• —Los domingos deberían ser eternos(?) y esta segadora de almas lo sabe... ♡

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  • Zelkova hallábase sentado en una biblioteca apartada del tráfago del mundo, tan atestada de volúmenes y códices que más semejaba una lóbrega mazmorra de saberes vedados que una estancia para el estudio. Las anaquelerías se alzaban hasta perderse en las penumbras del techo, y los legajos se amontonaban en mesas, rincones y aun sobre el suelo empedrado.

    Un sudor gélido le perló la frente cuando sus ojos recorrieron una vez más aquellas páginas amarillentas.

    ●No puede ser...

    Musitó con voz queda

    ●Si el vulgo llegare a conocer esto...

    Con ademán turbado, se retiró la gorra por un instante y pasó la mano por sus cabellos, procurando sosegar el temblor que le acometía. Su corazón latía con desasosiego, cual campana agitada por vientos de tormenta.

    Frente a él yacían varios tomos vetustos, rebosantes de revelaciones que jamás debieron abandonar el silencio de aquellos muros.

    ●He de llevarme estos volúmenes...

    Murmuró entre dientes, contemplando la ingente cantidad de libros

    ●Mas... ¿de qué guisa podré hacerlo?

    Su mirada erró de un lado a otro de la estancia, buscando alguna estratagema. Empero, cuanto más observaba, más inabarcable parecía aquella empresa. Cada libro encerraba un secreto de gran cuantía, y abandonarlos allí resultaba tan impensable como cargar con todos ellos. La incertidumbre le oprimía el ánimo mientras el polvo danzaba en los haces de luz mortecina que se filtraban por las estrechas troneras de la biblioteca.
    Zelkova hallábase sentado en una biblioteca apartada del tráfago del mundo, tan atestada de volúmenes y códices que más semejaba una lóbrega mazmorra de saberes vedados que una estancia para el estudio. Las anaquelerías se alzaban hasta perderse en las penumbras del techo, y los legajos se amontonaban en mesas, rincones y aun sobre el suelo empedrado. Un sudor gélido le perló la frente cuando sus ojos recorrieron una vez más aquellas páginas amarillentas. ●No puede ser... Musitó con voz queda ●Si el vulgo llegare a conocer esto... Con ademán turbado, se retiró la gorra por un instante y pasó la mano por sus cabellos, procurando sosegar el temblor que le acometía. Su corazón latía con desasosiego, cual campana agitada por vientos de tormenta. Frente a él yacían varios tomos vetustos, rebosantes de revelaciones que jamás debieron abandonar el silencio de aquellos muros. ●He de llevarme estos volúmenes... Murmuró entre dientes, contemplando la ingente cantidad de libros ●Mas... ¿de qué guisa podré hacerlo? Su mirada erró de un lado a otro de la estancia, buscando alguna estratagema. Empero, cuanto más observaba, más inabarcable parecía aquella empresa. Cada libro encerraba un secreto de gran cuantía, y abandonarlos allí resultaba tan impensable como cargar con todos ellos. La incertidumbre le oprimía el ánimo mientras el polvo danzaba en los haces de luz mortecina que se filtraban por las estrechas troneras de la biblioteca.
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  • A mis muy queridos y venerados maestros:

    Recibid, os ruego, estas humildes letras, enviadas desde tierras lejanas, con el propósito de aquietar vuestras inquietudes y haceros saber que vuestra enseñanza aún perdura firme en mi pecho. Me hallo sano y con buen ánimo, amparado por la gracia del Altísimo.

    Durante mi peregrinaje he conocido a numerosas almas bondadosas y de noble corazón, y presumo que la Providencia habrá de poner muchas más en mi sendero. No obstante, también he debido afrontar no pocas acechanzas. Diversos demonios procuraron seducirme con embustes, quebrantar mi espíritu e incluso segar mi existencia; mas mi fe permaneció inmutable, cual faro en medio de la tempestad.

    Lamentablemente, todavía no he logrado consumar la promesa que hice a mi amada Nattasha. El tiempo ha transcurrido con excesiva premura y mis pasos han sido desviados por incontables deberes. Sin embargo, aunque tardía, dicha promesa será cumplida. Así lo juro ante Dios y ante su memoria.

