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    ****Edad del Caos.****
    "Encuentro inesperado"

    La guerra había cambiado, eso era algo que incluso los Ogros y Kijins podían sentir. Durante semanas enteras no hubo ataques importantes,
    ni tampoco ejércitos Elunai usando a otras razas para combatir. Los templos no movilizaban inquisidores, ni siquiera monstruos alterados por los Dioses.

    Los Kijins celebraban aquello como una victoria en las fortalezas improvisadas y ciudades conquistadas corría el alcohol. Los guerreros reían, algunos incluso comenzaban a hablar de un posible final para la guerra.

    -¡Los Dioses finalmente se escondieron!
    -¡Temen al gran Ozma!
    -¡La princesa del Caos los hizo retroceder!

    Los soldados gritaban entre risas mientras golpeaban las mesas, pero Ozma no compartía aquella tranquilidad, desde lo alto del Castillo de la Ruina, observaba el horizonte en silencio, sus ojos rojos permanecían fijos en el cielo mientras pensaba y analizaba, porque algo no encajaba. Los seres alados, aquellos dos guerreros no habían vuelto a aparecer y eso era precisamente lo que le preocupaba.

    -Si poseen armas así… ¿por qué no las usan? -Murmuraba.

    Aquellas criaturas no eran simples soldados, habían logrado enfrentarlo directamente e incluso obligarlo a esforzarse. No tenía sentido que los Dioses escondieran un poder semejante.

    A menos que… Estuvieran preparando algo más. Ozma cerró lentamente los ojos, por primera vez en mucho tiempo sintió una sensación incómoda, no era miedo, era incertidumbre y eso era peor.

    Muy lejos del castillo, completamente ajenas a aquellos pensamientos, Yen y Onix aprovechaban las semanas de calma. El pequeño pueblo fronterizo estaba lleno de vida, mercaderes recorrían las calles, niños corrían entre puestos de comida, la música sonaba suavemente desde una taberna cercana.

    Yen observaba todo con cierta tranquilidad, aquellos lugares eran precisamente la razón por la que había peleado durante tantos años.

    -Es raro ver gente sonriendo- *Comentó Onix mientras mordía una fruta.*

    *Yen soltó una pequeña risa.* -Supongo que eso significa que no lo hemos hecho tan mal.

    La gente del pueblo las reconocía, algunos saludaban a Yen con respeto, otros incluso inclinaban ligeramente la cabeza.

    No la llamaban monstruo, aquí no. Aquí todavía la recordaban como una libertadora pero entonces se escucharon gritos emocionados desde la entrada principal del pueblo. Una caravana dañada acababa de llegar, los mercaderes estaban heridos, las ruedas de algunos carruajes estaban destruidas y delante de ellos caminaban dos jóvenes aventureros.

    Un chico rubio con espada y una joven de capa azul. La gente comenzó a reunirse rápidamente.

    -Son ellos!
    -¡Los héroes!
    -¡Salvaron la caravana!
    -¡Derrotaron a los monstruos del bosque!

    Los aldeanos los rodearon llenos de admiración y entonces los dos héroes vieron a Yen. El aire se congeló, sus sonrisas desaparecieron apenas un instante porque reconocieron inmediatamente a la joven de piel verde; La hija del Monstruo.

    La guerrera que había luchado junto a Ozma contra ellos. Por puro instinto, ambos estuvieron a punto de retroceder. El héroe incluso tensó ligeramente la mano cerca de su espada.

    -¿Qué hace ella aquí…? *Pensó.

    La heroína sintió sudor frío recorrerle la espalda, si los descubría todo terminaría ahí mismo, pero antes de que pudieran reaccionar, Onix caminó hacia ellos con total naturalidad.

    -¿Ustedes son los aventureros del pueblo vecino?- *Preguntó con curiosidad.

    *Los dos quedaron inmóviles, Onix inclinó un poco la cabeza.* -Escuchamos rumores sobre ustedes cuando veníamos hacia acá. Dijeron que salvaron varias caravanas.

    Los héroes intercambiaron miradas, dudaron por unos instantes, pero negar aquello ahora sería sospechoso.

    -S-Sí…- *Respondió finalmente el chico rubio.*
    -Solo hicimos lo que cualquiera haría.

    Entonces Yen se acercó y ambos sintieron una presión terrible recorrer sus cuerpos, instintivamente prepararon mana dentro de sus cuerpos, esperando ser descubiertos pero Yen simplemente sonrió levemente.

    -Escuché que ayudaron a mucha gente. Eso fue admirable.- *Comento Yen de forma casual.

    Hubo un momento de silencio, los héroes no entendían, la miraron fijamente esperando alguna reacción, alguna señal pero no había nada, ningún reconocimiento ni hostilidad, nada

    Entonces comprendieron algo aterrador, ella no podía sentirlos, la heroína abrió ligeramente los ojos. Durante la batalla, Yen había percibido inmediatamente la energía divina pero ahora no reaccionaba en absoluto. El héroe relajó lentamente los hombros.

    Mientras tanto, Yen seguía observándolos con curiosidad genuina.

