• -Después de todo lo ocurrido en el resort, resultaba obvio que Kazuha tendría tantas preguntas que empezaban a marearla no solo a ella sino a todos, muchas preguntas que le costó un poco de trabajo comenzar a responder, porque, se sentía a algo tan fundamental que nunca pensó que era algo que tuviera que explicarle a alguien alguna vez

    En el ambiente natural al que ella los había llevado a ambos, que por suerte resultaba necesariamente pacífico para un momento así, empezó a explicar-

    Cuando digo depender de él, me refiero a mi padre... escapé de mi casa con ayuda de Nana porque estaba harta de vivir encerrada. Mi familia es... podemos decir que es importante y que mi apellido me da responsabilidades y expectativas que yo nunca pedí, me sentía asfixiada así que huí de casa al mundo humano, donde estabas tú, y después conocí a Kieran ahí.

    -Comenzó por lo más fácil, antes de seguir hablando, Nana apareció con un par de camisas holgadas y pants suaves y cómodos para ambas, con una cara de pocos amigos que expresaba un "vístanse por el amor de Dios"- (?)

    Somos Aelorianos, pertenecemos a Nwitta, que es donde estamos ahora, este mundo que existe en paralelo con el plano que habitan los seres humanos... lo que viste, los portales, la gente desapareciendo, lo que Kieran hizo... e incluso antes de eso, lo que sucedió en el subterráneo, todo eso es debido a la magia que poseemos.

    -Asintió ya vestida como niña decente (??)-

    Así que sí, tú también puedes hacerlo... y como ya intuiste tu pérdida de memoria tiene que ver con esto...

    -Observó a Kieran antes de decir más, sabia que darle tanta información de golpe, además aprovechó para acercarse a él y pasar la compresa húmeda por su rostro, como si relevara a Nana, dando un suspiro-
    -Después de todo lo ocurrido en el resort, resultaba obvio que [K4zuha] tendría tantas preguntas que empezaban a marearla no solo a ella sino a todos, muchas preguntas que le costó un poco de trabajo comenzar a responder, porque, se sentía a algo tan fundamental que nunca pensó que era algo que tuviera que explicarle a alguien alguna vez En el ambiente natural al que ella los había llevado a ambos, que por suerte resultaba necesariamente pacífico para un momento así, empezó a explicar- Cuando digo depender de él, me refiero a mi padre... escapé de mi casa con ayuda de Nana porque estaba harta de vivir encerrada. Mi familia es... podemos decir que es importante y que mi apellido me da responsabilidades y expectativas que yo nunca pedí, me sentía asfixiada así que huí de casa al mundo humano, donde estabas tú, y después conocí a [forever.tainted] ahí. -Comenzó por lo más fácil, antes de seguir hablando, Nana apareció con un par de camisas holgadas y pants suaves y cómodos para ambas, con una cara de pocos amigos que expresaba un "vístanse por el amor de Dios"- (?) Somos Aelorianos, pertenecemos a Nwitta, que es donde estamos ahora, este mundo que existe en paralelo con el plano que habitan los seres humanos... lo que viste, los portales, la gente desapareciendo, lo que Kieran hizo... e incluso antes de eso, lo que sucedió en el subterráneo, todo eso es debido a la magia que poseemos. -Asintió ya vestida como niña decente (??)- Así que sí, tú también puedes hacerlo... y como ya intuiste tu pérdida de memoria tiene que ver con esto... -Observó a Kieran antes de decir más, sabia que darle tanta información de golpe, además aprovechó para acercarse a él y pasar la compresa húmeda por su rostro, como si relevara a Nana, dando un suspiro-
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  • -El estruendo de pasos hizo temblar toda la fortaleza subterranea, los Orcos rebeldes dejaron de hablar apenas escucharon aquello acercandose por los enormes tuneles de piedra. Algunos tomaron sus armas de inmediato. Otros comenzaron a gritar ordenes mientras el fuego de las antorchas iluminaba los rostros tensos de los guerreros. El aire dentro del enorme salon olia a humo, alcohol y hierro caliente... y entonces lo vieron, el ogro aparecio caminando lentamente entre las llamas, totalmente Solo. Su gigantesca figura azul casi rozaba el techo de piedra mientras avanzaba hacia el centro del salon, el fuego iluminaba las cicatrices que cubrian todo su cuerpo, sus enormes colmillos los cuernos negros curvados que salian de su cabeza. Su cabello largo y salvaje caia sobre sus hombros como una sombra oscura. No llevaba armadura, no llevaba armas, solo sus manos desnudas-

    -Y aun asi, nadie se movio, porque todos entendieron porque estaba alli, los habia encontrado , los desertores, los traidores, 700 orcos que abandonaron su ejercito creyendo que podrian esconderse en las montañas y formar su propia tribu lejos de el. Habian robado provisiones, armas y territorio. ALgunos incluso se habian atrevido a burlarse de su nombre despues de huir, y el Ogro habia venido personalmente a responderles, uno de los Lideres rebeldes dio un paso al frente levantando un enorme martillo de guerra, mientras rugia ordenes al resto-

    Lider Orco: "PREPARENSE CANALLAS! HOY ASESINAREMOS A LA BESTIA AZUL Y NOS CORONAREMOS COMO LOS REYES DE ESTAS TIERRAS! GLORIA A LA HORDA!"

    -Entonces comenzo, las primeras flechas impactaron directamente en el pecho del Ogro, otras atravezaron sus brazos y cuello, el no mostro dolor o miedo, solo continuo su caminar, las lanzas llegaron despues, clavandose en sus hombros y costados con violencia suficiente para atravesar armaduras normales. Varias espadas golpearon su cuerpo apenas alcanzo las primeras filas enemigas, pero el Monstruo Azul nunca se detuvo, ni siquiera intento cubrirse o esquivar esos ataques, sus ojos brillaban entre las sombras mientras avanzaba directamente hacia ellos, recibiendo todos los ataques de frente, como si el dolor simplemente no existiera para algo como el, y cuando finalmente llego hasta los primeros orcos.. la carniceria comenzo.-

    -Su mano atrapo la cabeza de uno de ellos y la aplasto como si fuese una fruta madura. Sangre y huesos explotaron sobre los guerreros cercanos antes de que el Ogro arrancara el brazo de otro rebelde de un tiron brutal. Los gritos llenaron el salon de inmediato, el monstruo reia a carcajadas, estaba disfrutando de ese banquete-

    "HAHAHAHAHAHAHA ES HORA DE APLASTAR ESCORIAS! HAHAHAHAHAHAHAHAHA!"

    -Una risa grave, salvaje y monstruosa que retumbaba por toda la fortaleza, una habilidad que anulaba los pensamientos de temor en sus enemigos y los obligaba a atacarlo, una habilidad de "Tanque" "Un Aggro", mientras destruia cuerpos a golpes, Orcos enormes eran levantados del suelo y partidos contra pilares de piedra. Algunos morian aplastados bajo sus propias tropas cuando el Ogro arrojaba cadaveres contra ellos. Otros intentaban escapar y terminaban atrapados entre sus manos gigantescas antes de ser despedazados vivos, hachas se hundian en su espalda, espadas atravezaban sus musculos, flechas cubrian su pecho, pero el seguia avanzando entre la multitud como una bestia imposible de detener. Cada vez que un arma se clavaba en su cuerpo, el ogro sonreia aun mas, porque para el.. aquello no era una batalla, era pura diversion-

    "HAHAHAHAHAHAHA! COMBATAN ESCORIAS! NO ALCANZARAN EL NIRVANA SI HUYEN DE MI! HAHAHAHAHA!"

    -Los Rebeldes dejaron de pelear organizadamente despues de los primeros minutos. El enorme salon se convirtio en un caos absoluto de sangre, fuego y cuerpos despedazados. Algunos orcos comenzaron a arrastrarse intentando a huir hacia los tuneles mientras otros gritaban aterrados viendo como el monstruos atravesaba filas enteras usando unicamente las manos desnudas, como tomaba del pecho a varios orcos y los estrellaba contra el techo, como los hundia contra la tierra, como los partia al medio, golpes poderosos, precisos repletos de daño explosivo de sus puñetazos, cabezas volando, brazos, piernas..sangre y caos, una autentica matanza, el ogro los persiguio igual, no dejo escapar a ninguno-

    "HAHAHAHAHAHAHAHAHA!"

