• — HeeSeung mantenía su mirada fija en la ventana, le era imposible mirar a su hijo a los ojos, eran pocos momentos en los que el pelirrojo se enojaba con su hijo mayor, pero aquella situación le había desbordado un poco.—

    N-o puedo creer que pienses eso, jamás creí que serías alguien tan homofóbico, vienes de un matrimonio de dos hombres, soy tu madre, pero no soy una mujer.

    — Su voz se quebró suavemente y miro al joven con decepción y tristeza.—

    Supongo que también nos repudias a mi y a tu padre.

    All SeongHa
    — HeeSeung mantenía su mirada fija en la ventana, le era imposible mirar a su hijo a los ojos, eran pocos momentos en los que el pelirrojo se enojaba con su hijo mayor, pero aquella situación le había desbordado un poco.— N-o puedo creer que pienses eso, jamás creí que serías alguien tan homofóbico, vienes de un matrimonio de dos hombres, soy tu madre, pero no soy una mujer. — Su voz se quebró suavemente y miro al joven con decepción y tristeza.— Supongo que también nos repudias a mi y a tu padre. [galaxy_cyan_sheep_845]
    Me shockea
    1
    2 turnos 0 maullidos

  • La luz de la luna apenas atraviesa los árboles. El aire es frío… demasiado frío.
    El está ahí.
    Sentado sobre una roca, con el cuerpo ligeramente encorvado. Sus manos sostienen la máscara… esa que siempre usas frente a los demás.
    Pero esta vez no la lleva puesta.
    La miras.
    Sus dedos se tensan un poco alrededor de ella.
    “…al menos contigo… no tengo que fingir.”
    El bosque no responde.
    Nunca lo hace.
    Sus orejas felinas se mueven levemente, como si esperaran escuchar pasos… una voz… alguien que te llame.
    Nada.
    Solo el sonido lejano del viento.
    Bajas la mirada.
    Sus ojos pierden ese brillo firme que muestras siempre
    "Si desaparezco… ¿alguien lo notaría?"
    Aprieta la máscara contra tu pecho por un momento… como si fuera lo único que queda.
    Respira hondo… pero el aire se siente vacío.
    Demasiado vacío.
    Se inclinas hacia adelante, apoyando los codos en tus rodillas.
    Por primera vez en mucho tiempo… no estavactuando.
    No esta siendo fuerte.
    Solo estás… cansado.
    “…ya no quiero estar solo…”
    Pero no hay nadie para escucharlo.
    La luna sigue ahí.
    El bosque sigue ahí.
    Y el también…
    Solo.
    La luz de la luna apenas atraviesa los árboles. El aire es frío… demasiado frío. El está ahí. Sentado sobre una roca, con el cuerpo ligeramente encorvado. Sus manos sostienen la máscara… esa que siempre usas frente a los demás. Pero esta vez no la lleva puesta. La miras. Sus dedos se tensan un poco alrededor de ella. “…al menos contigo… no tengo que fingir.” El bosque no responde. Nunca lo hace. Sus orejas felinas se mueven levemente, como si esperaran escuchar pasos… una voz… alguien que te llame. Nada. Solo el sonido lejano del viento. Bajas la mirada. Sus ojos pierden ese brillo firme que muestras siempre "Si desaparezco… ¿alguien lo notaría?" Aprieta la máscara contra tu pecho por un momento… como si fuera lo único que queda. Respira hondo… pero el aire se siente vacío. Demasiado vacío. Se inclinas hacia adelante, apoyando los codos en tus rodillas. Por primera vez en mucho tiempo… no estavactuando. No esta siendo fuerte. Solo estás… cansado. “…ya no quiero estar solo…” Pero no hay nadie para escucharlo. La luna sigue ahí. El bosque sigue ahí. Y el también… Solo.
    Me entristece
    Me gusta
    3
    1 turno 0 maullidos
  • (Se escucha el estático de una radio antigua, seguido por un ruidoso chirrido de un micrófono siendo ajustado)

    ¡Muy buenos días, tardes, y noches mi querida audiencia que sintoniza esta frecuencia infernal¿Cómo va su eterna condena el día de hoy? ¿Mal? ¿Peor? ¿Terriblemente abrumadora? ¡Jajajajaja! ¡Excelente! ¡A nadie le importa! El sufrimiento es el condimento de la vida... o de la muerte, en nuestro caso.
    Pero basta de charlas triviales sobre sus patéticas miserias. Estoy aquí porque mis oídos ya no soportan el lamento agónico que emana de sus dispositivos modernos. Si vuelvo a escuchar un solo segundo de ese tal "Bad Bunny", me veré obligado a sintonizar sus gritos personalmente. ¡Esa cacofonía de balbuceos y ritmos sintéticos no es música, es una ofensa al buen gusto!
    ¡Presten atención, mis condenados oyentes, y dejen que les brinde una pizca de verdadera cultura! En mis tiempos, el talento no se compraba en una caja de ritmos y el "autotune" era un concepto inexistente. ¡Había que tener voz, alma y un toque de locura!