    -Así que ustedes son los nuevos héroes de los que todos hablan…- *La pareja sonrió con cierta tensión y por primera vez desde que comenzó aquella misión comprendieron que podían acercarse a la hija del Monstruo sin ser descubiertos.
    ****Edad del Caos.**** "Encuentro inesperado" La guerra había cambiado, eso era algo que incluso los Ogros y Kijins podían sentir. Durante semanas enteras no hubo ataques importantes, ni tampoco ejércitos Elunai usando a otras razas para combatir. Los templos no movilizaban inquisidores, ni siquiera monstruos alterados por los Dioses. Los Kijins celebraban aquello como una victoria en las fortalezas improvisadas y ciudades conquistadas corría el alcohol. Los guerreros reían, algunos incluso comenzaban a hablar de un posible final para la guerra. -¡Los Dioses finalmente se escondieron! -¡Temen al gran Ozma! -¡La princesa del Caos los hizo retroceder! Los soldados gritaban entre risas mientras golpeaban las mesas, pero Ozma no compartía aquella tranquilidad, desde lo alto del Castillo de la Ruina, observaba el horizonte en silencio, sus ojos rojos permanecían fijos en el cielo mientras pensaba y analizaba, porque algo no encajaba. Los seres alados, aquellos dos guerreros no habían vuelto a aparecer y eso era precisamente lo que le preocupaba. -Si poseen armas así… ¿por qué no las usan? -Murmuraba. Aquellas criaturas no eran simples soldados, habían logrado enfrentarlo directamente e incluso obligarlo a esforzarse. No tenía sentido que los Dioses escondieran un poder semejante. A menos que… Estuvieran preparando algo más. Ozma cerró lentamente los ojos, por primera vez en mucho tiempo sintió una sensación incómoda, no era miedo, era incertidumbre y eso era peor. Muy lejos del castillo, completamente ajenas a aquellos pensamientos, Yen y Onix aprovechaban las semanas de calma. El pequeño pueblo fronterizo estaba lleno de vida, mercaderes recorrían las calles, niños corrían entre puestos de comida, la música sonaba suavemente desde una taberna cercana. Yen observaba todo con cierta tranquilidad, aquellos lugares eran precisamente la razón por la que había peleado durante tantos años. -Es raro ver gente sonriendo- *Comentó Onix mientras mordía una fruta.* *Yen soltó una pequeña risa.* -Supongo que eso significa que no lo hemos hecho tan mal. La gente del pueblo las reconocía, algunos saludaban a Yen con respeto, otros incluso inclinaban ligeramente la cabeza. No la llamaban monstruo, aquí no. Aquí todavía la recordaban como una libertadora pero entonces se escucharon gritos emocionados desde la entrada principal del pueblo. Una caravana dañada acababa de llegar, los mercaderes estaban heridos, las ruedas de algunos carruajes estaban destruidas y delante de ellos caminaban dos jóvenes aventureros. Un chico rubio con espada y una joven de capa azul. La gente comenzó a reunirse rápidamente. -Son ellos! -¡Los héroes! -¡Salvaron la caravana! -¡Derrotaron a los monstruos del bosque! Los aldeanos los rodearon llenos de admiración y entonces los dos héroes vieron a Yen. El aire se congeló, sus sonrisas desaparecieron apenas un instante porque reconocieron inmediatamente a la joven de piel verde; La hija del Monstruo. La guerrera que había luchado junto a Ozma contra ellos. Por puro instinto, ambos estuvieron a punto de retroceder. El héroe incluso tensó ligeramente la mano cerca de su espada. -¿Qué hace ella aquí…? *Pensó. La heroína sintió sudor frío recorrerle la espalda, si los descubría todo terminaría ahí mismo, pero antes de que pudieran reaccionar, Onix caminó hacia ellos con total naturalidad. -¿Ustedes son los aventureros del pueblo vecino?- *Preguntó con curiosidad. *Los dos quedaron inmóviles, Onix inclinó un poco la cabeza.* -Escuchamos rumores sobre ustedes cuando veníamos hacia acá. Dijeron que salvaron varias caravanas. Los héroes intercambiaron miradas, dudaron por unos instantes, pero negar aquello ahora sería sospechoso. -S-Sí…- *Respondió finalmente el chico rubio.* -Solo hicimos lo que cualquiera haría. Entonces Yen se acercó y ambos sintieron una presión terrible recorrer sus cuerpos, instintivamente prepararon mana dentro de sus cuerpos, esperando ser descubiertos pero Yen simplemente sonrió levemente. -Escuché que ayudaron a mucha gente. Eso fue admirable.- *Comento Yen de forma casual. Hubo un momento de silencio, los héroes no entendían, la miraron fijamente esperando alguna reacción, alguna señal pero no había nada, ningún reconocimiento ni hostilidad, nada Entonces comprendieron algo aterrador, ella no podía sentirlos, la heroína abrió ligeramente los ojos. Durante la batalla, Yen había percibido inmediatamente la energía divina pero ahora no reaccionaba en absoluto. El héroe relajó lentamente los hombros. Mientras tanto, Yen seguía observándolos con curiosidad genuina. -Así que ustedes son los nuevos héroes de los que todos hablan…- *La pareja sonrió con cierta tensión y por primera vez desde que comenzó aquella misión comprendieron que podían acercarse a la hija del Monstruo sin ser descubiertos.
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  • 》 Rol Priv con Lázaro

    Un juramento Irrompible. 《

    El miedo a los límites de la ciudad había quedado atrás. Las antiguas inseguridades de Lyssandre se disolvieron entre mapas polvorientos, senderos hostiles y el acero de su propia determinación.