    Esta noche volveré a encender un sahumerio en honor de ella y de mi pequeña hija, elevando plegarias por sus almas y suplicando que la paz celestial continúe cobijándolas.

    ¡Ah! Casi olvido referiros una novedad de gran importancia. He acogido bajo mi tutela a una desdichada niña llamada Sapphire. Su carácter es intrincado y no pocas veces pone a prueba mi paciencia; sin embargo, creo que poco a poco comenzamos a comprendernos. Cada jornada aprendemos algo el uno del otro, y en ello encuentro una dicha que no esperaba hallar.

    Estoy convencido de que Nattasha, desde los luminosos reinos celestiales, contemplaría esta situación con inmensa ternura. Quizás incluso reiría dulcemente al verme intentando criar a una niña tan singular como Sapphire. Después de todo, formar una familia fue siempre nuestro anhelo más preciado, y considero que el Señor, en Su infinita misericordia, ha bendecido mis días con su presencia.

    Esta misma noche encenderé otro incienso y elevaré oraciones por vosotros. Os imploro, si os es posible, que hagáis lo propio por ellas. Y si la voluntad divina así lo dispone, algún día tendréis el honor de conocer a la pequeña Sapphire con vuestros propios ojos.

    Que la luz del Altísimo guíe vuestros pasos y que Su misericordia jamás os abandone.

    Con la más profunda estima, respeto y afecto filial.

    Atte: Zelkova Legasov.
    A mis muy queridos y venerados maestros: Recibid, os ruego, estas humildes letras, enviadas desde tierras lejanas, con el propósito de aquietar vuestras inquietudes y haceros saber que vuestra enseñanza aún perdura firme en mi pecho. Me hallo sano y con buen ánimo, amparado por la gracia del Altísimo. Durante mi peregrinaje he conocido a numerosas almas bondadosas y de noble corazón, y presumo que la Providencia habrá de poner muchas más en mi sendero. No obstante, también he debido afrontar no pocas acechanzas. Diversos demonios procuraron seducirme con embustes, quebrantar mi espíritu e incluso segar mi existencia; mas mi fe permaneció inmutable, cual faro en medio de la tempestad. Lamentablemente, todavía no he logrado consumar la promesa que hice a mi amada Nattasha. El tiempo ha transcurrido con excesiva premura y mis pasos han sido desviados por incontables deberes. Sin embargo, aunque tardía, dicha promesa será cumplida. Así lo juro ante Dios y ante su memoria. Esta noche volveré a encender un sahumerio en honor de ella y de mi pequeña hija, elevando plegarias por sus almas y suplicando que la paz celestial continúe cobijándolas. ¡Ah! Casi olvido referiros una novedad de gran importancia. He acogido bajo mi tutela a una desdichada niña llamada Sapphire. Su carácter es intrincado y no pocas veces pone a prueba mi paciencia; sin embargo, creo que poco a poco comenzamos a comprendernos. Cada jornada aprendemos algo el uno del otro, y en ello encuentro una dicha que no esperaba hallar. Estoy convencido de que Nattasha, desde los luminosos reinos celestiales, contemplaría esta situación con inmensa ternura. Quizás incluso reiría dulcemente al verme intentando criar a una niña tan singular como Sapphire. Después de todo, formar una familia fue siempre nuestro anhelo más preciado, y considero que el Señor, en Su infinita misericordia, ha bendecido mis días con su presencia. Esta misma noche encenderé otro incienso y elevaré oraciones por vosotros. Os imploro, si os es posible, que hagáis lo propio por ellas. Y si la voluntad divina así lo dispone, algún día tendréis el honor de conocer a la pequeña Sapphire con vuestros propios ojos. Que la luz del Altísimo guíe vuestros pasos y que Su misericordia jamás os abandone. Con la más profunda estima, respeto y afecto filial. Atte: Zelkova Legasov.
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  • 𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝐷𝑢𝑒𝑙𝑜 𝑑𝑒 𝑖𝑛𝑚𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙𝑒𝑠

    Estaba a punto de llegar a Karadath el ultimo bastion humano en el norte. La nieve caía con más furia que nunca, como si el cielo mismo quisiera borrar todo rastro de lo que estaba a punto de suceder. Mis botas pesadas crujían sobre la capa helada que cubría las ruinas de la antigua fortaleza de Valthor. El frío se filtraba a traves de mi armadurade placas, mordiendo la carne que había sobrevivido a cien muertes.

