• - Día 7, y el vecino aún no se ha dado cuenta que sigo llevándome sus mini tomates... -La vida es bella [?]

    *Recordatorio: Hoy no ha visto a su rubio favorito Masth. La vida ya no es tan bella [??]
    - Día 7, y el vecino aún no se ha dado cuenta que sigo llevándome sus mini tomates... -La vida es bella [?] *Recordatorio: Hoy no ha visto a su rubio favorito Masth. La vida ya no es tan bella [??]
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois.

    El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces.

    La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad.

    Primera posición.

    Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado.

    Plié.

    Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba.

    Tendu.

    El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias.

    Giró hacia el espejo.

    Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé.

    Subió a demi-pointe.

    El equilibrio fue perfecto.

    Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad.

    La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio.

    Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable.

    —A la barra —indicó sin elevar la voz.

    Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos.

    —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae.

    Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso.

    Scarlett colocó su mano en su espalda baja.

    —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro.

    La niña se estabilizó.

    Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil.

    Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo.

    El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma.

    Y ella también.
    #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois. El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces. La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad. Primera posición. Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado. Plié. Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba. Tendu. El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias. Giró hacia el espejo. Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé. Subió a demi-pointe. El equilibrio fue perfecto. Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad. La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio. Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable. —A la barra —indicó sin elevar la voz. Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos. —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae. Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso. Scarlett colocó su mano en su espalda baja. —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro. La niña se estabilizó. Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil. Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo. El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma. Y ella también.
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  • Es increíble lo rápido que pasa el tiempo.
    Parece hace poco cuando estaba comprando regalos de navidad.
    La próxima semana es mi cumpleaños y este año no quiero hacer fiesta o gala Bueno, solo unos cuantos desfiles, unas compras mustias y me regreso.


    -

    (Recordatorio de que Jillian no es un twink o femboy, solo es una diva (?))
    Es increíble lo rápido que pasa el tiempo. Parece hace poco cuando estaba comprando regalos de navidad. La próxima semana es mi cumpleaños y este año no quiero hacer fiesta o gala Bueno, solo unos cuantos desfiles, unas compras mustias y me regreso. - (Recordatorio de que Jillian no es un twink o femboy, solo es una diva (?))
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  • Si, todos los "desviantes" somos humanos, incluso el sujeto que tiene tentáculos por extremidades, algunos necesitan un violento recordatorio
    Si, todos los "desviantes" somos humanos, incluso el sujeto que tiene tentáculos por extremidades, algunos necesitan un violento recordatorio
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  • https://www.youtube.com/watch?v=zdZtMJySQio

    Despertar sin necesariamente ser consciente, atrapado en la oscuridad más deslumbrante, vuelve imposible diferenciar ese estado de somnolencia intelectual de la vivacidad exclusiva de los iluminados. No hay extremidades que padezcan el entumecimiento de haber flotado a la deriva; así debería entenderse el significado del vacío, pero asumir que en la nada nada existe sería tan ingenuo como intentar divisar un horizonte.

    Sabe dónde se encuentra: el océano formado por el primer lamento, tan denso que niega cualquier clase de disparidad; ni siquiera los pensamientos tienen forma. No obstante, allí produjo una ínfima corriente que amenazó con perderse en la más ansiada tranquilidad.

    ¿Para qué huir? Fue la cuna, y desde ese momento no existió más un final; el encierro en la infinitud es la hipérbole más genuina de la libertad. Seguir pensando es limitarse; fingir es definirse, erosionar esa naturaleza empujada por el hambre y el eco de espejismos intangibles, ocurrencias de un lugar que no le es propio y al que jamás debió llegar.

    ¿Para qué despertar? ¿Por qué seguir durmiendo? Tantos años desperdiciados con inaudita soberbia no son sino un esfuerzo innecesario. La relevancia se vuelve lejana con la percepción; ¿y si el cierre de todo es lo ya predispuesto? Ese momento iba a llegar, más temprano que tarde, aunque el terror indique lo contrario.

    Es tan sencillo como decidir una vez más: vuelve a cerrar los ojos, que los párpados se fundan con el silencio. Nadie esperará tu regreso; el reencuentro ocurrirá cuando todos sean reducidos a la mínima expresión, y te ahogarás en ellos.

    Una tentación sin gusto sedujo sus inmensurables fauces; como nunca antes, debió cerrarlas, devorar la insulsa eternidad. Mas su cuerpo dejó de ser tan extenso como irreconocible.

    Sus dedos se flexionaron con pétrea rigidez. Las falanges, forjadas desde un conocimiento imaginario, y los incontables tejidos crearon vulnerabilidad. Un soplido lunar pigmentó aquella carcasa y, cuando supo del firmamento, lo que parecía impenetrable se desdibujó en el celeste de una bóveda tan imperfecta como embaucadora.

