• Luan Bloem ¡Te estuve buscando! ¿Dónde estabas? ¡Me tuviste preocupado! -Incluso con su tono preocupado, su voz tenía un deje de alivio por volver a encontrarla.-
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    Parte 11 - Reflexión en el río.

    El agua me lleva, fría y serena,
    como si quisiera borrar mis pasos,
    como si quisiera devolverme al silencio.

    He perdido fuerza desde que llegué a este mundo, pero aun así, derroté al cazador.
    Aun así, vengué a la aldea y por primera vez, siento paz.

    Si muero aquí, quizás mi alma regrese a mi hogar. Quizás el río me devuelva a donde todo comenzó y por un instante, pienso en rendirme,
    dejar que la corriente decida.

    Pero entonces recuerdo a mi abuela Jennifer.
    Recuerdo su voz firme en los días de entrenamiento, cuando yo temía no sobrevivir a su dureza. Ella me decía: "No tienes derecho a morir, no aún. Hay cosas que aún no has hecho.
    Hay gente que te ama, y no puedes hacerlos sufrir."

    Sus palabras arden más fuerte que el fuego.
    Me recuerdan que rendirse no es opción, que en mis venas no solo corre la sangre Ishtar, sino también la sangre Queen y las Queen son las más tercas, las que nunca se doblan, las que nunca aceptan la derrota.

    Así que no, no moriré aquí, no me rendiré.
    El río puede arrastrar mi cuerpo, pero mi espíritu seguirá luchando. Porque vivir no es un derecho que se entrega al azar, es una promesa que se honra con cada respiración.

    Y mientras floto, me repito: "Morir no es una opción. Seguir es mi destino y aún hay cosas que debo hacer".

    Parte 12 - Una pequeña esperanza.

    La corriente había arrastrado a Akane lejos de la aldea, dejándola inconsciente en la orilla del río. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, pero dentro de ella aún ardía un poder que se negaba a apagarse.

    En ese momento, una joven ogra regresaba de cazar. Caminaba con calma hacia su hogar, y al pasar cerca del río se inclinó para beber agua fresca. Fue entonces que la vio: una muchacha de cabello blanco con puntas verdes, tendida en la hierba, respirando con dificultad.

    La ogra se acercó con cautela. Al poner su mano sobre el pecho de Akane, sintió que su poder luchaba por seguir viviendo, como una llama que se resiste al viento. Sin dudarlo, la levantó en sus brazos y la llevó a su casa, decidida a salvarla.
    Parte 11 - Reflexión en el río. El agua me lleva, fría y serena, como si quisiera borrar mis pasos, como si quisiera devolverme al silencio. He perdido fuerza desde que llegué a este mundo, pero aun así, derroté al cazador. Aun así, vengué a la aldea y por primera vez, siento paz. Si muero aquí, quizás mi alma regrese a mi hogar. Quizás el río me devuelva a donde todo comenzó y por un instante, pienso en rendirme, dejar que la corriente decida. Pero entonces recuerdo a mi abuela Jennifer. Recuerdo su voz firme en los días de entrenamiento, cuando yo temía no sobrevivir a su dureza. Ella me decía: "No tienes derecho a morir, no aún. Hay cosas que aún no has hecho. Hay gente que te ama, y no puedes hacerlos sufrir." Sus palabras arden más fuerte que el fuego. Me recuerdan que rendirse no es opción, que en mis venas no solo corre la sangre Ishtar, sino también la sangre Queen y las Queen son las más tercas, las que nunca se doblan, las que nunca aceptan la derrota. Así que no, no moriré aquí, no me rendiré. El río puede arrastrar mi cuerpo, pero mi espíritu seguirá luchando. Porque vivir no es un derecho que se entrega al azar, es una promesa que se honra con cada respiración. Y mientras floto, me repito: "Morir no es una opción. Seguir es mi destino y aún hay cosas que debo hacer". Parte 12 - Una pequeña esperanza. La corriente había arrastrado a Akane lejos de la aldea, dejándola inconsciente en la orilla del río. Su cuerpo estaba cubierto de heridas, pero dentro de ella aún ardía un poder que se negaba a apagarse. En ese momento, una joven ogra regresaba de cazar. Caminaba con calma hacia su hogar, y al pasar cerca del río se inclinó para beber agua fresca. Fue entonces que la vio: una muchacha de cabello blanco con puntas verdes, tendida en la hierba, respirando con dificultad. La ogra se acercó con cautela. Al poner su mano sobre el pecho de Akane, sintió que su poder luchaba por seguir viviendo, como una llama que se resiste al viento. Sin dudarlo, la levantó en sus brazos y la llevó a su casa, decidida a salvarla.
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  • Un nuevo comienzo
    Fandom Kuroshitsuji
    Categoría Otros
    Lugar: Mansión Phantomhive, Londres
    Hora: 11:47 p. m.
    Clima: Noche cerrada, lluvia fina golpeando los ventanales, niebla espesa envolviendo la propiedad.

