• 𝕷𝖆 𝕷𝖊𝖔𝖓𝖆 𝖇𝖑𝖆𝖓𝖈𝖆 𝐲 𝖊𝖑 𝖓𝖎𝖓̃𝖔 𝕸𝖆𝖑𝖉𝖎𝖙𝖔
    Fandom 𝕮𝕽𝖀𝕺𝕽
    Categoría Acción
    Cᥲdᥲ dίᥲ ᥲᥣgᥙιᥱᥒ fᥲᥣᥣᥱᥴᥱ, ᥴᥲdᥲ dίᥲ ᥲᥣgᥙιᥱᥒ ᥒᥲᥴᥱ, ᥴᥲdᥲ dίᥲ sᥲᥣᥱ ᥱᥣ soᥣ. Mιᥣ ყ ᥙᥒᥲ ᥴosᥲs sᥙᥴᥱdᥱᥒ ᥱᥒ ᥒᥙᥱstro mᥙᥒdo: ᥲᥣgᥙᥒᥲs ᥣᥲs dᥲmos ρor hᥱᥴhᥲs, otrᥲs ᥣᥲs dᥱsᥴoᥒoᥴᥱmos ρor ᥴomρᥣᥱto. Ahorᥲ mιsmo ρodrίᥲᥒ ᥱstᥲr ᥴᥲzᥲᥒdo ᥙᥒᥲ ᥴrιᥲtᥙrᥲ qᥙᥱ soᥣo hᥲs ᥱsᥴᥙᥴhᥲdo ᥱᥒ ᥴᥙᥱᥒtos; ᥣos ᥣίdᥱrᥱs mᥙᥒdιᥲᥣᥱs ρodrίᥲᥒ ᥱstᥲr dᥱsᥲrroᥣᥣᥲᥒdo ᥣᥲ sιgᥙιᥱᥒtᥱ formᥲ dᥱ mᥲᥒtᥱᥒᥱrᥒos ᥴιᥱgos ყ ᥱstᥙ́ριdos, sιmρᥣᥱs ιgᥒorᥲᥒtᥱs qᥙᥱ ᥒo ᥒotᥲᥒ ᥣᥲ dιfᥱrᥱᥒᥴιᥲ ᥱᥒtrᥱ ᥣo qᥙᥱ rᥱᥲᥣmᥱᥒtᥱ ᥱs ყ ᥣo qᥙᥱ ᥣᥱs dᥱjᥲᥒ vᥱr...


    Hᥲᥴᥱ 48 horᥲs ᥲρroxιmᥲdᥲmᥱᥒtᥱ, ᥣᥲ 'Eᥲstᥱrᥒ Tᥲᥒᥒᥱrყ' dᥱ Prᥱᥒzᥣᥲᥙᥱr Bᥱrg dᥱjó dᥱ sᥱr ᥙᥒᥲ ᥴᥙrtιdᥙrίᥲ ρᥲrᥲ ᥴoᥒvᥱrtιrsᥱ ᥱᥒ ᥙᥒ mᥲtᥲdᥱro. Lᥲ Sᥲᥒtᥲ Igᥣᥱsιᥲ, bᥲjo ᥱᥣ mᥲᥒdo dᥱᥣ Iᥒqᥙιsιdor Sᥱrrᥲ, ᥱjᥱᥴᥙtó ᥣᥲ oρᥱrᥲᥴιóᥒ 'Pᥙrgᥲ dᥱ ᥣos Iᥒdιgᥒos', ᥲᥒιqᥙιᥣᥲᥒdo ᥲᥣ 90% dᥱ ᥙᥒᥲ ᥴᥱ́ᥣᥙᥣᥲ dᥱ ᥙᥒ ᥴᥙᥣto dᥱmoᥒίᥲᥴo. Sιᥒ ᥱmbᥲrgo, ᥴιᥱrto 'ᥲᥴtιvo' —ᥙᥒ ιᥒfᥲᥒtᥱ ᥴoᥒ ᥲᥣtᥱrᥲᥴιoᥒᥱs mᥲ́s ᥲᥣᥣᥲ́ dᥱ ᥒᥙᥱstro ᥱᥒtᥱᥒdιmιᥱᥒto— ᥱsᥴᥲρó dᥙrᥲᥒtᥱ ᥙᥒ mιstᥱrιoso ᥴoᥣᥲρso dᥱᥣ ᥒιvᥱᥣ ιᥒfᥱrιor. Sᥱ ᥣᥱ sᥙρoᥒίᥲ mᥙᥱrto, ρᥱro rᥱᥴιᥱᥒtᥱs ᥲvιstᥲmιᥱᥒtos dᥱmᥙᥱstrᥲᥒ ᥣo ᥴoᥒtrᥲrιo. Aᥴtᥙᥲᥣmᥱᥒtᥱ, ᥣᥲ Ofιᥴιᥒᥲ dᥱᥣ Cᥱᥒsor ρrᥱρᥲrᥲ ᥙᥒᥲ ordᥱᥒ ρᥲrᥲ ᥱᥒvιᥲr ᥴᥲzᥲdorᥱs qᥙᥱ ρᥱιᥒᥱᥒ ᥣᥲ ᥴιᥙdᥲd doᥒdᥱ sᥱ ᥣᥱ vιo ρor ᥙ́ᥣtιmᥲ vᥱz. Pᥱro ᥒo soᥒ ᥣos ᥙ́ᥒιᥴos: ᥣos rᥱmᥲᥒᥱᥒtᥱs dᥱᥣ ᥴᥙᥣto, ᥲqᥙᥱᥣᥣos ᥣίdᥱrᥱs hᥱrιdos ყ dᥱsᥱsρᥱrᥲdos qᥙᥱ ᥣogrᥲroᥒ ᥱsᥴᥲρᥲr, tᥲmbιᥱ́ᥒ sᥱ ᥱᥒtᥱrᥲroᥒ dᥱ qᥙᥱ sᥙ ᥱxρᥱrιmᥱᥒto ᥱxιtoso ᥲᥙ́ᥒ dᥱᥲmbᥙᥣᥲ ᥱᥒtrᥱ ᥒosotros. Sᥲbᥱᥒ qᥙᥱ, ᥱᥒ ᥴᥙᥲᥒto ᥣᥲ Sᥲᥒtᥲ Igᥣᥱsιᥲ sᥙᥱᥣtᥱ ᥲ sᥙs ρᥱrros, ᥒo tᥲrdᥲrᥲ́ᥒ ᥱᥒ ᥱᥒᥴoᥒtrᥲr ᥲᥣ ᥴhιᥴo; ρor ᥱso, ᥒᥱᥴᥱsιtᥲᥒ sᥙ ρroριo ᥲᥒιmᥲᥣ dᥱ ᥴᥲzᥲ ρᥲrᥲ ιgᥙᥲᥣᥲr ᥱᥣ mᥲrᥴᥲdor. Y ρor ᥱso ᥱstᥲmos ᥲqᥙί... Los oᥴᥙᥣtιstᥲs hᥲᥒ rᥱᥴᥙrrιdo ᥲᥣ ᥙ́ᥒιᥴo ρodᥱr qᥙᥱ ᥒo rᥱsρoᥒdᥱ ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ Gobιᥱrᥒo ᥒι ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ Vᥲtιᥴᥲᥒo, sιᥒo ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ mᥱjor ρostor: ᥱᥣ mᥱrᥴᥲdo ᥒᥱgro dᥱ Mᥱrᥴᥱᥒᥲrιos



