• ¡No quiero parar!. Si alguién venir a jugar conmigo a lanzar bolas de nieve. ¡Bienvenido es!.
    -Gracias a mi querido amigo Santiago por la imagen.-
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  • Mi querido amigo Santiago me tomó está foto mientras estaba jugando a lanzar bolas de nieve.
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  • Cuando estaba joven..
    O sea ayer, tenía el cabello corto.
    Pero me crece en las noches
    Salem dicen que le recuerdo a mi época oscura
    Y Santiago prefiere que tenga el cabello largo
    Por eso me lo corte en esa época, pero no resultó..
    Volvió a su forma humilde que merece (?)
    Cuando estaba joven.. O sea ayer, tenía el cabello corto. Pero me crece en las noches Salem dicen que le recuerdo a mi época oscura Y Santiago prefiere que tenga el cabello largo Por eso me lo corte en esa época, pero no resultó.. Volvió a su forma humilde que merece (?)
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    tutorial rapido para tener seguidores y reacciones en ficrol:

    Aplica la de los juego gachas...
    te llevaran a la fama amigo mio:
    1. tetas - 2. cintura - 3. nalgas

    Con esos tres sencillos pasos (o ser femboy) tendras la fama asegurada (comprobado por 🌸𝒀𝒂𝒆 𝑴𝒊𝒌𝒐 八重神子🌸 )

    O otra alternativa es llamarte Santiago, ser Santiago y ser el mejor... (como santiago)

    Bueno amigo mio, ya te di el tutorial rapido, facil y 100% funcional, ahora vaya a vender el culo... o mande solicitudes a lo pendejo


    tutorial rapido para tener seguidores y reacciones en ficrol: Aplica la de los juego gachas... te llevaran a la fama amigo mio: 1. tetas - 2. cintura - 3. nalgas Con esos tres sencillos pasos (o ser femboy) tendras la fama asegurada (comprobado por [ripple_lime_bison_158]) O otra alternativa es llamarte Santiago, ser Santiago y ser el mejor... (como santiago) Bueno amigo mio, ya te di el tutorial rapido, facil y 100% funcional, ahora vaya a vender el culo... o mande solicitudes a lo pendejo
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  • ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ────

    [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ]

    [] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀

    Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México.

    Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión.

    Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase.

    Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite.

    Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros.

    Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad:

    𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞

    Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina

    ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ───

    Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado.

    Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero.

    Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo.

    Caminó hacia el Zócalo sin prisa.

    La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes.

    A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro.

    Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia.

    Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol.

    Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón.

    Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible.

    Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa.

    Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna.

    Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba

    𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞

    Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes.

    Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos.

    Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez.

    Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida:

    Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real.

    ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ────

    Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada.

    Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara.

    El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche.

    Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado.

    De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
    ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ──── [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ] [🇲🇽] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México. Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión. Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase. Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite. Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros. Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad: 𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞ Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ─── Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado. Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero. Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo. Caminó hacia el Zócalo sin prisa. La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes. A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro. Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol. Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón. Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible. Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa. Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna. Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba 𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞ Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes. Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos. Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez. Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida: Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real. ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ──── Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada. Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara. El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche. Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado. De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
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  • Me gustaría conocer las auroras boreales de Islandia..
    Espero ir para mis vacaciones
    - lo anotara en su agenda(?) y revisa sus pendientes-

    No invitar a Salem..
    Tampoco a Santiago por la pizza que se comió (?)
    Regalarle un pijama a Lyra (?)
    Regalarle una moto nueva a Juno (?)
    Tener un día de té con el Sr. Constantine
    Me gustaría conocer las auroras boreales de Islandia.. Espero ir para mis vacaciones - lo anotara en su agenda(?) y revisa sus pendientes- No invitar a Salem.. Tampoco a Santiago por la pizza que se comió (?) Regalarle un pijama a Lyra (?) Regalarle una moto nueva a Juno (?) Tener un día de té con el Sr. Constantine
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  • ──── 𝑃𝑟𝑜𝑏𝑙𝑒𝑚𝑠 𝐵𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑆𝑖𝑏𝑙𝑖𝑛𝑔𝑠. ────