    ON

    *Sebastian Michaelis sostenía la copa con una precisión impecable, como si incluso el cristal comprendiera la jerarquía que gobernaba la mansión Phantomhive. El vino oscuro reposaba en silencio, reflejando la luz trémula de los candelabros que iluminaban el salón principal, mientras la lluvia marcaba un ritmo constante contra los ventanales.

    La mansión estaba en calma, sin embargo, no era una calma vacía, sino una cuidadosamente impuesta. Afuera, la niebla se aferraba a los jardines como una presencia viva; mientras que dentro, los muros antiguos observaban, cómplices mudos de contratos que jamás debían pronunciarse en voz alta.

    Sebastian permanecía de pie, erguido, con la compostura intacta, como si incluso la soledad formara parte de su servicio.
    Giró entonces la copa con lentitud, escuchando el leve roce del líquido contra el cristal, sus ojos carmesíes no mostraban emoción alguna y aunque en su mirada habitaba una atención despierta, el no necesitaba compañía pues la oscuridad le resultaba familiar.

    Dejó la copa sobre la mesa con un gesto suave, casi ceremonial. El sonido se disipó entre el crepitar distante del fuego y el murmullo de la tormenta. Fue entonces que aquel demonio inclinó apenas la cabeza, no hacia nadie en particular, sino hacia el pacto invisible que lo ataba a ese lugar. Su expresión era serena, educada… peligrosamente honesta pues se dejó ver con una sonrisa ladina a su acto.

    Aquí, la mansión Phantomhive no dormía, Sebastian Michaelis, su mayordomo, permanecía vigilante, paciente, aguardando el momento exacto en que la noche exigiría su intervención.* ~
    Lugar: Mansión Phantomhive, Londres Hora: 11:47 p. m. Clima: Noche cerrada, lluvia fina golpeando los ventanales, niebla espesa envolviendo la propiedad. ON *Sebastian Michaelis sostenía la copa con una precisión impecable, como si incluso el cristal comprendiera la jerarquía que gobernaba la mansión Phantomhive. El vino oscuro reposaba en silencio, reflejando la luz trémula de los candelabros que iluminaban el salón principal, mientras la lluvia marcaba un ritmo constante contra los ventanales. La mansión estaba en calma, sin embargo, no era una calma vacía, sino una cuidadosamente impuesta. Afuera, la niebla se aferraba a los jardines como una presencia viva; mientras que dentro, los muros antiguos observaban, cómplices mudos de contratos que jamás debían pronunciarse en voz alta. Sebastian permanecía de pie, erguido, con la compostura intacta, como si incluso la soledad formara parte de su servicio. Giró entonces la copa con lentitud, escuchando el leve roce del líquido contra el cristal, sus ojos carmesíes no mostraban emoción alguna y aunque en su mirada habitaba una atención despierta, el no necesitaba compañía pues la oscuridad le resultaba familiar. Dejó la copa sobre la mesa con un gesto suave, casi ceremonial. El sonido se disipó entre el crepitar distante del fuego y el murmullo de la tormenta. Fue entonces que aquel demonio inclinó apenas la cabeza, no hacia nadie en particular, sino hacia el pacto invisible que lo ataba a ese lugar. Su expresión era serena, educada… peligrosamente honesta pues se dejó ver con una sonrisa ladina a su acto. Aquí, la mansión Phantomhive no dormía, Sebastian Michaelis, su mayordomo, permanecía vigilante, paciente, aguardando el momento exacto en que la noche exigiría su intervención.* ~
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    Grupal
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  • — El fin de semana debería durar más tiempo. Con tres días sería perfecto.

