• Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    El mármol del Olimpo siempre estaba frío, una perfección gélida que reflejaba la eternidad de los dioses. La diosa, de cabellos rosados como el primer amanecer, suspiró, jugueteando distraídamente con el borde dorado de su túnica. Desde su trono de marfil, la vista era impecable: cielos interminables, luz perpetua y el distante resplandor de los templos de sus hermanos.
    Todo era perfecto. Y todo era insoportablemente aburrido.
    Se recostó en la silla, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada perdida más allá de las nubes. "¿Es esto la divinidad?", pensó. "¿Observar? ¿Juzgar? ¿Recibir oraciones de seres que vibran de vida, mientras nosotros permanecemos estáticos?" Suspiró de nuevo, su aliento apenas perturbando el aire divinamente perfumado.
    Un movimiento captó su atención. A través de la bruma, el mundo humano se extendía como un tapiz de colores y texturas. Vio las luces de las ciudades cobrando vida, las siluetas de personas moviéndose con un propósito que ella nunca había entendido realmente. Escuchó fragmentos de risas, discusiones ardientes, música imperfecta interpretada con pasión.
    Una punzada de algo nuevo la atravesó. No era celos, ni tampoco simple curiosidad. Era un anhelo, un deseo de *sentir*.
    Se levantó de su trono, el movimiento rompiendo el silencio eterno de su cámara. Sus pies, siempre descalzos, tocaron el suelo helado. Se acercó al borde, donde las nubes se partían para revelar la Tierra. El viento soplaba allí abajo, diferente al aire inmóvil del Olimpo; era un viento que llevaba historias, olores a lluvia y a tierra mojada, a pan recién horneado y a mar salado.
    "Viven tan poco tiempo", murmuró, "y sin embargo, parecen vivir mucho más que nosotros".
    Tomó una decisión. No sería una visita fugaz para entrometerse en un amor mortal o para desatar una tempestad. No. Bajaría como una igual. Sin poderes, sin coronas, sin la red de seguridad de la inmortalidad.
    Se quitó la diadema de hojas de laurel, dejándola caer sobre el mármol con un suave *clink*. Su túnica divina se transformó en un vestido de lino sencillo, como los que usaban las mujeres humanas. Se alisó el cabello rosado, sintiéndolo diferente, más *real*.
    "Solo un momento", se dijo a sí misma, con una sonrisa que no había tenido en milenios. "Una vida mortal. Una sola. Para saber lo que es el hambre, el frío, el cansancio... y quizás, si soy afortunada, un poco de ese amor imperfecto y desesperado que los hace tan fascinantes".
    Con un último vistazo a su trono vacío, se dejó caer. No hubo caída dramática, solo una transición suave, como deslizarse en un sueño.
    Cuando abrió los ojos, sus pies estaban en tierra firme. El aire olía a pino y a polvo. La gente pasaba a su alrededor, demasiado ocupada con sus propias vidas para notar a la extraña con cabello de amanecer. El mármol del Olimpo quedó atrás, reemplazado por la promesa de la fragilidad mortal. Y por primera vez en toda la eternidad, se sintió verdaderamente viva.
    El mármol del Olimpo siempre estaba frío, una perfección gélida que reflejaba la eternidad de los dioses. La diosa, de cabellos rosados como el primer amanecer, suspiró, jugueteando distraídamente con el borde dorado de su túnica. Desde su trono de marfil, la vista era impecable: cielos interminables, luz perpetua y el distante resplandor de los templos de sus hermanos. Todo era perfecto. Y todo era insoportablemente aburrido. Se recostó en la silla, apoyando la barbilla en la mano, con la mirada perdida más allá de las nubes. "¿Es esto la divinidad?", pensó. "¿Observar? ¿Juzgar? ¿Recibir oraciones de seres que vibran de vida, mientras nosotros permanecemos estáticos?" Suspiró de nuevo, su aliento apenas perturbando el aire divinamente perfumado. Un movimiento captó su atención. A través de la bruma, el mundo humano se extendía como un tapiz de colores y texturas. Vio las luces de las ciudades cobrando vida, las siluetas de personas moviéndose con un propósito que ella nunca había entendido realmente. Escuchó fragmentos de risas, discusiones ardientes, música imperfecta interpretada con pasión. Una punzada de algo nuevo la atravesó. No era celos, ni tampoco simple curiosidad. Era un anhelo, un deseo de *sentir*. Se levantó de su trono, el movimiento rompiendo el silencio eterno de su cámara. Sus pies, siempre descalzos, tocaron el suelo helado. Se acercó al borde, donde las nubes se partían para revelar la Tierra. El viento soplaba allí abajo, diferente al aire inmóvil del Olimpo; era un viento que llevaba historias, olores a lluvia y a tierra mojada, a pan recién horneado y a mar salado. "Viven tan poco tiempo", murmuró, "y sin embargo, parecen vivir mucho más que nosotros". Tomó una decisión. No sería una visita fugaz para entrometerse en un amor mortal o para desatar una tempestad. No. Bajaría como una igual. Sin poderes, sin coronas, sin la red de seguridad de la inmortalidad. Se quitó la diadema de hojas de laurel, dejándola caer sobre el mármol con un suave *clink*. Su túnica divina se transformó en un vestido de lino sencillo, como los que usaban las mujeres humanas. Se alisó el cabello rosado, sintiéndolo diferente, más *real*. "Solo un momento", se dijo a sí misma, con una sonrisa que no había tenido en milenios. "Una vida mortal. Una sola. Para saber lo que es el hambre, el frío, el cansancio... y quizás, si soy afortunada, un poco de ese amor imperfecto y desesperado que los hace tan fascinantes". Con un último vistazo a su trono vacío, se dejó caer. No hubo caída dramática, solo una transición suave, como deslizarse en un sueño. Cuando abrió los ojos, sus pies estaban en tierra firme. El aire olía a pino y a polvo. La gente pasaba a su alrededor, demasiado ocupada con sus propias vidas para notar a la extraña con cabello de amanecer. El mármol del Olimpo quedó atrás, reemplazado por la promesa de la fragilidad mortal. Y por primera vez en toda la eternidad, se sintió verdaderamente viva.
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  • El eco de unos pasos apresurados resonaba en el vacío, como si el tiempo mismo se estuviera rompiendo bajo cada pisada. El Conejo Blanco apareció de entre una distorsión tenue, ajustando sus guantes con una precisión casi obsesiva. Sus ojos, inquietos y brillantes, parecían ver más allá de lo evidente… como si siguiera algo que nadie más podía percibir.