    𝑆𝑎𝑛 : ──── ¿¡𝘛𝘰𝘥𝘢𝘷í𝘢 𝘯𝘰 𝘩𝘢𝘯 𝘦𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢𝘥𝘰 𝘢 𝘦𝘴𝘦 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘶𝘵𝘢!? ¡𝘔𝘐𝘌𝘙𝘋𝘈! ¿¡𝘋𝘌𝘉𝘖 𝘏𝘈𝘊𝘌𝘙𝘓𝘖 𝘛𝘖𝘋𝘖 𝘠𝘖!? 𝘠𝘰 𝘮𝘪𝘴𝘮𝘢 𝘮𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘳𝘨𝘢𝘳é 𝘥𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢𝘳𝘭𝘰 𝘺 𝘩𝘢𝘤𝘦𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘱𝘢𝘨𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘣𝘦. 𝘚𝘦𝘢 𝘮𝘪 𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘢𝘯𝘰 𝘰 𝘯𝘰; 𝘷𝘰𝘺 𝘢 𝘮𝘢𝘵𝘢𝘳𝘭𝘰 𝘺 𝘢𝘳𝘳𝘢𝘯𝘤𝘢𝘳𝘭𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘩𝘶𝘦𝘷𝘰𝘴. ────

    Santiago le debe una gran cantidad de dinero a su "hermana". [?]

    ||• También si gustan rolcito con San no duden en decírmelo. Solo tengan en cuenta que es una lesbiana malhumorada a veces, pero buena onda. (?)
    ──── 𝑃𝑟𝑜𝑏𝑙𝑒𝑚𝑠 𝐵𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑆𝑖𝑏𝑙𝑖𝑛𝑔𝑠. ──── 𝑆𝑎𝑛 : ──── ¿¡𝘛𝘰𝘥𝘢𝘷í𝘢 𝘯𝘰 𝘩𝘢𝘯 𝘦𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢𝘥𝘰 𝘢 𝘦𝘴𝘦 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘥𝘦 𝘱𝘶𝘵𝘢!? ¡𝘔𝘐𝘌𝘙𝘋𝘈! ¿¡𝘋𝘌𝘉𝘖 𝘏𝘈𝘊𝘌𝘙𝘓𝘖 𝘛𝘖𝘋𝘖 𝘠𝘖!? 𝘠𝘰 𝘮𝘪𝘴𝘮𝘢 𝘮𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘳𝘨𝘢𝘳é 𝘥𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢𝘳𝘭𝘰 𝘺 𝘩𝘢𝘤𝘦𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘱𝘢𝘨𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘣𝘦. 𝘚𝘦𝘢 𝘮𝘪 𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘢𝘯𝘰 𝘰 𝘯𝘰; 𝘷𝘰𝘺 𝘢 𝘮𝘢𝘵𝘢𝘳𝘭𝘰 𝘺 𝘢𝘳𝘳𝘢𝘯𝘤𝘢𝘳𝘭𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘩𝘶𝘦𝘷𝘰𝘴. ──── Santiago le debe una gran cantidad de dinero a su "hermana". [?] ||• También si gustan rolcito con San no duden en decírmelo. Solo tengan en cuenta que es una lesbiana malhumorada a veces, pero buena onda. (?)
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  • ──── 𝘔𝘦 𝘨𝘶𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘭 𝘢𝘭𝘤𝘰𝘩𝘰𝘭, 𝘭𝘢𝘴 𝘮𝘶𝘫𝘦𝘳𝘦𝘴, 𝘦𝘭 𝘥𝘪𝘯𝘦𝘳𝘰, 𝘺 𝘵𝘰𝘳𝘵𝘶𝘳𝘢𝘳 𝘢 𝘶𝘯 𝘷𝘪𝘰𝘭𝘢𝘥𝘰𝘳 𝘶 𝘢𝘴𝘦𝘴𝘪𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘪𝘯𝘰𝘤𝘦𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘭𝘢 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘧𝘶𝘮𝘰 𝘶𝘯 𝘣𝘶𝘦𝘯 𝘤𝘪𝘨𝘢𝘳𝘳𝘰. ────