    (Se escucha el chasquido mecánico presionando un botón. El sonido de una aguja recorriendo el surco de un vinilo llena el aire con un ligero siseo clásico antes de que la melodía estalle)

    ¡Afinen sus oídos, si es que todavía les queda algo de sensibilidad auditiva, y deléitense con esta joya del pasado!

    (Mientras la música inunda la cabina con una elegancia de otro siglo, comencé a tararear, mi voz fundiéndose con la melodía. Aunque mis oyentes solo perciben la transmisión impecable, él se balancea al ritmo de la orquesta, cerrando los ojos y dejando que la nostalgia lo envuelva. Sus labios se mueven con precisión quirúrgica, cantando cada nota con un deleite privado, redescubriendo la belleza de una era donde la música aún tenía corazón.)



    https://youtu.be/rAhVig7uaq4?si=iLObbx-QITq_okA1
    (Se escucha el estático de una radio antigua, seguido por un ruidoso chirrido de un micrófono siendo ajustado) 🎙️¡Muy buenos días, tardes, y noches mi querida audiencia que sintoniza esta frecuencia infernal🎙️¿Cómo va su eterna condena el día de hoy? ¿Mal? ¿Peor? ¿Terriblemente abrumadora? ¡Jajajajaja! ¡Excelente! ¡A nadie le importa! El sufrimiento es el condimento de la vida... o de la muerte, en nuestro caso. 🎙️Pero basta de charlas triviales sobre sus patéticas miserias. Estoy aquí porque mis oídos ya no soportan el lamento agónico que emana de sus dispositivos modernos. Si vuelvo a escuchar un solo segundo de ese tal "Bad Bunny", me veré obligado a sintonizar sus gritos personalmente. 🎙️¡Esa cacofonía de balbuceos y ritmos sintéticos no es música, es una ofensa al buen gusto!🎙️ ¡Presten atención, mis condenados oyentes, y dejen que les brinde una pizca de verdadera cultura! En mis tiempos, el talento no se compraba en una caja de ritmos y el "autotune" era un concepto inexistente. ¡Había que tener voz, alma y un toque de locura!🎙️ (Se escucha el chasquido mecánico presionando un botón. El sonido de una aguja recorriendo el surco de un vinilo llena el aire con un ligero siseo clásico antes de que la melodía estalle) 🎙️¡Afinen sus oídos, si es que todavía les queda algo de sensibilidad auditiva, y deléitense con esta joya del pasado!🎙️ (Mientras la música inunda la cabina con una elegancia de otro siglo, comencé a tararear, mi voz fundiéndose con la melodía. Aunque mis oyentes solo perciben la transmisión impecable, él se balancea al ritmo de la orquesta, cerrando los ojos y dejando que la nostalgia lo envuelva. Sus labios se mueven con precisión quirúrgica, cantando cada nota con un deleite privado, redescubriendo la belleza de una era donde la música aún tenía corazón.) https://youtu.be/rAhVig7uaq4?si=iLObbx-QITq_okA1
    Me encocora
    Me gusta
    7
    1 turno 0 maullidos
  • [...] La pregunta no tiene respuesta, por lo que el cazador sale de la enfermería y tras alejarse lo suficiente saca el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros y usando la marcación rápida se lleva el teléfono a la oreja.
    No tiene que esperar demasiado para escuchar como la linea se descuelga y la voz de Hope le saluda.
    Pero el saludo propio se le atasca en la garganta, no es capaz de hablar durante varios segundos en los que lucha por deshacer el nudo que siente en sus cuerdas vocales, mientras presiona sus ojos con el dedo índice y el pulgar de su mano izquierda.

    —¿Que tal va todo por allí, niña?... No... No son buenas noticias Jack.... Pensábamos que habíamos encontrado la clave, Cas casi lo consigue, pero... Ha empeorado mucho Hope, no le queda mucho tiempo.