    Frente a mí estaba ella. Una única caza recompenzas, siempre venían una docena tras el inmortal. Una mujer de cabello negro que ondeaba y se congelaba en un vaivén. Equipaba una armadura ligera sólida. Se hacía llamar la Segadora, la reconoci por su bufanda roja, siempre pense que era un mito, ya que decían que había cazado a otros inmortales antes que yo.

    Nuestras espadas chocaron y el mundo se redujo a acero y nieve. Su hoja era más ligera, más rápida, un relámpago vivo que buscaba los huecos de mi defensa. Yo blandía mi gran espada de dos manos, pesada y brutal, pero cada golpe que lanzaba ella lo esquivaba con una gracia inhumana, como si bailara con la tormenta.

    “Eres lento, viejo inmortal”, susurró con una voz que cortaba más que el viento. “¿Todavía sigues aferrándote a esa carne podrida?”

    Su espada busco y me abrió el costado justo en la unión de las placas. Sentí cómo la hoja rasgaba malla, piel y costilla. El dolor fue tan intenso que por un segundo creí que esta vez sí moriría de verdad. Caí sobre una rodilla, la nieve tiñéndose de rojo bajo mi peso. Ella no se apresuró. Caminó alrededor mío, disfrutando el momento.

    “¿Cuántas veces has muerto, Siegmeyer? ¿Y todavía sigues aquí, arrastrando esa maldición como un perro viejo?”

    Me levanté rugiendo. Mi espada chocó contra la suya. Ella retrocedió, pero no cayó. Contraatacó con una serie de estocadas tan rápidas que apenas pude bloquearlas. Una me atravesó un punto debil en el muslo, otra rn la unión de la hombreras, hiriendome hombro. Sangre caliente salpicaba la nieve con cada movimiento.

    En un momento de furia ciega logré atraparla. La embestí con el hombro y la lancé contra una pared derruida. El impacto fue brutal. Ella tosió sangre, pero sonrió. Sus ojos brillaban con algo que no era solo odio era reconocimiento.

    “Por fin”, murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano. “Un inmortal que vale la pena matar.”

    Volvimos a cruzarnos. Esta vez no fue técnica. Fue pura rabia animal. Nuestras espadas cantaban una melodía mortal mientras girábamos entre las ruinas. La nieve nos cubría, nos cegaba, nos hacía resbalar. Perdí la cuenta de cuántas veces me hirió y tambien de cuántas veces la herí yo a ella.

    En el clímax del duelo, nuestras hojas se trabaron en un forcejeo mortal. Cara a cara, respiraciones entrecortadas, sangre cayendo de ambos. Podía ver mi propio reflejo roto en sus ojos.

    “¿Por qué no mueres?”, gruñí.

    “Porque yo también estoy maldita”, respondió ella, y entonces vi algo parecido a dolor en su rostro.

    Con un último esfuerzo giré mi espada y la liberé de su agarre. Mi hoja descendió en un arco perfecto. Ella levantó la suya para parar, pero su arma se quebró. Mi acero le atravesó el pecho.

    Cayó de rodillas en la nieve, sosteniendo la hoja que la mataba como si fuera un viejo amigo. Me miró una última vez y sonrió con sangre en los dientes.

    “Al fin… alguien que pudo terminarlo.”

    Se desplomó. La tormenta se calmó casi al instante, dejando solo el silencio y el sonido de mi propia respiración entrecortada.