    Ya no era solo una sanadora de interiores; los viajes la moldearon en una bruja autosuficiente. Aprendió a leer la caligrafía de la tierra, a pisar sin despertar trampas naturales y a ejecutar hechizos de defensa con la misma precisión con la que medía los gramos de un pastel de luna.

    Su motivación actual no era el oro, sino el conocimiento. Los rumores sobre las ruinas de una civilización olvidada describían un milagro botánico: una flor mística capaz de revertir maldiciones de forma paulatina. Para una bruja gastronómica, aquello era el ingrediente definitivo.

    El viaje en solitario exigió una preparación meticulosa. Su mochila de suministros no contenía raciones comunes, sino frascos de cristal con masa madre encantada, mermeladas de bayas lunares que restauraban la estamina y panes de centeno bendecidos contra el cansancio.

    A su lado, su fiel unicornio Kamerynn avanzaba con paso firme. Su presencia no solo aligeraba el camino, sino que purificaba el aire de las toxinas del bosque circundante.

    Al cabo de unos días, la vegetación dio paso a imponentes estructuras de piedra devoradas por el musgo y las enredaderas. El ambiente en las ruinas se volvió denso, cargado de una quietud sepulcral. Lyssandre descendió de su montura, ajustó las correas de su bolso médico y avanzó a pie entre los pilares derruidos. El aroma a piedra húmeda y magia antigua era casi masticable.

    Fue al cruzar el umbral del que parecía ser el templo principal cuando el viento cambió. El sutil pero inconfundible olor a hierro rompió la pureza del lugar. No era la flor mágica. Era sangre....

    Lyssandre apresuró el paso, esquivando unos bloques de granito caídos, hasta que sus ojos se abrieron con sorpresa. Tendido sobre las losas frías, inmóvil y cubierto, se encontraba el cuerpo de una persona.
    》 Rol Priv con [ELEAZ.AR] Un juramento Irrompible. 《 El miedo a los límites de la ciudad había quedado atrás. Las antiguas inseguridades de Lyssandre se disolvieron entre mapas polvorientos, senderos hostiles y el acero de su propia determinación. Ya no era solo una sanadora de interiores; los viajes la moldearon en una bruja autosuficiente. Aprendió a leer la caligrafía de la tierra, a pisar sin despertar trampas naturales y a ejecutar hechizos de defensa con la misma precisión con la que medía los gramos de un pastel de luna. Su motivación actual no era el oro, sino el conocimiento. Los rumores sobre las ruinas de una civilización olvidada describían un milagro botánico: una flor mística capaz de revertir maldiciones de forma paulatina. Para una bruja gastronómica, aquello era el ingrediente definitivo. El viaje en solitario exigió una preparación meticulosa. Su mochila de suministros no contenía raciones comunes, sino frascos de cristal con masa madre encantada, mermeladas de bayas lunares que restauraban la estamina y panes de centeno bendecidos contra el cansancio. A su lado, su fiel unicornio Kamerynn avanzaba con paso firme. Su presencia no solo aligeraba el camino, sino que purificaba el aire de las toxinas del bosque circundante. Al cabo de unos días, la vegetación dio paso a imponentes estructuras de piedra devoradas por el musgo y las enredaderas. El ambiente en las ruinas se volvió denso, cargado de una quietud sepulcral. Lyssandre descendió de su montura, ajustó las correas de su bolso médico y avanzó a pie entre los pilares derruidos. El aroma a piedra húmeda y magia antigua era casi masticable. Fue al cruzar el umbral del que parecía ser el templo principal cuando el viento cambió. El sutil pero inconfundible olor a hierro rompió la pureza del lugar. No era la flor mágica. Era sangre.... Lyssandre apresuró el paso, esquivando unos bloques de granito caídos, hasta que sus ojos se abrieron con sorpresa. Tendido sobre las losas frías, inmóvil y cubierto, se encontraba el cuerpo de una persona.
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  • ── Vaya, sí eso es lo que necesita. Vaya, no le detendré. ──

    Isaac aceptó la petición con una calma que rozaba la desidia. Ella quería una iglesia; quería rezar para remendar un espíritu que ya goteaba oscuridad.

    Pero cuando la alerta de "bestia en el templo" llegó a oídos del joven Van Helsing, no hubo sorpresa, solo una confirmación de lo inevitable.

    Al cruzar el umbral, la encontró. No había gruñidos, solo el rítmico chocar de las cuentas de un rosario entre garras. Ella oraba, sumergida en ese trance hipnótico que solo la fe o la locura pueden provocar.