    -Cuando todo termino, el silencio regreso lentamente al salon, el fuego seguia ardiendo alrededor de los cadaveres amontonados. Sangre negra descendia por las escaleras de piedra formando pequeños rios entre cuerpos mutilados. Craneos rotos cubrian el suelo junto a dientes, armas quebradas y restos irreconocibles de los guerreros rebeldes, y en medio de toda aquella masacre, el Ogro Seguia de pie, su cuerpo parecia un campo de batalla por si solo, espadas atravesaban sus hombros y espaldas. varias lanzas seguian incrustadas entre sus costillas. Flechas sobresalian de sus brazos, cuello y abdomen. Una enorme hacha permanecia enterrada profundamente cerca de su pecho mientras la sangre descendia lentamente por su piel azul, pero el respiraba tranquilo, sonriente-

    "Escoria apestosa.. ni una herida para recordar, sucias ratas desertoras."

    -Sus ojos observaban los cuerpos esparcidos alrededor suyo, mientras el fuego iluminaba las paredes cubiertas de cuerpos incrustados por lanzas, hundidos en impactos en las rocas, en el techo, en el suelo. Lentamente, el monstruo llevo una mano hacia una espada clavada en su costado y la arranco de un tiron rapido, la observo unos segundos y luego la lanzo hacia detras de el, clavandola directamente en la garganta del ultimo Orco vivo, el cual caeria de frente contra el trono destrozado de roca, este sonrio y volteo su cuerpo, dirigiendose hacia la salida del salon, perdiendose en la oscuridad del campo de batalla-
    -El estruendo de pasos hizo temblar toda la fortaleza subterranea, los Orcos rebeldes dejaron de hablar apenas escucharon aquello acercandose por los enormes tuneles de piedra. Algunos tomaron sus armas de inmediato. Otros comenzaron a gritar ordenes mientras el fuego de las antorchas iluminaba los rostros tensos de los guerreros. El aire dentro del enorme salon olia a humo, alcohol y hierro caliente... y entonces lo vieron, el ogro aparecio caminando lentamente entre las llamas, totalmente Solo. Su gigantesca figura azul casi rozaba el techo de piedra mientras avanzaba hacia el centro del salon, el fuego iluminaba las cicatrices que cubrian todo su cuerpo, sus enormes colmillos los cuernos negros curvados que salian de su cabeza. Su cabello largo y salvaje caia sobre sus hombros como una sombra oscura. No llevaba armadura, no llevaba armas, solo sus manos desnudas- -Y aun asi, nadie se movio, porque todos entendieron porque estaba alli, los habia encontrado , los desertores, los traidores, 700 orcos que abandonaron su ejercito creyendo que podrian esconderse en las montañas y formar su propia tribu lejos de el. Habian robado provisiones, armas y territorio. ALgunos incluso se habian atrevido a burlarse de su nombre despues de huir, y el Ogro habia venido personalmente a responderles, uno de los Lideres rebeldes dio un paso al frente levantando un enorme martillo de guerra, mientras rugia ordenes al resto- Lider Orco: "PREPARENSE CANALLAS! HOY ASESINAREMOS A LA BESTIA AZUL Y NOS CORONAREMOS COMO LOS REYES DE ESTAS TIERRAS! GLORIA A LA HORDA!" -Entonces comenzo, las primeras flechas impactaron directamente en el pecho del Ogro, otras atravezaron sus brazos y cuello, el no mostro dolor o miedo, solo continuo su caminar, las lanzas llegaron despues, clavandose en sus hombros y costados con violencia suficiente para atravesar armaduras normales. Varias espadas golpearon su cuerpo apenas alcanzo las primeras filas enemigas, pero el Monstruo Azul nunca se detuvo, ni siquiera intento cubrirse o esquivar esos ataques, sus ojos brillaban entre las sombras mientras avanzaba directamente hacia ellos, recibiendo todos los ataques de frente, como si el dolor simplemente no existiera para algo como el, y cuando finalmente llego hasta los primeros orcos.. la carniceria comenzo.- -Su mano atrapo la cabeza de uno de ellos y la aplasto como si fuese una fruta madura. Sangre y huesos explotaron sobre los guerreros cercanos antes de que el Ogro arrancara el brazo de otro rebelde de un tiron brutal. Los gritos llenaron el salon de inmediato, el monstruo reia a carcajadas, estaba disfrutando de ese banquete- "HAHAHAHAHAHAHA ES HORA DE APLASTAR ESCORIAS! HAHAHAHAHAHAHAHAHA!" -Una risa grave, salvaje y monstruosa que retumbaba por toda la fortaleza, una habilidad que anulaba los pensamientos de temor en sus enemigos y los obligaba a atacarlo, una habilidad de "Tanque" "Un Aggro", mientras destruia cuerpos a golpes, Orcos enormes eran levantados del suelo y partidos contra pilares de piedra. Algunos morian aplastados bajo sus propias tropas cuando el Ogro arrojaba cadaveres contra ellos. Otros intentaban escapar y terminaban atrapados entre sus manos gigantescas antes de ser despedazados vivos, hachas se hundian en su espalda, espadas atravezaban sus musculos, flechas cubrian su pecho, pero el seguia avanzando entre la multitud como una bestia imposible de detener. Cada vez que un arma se clavaba en su cuerpo, el ogro sonreia aun mas, porque para el.. aquello no era una batalla, era pura diversion- "HAHAHAHAHAHAHA! COMBATAN ESCORIAS! NO ALCANZARAN EL NIRVANA SI HUYEN DE MI! HAHAHAHAHA!" -Los Rebeldes dejaron de pelear organizadamente despues de los primeros minutos. El enorme salon se convirtio en un caos absoluto de sangre, fuego y cuerpos despedazados. Algunos orcos comenzaron a arrastrarse intentando a huir hacia los tuneles mientras otros gritaban aterrados viendo como el monstruos atravesaba filas enteras usando unicamente las manos desnudas, como tomaba del pecho a varios orcos y los estrellaba contra el techo, como los hundia contra la tierra, como los partia al medio, golpes poderosos, precisos repletos de daño explosivo de sus puñetazos, cabezas volando, brazos, piernas..sangre y caos, una autentica matanza, el ogro los persiguio igual, no dejo escapar a ninguno- "HAHAHAHAHAHAHAHAHA!" -Cuando todo termino, el silencio regreso lentamente al salon, el fuego seguia ardiendo alrededor de los cadaveres amontonados. Sangre negra descendia por las escaleras de piedra formando pequeños rios entre cuerpos mutilados. Craneos rotos cubrian el suelo junto a dientes, armas quebradas y restos irreconocibles de los guerreros rebeldes, y en medio de toda aquella masacre, el Ogro Seguia de pie, su cuerpo parecia un campo de batalla por si solo, espadas atravesaban sus hombros y espaldas. varias lanzas seguian incrustadas entre sus costillas. Flechas sobresalian de sus brazos, cuello y abdomen. Una enorme hacha permanecia enterrada profundamente cerca de su pecho mientras la sangre descendia lentamente por su piel azul, pero el respiraba tranquilo, sonriente- "Escoria apestosa.. ni una herida para recordar, sucias ratas desertoras." -Sus ojos observaban los cuerpos esparcidos alrededor suyo, mientras el fuego iluminaba las paredes cubiertas de cuerpos incrustados por lanzas, hundidos en impactos en las rocas, en el techo, en el suelo. Lentamente, el monstruo llevo una mano hacia una espada clavada en su costado y la arranco de un tiron rapido, la observo unos segundos y luego la lanzo hacia detras de el, clavandola directamente en la garganta del ultimo Orco vivo, el cual caeria de frente contra el trono destrozado de roca, este sonrio y volteo su cuerpo, dirigiendose hacia la salida del salon, perdiendose en la oscuridad del campo de batalla-
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  • Llamar al día anterior "digno para recordar" habría sido la más suprema de las ironías, pero no encontraba otra etiqueta para colocarle.