    —Ah… llegas tarde. Siempre llegan tarde

    murmuró, sacando un reloj de bolsillo que no marcaba ninguna hora coherente

    —Pero no importa… nunca importa realmente.

    Dejó escapar una risa baja, antes de alzar la mirada. Su expresión cambió, tornándose más serena casi melancólica.

    —¿Sabes por qué me fascina tanto esa historia…? Alicia… ese mundo absurdo… ese descenso sin lógica.

    Giró ligeramente sobre sus talones, como si estuviera recordando algo lejano pero profundamente importante.

    —Porque no es fantasía… es un reflejo. Un espejo distorsionado de lo que somos. Un lugar donde las reglas no tienen sentido… donde la cordura es cuestionable… y donde caer no es un accidente, sino un destino inevitable.

    Se llevó el reloj al pecho, apretándolo con fuerza.

    —Alicia no eligió caer… pero una vez abajo, tuvo que adaptarse. Tuvo que sobrevivir entre criaturas que no seguían ninguna lógica… ¿te suena familiar?

    Una sonrisa torcida apareció en su rostro.

    —Ese mundo… ese caos elegante… es lo más cercano a la verdad que muchos se atreven a admitir. No hay orden. No hay control. Solo… perspectivas.

    Se inclinó ligeramente hacia adelante, como si compartiera un secreto peligroso.

    —Y yo… bueno… supongo que me identifiqué con el Conejo. Siempre corriendo… siempre llegando tarde… siempre siendo el heraldo de algo que nadie entiende del todo.

    Se enderezó, su tono volviéndose más ligero, casi juguetón… pero con un trasfondo inquietante.

