• -La parca venía concentrada y contenta mirando su bollo nuevo sabor, que la vendedora de la panadería le regaló para que probará, su aroma era de queso con jamón. En eso un paciente que estaba pidiendo que lo atendieran, lanzó un aletazo golpeando la mejilla de la albina haciendo que su bollo se cayera de la bolsa. Los ojos gélidos de la mujer solo vieron como su nuevo desayuno caía al suelo en cámara lenta con tristeza, subió su mirada al hombre que le golpeó y sin decir nada caminó hacia el puesto de informaciones, tomó una tablilla y comenzó a llenar unos datos.
    Los datos eran del sujeto-

    Alan Beck, 45 años, soltero.
    -Y en la parte de motivo de consulta colocó “ Vasectomía voluntaria”. Firmo igual que el paciente, al poder ver los registros podía ver también sus datos personales y copiarlos.
    Puso en observaciones “ Paciente agresivo, colocar anestesia total y sedante antes de la intervención”.
    Y en la autorización del doctor firmó ella, le pasó la tablilla a la enfermera, quien le preguntó si ella haría la intervención a la cual negó que tenía otra operación.
    La enfermera llamó por altavoz al paciente, y este pensando que lo atenderían, se acercó a informaciones. Dos enfermeros grandes llegaron y le colocaron un sedante y lo subieron a la camilla en dirección al pabellón mientras el segundo cirujano iba detrás leyendo la tablilla.
    Los internos miraron aquello y luego a la albina quien se iba nuevamente a la panadería con las manos en los bolsillos a buscar otro bollo mientras silbaba, murmurando que la jefa de cirugía daba miedo-
    -La parca venía concentrada y contenta mirando su bollo nuevo sabor, que la vendedora de la panadería le regaló para que probará, su aroma era de queso con jamón. En eso un paciente que estaba pidiendo que lo atendieran, lanzó un aletazo golpeando la mejilla de la albina haciendo que su bollo se cayera de la bolsa. Los ojos gélidos de la mujer solo vieron como su nuevo desayuno caía al suelo en cámara lenta con tristeza, subió su mirada al hombre que le golpeó y sin decir nada caminó hacia el puesto de informaciones, tomó una tablilla y comenzó a llenar unos datos. Los datos eran del sujeto- Alan Beck, 45 años, soltero. -Y en la parte de motivo de consulta colocó “ Vasectomía voluntaria”. Firmo igual que el paciente, al poder ver los registros podía ver también sus datos personales y copiarlos. Puso en observaciones “ Paciente agresivo, colocar anestesia total y sedante antes de la intervención”. Y en la autorización del doctor firmó ella, le pasó la tablilla a la enfermera, quien le preguntó si ella haría la intervención a la cual negó que tenía otra operación. La enfermera llamó por altavoz al paciente, y este pensando que lo atenderían, se acercó a informaciones. Dos enfermeros grandes llegaron y le colocaron un sedante y lo subieron a la camilla en dirección al pabellón mientras el segundo cirujano iba detrás leyendo la tablilla. Los internos miraron aquello y luego a la albina quien se iba nuevamente a la panadería con las manos en los bolsillos a buscar otro bollo mientras silbaba, murmurando que la jefa de cirugía daba miedo-
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  • Se dejó caer hacia atrás en la silla, que crujió bajo su peso. El ventilador del techo giraba lento, apenas removiendo el aire caliente y pegajoso de la noche de febrero.

    ────𝘊𝘢𝘭𝘰𝘳 𝘥𝘦 𝘮𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢. . . 𝘠 𝘵𝘢𝘮𝘣𝘪é𝘯 é𝘴𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘱𝘰𝘳𝘵𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘣𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦𝘨𝘢𝘳 𝘮𝘢ñ𝘢𝘯𝘢. ¡𝘜𝘨𝘩! 𝘖𝘫𝘢𝘭á 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘳 𝘷𝘢𝘤𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴. ────

    Murmuró entre dientes, pasándose la mano por la nuca húmeda mientras miraba la pantalla con los ojos entrecerrados.

    El cursor parpadeaba en el documento sin que él tuviera fuerzas para seguir tecleando. El vaso de vino llevaba rato, olvidado al lado del teclado.