    Me quedé allí, tambaleándome, con más heridas de las que podía contar. La inmortalidad me mantenía en pie, pero nunca me había sentido tan cerca de la muerte verdadera. Quedé con muchas preguntas. Espere que sanara como yo lo hacía pero no volvió a abrir los ojos. Sus heridas no cerraron, ¿Por que decía estar maldita? Fue otro enigma que quedó grabado en mi mente.
    𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝐷𝑢𝑒𝑙𝑜 𝑑𝑒 𝑖𝑛𝑚𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙𝑒𝑠 Estaba a punto de llegar a Karadath el ultimo bastion humano en el norte. La nieve caía con más furia que nunca, como si el cielo mismo quisiera borrar todo rastro de lo que estaba a punto de suceder. Mis botas pesadas crujían sobre la capa helada que cubría las ruinas de la antigua fortaleza de Valthor. El frío se filtraba a traves de mi armadurade placas, mordiendo la carne que había sobrevivido a cien muertes. Frente a mí estaba ella. Una única caza recompenzas, siempre venían una docena tras el inmortal. Una mujer de cabello negro que ondeaba y se congelaba en un vaivén. Equipaba una armadura ligera sólida. Se hacía llamar la Segadora, la reconoci por su bufanda roja, siempre pense que era un mito, ya que decían que había cazado a otros inmortales antes que yo. Nuestras espadas chocaron y el mundo se redujo a acero y nieve. Su hoja era más ligera, más rápida, un relámpago vivo que buscaba los huecos de mi defensa. Yo blandía mi gran espada de dos manos, pesada y brutal, pero cada golpe que lanzaba ella lo esquivaba con una gracia inhumana, como si bailara con la tormenta. “Eres lento, viejo inmortal”, susurró con una voz que cortaba más que el viento. “¿Todavía sigues aferrándote a esa carne podrida?” Su espada busco y me abrió el costado justo en la unión de las placas. Sentí cómo la hoja rasgaba malla, piel y costilla. El dolor fue tan intenso que por un segundo creí que esta vez sí moriría de verdad. Caí sobre una rodilla, la nieve tiñéndose de rojo bajo mi peso. Ella no se apresuró. Caminó alrededor mío, disfrutando el momento. “¿Cuántas veces has muerto, Siegmeyer? ¿Y todavía sigues aquí, arrastrando esa maldición como un perro viejo?” Me levanté rugiendo. Mi espada chocó contra la suya. Ella retrocedió, pero no cayó. Contraatacó con una serie de estocadas tan rápidas que apenas pude bloquearlas. Una me atravesó un punto debil en el muslo, otra rn la unión de la hombreras, hiriendome hombro. Sangre caliente salpicaba la nieve con cada movimiento. En un momento de furia ciega logré atraparla. La embestí con el hombro y la lancé contra una pared derruida. El impacto fue brutal. Ella tosió sangre, pero sonrió. Sus ojos brillaban con algo que no era solo odio era reconocimiento. “Por fin”, murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano. “Un inmortal que vale la pena matar.” Volvimos a cruzarnos. Esta vez no fue técnica. Fue pura rabia animal. Nuestras espadas cantaban una melodía mortal mientras girábamos entre las ruinas. La nieve nos cubría, nos cegaba, nos hacía resbalar. Perdí la cuenta de cuántas veces me hirió y tambien de cuántas veces la herí yo a ella. En el clímax del duelo, nuestras hojas se trabaron en un forcejeo mortal. Cara a cara, respiraciones entrecortadas, sangre cayendo de ambos. Podía ver mi propio reflejo roto en sus ojos. “¿Por qué no mueres?”, gruñí. “Porque yo también estoy maldita”, respondió ella, y entonces vi algo parecido a dolor en su rostro. Con un último esfuerzo giré mi espada y la liberé de su agarre. Mi hoja descendió en un arco perfecto. Ella levantó la suya para parar, pero su arma se quebró. Mi acero le atravesó el pecho. Cayó de rodillas en la nieve, sosteniendo la hoja que la mataba como si fuera un viejo amigo. Me miró una última vez y sonrió con sangre en los dientes. “Al fin… alguien que pudo terminarlo.” Se desplomó. La tormenta se calmó casi al instante, dejando solo el silencio y el sonido de mi propia respiración entrecortada. Me quedé allí, tambaleándome, con más heridas de las que podía contar. La inmortalidad me mantenía en pie, pero nunca me había sentido tan cerca de la muerte verdadera. Quedé con muchas preguntas. Espere que sanara como yo lo hacía pero no volvió a abrir los ojos. Sus heridas no cerraron, ¿Por que decía estar maldita? Fue otro enigma que quedó grabado en mi mente.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial.