    Nunca pensó que lo admitiría en voz alta, mucho menos llegó a pensar que sería del grupo de personas que terminaría siendo abofeteado por la realidad. Siempre se había reído de que podía pasar más tiempo trabajando que descansando pero, ahora que estaba cerca de los treinta, sentía que el cuerpo le pasaba la factura.

    Era tarde, demasiado para alguien que apenas tomaba el almuerzo cuando anochecía, quizás el ver que su alarma sonaría en menos de ocho horas era lo que más le deprimía. Eso, o que los fideos instantáneos, de ese nuevo lugar que había visto en redes sociales, no sabían tan buenos como los demás decían. ¿Es que su paladar ya tampoco se adaptaba a las modas pasajeras de los adolescentes?

    — Quizá debería pedirme un día extra e vacaciones. O podría reportarme enfermo. Y si... —Por un momento se mal viajó. Una costumbre rara que tenía de quedarse pensando mientras miraba un punto fijo, cualquiera, hasta que la idea completa se armaba en su mente para revisar su escenario: Llegar a la oficina, registrar su asistencia y, casualmente, tropezarse en las escaleras para ganar una incapacidad. Negó entonces, nerviosamente y se asustó de su propia idea.— Definitivamente no hay otra opción, odio los lunes.
    — El fin de semana debería durar más tiempo. Con tres días sería perfecto. Nunca pensó que lo admitiría en voz alta, mucho menos llegó a pensar que sería del grupo de personas que terminaría siendo abofeteado por la realidad. Siempre se había reído de que podía pasar más tiempo trabajando que descansando pero, ahora que estaba cerca de los treinta, sentía que el cuerpo le pasaba la factura. Era tarde, demasiado para alguien que apenas tomaba el almuerzo cuando anochecía, quizás el ver que su alarma sonaría en menos de ocho horas era lo que más le deprimía. Eso, o que los fideos instantáneos, de ese nuevo lugar que había visto en redes sociales, no sabían tan buenos como los demás decían. ¿Es que su paladar ya tampoco se adaptaba a las modas pasajeras de los adolescentes? — Quizá debería pedirme un día extra e vacaciones. O podría reportarme enfermo. Y si... —Por un momento se mal viajó. Una costumbre rara que tenía de quedarse pensando mientras miraba un punto fijo, cualquiera, hasta que la idea completa se armaba en su mente para revisar su escenario: Llegar a la oficina, registrar su asistencia y, casualmente, tropezarse en las escaleras para ganar una incapacidad. Negó entonces, nerviosamente y se asustó de su propia idea.— Definitivamente no hay otra opción, odio los lunes.
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  • [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ]



    ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía *



    ‎***¡¡¡PLOF!!!***



    ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado *



    ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila..



    ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire *



    ‎ — ¿Pero qué es eso?



    ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte *



    ‎ — ¡Cuida-!



    ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
    [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ] ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía * ‎ ‎ ‎ ‎***¡¡¡PLOF!!!*** ‎ ‎ ‎ ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila.. ‎ ‎ ‎ ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¿Pero qué es eso? ‎ ‎ ‎ ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Cuida-! ‎ ‎ ‎ ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
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    Parte 9 - El regreso del cazador.

    Akane lo sabía, el aire cambió antes de que él apareciera, el silencio se volvió pesado, como si el mundo mismo contuviera la respiración.
    Ella estaba lista, había entrenado cada día, cada noche, con el recuerdo de la espada en su estómago y el fuego de la aldea ardiendo en su memoria. Ahora podía acceder a su forma oni lunar, y a un fragmento del poder de su forma licántropa aunque no todo pero lo suficiente.

    El hombre llegó solo, sin soldados, sin escoltas,
    solo él y su aura oscura. Akane lo miró desde la entrada de su casa.