    ❝ ────¿𝘊𝘶á𝘯𝘵𝘰 𝘧𝘢𝘭𝘵𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘴𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘨𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘪𝘳𝘢𝘣𝘭𝘦? ────❞

    Pensó, soltando un suspiro largo y agotado.
    Se dejó caer hacia atrás en la silla, que crujió bajo su peso. El ventilador del techo giraba lento, apenas removiendo el aire caliente y pegajoso de la noche de febrero. ────𝘊𝘢𝘭𝘰𝘳 𝘥𝘦 𝘮𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢. . . 𝘠 𝘵𝘢𝘮𝘣𝘪é𝘯 é𝘴𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘱𝘰𝘳𝘵𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘣𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦𝘨𝘢𝘳 𝘮𝘢ñ𝘢𝘯𝘢. ¡𝘜𝘨𝘩! 𝘖𝘫𝘢𝘭á 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘳 𝘷𝘢𝘤𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴. ──── Murmuró entre dientes, pasándose la mano por la nuca húmeda mientras miraba la pantalla con los ojos entrecerrados. El cursor parpadeaba en el documento sin que él tuviera fuerzas para seguir tecleando. El vaso de vino llevaba rato, olvidado al lado del teclado. ❝ ────¿𝘊𝘶á𝘯𝘵𝘰 𝘧𝘢𝘭𝘵𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘴𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘨𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘪𝘳𝘢𝘣𝘭𝘦? ────❞ Pensó, soltando un suspiro largo y agotado.
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  • Diario — Arriba del puente

    Hoy caminé por el puente como todos.

    Arriba, lo de siempre:
    café con azúcar, pasos apresurados, conversaciones que no se quedan.

    La gente mira sin ver.
    Siente sin bajar.
    Yo me detuve en el centro.

    Debajo del puente el río no descansa.
    Hay un mundo entero fluyendo sin permiso,
    un murmullo constante que nadie quiere escuchar.

    Tomamos café.
    El vapor ascendía —
    pero lo que importa siempre cae.
    Las tazas vacías son pequeñas traiciones.
    Prometen calor y dejan porcelana fría.

    Abrí mi puerta después.
    Arriba del puente, las cosas pendientes.
    Abajo, la corriente.

    Había dispuesto la habitación como quien enciende faroles en la orilla:
    luz tibia, silencio atento,
    una pausa que pedía ser cruzada.

    Pero algunos visitantes caminan el puente sin asomarse.
    No hubo crujido.
    No hubo vértigo.
    Ni una piedra lanzada al agua.

    Arriba del puente, cada uno con lo suyo.
    Lo tuyo es lo tuyo.
    Lo mío…
    fluye debajo.

    Regresé al centro.
    La multitud seguía pasando.
    Los semáforos cambiaban.
    El mundo cumplía su rutina impecable.

    Debajo del puente, en el río,
    hay un mundo de gente.

    Y hoy el agua no se desbordó.
    Pero subió.
    Un centímetro.

    Y eso basta para saber
    que algo estuvo a punto de caer.
    Diario — Arriba del puente Hoy caminé por el puente como todos. Arriba, lo de siempre: café con azúcar, pasos apresurados, conversaciones que no se quedan. La gente mira sin ver. Siente sin bajar. Yo me detuve en el centro. Debajo del puente el río no descansa. Hay un mundo entero fluyendo sin permiso, un murmullo constante que nadie quiere escuchar. Tomamos café. El vapor ascendía — pero lo que importa siempre cae. Las tazas vacías son pequeñas traiciones. Prometen calor y dejan porcelana fría. Abrí mi puerta después. Arriba del puente, las cosas pendientes. Abajo, la corriente. Había dispuesto la habitación como quien enciende faroles en la orilla: luz tibia, silencio atento, una pausa que pedía ser cruzada. Pero algunos visitantes caminan el puente sin asomarse. No hubo crujido. No hubo vértigo. Ni una piedra lanzada al agua. Arriba del puente, cada uno con lo suyo. Lo tuyo es lo tuyo. Lo mío… fluye debajo. Regresé al centro. La multitud seguía pasando. Los semáforos cambiaban. El mundo cumplía su rutina impecable. Debajo del puente, en el río, hay un mundo de gente. Y hoy el agua no se desbordó. Pero subió. Un centímetro. Y eso basta para saber que algo estuvo a punto de caer.
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  • Vincent llevaba semanas enfermo. Aún no entendía cómo se había enfermado ni tenía idea de qué tipo de resfriado tenía, pero estaba harto de toser hasta sentir que todo el cuerpo le dolía por el esfuerzo. Las consultas médicas tenían siempre el mismo tipo de resultado: Es una infección, necesita medicamento, reposo y tomar muchos líquidos. Diagnósticos similares que oscilaban entre un simple resfrío, una infección de garganta o hasta influenza estacional. Lo entendía, comprendía que era una enfermedad de tiempo y que no debía durar mucho si tomaba los medicamentos correctos acorde a las indicaciones del médico pero... ¿Cuanto más medicamento iba tomar para estar bien?