    Isaac, con la paciencia de quien ha visto a dioses sangrar, se sentó a su lado. No desenfundó el acero; simplemente unió sus manos y esperó.

    Al terminar el último susurro, la verdad cayó sobre la mesa con el peso de una lápida, así que Isaac le ofreció las únicas dos salidas que su apellido permitía: la muerte a manos de él, o el milagro de recuperar su piel.

    Las horas se consumieron entre el incienso, las velas que se iban derritiendo con el paso del tiempo y el frío

    Isaac salió de la iglesia cargando el cadáver de una mujer, ocultando sus propias facciones bajo la capucha.

    No hubo pelea; resultaba extrañamente perturbador que un monstruo decidiera reclamar su propia muerte, como si supiera que su nueva apariencia jamás la iba a decir descansar, ignorante a que si había posibilidad de volver a lucir humana, pero ella no tuvo interés en ello.
    ── Vaya, sí eso es lo que necesita. Vaya, no le detendré. ── Isaac aceptó la petición con una calma que rozaba la desidia. Ella quería una iglesia; quería rezar para remendar un espíritu que ya goteaba oscuridad. Pero cuando la alerta de "bestia en el templo" llegó a oídos del joven Van Helsing, no hubo sorpresa, solo una confirmación de lo inevitable. Al cruzar el umbral, la encontró. No había gruñidos, solo el rítmico chocar de las cuentas de un rosario entre garras. Ella oraba, sumergida en ese trance hipnótico que solo la fe o la locura pueden provocar. Isaac, con la paciencia de quien ha visto a dioses sangrar, se sentó a su lado. No desenfundó el acero; simplemente unió sus manos y esperó. Al terminar el último susurro, la verdad cayó sobre la mesa con el peso de una lápida, así que Isaac le ofreció las únicas dos salidas que su apellido permitía: la muerte a manos de él, o el milagro de recuperar su piel. Las horas se consumieron entre el incienso, las velas que se iban derritiendo con el paso del tiempo y el frío Isaac salió de la iglesia cargando el cadáver de una mujer, ocultando sus propias facciones bajo la capucha. No hubo pelea; resultaba extrañamente perturbador que un monstruo decidiera reclamar su propia muerte, como si supiera que su nueva apariencia jamás la iba a decir descansar, ignorante a que si había posibilidad de volver a lucir humana, pero ella no tuvo interés en ello.
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  • Luna Roja
    Categoría Otros
    ᵉˣᶜˡᵘˢⁱᵛᵒ ᵖᵃʳᵃ Lucius Queen

    Cruzo las piernas, el susurro del roce de mis medias de seda atraviesa el silencio que me rodea.
    El bar es un mausoleo, un templo, la barra el altar y los santos botellas.
    No hay música, ni voces, ni rastro del barman.
    Solo estoy yo.

    Muevo mi vaso.
    Observo las mesas perfectamente dispuestas, esperando clientes que no llegarán.
    Me gusta así.
    La soledad es un privilegio que domino. La prefiero cuando la opción en rodearme de mediocridad.

    Mis labios besan el cristal.
    Bebo un trago.
    El alcohol entibia mi garganta mientras mis ojos recorren la entrada.
    Sé que estás ahí fuera, tras la puerta.
    Puedo sentir los latidos de tu corazón.

    ¿Qué te trajo aquí?
    ¿Qué te detiene?
    Los cerrojos no tienen llave.
    Las luces están encendidas.
    ¿Esperas una invitación?

    — Entra de una vez.
    ᵉˣᶜˡᵘˢⁱᵛᵒ ᵖᵃʳᵃ [phantasm_indigo_pigeon_207] Cruzo las piernas, el susurro del roce de mis medias de seda atraviesa el silencio que me rodea. El bar es un mausoleo, un templo, la barra el altar y los santos botellas. No hay música, ni voces, ni rastro del barman. Solo estoy yo. Muevo mi vaso. Observo las mesas perfectamente dispuestas, esperando clientes que no llegarán. Me gusta así. La soledad es un privilegio que domino. La prefiero cuando la opción en rodearme de mediocridad. Mis labios besan el cristal. Bebo un trago. El alcohol entibia mi garganta mientras mis ojos recorren la entrada. Sé que estás ahí fuera, tras la puerta. Puedo sentir los latidos de tu corazón. ¿Qué te trajo aquí? ¿Qué te detiene? Los cerrojos no tienen llave. Las luces están encendidas. ¿Esperas una invitación? — Entra de una vez.
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  • 𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎".

    La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos.

    El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba.

    Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo.
    Miré hacia las ventanas altas, y vi.

    No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia.

    Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías.

    Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste.

    Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
    𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎". La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos. El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba. Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo. Miré hacia las ventanas altas, y vi. No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia. Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías. Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste. Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
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  • La Inquisidora vengativa
    Fandom Star Wars Jedi Survival
    Categoría Acción
    No nací inquisidora.

    Yo era una padawan.