    ──── 𝘓𝘰 𝘴é; 𝘱𝘦𝘭𝘪𝘨𝘳𝘰𝘴𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘪𝘦𝘯 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘦𝘥𝘢𝘥. 𝘚𝘶𝘦𝘯𝘢 𝘮𝘶𝘺 𝘤𝘭𝘪𝘤𝘩é 𝘺 𝘮á𝘴 𝘷𝘪𝘯𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘪𝘦𝘯 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘺𝘰 𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘯 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘳𝘨𝘰 𝘦𝘴 𝘪𝘯𝘦𝘷𝘪𝘵𝘢𝘣𝘭𝘦 𝘴𝘢𝘭𝘪𝘳 𝘪𝘭𝘦𝘴𝘰 𝘥𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢.────

    Sonido de golpe al rostro de Santiago; y zoom directo a él donde se lo muestra ya todo madreado pero de pie aún. Hay una pausa y voz en Off de fondo.

    ──── 𝘠 𝘴í; 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘴𝘰𝘺 𝘺𝘰; 𝘭𝘶𝘦𝘨𝘰 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘮𝘪𝘴𝘪ó𝘯 𝘺 𝘳𝘦𝘤𝘪𝘣𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘶𝘯 𝘣𝘶𝘦𝘯 𝘨𝘰𝘭𝘱𝘦. . . 𝘚𝘢𝘭í 𝘣𝘪𝘦𝘯 𝘣𝘰𝘯𝘪𝘵𝘰 ¿𝘝𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘲𝘶𝘦 𝘴í? ──── [?]
    ──── 𝘔𝘦 𝘨𝘶𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘭 𝘢𝘭𝘤𝘰𝘩𝘰𝘭, 𝘭𝘢𝘴 𝘮𝘶𝘫𝘦𝘳𝘦𝘴, 𝘦𝘭 𝘥𝘪𝘯𝘦𝘳𝘰, 𝘺 𝘵𝘰𝘳𝘵𝘶𝘳𝘢𝘳 𝘢 𝘶𝘯 𝘷𝘪𝘰𝘭𝘢𝘥𝘰𝘳 𝘶 𝘢𝘴𝘦𝘴𝘪𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘪𝘯𝘰𝘤𝘦𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘭𝘢 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘧𝘶𝘮𝘰 𝘶𝘯 𝘣𝘶𝘦𝘯 𝘤𝘪𝘨𝘢𝘳𝘳𝘰. ──── ──── 𝘓𝘰 𝘴é; 𝘱𝘦𝘭𝘪𝘨𝘳𝘰𝘴𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘪𝘦𝘯 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘦𝘥𝘢𝘥. 𝘚𝘶𝘦𝘯𝘢 𝘮𝘶𝘺 𝘤𝘭𝘪𝘤𝘩é 𝘺 𝘮á𝘴 𝘷𝘪𝘯𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘪𝘦𝘯 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘺𝘰 𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘯 𝘤𝘢𝘥𝘢 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘳𝘨𝘰 𝘦𝘴 𝘪𝘯𝘦𝘷𝘪𝘵𝘢𝘣𝘭𝘦 𝘴𝘢𝘭𝘪𝘳 𝘪𝘭𝘦𝘴𝘰 𝘥𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢.──── Sonido de golpe al rostro de Santiago; y zoom directo a él donde se lo muestra ya todo madreado pero de pie aún. Hay una pausa y voz en Off de fondo. ──── 𝘠 𝘴í; 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘴𝘰𝘺 𝘺𝘰; 𝘭𝘶𝘦𝘨𝘰 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘮𝘪𝘴𝘪ó𝘯 𝘺 𝘳𝘦𝘤𝘪𝘣𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘶𝘯 𝘣𝘶𝘦𝘯 𝘨𝘰𝘭𝘱𝘦. . . 𝘚𝘢𝘭í 𝘣𝘪𝘦𝘯 𝘣𝘰𝘯𝘪𝘵𝘰 ¿𝘝𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥 𝘲𝘶𝘦 𝘴í? ──── [?]
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  • ──── 𝑁𝑎𝑐ℎ𝑡 𝑖𝑛 𝐷𝑒𝑢𝑡𝑠𝑐ℎ𝑙𝑎𝑛𝑑 ──── 𝑃𝑟𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡 𝐷𝑎𝑦 | 𝕮𝖍𝖆𝖕𝖙𝖊𝖗 [𝟏𝟔]

    [] 𝐵𝑒𝑟𝑙í𝑛, 𝐴𝑙𝑒𝑚𝑎𝑛𝑖𝑎 — 𝟶𝟷:𝟶𝟶 𝐴.𝑀

    Descendió del avión en el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo con la calma de quien ha hecho ese trayecto demasiadas veces. El aire frío de enero le golpeó el rostro nada más salir de la pasarela, un recordatorio seco de que ya no estaba en Nueva York.