    — Según este jarabe es muy bueno.

    Habló consigo mismo mientras que revisaba el frasco con medicamento. La farmacia tenía variedad de jarabes que, hasta ese momento, creía haber probado todos como si se tratara de sabores en una heladería: Jarabes simples, jarabes se fresa, jarabes de uva, jarabes de miel y limón; pastillas de ambroxol, paletas de miel, té caliente de eucalipto con limón y miel; pastillas para adormecer la garganta. Hasta había considerado los remedios caseros de tomar agua caliente con Jengibre, ajo y quién sabe qué otras cosas para encontrar una solución a su tos.

    — Llevo tres semanas sintiéndome así, y ahora tengo la sensación que está empeorando. ¿Qué remedio debería probar ahora? —Se sentía perdido. Y lo peor era que los virus solo estaban rotando entre sus compañeros de trabajo y él. Primero había iniciado Michael, el encargado de soporte de equipos, después Gonza y Luanne -quién tenía la peor tos- para finalizar con él. Estaba seguro de que todos llevaban como tres meses, veinte pastillas para la gripe y como tres frascos de jarabe vacíos en las últimas semanas. Un caos, un martirio y una situación sin solución que parecía postergarse cada vez que volvía a toser hasta sentir que la garganta se le irritaba más— ¿Y si pido incapacidad me la darán? Lo dudo. —Murmuró para sí mismo y, sin remedio, terminó tomando el medicamento para verle la envoltura una vez más.— Supongo que me llevaré este otra vez, aunque este sabor no lo he probado.
    Vincent llevaba semanas enfermo. Aún no entendía cómo se había enfermado ni tenía idea de qué tipo de resfriado tenía, pero estaba harto de toser hasta sentir que todo el cuerpo le dolía por el esfuerzo. Las consultas médicas tenían siempre el mismo tipo de resultado: Es una infección, necesita medicamento, reposo y tomar muchos líquidos. Diagnósticos similares que oscilaban entre un simple resfrío, una infección de garganta o hasta influenza estacional. Lo entendía, comprendía que era una enfermedad de tiempo y que no debía durar mucho si tomaba los medicamentos correctos acorde a las indicaciones del médico pero... ¿Cuanto más medicamento iba tomar para estar bien? — Según este jarabe es muy bueno. Habló consigo mismo mientras que revisaba el frasco con medicamento. La farmacia tenía variedad de jarabes que, hasta ese momento, creía haber probado todos como si se tratara de sabores en una heladería: Jarabes simples, jarabes se fresa, jarabes de uva, jarabes de miel y limón; pastillas de ambroxol, paletas de miel, té caliente de eucalipto con limón y miel; pastillas para adormecer la garganta. Hasta había considerado los remedios caseros de tomar agua caliente con Jengibre, ajo y quién sabe qué otras cosas para encontrar una solución a su tos. — Llevo tres semanas sintiéndome así, y ahora tengo la sensación que está empeorando. ¿Qué remedio debería probar ahora? —Se sentía perdido. Y lo peor era que los virus solo estaban rotando entre sus compañeros de trabajo y él. Primero había iniciado Michael, el encargado de soporte de equipos, después Gonza y Luanne -quién tenía la peor tos- para finalizar con él. Estaba seguro de que todos llevaban como tres meses, veinte pastillas para la gripe y como tres frascos de jarabe vacíos en las últimas semanas. Un caos, un martirio y una situación sin solución que parecía postergarse cada vez que volvía a toser hasta sentir que la garganta se le irritaba más— ¿Y si pido incapacidad me la darán? Lo dudo. —Murmuró para sí mismo y, sin remedio, terminó tomando el medicamento para verle la envoltura una vez más.— Supongo que me llevaré este otra vez, aunque este sabor no lo he probado.
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  • https://www.youtube.com/watch?v=zdZtMJySQio