    —¿Y tus hombres? — Preguntó con ironía.
    Él sonrió, era una sonrisa rota.
    —Ya tomé lo que necesitaba de ellos.

    Akane sintió el grito de las almas atrapadas en su aura, era un coro de dolor, un eco de muerte.
    —Así que, tanto miedo me tienes?— Dijo, con sarcasmo. —Tuviste que consumirlos para enfrentarte a mí.

    —Sacrificios necesarios — Respondió él, con voz grave. —Ahora sí tengo el poder para matarte de verdad.

    Parte 10 - La batalla de las almas

    El choque fue inmediato, oscuridad contra fuego.
    Odio contra voluntad.

    La pelea era pareja, cada golpe, cada hechizo, cada movimiento resonaba con la fuerza de dos destinos que se negaban a ceder.
    Pero poco a poco, las almas atrapadas en el hombre comenzaron a moverse, a buscar, a intentar arrancar el alma de Akane.

    Ella sintió las garras invisibles en su pecho, el frío en su sangre, el vacío en su mente, no tenía otra alternativa. Akane invocó el poder de su forma licántropa pero no se transformó, aunque su cuerpo adquirió velocidad, agilidad e instinto.

    Esquivó los ataques oscuros, moviéndose como un relámpago entre las sombras y entonces, con un rugido que no era humano, activó las llamas de la loba. El fuego brotó de sus manos, ardiente, indomable, golpeando el núcleo del hombre, un cristal oscuro incrustado en su pecho.

    Las almas fueron liberadas, el grito colectivo se convirtió en un canto de libertad pero las llamas se salieron de control. Akane no pudo contenerlas, su cuerpo se quebró bajo el peso de su propio poder.

    El hombre cayó al suelo, su cuerpo comenzó a desintegrarse, consumido por las llamas que lo habían sostenido, eso fue lo ultimo que vio Akane antes que su propio fuego la envolvió también. Y cuando ya no pudo resistir, cayó al río cercano. Las aguas la arrastraron, apagando las llamas, llevándola lejos de la aldea, lejos del combate, lejos de todo.

    Su última visión fue el cuerpo del hombre destruyéndose, convertido en polvo y ceniza.

    Y luego, nada, solo el río, solo el silencio.
    Parte 9 - El regreso del cazador. Akane lo sabía, el aire cambió antes de que él apareciera, el silencio se volvió pesado, como si el mundo mismo contuviera la respiración. Ella estaba lista, había entrenado cada día, cada noche, con el recuerdo de la espada en su estómago y el fuego de la aldea ardiendo en su memoria. Ahora podía acceder a su forma oni lunar, y a un fragmento del poder de su forma licántropa aunque no todo pero lo suficiente. El hombre llegó solo, sin soldados, sin escoltas, solo él y su aura oscura. Akane lo miró desde la entrada de su casa. —¿Y tus hombres? — Preguntó con ironía. Él sonrió, era una sonrisa rota. —Ya tomé lo que necesitaba de ellos. Akane sintió el grito de las almas atrapadas en su aura, era un coro de dolor, un eco de muerte. —Así que, tanto miedo me tienes?— Dijo, con sarcasmo. —Tuviste que consumirlos para enfrentarte a mí. —Sacrificios necesarios — Respondió él, con voz grave. —Ahora sí tengo el poder para matarte de verdad. Parte 10 - La batalla de las almas El choque fue inmediato, oscuridad contra fuego. Odio contra voluntad. La pelea era pareja, cada golpe, cada hechizo, cada movimiento resonaba con la fuerza de dos destinos que se negaban a ceder. Pero poco a poco, las almas atrapadas en el hombre comenzaron a moverse, a buscar, a intentar arrancar el alma de Akane. Ella sintió las garras invisibles en su pecho, el frío en su sangre, el vacío en su mente, no tenía otra alternativa. Akane invocó el poder de su forma licántropa pero no se transformó, aunque su cuerpo adquirió velocidad, agilidad e instinto. Esquivó los ataques oscuros, moviéndose como un relámpago entre las sombras y entonces, con un rugido que no era humano, activó las llamas de la loba. El fuego brotó de sus manos, ardiente, indomable, golpeando el núcleo del hombre, un cristal oscuro incrustado en su pecho. Las almas fueron liberadas, el grito colectivo se convirtió en un canto de libertad pero las llamas se salieron de control. Akane no pudo contenerlas, su cuerpo se quebró bajo el peso de su propio poder. El hombre cayó al suelo, su cuerpo comenzó a desintegrarse, consumido por las llamas que lo habían sostenido, eso fue lo ultimo que vio Akane antes que su propio fuego la envolvió también. Y cuando ya no pudo resistir, cayó al río cercano. Las aguas la arrastraron, apagando las llamas, llevándola lejos de la aldea, lejos del combate, lejos de todo. Su última visión fue el cuerpo del hombre destruyéndose, convertido en polvo y ceniza. Y luego, nada, solo el río, solo el silencio.
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  • El Entrenamiento Ishtar
    Fandom Clan y Familia Ishtar
    Categoría Ciencia ficción
    —El tatami cruje bajo la presión de dos voluntades enfrentadas.—