    Entre recuerdos que se perdieron para siempre, otras cosas que preferiría olvidar -y que no podría-, y también ciertas cosas, cosas bastante gráficas y "físicas", que debería olvidar, por mera decencia... pero no quería hacerlo. (?)

    De más estaba decir que había dormido terriblemente mal, pero el mundo laboral gira con la perpetuidad cruel de una salvaje maquinaria que no espera ni por el más brillante de sus engranes.

    En pocas palabras, había que seguir trabajando.

    —Esta línea nos debería llevar al centro de la ciudad. De ahí, caminaremos diez minutos y llegamos —explicó para Kazuha el recorrido hasta su trabajo.

    Lo cierto era que sería esa la primera vez que usaba el subterráneo. Los portales eran su único medio de transporte, su eficiencia y rapidez siendo incomparables.

    Pero no podían -no aún- soltar la enorme bomba informacional que eran sus orígenes aelorianos para Kazuha. El momento tendría que llegar eventualmente, pero, por ahora, viajar como humanos normales sería necesario.

    —¿Y tú a qué vas al centro tan temprano? —Preguntó a Veyra Leˑron quien los había acompañado. Parecía milagro el que hubiese despertado antes de las 10:00.

    Por casualidad o algún plan, parecía que hacían cosas juntos con más frecuencia que antes. ¿Era raro? No, no tendría por qué serlo. Vivían juntos, ¿no? Hacer cosas juntos, por tanto, debería resultar de lo más normal.

    Sin embargo, algo había cambiado. Algo a lo que todavía no podía ponerle nombre, algo dentro de las fibras de esos lazos que lo unía a ellas.

    Algo en lo que no podía pensar justo en ese momento, porque el ruido del vagón aproximándose lo sacó de sus pensamientos.
    Llamar al día anterior "digno para recordar" habría sido la más suprema de las ironías, pero no encontraba otra etiqueta para colocarle. Entre recuerdos que se perdieron para siempre, otras cosas que preferiría olvidar -y que no podría-, y también ciertas cosas, cosas bastante gráficas y "físicas", que debería olvidar, por mera decencia... pero no quería hacerlo. (?) De más estaba decir que había dormido terriblemente mal, pero el mundo laboral gira con la perpetuidad cruel de una salvaje maquinaria que no espera ni por el más brillante de sus engranes. En pocas palabras, había que seguir trabajando. —Esta línea nos debería llevar al centro de la ciudad. De ahí, caminaremos diez minutos y llegamos —explicó para [K4zuha] el recorrido hasta su trabajo. Lo cierto era que sería esa la primera vez que usaba el subterráneo. Los portales eran su único medio de transporte, su eficiencia y rapidez siendo incomparables. Pero no podían -no aún- soltar la enorme bomba informacional que eran sus orígenes aelorianos para Kazuha. El momento tendría que llegar eventualmente, pero, por ahora, viajar como humanos normales sería necesario. —¿Y tú a qué vas al centro tan temprano? —Preguntó a [vey.ra] quien los había acompañado. Parecía milagro el que hubiese despertado antes de las 10:00. Por casualidad o algún plan, parecía que hacían cosas juntos con más frecuencia que antes. ¿Era raro? No, no tendría por qué serlo. Vivían juntos, ¿no? Hacer cosas juntos, por tanto, debería resultar de lo más normal. Sin embargo, algo había cambiado. Algo a lo que todavía no podía ponerle nombre, algo dentro de las fibras de esos lazos que lo unía a ellas. Algo en lo que no podía pensar justo en ese momento, porque el ruido del vagón aproximándose lo sacó de sus pensamientos.
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  • EL DUELO SANGRIENTO DE LAS SOMBRAS: CRISANA VS. EL ABISMO
    Escenario: La Cámara del Espejo Negro.

    En Un anfiteatro subterráneo de basalto pulido, tan oscuro que parece tragar la luz. En el centro, una única columna de luz blanca que me ilumina. Mi armadura de plata y el corsé con detalles de telaraña brillan intensamente, proyectando una sombra nítida y profunda que parece tener vida propia sobre el suelo de piedra negra.

    ajustando mi posición. Mis botas metálica golpea el basalto con un eco seco. Pone su mano izquierda sobre su nuca, asegurando la caída de su trenza, mientras la derecha se cierne sobre el pomo de su espada. Respira hondo. Sus ojos turquesa se clavan en la mancha oscura a sus pies.

    "No eres mi reflejo. Eres mi duda. Eres mi debilidad. La razón por la que me siguen viendo cómo una chiquilla pero esto se termina hoy."

    Sin previo aviso, el suelo bajo mis pies oscila. Con un sonido sibilante, la sombra de ella misma se levanta. Es una silueta tridimensional de oscuridad absoluta que imita exactamente la armadura de dragón y mi figura. Ella sonríe de forma depredadora; el entrenamiento ha comenzado.

    Ambas se mueven a la vez. El estallido es instantáneo desenvaino, mi hoja es una línea de plata pura, mientras la Sombra genera una hoja idéntica hecha de noche líquida. Chocan con un estruendo sordo que vibra en mis huesos.

    Ella lanza una estocada rápida al abdomen. La Sombra hace un parry perfecto e inmediatamente lanza un tajo horizontal al cuello. Me agacho, sintiendo el frío de la oscuridad rozar su cabello, y usa el impulso para lanzar una patada giratoria con su rodillera blindada. Su bota atraviesa el pecho de la Sombra, que se disipa en humo solo para reformarse un milisegundo después a su espalda.

    El combate se vuelve un borrón de velocidad sobrehumana. bailando entre destellos de plata y ráfagas de oscuridad, su capa púrpura ondeando violentamente. La Sombra es despiadada: conoce cada truco de Crisana porque es ella. Sangre real salpica el basalto cuando la Sombra logra rozar el brazo expuesto de la joven. no retrocedo; el dolor solo aviva mi enfoque.
    Están atrapadas en un torbellino. Usando la pared para impulsarme, lanzando un ataque descendente que la Sombra bloquea, obligando a ambas a retroceder por la fuerza del impacto.

    Cambiando mi postura. No ataca; espera. La Sombra, imitando la impulsividad que Crisana lucha por controlar, se lanza a un ataque final. Es exactamente lo que ella esperaba.
    En lugar de bloquear, me dejo caer, deslizándose por el suelo pulido justo por debajo del acero oscuro. Mientras pasa, agarra con fuerza la armadura de humo de su oponente y gira con violencia. Con un grito que resuena en toda la cámara, empalo a la Sombra desde la espalda, hundiendo su hoja de plata justo donde late el origen de esa oscuridad.

    La Sombra se congela y un sonido como cristal rompiéndose llena el aire. La oscuridad se resquebraja, dejando que la luz blanca de la cámara la consuma desde dentro. Con un último suspiro, la silueta colapsa y vuelve a ser una simple mancha inanimada a sus pies

    ella se queda de pie, jadeando, con el sudor mezclándose con la herida de su brazo. Envaina su espada con un "clic" firme y se limpia la boca con el dorso de su guantelete de plata. Mira a su sombra, ahora pacífica y sumisa.

    "Gracias por la lección y dejar que me desahogara un poco, supongo que Hasta mañana."