    Despertar sin necesariamente ser consciente, atrapado en la oscuridad más deslumbrante, vuelve imposible diferenciar ese estado de somnolencia intelectual de la vivacidad exclusiva de los iluminados. No hay extremidades que padezcan el entumecimiento de haber flotado a la deriva; así debería entenderse el significado del vacío, pero asumir que en la nada nada existe sería tan ingenuo como intentar divisar un horizonte.

    Sabe dónde se encuentra: el océano formado por el primer lamento, tan denso que niega cualquier clase de disparidad; ni siquiera los pensamientos tienen forma. No obstante, allí produjo una ínfima corriente que amenazó con perderse en la más ansiada tranquilidad.

    ¿Para qué huir? Fue la cuna, y desde ese momento no existió más un final; el encierro en la infinitud es la hipérbole más genuina de la libertad. Seguir pensando es limitarse; fingir es definirse, erosionar esa naturaleza empujada por el hambre y el eco de espejismos intangibles, ocurrencias de un lugar que no le es propio y al que jamás debió llegar.

    ¿Para qué despertar? ¿Por qué seguir durmiendo? Tantos años desperdiciados con inaudita soberbia no son sino un esfuerzo innecesario. La relevancia se vuelve lejana con la percepción; ¿y si el cierre de todo es lo ya predispuesto? Ese momento iba a llegar, más temprano que tarde, aunque el terror indique lo contrario.

    Es tan sencillo como decidir una vez más: vuelve a cerrar los ojos, que los párpados se fundan con el silencio. Nadie esperará tu regreso; el reencuentro ocurrirá cuando todos sean reducidos a la mínima expresión, y te ahogarás en ellos.

    Una tentación sin gusto sedujo sus inmensurables fauces; como nunca antes, debió cerrarlas, devorar la insulsa eternidad. Mas su cuerpo dejó de ser tan extenso como irreconocible.

    Sus dedos se flexionaron con pétrea rigidez. Las falanges, forjadas desde un conocimiento imaginario, y los incontables tejidos crearon vulnerabilidad. Un soplido lunar pigmentó aquella carcasa y, cuando supo del firmamento, lo que parecía impenetrable se desdibujó en el celeste de una bóveda tan imperfecta como embaucadora.

    Sensaciones abrumadoras sobrepasaron la descoordinación. De forma intermitente, la brisa del mediodía anunció la reciente poda del césped. Bisbiseos, zumbidos y maquinarias móviles quebraron su blanca quietud con la desprolijidad de un horrísono exabrupto; la superposición violenta de una frecuencia que no condice con la mal llamada realidad. Peor aún ocurrió con su visión, cuando lo que era tan colorido y armonioso perdió toda configuración en la duración de un parpadeo.

    Un recordatorio de toda aquella pretensión: fingir que importa, que se convertirá en el aliento del mundo, que habrá siquiera un motivo por el cual todo tenga sentido.

    Su mano encierra el sol; lo devora como podredumbres errantes lo harían en su imaginario. Cierra los ojos para cerciorarse de que no ha desmenuzado su entorno, solo las texturas deben imperar en la imperfección a la que decidió aferrarse una vez más.

    Aunque hace trampa, porque se ahorra el malestar y la desprolijidad de haber convertido unos quince minutos en la totalidad de un mes.