    /Extracto del rol con Hope Mikaelson
    [...] La pregunta no tiene respuesta, por lo que el cazador sale de la enfermería y tras alejarse lo suficiente saca el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros y usando la marcación rápida se lleva el teléfono a la oreja. No tiene que esperar demasiado para escuchar como la linea se descuelga y la voz de Hope le saluda. Pero el saludo propio se le atasca en la garganta, no es capaz de hablar durante varios segundos en los que lucha por deshacer el nudo que siente en sus cuerdas vocales, mientras presiona sus ojos con el dedo índice y el pulgar de su mano izquierda. —¿Que tal va todo por allí, niña?... No... No son buenas noticias Jack.... Pensábamos que habíamos encontrado la clave, Cas casi lo consigue, pero... Ha empeorado mucho Hope, no le queda mucho tiempo. /Extracto del rol con [thetribrid]
    Me entristece
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • El Silencio de los Lazarev
    Categoría Otros
    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles.

    Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre.
    Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba.
    Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios.
    —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí.
    Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse.
    El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura.
    —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—.
    El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad.
    —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada?
    Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla.
    —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría.
    Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres.
    —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira.
    Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar.
    —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto.
    Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero.

    Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años.
    Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte.
    Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles. Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre. Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba. Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios. —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí. Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse. El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura. —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—. El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad. —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada? Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla. —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría. Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres. —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira. Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar. —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto. Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero. Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años. Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte. Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • "Entrada a Brattvåg" Ciudad custodiada por 𝑬𝒍𝒊𝒛𝒂𝒃𝒆𝒕𝒉

    No sabía cuánto tiempo había pasado viajando. Inevitablemente, aunque él quisiera seguir una ruta natural, el capricho del destino le hacía saltar de un lugar a otro casi sin permiso.

    Estuvo algunos días deambulando por unas tierras que determinó que eran de la zona más occidental. Entre caminos, los campesinos hablaban: Una ciudad había sido atacada, un intento de asedio por parte de una facción enemiga, donde las bajas y los heridos habían sido considerables.

    Kazuo no creía en las casualidades. No era solo un buen sanador por su magia, también lo era por su conocimiento. ¿Podría quizás ayudar a aquella población? ¿Estaba allí por eso? ¿Era la forma en la que el destino intentaba llenar su vacío?

    Este preguntó por los caminos donde estaba aquel lugar. La noche calló sin piedad, aunque para él dirigir a su caballo en la oscuridad no era un impedimento. Hasta que finalmente llegó a las puestas imponentes de la fortaleza que protegía a aquella población.

    En un primer lugar, los guardias tomaron una postura defensiva; era comprensible, más después de haber sido atacado su pueblo. Kazuo llevaba su Katana y Tanto envainados, y en ningún momento hizo amago de usarlos.

    -Mi nombre es Kazuo Aihara... Escuché del ataque que sufrió vuestro pueblo. Soy buen sanador, me gustaría ayudar si lo necesitan.- Explicó Kazuo con esa calma casi contagiosa. Su voz suave, casi aterciopelada hacía bajar las alertas de los guardias. Como buen zorro que era, su labia era una de sus mejores armas.

    Pero aún así, los guardias aún lo miraron con algo de sospecha, o quizás curiosidad. Sus ropajes eran muy diferentes a lo que estaban acostumbrados, y quizás ni siquiera algunos habrían visto a una persona con rasgos orientales en su vida. Aunque fuera involuntario, aquello que estaba cierto era el rechazo.

    -No causaré problemas, y si aún así mi presencia no es necesaria o os incomoda, me iré por el mismo lugar que por el que vine sin réplica alguna. Pero con la verdad en la mano, mi intención es brindar ayuda, no necesito nada cambio de ello, son tiempos difíciles y soy consciente de ello.- Argumentó el zorro con esa calma serena, lo que hacía convencer aún más a aquellos guardias.

    Aún así, hicieron llamar a alguien que estaba algo más por encima de sus competencias. Explicaron el caso del nuevo extranjero y este, con gesto enjuto, hizo una afirmación con la cabeza.

    Superior: -Te tendremos echado el ojo, no es que pases precisamente desapercibido. Hay una posada en el centro de la población donde también podrán atender a tu caballo. Bienvenido...- Dijo aquel hombre corpulento y de voz profunda.