    De forma calmada deshago la trenza que ataba mi cabello después de aquella pelea, como dando mis cabellos mientras mi respiración se ajusta poco a poco para regresar a la normalidad
    EL DUELO SANGRIENTO DE LAS SOMBRAS: CRISANA VS. EL ABISMO Escenario: La Cámara del Espejo Negro. En Un anfiteatro subterráneo de basalto pulido, tan oscuro que parece tragar la luz. En el centro, una única columna de luz blanca que me ilumina. Mi armadura de plata y el corsé con detalles de telaraña brillan intensamente, proyectando una sombra nítida y profunda que parece tener vida propia sobre el suelo de piedra negra. ajustando mi posición. Mis botas metálica golpea el basalto con un eco seco. Pone su mano izquierda sobre su nuca, asegurando la caída de su trenza, mientras la derecha se cierne sobre el pomo de su espada. Respira hondo. Sus ojos turquesa se clavan en la mancha oscura a sus pies. "No eres mi reflejo. Eres mi duda. Eres mi debilidad. La razón por la que me siguen viendo cómo una chiquilla pero esto se termina hoy." Sin previo aviso, el suelo bajo mis pies oscila. Con un sonido sibilante, la sombra de ella misma se levanta. Es una silueta tridimensional de oscuridad absoluta que imita exactamente la armadura de dragón y mi figura. Ella sonríe de forma depredadora; el entrenamiento ha comenzado. Ambas se mueven a la vez. El estallido es instantáneo desenvaino, mi hoja es una línea de plata pura, mientras la Sombra genera una hoja idéntica hecha de noche líquida. Chocan con un estruendo sordo que vibra en mis huesos. Ella lanza una estocada rápida al abdomen. La Sombra hace un parry perfecto e inmediatamente lanza un tajo horizontal al cuello. Me agacho, sintiendo el frío de la oscuridad rozar su cabello, y usa el impulso para lanzar una patada giratoria con su rodillera blindada. Su bota atraviesa el pecho de la Sombra, que se disipa en humo solo para reformarse un milisegundo después a su espalda. El combate se vuelve un borrón de velocidad sobrehumana. bailando entre destellos de plata y ráfagas de oscuridad, su capa púrpura ondeando violentamente. La Sombra es despiadada: conoce cada truco de Crisana porque es ella. Sangre real salpica el basalto cuando la Sombra logra rozar el brazo expuesto de la joven. no retrocedo; el dolor solo aviva mi enfoque. Están atrapadas en un torbellino. Usando la pared para impulsarme, lanzando un ataque descendente que la Sombra bloquea, obligando a ambas a retroceder por la fuerza del impacto. Cambiando mi postura. No ataca; espera. La Sombra, imitando la impulsividad que Crisana lucha por controlar, se lanza a un ataque final. Es exactamente lo que ella esperaba. En lugar de bloquear, me dejo caer, deslizándose por el suelo pulido justo por debajo del acero oscuro. Mientras pasa, agarra con fuerza la armadura de humo de su oponente y gira con violencia. Con un grito que resuena en toda la cámara, empalo a la Sombra desde la espalda, hundiendo su hoja de plata justo donde late el origen de esa oscuridad. La Sombra se congela y un sonido como cristal rompiéndose llena el aire. La oscuridad se resquebraja, dejando que la luz blanca de la cámara la consuma desde dentro. Con un último suspiro, la silueta colapsa y vuelve a ser una simple mancha inanimada a sus pies ella se queda de pie, jadeando, con el sudor mezclándose con la herida de su brazo. Envaina su espada con un "clic" firme y se limpia la boca con el dorso de su guantelete de plata. Mira a su sombra, ahora pacífica y sumisa. "Gracias por la lección y dejar que me desahogara un poco, supongo que Hasta mañana." De forma calmada deshago la trenza que ataba mi cabello después de aquella pelea, como dando mis cabellos mientras mi respiración se ajusta poco a poco para regresar a la normalidad
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  • 𝕷𝖆 𝕷𝖊𝖔𝖓𝖆 𝖇𝖑𝖆𝖓𝖈𝖆 𝐲 𝖊𝖑 𝖓𝖎𝖓̃𝖔 𝕸𝖆𝖑𝖉𝖎𝖙𝖔
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    Hᥲᥴᥱ 48 horᥲs ᥲρroxιmᥲdᥲmᥱᥒtᥱ, ᥣᥲ 'Eᥲstᥱrᥒ Tᥲᥒᥒᥱrყ' dᥱ Prᥱᥒzᥣᥲᥙᥱr Bᥱrg dᥱjó dᥱ sᥱr ᥙᥒᥲ ᥴᥙrtιdᥙrίᥲ ρᥲrᥲ ᥴoᥒvᥱrtιrsᥱ ᥱᥒ ᥙᥒ mᥲtᥲdᥱro. Lᥲ Sᥲᥒtᥲ Igᥣᥱsιᥲ, bᥲjo ᥱᥣ mᥲᥒdo dᥱᥣ Iᥒqᥙιsιdor Sᥱrrᥲ, ᥱjᥱᥴᥙtó ᥣᥲ oρᥱrᥲᥴιóᥒ 'Pᥙrgᥲ dᥱ ᥣos Iᥒdιgᥒos', ᥲᥒιqᥙιᥣᥲᥒdo ᥲᥣ 90% dᥱ ᥙᥒᥲ ᥴᥱ́ᥣᥙᥣᥲ dᥱ ᥙᥒ ᥴᥙᥣto dᥱmoᥒίᥲᥴo. Sιᥒ ᥱmbᥲrgo, ᥴιᥱrto 'ᥲᥴtιvo' —ᥙᥒ ιᥒfᥲᥒtᥱ ᥴoᥒ ᥲᥣtᥱrᥲᥴιoᥒᥱs mᥲ́s ᥲᥣᥣᥲ́ dᥱ ᥒᥙᥱstro ᥱᥒtᥱᥒdιmιᥱᥒto— ᥱsᥴᥲρó dᥙrᥲᥒtᥱ ᥙᥒ mιstᥱrιoso ᥴoᥣᥲρso dᥱᥣ ᥒιvᥱᥣ ιᥒfᥱrιor. Sᥱ ᥣᥱ sᥙρoᥒίᥲ mᥙᥱrto, ρᥱro rᥱᥴιᥱᥒtᥱs ᥲvιstᥲmιᥱᥒtos dᥱmᥙᥱstrᥲᥒ ᥣo ᥴoᥒtrᥲrιo. Aᥴtᥙᥲᥣmᥱᥒtᥱ, ᥣᥲ Ofιᥴιᥒᥲ dᥱᥣ Cᥱᥒsor ρrᥱρᥲrᥲ ᥙᥒᥲ ordᥱᥒ ρᥲrᥲ ᥱᥒvιᥲr ᥴᥲzᥲdorᥱs qᥙᥱ ρᥱιᥒᥱᥒ ᥣᥲ ᥴιᥙdᥲd doᥒdᥱ sᥱ ᥣᥱ vιo ρor ᥙ́ᥣtιmᥲ vᥱz. Pᥱro ᥒo soᥒ ᥣos ᥙ́ᥒιᥴos: ᥣos rᥱmᥲᥒᥱᥒtᥱs dᥱᥣ ᥴᥙᥣto, ᥲqᥙᥱᥣᥣos ᥣίdᥱrᥱs hᥱrιdos ყ dᥱsᥱsρᥱrᥲdos qᥙᥱ ᥣogrᥲroᥒ ᥱsᥴᥲρᥲr, tᥲmbιᥱ́ᥒ sᥱ ᥱᥒtᥱrᥲroᥒ dᥱ qᥙᥱ sᥙ ᥱxρᥱrιmᥱᥒto ᥱxιtoso ᥲᥙ́ᥒ dᥱᥲmbᥙᥣᥲ ᥱᥒtrᥱ ᥒosotros. Sᥲbᥱᥒ qᥙᥱ, ᥱᥒ ᥴᥙᥲᥒto ᥣᥲ Sᥲᥒtᥲ Igᥣᥱsιᥲ sᥙᥱᥣtᥱ ᥲ sᥙs ρᥱrros, ᥒo tᥲrdᥲrᥲ́ᥒ ᥱᥒ ᥱᥒᥴoᥒtrᥲr ᥲᥣ ᥴhιᥴo; ρor ᥱso, ᥒᥱᥴᥱsιtᥲᥒ sᥙ ρroριo ᥲᥒιmᥲᥣ dᥱ ᥴᥲzᥲ ρᥲrᥲ ιgᥙᥲᥣᥲr ᥱᥣ mᥲrᥴᥲdor. Y ρor ᥱso ᥱstᥲmos ᥲqᥙί... Los oᥴᥙᥣtιstᥲs hᥲᥒ rᥱᥴᥙrrιdo ᥲᥣ ᥙ́ᥒιᥴo ρodᥱr qᥙᥱ ᥒo rᥱsρoᥒdᥱ ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ Gobιᥱrᥒo ᥒι ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ Vᥲtιᥴᥲᥒo, sιᥒo ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ mᥱjor ρostor: ᥱᥣ mᥱrᥴᥲdo ᥒᥱgro dᥱ Mᥱrᥴᥱᥒᥲrιos