    Tenía una vida qué retomar.
    https://www.youtube.com/watch?v=zdZtMJySQio Despertar sin necesariamente ser consciente, atrapado en la oscuridad más deslumbrante, vuelve imposible diferenciar ese estado de somnolencia intelectual de la vivacidad exclusiva de los iluminados. No hay extremidades que padezcan el entumecimiento de haber flotado a la deriva; así debería entenderse el significado del vacío, pero asumir que en la nada nada existe sería tan ingenuo como intentar divisar un horizonte. Sabe dónde se encuentra: el océano formado por el primer lamento, tan denso que niega cualquier clase de disparidad; ni siquiera los pensamientos tienen forma. No obstante, allí produjo una ínfima corriente que amenazó con perderse en la más ansiada tranquilidad. ¿Para qué huir? Fue la cuna, y desde ese momento no existió más un final; el encierro en la infinitud es la hipérbole más genuina de la libertad. Seguir pensando es limitarse; fingir es definirse, erosionar esa naturaleza empujada por el hambre y el eco de espejismos intangibles, ocurrencias de un lugar que no le es propio y al que jamás debió llegar. ¿Para qué despertar? ¿Por qué seguir durmiendo? Tantos años desperdiciados con inaudita soberbia no son sino un esfuerzo innecesario. La relevancia se vuelve lejana con la percepción; ¿y si el cierre de todo es lo ya predispuesto? Ese momento iba a llegar, más temprano que tarde, aunque el terror indique lo contrario. Es tan sencillo como decidir una vez más: vuelve a cerrar los ojos, que los párpados se fundan con el silencio. Nadie esperará tu regreso; el reencuentro ocurrirá cuando todos sean reducidos a la mínima expresión, y te ahogarás en ellos. Una tentación sin gusto sedujo sus inmensurables fauces; como nunca antes, debió cerrarlas, devorar la insulsa eternidad. Mas su cuerpo dejó de ser tan extenso como irreconocible. Sus dedos se flexionaron con pétrea rigidez. Las falanges, forjadas desde un conocimiento imaginario, y los incontables tejidos crearon vulnerabilidad. Un soplido lunar pigmentó aquella carcasa y, cuando supo del firmamento, lo que parecía impenetrable se desdibujó en el celeste de una bóveda tan imperfecta como embaucadora. Sensaciones abrumadoras sobrepasaron la descoordinación. De forma intermitente, la brisa del mediodía anunció la reciente poda del césped. Bisbiseos, zumbidos y maquinarias móviles quebraron su blanca quietud con la desprolijidad de un horrísono exabrupto; la superposición violenta de una frecuencia que no condice con la mal llamada realidad. Peor aún ocurrió con su visión, cuando lo que era tan colorido y armonioso perdió toda configuración en la duración de un parpadeo. Un recordatorio de toda aquella pretensión: fingir que importa, que se convertirá en el aliento del mundo, que habrá siquiera un motivo por el cual todo tenga sentido. Su mano encierra el sol; lo devora como podredumbres errantes lo harían en su imaginario. Cierra los ojos para cerciorarse de que no ha desmenuzado su entorno, solo las texturas deben imperar en la imperfección a la que decidió aferrarse una vez más. Aunque hace trampa, porque se ahorra el malestar y la desprolijidad de haber convertido unos quince minutos en la totalidad de un mes. Tenía una vida qué retomar.
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  • Buen día, mis adorados clientes.
    Quiero decirles que el café y las galletas ya han sido servidos. Tomen asiento en la mesa para desayunar, y sirvanse cuánto deseen

    — Sirvió varias tazas de café para los invitados, además de que compró algo de pan gourmet para que desayunaran a gusto —.
    Buen día, mis adorados clientes. Quiero decirles que el café y las galletas ya han sido servidos. Tomen asiento en la mesa para desayunar, y sirvanse cuánto deseen — Sirvió varias tazas de café para los invitados, además de que compró algo de pan gourmet para que desayunaran a gusto —.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ---

    El murmullo,
    Olas.
    Suspiros de ingratitud.
    Resquemor de mañanas recias.
    --- El murmullo, Olas. Suspiros de ingratitud. Resquemor de mañanas recias.
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  • — HeeSeung dejó un par de besos en los labios de su esposo y sonrió suavemente, acarició su rostro y murmuró.—

    Solo estaré un par de días fuera, mi amor.

    Mika Xiao Kim
    — HeeSeung dejó un par de besos en los labios de su esposo y sonrió suavemente, acarició su rostro y murmuró.— Solo estaré un par de días fuera, mi amor. [fable_silver_frog_194]
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  • Estoy durmiendo demasiado parezco un oso..
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  • El sueño llega como llegan las tragedias: sin aviso.

