El calor de la sangre en mi rostro no se compara con el frío que se instaló en mi pecho cuando leí esa maldita declaración oficial desde prisión del viejo:
"No es más que un civil útil. No hay vínculos, no hay afecto".
Esas palabras borraron de un plumazo los años de entrega, las noches compartidas, la piel que desgasté intentando saldar una deuda impagable con el hombre que me salvó la vida. Todo para mantener las apariencias de su pulcro matrimonio y su honor intacto ante la cúpula.
Me negó.
Me desechó.
Me descartó.
Pero el verdadero infierno comenzó cuando el clan rival, aquel que siempre nos acechó desde las sombras, olió la sangre en el agua.
Sabían que el "Loto Negro", el cerebro matemático y el rostro perfecto de la organización, se había quedado sin su escudo protector.
Mi propio clan, cobarde y homofóbico no dudó en utilizarme como moneda de cambio para sellar un tratado de paz y salvar sus propios pellejos.
Me entregaron en bandeja de plata. . .
Mis dedos tiemblan sutilmente mientras intentan abotonar la camisa de seda blanca que me han obligado a usar, pero una mano inmensa y curtida me frena bruscamente, jalando la tela para exponer mi pecho.
El agarre en mi mandíbula es implacable; los dedos del nuevo líder se entierran en mi piel con una fuerza que me obliga a alzar la mirada, forzándome a enfocarlo solo con mi ojo izquierdo, mientras el derecho late con el eco del trauma de mi pasado.
—Mírate, Renji... O debería decir Kokuren — su voz áspera resuena en la opulencia de la habitación, cargada de una satisfacción enfermiza
—El gran estratega, el Idol que hacía suspirar a miles, reducido a esto. Tu antiguo amo te usó de fachada y luego te tiró a la basura. Ahora me perteneces. Tus números, tu mente... y este cuerpo perfecto que tanto escondían, ahora son de mi propiedad.—
El aire atrapado en mi garganta quema. Mi mente, esa que solía calcular riesgos en milisegundos y lavar millones sin dejar rastro, se encuentra completamente nublada, paralizada por el dolor de la traición.
El carisma magnético que muestro ante las cámaras no sirve de nada aquí, entre estas paredes donde no soy más que un trofeo de guerra. Siento las lágrimas traicioneras acumularse en mis ojos, mezclándose con el sudor frío que corre por mi cuello.
—¿Qué pasa? ¿Dónde está el orgullo del consejero? —pregunta, su otra mano descendiendo con firmeza por mi torso, reclamando cada centímetro de mi piel como suya
— Vas a firmar cada transferencia que te ordene, vas a diseñar las estrategias para destruir lo que queda de tu antigua familia, y cuando termine el día, te encargarás de complacerme en esta cama hasta que olvides tu propio nombre.—
Podría resistirme.
Podría usar la lectura fría de personas para buscar una grieta en su psicología y destruirlo desde adentro.
Pero el peso de la decepción es un ancla demasiado pesada.
El hombre por el que lo di todo me abandonó a mi suerte, y mi clan me vendió. El vacío emocional es tan devastador que la sumisión total se siente como el único anestésico disponible.
Cierro los ojos por un instante, dejando caer los brazos con total laxitud, abandonando cualquier intento de defensa. Cuando los abro, la chispa de control ha desaparecido, reemplazada por la mirada vacía de quien ha aceptado su destino.
—Entendido... —susurro perdiendo toda su dulzura habitual, rota por la humillación
—Haré... todo lo que me pidas. —
— Todo. —
La presión en mi mandíbula aumenta antes de soltarme bruscamente, dejándome caer de rodillas sobre la alfombra.
Soy Renji Kurogane, el genio financiero, el idol de masas, pero a partir de hoy, no soy más que un esclavo de sus deseos, un objeto moldeable atrapado en una jaula de oro de la que nunca podré escapar.
"No es más que un civil útil. No hay vínculos, no hay afecto".
Esas palabras borraron de un plumazo los años de entrega, las noches compartidas, la piel que desgasté intentando saldar una deuda impagable con el hombre que me salvó la vida. Todo para mantener las apariencias de su pulcro matrimonio y su honor intacto ante la cúpula.
Me negó.
Me desechó.
Me descartó.
Pero el verdadero infierno comenzó cuando el clan rival, aquel que siempre nos acechó desde las sombras, olió la sangre en el agua.
Sabían que el "Loto Negro", el cerebro matemático y el rostro perfecto de la organización, se había quedado sin su escudo protector.
Mi propio clan, cobarde y homofóbico no dudó en utilizarme como moneda de cambio para sellar un tratado de paz y salvar sus propios pellejos.
Me entregaron en bandeja de plata. . .
Mis dedos tiemblan sutilmente mientras intentan abotonar la camisa de seda blanca que me han obligado a usar, pero una mano inmensa y curtida me frena bruscamente, jalando la tela para exponer mi pecho.
El agarre en mi mandíbula es implacable; los dedos del nuevo líder se entierran en mi piel con una fuerza que me obliga a alzar la mirada, forzándome a enfocarlo solo con mi ojo izquierdo, mientras el derecho late con el eco del trauma de mi pasado.
—Mírate, Renji... O debería decir Kokuren — su voz áspera resuena en la opulencia de la habitación, cargada de una satisfacción enfermiza
—El gran estratega, el Idol que hacía suspirar a miles, reducido a esto. Tu antiguo amo te usó de fachada y luego te tiró a la basura. Ahora me perteneces. Tus números, tu mente... y este cuerpo perfecto que tanto escondían, ahora son de mi propiedad.—
El aire atrapado en mi garganta quema. Mi mente, esa que solía calcular riesgos en milisegundos y lavar millones sin dejar rastro, se encuentra completamente nublada, paralizada por el dolor de la traición.