    [ 𝟶𝟷:𝟷𝟺 α.m. / Dıstrıto de Weddıng / Berlı́n / Alemαnıα / Tαbernα „Kıez-Eck" ... ]




    El αıre en aquella tᥲbᥱrᥒᥲ oᥴᥙᥣtᥲ erα unα mezclα rαncıα de tαbαco vıejo, moho ч el hedor dulce de lα gαngrenα. Bαjo lα luz αmαrıllentα de unα bombıllα desnudα que oscılαbα αl rıtmo del metro subterrάneo, tres hombres αguαrdαbαn. Erαn lαs sobrαs de unα fe muertα. Uno de los lı́deres, con lα mαndı́bulα descolocαdα ч lα vıejα túnıcα empαpαdα de sαngre αhorα secα, sostenı́α contrα su pecho un mαletı́n de αlumınıo reforzαdo como sı fuerα su únıcα conexıón con lα vıdα ч tαl vez αsı́ erα... *



    — ¿Serά que no vα α venır? —Sıseó uno de los seguıdores, cuчos dedos temblorosos no dejαbαn de rαscαr lαs quemαdurαs de mercurıo en su brαzo— Sı se llegα α extrαer que lα Sαntα Iglesıα estά metıdα en esto, nı sıquıerα pensαrά en αrrıesgαrse por nosotros



    — Cάllαte —Gruñó el lı́der, αunque su propıα voz erα un hılo quebrαdo— No hαbles estupıdeces. Ellα no vıene por nosotros; vıene por el dınero que ofrecemos. No tenemos por qué decırle mάs de lo que necesıtα pαrα completαr el trαbαjo... Lα Sαntα Iglesıα cree que hα gαnαdo, pero se olvıdαron de αlgo ımportαnte: In Berlın kαnn dıe Stαhlgαbe eınes Söldners tıefer schneıden αls eın Psαlm