    Recuerdo el Templo… la calma, las voces de los maestros, la ilusión de que todo tenía sentido. Pero incluso entonces había algo en mí que no encajaba. Miedo. No el miedo a fallar… sino a perder. A quedarme sola.

    Mi maestro lo notaba.

    —“El miedo es el camino al lado oscuro” —me decía.

    Yo asentía. Pero nunca lo solté.

    Cuando llegó la Orden 66… todo se rompió.

    No fue una batalla. Fue una masacre.

    Sentí cada muerte como si la Fuerza gritara dentro de mi cabeza. Corrí. No para luchar… para sobrevivir. Eso fue lo primero que me convirtió en lo que soy.

    Sobreviví.

    Me escondí entre ruinas, respirando polvo y culpa… hasta que lo sentí.

    Una presencia distinta.

    Oscura. Precisa. Fría.

    El Gran Inquisidor me encontró.

    No levantó su sable. Ni siquiera parecía apurado.

    —“Tenés miedo” —me dijo—. “Y eso te hace útil.”

    Quise atacarlo… pero mi cuerpo no respondió. Porque en el fondo… sabía que tenía razón.

    Estaba sola.

    La Orden había caído.

    Y yo… no quería morir.

    Así que acepté.

    Mi entrenamiento no fue como el de los Jedi.

    No hubo paciencia. No hubo equilibrio.

    Solo dolor.

    El Gran Inquisidor me rompió… una y otra vez. Me obligó a revivir la muerte de mi maestro hasta que dejé de llorar… y empecé a odiar.

    —“Eso es. Aferrate a eso” —decía.

    Aprendí a usar el sable giratorio, a moverme sin dudar, a cazar en lugar de proteger.

    Y cuando terminó… ya no era una padawan.

    Me dieron un nombre nuevo.

    Sexta Hermana.

    Pero hay algo que nunca le dije a nadie.

    No estoy completamente sola.

    En una misión encontré un droide destrozado. Un pequeño dron de reconocimiento. Podría haberlo dejado… pero no lo hice.

    Lo reparé.

    Ahora vive acoplado a mi espalda. Se despliega en combate, escanea, ataca si se lo ordeno.

    Lo llamo VY-6.

    No es solo una herramienta.

    Es… compañía.

    A veces le hablo.

    —“Vos no me vas a traicionar… ¿no?”

    Siempre responde igual. Un pitido suave.

    Simple. Honesto.

    Mi última misión fue en un planeta cubierto de arena y ruinas.

    Un Jedi sobreviviente.

    Lo sentí antes de verlo. Ese eco en la Fuerza… débil, pero persistente.

    VY-6 se desplegó desde mi espalda, flotando a mi lado.

    —“Lo encontramos” —susurré.

    El Jedi salió de las sombras. Viejo. Cansado.

    —“Todavía podés volver” —me dijo.

    No entendía.

    Nadie vuelve.

    Activé mi sable. El sonido giratorio llenó el aire. Ataqué sin dudar.

    No luché como una Jedi.

    Luché como algo más.

    VY-6 disparó una descarga que lo distrajo un segundo.

    Eso fue suficiente.

    Un solo corte.

    Silencio.

    Cuando cayó… esperé sentir algo.

    Satisfacción. Poder.

    Pero no.

    Solo… vacío.

    Miré mis manos. El sable. La arena.

    —“¿Esto es todo…?” murmuré.

    VY-6 flotó a mi lado, emitiendo ese sonido que siempre hace.

    Por un instante… recordé quién era.

    Sutury.

    Pero ese nombre… ya no me pertenece.

    Activé el comunicador.

    —“Objetivo eliminado.”

    Mi voz no tembló.

    Nunca tiembla.