    Sensaciones abrumadoras sobrepasaron la descoordinación. De forma intermitente, la brisa del mediodía anunció la reciente poda del césped. Bisbiseos, zumbidos y maquinarias móviles quebraron su blanca quietud con la desprolijidad de un horrísono exabrupto; la superposición violenta de una frecuencia que no condice con la mal llamada realidad. Peor aún ocurrió con su visión, cuando lo que era tan colorido y armonioso perdió toda configuración en la duración de un parpadeo.

    Un recordatorio de toda aquella pretensión: fingir que importa, que se convertirá en el aliento del mundo, que habrá siquiera un motivo por el cual todo tenga sentido.

    Su mano encierra el sol; lo devora como podredumbres errantes lo harían en su imaginario. Cierra los ojos para cerciorarse de que no ha desmenuzado su entorno, solo las texturas deben imperar en la imperfección a la que decidió aferrarse una vez más.

    Aunque hace trampa, porque se ahorra el malestar y la desprolijidad de haber convertido unos quince minutos en la totalidad de un mes.

    Tenía una vida qué retomar.
    https://www.youtube.com/watch?v=zdZtMJySQio Despertar sin necesariamente ser consciente, atrapado en la oscuridad más deslumbrante, vuelve imposible diferenciar ese estado de somnolencia intelectual de la vivacidad exclusiva de los iluminados. No hay extremidades que padezcan el entumecimiento de haber flotado a la deriva; así debería entenderse el significado del vacío, pero asumir que en la nada nada existe sería tan ingenuo como intentar divisar un horizonte. Sabe dónde se encuentra: el océano formado por el primer lamento, tan denso que niega cualquier clase de disparidad; ni siquiera los pensamientos tienen forma. No obstante, allí produjo una ínfima corriente que amenazó con perderse en la más ansiada tranquilidad. ¿Para qué huir? Fue la cuna, y desde ese momento no existió más un final; el encierro en la infinitud es la hipérbole más genuina de la libertad. Seguir pensando es limitarse; fingir es definirse, erosionar esa naturaleza empujada por el hambre y el eco de espejismos intangibles, ocurrencias de un lugar que no le es propio y al que jamás debió llegar. ¿Para qué despertar? ¿Por qué seguir durmiendo? Tantos años desperdiciados con inaudita soberbia no son sino un esfuerzo innecesario. La relevancia se vuelve lejana con la percepción; ¿y si el cierre de todo es lo ya predispuesto? Ese momento iba a llegar, más temprano que tarde, aunque el terror indique lo contrario. Es tan sencillo como decidir una vez más: vuelve a cerrar los ojos, que los párpados se fundan con el silencio. Nadie esperará tu regreso; el reencuentro ocurrirá cuando todos sean reducidos a la mínima expresión, y te ahogarás en ellos. Una tentación sin gusto sedujo sus inmensurables fauces; como nunca antes, debió cerrarlas, devorar la insulsa eternidad. Mas su cuerpo dejó de ser tan extenso como irreconocible. Sus dedos se flexionaron con pétrea rigidez. Las falanges, forjadas desde un conocimiento imaginario, y los incontables tejidos crearon vulnerabilidad. Un soplido lunar pigmentó aquella carcasa y, cuando supo del firmamento, lo que parecía impenetrable se desdibujó en el celeste de una bóveda tan imperfecta como embaucadora. Sensaciones abrumadoras sobrepasaron la descoordinación. De forma intermitente, la brisa del mediodía anunció la reciente poda del césped. Bisbiseos, zumbidos y maquinarias móviles quebraron su blanca quietud con la desprolijidad de un horrísono exabrupto; la superposición violenta de una frecuencia que no condice con la mal llamada realidad. Peor aún ocurrió con su visión, cuando lo que era tan colorido y armonioso perdió toda configuración en la duración de un parpadeo. Un recordatorio de toda aquella pretensión: fingir que importa, que se convertirá en el aliento del mundo, que habrá siquiera un motivo por el cual todo tenga sentido. Su mano encierra el sol; lo devora como podredumbres errantes lo harían en su imaginario. Cierra los ojos para cerciorarse de que no ha desmenuzado su entorno, solo las texturas deben imperar en la imperfección a la que decidió aferrarse una vez más. Aunque hace trampa, porque se ahorra el malestar y la desprolijidad de haber convertido unos quince minutos en la totalidad de un mes. Tenía una vida qué retomar.
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  • Fotografía de Asura Kaos y Umbra Eterna tomada por "Niní" la paparazzi del reino.