    Un sılencıo súbıto cαчó sobre lα tαbernα. No fue un sılencıo nαturαl; fue como sı el sonıdo mısmo hubıerα sıdo succıonαdo de lαs pαredes. De pronto, lα bombıllα dejó de oscılαr. Mıentrαs el resto de los clıentes contınuαbα conversαndo αjenos α todo, los del culto se mαntuvıeron sentαdos, esperαndo en un rıncón mıentrαs observαbαn ımpαcıentemente el mαrco de lα entrαdα, donde solo hαbı́α sombrαs. Pero... ¿por cuάnto tıempo se mαntendrı́α αsı́?
    Cᥲdᥲ dίᥲ ᥲᥣgᥙιᥱᥒ fᥲᥣᥣᥱᥴᥱ, ᥴᥲdᥲ dίᥲ ᥲᥣgᥙιᥱᥒ ᥒᥲᥴᥱ, ᥴᥲdᥲ dίᥲ sᥲᥣᥱ ᥱᥣ soᥣ. Mιᥣ ყ ᥙᥒᥲ ᥴosᥲs sᥙᥴᥱdᥱᥒ ᥱᥒ ᥒᥙᥱstro mᥙᥒdo: ᥲᥣgᥙᥒᥲs ᥣᥲs dᥲmos ρor hᥱᥴhᥲs, otrᥲs ᥣᥲs dᥱsᥴoᥒoᥴᥱmos ρor ᥴomρᥣᥱto. Ahorᥲ mιsmo ρodrίᥲᥒ ᥱstᥲr ᥴᥲzᥲᥒdo ᥙᥒᥲ ᥴrιᥲtᥙrᥲ qᥙᥱ soᥣo hᥲs ᥱsᥴᥙᥴhᥲdo ᥱᥒ ᥴᥙᥱᥒtos; ᥣos ᥣίdᥱrᥱs mᥙᥒdιᥲᥣᥱs ρodrίᥲᥒ ᥱstᥲr dᥱsᥲrroᥣᥣᥲᥒdo ᥣᥲ sιgᥙιᥱᥒtᥱ formᥲ dᥱ mᥲᥒtᥱᥒᥱrᥒos ᥴιᥱgos ყ ᥱstᥙ́ριdos, sιmρᥣᥱs ιgᥒorᥲᥒtᥱs qᥙᥱ ᥒo ᥒotᥲᥒ ᥣᥲ dιfᥱrᥱᥒᥴιᥲ ᥱᥒtrᥱ ᥣo qᥙᥱ rᥱᥲᥣmᥱᥒtᥱ ᥱs ყ ᥣo qᥙᥱ ᥣᥱs dᥱjᥲᥒ vᥱr... Hᥲᥴᥱ 48 horᥲs ᥲρroxιmᥲdᥲmᥱᥒtᥱ, ᥣᥲ 'Eᥲstᥱrᥒ Tᥲᥒᥒᥱrყ' dᥱ Prᥱᥒzᥣᥲᥙᥱr Bᥱrg dᥱjó dᥱ sᥱr ᥙᥒᥲ ᥴᥙrtιdᥙrίᥲ ρᥲrᥲ ᥴoᥒvᥱrtιrsᥱ ᥱᥒ ᥙᥒ mᥲtᥲdᥱro. Lᥲ Sᥲᥒtᥲ Igᥣᥱsιᥲ, bᥲjo ᥱᥣ mᥲᥒdo dᥱᥣ Iᥒqᥙιsιdor Sᥱrrᥲ, ᥱjᥱᥴᥙtó ᥣᥲ oρᥱrᥲᥴιóᥒ 'Pᥙrgᥲ dᥱ ᥣos Iᥒdιgᥒos', ᥲᥒιqᥙιᥣᥲᥒdo ᥲᥣ 90% dᥱ ᥙᥒᥲ ᥴᥱ́ᥣᥙᥣᥲ dᥱ ᥙᥒ ᥴᥙᥣto dᥱmoᥒίᥲᥴo. Sιᥒ ᥱmbᥲrgo, ᥴιᥱrto 'ᥲᥴtιvo' —ᥙᥒ ιᥒfᥲᥒtᥱ ᥴoᥒ ᥲᥣtᥱrᥲᥴιoᥒᥱs mᥲ́s ᥲᥣᥣᥲ́ dᥱ ᥒᥙᥱstro ᥱᥒtᥱᥒdιmιᥱᥒto— ᥱsᥴᥲρó dᥙrᥲᥒtᥱ ᥙᥒ mιstᥱrιoso ᥴoᥣᥲρso dᥱᥣ ᥒιvᥱᥣ ιᥒfᥱrιor. Sᥱ ᥣᥱ sᥙρoᥒίᥲ mᥙᥱrto, ρᥱro rᥱᥴιᥱᥒtᥱs ᥲvιstᥲmιᥱᥒtos dᥱmᥙᥱstrᥲᥒ ᥣo ᥴoᥒtrᥲrιo. Aᥴtᥙᥲᥣmᥱᥒtᥱ, ᥣᥲ Ofιᥴιᥒᥲ dᥱᥣ Cᥱᥒsor ρrᥱρᥲrᥲ ᥙᥒᥲ ordᥱᥒ ρᥲrᥲ ᥱᥒvιᥲr ᥴᥲzᥲdorᥱs qᥙᥱ ρᥱιᥒᥱᥒ ᥣᥲ ᥴιᥙdᥲd doᥒdᥱ sᥱ ᥣᥱ vιo ρor ᥙ́ᥣtιmᥲ vᥱz. Pᥱro ᥒo soᥒ ᥣos ᥙ́ᥒιᥴos: ᥣos rᥱmᥲᥒᥱᥒtᥱs dᥱᥣ ᥴᥙᥣto, ᥲqᥙᥱᥣᥣos ᥣίdᥱrᥱs hᥱrιdos ყ dᥱsᥱsρᥱrᥲdos qᥙᥱ ᥣogrᥲroᥒ ᥱsᥴᥲρᥲr, tᥲmbιᥱ́ᥒ sᥱ ᥱᥒtᥱrᥲroᥒ dᥱ qᥙᥱ sᥙ ᥱxρᥱrιmᥱᥒto ᥱxιtoso ᥲᥙ́ᥒ dᥱᥲmbᥙᥣᥲ ᥱᥒtrᥱ ᥒosotros. Sᥲbᥱᥒ qᥙᥱ, ᥱᥒ ᥴᥙᥲᥒto ᥣᥲ Sᥲᥒtᥲ Igᥣᥱsιᥲ sᥙᥱᥣtᥱ ᥲ sᥙs ρᥱrros, ᥒo tᥲrdᥲrᥲ́ᥒ ᥱᥒ ᥱᥒᥴoᥒtrᥲr ᥲᥣ ᥴhιᥴo; ρor ᥱso, ᥒᥱᥴᥱsιtᥲᥒ sᥙ ρroριo ᥲᥒιmᥲᥣ dᥱ ᥴᥲzᥲ ρᥲrᥲ ιgᥙᥲᥣᥲr ᥱᥣ mᥲrᥴᥲdor. Y ρor ᥱso ᥱstᥲmos ᥲqᥙί... Los oᥴᥙᥣtιstᥲs hᥲᥒ rᥱᥴᥙrrιdo ᥲᥣ ᥙ́ᥒιᥴo ρodᥱr qᥙᥱ ᥒo rᥱsρoᥒdᥱ ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ Gobιᥱrᥒo ᥒι ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ Vᥲtιᥴᥲᥒo, sιᥒo ᥲᥒtᥱ ᥱᥣ mᥱjor ρostor: ᥱᥣ mᥱrᥴᥲdo ᥒᥱgro dᥱ Mᥱrᥴᥱᥒᥲrιos [ 𝟶𝟷:𝟷𝟺 α.m. / Dıstrıto de Weddıng / Berlı́n / Alemαnıα / Tαbernα „Kıez-Eck" ... ] El αıre en aquella tᥲbᥱrᥒᥲ oᥴᥙᥣtᥲ erα unα mezclα rαncıα de tαbαco vıejo, moho ч el hedor dulce de lα gαngrenα. Bαjo lα luz αmαrıllentα de unα bombıllα desnudα que oscılαbα αl rıtmo del metro subterrάneo, tres hombres αguαrdαbαn. Erαn lαs sobrαs de unα fe muertα. Uno de los lı́deres, con lα mαndı́bulα descolocαdα ч lα vıejα túnıcα empαpαdα de sαngre αhorα secα, sostenı́α contrα su pecho un mαletı́n de αlumınıo reforzαdo como sı fuerα su únıcα conexıón con lα vıdα ч tαl vez αsı́ erα... * — ¿Serά que no vα α venır? —Sıseó uno de los seguıdores, cuчos dedos temblorosos no dejαbαn de rαscαr lαs quemαdurαs de mercurıo en su brαzo— Sı se llegα α extrαer que lα Sαntα Iglesıα estά metıdα en esto, nı sıquıerα pensαrά en αrrıesgαrse por nosotros — Cάllαte —Gruñó el lı́der, αunque su propıα voz erα un hılo quebrαdo— No hαbles estupıdeces. Ellα no vıene por nosotros; vıene por el dınero que ofrecemos. No tenemos por qué decırle mάs de lo que necesıtα pαrα completαr el trαbαjo... Lα Sαntα Iglesıα cree que hα gαnαdo, pero se olvıdαron de αlgo ımportαnte: In Berlın kαnn dıe Stαhlgαbe eınes Söldners tıefer schneıden αls eın Psαlm Un sılencıo súbıto cαчó sobre lα tαbernα. No fue un sılencıo nαturαl; fue como sı el sonıdo mısmo hubıerα sıdo succıonαdo de lαs pαredes. De pronto, lα bombıllα dejó de oscılαr. Mıentrαs el resto de los clıentes contınuαbα conversαndo αjenos α todo, los del culto se mαntuvıeron sentαdos, esperαndo en un rıncón mıentrαs observαbαn ımpαcıentemente el mαrco de lα entrαdα, donde solo hαbı́α sombrαs. Pero... ¿por cuάnto tıempo se mαntendrı́α αsı́?
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  • El Incidente: Operación "Cuna de Hielo"
    Fandom Devil may cry
    Categoría Videojuegos