    Volví a colocarme la máscara… y dejé que la Sexta Hermana tomara el control otra vez.
    No nací inquisidora. Yo era una padawan. Recuerdo el Templo… la calma, las voces de los maestros, la ilusión de que todo tenía sentido. Pero incluso entonces había algo en mí que no encajaba. Miedo. No el miedo a fallar… sino a perder. A quedarme sola. Mi maestro lo notaba. —“El miedo es el camino al lado oscuro” —me decía. Yo asentía. Pero nunca lo solté. Cuando llegó la Orden 66… todo se rompió. No fue una batalla. Fue una masacre. Sentí cada muerte como si la Fuerza gritara dentro de mi cabeza. Corrí. No para luchar… para sobrevivir. Eso fue lo primero que me convirtió en lo que soy. Sobreviví. Me escondí entre ruinas, respirando polvo y culpa… hasta que lo sentí. Una presencia distinta. Oscura. Precisa. Fría. El Gran Inquisidor me encontró. No levantó su sable. Ni siquiera parecía apurado. —“Tenés miedo” —me dijo—. “Y eso te hace útil.” Quise atacarlo… pero mi cuerpo no respondió. Porque en el fondo… sabía que tenía razón. Estaba sola. La Orden había caído. Y yo… no quería morir. Así que acepté. Mi entrenamiento no fue como el de los Jedi. No hubo paciencia. No hubo equilibrio. Solo dolor. El Gran Inquisidor me rompió… una y otra vez. Me obligó a revivir la muerte de mi maestro hasta que dejé de llorar… y empecé a odiar. —“Eso es. Aferrate a eso” —decía. Aprendí a usar el sable giratorio, a moverme sin dudar, a cazar en lugar de proteger. Y cuando terminó… ya no era una padawan. Me dieron un nombre nuevo. Sexta Hermana. Pero hay algo que nunca le dije a nadie. No estoy completamente sola. En una misión encontré un droide destrozado. Un pequeño dron de reconocimiento. Podría haberlo dejado… pero no lo hice. Lo reparé. Ahora vive acoplado a mi espalda. Se despliega en combate, escanea, ataca si se lo ordeno. Lo llamo VY-6. No es solo una herramienta. Es… compañía. A veces le hablo. —“Vos no me vas a traicionar… ¿no?” Siempre responde igual. Un pitido suave. Simple. Honesto. Mi última misión fue en un planeta cubierto de arena y ruinas. Un Jedi sobreviviente. Lo sentí antes de verlo. Ese eco en la Fuerza… débil, pero persistente. VY-6 se desplegó desde mi espalda, flotando a mi lado. —“Lo encontramos” —susurré. El Jedi salió de las sombras. Viejo. Cansado. —“Todavía podés volver” —me dijo. No entendía. Nadie vuelve. Activé mi sable. El sonido giratorio llenó el aire. Ataqué sin dudar. No luché como una Jedi. Luché como algo más. VY-6 disparó una descarga que lo distrajo un segundo. Eso fue suficiente. Un solo corte. Silencio. Cuando cayó… esperé sentir algo. Satisfacción. Poder. Pero no. Solo… vacío. Miré mis manos. El sable. La arena. —“¿Esto es todo…?” murmuré. VY-6 flotó a mi lado, emitiendo ese sonido que siempre hace. Por un instante… recordé quién era. Sutury. Pero ese nombre… ya no me pertenece. Activé el comunicador. —“Objetivo eliminado.” Mi voz no tembló. Nunca tiembla. Volví a colocarme la máscara… y dejé que la Sexta Hermana tomara el control otra vez.
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  • ---

    Perdura en mi la caída de los árboles sin hojas;
    son lágrimas que se extraviaron en el espectro de tus tardes;
    más carentes, más corruptas.
    Oh, en esta búsqueda en la que pierdo la noción de ser,
    Esas hojas caen por mi causa:
    y me someto al delirio de tus níveos espejismos.
    Y callo la manera de como soñarte;
    y buscarlas y soñarlas entre las sienes de mis ojos.

    Los dioses han sangrado desde que conocen el calor de un corazón;
    Y yo colmo el mío con el peso de tu voz;
    sobre mis principios y mis fines.
    Por favor, calma las fronteras en las que el tiempo se inclina ante mí;
    y me demuestra el límite del cielo,
    en las trincheras del perdón,
    de un amor inevitable.

    Oh, calla, muerte ingrata,
    rehúsate a perseguir a los testigos del silencio;
    que oculta la soledad de un Sol de medianoche.
    Viviré la noche entre espantos de codicia y resurrección.
    Haré el amor con mis mañanas y principios.
    Y entonces ella serán mis musas más sagradas.
    En este tiempo de arquetipos y leyes en las que no se miden las costuras.

    Oh, primitivos son los designios de un amor al que no puedo tocar;
    temo mancharlo con esta suciedad que se atisba con el ojo de una tormenta;
    depuesta en mis propiedades asociativas y conmutativas;
    en donde los dueños del Sol, la medianoche y el alba;
    te retienen entre las cadenas del clamor de un tiempo que no tiene nombre.
    Más que el tuyo, al que desconozco.

    Oh, claro amargo, ampárame en tus anhelos;
    ¿puedes escucharme sangre entre olvidos y diretes?
    Tejo un vestir nupcial de allende concisa.
    Y los continentes de tu geografía danzan tan sólo para atormentar a mis luceros.
    Mis ojos malnacidos.
    Este suspenso es demasiado grande.
    ¿Quién me seguirá cuando haya desaparecido en la gloria del amor?
    ¿Quién cuidará mis pasos?
    ¿Qué será de mí, Señor?
    Por favor, auxíliame.

    Desconozco lo que has preparado tan sólo para mí,
    En este sentir de ánimos discretos,
    me tiendes en tu lecho y me preguntas;
    si soy ciego y no lo veo.
    ¿Qué debo vislumbrar más allá de unos ojos que libran la batalla más amada?
    ¿Quién se atreve a modular el templo de mis pisares en la niebla del sentir?

    No lo comprendo.
    He perdido la noción; y la esperanza de hallarla cerca;
    ella que me sonríe de lejos.
    En este imperio de sidéreo amar, que no concibo:
    De atenta liana,
    en la que sí sé que, si admiro la Luna, la podré ver a ella;
    reflejada en mi corazón.