    —El Gran Maestro Rex Hiroshi Jaegerjaquez Ishtar permanece erguido, su presencia domina el dojo incluso sin alzar la voz.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    No retrocedas, Sting. El linaje Ishtar no fue forjado para huir… sino para soportar.

    —Con un movimiento seco, Rex desvía la estocada de su hijo; el impacto levanta chispas carmesí que iluminan el recinto.—

    —Sting Byakuren Nura Ishtar aprieta los dientes, el sudor recorre su rostro, pero su mirada no vacila.—

    Sting:
    ¡No pienso caer, padre!

    —Avanza con furia contenida, su arma vibra con energía roja, mezcla de ira, disciplina y orgullo.—

    —Rex sonríe apenas… no con burla, sino con aprobación.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    Bien.
    El dolor es el maestro más honesto.
    Si tu cuerpo tiembla… que tu espíritu se mantenga firme.

    —El Gran Maestro contraataca; cada golpe es preciso, implacable, calculado para empujar a Sting al límite.—

    —Sting retrocede un paso… luego otro… hasta clavar los pies en el suelo.—

    Sting:
    ¡Soy un Ishtar!
    ¡Y no me romperé!

    —La energía de su núcleo estalla; el aire se vuelve pesado, la madera gime.—

    —Rex detiene el golpe final a un suspiro del rostro de su hijo.—

    Silencio.

    —El padre baja el arma.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    Eso que sentiste…
    ese instante en el que decidiste no rendirte…
    ahí nace un verdadero heredero.

    —Apoya una mano firme en el hombro de Sting.—

    Descansa solo un momento.
    Mañana… te llevaré más allá de tus propios límites.

    —El emblema Ishtar parece arder en el aire del dojo.—

    El entrenamiento apenas comienza.
    —El tatami cruje bajo la presión de dos voluntades enfrentadas.— —El Gran Maestro Rex Hiroshi Jaegerjaquez Ishtar permanece erguido, su presencia domina el dojo incluso sin alzar la voz.— Rex Hiroshi Ishtar: No retrocedas, Sting. El linaje Ishtar no fue forjado para huir… sino para soportar. —Con un movimiento seco, Rex desvía la estocada de su hijo; el impacto levanta chispas carmesí que iluminan el recinto.— —Sting Byakuren Nura Ishtar aprieta los dientes, el sudor recorre su rostro, pero su mirada no vacila.— Sting: ¡No pienso caer, padre! —Avanza con furia contenida, su arma vibra con energía roja, mezcla de ira, disciplina y orgullo.— —Rex sonríe apenas… no con burla, sino con aprobación.— Rex Hiroshi Ishtar: Bien. El dolor es el maestro más honesto. Si tu cuerpo tiembla… que tu espíritu se mantenga firme. —El Gran Maestro contraataca; cada golpe es preciso, implacable, calculado para empujar a Sting al límite.— —Sting retrocede un paso… luego otro… hasta clavar los pies en el suelo.— Sting: ¡Soy un Ishtar! ¡Y no me romperé! —La energía de su núcleo estalla; el aire se vuelve pesado, la madera gime.— —Rex detiene el golpe final a un suspiro del rostro de su hijo.— Silencio. —El padre baja el arma.— Rex Hiroshi Ishtar: Eso que sentiste… ese instante en el que decidiste no rendirte… ahí nace un verdadero heredero. —Apoya una mano firme en el hombro de Sting.— Descansa solo un momento. Mañana… te llevaré más allá de tus propios límites. —El emblema Ishtar parece arder en el aire del dojo.— El entrenamiento apenas comienza.
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  • ¿Dónde está? No tiene idea. ¿Quién es él mismo? Tampoco. Pero sí que tenía ansias de destruirlo absolutamente todo.