    ​La jornada en la oficina de Devil May Cry había sido inusualmente tranquila. Tras cerrar la puerta principal y caminar por el callejón oscuro que servía de atajo hacia su apartamento, Dante sintió que el aire cambiaba. No era el hedor a azufre de los demonios, sino algo más frío y sintético.
    ​Antes de que pudiera alcanzar su icónica rebelión, una granada de gas paralizante de grado militar estalló a sus pies. No era un gas común; estaba diseñado específicamente para neutralizar sistemas nerviosos de alto rendimiento.
    ​La Captura
    ​Un equipo de asalto de élite de la U.S.S. (Umbrella Security Service), liderado por una figura sombría, emergió de las sombras. A pesar de su fuerza sobrehumana, la toxina ralentizó sus reflejos lo suficiente. La última imagen que captaron sus ojos antes de que la oscuridad la reclamara fue el logo del paraguas rojo y blanco en el hombro de su captor.
    ​La Instalación
    ​Dante despierta, pero no puede moverse. Está suspendida en un cilindro de cristal reforzado en el complejo subterráneo de Umbrella. A su alrededor, científicos de bata blanca y soldados monitorean pantallas que muestran niveles de energía demoníaca fluctuantes.

    ​Estado: Amenaza de Clase Mundial.
    ​Procedimiento: Criogenización inmediata mediante el Compuesto-V2.
    ​La jornada en la oficina de Devil May Cry había sido inusualmente tranquila. Tras cerrar la puerta principal y caminar por el callejón oscuro que servía de atajo hacia su apartamento, Dante sintió que el aire cambiaba. No era el hedor a azufre de los demonios, sino algo más frío y sintético. ​Antes de que pudiera alcanzar su icónica rebelión, una granada de gas paralizante de grado militar estalló a sus pies. No era un gas común; estaba diseñado específicamente para neutralizar sistemas nerviosos de alto rendimiento. ​La Captura ​Un equipo de asalto de élite de la U.S.S. (Umbrella Security Service), liderado por una figura sombría, emergió de las sombras. A pesar de su fuerza sobrehumana, la toxina ralentizó sus reflejos lo suficiente. La última imagen que captaron sus ojos antes de que la oscuridad la reclamara fue el logo del paraguas rojo y blanco en el hombro de su captor. ​La Instalación ​Dante despierta, pero no puede moverse. Está suspendida en un cilindro de cristal reforzado en el complejo subterráneo de Umbrella. A su alrededor, científicos de bata blanca y soldados monitorean pantallas que muestran niveles de energía demoníaca fluctuantes. ​Estado: Amenaza de Clase Mundial. ​Procedimiento: Criogenización inmediata mediante el Compuesto-V2.
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • “De vuelta al mundo…”
    Fandom Harry Potter
    Categoría Acción
    𝓙𝑒𝑠𝑠 𝓦𝑖𝑙𝑙𝑜𝑤𝑠

    Todavía sentía el vértigo en su estómago y las náuseas. Quería vomitar. Riley levantó la mirada del lavabo hacía su reflejo en el espejo de su cuarto de baño y una pálida muchacha de cabello oscuro y ojos marrones le devolvía la mirada. Hacía menos de 20 minutos que había echado a Balt de su apartamento.

    Cerró los ojos ante otra nueva náusea, y se concentró en respirar profundamente.

    “ — Uno,... dos,... tres,... –” Respiración profunda.

    – Estoy bien… Estoy bien… – se dijo, y apretó los bordes del mueble de lavabo como si fuera su ancla a ese estado de bienestar que estaba muy lejos de ser real.

    Volvió a respirar profundamente, y a contar hasta diez. Otra vez, y una vez más. Abrió los ojos, y la Riley que esta vez le devolvía la mirada no parecía estar a punto de perder el conocimiento o de echar hasta su primera papilla. La mujer que ahora le devolvía la mirada respiraba casi con normalidad y tenía un color menos… fantasmagórico.

    – Vale… Que no cunda el pánico… Vamos a analizar la situación y decidiré si mato a Balt… ¡Al idiota de Balthazar! Si se llama así, y no me ha mentido también en eso… – el pánico parecía que iba a volver a ganar la guerra — La idiota soy yo… Una idiota de los pies a la cabeza… Red Flags. Las malditas Red Flags, una tras otra, pero nooooo…. ¡NO! Yo como estúpida que soy, voy y decido ignorarlas toooodas… Un tío interesante, alto y guapo, con acento británico en Nueva York aparece por casualidad en mi biblioteca accediendo a una cita, que no era una cita, aun teniendo pareja… Y yo soy tan idiota de acceder a una amistad cuando siempre tomo distancia… Pero nooo, en esa ocasión decido… ¡Qué leches! Soy tan idiota que, aunque él me encanta y tengo cero oportunidades, dejarle entrar en mi vida… Y ¡Sorpresa! Todo lo hace porque soy la maldita hija de Alexander Barrow, no porque realmente hayamos conectado… No… solo era un jodido trabajo.. Y lo peor es que mi padre viene a por mí… Mi padre quien debería estar en Azkaban y tiene a todo el mundo engañado… Y yo en vez de estar aquí contándole mis dramas familiares y amoroso a un maldito espejo, debería estar denunciándolo en el Macusa…–.

    El discurso dicho en voz alta le robó las fuerzas en las piernas, sintiendo como le temblaban, y pudiendo caer al suelo sino fuera porque se mantenía bien sujeta al lavamanos. Decir en voz alta lo sucedido ayudaba. Era una táctica, no solo para poder sacar todos sus pensamientos de la cabeza y que no se convirtieran en un bucle de pensamientos recurrentes, también para tomar conciencia sobre sus siguientes pasos.