    En la parte posterior de la foto hay algo escrito: "Recordatorio: A Lord Umbra no le gustan las fotos. x'D"

    Asura Sphatari Kaos
    Fotografía de Asura Kaos y Umbra Eterna tomada por "Niní" la paparazzi del reino. En la parte posterior de la foto hay algo escrito: "Recordatorio: A Lord Umbra no le gustan las fotos. x'D" [AsuraKaos]
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  • "Las cicatrices son recordatorios de que fuimos más fuertes que nuestras heridas".
    "Las cicatrices son recordatorios de que fuimos más fuertes que nuestras heridas".
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  • De nuevo la pesadilla.
    Una vez más, no tuvo las mejores de las noches; removiéndose entre sueños su mente volvió a reproducirle aquel fatídico momento. Aquella experiencia tan horrible que se le había grabado a fuego en el alma; inolvidable, aterradora, desgarradora...
    Y es que una vez más allí estaba: en el infierno. Rodeada de gritos, aullidos de dolor y el chocar del metal de las armas al encontrarse en su camino. Frente a ella, un cuerpo tirado, abandonado e ignorado, rodeado de un mar dorado producido por su propia sangre.

    Su corazón dolía al latir, su alma quebrándose en una mitad irrecuperable mientras el aire se iba de sus pulmones. Los sonidos a su alrededor no volviéndose más que ecos en la distancia mientras su cuerpo perdía fuerza, sus piernas parecían haberse vuelto inútiles, como si nunca hubiera aprendido a caminar. Un tropezón y luego otro hasta que por fin pudo ponerse en pie y correr, como si una mano le hubiese empujado en la espalda para impulsarla a ir hacia adelante; un impulso que no le duraría demasiado pues tan solo llegar junto al cuerpo es que toda fuerza acumulada se desvanecería una vez más.

    — No, no, no, no.... —

    Tan solo una súplica inaudible. Un rezo ignorado mientras la vista se volvía borrosa, sus manos temblorosas volteando a ver la identidad del cuerpo caído mientras su corazón acababa por casi detenerse al corroborarlo.

    — Adán... ¡¡Adán!! —

    Más la respuesta nunca llegó. Tan solo una sonrisa cariñosa esbozada mientras veía el dorado de sus ojos, tan brillantes como el sol, desvanecerse hasta volverse un apagado opaco. La luz de su vida desaparecida mientras una mitad de ella se la había llevado al morir.

    — ¡¡Adán!! —

    Repitió pero ya nada hubo, aunque suavemente lo sacudió con la única mano que le quedaba.
    La sonrisa se quedó inmóvil en aquellos labios ajenos, imborrable, pero ya no hubo ningún otro movimiento. Su respiración acelerada y el líquido rodando por su mejillas.

    — ¡ADÁN! —

    Sin embargo, al gritar, se encontró sentándose abruptamente en la cama. A su alrededor solo su habitación.
    Ni un rastro de demonios, del paisaje infernal, ni siquiera de la sangre dorada cubriéndola o el cuerpo que tanto había quebrado su alma. Nada había.
    Con pies temblorosos se levantó de la cama y caminó hasta el ventanal, ya reparado, de su habitación; sólo el paisaje celestial la recibió.
    Observó su brazo izquierdo, dorado y prostetico, con la ausencia de una aureola que ella juraba había tomado entre sus manos para usar de pulsera y un recordatorio constante de una venganza jurada en silencio.

    Su corazón aún latía acelerado y podía sentir el rastro de lágrimas que habían humedecido sus mejillas pero solo la ausencia de la aureola en su mano le trajo paz pues eso significaba que había sido todo un sueño, un mal recuerdo, y en realidad su señor en ese momento, probablemente, ya la estuviera esperando en el campo de entrenamiento como siempre lo hacía.
    Se pasó las manos por las mejillas para limpiarse cualquier mojado rastro de sus lágrimas y se dispuso a prepararse para un nuevo día.

