Zelkova hallábase sentado en una biblioteca apartada del tráfago del mundo, tan atestada de volúmenes y códices que más semejaba una lóbrega mazmorra de saberes vedados que una estancia para el estudio. Las anaquelerías se alzaban hasta perderse en las penumbras del techo, y los legajos se amontonaban en mesas, rincones y aun sobre el suelo empedrado.
Un sudor gélido le perló la frente cuando sus ojos recorrieron una vez más aquellas páginas amarillentas.
●No puede ser...
Musitó con voz queda
●Si el vulgo llegare a conocer esto...
Con ademán turbado, se retiró la gorra por un instante y pasó la mano por sus cabellos, procurando sosegar el temblor que le acometía. Su corazón latía con desasosiego, cual campana agitada por vientos de tormenta.
Frente a él yacían varios tomos vetustos, rebosantes de revelaciones que jamás debieron abandonar el silencio de aquellos muros.
●He de llevarme estos volúmenes...
Murmuró entre dientes, contemplando la ingente cantidad de libros
●Mas... ¿de qué guisa podré hacerlo?
Su mirada erró de un lado a otro de la estancia, buscando alguna estratagema. Empero, cuanto más observaba, más inabarcable parecía aquella empresa. Cada libro encerraba un secreto de gran cuantía, y abandonarlos allí resultaba tan impensable como cargar con todos ellos. La incertidumbre le oprimía el ánimo mientras el polvo danzaba en los haces de luz mortecina que se filtraban por las estrechas troneras de la biblioteca.
Un sudor gélido le perló la frente cuando sus ojos recorrieron una vez más aquellas páginas amarillentas.
●No puede ser...
Musitó con voz queda
●Si el vulgo llegare a conocer esto...
Con ademán turbado, se retiró la gorra por un instante y pasó la mano por sus cabellos, procurando sosegar el temblor que le acometía. Su corazón latía con desasosiego, cual campana agitada por vientos de tormenta.
Frente a él yacían varios tomos vetustos, rebosantes de revelaciones que jamás debieron abandonar el silencio de aquellos muros.
●He de llevarme estos volúmenes...
Murmuró entre dientes, contemplando la ingente cantidad de libros
●Mas... ¿de qué guisa podré hacerlo?
Su mirada erró de un lado a otro de la estancia, buscando alguna estratagema. Empero, cuanto más observaba, más inabarcable parecía aquella empresa. Cada libro encerraba un secreto de gran cuantía, y abandonarlos allí resultaba tan impensable como cargar con todos ellos. La incertidumbre le oprimía el ánimo mientras el polvo danzaba en los haces de luz mortecina que se filtraban por las estrechas troneras de la biblioteca.
Zelkova hallábase sentado en una biblioteca apartada del tráfago del mundo, tan atestada de volúmenes y códices que más semejaba una lóbrega mazmorra de saberes vedados que una estancia para el estudio. Las anaquelerías se alzaban hasta perderse en las penumbras del techo, y los legajos se amontonaban en mesas, rincones y aun sobre el suelo empedrado.
Un sudor gélido le perló la frente cuando sus ojos recorrieron una vez más aquellas páginas amarillentas.
●No puede ser...
Musitó con voz queda
●Si el vulgo llegare a conocer esto...
Con ademán turbado, se retiró la gorra por un instante y pasó la mano por sus cabellos, procurando sosegar el temblor que le acometía. Su corazón latía con desasosiego, cual campana agitada por vientos de tormenta.
Frente a él yacían varios tomos vetustos, rebosantes de revelaciones que jamás debieron abandonar el silencio de aquellos muros.
●He de llevarme estos volúmenes...
Murmuró entre dientes, contemplando la ingente cantidad de libros
●Mas... ¿de qué guisa podré hacerlo?
Su mirada erró de un lado a otro de la estancia, buscando alguna estratagema. Empero, cuanto más observaba, más inabarcable parecía aquella empresa. Cada libro encerraba un secreto de gran cuantía, y abandonarlos allí resultaba tan impensable como cargar con todos ellos. La incertidumbre le oprimía el ánimo mientras el polvo danzaba en los haces de luz mortecina que se filtraban por las estrechas troneras de la biblioteca.