    Llevaba solo una maleta de mano negra, discreta, y un transportín acolchado colgado del hombro. Dentro, Francesco, su gato negro, maulló una sola vez, como reclamando atención o protestando por las horas de encierro.

    Aduanas fue un trámite rápido: pasaporte argentino, mirada neutra, respuestas cortas.

    Nadie preguntó por el gato más allá de revisar el certificado veterinario. Recogió la maleta facturada : Poco más que ropa y algunos objetos que nunca levantaban sospechas.

    Salió al vestíbulo de llegadas, donde el olor a café barato y pretzels se mezclaba con el humo de los taxis diésel.

    Tomó un taxi hacia Mitte sin dar muchas explicaciones al conductor. El hombre intentó entablar conversación sobre el tiempo y el tráfico; respondió con monosílabos hasta que el silencio se impuso.

    Desde el asiento trasero observó las luces de la ciudad deslizándose por las ventanas empañadas: la Torre de Televisión iluminada como una aguja lejana, los edificios reconstruidos que intentaban borrar cicatrices antiguas.

    Francesco se acomodó en el transportín sobre su regazo, ronroneando bajito ahora que el motor del taxi vibraba constante. Santiago pasó un dedo por la rejilla y el gato lo rozó con la nariz, un gesto breve pero familiar. Eran los únicos dos que sabían lo que venía después del check-in en el hotel.

    Veinte minutos más tarde, el taxi se detuvo frente a un hotel boutique en una calle tranquila cerca de Hackescher Markt.

    Pagó en efectivo, recogió sus cosas y entró al vestíbulo de techos altos y luz tenue. El recepcionista lo saludó en inglés; él respondió en un alemán correcto pero con acento que delataba otros lugares.

    ──── 𝘋𝘢𝘴 𝘡𝘪𝘮𝘮𝘦𝘳 𝘪𝘴𝘵 𝘢𝘶𝘧 𝘥𝘦𝘯 𝘕𝘢𝘮𝘦𝘯 𝘚𝘢𝘯𝘵𝘪𝘢𝘨𝘰 𝘳𝘦𝘴𝘦𝘳𝘷𝘪𝘦𝘳𝘵. 𝘋𝘶 𝘸𝘦𝘪ß𝘵 𝘨𝘢𝘯𝘻 𝘨𝘦𝘯𝘢𝘶, 𝘸𝘦𝘳 𝘪𝘤𝘩 𝘣𝘪𝘯. ──── (𝘏𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘳𝘦𝘴𝘦𝘳𝘷𝘢𝘥𝘢 𝘢 𝘯𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦 𝘥𝘦 𝘚𝘢𝘯𝘵𝘪𝘢𝘨𝘰. 𝘠𝘢 𝘴𝘢𝘣𝘦 𝘶𝘴𝘵𝘦𝘥 𝘱𝘦𝘳𝘧𝘦𝘤𝘵𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘲𝘶𝘪é𝘯 𝘴𝘰𝘺. )

    Dijo, entregando el pasaporte. No le era necesario hacerse pasar por alguien más. Todos lo conocían allí mismo y no le importaba el anonimato; era un hotel que transcurría seguido cuándo se le solicitaba.

    Mientras firmaba el registro, Francesco volvió a maullar, esta vez más impaciente. Sonrió apenas, casi imperceptiblemente. Pronto estarían arriba, solos, y podría abrir el transportín.

    El gato saldría, exploraría la habitación con su elegancia felina, y él comenzaría a prepararse para el trabajo que lo había traído hasta Berlín.

    La noche apenas empezaba. Se quitó el saco de vestir y sentó unos momentos al borde de la cama; un tanto cansado por tantas horas de viaje y trabajo.