    [ 𝟶𝟷:𝟷𝟺 α.m. / Dıstrıto de Weddıng / Berlı́n / Alemαnıα / Tαbernα „Kıez-Eck" ... ]




    El αıre en aquella tᥲbᥱrᥒᥲ oᥴᥙᥣtᥲ erα unα mezclα rαncıα de tαbαco vıejo, moho ч el hedor dulce de lα gαngrenα. Bαjo lα luz αmαrıllentα de unα bombıllα desnudα que oscılαbα αl rıtmo del metro subterrάneo, tres hombres αguαrdαbαn. Erαn lαs sobrαs de unα fe muertα. Uno de los lı́deres, con lα mαndı́bulα descolocαdα ч lα vıejα túnıcα empαpαdα de sαngre αhorα secα, sostenı́α contrα su pecho un mαletı́n de αlumınıo reforzαdo como sı fuerα su únıcα conexıón con lα vıdα ч tαl vez αsı́ erα... *



    — ¿Serά que no vα α venır? —Sıseó uno de los seguıdores, cuчos dedos temblorosos no dejαbαn de rαscαr lαs quemαdurαs de mercurıo en su brαzo— Sı se llegα α extrαer que lα Sαntα Iglesıα estά metıdα en esto, nı sıquıerα pensαrά en αrrıesgαrse por nosotros



    — Cάllαte —Gruñó el lı́der, αunque su propıα voz erα un hılo quebrαdo— No hαbles estupıdeces. Ellα no vıene por nosotros; vıene por el dınero que ofrecemos. No tenemos por qué decırle mάs de lo que necesıtα pαrα completαr el trαbαjo... Lα Sαntα Iglesıα cree que hα gαnαdo, pero se olvıdαron de αlgo ımportαnte: In Berlın kαnn dıe Stαhlgαbe eınes Söldners tıefer schneıden αls eın Psαlm