    A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución.

    A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora.

    Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca.

    — No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo —

    La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo.

    — Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío—

    El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.

    — Koldun —

    Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real.

    — Acaba con esto —

    El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden.
    Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
    El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial. A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución. A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora. Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca. — No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo — La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo. — Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío— El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar. — Koldun — Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real. — Acaba con esto — El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden. Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
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  • «Escena cerrada»

    El juicio de los Dioses.

    Todo acto tiene una consecuencia, y Kazuo lo sabía muy bien. Por eso no le sorprendió ser convocado ante los dioses en el Reikai, el mundo de los espíritus, donde kamis y seres sobrenaturales vivían sin tener que esconderse del plano mortal.

    Kazuo había sido testigo de cómo la demonio Nekomata Reiko borraba las pruebas de su “delito”. Había matado a un humano, un infeliz que, a criterio del propio Kazuo, se lo merecía. La conocía desde semanas atrás, en circunstancias un tanto peculiares. Pero, de alguna forma, dos seres que por naturaleza debían repelerse conectaron de una manera difícil de explicar. Hubo comprensión en el dolor del otro, forjando un pacto silencioso en el que, incluso entre enemigos, existía un respeto mutuo.

    Pero eso, a ojos de los dioses, era intolerable. A su juicio, la Nekomata había matado por placer, segando una vida humana “indefensa”. Kazuo, como mensajero y ser bendecido por lo celestial, debería haber sido el verdugo de aquel ser corrupto. Sin embargo, buscó —quizá— una “excusa conveniente” para no cumplir con lo que debía ser su deber.

    El zorro tenía sus propias reglas, sus convicciones y su moral. A veces, aquellas ideas no encajaban con las estrictas normas del plano ancestral. Era un ser de más de mil doscientos años que había vivido brutalidades en las que ni su madre, Inari, pudo protegerlo siempre; un dios debe velar por un bien general, no puede estar observando eternamente a un único ser. Por ese libre albedrío Kazuo era conocido en aquel reino como el “Mensajero Problemático”, el hijo predilecto de Inari. Nadie entendía por qué los dioses eran tan permisivos con él, por qué su madre miraba hacia otro lado cuando actuaba por su cuenta. Era como si la diosa confiara ciegamente en su criterio, aunque este fuese en contra de los demás kamis.

    Kazuo era respetado en aquel reino por la mayoría de criaturas sobrenaturales; sin embargo, entre los seres de rango superior, era temido y respetado a partes iguales. Fue por esa “popularidad” que todos acudieron al llamado: al juicio en el que Kazuo sería sometido a sentencia.

    No ofreció resistencia, aun así fue apresado con cadenas doradas, unas de las que ningún ser celestial —ni siquiera los dioses— sería capaz de escapar. Se arrodilló con esa calma y templanza que tanto lo caracterizaban, la mirada fija en los dioses que lo habían convocado sin titubear, mostrando el orgullo inherente a él. Inari era la única en contra de aquel espectáculo; por su cercanía con el acusado no se le permitió participar en aquel teatro. Porque eso era: un teatro. No un juicio, sino un paripé para justificar el castigo.

    Una voz recitó en alto los cargos en su contra. Como kitsune del más alto rango, había hecho la “vista gorda” ante un crimen que debía haber sido ajusticiado con la muerte de la Nekomata. Le otorgaron el don de la palabra. Pensó en no decir nada, pero tras unos largos segundos decidió hablar.

    —No pediré perdón. Soy consciente de mis actos y, a mi juicio, el ojo por ojo fue justificación suficiente. No saldrá clemencia de mis labios, porque aunque aquí termine mi camino, lo haré en paz, siendo fiel a mis convicciones. Y si salgo de esta, estaré dispuesto a afrontar cuantos juicios vengan detrás de este, si creen que debo ser sometido a ellos —habló con esa seguridad tan propia de él.

    A pesar de estar de rodillas y encadenado como el perro en que querían convertirlo, su aura y convicción mantenían su dignidad intacta.