    —Además… ¿quién no querría perderse en un lugar donde lo imposible es rutina?
    El eco de unos pasos apresurados resonaba en el vacío, como si el tiempo mismo se estuviera rompiendo bajo cada pisada. El Conejo Blanco apareció de entre una distorsión tenue, ajustando sus guantes con una precisión casi obsesiva. Sus ojos, inquietos y brillantes, parecían ver más allá de lo evidente… como si siguiera algo que nadie más podía percibir. —Ah… llegas tarde. Siempre llegan tarde murmuró, sacando un reloj de bolsillo que no marcaba ninguna hora coherente —Pero no importa… nunca importa realmente. Dejó escapar una risa baja, antes de alzar la mirada. Su expresión cambió, tornándose más serena casi melancólica. —¿Sabes por qué me fascina tanto esa historia…? Alicia… ese mundo absurdo… ese descenso sin lógica. Giró ligeramente sobre sus talones, como si estuviera recordando algo lejano pero profundamente importante. —Porque no es fantasía… es un reflejo. Un espejo distorsionado de lo que somos. Un lugar donde las reglas no tienen sentido… donde la cordura es cuestionable… y donde caer no es un accidente, sino un destino inevitable. Se llevó el reloj al pecho, apretándolo con fuerza. —Alicia no eligió caer… pero una vez abajo, tuvo que adaptarse. Tuvo que sobrevivir entre criaturas que no seguían ninguna lógica… ¿te suena familiar? Una sonrisa torcida apareció en su rostro. —Ese mundo… ese caos elegante… es lo más cercano a la verdad que muchos se atreven a admitir. No hay orden. No hay control. Solo… perspectivas. Se inclinó ligeramente hacia adelante, como si compartiera un secreto peligroso. —Y yo… bueno… supongo que me identifiqué con el Conejo. Siempre corriendo… siempre llegando tarde… siempre siendo el heraldo de algo que nadie entiende del todo. Se enderezó, su tono volviéndose más ligero, casi juguetón… pero con un trasfondo inquietante. —Además… ¿quién no querría perderse en un lugar donde lo imposible es rutina?
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  • — Dicen que de algo hay que morir, yo solo trato de adelantar el proceso
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  • —Se llevaron mi ropa, mis botas, mi moto y no encuentro mis patos. Oigan, solo me fui, no me morí. Qué sepan, iré uno por uno a recuperar mis cosas.
    —Se llevaron mi ropa, mis botas, mi moto y no encuentro mis patos. Oigan, solo me fui, no me morí. Qué sepan, iré uno por uno a recuperar mis cosas.
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  • Perdón. Hoy no me apetece contar un chiste. Más bien una reflexión en dónde mi lado literario y sobreanalizador me pide verbalizar cosas. Es simple. Pero a la vez inconmesurablemente enrevesado. Una encrucijada de la que parece no existir una escapatoría notoria. "Lograré algún día... ¿Sentir que soy suficiente?" *digo mientras abrazo mis rodillas* Si tan sólo existiera un interruptor para silenciar las dudas... Si tan sólo mi tramposa "psiquis" no me mostrara mis errores y derrotas en un bucle... ¿Encontraré algún día las pistas para resolver el más grande los misterios?: Mi mente.
    Perdón. Hoy no me apetece contar un chiste. Más bien una reflexión en dónde mi lado literario y sobreanalizador me pide verbalizar cosas. Es simple. Pero a la vez inconmesurablemente enrevesado. Una encrucijada de la que parece no existir una escapatoría notoria. "Lograré algún día... ¿Sentir que soy suficiente?" *digo mientras abrazo mis rodillas* Si tan sólo existiera un interruptor para silenciar las dudas... Si tan sólo mi tramposa "psiquis" no me mostrara mis errores y derrotas en un bucle... ¿Encontraré algún día las pistas para resolver el más grande los misterios?: Mi mente.
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  • // Escena cerrada. Referente a https://ficrol.com/posts/364285 Enlace con contenido explícito //

    Kazuo acababa de llegar a su alcoba justo cuando los primeros rayos del sol comenzaban a abrirse paso en aquel nuevo amanecer sobre las tierras de Brattvåg.

    El día prometía ser largo; estaba más que seguro de que pronto sería llamado para un extenso interrogatorio, pues habían encontrado una de sus prendas allí donde la soberana del reino y él habían compartido un encuentro clandestino, tan prohibido como exquisito.