    — Uuuhh... —

    Se le escapó en una exclamación cuando descubrió podía hacer emerger tentáculos desde su espalda y transportarse a través de las sombras.
    Una pequeña risa malvada que se le escapó en lo que observaba sus garras, ahora, parado en dos patas.

    — Aka Tooka — Se dijo a sí mismo en voz alta antes de reír. Vio una sombra emerger, atada a sus pies pero que no se reflejaba con su apariencia, una humana, una distinta que, aunque con cierta preocupación, lo observó ladeando la cabeza en lo que reía. — Bucha Chi Bagga Chan Chiti —

    Le dijo antes de reír desapareciendo entre la oscuridad de las sombras
    ¿Dónde está? No tiene idea. ¿Quién es él mismo? Tampoco. Pero sí que tenía ansias de destruirlo absolutamente todo. — Uuuhh... — Se le escapó en una exclamación cuando descubrió podía hacer emerger tentáculos desde su espalda y transportarse a través de las sombras. Una pequeña risa malvada que se le escapó en lo que observaba sus garras, ahora, parado en dos patas. — Aka Tooka — Se dijo a sí mismo en voz alta antes de reír. Vio una sombra emerger, atada a sus pies pero que no se reflejaba con su apariencia, una humana, una distinta que, aunque con cierta preocupación, lo observó ladeando la cabeza en lo que reía. — Bucha Chi Bagga Chan Chiti — Le dijo antes de reír desapareciendo entre la oscuridad de las sombras
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  • No prestaba atención a nada en específico, todo parecía carecer de interés para ella. Sus ojos azules vagaban sin rumbo, desprovistos de un propósito claro. A su alrededor, la ciudad resplandecía. Incluso durante la noche, el bullicio urbano se hacía presente: los carteles luminosos con sus llamativas publicidades, las luces que delineaban las calles y coronaban los edificios. Sin embargo, nada de aquello lograba capturar su atención. Con el codo descansando suavemente sobre la barandilla y la mano sosteniendo su mentón, parecía debatirse entre el aburrimiento y la reflexión.

    ──── "No puedo creer que haya pasado tanto tiempo..." ──── pensó con melancolía, mientras exhalaba por los labios, liberando apenas un suspiro, como queriendo desprenderse de algo que pesaba en su interior ──── Si estuvieras aquí, probablemente te pediría... ──── susurró en voz baja, hablando para sí misma. Pero antes de decir algo "indebido", optó por interrumpirse. ¿Para qué decir más? Al final del día, el orgullo Viltrumita no era algo que pudiera disiparse fácilmente, aun después de tantos años viviendo en la Tierra.