    Por el momento, y lo que Riley había sacado en claro de todo lo que Bob, apodo cariñoso por el que también se dirigía a él siendo la única que lo hacía, le había confesado era que, además de haberse acercado a ella por tema laboral, sin ahondar en cuestiones sentimentales (como era que Riley estaba enamorada de él), que la persona que estaba detrás de todo era Alexander Barrow, su padre. La estaba buscando, y eso implicaba que debía de hacer algo antes de que él la encontrase. En esos momentos no podía fiarse de nadie, y eso dejaba claro que si las cosas no habían funcionado, a su manera, tendría que utilizar otras formas; hacer una denuncia oficial.

    - Vale, vale, vale… Sé lo que tengo que hacer y… respira… uff, uno, dos, tres… mantengamos la calma… – Tomó aire, y agitó las manos intentando descargar tanta tensión. Se cuadró frente al espejo y se miró directamente. – Soy Anna… – dijo con inseguridad – Soy Anna Elise… Soy Anna Elise Barrow y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow… – Asintió con menos determinación de lo que su reflejo le devolvía.

    – Soy Anna Elise Barrow, y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow. Lo siento, papá, pero has ido demasiado lejos y es hora de volver al mundo –.

    Media hora después Riley, Anna, salía de su apartamento en Nueva York con la apariencia de cualquier muggle más. Llevaba su habitual vestimenta, y su chaquetón largo y un paraguas de mano. Además, de su bolso repleto de cosas muggles. Solo una cosa nueva; su varita. Un nuevo destino, el Macusa.

    El Macusa, un edificio subterráneo en el centro de Nueva York, mucho más monumental y señorial que el británico, al menos a ojos de Riley. Imponía estar allí. No solo por sus líneas rectas y el aspecto que daba la sensación de poder y control, también porque se sentía fuera de lugar. Se sentía extraña, como si ahora realmente fuera una farsante.

    Caminó por la amplia y majestuosa sala principal intentando disimular lo perdida que se sentía. Miró los diferentes carteles que derivan a salas que se distribuían por pasillos. “Archivos, juicios, cámaras de interrogatorios, Confiscación de artefactos…”. Continuó caminando por la sala en silencio leyendo los carteles que se encontraba y evitando los brujos y magos que se cruzaba con pasos apresurados.

    Parecía que no encontraría a dónde debía ir, y que aquel lugar donde no había siquiera ventanas y parecía que todo estaba hecho para sentirte pequeño, la devoraría sin tregua. Sus pasos se volvieron erráticos mirando a una u otra columnas hasta que se chocó de pronto contra alguien.

    – Lo siento… – se disculpó, encontrando a un hombre algo mayor que ella.

    – Tranquila… ¿Necesitas ayuda? –. preguntó mirando a la joven, claramente Riley daba la impresión de estar perdida.

    – Quería… quería ir al departamento de seguridad, pero estoy un poco pérdida… – se atrevió a confesar que no sabía a donde tenía que ir, tampoco es que estuviera haciendo nada malo, y en el Macusa no tenía nada que temer. Si Alexander la buscaba, allí no entraría.

    – No se preocupe, la acompaño… – dijo, señalando un pasillo que se perdía al fondo de la sala – Yo voy una planta más abajo, pero le indicaré cómo llegar –.

    Caminó junto al mago hacía el pasillo, y allí, en lo alto de la primera columna de granito oscuro que iba desde el suelo al techo, había un cartel que indicaba “Seguridad” encima de “Licencias”.

    – No te preocupes… La primera vez que entré en este edificio, bueno, digamos que terminé en una sala de juicios y me confundieron con el acusado… Fue un gran primer día –.

    Menos de cinco minutos después, Riley se encontraba en la recepción del departamento de seguridad.