    Pero, pese a aquellas palabras, la sentencia fue firme: latigazos hasta que se arrepintiera. Kazuo no agachó la cabeza; mantuvo la mirada fija, y sus ojos color zafiro centellearon con ese orgullo inquebrantable. Un látigo dorado cayó con fuerza sobre su espalda en cada brazada. Aquel látigo estaba bendecido igual que las cadenas, lo que significaba que las heridas no podrían curarse con su poder de regeneración ni con ningún otro. Aquellas cicatrices tardarían meses en desaparecer, si es que sobrevivía al castigo.

    Inari sollozaba con cada golpe en la espalda de su amado hijo, y los sonidos de estremecimiento del público se mezclaban con el chasquido del látigo. Kazuo no gritó, no lloró, no suplicó. Se mantuvo entero, incluso cuando sus ropas se desgarraron tras cada impacto. La sangre brotaba, su piel lacerada hasta el músculo. Cada latigazo hacía tensar su cuerpo, apretando los dientes para que ni un solo gemido escapara de sus labios sellados. La sangre salió también de su boca: no solo su espalda estaba siendo castigada, sino también el interior de su cuerpo, sacudido con violencia.

    Aquello duró un día… dos… tres. El único momento de descanso era el cambio de verdugo, unos minutos para recobrar el aliento. Kazuo era obstinado: jamás cedería, aunque le costara la vida. En sus momentos de flaqueza solo podía pensar en una cosa: ¿qué estaría haciendo Melina? ¿Lo estaría esperando? Seguro estaba enfadada, creyendo que había escapado al bosque. Estaría preparando su discurso para darle un merecido sermón. No había tenido tiempo de avisarla, de decirle que esa noche no llegaría a casa… o que tal vez no lo haría nunca.

    Al tercer día, los ánimos de los espíritus del reino estaban caldeados. Ya no eran murmuros: eran gritos, reproches y súplicas de clemencia. La misma que Kazuo se negaba a pedir. La presión que los jueces recibían era asfixiante. A Inari no le quedaban lágrimas; pedía perdón en nombre de su hijo, rogando a los kamis mayores que pusieran fin a aquella barbarie. El castigo había sido ejemplar. Demasiado, quizá.

    Finalmente, tras tres días de sentencia implacable, los latigazos cesaron. Las cadenas se aflojaron y se deshicieron como arena dorada, llevadas por la primera brisa.

    Kazuo, aún de rodillas, se tambaleaba. Inari corrió por fin hacia él y se arrodilló a su lado. Él intentó enfocar su mirada y, solo cuando la reconoció, se dejó vencer por el cansancio y el dolor. Cayó como peso muerto sobre el regazo de su diosa.

    —Lo siento… Necesito ir… a casa —fue lo único que alcanzó a decir, con un hilo de voz tras tres días de tormento.