    ──── ¿Pero que estoy diciendo? debo estar loca.
    No prestaba atención a nada en específico, todo parecía carecer de interés para ella. Sus ojos azules vagaban sin rumbo, desprovistos de un propósito claro. A su alrededor, la ciudad resplandecía. Incluso durante la noche, el bullicio urbano se hacía presente: los carteles luminosos con sus llamativas publicidades, las luces que delineaban las calles y coronaban los edificios. Sin embargo, nada de aquello lograba capturar su atención. Con el codo descansando suavemente sobre la barandilla y la mano sosteniendo su mentón, parecía debatirse entre el aburrimiento y la reflexión. ──── "No puedo creer que haya pasado tanto tiempo..." ──── pensó con melancolía, mientras exhalaba por los labios, liberando apenas un suspiro, como queriendo desprenderse de algo que pesaba en su interior ──── Si estuvieras aquí, probablemente te pediría... ──── susurró en voz baja, hablando para sí misma. Pero antes de decir algo "indebido", optó por interrumpirse. ¿Para qué decir más? Al final del día, el orgullo Viltrumita no era algo que pudiera disiparse fácilmente, aun después de tantos años viviendo en la Tierra. ──── ¿Pero que estoy diciendo? debo estar loca.
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  • La espesura del bosque estaba cargada de tensión. Las ramas altas bloqueaban buena parte del sol y el suelo estaba cubierto de huellas profundas y rastros de batalla reciente. Un grupo de guardabosques humanos, cuatro en total, se abrían paso con cuidado entre los árboles. Habían sido enviados a capturar —o eliminar— a un grupo de vándalos
    especialmente peligrosos que merodeaban cerca de pueblos aislados.

    —Son peligrosos.—susurró uno de ellos, leyendo el aviso arrugado—.

    Pero al llegar al claro donde según el informe debía estar el nido de las criaturas, todos se detuvieron de golpe.

    Allí, justo al centro, había una peculiar figura de baja estatura. Con un pie sobre la cabeza de un sujeto inconsciente, este respiraba agitado pero sonriendo orgulloso, estaba un oso hormiguero de pelaje celeste con ropa de geek moderno.

    Había rastros de golpes por todo el lugar. Árboles partidos, rocas agrietadas, marcas de puñetazos... pero también huellas claras de una pelea cuerpo a cuerpo. Los humanos estaban noqueados, uno con la boca amoratada, dos con una mano quiebrada, y un cuarto con un moretón en la mandíbula. El último jadeaba en el suelo, apenas consciente.

    El Vermilinguo se sacudía el polvo de los pantalones, claramente exhausto, pero victorioso.

    — Eso estuvo difícil!. ¡Pero lo logré!

    Los guardabosques no podían creerlo. Uno de ellos alzó la voz:

    —¡¿Fuiste tú quien las derrotó?! ¿Tú solo?

    —¿Estos chicos? Sí. Estaban dispuestos a atacarme.

    —¿Sabías que hay una recompensa por capturarlos? —preguntó uno de las guardabosques, aún incrédulo.
    Una recompensa. Dinero. Por derrotarlos.
    La espesura del bosque estaba cargada de tensión. Las ramas altas bloqueaban buena parte del sol y el suelo estaba cubierto de huellas profundas y rastros de batalla reciente. Un grupo de guardabosques humanos, cuatro en total, se abrían paso con cuidado entre los árboles. Habían sido enviados a capturar —o eliminar— a un grupo de vándalos especialmente peligrosos que merodeaban cerca de pueblos aislados. —Son peligrosos.—susurró uno de ellos, leyendo el aviso arrugado—. Pero al llegar al claro donde según el informe debía estar el nido de las criaturas, todos se detuvieron de golpe. Allí, justo al centro, había una peculiar figura de baja estatura. Con un pie sobre la cabeza de un sujeto inconsciente, este respiraba agitado pero sonriendo orgulloso, estaba un oso hormiguero de pelaje celeste con ropa de geek moderno. Había rastros de golpes por todo el lugar. Árboles partidos, rocas agrietadas, marcas de puñetazos... pero también huellas claras de una pelea cuerpo a cuerpo. Los humanos estaban noqueados, uno con la boca amoratada, dos con una mano quiebrada, y un cuarto con un moretón en la mandíbula. El último jadeaba en el suelo, apenas consciente. El Vermilinguo se sacudía el polvo de los pantalones, claramente exhausto, pero victorioso. — Eso estuvo difícil!. ¡Pero lo logré! Los guardabosques no podían creerlo. Uno de ellos alzó la voz: —¡¿Fuiste tú quien las derrotó?! ¿Tú solo? —¿Estos chicos? Sí. Estaban dispuestos a atacarme. —¿Sabías que hay una recompensa por capturarlos? —preguntó uno de las guardabosques, aún incrédulo. Una recompensa. Dinero. Por derrotarlos.
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