    Kazuo suspiró con algo de alivio. Una cama sonaba bien después de tantos días a la intemperie. Finalmente los grandes portones se abrieron, dando paso al joven y exótico sanador recién llegado a la ciudad. Las noticias no tardarían en hacerse eco entre las tertulias matutinas.
    "Entrada a Brattvåg" Ciudad custodiada por [Liz_bloodFlame] No sabía cuánto tiempo había pasado viajando. Inevitablemente, aunque él quisiera seguir una ruta natural, el capricho del destino le hacía saltar de un lugar a otro casi sin permiso. Estuvo algunos días deambulando por unas tierras que determinó que eran de la zona más occidental. Entre caminos, los campesinos hablaban: Una ciudad había sido atacada, un intento de asedio por parte de una facción enemiga, donde las bajas y los heridos habían sido considerables. Kazuo no creía en las casualidades. No era solo un buen sanador por su magia, también lo era por su conocimiento. ¿Podría quizás ayudar a aquella población? ¿Estaba allí por eso? ¿Era la forma en la que el destino intentaba llenar su vacío? Este preguntó por los caminos donde estaba aquel lugar. La noche calló sin piedad, aunque para él dirigir a su caballo en la oscuridad no era un impedimento. Hasta que finalmente llegó a las puestas imponentes de la fortaleza que protegía a aquella población. En un primer lugar, los guardias tomaron una postura defensiva; era comprensible, más después de haber sido atacado su pueblo. Kazuo llevaba su Katana y Tanto envainados, y en ningún momento hizo amago de usarlos. -Mi nombre es Kazuo Aihara... Escuché del ataque que sufrió vuestro pueblo. Soy buen sanador, me gustaría ayudar si lo necesitan.- Explicó Kazuo con esa calma casi contagiosa. Su voz suave, casi aterciopelada hacía bajar las alertas de los guardias. Como buen zorro que era, su labia era una de sus mejores armas. Pero aún así, los guardias aún lo miraron con algo de sospecha, o quizás curiosidad. Sus ropajes eran muy diferentes a lo que estaban acostumbrados, y quizás ni siquiera algunos habrían visto a una persona con rasgos orientales en su vida. Aunque fuera involuntario, aquello que estaba cierto era el rechazo. -No causaré problemas, y si aún así mi presencia no es necesaria o os incomoda, me iré por el mismo lugar que por el que vine sin réplica alguna. Pero con la verdad en la mano, mi intención es brindar ayuda, no necesito nada cambio de ello, son tiempos difíciles y soy consciente de ello.- Argumentó el zorro con esa calma serena, lo que hacía convencer aún más a aquellos guardias. Aún así, hicieron llamar a alguien que estaba algo más por encima de sus competencias. Explicaron el caso del nuevo extranjero y este, con gesto enjuto, hizo una afirmación con la cabeza. Superior: -Te tendremos echado el ojo, no es que pases precisamente desapercibido. Hay una posada en el centro de la población donde también podrán atender a tu caballo. Bienvenido...- Dijo aquel hombre corpulento y de voz profunda. Kazuo suspiró con algo de alivio. Una cama sonaba bien después de tantos días a la intemperie. Finalmente los grandes portones se abrieron, dando paso al joven y exótico sanador recién llegado a la ciudad. Las noticias no tardarían en hacerse eco entre las tertulias matutinas.
    Me gusta
    6
    30 turnos 0 maullidos
  • EL QUIEBRE.

    Renhakali y Judith han vuelto al Inframundo luego de una confrontación hacia la Automaton Cecilia Immergreen, en los ojos de Judith, Renhakali se había echado atrás con el plan de tener bajo su control a la líder de Justice, por lo que desencadenó una discusión entre ellas.

    Para Judith esto fué una falta de respeto, por lo que furiosa decide confrontar a Renhakali por no haber hecho lo que tenía que hacer, y que se dejó persuadir por alguien que ella cree que tranquilamente puede derrotar. La confrontación transcurre dentro del Castillo del Inframundo, dónde tanto ellas cómo muchos sirvientes de ellas están presenciando semejante pelea verbal entre Princesa y Reina.

    — Renhakali! ¿Porque dejaste que ellas se vayan? Te dejaste persuadir por alguien que no es más fuerte que tú, y lo sabes! —

    La voz de Judith, se hace eco en todas las paredes del Castillo del Inframundo en aquella discusión con Renhakali.