    Aunque anhelo en mi ajado corazón,
    Este el corazón del fantasma de todas las historias,
    tan siquiera conocer el modular de su nombre.
    Como anhelo conocer el de ella.
    --- Perdura en mi la caída de los árboles sin hojas; son lágrimas que se extraviaron en el espectro de tus tardes; más carentes, más corruptas. Oh, en esta búsqueda en la que pierdo la noción de ser, Esas hojas caen por mi causa: y me someto al delirio de tus níveos espejismos. Y callo la manera de como soñarte; y buscarlas y soñarlas entre las sienes de mis ojos. Los dioses han sangrado desde que conocen el calor de un corazón; Y yo colmo el mío con el peso de tu voz; sobre mis principios y mis fines. Por favor, calma las fronteras en las que el tiempo se inclina ante mí; y me demuestra el límite del cielo, en las trincheras del perdón, de un amor inevitable. Oh, calla, muerte ingrata, rehúsate a perseguir a los testigos del silencio; que oculta la soledad de un Sol de medianoche. Viviré la noche entre espantos de codicia y resurrección. Haré el amor con mis mañanas y principios. Y entonces ella serán mis musas más sagradas. En este tiempo de arquetipos y leyes en las que no se miden las costuras. Oh, primitivos son los designios de un amor al que no puedo tocar; temo mancharlo con esta suciedad que se atisba con el ojo de una tormenta; depuesta en mis propiedades asociativas y conmutativas; en donde los dueños del Sol, la medianoche y el alba; te retienen entre las cadenas del clamor de un tiempo que no tiene nombre. Más que el tuyo, al que desconozco. Oh, claro amargo, ampárame en tus anhelos; ¿puedes escucharme sangre entre olvidos y diretes? Tejo un vestir nupcial de allende concisa. Y los continentes de tu geografía danzan tan sólo para atormentar a mis luceros. Mis ojos malnacidos. Este suspenso es demasiado grande. ¿Quién me seguirá cuando haya desaparecido en la gloria del amor? ¿Quién cuidará mis pasos? ¿Qué será de mí, Señor? Por favor, auxíliame. Desconozco lo que has preparado tan sólo para mí, En este sentir de ánimos discretos, me tiendes en tu lecho y me preguntas; si soy ciego y no lo veo. ¿Qué debo vislumbrar más allá de unos ojos que libran la batalla más amada? ¿Quién se atreve a modular el templo de mis pisares en la niebla del sentir? No lo comprendo. He perdido la noción; y la esperanza de hallarla cerca; ella que me sonríe de lejos. En este imperio de sidéreo amar, que no concibo: De atenta liana, en la que sí sé que, si admiro la Luna, la podré ver a ella; reflejada en mi corazón. Aunque anhelo en mi ajado corazón, Este el corazón del fantasma de todas las historias, tan siquiera conocer el modular de su nombre. Como anhelo conocer el de ella.
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  • [Elipsis. Luego de volver desde el plano feérico tras haber sufrido una abismal derrota y la pérdida de Drizz. Bianca vuelve a su departamento]

    Les he fallado a todos. Supuestamente eres inteligente. *digo con un tono autodespectivo* Supuestamente eres una buena estratega. Supuestamente te crees la lider. ENTONCES PORQUE... ¿Porqué fallaste?. No fui capaz de hacer nada. Sólo gritar mientras mi brazo se rompía... Alhoon. Esa cosa aún esta allá afuera. Eres una incompetente Bianca. *contemplo el horizonte de la ciudad en este día nublado. Mientras mi propia mente me carcome con el amargo sabor de la derrota y el dolor del duelo*
    [Elipsis. Luego de volver desde el plano feérico tras haber sufrido una abismal derrota y la pérdida de Drizz. Bianca vuelve a su departamento] Les he fallado a todos. Supuestamente eres inteligente. *digo con un tono autodespectivo* Supuestamente eres una buena estratega. Supuestamente te crees la lider. ENTONCES PORQUE... ¿Porqué fallaste?. No fui capaz de hacer nada. Sólo gritar mientras mi brazo se rompía... Alhoon. Esa cosa aún esta allá afuera. Eres una incompetente Bianca. *contemplo el horizonte de la ciudad en este día nublado. Mientras mi propia mente me carcome con el amargo sabor de la derrota y el dolor del duelo*
    Me entristece
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  • ---

    En este espacio en el que la tumba del frío;
    Hurta transida mi orgullo, te encontré, mi destello de la mañana.
    Agua clara, agua de cascada plena,
    vivo en el relicario de la tarde.
    y ya no existe ni mañanas, ni noches para mí.
    Porque mi Sol de media tarde, en el invierno de mi vida;
    perdura como una llama, tan de lejana mortandad.

    En el claroscuro de mi frente.

    Oh, si pudiera conmover al relicario de tus irises,
    Oh, si este sueño, consume, mi existencia sentida,
    ya no tendría.
    Un sutil esgrimido, de ser antecesor de fantasmas de ayeres;
    Más poderosa que el mismo Amor;
    En el que eres, vendaval,
    Y me retienes en los ojos de tus huracanes,
    como un engendro de ese sentimiento,
    que no hace caer más que a los ángeles en el pecado.