    – Buenas tardes, soy Anna Elise Barrow y necesito hablar con un auror sobre Alexander Barrow… –
    [FIGHTERAUR0R] Todavía sentía el vértigo en su estómago y las náuseas. Quería vomitar. Riley levantó la mirada del lavabo hacía su reflejo en el espejo de su cuarto de baño y una pálida muchacha de cabello oscuro y ojos marrones le devolvía la mirada. Hacía menos de 20 minutos que había echado a Balt de su apartamento. Cerró los ojos ante otra nueva náusea, y se concentró en respirar profundamente. “ — Uno,... dos,... tres,... –” Respiración profunda. – Estoy bien… Estoy bien… – se dijo, y apretó los bordes del mueble de lavabo como si fuera su ancla a ese estado de bienestar que estaba muy lejos de ser real. Volvió a respirar profundamente, y a contar hasta diez. Otra vez, y una vez más. Abrió los ojos, y la Riley que esta vez le devolvía la mirada no parecía estar a punto de perder el conocimiento o de echar hasta su primera papilla. La mujer que ahora le devolvía la mirada respiraba casi con normalidad y tenía un color menos… fantasmagórico. – Vale… Que no cunda el pánico… Vamos a analizar la situación y decidiré si mato a Balt… ¡Al idiota de Balthazar! Si se llama así, y no me ha mentido también en eso… – el pánico parecía que iba a volver a ganar la guerra — La idiota soy yo… Una idiota de los pies a la cabeza… Red Flags. Las malditas Red Flags, una tras otra, pero nooooo…. ¡NO! Yo como estúpida que soy, voy y decido ignorarlas toooodas… Un tío interesante, alto y guapo, con acento británico en Nueva York aparece por casualidad en mi biblioteca accediendo a una cita, que no era una cita, aun teniendo pareja… Y yo soy tan idiota de acceder a una amistad cuando siempre tomo distancia… Pero nooo, en esa ocasión decido… ¡Qué leches! Soy tan idiota que, aunque él me encanta y tengo cero oportunidades, dejarle entrar en mi vida… Y ¡Sorpresa! Todo lo hace porque soy la maldita hija de Alexander Barrow, no porque realmente hayamos conectado… No… solo era un jodido trabajo.. Y lo peor es que mi padre viene a por mí… Mi padre quien debería estar en Azkaban y tiene a todo el mundo engañado… Y yo en vez de estar aquí contándole mis dramas familiares y amoroso a un maldito espejo, debería estar denunciándolo en el Macusa…–. El discurso dicho en voz alta le robó las fuerzas en las piernas, sintiendo como le temblaban, y pudiendo caer al suelo sino fuera porque se mantenía bien sujeta al lavamanos. Decir en voz alta lo sucedido ayudaba. Era una táctica, no solo para poder sacar todos sus pensamientos de la cabeza y que no se convirtieran en un bucle de pensamientos recurrentes, también para tomar conciencia sobre sus siguientes pasos. Por el momento, y lo que Riley había sacado en claro de todo lo que Bob, apodo cariñoso por el que también se dirigía a él siendo la única que lo hacía, le había confesado era que, además de haberse acercado a ella por tema laboral, sin ahondar en cuestiones sentimentales (como era que Riley estaba enamorada de él), que la persona que estaba detrás de todo era Alexander Barrow, su padre. La estaba buscando, y eso implicaba que debía de hacer algo antes de que él la encontrase. En esos momentos no podía fiarse de nadie, y eso dejaba claro que si las cosas no habían funcionado, a su manera, tendría que utilizar otras formas; hacer una denuncia oficial. - Vale, vale, vale… Sé lo que tengo que hacer y… respira… uff, uno, dos, tres… mantengamos la calma… – Tomó aire, y agitó las manos intentando descargar tanta tensión. Se cuadró frente al espejo y se miró directamente. – Soy Anna… – dijo con inseguridad – Soy Anna Elise… Soy Anna Elise Barrow y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow… – Asintió con menos determinación de lo que su reflejo le devolvía. – Soy Anna Elise Barrow, y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow. Lo siento, papá, pero has ido demasiado lejos y es hora de volver al mundo –. Media hora después Riley, Anna, salía de su apartamento en Nueva York con la apariencia de cualquier muggle más. Llevaba su habitual vestimenta, y su chaquetón largo y un paraguas de mano. Además, de su bolso repleto de cosas muggles. Solo una cosa nueva; su varita. Un nuevo destino, el Macusa. El Macusa, un edificio subterráneo en el centro de Nueva York, mucho más monumental y señorial que el británico, al menos a ojos de Riley. Imponía estar allí. No solo por sus líneas rectas y el aspecto que daba la sensación de poder y control, también porque se sentía fuera de lugar. Se sentía extraña, como si ahora realmente fuera una farsante. Caminó por la amplia y majestuosa sala principal intentando disimular lo perdida que se sentía. Miró los diferentes carteles que derivan a salas que se distribuían por pasillos. “Archivos, juicios, cámaras de interrogatorios, Confiscación de artefactos…”. Continuó caminando por la sala en silencio leyendo los carteles que se encontraba y evitando los brujos y magos que se cruzaba con pasos apresurados. Parecía que no encontraría a dónde debía ir, y que aquel lugar donde no había siquiera ventanas y parecía que todo estaba hecho para sentirte pequeño, la devoraría sin tregua. Sus pasos se volvieron erráticos mirando a una u otra columnas hasta que se chocó de pronto contra alguien. – Lo siento… – se disculpó, encontrando a un hombre algo mayor que ella. – Tranquila… ¿Necesitas ayuda? –. preguntó mirando a la joven, claramente Riley daba la impresión de estar perdida. – Quería… quería ir al departamento de seguridad, pero estoy un poco pérdida… – se atrevió a confesar que no sabía a donde tenía que ir, tampoco es que estuviera haciendo nada malo, y en el Macusa no tenía nada que temer. Si Alexander la buscaba, allí no entraría. – No se preocupe, la acompaño… – dijo, señalando un pasillo que se perdía al fondo de la sala – Yo voy una planta más abajo, pero le indicaré cómo llegar –. Caminó junto al mago hacía el pasillo, y allí, en lo alto de la primera columna de granito oscuro que iba desde el suelo al techo, había un cartel que indicaba “Seguridad” encima de “Licencias”. – No te preocupes… La primera vez que entré en este edificio, bueno, digamos que terminé en una sala de juicios y me confundieron con el acusado… Fue un gran primer día –. Menos de cinco minutos después, Riley se encontraba en la recepción del departamento de seguridad. – Buenas tardes, soy Anna Elise Barrow y necesito hablar con un auror sobre Alexander Barrow… –
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  • -- Susurro de Plutón --

    El Susurro de Plutón crece en grandes racimos, es raro encontrar a un especímen lejos de un grupo. El tallo es largo y de grosor promedio, mientras que la tapa es gruesa, lisa, de textura aceitosa. Resaltan zonas bioluminiscentes con forma similar a estrellas.

    En las zonas subterráneas del refugio, la principal fuente de luz proviene de estas setas.

    El Susurro crece exclusivamente sobre materia orgánica en descomposición, como por ejemplo, otras setas, las pocas plantas que crecen en las zonas profundas del refugio, y más notablemente, los cadáveres de los pocos animales que se aventuran a estas zonas. Los que brotan de animales parecen tener ciertas propiedades pricotrópicas aunque son los más difíciles de encontrar.

    Este hongo puede, a través de un mecanismo que no entendemos aún, absorber los pensamientos y recuerdos del animal sobre el que brota y transferir esos recuerdos a cualquiera que consuma el hongo. Hemos recibido ofertas millonarias de ciertos grupos y sectas espiritistas, interesadas en sus supuestas propiedades para vincular el alma humana con su espíritu animal.
    -- Susurro de Plutón -- El Susurro de Plutón crece en grandes racimos, es raro encontrar a un especímen lejos de un grupo. El tallo es largo y de grosor promedio, mientras que la tapa es gruesa, lisa, de textura aceitosa. Resaltan zonas bioluminiscentes con forma similar a estrellas. En las zonas subterráneas del refugio, la principal fuente de luz proviene de estas setas. El Susurro crece exclusivamente sobre materia orgánica en descomposición, como por ejemplo, otras setas, las pocas plantas que crecen en las zonas profundas del refugio, y más notablemente, los cadáveres de los pocos animales que se aventuran a estas zonas. Los que brotan de animales parecen tener ciertas propiedades pricotrópicas aunque son los más difíciles de encontrar. Este hongo puede, a través de un mecanismo que no entendemos aún, absorber los pensamientos y recuerdos del animal sobre el que brota y transferir esos recuerdos a cualquiera que consuma el hongo. Hemos recibido ofertas millonarias de ciertos grupos y sectas espiritistas, interesadas en sus supuestas propiedades para vincular el alma humana con su espíritu animal.
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  • Tengo muchas cosas que hacer, heredar la responsabilidad de manejar un hospital para criaturas subterráneas no estaba en mi bingo card de este año, de ninguno. ¡Uff! Y apenas es siete de enero.
    Sepan que necesitaré ayuda y pacientes.
    Tengo muchas cosas que hacer, heredar la responsabilidad de manejar un hospital para criaturas subterráneas no estaba en mi bingo card de este año, de ninguno. ¡Uff! Y apenas es siete de enero. Sepan que necesitaré ayuda y pacientes.
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  • Dottore