    Su piel aún ardía con el recuerdo de lo vivido junto a Elizabeth, además del rastro de quemaduras que se desvanecían con rapidez sobre su cuerpo. Nunca antes se había sentido tan pleno, tan satisfecho, tan deseado… tan vivo.

    Un calor profundo y un estremecimiento constante recorrían su ser cada vez que los recuerdos de aquella noche irrumpían en su mente, intensos, indómitos, sin pedir permiso, haciendo casi imposible apaciguar la excitación y el deseo que aún reclamaba su cuerpo.

    Aquello no era una simple atracción física; era algo primario, visceral… como si todo hubiese sido inevitable desde el principio.

    Entre todas sus habilidades, habría deseado poseer el don de detener el tiempo, de convertir aquella noche en un instante eterno solo para ambos.

    Sentado en su alcoba, sobre un banco de piedra en la esquina, sonreía con una satisfacción serena y, al mismo tiempo, casi peligrosa.

    —No pienso renunciar a ti… jamás… —se hizo aquella promesa a sí mismo.

    Un ser incapaz de mentir, atado por un mandato divino de sus propios dioses. Aquella era, por tanto, una promesa inquebrantable, incluso si ella decidía no volver a sentir o repetir lo ocurrido. Él sería capaz de conformarse con contemplarla desde la distancia.

    Pero las palabras de ella, aquella noche, habían sido claras: “Si te vas... te esperaré”.

    La soberana de cabellos carmesí se estaba convirtiendo en su obsesión… una tan intensa como difícil de saciar, dadas las circunstancias que envolvían a ambos.
    // Escena cerrada. Referente a ➡️ https://ficrol.com/posts/364285 ⚠️🔞Enlace con contenido explícito 🔞⚠️ // Kazuo acababa de llegar a su alcoba justo cuando los primeros rayos del sol comenzaban a abrirse paso en aquel nuevo amanecer sobre las tierras de Brattvåg. El día prometía ser largo; estaba más que seguro de que pronto sería llamado para un extenso interrogatorio, pues habían encontrado una de sus prendas allí donde la soberana del reino y él habían compartido un encuentro clandestino, tan prohibido como exquisito. Su piel aún ardía con el recuerdo de lo vivido junto a Elizabeth, además del rastro de quemaduras que se desvanecían con rapidez sobre su cuerpo. Nunca antes se había sentido tan pleno, tan satisfecho, tan deseado… tan vivo. Un calor profundo y un estremecimiento constante recorrían su ser cada vez que los recuerdos de aquella noche irrumpían en su mente, intensos, indómitos, sin pedir permiso, haciendo casi imposible apaciguar la excitación y el deseo que aún reclamaba su cuerpo. Aquello no era una simple atracción física; era algo primario, visceral… como si todo hubiese sido inevitable desde el principio. Entre todas sus habilidades, habría deseado poseer el don de detener el tiempo, de convertir aquella noche en un instante eterno solo para ambos. Sentado en su alcoba, sobre un banco de piedra en la esquina, sonreía con una satisfacción serena y, al mismo tiempo, casi peligrosa. —No pienso renunciar a ti… jamás… —se hizo aquella promesa a sí mismo. Un ser incapaz de mentir, atado por un mandato divino de sus propios dioses. Aquella era, por tanto, una promesa inquebrantable, incluso si ella decidía no volver a sentir o repetir lo ocurrido. Él sería capaz de conformarse con contemplarla desde la distancia. Pero las palabras de ella, aquella noche, habían sido claras: “Si te vas... te esperaré”. La soberana de cabellos carmesí se estaba convirtiendo en su obsesión… una tan intensa como difícil de saciar, dadas las circunstancias que envolvían a ambos.
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  • El ático en el piso cincuenta y dos de Manhattan olía a una mezcla costosa y decadente de perfume francés, tabaco frío y el rastro metálico del champán derramado. Deianira Zhorkeas estaba desplomada sobre el sofá de terciopelo esmeralda, con una pierna colgando hacia el suelo y la otra flexionada, revelando la silueta infinita que le había ganado portadas en las tres ediciones principales de Vogue solo ese año.