    La gratitud de un ser que no vislumbra, si propio atardecer;
    en un atardecer que sangra entre cartas que se callaron,
    y que fueron fumarolas de olvido.
    Y si acaso el olvido es ese un espacio, de sesgos de tardes, noches y mañanas,
    No podría si no darte, reina de las nieves,
    los suspiros que manan de mi más mortal sonrisa.

    ¿Soy un ángel que ha sido expulsado del cielo gracias a tu amor?

    Esta eres, mi canción virtuosa.
    En la que tenso las cuerdas de los violines, y creo con las trenzas,
    solo, y tan sólo para acreditarme como tuyo.

    Enterré, en los elíseos de la Luna, mi propio corazón;
    Pero, Tú, mi esperanza de valioso esgrimido.
    Construiste un exorcismo en la Soledad;
    como quién batalla con la muerte misma,
    que me ha tocado con labios de afluentes amores,
    mucho antes de existir en este plano de ardiente vida.

    Y entonces me vi contar mis rosas,
    Y me tendí en la concentración de un espacio, en el que medito,
    Reemplacé las lámparas del cielo,
    Y mi negro corazón se corrompió por el color, de tus propios labios,
    que, al arribar la claridad de una mañana fría, se torna más pérfida.

    Y me te vi danzar entre los árboles.
    Te sentí robar entre mis templos lo más preciado,
    Y en cada Aurora, con la que cada rubor de una nube sagrada,
    me escudé con un temple de acero.

    Oh, pero en este, el alba, cada vez que te hallaba;
    Mi corazón, conmovido por la alegría, se encontraba en su ser,
    lo callado del violín,
    de esa astuta Luna,
    tan celosa de haberte conocido.

    [tidal_green_hippo_246]
    --- En este espacio en el que la tumba del frío; Hurta transida mi orgullo, te encontré, mi destello de la mañana. Agua clara, agua de cascada plena, vivo en el relicario de la tarde. y ya no existe ni mañanas, ni noches para mí. Porque mi Sol de media tarde, en el invierno de mi vida; perdura como una llama, tan de lejana mortandad. En el claroscuro de mi frente. Oh, si pudiera conmover al relicario de tus irises, Oh, si este sueño, consume, mi existencia sentida, ya no tendría. Un sutil esgrimido, de ser antecesor de fantasmas de ayeres; Más poderosa que el mismo Amor; En el que eres, vendaval, Y me retienes en los ojos de tus huracanes, como un engendro de ese sentimiento, que no hace caer más que a los ángeles en el pecado. La gratitud de un ser que no vislumbra, si propio atardecer; en un atardecer que sangra entre cartas que se callaron, y que fueron fumarolas de olvido. Y si acaso el olvido es ese un espacio, de sesgos de tardes, noches y mañanas, No podría si no darte, reina de las nieves, los suspiros que manan de mi más mortal sonrisa. ¿Soy un ángel que ha sido expulsado del cielo gracias a tu amor? Esta eres, mi canción virtuosa. En la que tenso las cuerdas de los violines, y creo con las trenzas, solo, y tan sólo para acreditarme como tuyo. Enterré, en los elíseos de la Luna, mi propio corazón; Pero, Tú, mi esperanza de valioso esgrimido. Construiste un exorcismo en la Soledad; como quién batalla con la muerte misma, que me ha tocado con labios de afluentes amores, mucho antes de existir en este plano de ardiente vida. Y entonces me vi contar mis rosas, Y me tendí en la concentración de un espacio, en el que medito, Reemplacé las lámparas del cielo, Y mi negro corazón se corrompió por el color, de tus propios labios, que, al arribar la claridad de una mañana fría, se torna más pérfida. Y me te vi danzar entre los árboles. Te sentí robar entre mis templos lo más preciado, Y en cada Aurora, con la que cada rubor de una nube sagrada, me escudé con un temple de acero. Oh, pero en este, el alba, cada vez que te hallaba; Mi corazón, conmovido por la alegría, se encontraba en su ser, lo callado del violín, de esa astuta Luna, tan celosa de haberte conocido. [tidal_green_hippo_246]
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  • Jero Rael 💀Drogo Hitosaki 𝗚𝗘𝗡𝗘𝗥𝗔𝗟 𝗥𝗔𝗗𝗔𝗛𝗡 ˢᵗᵃʳˢᶜᵒᵘʳᵍᵉDrizz Whirlpool*contemplo a la distancia las cenizas de los castillos Brujaluz echos completamente añicos ante el desesperado sacrifico de Drizz. Sujeto mi brazo roto* Idiota... Prometiste que volveríamos todos vivos... Mentiroso... *digo mientras una lágrima rueda por mis mejillas*
    [Jeroaberration0][fable_ivory_hippo_129] [Starscourge09][specter_gold_magician_349]*contemplo a la distancia las cenizas de los castillos Brujaluz echos completamente añicos ante el desesperado sacrifico de Drizz. Sujeto mi brazo roto* Idiota... Prometiste que volveríamos todos vivos... Mentiroso... *digo mientras una lágrima rueda por mis mejillas*
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