mañana no existe y, por favor, si van a romper algo... asegúrense que no sea más caro que yo.



    https://youtu.be/CiJeSSzu9Bo
    𝑻𝒐𝒓𝒓𝒆 𝑺𝒕𝒂𝒓𝒌, 𝑵𝒀, 𝑴𝒂𝒏𝒉𝒂𝒕𝒕𝒂𝒏 𝟗:𝟒𝟎 𝒑𝒎 La música vibra a través de toda la Torre Stark, flashes iluminando cada rincón mientras periodistas, empresarios, celebridades y medio Manhattan intentan acercarse lo suficiente como para decir que estuvieron ahí. Y en el centro de todo, Tony Stark sostiene una copa con la misma facilidad que con la que sostiene la atención de la habitación. —Honestamente, no recordaba que hoy era mi cumpleaños hasta que JARVIS me lo dijo esta mañana —una sonrisa torcida aparece apenas—. Aunque supongo que despertar con trescientas llamadas perdidas, una fiesta multimillonaria en mi propia torre y una botella de whisky más vieja que varios invitados también debió darme una pista. Las risas alrededor no tardan en seguirle el ritmo. Y con ello, el modelo reciente, el Mark LXXXV-B; una evolución experimental del Mark 85, más estilizada, modular y hecha para reconstrucción rápida como parte de la escena de la velada. —Pero hey... sobreviví otro año. Considerando mi historia, eso ya merece celebración —el reactor bajo su camisa brilla tenuemente entre las luces de la fiesta. —Así que esta noche hagan algo irresponsable, gasten demasiado dinero, finjan que mañana no existe y, por favor, si van a romper algo... asegúrense que no sea más caro que yo. https://youtu.be/CiJeSSzu9Bo
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