    Dean está caminando por un lugar que no reconoce. No es el búnker, no es una carretera, no es ninguna ciudad que haya visitado antes. Es un espacio vacío, ni hay cielo, ni suelo, solo una extensión oscura donde todo parece detenido.

    Y allí está ella.

    Hope Mikaelson está de pie, tan solo a unos pocos metros de él. No se mueve. No va hacia él a pesar de que sabe que le ha escuchado mucho antes de verlo. No sonríe. Su cuerpo parece frágil, extraño.

    El cazador siente el miedo atenazando su pecho antes de saber el porque, y sin buscar explicaciones, corre hacia ella.
    Cuando la alcanza, Hope ya se está desplomando. Él la atrapa antes de que caiga al suelo, envolviéndola con los brazos como si así pudiera protegerla de lo que fuera que le estaba pasando. Su cuerpo no responde. Está demasiado quieta. Demasiado silenciosa.

    —Hope… —susurra, pero su voz apenas si consigue salir de sus labios.

    Ella lo mira con sus enormes ojos llenos de algo que no es miedo ni dolor, sino una calma terrible, mezclada con una profunda pena, como si ya supiera lo que va a pasar.

    No hay tiempo para hablar.

    No hay tiempo para promesas.

    Dean intenta sostenerla con más fuerza, como si apretarla contra su pecho pudiera evitar que la apartaran de su lado. Pero algo en ella está cambiando. Lo siente primero en la piel: pierde temperatura, pierde color, pierde vida.

    Como si el tiempo la estuviera consumiendo desde dentro.
    Hope se estaba apagando.
    Su cuerpo comienza a volverse rígido, seco, como una estatua que envejece en segundos. La calidez que siempre la rodeaba desaparece. La magia que solía vibrar bajo su piel ya no está. Solo queda un vacío imposible.

    El Winchester la llama por su nombre una y otra vez.
    No obtiene respuesta.
    La sostiene mientras su cuerpo empieza a quebrarse, mientras pequeñas grietas comienzan a recorrer su rostro, su cuello, sus manos.

    —No… no… no… —murmura Dean, con la voz rota.

    Hope Mikaelson poco a poco se va convirtiendo en polvo, frente a él.
    No cae al suelo.
    Se eleva.

    El viento aparece de la nada, llevándose fragmentos de Hope como si nunca hubiera sido real. Dean intenta atraparla, cerrar las manos, impedir que se vaya, pero sus manos se cierran entorno a la nada. Cada segundo hay menos de ella.

    Dean cae de rodillas abrazando un cuerpo que ya no existe.
    Donde estaba Hope, solo queda espacio vacío.
    El viento se ha llevado el último rastro.
    Y el mundo queda en silencio.

    Dean no grita, no llora, no lucha.
    No puede.
    El sonido se queda atrapado en su pecho.

    Sus manos tiemblan mientras intenta comprender cómo alguien tan real puede desaparecer sin dejar ni un cuerpo que llorar. No hay despedida. Solo polvo que se pierde en el aire como si jamás hubiera importado.

    —No tuve tiempo… —susurra al vacío. De nuevo aquel miedo absoluto, no a la muerte, no a la propia al menos, si no a la ausencia.

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·  · ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·

    Despierta de golpe en el búnker, con el corazón desbocado y las manos cerradas como si aún estuviera sujetando cenizas. Las lagrimas le rompen la voz y su nombre sale de su boca sin permiso.

    —Hope…

    No está a su lado, colchón a su derecha está vacío. Se levanta, camina por los pasillos sin pensar, guiado solo por el pánico. La encuentra dormida, en su batcueva, respirando con tranquilidad, envuelta en una manta, viva.
    Dean se detiene en la puerta, no se acerca, la observa como si pudiera desvanecerse en cualquier momento, tratando de dejar atrás los últimos resquicios de una pesadilla que ojalá pudiera decir que no conocía ya.

    Una pesadilla que deja una certeza que lo persigue incluso despierto:

    Si Hope muere, no quedará nada que salvar.
    Ni siquiera un cuerpo que abrazar.