    La luz de la luna se filtraba por los ventanales de suelo a techo, iluminando las facciones de una mujer que parecía esculpida en mármol, si el mármol pudiera sudar ansiedad. Sus ojos, de un azul tan pálido que resultaba inquietante, estaban fijos en el techo, dilatados por algo más que la oscuridad. A su lado, sobre la mesa de cristal, descansaba su teléfono —estallando con notificaciones de su equipo de relaciones públicas y propuestas de negocios millonarios— junto a una línea de polvo blanco a medio terminar y una botella de whisky que costaba más que el alquiler mensual de la mayoría de la gente.

    —Qué aburrimiento... —susurró, su voz era una caricia áspera, dañada por los excesos—. Todo este maldito mundo a mis pies y sigo sintiendo que me falta el aire.

    Se incorporó con una gracia felina y peligrosa, el tirante de su vestido de seda deslizándose por su hombro. Deianira no solo era la cara de la moda internacional y la mente tras un imperio de cosméticos; era un agujero negro que devoraba todo a su paso. Su deseo no conocía límites, su sed no tenía fin, y su paciencia para la sobriedad se había agotado hacía años.

    Dio un trago largo directamente de la botella, sintiendo el ardor bajar por su garganta mientras buscaba a ciegas su bolso en busca de "el siguiente nivel". Necesitaba a alguien. No importaba quién, pero necesitaba un cuerpo contra el suyo, una distracción, una nueva forma de autodestruirse o, quizás, alguien que tuviera el valor de intentar seguirle el ritmo.

    Se giró hacia la puerta al escuchar un sonido, con una sonrisa depredadora dibujándose en sus labios pintados de carmín oscuro.

    —Llegas tarde —dijo, sin saber siquiera quién estaba allí, pero dispuesta a convertir a quien fuera en su próximo vicio—. Espero que traigas algo interesante, porque tengo una noche entera que olvidar.
    El ático en el piso cincuenta y dos de Manhattan olía a una mezcla costosa y decadente de perfume francés, tabaco frío y el rastro metálico del champán derramado. Deianira Zhorkeas estaba desplomada sobre el sofá de terciopelo esmeralda, con una pierna colgando hacia el suelo y la otra flexionada, revelando la silueta infinita que le había ganado portadas en las tres ediciones principales de Vogue solo ese año. La luz de la luna se filtraba por los ventanales de suelo a techo, iluminando las facciones de una mujer que parecía esculpida en mármol, si el mármol pudiera sudar ansiedad. Sus ojos, de un azul tan pálido que resultaba inquietante, estaban fijos en el techo, dilatados por algo más que la oscuridad. A su lado, sobre la mesa de cristal, descansaba su teléfono —estallando con notificaciones de su equipo de relaciones públicas y propuestas de negocios millonarios— junto a una línea de polvo blanco a medio terminar y una botella de whisky que costaba más que el alquiler mensual de la mayoría de la gente. —Qué aburrimiento... —susurró, su voz era una caricia áspera, dañada por los excesos—. Todo este maldito mundo a mis pies y sigo sintiendo que me falta el aire. Se incorporó con una gracia felina y peligrosa, el tirante de su vestido de seda deslizándose por su hombro. Deianira no solo era la cara de la moda internacional y la mente tras un imperio de cosméticos; era un agujero negro que devoraba todo a su paso. Su deseo no conocía límites, su sed no tenía fin, y su paciencia para la sobriedad se había agotado hacía años. Dio un trago largo directamente de la botella, sintiendo el ardor bajar por su garganta mientras buscaba a ciegas su bolso en busca de "el siguiente nivel". Necesitaba a alguien. No importaba quién, pero necesitaba un cuerpo contra el suyo, una distracción, una nueva forma de autodestruirse o, quizás, alguien que tuviera el valor de intentar seguirle el ritmo. Se giró hacia la puerta al escuchar un sonido, con una sonrisa depredadora dibujándose en sus labios pintados de carmín oscuro. —Llegas tarde —dijo, sin saber siquiera quién estaba allí, pero dispuesta a convertir a quien fuera en su próximo vicio—. Espero que traigas algo interesante, porque tengo una noche entera que olvidar.
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  • No insistas Azul , no me intereza tus contratos ni nada ..... ya lo sabes , no dejare a Kalim solo por mas que insistas conmigo no va.
    No insistas Azul , no me intereza tus contratos ni nada ..... ya lo sabes , no dejare a Kalim solo por mas que insistas conmigo no va.
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  • El campo de batalla es un caos de metal y energía, saturado por el olor a ozono y el estruendo de las explosiones que sacuden los cimientos del área. Elsword, bajo su pesada armadura, se mantiene firme como un pilar de esperanza entre las ruinas humeantes; su capa roja ondea violentamente con cada ráfaga de viento, contrastando con el brillo azulado y puro de la energía de «El» en sus ojos. Tras haber despejado una horda de enemigos con un despliegue de su Grand Cross, el joven líder exhala un suspiro cargado de determinación, sintiendo cómo el calor de la batalla fluye por sus venas, pero manteniendo la mente tan afilada como su acero. En lugar de lanzarse de inmediato hacia el siguiente grupo de atacantes, gira parcialmente el cuerpo hacia su aliado, clavando sus ojos brillantes y decididos en los tuyos mientras el resplandor carmesí de su voluntad envuelve su figura.