    A la única a quien Kazuo guardaba el máximo respeto era a su diosa; a aquella que lo había “bendecido” al nacer. Era instintivo, imposible de ignorar. Solo quería volver a casa, a su templo, junto a ella.
    «Escena cerrada» El juicio de los Dioses. Todo acto tiene una consecuencia, y Kazuo lo sabía muy bien. Por eso no le sorprendió ser convocado ante los dioses en el Reikai, el mundo de los espíritus, donde kamis y seres sobrenaturales vivían sin tener que esconderse del plano mortal. Kazuo había sido testigo de cómo la demonio Nekomata Reiko borraba las pruebas de su “delito”. Había matado a un humano, un infeliz que, a criterio del propio Kazuo, se lo merecía. La conocía desde semanas atrás, en circunstancias un tanto peculiares. Pero, de alguna forma, dos seres que por naturaleza debían repelerse conectaron de una manera difícil de explicar. Hubo comprensión en el dolor del otro, forjando un pacto silencioso en el que, incluso entre enemigos, existía un respeto mutuo. Pero eso, a ojos de los dioses, era intolerable. A su juicio, la Nekomata había matado por placer, segando una vida humana “indefensa”. Kazuo, como mensajero y ser bendecido por lo celestial, debería haber sido el verdugo de aquel ser corrupto. Sin embargo, buscó —quizá— una “excusa conveniente” para no cumplir con lo que debía ser su deber. El zorro tenía sus propias reglas, sus convicciones y su moral. A veces, aquellas ideas no encajaban con las estrictas normas del plano ancestral. Era un ser de más de mil doscientos años que había vivido brutalidades en las que ni su madre, Inari, pudo protegerlo siempre; un dios debe velar por un bien general, no puede estar observando eternamente a un único ser. Por ese libre albedrío Kazuo era conocido en aquel reino como el “Mensajero Problemático”, el hijo predilecto de Inari. Nadie entendía por qué los dioses eran tan permisivos con él, por qué su madre miraba hacia otro lado cuando actuaba por su cuenta. Era como si la diosa confiara ciegamente en su criterio, aunque este fuese en contra de los demás kamis. Kazuo era respetado en aquel reino por la mayoría de criaturas sobrenaturales; sin embargo, entre los seres de rango superior, era temido y respetado a partes iguales. Fue por esa “popularidad” que todos acudieron al llamado: al juicio en el que Kazuo sería sometido a sentencia. No ofreció resistencia, aun así fue apresado con cadenas doradas, unas de las que ningún ser celestial —ni siquiera los dioses— sería capaz de escapar. Se arrodilló con esa calma y templanza que tanto lo caracterizaban, la mirada fija en los dioses que lo habían convocado sin titubear, mostrando el orgullo inherente a él. Inari era la única en contra de aquel espectáculo; por su cercanía con el acusado no se le permitió participar en aquel teatro. Porque eso era: un teatro. No un juicio, sino un paripé para justificar el castigo. Una voz recitó en alto los cargos en su contra. Como kitsune del más alto rango, había hecho la “vista gorda” ante un crimen que debía haber sido ajusticiado con la muerte de la Nekomata. Le otorgaron el don de la palabra. Pensó en no decir nada, pero tras unos largos segundos decidió hablar. —No pediré perdón. Soy consciente de mis actos y, a mi juicio, el ojo por ojo fue justificación suficiente. No saldrá clemencia de mis labios, porque aunque aquí termine mi camino, lo haré en paz, siendo fiel a mis convicciones. Y si salgo de esta, estaré dispuesto a afrontar cuantos juicios vengan detrás de este, si creen que debo ser sometido a ellos —habló con esa seguridad tan propia de él. A pesar de estar de rodillas y encadenado como el perro en que querían convertirlo, su aura y convicción mantenían su dignidad intacta. Pero, pese a aquellas palabras, la sentencia fue firme: latigazos hasta que se arrepintiera. Kazuo no agachó la cabeza; mantuvo la mirada fija, y sus ojos color zafiro centellearon con ese orgullo inquebrantable. Un látigo dorado cayó con fuerza sobre su espalda en cada brazada. Aquel látigo estaba bendecido igual que las cadenas, lo que significaba que las heridas no podrían curarse con su poder de regeneración ni con ningún otro. Aquellas cicatrices tardarían meses en desaparecer, si es que sobrevivía al castigo. Inari sollozaba con cada golpe en la espalda de su amado hijo, y los sonidos de estremecimiento del público se mezclaban con el chasquido del látigo. Kazuo no gritó, no lloró, no suplicó. Se mantuvo entero, incluso cuando sus ropas se desgarraron tras cada impacto. La sangre brotaba, su piel lacerada hasta el músculo. Cada latigazo hacía tensar su cuerpo, apretando los dientes para que ni un solo gemido escapara de sus labios sellados. La sangre salió también de su boca: no solo su espalda estaba siendo castigada, sino también el interior de su cuerpo, sacudido con violencia. Aquello duró un día… dos… tres. El único momento de descanso era el cambio de verdugo, unos minutos para recobrar el aliento. Kazuo era obstinado: jamás cedería, aunque le costara la vida. En sus momentos de flaqueza solo podía pensar en una cosa: ¿qué estaría haciendo Melina? ¿Lo estaría esperando? Seguro estaba enfadada, creyendo que había escapado al bosque. Estaría preparando su discurso para darle un merecido sermón. No había tenido tiempo de avisarla, de decirle que esa noche no llegaría a casa… o que tal vez no lo haría nunca. Al tercer día, los ánimos de los espíritus del reino estaban caldeados. Ya no eran murmuros: eran gritos, reproches y súplicas de clemencia. La misma que Kazuo se negaba a pedir. La presión que los jueces recibían era asfixiante. A Inari no le quedaban lágrimas; pedía perdón en nombre de su hijo, rogando a los kamis mayores que pusieran fin a aquella barbarie. El castigo había sido ejemplar. Demasiado, quizá. Finalmente, tras tres días de sentencia implacable, los latigazos cesaron. Las cadenas se aflojaron y se deshicieron como arena dorada, llevadas por la primera brisa. Kazuo, aún de rodillas, se tambaleaba. Inari corrió por fin hacia él y se arrodilló a su lado. Él intentó enfocar su mirada y, solo cuando la reconoció, se dejó vencer por el cansancio y el dolor. Cayó como peso muerto sobre el regazo de su diosa. —Lo siento… Necesito ir… a casa —fue lo único que alcanzó a decir, con un hilo de voz tras tres días de tormento. A la única a quien Kazuo guardaba el máximo respeto era a su diosa; a aquella que lo había “bendecido” al nacer. Era instintivo, imposible de ignorar. Solo quería volver a casa, a su templo, junto a ella.
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  • « Y los miro a ustedes, sosegados por el deseo de ser amados. Claro somos seres sociales empedernidos por el contacto físico. Pero me asquean las lenguas sueltas, sus fallidos intentos de ser el centro de atención.