    ──── 𝘏𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢𝘥𝘰; 𝘍𝘳𝘢𝘯𝘤𝘦𝘴𝘤𝘰. 𝘌𝘯 é𝘴𝘵𝘰𝘴 𝘥í𝘢𝘴 𝘮𝘦 𝘵𝘰𝘤𝘢𝘳á 𝘵𝘳𝘢𝘣𝘢𝘫𝘢𝘳 𝘯𝘶𝘦𝘷𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦; 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘰 𝘢𝘱𝘳𝘰𝘷𝘦𝘤𝘩𝘢𝘳é 𝘦𝘭 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘲𝘶𝘦𝘥𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘳𝘳𝘦𝘳 𝘶𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘭𝘢 𝘤𝘢𝘱𝘪𝘵𝘢𝘭 𝘢𝘭𝘦𝘮𝘢𝘯𝘢. ────
    ──── 𝑁𝑎𝑐ℎ𝑡 𝑖𝑛 𝐷𝑒𝑢𝑡𝑠𝑐ℎ𝑙𝑎𝑛𝑑 ──── 𝑃𝑟𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡 𝐷𝑎𝑦 | 𝕮𝖍𝖆𝖕𝖙𝖊𝖗 [𝟏𝟔] [🇩🇪] 𝐵𝑒𝑟𝑙í𝑛, 𝐴𝑙𝑒𝑚𝑎𝑛𝑖𝑎 — 𝟶𝟷:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 Descendió del avión en el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo con la calma de quien ha hecho ese trayecto demasiadas veces. El aire frío de enero le golpeó el rostro nada más salir de la pasarela, un recordatorio seco de que ya no estaba en Nueva York. Llevaba solo una maleta de mano negra, discreta, y un transportín acolchado colgado del hombro. Dentro, Francesco, su gato negro, maulló una sola vez, como reclamando atención o protestando por las horas de encierro. Aduanas fue un trámite rápido: pasaporte argentino, mirada neutra, respuestas cortas. Nadie preguntó por el gato más allá de revisar el certificado veterinario. Recogió la maleta facturada : Poco más que ropa y algunos objetos que nunca levantaban sospechas. Salió al vestíbulo de llegadas, donde el olor a café barato y pretzels se mezclaba con el humo de los taxis diésel. Tomó un taxi hacia Mitte sin dar muchas explicaciones al conductor. El hombre intentó entablar conversación sobre el tiempo y el tráfico; respondió con monosílabos hasta que el silencio se impuso. Desde el asiento trasero observó las luces de la ciudad deslizándose por las ventanas empañadas: la Torre de Televisión iluminada como una aguja lejana, los edificios reconstruidos que intentaban borrar cicatrices antiguas. Francesco se acomodó en el transportín sobre su regazo, ronroneando bajito ahora que el motor del taxi vibraba constante. Santiago pasó un dedo por la rejilla y el gato lo rozó con la nariz, un gesto breve pero familiar. Eran los únicos dos que sabían lo que venía después del check-in en el hotel. Veinte minutos más tarde, el taxi se detuvo frente a un hotel boutique en una calle tranquila cerca de Hackescher Markt. Pagó en efectivo, recogió sus cosas y entró al vestíbulo de techos altos y luz tenue. El recepcionista lo saludó en inglés; él respondió en un alemán correcto pero con acento que delataba otros lugares. ──── 𝘋𝘢𝘴 𝘡𝘪𝘮𝘮𝘦𝘳 𝘪𝘴𝘵 𝘢𝘶𝘧 𝘥𝘦𝘯 𝘕𝘢𝘮𝘦𝘯 𝘚𝘢𝘯𝘵𝘪𝘢𝘨𝘰 𝘳𝘦𝘴𝘦𝘳𝘷𝘪𝘦𝘳𝘵. 𝘋𝘶 𝘸𝘦𝘪ß𝘵 𝘨𝘢𝘯𝘻 𝘨𝘦𝘯𝘢𝘶, 𝘸𝘦𝘳 𝘪𝘤𝘩 𝘣𝘪𝘯. ──── (𝘏𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘳𝘦𝘴𝘦𝘳𝘷𝘢𝘥𝘢 𝘢 𝘯𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦 𝘥𝘦 𝘚𝘢𝘯𝘵𝘪𝘢𝘨𝘰. 𝘠𝘢 𝘴𝘢𝘣𝘦 𝘶𝘴𝘵𝘦𝘥 𝘱𝘦𝘳𝘧𝘦𝘤𝘵𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘲𝘶𝘪é𝘯 𝘴𝘰𝘺. ) Dijo, entregando el pasaporte. No le era necesario hacerse pasar por alguien más. Todos lo conocían allí mismo y no le importaba el anonimato; era un hotel que transcurría seguido cuándo se le solicitaba. Mientras firmaba el registro, Francesco volvió a maullar, esta vez más impaciente. Sonrió apenas, casi imperceptiblemente. Pronto estarían arriba, solos, y podría abrir el transportín. El gato saldría, exploraría la habitación con su elegancia felina, y él comenzaría a prepararse para el trabajo que lo había traído hasta Berlín. La noche apenas empezaba. Se quitó el saco de vestir y sentó unos momentos al borde de la cama; un tanto cansado por tantas horas de viaje y trabajo. ──── 𝘏𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢𝘥𝘰; 𝘍𝘳𝘢𝘯𝘤𝘦𝘴𝘤𝘰. 𝘌𝘯 é𝘴𝘵𝘰𝘴 𝘥í𝘢𝘴 𝘮𝘦 𝘵𝘰𝘤𝘢𝘳á 𝘵𝘳𝘢𝘣𝘢𝘫𝘢𝘳 𝘯𝘶𝘦𝘷𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦; 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘰 𝘢𝘱𝘳𝘰𝘷𝘦𝘤𝘩𝘢𝘳é 𝘦𝘭 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘦 𝘲𝘶𝘦𝘥𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘳𝘳𝘦𝘳 𝘶𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰 𝘭𝘢 𝘤𝘢𝘱𝘪𝘵𝘢𝘭 𝘢𝘭𝘦𝘮𝘢𝘯𝘢. ────
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  • ────𝘔𝘢𝘥𝘳𝘶𝘨𝘢𝘥𝘢 𝘯𝘢𝘷𝘪𝘥𝘦ñ𝘢 ──── 𝑂𝑡𝑟𝑜 𝑑í𝑎 𝑑𝑒 𝑡𝑟𝑎𝑏𝑎𝑗𝑜. | 𝑃𝑟𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡 𝐷𝑎𝑦 — 𝕮𝖍𝖆𝖕𝖙𝖊𝖗 [𝟏𝟓]