    Renhakali
    EL QUIEBRE. Renhakali y Judith han vuelto al Inframundo luego de una confrontación hacia la Automaton Cecilia Immergreen, en los ojos de Judith, Renhakali se había echado atrás con el plan de tener bajo su control a la líder de Justice, por lo que desencadenó una discusión entre ellas. Para Judith esto fué una falta de respeto, por lo que furiosa decide confrontar a Renhakali por no haber hecho lo que tenía que hacer, y que se dejó persuadir por alguien que ella cree que tranquilamente puede derrotar. La confrontación transcurre dentro del Castillo del Inframundo, dónde tanto ellas cómo muchos sirvientes de ellas están presenciando semejante pelea verbal entre Princesa y Reina. — Renhakali! ¿Porque dejaste que ellas se vayan? Te dejaste persuadir por alguien que no es más fuerte que tú, y lo sabes! — La voz de Judith, se hace eco en todas las paredes del Castillo del Inframundo en aquella discusión con Renhakali. [fable_lavender_rabbit_680]
    Me gusta
    Me encocora
    11
    3 turnos 0 maullidos
  • Una llamada casual; sorpresiva y trivial. Una voz animada que hablaba con una inocencia casi absurda. Escuchó sin interrumpir, incontables minutos se marchitaron ante la falta de pausa por parte de su interlocutor.

    Intrascendente en comparación con sus prioridades; no obstante, la concepción del tiempo le pareció un absurdo.

    ¿En qué momento comenzó a sonreír?
    Una llamada casual; sorpresiva y trivial. Una voz animada que hablaba con una inocencia casi absurda. Escuchó sin interrumpir, incontables minutos se marchitaron ante la falta de pausa por parte de su interlocutor. Intrascendente en comparación con sus prioridades; no obstante, la concepción del tiempo le pareció un absurdo. ¿En qué momento comenzó a sonreír?
    Me gusta
    Me encocora
    Me shockea
    7
    0 turnos 0 maullidos
  • Con un movimiento lento y doloroso, se apartó el cabello de los hombros, dejando que cayera hacia un lado para observar su reflejo en el espejo de bronce, su espalda era un mapa de guerra.

    A las viejas cicatrices blancas, marcas de años de vagar como guerrera, se sumaban ahora las heridas frescas de la última emboscada...El Rey del Norte no había tenido piedad, sus hombres habían entrado por la puerta principal, aprovechando el hueco que ella misma había dejado al enviar a sus mejores escoltas a proteger a un simple aldeano en el río.

    ​Elizabeth cerró los ojos un segundo, y el sonido de los gritos volvió a su mente. El fuego, el olor a hierro y sangre, y el peso de su espada cortando el aire para forzar una retirada que llegó demasiado tarde.

    ​Al fondo del reflejo, la penumbra de la habitación revelaba una figura inmóvil sobre su cama, Milenka.
    ​La arquera, siempre tan ágil y llena de vida, yacía ahora bajo capas de lino manchadas de ungüentos. Elizabeth se giró lentamente, ignorando el pinchazo de sus propias heridas, y caminó hacia ella, se sentó en el borde de la cama, tomando un paño húmedo para limpiar la frente sudorosa de su compañera

    ✴ ​—Milenka —susurró Elizabeth, su voz apenas un hilo quebrado en el silencio—. Por un balde de agua perdimos a diez hombres. Por mi compasión, casi te pierdo a ti.

    ​Elizabeth pasó los dedos cerca de la herida vendada de su protegida, sin atreverse a tocarla.
    En el pueblo, la llamaban la Reina Escarlata, la líder que los sacó de la tiranía, pero en esa habitación, bajo el peso del saqueo y el lamento de las viudas que aún se escuchaba afuera, se sentía solo como una sombra.

    ✴​ —Sigurd dice que las decisiones no son buenas o malas, sino necesarias —continuó, más para sí misma que para la mujer inconsciente—. Pero Gunnar tiene razón... el Norte no perdona los errores de juicio. ¿Soy realmente una líder, o solo una guerrera que está arrastrando a todos a su propia tumba?

    ​Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pasando justo por encima de la cicatriz de su ojo derecho, antes de caer sobre su mano curtida. Elizabeth no se la limpió. Se quedó allí, vigilando el pulso débil de Milenka.

    El silencio de la habitación se rompió con el eco de unas botas pesadas contra la piedra.
    ​Elizabeth no se giró, sabía a quien pertenecían esos pasos.
    Siguió con el paño en la mano, recorriendo la frente de Milenka, aunque sintió la mirada del veterano clavada en las heridas abiertas de su propia espalda.