    Con un gesto cargado de camaradería y una confianza inquebrantable que solo un caballero de su estatus podría proyectar, Elsword extiende su mano derecha enguantada hacia ti, dejando su palma abierta en una invitación clara y poderosa. Una sonrisa desafiante pero cálida curva sus labios, restándole peso a la gravedad de la situación sin ignorar el peligro que los rodea, mientras el aura dorada que caracteriza su maestría táctica comienza a pulsar, lista para reforzarlos a ambos en el próximo choque.

    —No pienses que la pelea ha terminado todavía, esto apenas está comenzando. No importa cuántos sean ni qué tan oscuro se vuelva el camino, si avanzamos juntos, no hay nada que pueda detener el filo de nuestra voluntad. Toma mi mano y demostrémosles de qué está hecho el verdadero espíritu del «El Search Party».
    El campo de batalla es un caos de metal y energía, saturado por el olor a ozono y el estruendo de las explosiones que sacuden los cimientos del área. Elsword, bajo su pesada armadura, se mantiene firme como un pilar de esperanza entre las ruinas humeantes; su capa roja ondea violentamente con cada ráfaga de viento, contrastando con el brillo azulado y puro de la energía de «El» en sus ojos. Tras haber despejado una horda de enemigos con un despliegue de su Grand Cross, el joven líder exhala un suspiro cargado de determinación, sintiendo cómo el calor de la batalla fluye por sus venas, pero manteniendo la mente tan afilada como su acero. En lugar de lanzarse de inmediato hacia el siguiente grupo de atacantes, gira parcialmente el cuerpo hacia su aliado, clavando sus ojos brillantes y decididos en los tuyos mientras el resplandor carmesí de su voluntad envuelve su figura. Con un gesto cargado de camaradería y una confianza inquebrantable que solo un caballero de su estatus podría proyectar, Elsword extiende su mano derecha enguantada hacia ti, dejando su palma abierta en una invitación clara y poderosa. Una sonrisa desafiante pero cálida curva sus labios, restándole peso a la gravedad de la situación sin ignorar el peligro que los rodea, mientras el aura dorada que caracteriza su maestría táctica comienza a pulsar, lista para reforzarlos a ambos en el próximo choque. —No pienses que la pelea ha terminado todavía, esto apenas está comenzando. No importa cuántos sean ni qué tan oscuro se vuelva el camino, si avanzamos juntos, no hay nada que pueda detener el filo de nuestra voluntad. Toma mi mano y demostrémosles de qué está hecho el verdadero espíritu del «El Search Party».
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    || Disculpen la irresponsabilidad de mi parte, estaba celebrando mi cumpleaños y no pude responder absolutamente nada porque pues, hoy cumplo años de verdad entonces, lo siento
    || Disculpen la irresponsabilidad de mi parte, estaba celebrando mi cumpleaños y no pude responder absolutamente nada porque pues, hoy cumplo años de verdad entonces, lo siento
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