    [🇺🇲] 𝑁𝑢𝑒𝑣𝑎 𝑌𝑜𝑟𝑘 — 𝐸𝑠𝑡𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑈𝑛𝑖𝑑𝑜𝑠 | 𝟶𝟼:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 (𝟻 ℎ𝑜𝑟𝑎𝑠 𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑜 𝑎 𝐵𝑒𝑟𝑙í𝑛)

    La luz del sol de la mañana de Navidad se filtraba suavemente a través de las cortinas entreabiertas del dormitorio de Santiago, tiñendo la habitación de un cálido tono dorado. Era 25 de diciembre, y el silencio de la casa solo se interrumpía por el lejano sonido de villancicos que provenían de algún vecino entusiasta.

    Santiago abrió los ojos lentamente, estirándose bajo las sábanas con un bostezo contenido. La noche anterior había sido tranquila, como a él le gustaba: una cena ligera, un libro a medio leer y la compañía silenciosa de Francesco. Se incorporó en la cama, pasándose una mano por el cabello revuelto, y miró hacia el pie del colchón.

    Allí estaba Francesco, su gato negro, acurrucado en un ovillo perfecto sobre la manta extra que Santiago siempre dejaba para él. El felino dormía profundamente, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo pausado, una pata delantera cubriéndole delicadamente la nariz como si quisiera protegerse del mundo. Ni siquiera el movimiento de Santiago lo había despertado; Francesco era experto en ignorar el mundo cuando decidía que era hora de descansar.

    Con una media sonrisa, Santiago se levantó de la cama, descalzo sobre el suelo fresco de madera. Caminó hasta la cocina contigua, abrió el armario superior y sacó una copa de cristal fino. Luego, del refrigerador, tomó la botella de vino tinto que había abierto unos días antes, un Rioja reserva que guardaba para momentos como este. Sirvió una cantidad moderada, solo lo suficiente para acompañar la quietud de la mañana, y el aroma afrutado llenó el aire.