    ​Gunnar se acercó a la mesa de madera, dejando su hacha con un golpe seco que hizo tintinear los frascos de ungüentos. Su rostro, surcado por mil batallas, estaba inusualmente serio.

    ​—El pueblo está... de pie —dijo, cruzando sus brazos macizos—. Hemos contado doce bajas civiles. Los graneros del ala este fueron saqueados, se llevaron la mitad de la reserva de grano. Pero los hombres están limpiando la sangre de la entrada. No hay llantos, Elizabeth. Hay silencio. Y el silencio en Brattvåg suele preceder a la sed de venganza.
    ​Elizabeth bajó la cabeza, su cabello rojo ocultaba su rostro.

    ✴ ​—Fue mi culpa Gunnar. Desprotegí la puerta por un capricho de compasión. Milenka está ahí por mi culpa.

    ​Gunnar soltó un bufido de desdén y se acercó dos pasos, obligándola a mirarlo.

    ​— Escúchame bien. Enviaste escoltas porque este pueblo cree que su vida vale algo bajo tu mando. Si dejas que mueran de sed por miedo al Norte, no eres una líder, eres otra tirana —el veterano señaló hacia la ventana, donde las fogatas de vigilancia ya se encendían—. Cometiste un error de táctica, no de corazón. Ahora, deja de lamerte las heridas y decide qué sigue.

    ​Elizabeth apretó el paño con fuerza.

    ✴ ​—¿Qué sugieres? Sigurd dirá que racionemos lo que queda y nos encerremos.

    ​— Sigurd cuenta granos, yo cuento hachas —replicó Gunnar con una chispa de fuego en los ojos—. Si nos encerramos, el Rey del Norte sabrá que nos ha quebrado, propongo enviar una patrulla de rastreo. No para atacar su fortaleza, sino para recuperar lo que es nuestro... Necesitamos reforzar la puerta principal con empalizadas de piedra, no solo madera.

    ​Gunnar se quedó esperando, su presencia masiva llenando el hueco que la duda de Elizabeth había dejado.