El carisma magnético que muestro ante las cámaras no sirve de nada aquí, entre estas paredes donde no soy más que un trofeo de guerra. Siento las lágrimas traicioneras acumularse en mis ojos, mezclándose con el sudor frío que corre por mi cuello.
—¿Qué pasa? ¿Dónde está el orgullo del consejero? —pregunta, su otra mano descendiendo con firmeza por mi torso, reclamando cada centímetro de mi piel como suya
— Vas a firmar cada transferencia que te ordene, vas a diseñar las estrategias para destruir lo que queda de tu antigua familia, y cuando termine el día, te encargarás de complacerme en esta cama hasta que olvides tu propio nombre.—
Podría resistirme.
Podría usar la lectura fría de personas para buscar una grieta en su psicología y destruirlo desde adentro.
Pero el peso de la decepción es un ancla demasiado pesada.
El hombre por el que lo di todo me abandonó a mi suerte, y mi clan me vendió. El vacío emocional es tan devastador que la sumisión total se siente como el único anestésico disponible.
Cierro los ojos por un instante, dejando caer los brazos con total laxitud, abandonando cualquier intento de defensa. Cuando los abro, la chispa de control ha desaparecido, reemplazada por la mirada vacía de quien ha aceptado su destino.
—Entendido... —susurro perdiendo toda su dulzura habitual, rota por la humillación
—Haré... todo lo que me pidas. —
— Todo. —
La presión en mi mandíbula aumenta antes de soltarme bruscamente, dejándome caer de rodillas sobre la alfombra.
Soy Renji Kurogane, el genio financiero, el idol de masas, pero a partir de hoy, no soy más que un esclavo de sus deseos, un objeto moldeable atrapado en una jaula de oro de la que nunca podré escapar.
El calor de la sangre en mi rostro no se compara con el frío que se instaló en mi pecho cuando leí esa maldita declaración oficial desde prisión del viejo:
"No es más que un civil útil. No hay vínculos, no hay afecto".
Esas palabras borraron de un plumazo los años de entrega, las noches compartidas, la piel que desgasté intentando saldar una deuda impagable con el hombre que me salvó la vida. Todo para mantener las apariencias de su pulcro matrimonio y su honor intacto ante la cúpula.
Me negó.
Me desechó.
Me descartó.
Pero el verdadero infierno comenzó cuando el clan rival, aquel que siempre nos acechó desde las sombras, olió la sangre en el agua.
Sabían que el "Loto Negro", el cerebro matemático y el rostro perfecto de la organización, se había quedado sin su escudo protector.
Mi propio clan, cobarde y homofóbico no dudó en utilizarme como moneda de cambio para sellar un tratado de paz y salvar sus propios pellejos.
Me entregaron en bandeja de plata. . .
Mis dedos tiemblan sutilmente mientras intentan abotonar la camisa de seda blanca que me han obligado a usar, pero una mano inmensa y curtida me frena bruscamente, jalando la tela para exponer mi pecho.
El agarre en mi mandíbula es implacable; los dedos del nuevo líder se entierran en mi piel con una fuerza que me obliga a alzar la mirada, forzándome a enfocarlo solo con mi ojo izquierdo, mientras el derecho late con el eco del trauma de mi pasado.
—Mírate, Renji... O debería decir Kokuren — su voz áspera resuena en la opulencia de la habitación, cargada de una satisfacción enfermiza
—El gran estratega, el Idol que hacía suspirar a miles, reducido a esto. Tu antiguo amo te usó de fachada y luego te tiró a la basura. Ahora me perteneces. Tus números, tu mente... y este cuerpo perfecto que tanto escondían, ahora son de mi propiedad.—
El aire atrapado en mi garganta quema. Mi mente, esa que solía calcular riesgos en milisegundos y lavar millones sin dejar rastro, se encuentra completamente nublada, paralizada por el dolor de la traición.
El carisma magnético que muestro ante las cámaras no sirve de nada aquí, entre estas paredes donde no soy más que un trofeo de guerra. Siento las lágrimas traicioneras acumularse en mis ojos, mezclándose con el sudor frío que corre por mi cuello.
—¿Qué pasa? ¿Dónde está el orgullo del consejero? —pregunta, su otra mano descendiendo con firmeza por mi torso, reclamando cada centímetro de mi piel como suya
— Vas a firmar cada transferencia que te ordene, vas a diseñar las estrategias para destruir lo que queda de tu antigua familia, y cuando termine el día, te encargarás de complacerme en esta cama hasta que olvides tu propio nombre.—
Podría resistirme.
Podría usar la lectura fría de personas para buscar una grieta en su psicología y destruirlo desde adentro.
Pero el peso de la decepción es un ancla demasiado pesada.
El hombre por el que lo di todo me abandonó a mi suerte, y mi clan me vendió. El vacío emocional es tan devastador que la sumisión total se siente como el único anestésico disponible.
Cierro los ojos por un instante, dejando caer los brazos con total laxitud, abandonando cualquier intento de defensa. Cuando los abro, la chispa de control ha desaparecido, reemplazada por la mirada vacía de quien ha aceptado su destino.
—Entendido... —susurro perdiendo toda su dulzura habitual, rota por la humillación
—Haré... todo lo que me pidas. —
— Todo. —
La presión en mi mandíbula aumenta antes de soltarme bruscamente, dejándome caer de rodillas sobre la alfombra.
Soy Renji Kurogane, el genio financiero, el idol de masas, pero a partir de hoy, no soy más que un esclavo de sus deseos, un objeto moldeable atrapado en una jaula de oro de la que nunca podré escapar.
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