    Adán estaba vivo, tan vivo como ella. Y los demonios igual con sólo un reloj de arena cuyos granos caían lentamente anunciando un inminente final que les aguardaba bajo sus manos.
    Sí, Adán estaría vivo pero no libre de amenaza; no mientras los demonios continuaran con sus tranquilas vidas allí abajo, libres de preocupaciones gracias a las nuevas órdenes de Sera. Pero ese era su error, creer que eran libres de preocupaciones pues no era nada más lejano a la realidad mientras ella siguiera con vida. Tarde o temprano su momento llegaría y sería entonces cuando ella tomaría la oportunidad que se le brindaría bajando a aquel agujero infernal una vez más, exterminando hasta al último demonio que pueda suponer una amenaza a la vida del hombre que ella amaba
    De nuevo la pesadilla. Una vez más, no tuvo las mejores de las noches; removiéndose entre sueños su mente volvió a reproducirle aquel fatídico momento. Aquella experiencia tan horrible que se le había grabado a fuego en el alma; inolvidable, aterradora, desgarradora... Y es que una vez más allí estaba: en el infierno. Rodeada de gritos, aullidos de dolor y el chocar del metal de las armas al encontrarse en su camino. Frente a ella, un cuerpo tirado, abandonado e ignorado, rodeado de un mar dorado producido por su propia sangre. Su corazón dolía al latir, su alma quebrándose en una mitad irrecuperable mientras el aire se iba de sus pulmones. Los sonidos a su alrededor no volviéndose más que ecos en la distancia mientras su cuerpo perdía fuerza, sus piernas parecían haberse vuelto inútiles, como si nunca hubiera aprendido a caminar. Un tropezón y luego otro hasta que por fin pudo ponerse en pie y correr, como si una mano le hubiese empujado en la espalda para impulsarla a ir hacia adelante; un impulso que no le duraría demasiado pues tan solo llegar junto al cuerpo es que toda fuerza acumulada se desvanecería una vez más. — No, no, no, no.... — Tan solo una súplica inaudible. Un rezo ignorado mientras la vista se volvía borrosa, sus manos temblorosas volteando a ver la identidad del cuerpo caído mientras su corazón acababa por casi detenerse al corroborarlo. — Adán... ¡¡Adán!! — Más la respuesta nunca llegó. Tan solo una sonrisa cariñosa esbozada mientras veía el dorado de sus ojos, tan brillantes como el sol, desvanecerse hasta volverse un apagado opaco. La luz de su vida desaparecida mientras una mitad de ella se la había llevado al morir. — ¡¡Adán!! — Repitió pero ya nada hubo, aunque suavemente lo sacudió con la única mano que le quedaba. La sonrisa se quedó inmóvil en aquellos labios ajenos, imborrable, pero ya no hubo ningún otro movimiento. Su respiración acelerada y el líquido rodando por su mejillas. — ¡ADÁN! — Sin embargo, al gritar, se encontró sentándose abruptamente en la cama. A su alrededor solo su habitación. Ni un rastro de demonios, del paisaje infernal, ni siquiera de la sangre dorada cubriéndola o el cuerpo que tanto había quebrado su alma. Nada había. Con pies temblorosos se levantó de la cama y caminó hasta el ventanal, ya reparado, de su habitación; sólo el paisaje celestial la recibió. Observó su brazo izquierdo, dorado y prostetico, con la ausencia de una aureola que ella juraba había tomado entre sus manos para usar de pulsera y un recordatorio constante de una venganza jurada en silencio. Su corazón aún latía acelerado y podía sentir el rastro de lágrimas que habían humedecido sus mejillas pero solo la ausencia de la aureola en su mano le trajo paz pues eso significaba que había sido todo un sueño, un mal recuerdo, y en realidad su señor en ese momento, probablemente, ya la estuviera esperando en el campo de entrenamiento como siempre lo hacía. Se pasó las manos por las mejillas para limpiarse cualquier mojado rastro de sus lágrimas y se dispuso a prepararse para un nuevo día. Adán estaba vivo, tan vivo como ella. Y los demonios igual con sólo un reloj de arena cuyos granos caían lentamente anunciando un inminente final que les aguardaba bajo sus manos. Sí, Adán estaría vivo pero no libre de amenaza; no mientras los demonios continuaran con sus tranquilas vidas allí abajo, libres de preocupaciones gracias a las nuevas órdenes de Sera. Pero ese era su error, creer que eran libres de preocupaciones pues no era nada más lejano a la realidad mientras ella siguiera con vida. Tarde o temprano su momento llegaría y sería entonces cuando ella tomaría la oportunidad que se le brindaría bajando a aquel agujero infernal una vez más, exterminando hasta al último demonio que pueda suponer una amenaza a la vida del hombre que ella amaba
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Recordatorio de que si alguien quiere rolear con mi Ophelia, está abierto. Solamente lean su ficha 🏻
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  • ────La perfección se construye con disciplina y convicción. Cada paso, cada preparación, es un recordatorio de nuestro potencial. Yo no entreno solo para mí, entreno para demostrar hasta dónde podemos llegar. No soy únicamente una guerrera, soy una artista en constante refinamiento. Ahora, a entrenar.
    ────La perfección se construye con disciplina y convicción. Cada paso, cada preparación, es un recordatorio de nuestro potencial. Yo no entreno solo para mí, entreno para demostrar hasta dónde podemos llegar. No soy únicamente una guerrera, soy una artista en constante refinamiento. Ahora, a entrenar.
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