    ​—Tú eres la Llama, Elizabeth. Si tú te apagas en esta habitación, el pueblo se congela esta misma noche. ¿Qué órdenes vas a dar?
    Con un movimiento lento y doloroso, se apartó el cabello de los hombros, dejando que cayera hacia un lado para observar su reflejo en el espejo de bronce, su espalda era un mapa de guerra. A las viejas cicatrices blancas, marcas de años de vagar como guerrera, se sumaban ahora las heridas frescas de la última emboscada...El Rey del Norte no había tenido piedad, sus hombres habían entrado por la puerta principal, aprovechando el hueco que ella misma había dejado al enviar a sus mejores escoltas a proteger a un simple aldeano en el río. ​Elizabeth cerró los ojos un segundo, y el sonido de los gritos volvió a su mente. El fuego, el olor a hierro y sangre, y el peso de su espada cortando el aire para forzar una retirada que llegó demasiado tarde. ​Al fondo del reflejo, la penumbra de la habitación revelaba una figura inmóvil sobre su cama, Milenka. ​La arquera, siempre tan ágil y llena de vida, yacía ahora bajo capas de lino manchadas de ungüentos. Elizabeth se giró lentamente, ignorando el pinchazo de sus propias heridas, y caminó hacia ella, se sentó en el borde de la cama, tomando un paño húmedo para limpiar la frente sudorosa de su compañera ✴ ​—Milenka —susurró Elizabeth, su voz apenas un hilo quebrado en el silencio—. Por un balde de agua perdimos a diez hombres. Por mi compasión, casi te pierdo a ti. ​Elizabeth pasó los dedos cerca de la herida vendada de su protegida, sin atreverse a tocarla. En el pueblo, la llamaban la Reina Escarlata, la líder que los sacó de la tiranía, pero en esa habitación, bajo el peso del saqueo y el lamento de las viudas que aún se escuchaba afuera, se sentía solo como una sombra. ✴​ —Sigurd dice que las decisiones no son buenas o malas, sino necesarias —continuó, más para sí misma que para la mujer inconsciente—. Pero Gunnar tiene razón... el Norte no perdona los errores de juicio. ¿Soy realmente una líder, o solo una guerrera que está arrastrando a todos a su propia tumba? ​Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pasando justo por encima de la cicatriz de su ojo derecho, antes de caer sobre su mano curtida. Elizabeth no se la limpió. Se quedó allí, vigilando el pulso débil de Milenka. El silencio de la habitación se rompió con el eco de unas botas pesadas contra la piedra. ​Elizabeth no se giró, sabía a quien pertenecían esos pasos. Siguió con el paño en la mano, recorriendo la frente de Milenka, aunque sintió la mirada del veterano clavada en las heridas abiertas de su propia espalda. ​Gunnar se acercó a la mesa de madera, dejando su hacha con un golpe seco que hizo tintinear los frascos de ungüentos. Su rostro, surcado por mil batallas, estaba inusualmente serio. ​—El pueblo está... de pie —dijo, cruzando sus brazos macizos—. Hemos contado doce bajas civiles. Los graneros del ala este fueron saqueados, se llevaron la mitad de la reserva de grano. Pero los hombres están limpiando la sangre de la entrada. No hay llantos, Elizabeth. Hay silencio. Y el silencio en Brattvåg suele preceder a la sed de venganza. ​Elizabeth bajó la cabeza, su cabello rojo ocultaba su rostro. ✴ ​—Fue mi culpa Gunnar. Desprotegí la puerta por un capricho de compasión. Milenka está ahí por mi culpa. ​Gunnar soltó un bufido de desdén y se acercó dos pasos, obligándola a mirarlo. ​— Escúchame bien. Enviaste escoltas porque este pueblo cree que su vida vale algo bajo tu mando. Si dejas que mueran de sed por miedo al Norte, no eres una líder, eres otra tirana —el veterano señaló hacia la ventana, donde las fogatas de vigilancia ya se encendían—. Cometiste un error de táctica, no de corazón. Ahora, deja de lamerte las heridas y decide qué sigue. ​Elizabeth apretó el paño con fuerza. ✴ ​—¿Qué sugieres? Sigurd dirá que racionemos lo que queda y nos encerremos. ​— Sigurd cuenta granos, yo cuento hachas —replicó Gunnar con una chispa de fuego en los ojos—. Si nos encerramos, el Rey del Norte sabrá que nos ha quebrado, propongo enviar una patrulla de rastreo. No para atacar su fortaleza, sino para recuperar lo que es nuestro... Necesitamos reforzar la puerta principal con empalizadas de piedra, no solo madera. ​Gunnar se quedó esperando, su presencia masiva llenando el hueco que la duda de Elizabeth había dejado. ​—Tú eres la Llama, Elizabeth. Si tú te apagas en esta habitación, el pueblo se congela esta misma noche. ¿Qué órdenes vas a dar?
    Me gusta
    Me entristece
    Me endiabla
    Me encocora
    13
    0 turnos 0 maullidos
  • El portal se abrió en medio de ciudad pentagrama atrayendo miradas sorprendidas. ¿Por qué allí? Si sus vacaciones iban a verse interrumpidas, al menos debía asegurarse de que su retorno fuera cuanto menos escandaloso; asegurarse que todos supieran que ella estaba allí. Aún si su plan de permanecer fuera algo temporal parecía que debía recordar quién era la reina de aquel lugar; la verdadera soberana.
    Que el cielo se enterara que había abandonado la tranquilidad y confort del Edén no era algo que le preocupara ¿Qué era un par de plumas menos en las engreídas alas de Sera? De todas formas sólo el propio narcisismo de los ángeles pudo haberlos engañado con una verdad tan falsa como podía serlo ella; que la tenían como prisionera. Jamás lo había sido. ¿Cómo atraparla si no fue ella misma quien decidió dejarse atrapar para tomarse un descanso? Si es que algún plan de doble sentido impulsado por sus propias ambiciones no era el motivo real, claro. Aunque eso era algo que sólo ella sabía.