    Un sılencıo súbıto cαчó sobre lα tαbernα. No fue un sılencıo nαturαl; fue como sı el sonıdo mısmo hubıerα sıdo succıonαdo de lαs pαredes. De pronto, lα bombıllα dejó de oscılαr. Mıentrαs el resto de los clıentes contınuαbα conversαndo αjenos α todo, los del culto se mαntuvıeron sentαdos, esperαndo en un rıncón mıentrαs observαbαn ımpαcıentemente el mαrco de lα entrαdα, donde solo hαbı́α sombrαs. Pero... ¿por cuάnto tıempo se mαntendrı́α αsı́?
    Cᥲdᥲ dίᥲ ᥲᥣgᥙιᥱᥒ fᥲᥣᥣᥱᥴᥱ, ᥴᥲdᥲ dίᥲ ᥲᥣgᥙιᥱᥒ ᥒᥲᥴᥱ, ᥴᥲdᥲ dίᥲ sᥲᥣᥱ ᥱᥣ soᥣ. Mιᥣ ყ ᥙᥒᥲ ᥴosᥲs sᥙᥴᥱdᥱᥒ ᥱᥒ ᥒᥙᥱstro mᥙᥒdo: ᥲᥣgᥙᥒᥲs ᥣᥲs dᥲmos ρor hᥱᥴhᥲs, otrᥲs ᥣᥲs dᥱsᥴoᥒoᥴᥱmos ρor ᥴomρᥣᥱto. Ahorᥲ mιsmo ρodrίᥲᥒ ᥱstᥲr ᥴᥲzᥲᥒdo ᥙᥒᥲ ᥴrιᥲtᥙrᥲ qᥙᥱ soᥣo hᥲs ᥱsᥴᥙᥴhᥲdo ᥱᥒ ᥴᥙᥱᥒtos; ᥣos ᥣίdᥱrᥱs mᥙᥒdιᥲᥣᥱs ρodrίᥲᥒ ᥱstᥲr dᥱsᥲrroᥣᥣᥲᥒdo ᥣᥲ sιgᥙιᥱᥒtᥱ formᥲ dᥱ mᥲᥒtᥱᥒᥱrᥒos ᥴιᥱgos ყ ᥱstᥙ́ριdos, sιmρᥣᥱs ιgᥒorᥲᥒtᥱs qᥙᥱ ᥒo ᥒotᥲᥒ ᥣᥲ dιfᥱrᥱᥒᥴιᥲ ᥱᥒtrᥱ ᥣo qᥙᥱ rᥱᥲᥣmᥱᥒtᥱ ᥱs ყ ᥣo qᥙᥱ ᥣᥱs dᥱjᥲᥒ vᥱr... Hᥲᥴᥱ 48 horᥲs ᥲρroxιmᥲdᥲmᥱᥒtᥱ, ᥣᥲ 'Eᥲstᥱrᥒ Tᥲᥒᥒᥱrყ' dᥱ Prᥱᥒzᥣᥲᥙᥱr Bᥱrg dᥱjó dᥱ sᥱr ᥙᥒᥲ ᥴᥙrtιdᥙrίᥲ ρᥲrᥲ ᥴoᥒvᥱrtιrsᥱ ᥱᥒ ᥙᥒ mᥲtᥲdᥱro. Lᥲ Sᥲᥒtᥲ Igᥣᥱsιᥲ, bᥲjo ᥱᥣ mᥲᥒdo dᥱᥣ Iᥒqᥙιsιdor Sᥱrrᥲ, ᥱjᥱᥴᥙtó ᥣᥲ oρᥱrᥲᥴιóᥒ 'Pᥙrgᥲ dᥱ ᥣos Iᥒdιgᥒos', ᥲᥒιqᥙιᥣᥲᥒdo ᥲᥣ 90% dᥱ ᥙᥒᥲ ᥴᥱ́ᥣᥙᥣᥲ dᥱ ᥙᥒ ᥴᥙᥣto dᥱmoᥒίᥲᥴo. Sιᥒ ᥱmbᥲrgo, ᥴιᥱrto 'ᥲᥴtιvo' —ᥙᥒ ιᥒfᥲᥒtᥱ ᥴoᥒ ᥲᥣtᥱrᥲᥴιoᥒᥱs mᥲ́s ᥲᥣᥣᥲ́ dᥱ ᥒᥙᥱstro ᥱᥒtᥱᥒdιmιᥱᥒto— ᥱsᥴᥲρó dᥙrᥲᥒtᥱ ᥙᥒ mιstᥱrιoso ᥴoᥣᥲρso dᥱᥣ ᥒιvᥱᥣ ιᥒfᥱrιor. Sᥱ ᥣᥱ sᥙρoᥒίᥲ mᥙᥱrto, ρᥱro rᥱᥴιᥱᥒtᥱs ᥲvιstᥲmιᥱᥒtos dᥱmᥙᥱstrᥲᥒ ᥣo ᥴoᥒtrᥲrιo. Aᥴtᥙᥲᥣmᥱᥒtᥱ, ᥣᥲ Ofιᥴιᥒᥲ dᥱᥣ Cᥱᥒsor ρrᥱρᥲrᥲ ᥙᥒᥲ ordᥱᥒ ρᥲrᥲ ᥱᥒvιᥲr ᥴᥲzᥲdorᥱs qᥙᥱ ρᥱιᥒᥱᥒ ᥣᥲ ᥴιᥙdᥲd doᥒdᥱ sᥱ ᥣᥱ vιo ρor ᥙ́ᥣtιmᥲ vᥱz. Pᥱro ᥒo soᥒ ᥣos ᥙ́ᥒιᥴos: ᥣos rᥱmᥲᥒᥱᥒtᥱs dᥱᥣ ᥴᥙᥣto, ᥲqᥙᥱᥣᥣos ᥣίdᥱrᥱs hᥱrιdos ყ dᥱsᥱsρᥱrᥲdos qᥙᥱ ᥣogrᥲroᥒ ᥱsᥴᥲρᥲr, tᥲmbιᥱ́ᥒ sᥱ ᥱᥒtᥱrᥲroᥒ dᥱ qᥙᥱ sᥙ ᥱxρᥱrιmᥱᥒto ᥱxιtoso ᥲᥙ́ᥒ dᥱᥲmbᥙᥣᥲ ᥱᥒtrᥱ ᥒosotros. Sᥲbᥱᥒ qᥙᥱ, ᥱᥒ ᥴᥙᥲᥒto ᥣᥲ Sᥲᥒtᥲ Igᥣᥱsιᥲ sᥙᥱᥣtᥱ ᥲ sᥙs ρᥱrros, ᥒo tᥲrdᥲrᥲ́ᥒ ᥱᥒ ᥱᥒᥴoᥒtrᥲr ᥲᥣ ᥴhιᥴo; ρor ᥱso, ᥒᥱᥴᥱsιtᥲᥒ sᥙ ρroριo ᥲᥒιmᥲᥣ dᥱ ᥴᥲzᥲ ρᥲrᥲ ιgᥙᥲᥣᥲr ᥱᥣ mᥲrᥴᥲdor. Y ρor ᥱso ᥱstᥲmos ᥲqᥙί... Los oᥴᥙᥣtιstᥲs hᥲᥒ rᥱᥴᥙrrιdo ᥲᥣ ᥙ́ᥒιᥴo ρodᥱr qᥙᥱ ᥒo rᥱsρoᥒdᥱ ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ Gobιᥱrᥒo ᥒι ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ Vᥲtιᥴᥲᥒo, sιᥒo ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ mᥱjor ρostor: ᥱᥣ mᥱrᥴᥲdo ᥒᥱgro dᥱ Mᥱrᥴᥱᥒᥲrιos [ 𝟶𝟷:𝟷𝟺 α.m. / Dıstrıto de Weddıng / Berlı́n / Alemαnıα / Tαbernα „Kıez-Eck" ... ] El αıre en aquella tᥲbᥱrᥒᥲ oᥴᥙᥣtᥲ erα unα mezclα rαncıα de tαbαco vıejo, moho ч el hedor dulce de lα gαngrenα. Bαjo lα luz αmαrıllentα de unα bombıllα desnudα que oscılαbα αl rıtmo del metro subterrάneo, tres hombres αguαrdαbαn. Erαn lαs sobrαs de unα fe muertα. Uno de los lı́deres, con lα mαndı́bulα descolocαdα ч lα vıejα túnıcα empαpαdα de sαngre αhorα secα, sostenı́α contrα su pecho un mαletı́n de αlumınıo reforzαdo como sı fuerα su únıcα conexıón con lα vıdα ч tαl vez αsı́ erα... * — ¿Serά que no vα α venır? —Sıseó uno de los seguıdores, cuчos dedos temblorosos no dejαbαn de rαscαr lαs quemαdurαs de mercurıo en su brαzo— Sı se llegα α extrαer que lα Sαntα Iglesıα estά metıdα en esto, nı sıquıerα pensαrά en αrrıesgαrse por nosotros — Cάllαte —Gruñó el lı́der, αunque su propıα voz erα un hılo quebrαdo— No hαbles estupıdeces. Ellα no vıene por nosotros; vıene por el dınero que ofrecemos. No tenemos por qué decırle mάs de lo que necesıtα pαrα completαr el trαbαjo... Lα Sαntα Iglesıα cree que hα gαnαdo, pero se olvıdαron de αlgo ımportαnte: In Berlın kαnn dıe Stαhlgαbe eınes Söldners tıefer schneıden αls eın Psαlm Un sılencıo súbıto cαчó sobre lα tαbernα. No fue un sılencıo nαturαl; fue como sı el sonıdo mısmo hubıerα sıdo succıonαdo de lαs pαredes. De pronto, lα bombıllα dejó de oscılαr. Mıentrαs el resto de los clıentes contınuαbα conversαndo αjenos α todo, los del culto se mαntuvıeron sentαdos, esperαndo en un rıncón mıentrαs observαbαn ımpαcıentemente el mαrco de lα entrαdα, donde solo hαbı́α sombrαs. Pero... ¿por cuάnto tıempo se mαntendrı́α αsı́?
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  • El Incidente: Operación "Cuna de Hielo"
    Fandom Devil may cry
    Categoría Videojuegos
    ​La jornada en la oficina de Devil May Cry había sido inusualmente tranquila. Tras cerrar la puerta principal y caminar por el callejón oscuro que servía de atajo hacia su apartamento, Dante sintió que el aire cambiaba. No era el hedor a azufre de los demonios, sino algo más frío y sintético.
    ​Antes de que pudiera alcanzar su icónica rebelión, una granada de gas paralizante de grado militar estalló a sus pies. No era un gas común; estaba diseñado específicamente para neutralizar sistemas nerviosos de alto rendimiento.
    ​La Captura
    ​Un equipo de asalto de élite de la U.S.S. (Umbrella Security Service), liderado por una figura sombría, emergió de las sombras. A pesar de su fuerza sobrehumana, la toxina ralentizó sus reflejos lo suficiente. La última imagen que captaron sus ojos antes de que la oscuridad la reclamara fue el logo del paraguas rojo y blanco en el hombro de su captor.
    ​La Instalación
    ​Dante despierta, pero no puede moverse. Está suspendida en un cilindro de cristal reforzado en el complejo subterráneo de Umbrella. A su alrededor, científicos de bata blanca y soldados monitorean pantallas que muestran niveles de energía demoníaca fluctuantes.

    ​Estado: Amenaza de Clase Mundial.
    ​Procedimiento: Criogenización inmediata mediante el Compuesto-V2.
    ​La jornada en la oficina de Devil May Cry había sido inusualmente tranquila. Tras cerrar la puerta principal y caminar por el callejón oscuro que servía de atajo hacia su apartamento, Dante sintió que el aire cambiaba. No era el hedor a azufre de los demonios, sino algo más frío y sintético. ​Antes de que pudiera alcanzar su icónica rebelión, una granada de gas paralizante de grado militar estalló a sus pies. No era un gas común; estaba diseñado específicamente para neutralizar sistemas nerviosos de alto rendimiento. ​La Captura ​Un equipo de asalto de élite de la U.S.S. (Umbrella Security Service), liderado por una figura sombría, emergió de las sombras. A pesar de su fuerza sobrehumana, la toxina ralentizó sus reflejos lo suficiente. La última imagen que captaron sus ojos antes de que la oscuridad la reclamara fue el logo del paraguas rojo y blanco en el hombro de su captor. ​La Instalación ​Dante despierta, pero no puede moverse. Está suspendida en un cilindro de cristal reforzado en el complejo subterráneo de Umbrella. A su alrededor, científicos de bata blanca y soldados monitorean pantallas que muestran niveles de energía demoníaca fluctuantes. ​Estado: Amenaza de Clase Mundial. ​Procedimiento: Criogenización inmediata mediante el Compuesto-V2.
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • “De vuelta al mundo…”
    Fandom Harry Potter
    Categoría Acción
    𝓙𝑒𝑠𝑠 𝓦𝑖𝑙𝑙𝑜𝑤𝑠

    Todavía sentía el vértigo en su estómago y las náuseas. Quería vomitar. Riley levantó la mirada del lavabo hacía su reflejo en el espejo de su cuarto de baño y una pálida muchacha de cabello oscuro y ojos marrones le devolvía la mirada. Hacía menos de 20 minutos que había echado a Balt de su apartamento.

    Cerró los ojos ante otra nueva náusea, y se concentró en respirar profundamente.

    “ — Uno,... dos,... tres,... –” Respiración profunda.