    *tratar con la princesa del abismo es... interesante, a demás de que suele relajarse cuando ella entra al laboratorio... cosa que permite incluso dándole la llave de este, solo ponía las etiquetas correspondientes en sustancias peligrosas.

    Habiendo creado un piso subterráneo para sus experimentos mas peligrosos, junto a las criaturas que formaba, con tal de protegerla indirectamente, poniendo atención a las ideas de Lumine, claro las llevaba a cabo para verla sonreir*

    Incluso tengo algo para Lumi hoy...
    🩺 Dottore 🧪 *tratar con la princesa del abismo es... interesante, a demás de que suele relajarse cuando ella entra al laboratorio... cosa que permite incluso dándole la llave de este, solo ponía las etiquetas correspondientes en sustancias peligrosas. Habiendo creado un piso subterráneo para sus experimentos mas peligrosos, junto a las criaturas que formaba, con tal de protegerla indirectamente, poniendo atención a las ideas de Lumine, claro las llevaba a cabo para verla sonreir* Incluso tengo algo para Lumi hoy...
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  • #monorol
    -- Pilares de la Creación --

    [ Décadas atrás ]

    Nada más que un simple pueblo rural olvidado por Dios. Ni turismo, ni minería, ni cosechas abundantes, solo un par de casuchas polvorientas a mitad del desierto. Un lugar tan insignificante que bien podria ni existir y nadie notaría la diferencia.

    Sin embargo en los túneles subterráneos se ocultaba un secreto hasta ese día desconocido por el hombre. Secretos ancestrales tan antiguos que desafiaban todo lo establecido.

    "¡Apúrate, Cornelius!"
    El hombre que lideraba la expedición era Dominic Ryzenga, un joven micólogo que se había hecho de fama inusitada a su corta edad. No sólo fue él quien descubrió ese lugar, sino que habia descubierto nada menos que 78 especies diferentes de setas en ese abismo.

    "¿Podemos tomar un descanso? Saben que mi pierna ya no puede con este tipo de excursiones"
    El que se estaba rezagando era Cornelius Lenheim, un veterano de guerra que había heredado una fortuna tan inmensa de la noche a la mañana, tanto asi que no tenia idea qué hacer con ella. Se apoyaba de un bastón para caminar, cuando uno de los excursionistas regresó a ayudarle.

    "Creo que es buena idea tomar un descanso, Dominic".
    Su larga cabellera negra como la noche y su espada oriental eran inconfundibles. Amadeus Crowley, el filántropo y coleccionista que había decidido financiar la investigación del joven Ryzenga cuando el resto del mundo científico le había dado la espalda. Ahora la envidia de muchos gracias a la fructífera investigación del talentoso científico.

    Frente a los tres hombres y el resto de su expedición se encontraba una gruta natural, sinuosa y traicionera que llevaba a lo que Dominic habia llamado "Los Pilares de la Creación".

    Los pilares eran nada más que tres hongos de un colosal tamaño que desafiaba todo entendimiento moderno. Dominic había estimado que cada uno alcanzaba una profundidad de nada menos que ¡400 kilómetros!

    Desde ahí se esparcía una red de setas no solo a traves de esa área, sino a todos los rincones del mundo. Una red de información tan vieja como el propio planeta, aunque según Dominic, era aún más vieja que la tierra misma, o así lo explicaba una descabellada y atrevida teoría que él tenía.

    "La desdoblabilidad reversible del ADN" le llamaba. Fue recibida con burlas, pero Amadeus escuchó con atención e interés, y por supuesto, con fondos casi ilimitados. Fondos que provenían en gran parte de la familia Lenheim, ahora liderada por Cornelius.

    "¿Por qué siempre cargas esa espada?"
    Preguntó Cornelius como si fuera un tabú. Lo conocía desde hace casi un año y le había llamado la atención.

    "¿De qué hablas?"
    Amadeus respondió perplejo.
    "Yo no cargo nada. Ella es la que ha decidido acompañarme"

    "Es más que una espada para ti"
    Acotó Dominic con certeza.

    "Como estas setas son más que simples hongos para ti, ¿no es así?"
    Afirmó Amadeus.

    "Aquí no hay hongos ni setas"
    Dominic explicó.
    "Esos son los nombres que decidimos para los verdaderos habitantes de este mundo. Estuvieron aquí primero y estarán cuando nuestro turno termine. Ellos son los que deberían decidir si 'humano' es como nos deberíamos llamar"

    "¿En serio son así de importantes?"
    Pregunta Cornelius con cautela pues sabe lo apasionado que Dominic es en cuanto a este tema.

    "¿Importantes? Es lo único que importa, este planeta solo fue creado como un hogar para los Pilares. Comparados con ellos, los humanos somos solo personajes secundarios en este mundo"
    Dominic mostraba más intensidad a cada palabra.