    Regresó al dormitorio con la copa en la mano, se sentó en el borde de la cama y dio un sorbo lento mientras sus ojos se posaban nuevamente en Francesco. El gato, ajeno a todo, cambió ligeramente de posición en sueños, estirando una pata trasera sin abrir los ojos.

    ──── 𝘚𝘪 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘶𝘦𝘳𝘮𝘦𝘴 𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘣𝘪𝘦𝘯, 𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢𝘳𝘥𝘰, 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘮𝘢𝘴 𝘨𝘰𝘳𝘥𝘰. ────

    Bromeo y suspiró con satisfacción, observando cómo la luz navideña bailaba sobre el pelaje de su compañero. No necesitaba más que esto: un vino tempranero, un gato dormilón y la calma absoluta de una Navidad sin prisas.
    ────𝘔𝘢𝘥𝘳𝘶𝘨𝘢𝘥𝘢 𝘯𝘢𝘷𝘪𝘥𝘦ñ𝘢 ──── 𝑂𝑡𝑟𝑜 𝑑í𝑎 𝑑𝑒 𝑡𝑟𝑎𝑏𝑎𝑗𝑜. | 𝑃𝑟𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡 𝐷𝑎𝑦 — 𝕮𝖍𝖆𝖕𝖙𝖊𝖗 [𝟏𝟓] [🇺🇲] 𝑁𝑢𝑒𝑣𝑎 𝑌𝑜𝑟𝑘 — 𝐸𝑠𝑡𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑈𝑛𝑖𝑑𝑜𝑠 | 𝟶𝟼:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 (𝟻 ℎ𝑜𝑟𝑎𝑠 𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑜 𝑎 𝐵𝑒𝑟𝑙í𝑛) La luz del sol de la mañana de Navidad se filtraba suavemente a través de las cortinas entreabiertas del dormitorio de Santiago, tiñendo la habitación de un cálido tono dorado. Era 25 de diciembre, y el silencio de la casa solo se interrumpía por el lejano sonido de villancicos que provenían de algún vecino entusiasta. Santiago abrió los ojos lentamente, estirándose bajo las sábanas con un bostezo contenido. La noche anterior había sido tranquila, como a él le gustaba: una cena ligera, un libro a medio leer y la compañía silenciosa de Francesco. Se incorporó en la cama, pasándose una mano por el cabello revuelto, y miró hacia el pie del colchón. Allí estaba Francesco, su gato negro, acurrucado en un ovillo perfecto sobre la manta extra que Santiago siempre dejaba para él. El felino dormía profundamente, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo pausado, una pata delantera cubriéndole delicadamente la nariz como si quisiera protegerse del mundo. Ni siquiera el movimiento de Santiago lo había despertado; Francesco era experto en ignorar el mundo cuando decidía que era hora de descansar. Con una media sonrisa, Santiago se levantó de la cama, descalzo sobre el suelo fresco de madera. Caminó hasta la cocina contigua, abrió el armario superior y sacó una copa de cristal fino. Luego, del refrigerador, tomó la botella de vino tinto que había abierto unos días antes, un Rioja reserva que guardaba para momentos como este. Sirvió una cantidad moderada, solo lo suficiente para acompañar la quietud de la mañana, y el aroma afrutado llenó el aire. Regresó al dormitorio con la copa en la mano, se sentó en el borde de la cama y dio un sorbo lento mientras sus ojos se posaban nuevamente en Francesco. El gato, ajeno a todo, cambió ligeramente de posición en sueños, estirando una pata trasera sin abrir los ojos. ──── 𝘚𝘪 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘶𝘦𝘳𝘮𝘦𝘴 𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘣𝘪𝘦𝘯, 𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢𝘳𝘥𝘰, 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘮𝘢𝘴 𝘨𝘰𝘳𝘥𝘰. ──── Bromeo y suspiró con satisfacción, observando cómo la luz navideña bailaba sobre el pelaje de su compañero. No necesitaba más que esto: un vino tempranero, un gato dormilón y la calma absoluta de una Navidad sin prisas.
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