    – Estoy bien… Estoy bien… – se dijo, y apretó los bordes del mueble de lavabo como si fuera su ancla a ese estado de bienestar que estaba muy lejos de ser real.

    Volvió a respirar profundamente, y a contar hasta diez. Otra vez, y una vez más. Abrió los ojos, y la Riley que esta vez le devolvía la mirada no parecía estar a punto de perder el conocimiento o de echar hasta su primera papilla. La mujer que ahora le devolvía la mirada respiraba casi con normalidad y tenía un color menos… fantasmagórico.

    – Vale… Que no cunda el pánico… Vamos a analizar la situación y decidiré si mato a Balt… ¡Al idiota de Balthazar! Si se llama así, y no me ha mentido también en eso… – el pánico parecía que iba a volver a ganar la guerra — La idiota soy yo… Una idiota de los pies a la cabeza… Red Flags. Las malditas Red Flags, una tras otra, pero nooooo…. ¡NO! Yo como estúpida que soy, voy y decido ignorarlas toooodas… Un tío interesante, alto y guapo, con acento británico en Nueva York aparece por casualidad en mi biblioteca accediendo a una cita, que no era una cita, aun teniendo pareja… Y yo soy tan idiota de acceder a una amistad cuando siempre tomo distancia… Pero nooo, en esa ocasión decido… ¡Qué leches! Soy tan idiota que, aunque él me encanta y tengo cero oportunidades, dejarle entrar en mi vida… Y ¡Sorpresa! Todo lo hace porque soy la maldita hija de Alexander Barrow, no porque realmente hayamos conectado… No… solo era un jodido trabajo.. Y lo peor es que mi padre viene a por mí… Mi padre quien debería estar en Azkaban y tiene a todo el mundo engañado… Y yo en vez de estar aquí contándole mis dramas familiares y amoroso a un maldito espejo, debería estar denunciándolo en el Macusa…–.

    El discurso dicho en voz alta le robó las fuerzas en las piernas, sintiendo como le temblaban, y pudiendo caer al suelo sino fuera porque se mantenía bien sujeta al lavamanos. Decir en voz alta lo sucedido ayudaba. Era una táctica, no solo para poder sacar todos sus pensamientos de la cabeza y que no se convirtieran en un bucle de pensamientos recurrentes, también para tomar conciencia sobre sus siguientes pasos.

    Por el momento, y lo que Riley había sacado en claro de todo lo que Bob, apodo cariñoso por el que también se dirigía a él siendo la única que lo hacía, le había confesado era que, además de haberse acercado a ella por tema laboral, sin ahondar en cuestiones sentimentales (como era que Riley estaba enamorada de él), que la persona que estaba detrás de todo era Alexander Barrow, su padre. La estaba buscando, y eso implicaba que debía de hacer algo antes de que él la encontrase. En esos momentos no podía fiarse de nadie, y eso dejaba claro que si las cosas no habían funcionado, a su manera, tendría que utilizar otras formas; hacer una denuncia oficial.

    - Vale, vale, vale… Sé lo que tengo que hacer y… respira… uff, uno, dos, tres… mantengamos la calma… – Tomó aire, y agitó las manos intentando descargar tanta tensión. Se cuadró frente al espejo y se miró directamente. – Soy Anna… – dijo con inseguridad – Soy Anna Elise… Soy Anna Elise Barrow y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow… – Asintió con menos determinación de lo que su reflejo le devolvía.

    – Soy Anna Elise Barrow, y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow. Lo siento, papá, pero has ido demasiado lejos y es hora de volver al mundo –.

    Media hora después Riley, Anna, salía de su apartamento en Nueva York con la apariencia de cualquier muggle más. Llevaba su habitual vestimenta, y su chaquetón largo y un paraguas de mano. Además, de su bolso repleto de cosas muggles. Solo una cosa nueva; su varita. Un nuevo destino, el Macusa.

    El Macusa, un edificio subterráneo en el centro de Nueva York, mucho más monumental y señorial que el británico, al menos a ojos de Riley. Imponía estar allí. No solo por sus líneas rectas y el aspecto que daba la sensación de poder y control, también porque se sentía fuera de lugar. Se sentía extraña, como si ahora realmente fuera una farsante.

    Caminó por la amplia y majestuosa sala principal intentando disimular lo perdida que se sentía. Miró los diferentes carteles que derivan a salas que se distribuían por pasillos. “Archivos, juicios, cámaras de interrogatorios, Confiscación de artefactos…”. Continuó caminando por la sala en silencio leyendo los carteles que se encontraba y evitando los brujos y magos que se cruzaba con pasos apresurados.

    Parecía que no encontraría a dónde debía ir, y que aquel lugar donde no había siquiera ventanas y parecía que todo estaba hecho para sentirte pequeño, la devoraría sin tregua. Sus pasos se volvieron erráticos mirando a una u otra columnas hasta que se chocó de pronto contra alguien.

    – Lo siento… – se disculpó, encontrando a un hombre algo mayor que ella.

    – Tranquila… ¿Necesitas ayuda? –. preguntó mirando a la joven, claramente Riley daba la impresión de estar perdida.

    – Quería… quería ir al departamento de seguridad, pero estoy un poco pérdida… – se atrevió a confesar que no sabía a donde tenía que ir, tampoco es que estuviera haciendo nada malo, y en el Macusa no tenía nada que temer. Si Alexander la buscaba, allí no entraría.

    – No se preocupe, la acompaño… – dijo, señalando un pasillo que se perdía al fondo de la sala – Yo voy una planta más abajo, pero le indicaré cómo llegar –.

    Caminó junto al mago hacía el pasillo, y allí, en lo alto de la primera columna de granito oscuro que iba desde el suelo al techo, había un cartel que indicaba “Seguridad” encima de “Licencias”.

    – No te preocupes… La primera vez que entré en este edificio, bueno, digamos que terminé en una sala de juicios y me confundieron con el acusado… Fue un gran primer día –.

    Menos de cinco minutos después, Riley se encontraba en la recepción del departamento de seguridad.