    Y ese es el tipo de pérdida al que Dean Winchester sabe que no sobrevivirá.
    El sueño llega como llegan las tragedias: sin aviso. Dean está caminando por un lugar que no reconoce. No es el búnker, no es una carretera, no es ninguna ciudad que haya visitado antes. Es un espacio vacío, ni hay cielo, ni suelo, solo una extensión oscura donde todo parece detenido. Y allí está ella. [thetribrid] está de pie, tan solo a unos pocos metros de él. No se mueve. No va hacia él a pesar de que sabe que le ha escuchado mucho antes de verlo. No sonríe. Su cuerpo parece frágil, extraño. El cazador siente el miedo atenazando su pecho antes de saber el porque, y sin buscar explicaciones, corre hacia ella. Cuando la alcanza, Hope ya se está desplomando. Él la atrapa antes de que caiga al suelo, envolviéndola con los brazos como si así pudiera protegerla de lo que fuera que le estaba pasando. Su cuerpo no responde. Está demasiado quieta. Demasiado silenciosa. —Hope… —susurra, pero su voz apenas si consigue salir de sus labios. Ella lo mira con sus enormes ojos llenos de algo que no es miedo ni dolor, sino una calma terrible, mezclada con una profunda pena, como si ya supiera lo que va a pasar. No hay tiempo para hablar. No hay tiempo para promesas. Dean intenta sostenerla con más fuerza, como si apretarla contra su pecho pudiera evitar que la apartaran de su lado. Pero algo en ella está cambiando. Lo siente primero en la piel: pierde temperatura, pierde color, pierde vida. Como si el tiempo la estuviera consumiendo desde dentro. Hope se estaba apagando. Su cuerpo comienza a volverse rígido, seco, como una estatua que envejece en segundos. La calidez que siempre la rodeaba desaparece. La magia que solía vibrar bajo su piel ya no está. Solo queda un vacío imposible. El Winchester la llama por su nombre una y otra vez. No obtiene respuesta. La sostiene mientras su cuerpo empieza a quebrarse, mientras pequeñas grietas comienzan a recorrer su rostro, su cuello, sus manos. —No… no… no… —murmura Dean, con la voz rota. Hope Mikaelson poco a poco se va convirtiendo en polvo, frente a él. No cae al suelo. Se eleva. El viento aparece de la nada, llevándose fragmentos de Hope como si nunca hubiera sido real. Dean intenta atraparla, cerrar las manos, impedir que se vaya, pero sus manos se cierran entorno a la nada. Cada segundo hay menos de ella. Dean cae de rodillas abrazando un cuerpo que ya no existe. Donde estaba Hope, solo queda espacio vacío. El viento se ha llevado el último rastro. Y el mundo queda en silencio. Dean no grita, no llora, no lucha. No puede. El sonido se queda atrapado en su pecho. Sus manos tiemblan mientras intenta comprender cómo alguien tan real puede desaparecer sin dejar ni un cuerpo que llorar. No hay despedida. Solo polvo que se pierde en el aire como si jamás hubiera importado. —No tuve tiempo… —susurra al vacío. De nuevo aquel miedo absoluto, no a la muerte, no a la propia al menos, si no a la ausencia. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·  · ·  ·  ·  ·  ·  ·  · Despierta de golpe en el búnker, con el corazón desbocado y las manos cerradas como si aún estuviera sujetando cenizas. Las lagrimas le rompen la voz y su nombre sale de su boca sin permiso. —Hope… No está a su lado, colchón a su derecha está vacío. Se levanta, camina por los pasillos sin pensar, guiado solo por el pánico. La encuentra dormida, en su batcueva, respirando con tranquilidad, envuelta en una manta, viva. Dean se detiene en la puerta, no se acerca, la observa como si pudiera desvanecerse en cualquier momento, tratando de dejar atrás los últimos resquicios de una pesadilla que ojalá pudiera decir que no conocía ya. Una pesadilla que deja una certeza que lo persigue incluso despierto: Si Hope muere, no quedará nada que salvar. Ni siquiera un cuerpo que abrazar. Y ese es el tipo de pérdida al que Dean Winchester sabe que no sobrevivirá.
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