    ¿Son felices con migajas?
    Claro que lo son.
    Exponiendo sus cuerpos buscando el deseo que solo ofrece la carne barata. »
    « Y los miro a ustedes, sosegados por el deseo de ser amados. Claro somos seres sociales empedernidos por el contacto físico. Pero me asquean las lenguas sueltas, sus fallidos intentos de ser el centro de atención. ¿Son felices con migajas? Claro que lo son. Exponiendo sus cuerpos buscando el deseo que solo ofrece la carne barata. »
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  • - Si... al parecer la vida (SEGA) nos hizo canonicamente hermanos... venga ya... ahora no te puedo quitar de encima...
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Corazón de Sombras: Perfume de la Rosa Eterna

    Este perfume se presenta en un frasco negro de corte facetado, con un núcleo rojo intenso en forma de corazón que parece arder desde dentro. Su diseño evoca misterio, pasión y elegancia oscura, rodeado por rosas carmesí y espinas metálicas que refuerzan su carácter seductor y rebelde. El tapón de cristal transparente corona esta joya con un aire de sofisticación peligrosa.

    "Corazón de Sombras" es una fragancia intensa y envolvente, con notas profundas de rosa negra, frutos rojos oscuros y un fondo amaderado con toques de vainilla especiada, perfecta para almas enigmáticas que conquistan en silencio.

    Modelo: Chisato Hasegawa
    Colaboración con la Familia Arseus
    🖤 Corazón de Sombras: Perfume de la Rosa Eterna 🖤 Este perfume se presenta en un frasco negro de corte facetado, con un núcleo rojo intenso en forma de corazón que parece arder desde dentro. Su diseño evoca misterio, pasión y elegancia oscura, rodeado por rosas carmesí y espinas metálicas que refuerzan su carácter seductor y rebelde. El tapón de cristal transparente corona esta joya con un aire de sofisticación peligrosa. "Corazón de Sombras" es una fragancia intensa y envolvente, con notas profundas de rosa negra, frutos rojos oscuros y un fondo amaderado con toques de vainilla especiada, perfecta para almas enigmáticas que conquistan en silencio. Modelo: Chisato Hasegawa Colaboración con la Familia Arseus
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  • *chibi estaba mojado y envuelto en una toalla ya que lo habían bañado a la fuerza* ono .... * en ese momento tenia pensado que se vengaría de la humanidad que seria el segador de las almas y destruiría toda la vida que existe * ono.... * mira la tele y ve que empezaron sus caricaturas y entra en trance mirándola fijamente * °u°
    *chibi estaba mojado y envuelto en una toalla ya que lo habían bañado a la fuerza* ono .... * en ese momento tenia pensado que se vengaría de la humanidad que seria el segador de las almas y destruiría toda la vida que existe * ono.... * mira la tele y ve que empezaron sus caricaturas y entra en trance mirándola fijamente * °u°
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