    – Buenas tardes, soy Anna Elise Barrow y necesito hablar con un auror sobre Alexander Barrow… –
    [FIGHTERAUR0R] Todavía sentía el vértigo en su estómago y las náuseas. Quería vomitar. Riley levantó la mirada del lavabo hacía su reflejo en el espejo de su cuarto de baño y una pálida muchacha de cabello oscuro y ojos marrones le devolvía la mirada. Hacía menos de 20 minutos que había echado a Balt de su apartamento. Cerró los ojos ante otra nueva náusea, y se concentró en respirar profundamente. “ — Uno,... dos,... tres,... –” Respiración profunda. – Estoy bien… Estoy bien… – se dijo, y apretó los bordes del mueble de lavabo como si fuera su ancla a ese estado de bienestar que estaba muy lejos de ser real. Volvió a respirar profundamente, y a contar hasta diez. Otra vez, y una vez más. Abrió los ojos, y la Riley que esta vez le devolvía la mirada no parecía estar a punto de perder el conocimiento o de echar hasta su primera papilla. La mujer que ahora le devolvía la mirada respiraba casi con normalidad y tenía un color menos… fantasmagórico. – Vale… Que no cunda el pánico… Vamos a analizar la situación y decidiré si mato a Balt… ¡Al idiota de Balthazar! Si se llama así, y no me ha mentido también en eso… – el pánico parecía que iba a volver a ganar la guerra — La idiota soy yo… Una idiota de los pies a la cabeza… Red Flags. Las malditas Red Flags, una tras otra, pero nooooo…. ¡NO! Yo como estúpida que soy, voy y decido ignorarlas toooodas… Un tío interesante, alto y guapo, con acento británico en Nueva York aparece por casualidad en mi biblioteca accediendo a una cita, que no era una cita, aun teniendo pareja… Y yo soy tan idiota de acceder a una amistad cuando siempre tomo distancia… Pero nooo, en esa ocasión decido… ¡Qué leches! Soy tan idiota que, aunque él me encanta y tengo cero oportunidades, dejarle entrar en mi vida… Y ¡Sorpresa! Todo lo hace porque soy la maldita hija de Alexander Barrow, no porque realmente hayamos conectado… No… solo era un jodido trabajo.. Y lo peor es que mi padre viene a por mí… Mi padre quien debería estar en Azkaban y tiene a todo el mundo engañado… Y yo en vez de estar aquí contándole mis dramas familiares y amoroso a un maldito espejo, debería estar denunciándolo en el Macusa…–. El discurso dicho en voz alta le robó las fuerzas en las piernas, sintiendo como le temblaban, y pudiendo caer al suelo sino fuera porque se mantenía bien sujeta al lavamanos. Decir en voz alta lo sucedido ayudaba. Era una táctica, no solo para poder sacar todos sus pensamientos de la cabeza y que no se convirtieran en un bucle de pensamientos recurrentes, también para tomar conciencia sobre sus siguientes pasos. Por el momento, y lo que Riley había sacado en claro de todo lo que Bob, apodo cariñoso por el que también se dirigía a él siendo la única que lo hacía, le había confesado era que, además de haberse acercado a ella por tema laboral, sin ahondar en cuestiones sentimentales (como era que Riley estaba enamorada de él), que la persona que estaba detrás de todo era Alexander Barrow, su padre. La estaba buscando, y eso implicaba que debía de hacer algo antes de que él la encontrase. En esos momentos no podía fiarse de nadie, y eso dejaba claro que si las cosas no habían funcionado, a su manera, tendría que utilizar otras formas; hacer una denuncia oficial. - Vale, vale, vale… Sé lo que tengo que hacer y… respira… uff, uno, dos, tres… mantengamos la calma… – Tomó aire, y agitó las manos intentando descargar tanta tensión. Se cuadró frente al espejo y se miró directamente. – Soy Anna… – dijo con inseguridad – Soy Anna Elise… Soy Anna Elise Barrow y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow… – Asintió con menos determinación de lo que su reflejo le devolvía. – Soy Anna Elise Barrow, y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow. Lo siento, papá, pero has ido demasiado lejos y es hora de volver al mundo –. Media hora después Riley, Anna, salía de su apartamento en Nueva York con la apariencia de cualquier muggle más. Llevaba su habitual vestimenta, y su chaquetón largo y un paraguas de mano. Además, de su bolso repleto de cosas muggles. Solo una cosa nueva; su varita. Un nuevo destino, el Macusa. El Macusa, un edificio subterráneo en el centro de Nueva York, mucho más monumental y señorial que el británico, al menos a ojos de Riley. Imponía estar allí. No solo por sus líneas rectas y el aspecto que daba la sensación de poder y control, también porque se sentía fuera de lugar. Se sentía extraña, como si ahora realmente fuera una farsante. Caminó por la amplia y majestuosa sala principal intentando disimular lo perdida que se sentía. Miró los diferentes carteles que derivan a salas que se distribuían por pasillos. “Archivos, juicios, cámaras de interrogatorios, Confiscación de artefactos…”. Continuó caminando por la sala en silencio leyendo los carteles que se encontraba y evitando los brujos y magos que se cruzaba con pasos apresurados. Parecía que no encontraría a dónde debía ir, y que aquel lugar donde no había siquiera ventanas y parecía que todo estaba hecho para sentirte pequeño, la devoraría sin tregua. Sus pasos se volvieron erráticos mirando a una u otra columnas hasta que se chocó de pronto contra alguien. – Lo siento… – se disculpó, encontrando a un hombre algo mayor que ella. – Tranquila… ¿Necesitas ayuda? –. preguntó mirando a la joven, claramente Riley daba la impresión de estar perdida. – Quería… quería ir al departamento de seguridad, pero estoy un poco pérdida… – se atrevió a confesar que no sabía a donde tenía que ir, tampoco es que estuviera haciendo nada malo, y en el Macusa no tenía nada que temer. Si Alexander la buscaba, allí no entraría. – No se preocupe, la acompaño… – dijo, señalando un pasillo que se perdía al fondo de la sala – Yo voy una planta más abajo, pero le indicaré cómo llegar –. Caminó junto al mago hacía el pasillo, y allí, en lo alto de la primera columna de granito oscuro que iba desde el suelo al techo, había un cartel que indicaba “Seguridad” encima de “Licencias”. – No te preocupes… La primera vez que entré en este edificio, bueno, digamos que terminé en una sala de juicios y me confundieron con el acusado… Fue un gran primer día –. Menos de cinco minutos después, Riley se encontraba en la recepción del departamento de seguridad. – Buenas tardes, soy Anna Elise Barrow y necesito hablar con un auror sobre Alexander Barrow… –
    Tipo
    Individual
    Líneas
    99
    Estado
    Disponible
    Me encocora
    1
    5 turnos 0 maullidos
  • -- Susurro de Plutón --

    El Susurro de Plutón crece en grandes racimos, es raro encontrar a un especímen lejos de un grupo. El tallo es largo y de grosor promedio, mientras que la tapa es gruesa, lisa, de textura aceitosa. Resaltan zonas bioluminiscentes con forma similar a estrellas.

    En las zonas subterráneas del refugio, la principal fuente de luz proviene de estas setas.

    El Susurro crece exclusivamente sobre materia orgánica en descomposición, como por ejemplo, otras setas, las pocas plantas que crecen en las zonas profundas del refugio, y más notablemente, los cadáveres de los pocos animales que se aventuran a estas zonas. Los que brotan de animales parecen tener ciertas propiedades pricotrópicas aunque son los más difíciles de encontrar.

    Este hongo puede, a través de un mecanismo que no entendemos aún, absorber los pensamientos y recuerdos del animal sobre el que brota y transferir esos recuerdos a cualquiera que consuma el hongo. Hemos recibido ofertas millonarias de ciertos grupos y sectas espiritistas, interesadas en sus supuestas propiedades para vincular el alma humana con su espíritu animal.
    -- Susurro de Plutón -- El Susurro de Plutón crece en grandes racimos, es raro encontrar a un especímen lejos de un grupo. El tallo es largo y de grosor promedio, mientras que la tapa es gruesa, lisa, de textura aceitosa. Resaltan zonas bioluminiscentes con forma similar a estrellas. En las zonas subterráneas del refugio, la principal fuente de luz proviene de estas setas. El Susurro crece exclusivamente sobre materia orgánica en descomposición, como por ejemplo, otras setas, las pocas plantas que crecen en las zonas profundas del refugio, y más notablemente, los cadáveres de los pocos animales que se aventuran a estas zonas. Los que brotan de animales parecen tener ciertas propiedades pricotrópicas aunque son los más difíciles de encontrar. Este hongo puede, a través de un mecanismo que no entendemos aún, absorber los pensamientos y recuerdos del animal sobre el que brota y transferir esos recuerdos a cualquiera que consuma el hongo. Hemos recibido ofertas millonarias de ciertos grupos y sectas espiritistas, interesadas en sus supuestas propiedades para vincular el alma humana con su espíritu animal.
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  • Dottore

    *tratar con la princesa del abismo es... interesante, a demás de que suele relajarse cuando ella entra al laboratorio... cosa que permite incluso dándole la llave de este, solo ponía las etiquetas correspondientes en sustancias peligrosas.

    Habiendo creado un piso subterráneo para sus experimentos mas peligrosos, junto a las criaturas que formaba, con tal de protegerla indirectamente, poniendo atención a las ideas de Lumine, claro las llevaba a cabo para verla sonreir*

    Incluso tengo algo para Lumi hoy...
    🩺 Dottore 🧪 *tratar con la princesa del abismo es... interesante, a demás de que suele relajarse cuando ella entra al laboratorio... cosa que permite incluso dándole la llave de este, solo ponía las etiquetas correspondientes en sustancias peligrosas. Habiendo creado un piso subterráneo para sus experimentos mas peligrosos, junto a las criaturas que formaba, con tal de protegerla indirectamente, poniendo atención a las ideas de Lumine, claro las llevaba a cabo para verla sonreir* Incluso tengo algo para Lumi hoy...
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