    "En ese caso..."
    Completó Amadeus.
    "¿Qué tal si nosotros tres tomamos el papel protagónico de este mundo prestado?" Sólo un momento"
    #monorol -- Pilares de la Creación -- [ Décadas atrás ] Nada más que un simple pueblo rural olvidado por Dios. Ni turismo, ni minería, ni cosechas abundantes, solo un par de casuchas polvorientas a mitad del desierto. Un lugar tan insignificante que bien podria ni existir y nadie notaría la diferencia. Sin embargo en los túneles subterráneos se ocultaba un secreto hasta ese día desconocido por el hombre. Secretos ancestrales tan antiguos que desafiaban todo lo establecido. "¡Apúrate, Cornelius!" El hombre que lideraba la expedición era Dominic Ryzenga, un joven micólogo que se había hecho de fama inusitada a su corta edad. No sólo fue él quien descubrió ese lugar, sino que habia descubierto nada menos que 78 especies diferentes de setas en ese abismo. "¿Podemos tomar un descanso? Saben que mi pierna ya no puede con este tipo de excursiones" El que se estaba rezagando era Cornelius Lenheim, un veterano de guerra que había heredado una fortuna tan inmensa de la noche a la mañana, tanto asi que no tenia idea qué hacer con ella. Se apoyaba de un bastón para caminar, cuando uno de los excursionistas regresó a ayudarle. "Creo que es buena idea tomar un descanso, Dominic". Su larga cabellera negra como la noche y su espada oriental eran inconfundibles. Amadeus Crowley, el filántropo y coleccionista que había decidido financiar la investigación del joven Ryzenga cuando el resto del mundo científico le había dado la espalda. Ahora la envidia de muchos gracias a la fructífera investigación del talentoso científico. Frente a los tres hombres y el resto de su expedición se encontraba una gruta natural, sinuosa y traicionera que llevaba a lo que Dominic habia llamado "Los Pilares de la Creación". Los pilares eran nada más que tres hongos de un colosal tamaño que desafiaba todo entendimiento moderno. Dominic había estimado que cada uno alcanzaba una profundidad de nada menos que ¡400 kilómetros! Desde ahí se esparcía una red de setas no solo a traves de esa área, sino a todos los rincones del mundo. Una red de información tan vieja como el propio planeta, aunque según Dominic, era aún más vieja que la tierra misma, o así lo explicaba una descabellada y atrevida teoría que él tenía. "La desdoblabilidad reversible del ADN" le llamaba. Fue recibida con burlas, pero Amadeus escuchó con atención e interés, y por supuesto, con fondos casi ilimitados. Fondos que provenían en gran parte de la familia Lenheim, ahora liderada por Cornelius. "¿Por qué siempre cargas esa espada?" Preguntó Cornelius como si fuera un tabú. Lo conocía desde hace casi un año y le había llamado la atención. "¿De qué hablas?" Amadeus respondió perplejo. "Yo no cargo nada. Ella es la que ha decidido acompañarme" "Es más que una espada para ti" Acotó Dominic con certeza. "Como estas setas son más que simples hongos para ti, ¿no es así?" Afirmó Amadeus. "Aquí no hay hongos ni setas" Dominic explicó. "Esos son los nombres que decidimos para los verdaderos habitantes de este mundo. Estuvieron aquí primero y estarán cuando nuestro turno termine. Ellos son los que deberían decidir si 'humano' es como nos deberíamos llamar" "¿En serio son así de importantes?" Pregunta Cornelius con cautela pues sabe lo apasionado que Dominic es en cuanto a este tema. "¿Importantes? Es lo único que importa, este planeta solo fue creado como un hogar para los Pilares. Comparados con ellos, los humanos somos solo personajes secundarios en este mundo" Dominic mostraba más intensidad a cada palabra. "En ese caso..." Completó Amadeus. "¿Qué tal si nosotros tres tomamos el papel protagónico de este mundo prestado?" Sólo un momento"
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  • Recluida en la sala de contención del complejo subterráneo, Anomaly descansa al fin. Su cuerpo duerme, rendido tras una misión que la exprimió hasta dejarla exhausta… pero no todo en ella disfruta el placer del sueño.

    Su cuerpo y su consciencia se hundieron en la oscuridad, pero el instinto, esa segunda alma hecha de alquitrán y hambre, permanece despierto. Ella se enrosca sobre sí misma, pero el alquitrán se alza, se extiende en formas retorcidas y grotescas, vigilando con una atención antinatural.

    Cuando pasos se acercan a su “habitación”, la sustancia se retuerce con una marcada lentitud, agónica, definitiva. El cuello se arquea y esa mirada brillante se clava en el paisaje al otro lado del cristal blindado con fijeza obsesiva.

    Un gorgoteo brota del alquitrán, húmedo y bajo, más un susurro que cualquier otra cosa, aún así, lleva la intención de un gruñido, una advertencia densa y viscosa.
    Recluida en la sala de contención del complejo subterráneo, Anomaly descansa al fin. Su cuerpo duerme, rendido tras una misión que la exprimió hasta dejarla exhausta… pero no todo en ella disfruta el placer del sueño. Su cuerpo y su consciencia se hundieron en la oscuridad, pero el instinto, esa segunda alma hecha de alquitrán y hambre, permanece despierto. Ella se enrosca sobre sí misma, pero el alquitrán se alza, se extiende en formas retorcidas y grotescas, vigilando con una atención antinatural. Cuando pasos se acercan a su “habitación”, la sustancia se retuerce con una marcada lentitud, agónica, definitiva. El cuello se arquea y esa mirada brillante se clava en el paisaje al otro lado del cristal blindado con fijeza obsesiva. Un gorgoteo brota del alquitrán, húmedo y bajo, más un susurro que cualquier otra cosa, aún así, lleva la intención de un gruñido, una advertencia densa y viscosa.
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  • "No..."

    Lo había imaginado como algo que nunca haría ninguna colmena infestada de las que ha dado cacería, pero que haya consumido el único tren que conecta a muchas colonias de manera subterranea jamas, un ser colosal que en su vientre de acero y sangre alberga miles de infestados en hibernación esperando su momento para salir de los poros de esa piel que se desliza sobre los rieles.

    Podrían matar infestados en un lugar pero esa serpiente de carne ira propagando su infección en otra zona, eso explicaría porque aunque la cuarentena fue bien aplicada, habían brotes simultáneos en diferentes colonias no relacionadas en una velocidad alarmante.
    "No..." Lo había imaginado como algo que nunca haría ninguna colmena infestada de las que ha dado cacería, pero que haya consumido el único tren que conecta a muchas colonias de manera subterranea jamas, un ser colosal que en su vientre de acero y sangre alberga miles de infestados en hibernación esperando su momento para salir de los poros de esa piel que se desliza sobre los rieles. Podrían matar infestados en un lugar pero esa serpiente de carne ira propagando su infección en otra zona, eso explicaría porque aunque la cuarentena fue bien aplicada, habían brotes simultáneos en diferentes colonias no relacionadas en una velocidad alarmante.
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