    Cruzó el portal aún con el atuendo tan casual que llevaba desde el jardín celestial; sin molestarse en quitarse sus gafas o su sombrero. Ignorando por completo las mandíbulas caer en los pecadores a su alrededor que habían presenciado su aparición, incluso algún otro que se había agotado con su bebida o los ojos desorbitados en sus espectadores.
    El silencio sepulcral en las calles infernales mientras el portal se cerraba detrás de ella. Sólo el resonar de sus tacos con aquel cautivador andar mientras se acercó al primer desdichado que encontró que parecía anonadado por su presencia y... Honestamente ¿Cómo culparlo? Con un dedo de su mano apenas si rozó el cuello del demonio, ascendiendo hasta su mentón para obligarle a mantener la mirada en alto aunque jamás se molestó en bajarse los lentes

    — Ow, mi pobre, desdichada y casi inútil alma pecadora... La fortuna parece haberte sonreído pues tendrás la oportunidad de ayudarme. ¿Por qué no me dices dónde está el hotel de mi adorada e ingenua hija? —

    ¿Podía saber aquella información por su propia cuenta? Por supuesto, pero dónde estaría la diversión si lo hiciera aquello era por mucho más entretenido.
    Temblando cual gelatina, con evidente sudor, con unos nervios que parecían superar los de un perro rosado y un tartamudeo aún peor que los de un puerquito con traje; acabó por señalarle el camino. Su encantadora sonrisa en su rostro mientras al alejarse le lanzaba un beso desde la distancia.

    — Sabía que serías útil, gracias querido —

    Con su cabello que parecía ondear en una brisa inexistente, siguió alejándose por las calles infernales en un andar casi hipnotizante como su misma apariencia. Atrajo miradas y estaba segura que incluso la de cámaras.
    La expresión perpleja en el rostro de todos mientras, tras salir del trance, el rumor comenzaba a esparcirse; en voz alta, en redes, en cada lugar donde la noticia pudiera llegar.

    Lilith había vuelto.
    El portal se abrió en medio de ciudad pentagrama atrayendo miradas sorprendidas. ¿Por qué allí? Si sus vacaciones iban a verse interrumpidas, al menos debía asegurarse de que su retorno fuera cuanto menos escandaloso; asegurarse que todos supieran que ella estaba allí. Aún si su plan de permanecer fuera algo temporal parecía que debía recordar quién era la reina de aquel lugar; la verdadera soberana. Que el cielo se enterara que había abandonado la tranquilidad y confort del Edén no era algo que le preocupara ¿Qué era un par de plumas menos en las engreídas alas de Sera? De todas formas sólo el propio narcisismo de los ángeles pudo haberlos engañado con una verdad tan falsa como podía serlo ella; que la tenían como prisionera. Jamás lo había sido. ¿Cómo atraparla si no fue ella misma quien decidió dejarse atrapar para tomarse un descanso? Si es que algún plan de doble sentido impulsado por sus propias ambiciones no era el motivo real, claro. Aunque eso era algo que sólo ella sabía. Cruzó el portal aún con el atuendo tan casual que llevaba desde el jardín celestial; sin molestarse en quitarse sus gafas o su sombrero. Ignorando por completo las mandíbulas caer en los pecadores a su alrededor que habían presenciado su aparición, incluso algún otro que se había agotado con su bebida o los ojos desorbitados en sus espectadores. El silencio sepulcral en las calles infernales mientras el portal se cerraba detrás de ella. Sólo el resonar de sus tacos con aquel cautivador andar mientras se acercó al primer desdichado que encontró que parecía anonadado por su presencia y... Honestamente ¿Cómo culparlo? Con un dedo de su mano apenas si rozó el cuello del demonio, ascendiendo hasta su mentón para obligarle a mantener la mirada en alto aunque jamás se molestó en bajarse los lentes — Ow, mi pobre, desdichada y casi inútil alma pecadora... La fortuna parece haberte sonreído pues tendrás la oportunidad de ayudarme. ¿Por qué no me dices dónde está el hotel de mi adorada e ingenua hija? — ¿Podía saber aquella información por su propia cuenta? Por supuesto, pero dónde estaría la diversión si lo hiciera aquello era por mucho más entretenido. Temblando cual gelatina, con evidente sudor, con unos nervios que parecían superar los de un perro rosado y un tartamudeo aún peor que los de un puerquito con traje; acabó por señalarle el camino. Su encantadora sonrisa en su rostro mientras al alejarse le lanzaba un beso desde la distancia. — Sabía que serías útil, gracias querido — Con su cabello que parecía ondear en una brisa inexistente, siguió alejándose por las calles infernales en un andar casi hipnotizante como su misma apariencia. Atrajo miradas y estaba segura que incluso la de cámaras. La expresión perpleja en el rostro de todos mientras, tras salir del trance, el rumor comenzaba a esparcirse; en voz alta, en redes, en cada lugar donde la noticia pudiera llegar. Lilith había vuelto.
    Me endiabla
    1
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados