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    Si, he estado ausente.
    Y quizá lo siga estando.
    Una enorme disculpa. ><
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  • 。 𝗔𝗹𝗹 𝘁𝗵𝗮𝘁 𝗴𝗹𝗶𝘁𝘁𝗲𝗿𝘀 𝗶𝘀 𝗻𝗼𝘁 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝗴𝗼𝗹𝗱.
    Categoría Original
    La cámara subterránea apestaba a una mezcla entre vísceras hinchadas por la descomposición y a carne quemada.

    No era un olor normal, ni una combinación común.

    El hombre sintió cómo la pestilencia le bajaba por la garganta y se le pegaba al paladar como grasa rancia.

    Tragó saliva con total asco mientras la antorcha escupía humo negro contra el techo.

    La luz temblorosa arrancaba formas deformes de las paredes: manchas oscuras, costras secas y salpicaduras que, en algún punto, habían sido sangre humana.

    Incluso había uñas incrustadas entre las piedras.

    Docenas.

    Algunas todavía conservaban fragmentos de dedos ennegrecidos.

    —Mierda... —escupió, cubriéndose la nariz con el antebrazo—. Qué clase de degenerado construye un lugar así...

    El suelo crujía bajo sus botas.

    No por ser grava.

    Sino por ser huesos.

    Costillas quebradas, vértebras pulverizadas y dientes humanos mezclados con barro húmedo. Cada paso trituraba restos amarillentos que llevaban años pudriéndose bajo aquella oscuridad sofocante.

    Había pelos pegados entre las grietas de las piedras. Trozos de cuero cabelludo seco adheridos como un enfermizo musgo.

    Y en medio de todo eso...

    Un ataúd descansaba sobre una plataforma de mármol negro; como una joya caída del cielo en mitad de un osario.

    Era exquisito.

    No había otra palabra.

    La estructura entera estaba construida con una madera tan oscura y pulida que parecía obsidiana líquida. Filigranas de oro recorrían cada borde formando patrones delicados de flores entrelazadas. Rubíes enormes ardían bajo la luz de la antorcha como gotas de sangre fresca atrapadas en cristal. Zafiros del tamaño de huevos brillaban incrustados entre líneas de plata pura. Diamantes pequeños estaban cuidadosamente encajados formando constelaciones diminutas sobre la tapa.

    Eso valía reinos enteros, tanto que podría ser la razón para causar varias guerras.

    Aquel ataúd no pertenecía a una tumba.

    Parecía un altar dedicado a la avaricia humana.

    Y quizá, lo más curioso era ese enorme lazo...

    Daba la sensación de que todo era un regalo finamente envuelto, pero prefirió ignorar esa mortífera idea.

    El cazador silbó entre dientes.

    —Mierda... —murmuró, acercándose lentamente—. Con esto podría retirarme, comprar una jodida taberna y morir ahí...

    La luz del fuego danzaba sobre el oro, haciendo que todo el sarcófago brillara con una belleza obscena en medio de aquella podredumbre. Ni una mota de polvo descansaba sobre el ataúd.

    Las gemas estaban impecables. El metal relucía como recién pulido.

    Demasiado perfecto.

    Demasiado limpio.

    El hombre apoyó una mano sobre la tapa ornamentada.

    El oro estaba tibio.

    Eso le desagradó más de lo que le gustaría admitir.

    Hizo un poco de fuerza.

    Y el ataúd se abrió con un gemido espeso, casi como un grito ahogado en dolor.

    El olor golpeó primero.

    No era putrefacción.

    Era algo mucho peor.

    Sangre fresca mezclada con un perfume dulzón. Carne troceada. Flores marchitas flotando sobre un pantano de vísceras.

    El cazador retrocedió un paso automáticamente.

    Dentro no había un cadáver.

    Había una mujer.

    Inmóvil sobre terciopelo rojo empapado de sangre vieja.

    Piel blanca. Demasiado blanca. Tensada sobre los huesos como cera húmeda.

    El vestido de seda seguía intacto. Puro. Inmaculado.

    Contrastando horriblemente con los restos humanos que la rodeaban.

    El hombre sintió un escalofrío reptándole por la espalda.

    No por miedo.

    Era repulsión pura.
    La cámara subterránea apestaba a una mezcla entre vísceras hinchadas por la descomposición y a carne quemada. No era un olor normal, ni una combinación común. El hombre sintió cómo la pestilencia le bajaba por la garganta y se le pegaba al paladar como grasa rancia. Tragó saliva con total asco mientras la antorcha escupía humo negro contra el techo. La luz temblorosa arrancaba formas deformes de las paredes: manchas oscuras, costras secas y salpicaduras que, en algún punto, habían sido sangre humana. Incluso había uñas incrustadas entre las piedras. Docenas. Algunas todavía conservaban fragmentos de dedos ennegrecidos. —Mierda... —escupió, cubriéndose la nariz con el antebrazo—. Qué clase de degenerado construye un lugar así... El suelo crujía bajo sus botas. No por ser grava. Sino por ser huesos. Costillas quebradas, vértebras pulverizadas y dientes humanos mezclados con barro húmedo. Cada paso trituraba restos amarillentos que llevaban años pudriéndose bajo aquella oscuridad sofocante. Había pelos pegados entre las grietas de las piedras. Trozos de cuero cabelludo seco adheridos como un enfermizo musgo. Y en medio de todo eso... Un ataúd descansaba sobre una plataforma de mármol negro; como una joya caída del cielo en mitad de un osario. Era exquisito. No había otra palabra. La estructura entera estaba construida con una madera tan oscura y pulida que parecía obsidiana líquida. Filigranas de oro recorrían cada borde formando patrones delicados de flores entrelazadas. Rubíes enormes ardían bajo la luz de la antorcha como gotas de sangre fresca atrapadas en cristal. Zafiros del tamaño de huevos brillaban incrustados entre líneas de plata pura. Diamantes pequeños estaban cuidadosamente encajados formando constelaciones diminutas sobre la tapa. Eso valía reinos enteros, tanto que podría ser la razón para causar varias guerras. Aquel ataúd no pertenecía a una tumba. Parecía un altar dedicado a la avaricia humana. Y quizá, lo más curioso era ese enorme lazo... Daba la sensación de que todo era un regalo finamente envuelto, pero prefirió ignorar esa mortífera idea. El cazador silbó entre dientes. —Mierda... —murmuró, acercándose lentamente—. Con esto podría retirarme, comprar una jodida taberna y morir ahí... La luz del fuego danzaba sobre el oro, haciendo que todo el sarcófago brillara con una belleza obscena en medio de aquella podredumbre. Ni una mota de polvo descansaba sobre el ataúd. Las gemas estaban impecables. El metal relucía como recién pulido. Demasiado perfecto. Demasiado limpio. El hombre apoyó una mano sobre la tapa ornamentada. El oro estaba tibio. Eso le desagradó más de lo que le gustaría admitir. Hizo un poco de fuerza. Y el ataúd se abrió con un gemido espeso, casi como un grito ahogado en dolor. El olor golpeó primero. No era putrefacción. Era algo mucho peor. Sangre fresca mezclada con un perfume dulzón. Carne troceada. Flores marchitas flotando sobre un pantano de vísceras. El cazador retrocedió un paso automáticamente. Dentro no había un cadáver. Había una mujer. Inmóvil sobre terciopelo rojo empapado de sangre vieja. Piel blanca. Demasiado blanca. Tensada sobre los huesos como cera húmeda. El vestido de seda seguía intacto. Puro. Inmaculado. Contrastando horriblemente con los restos humanos que la rodeaban. El hombre sintió un escalofrío reptándole por la espalda. No por miedo. Era repulsión pura.
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  • 𝙀𝙡 𝙨𝙤𝙣𝙞𝙙𝙤 𝙙𝙚 𝙂𝙚𝙣𝙤𝙨𝙝𝙖 𝙢𝙪𝙧𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 — 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑖𝑒𝑠 𝐼

    𝐻𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜 𝑒𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑠 𝑝𝑎𝑟𝑡𝑒𝑠...

    No esa clase de polvo que se acumula sobre muebles olvidados o edificios viejos. Era esa clase de ceniza mezclada con concreto molido, metal y algo que prefirió no identificar demasiado rápido. Cada vez que respiraba sentía la garganta arderle un poco más, pero dejó de prestarle atención después de los primeros minutos. Había demasiadas cosas alrededor reclamando espacio dentro de su cabeza, que el hecho de pensar se volvía un lujo innecesario en esos instantes.

    𝐺𝑒𝑛𝑜𝑠𝘩𝑎 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑣𝜄́𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝘩𝑢𝑚𝑒𝑎𝑛𝑑𝑜.

    Columnas negras subían desde distintos puntos de la isla como si el suelo siguiera incendiándose desde adentro. A la distancia podían escucharse estructuras colapsando solas de vez en cuando; un estruendo seco, luego silencio otra vez. Y eso no fue lo peor. Era el silencio que, entre tanto horror, era lo que irónicamente lograba hacer más ruido. Una ciudad entera reducida a ruido de fuego, escombros y dolor.

    Avanzó entre restos de avenidas de lo que alguna vez fueron calles, pisó algo metálico ocasionalmente, después vidrio... y después ¿Una mano? Pero no se detuvo. Porque si empezaba a mirar demasiado tiempo algo específico, iba a perder el impulso de seguir caminando hasta derrumbarse.

    El comunicador en su oído no había dejado de sonar desde que aterrizaron. Voces entran y salen, intercambian información pero él no escucha. No puede escucharlos, no ahora. Coordenadas, nombres, Charles intentando mantener a todos concentrados en rescates y no en el shock emocional que eso conlleva. Pero Scott escuchaba, respondía cuando era necesario, daba órdenes incluso. El piloto perfecto, el líder, el soldado amaestrado.

    Pero existía algo acumulándose debajo de todo eso. Algo horrible, que llevaba años aprendiendo a mantener encerrado. Recordaba perfectamente una frase del profesor, mucho antes de Genosha, cuando él todavía era demasiado joven para entender lo cansado que podía llegar a sentirse alguien:

    "𝘕𝘰 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘮𝘪𝘵𝘪𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘳𝘢𝘣𝘪𝘢 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘪"

    En ese entonces le había parecido sabio. Parado ahí, rodeado de millones de muertos, le parecía una broma cruel.

    Siguió avanzando entre cuerpos por todas partes. Algunos con la estructura ósea irreconocible, otros apenas mantenían sus rostros ante el horror vivido. Otros intactos, y otros... simplemente dejaron de existir en todo aspecto. Eso fue casi lo peor. Una mujer apoyada contra una pared destruida como si estuviera descansando, un chico enterrado hasta la cintura bajo el concreto. Mutantes que probablemente habían tenido una vida completa hacía menos de una hora y ahora eran parte del paraje destruido de una isla que el mundo ya empezaba a convertir en titular.

    Sintió algo quebrarse dentro suyo cuando encontró lo que quedaba de una escuela. El edificio había colapsado hacia un lado, aplastándose sobre sí mismo. Había dibujos infantiles pegados todavía en una pared partida a la mitad. Soles mal pintados, figuras con capas, y un centinela dibujado con crayones rojos.


    —𝐶𝑟𝑖𝑠𝑡𝑜... —espeta, pues escuchó algo debajo de los escombros. Quizá creyó escucharlo, por lo que las voces en el transmisor se dispararon. Entre ellas, Charles, quien pedía que esperara por ayuda, que sea sensato. Pero él sabe que la ayuda tardaría en llegar eventualmente, y sería tarde para quien esté debajo.

    Negándose a acatar la orden directa por instinto de urgencia, simplemente se movió; metió ambas manos bajo una viga hundida y empujó con todas sus fuerzas. El concreto rechinó sobre su cabeza de forma amenazante, pero él consiguió seguir pese a todo pronóstico. Fragmentos comenzaron a desprenderse alrededor suyo mientras levantaba parte de la estructura apenas lo suficiente para abrir espacio debajo. Pero las voces no cesaron. Los músculos ardieron al instante y aún así continuó; porque tenía que haber alguien vivo, tenía que existir esa esperanza por más mínima que sea.

    𝙔 𝙚𝙣𝙩𝙤𝙣𝙘𝙚𝙨 𝙡𝙤𝙨 𝙫𝙞𝙤...

    Niños. Demasiado quietos para serlo, y lamentablemente para presenciarlo. Uno seguía abrazado a una mochila contra el pecho. Otro estaba cubierto por los restos de un pupitre, y había una niña con polvo gris cubriéndole las pestañas; como si simplemente se hubiera quedado dormida durante la clase.

    Dejó de escuchar el comunicador, y la voz de Charles siguió entrando por el auricular. Él sabía que no había nadie con vida, lo supo siempre y no tuvo las agallas de decírselo a Scott. Pero él no distinguía palabras, solo ruido lejano que se perdía conforme más mira la escena. El peso de la estructura continuaba sobre uno de sus brazos mientras observa en silencio, inmóvil. El visor reflejando rojo sobre el concreto destruido y los cuerpos que yacen.

    Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de sí mismo. Porque quiso tomar y destruir todo, algo. No era una sensación solo de golpear y gritar; era destruirlo todo simplemente. Quiso abrir los ojos y partir el horizonte entero en dos. Quiso encontrar cada fábrica, cada laboratorio, cada político que alguna vez permitió que existieran Centinelas y reducirlo todo a cenizas hasta no dejar nada funcionando. El impulso le atravesó el cuerpo tan rápido que tuvo que dejar de apretar la mandíbula para contenerlo, y fue lo que más lo enfermó después.

    No la muerte, no el horror; la facilidad con la que entendió que una parte de él realmente quería soltar el control y no lo hizo. Solo siguió ahí, sosteniendo toneladas de ruinas con una mano mientras miraba a los niños enterrados bajo la escuela.

    𝙉𝙤 𝙩𝙪𝙫𝙞𝙚𝙧𝙤𝙣 𝙪𝙣𝙖 𝙫𝙞𝙙𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙙𝙞𝙨𝙛𝙧𝙪𝙩𝙖𝙧, 𝙮 𝙖𝙝𝙤𝙧𝙖 𝙣𝙪𝙣𝙘𝙖 𝙢𝙖́𝙨 𝙡𝙖 𝙩𝙚𝙣𝙙𝙧𝜾́𝙖𝙣.
    𝙀𝙡 𝙨𝙤𝙣𝙞𝙙𝙤 𝙙𝙚 𝙂𝙚𝙣𝙤𝙨𝙝𝙖 𝙢𝙪𝙧𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 — 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑖𝑒𝑠 𝐼 𝐻𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜 𝑒𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑠 𝑝𝑎𝑟𝑡𝑒𝑠... No esa clase de polvo que se acumula sobre muebles olvidados o edificios viejos. Era esa clase de ceniza mezclada con concreto molido, metal y algo que prefirió no identificar demasiado rápido. Cada vez que respiraba sentía la garganta arderle un poco más, pero dejó de prestarle atención después de los primeros minutos. Había demasiadas cosas alrededor reclamando espacio dentro de su cabeza, que el hecho de pensar se volvía un lujo innecesario en esos instantes. 𝐺𝑒𝑛𝑜𝑠𝘩𝑎 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑣𝜄́𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝘩𝑢𝑚𝑒𝑎𝑛𝑑𝑜. Columnas negras subían desde distintos puntos de la isla como si el suelo siguiera incendiándose desde adentro. A la distancia podían escucharse estructuras colapsando solas de vez en cuando; un estruendo seco, luego silencio otra vez. Y eso no fue lo peor. Era el silencio que, entre tanto horror, era lo que irónicamente lograba hacer más ruido. Una ciudad entera reducida a ruido de fuego, escombros y dolor. Avanzó entre restos de avenidas de lo que alguna vez fueron calles, pisó algo metálico ocasionalmente, después vidrio... y después ¿Una mano? Pero no se detuvo. Porque si empezaba a mirar demasiado tiempo algo específico, iba a perder el impulso de seguir caminando hasta derrumbarse. El comunicador en su oído no había dejado de sonar desde que aterrizaron. Voces entran y salen, intercambian información pero él no escucha. No puede escucharlos, no ahora. Coordenadas, nombres, Charles intentando mantener a todos concentrados en rescates y no en el shock emocional que eso conlleva. Pero Scott escuchaba, respondía cuando era necesario, daba órdenes incluso. El piloto perfecto, el líder, el soldado amaestrado. Pero existía algo acumulándose debajo de todo eso. Algo horrible, que llevaba años aprendiendo a mantener encerrado. Recordaba perfectamente una frase del profesor, mucho antes de Genosha, cuando él todavía era demasiado joven para entender lo cansado que podía llegar a sentirse alguien: "𝘕𝘰 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘮𝘪𝘵𝘪𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘳𝘢𝘣𝘪𝘢 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘪" En ese entonces le había parecido sabio. Parado ahí, rodeado de millones de muertos, le parecía una broma cruel. Siguió avanzando entre cuerpos por todas partes. Algunos con la estructura ósea irreconocible, otros apenas mantenían sus rostros ante el horror vivido. Otros intactos, y otros... simplemente dejaron de existir en todo aspecto. Eso fue casi lo peor. Una mujer apoyada contra una pared destruida como si estuviera descansando, un chico enterrado hasta la cintura bajo el concreto. Mutantes que probablemente habían tenido una vida completa hacía menos de una hora y ahora eran parte del paraje destruido de una isla que el mundo ya empezaba a convertir en titular. Sintió algo quebrarse dentro suyo cuando encontró lo que quedaba de una escuela. El edificio había colapsado hacia un lado, aplastándose sobre sí mismo. Había dibujos infantiles pegados todavía en una pared partida a la mitad. Soles mal pintados, figuras con capas, y un centinela dibujado con crayones rojos. —𝐶𝑟𝑖𝑠𝑡𝑜... —espeta, pues escuchó algo debajo de los escombros. Quizá creyó escucharlo, por lo que las voces en el transmisor se dispararon. Entre ellas, Charles, quien pedía que esperara por ayuda, que sea sensato. Pero él sabe que la ayuda tardaría en llegar eventualmente, y sería tarde para quien esté debajo. Negándose a acatar la orden directa por instinto de urgencia, simplemente se movió; metió ambas manos bajo una viga hundida y empujó con todas sus fuerzas. El concreto rechinó sobre su cabeza de forma amenazante, pero él consiguió seguir pese a todo pronóstico. Fragmentos comenzaron a desprenderse alrededor suyo mientras levantaba parte de la estructura apenas lo suficiente para abrir espacio debajo. Pero las voces no cesaron. Los músculos ardieron al instante y aún así continuó; porque tenía que haber alguien vivo, tenía que existir esa esperanza por más mínima que sea. 𝙔 𝙚𝙣𝙩𝙤𝙣𝙘𝙚𝙨 𝙡𝙤𝙨 𝙫𝙞𝙤... Niños. Demasiado quietos para serlo, y lamentablemente para presenciarlo. Uno seguía abrazado a una mochila contra el pecho. Otro estaba cubierto por los restos de un pupitre, y había una niña con polvo gris cubriéndole las pestañas; como si simplemente se hubiera quedado dormida durante la clase. Dejó de escuchar el comunicador, y la voz de Charles siguió entrando por el auricular. Él sabía que no había nadie con vida, lo supo siempre y no tuvo las agallas de decírselo a Scott. Pero él no distinguía palabras, solo ruido lejano que se perdía conforme más mira la escena. El peso de la estructura continuaba sobre uno de sus brazos mientras observa en silencio, inmóvil. El visor reflejando rojo sobre el concreto destruido y los cuerpos que yacen. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de sí mismo. Porque quiso tomar y destruir todo, algo. No era una sensación solo de golpear y gritar; era destruirlo todo simplemente. Quiso abrir los ojos y partir el horizonte entero en dos. Quiso encontrar cada fábrica, cada laboratorio, cada político que alguna vez permitió que existieran Centinelas y reducirlo todo a cenizas hasta no dejar nada funcionando. El impulso le atravesó el cuerpo tan rápido que tuvo que dejar de apretar la mandíbula para contenerlo, y fue lo que más lo enfermó después. No la muerte, no el horror; la facilidad con la que entendió que una parte de él realmente quería soltar el control y no lo hizo. Solo siguió ahí, sosteniendo toneladas de ruinas con una mano mientras miraba a los niños enterrados bajo la escuela. 𝙉𝙤 𝙩𝙪𝙫𝙞𝙚𝙧𝙤𝙣 𝙪𝙣𝙖 𝙫𝙞𝙙𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙙𝙞𝙨𝙛𝙧𝙪𝙩𝙖𝙧, 𝙮 𝙖𝙝𝙤𝙧𝙖 𝙣𝙪𝙣𝙘𝙖 𝙢𝙖́𝙨 𝙡𝙖 𝙩𝙚𝙣𝙙𝙧𝜾́𝙖𝙣.
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  • ― Quizás el problema es que la miseria de permanecer donde estamos no es lo suficientemente fuerte como para querer soportar la agonía del proceso de cambio.

    Las trampas más letales suelen ser cómodas.
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  • Los pequeños duermen. Yo estoy cansado y también debería dormir. Es tarde y otro vez mañana debo ir al trabajo. Me pican los ojos de sueño, pero aún eso no calma mi curiosidad...
    Leer con esta iluminación tenue lo hace difícil, pero es que el misterio de Enclave B es absorbente. Quizás todavía puedo leer un par de capítulos más antes de acompañar a mis hijos...
    Los pequeños duermen. Yo estoy cansado y también debería dormir. Es tarde y otro vez mañana debo ir al trabajo. Me pican los ojos de sueño, pero aún eso no calma mi curiosidad... Leer con esta iluminación tenue lo hace difícil, pero es que el misterio de Enclave B es absorbente. Quizás todavía puedo leer un par de capítulos más antes de acompañar a mis hijos...
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  • — Quizá sólo hacía falta algo de silencio.
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  • El   orfanato   olía   a   humedad,   desde   que   Yoshitaka   tiene   memoria   había   sido   así.
    Las   paredes   sudaban   agua,   la   ropa   nunca   terminaba   de   secarse   del   todo   y   por   toda   la   casa   estaba   ese   olor   dulzón   de   leche   en   polvo   mal   disuelta   que   solían   darle   a   los   mas   pequeños.   Las   goteras   sonaban   como   un   metrónomo   durante   las   noches   de   tormenta,   y   las   grietas   en   el   yeso   dibujaban   mapas   que   a   veces   Yoshitaka   fingía   que   era   un   mapa   del   tesoro   en   un   intento   por   alegrar   a   los   mas   pequeños.

    Más   niños   significaban   más   dinero.   Esa   era   la   ecuación   simple   que   regía   sus   vidas,   el   hombre   que   los   había   acogido   amontonaba   cuerpos   como...   cómo   si   fueran   simples   objetos   sin   valor.
    Para   ese   entonces,   Yoshitaka   es   el   mayor,   con   solo   dieciséis   años.

    Los   siguientes   tenían   doce,   once,   nueve.   Luego   los   pequeños,   los   que   aún   no   sabían   atarse   los   zapatos   ni   pedir   por   favor.   Y   detrás   de   todos,   los   bebés   que   llegaban   y   se   iban   como   estaciones,   algunos   durando   semanas,   otros   meses,   antes   de   ser   trasladados   a   algún   lugar   que   Yoshitaka   imaginaba   mejor   solo   para   poder   dormir   por   las   noches.

    Los   golpes   del   día   anterior   no   habían   sido   normales.
    Normal   era   un   puñetazo   mal   dirigido,   un   manotazo   en   la   nuca,   un   empujón   escaleras   abajo.   Normal   era   el   dolor   sordo   que   se   convertía   en   moratón   y   luego   en   recuerdo.    Pero   lo   de   ayer   había   sido   diferente.    La   mano   del   hombre   había   cerrado   el   puño   con   una   intención   que  Mine   conocía   bien,  la   intención   de   dañar   y   no   de   castigar,   y   había   caído   una   y   otra   vez   sobre   su   espalda,   sus   costillas,   sus   brazos   levantados   en   un   intento   inútil   de   proteger   su   cara.

    Faltaba    dinero.
    Esa   había   sido   la   excusa,   siempre   había   una   excusa.    A   veces   era   un   plato   roto,   a   veces   un   niño   que   lloraba   demasiado,   a   veces   la   mirada   de   Yoshitaka,   que   según   el   hombre   ❛    siempre   estaba   juzgando   ❜ .    Pero  la verdad  era   que  la   subvención  había   llegado   tarde,   que   las   facturas   se   acumulaban,   que   el   alcohol   que   el   hombre   bebía   cada   noche   no   se   pagaba   solo.
    Cuando   el   hombre   se   fue   maldiciendo   y   la   puerta   se   cerró   con   un   golpe   que   hizo   temblar   las   paredes,    Yoshitaka   caminó   hasta   la   litera   más   alejada,   la   suya,   la   que   compartía   con   dos   hermanos   pequeños   que   ya   estaban   dormidos,   y   se  dejó   caer   sobre  la   fina   colchoneta.
    Ahí,   en    la  oscuridad,   con   el  ronquido   de   los   niños  pequeños   y   el   olor   a   humedad,   Yoshitaka  sollozó. Apretó   la   almohada   contra   su   cara   para   que   nadie   lo   oyera,   y   deseó,   con   una   claridad   que   le   daba   miedo,   no  despertar   al   día   siguiente.
    Cuando   el   pensamiento   se   formó   en   su   cabeza,   Yoshitaka  abrió  los   ojos  de  par  en   par  en   la  oscuridad.

    𝘘𝘶𝘦́  𝘢𝘴𝘤𝘰  𝘥𝘦  𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢  𝘴𝘰𝘺,   pensó,  con   las  mejillas   aún   mojadas.    𝘘𝘶𝘦́   𝘢𝘴𝘤𝘰   𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳  𝘦𝘴𝘰  𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰  𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴  𝘮𝘦  𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯.

    Porque   esa   era   la   verdad.    Ellos  lo   necesitaban.    Los   pequeños   que   aún   mojaban   la   cama   y   a   los   que   Yoshitaka   cambiaba   las   sábanas   sin   hacer   comentarios.    La   niña   que   estaba   aprendiendo   a   hablar   y   que   solo   repetía   las   palabras  cuando   era   él   quien   se   las   decía.    El   chico   de   doce   años   que   ya   estaba   aprendiendo   a   mantener   la   cabeza   alta   aunque   le   temblara.
    Eran   como   sus   hijitos.

    El   adolescente   no   sabía   cómo   ponerlo  en   palabras,   porque  a   los   dieciséis  años   nadie   le  había   enseñado  ese    vocabulario.  Solo   sabía   que   cuando   el   hombre   se   acercaba  a   alguno   de  los  más   pequeños,   sus     piernas   se   movían   solas  para  ponerse  en   medio.    Solo  sabía   que   cuando  lloraban  por  la  noche,  era  su  mano  la   que   buscaba  las  suyas   bajo  las  mantas.    Solo   sabía  que   cuando  alguien  tenía   hambre,   él   distribuía  su  propia   ración  en   porciones  más  pequeñas  para  que   alcanzara  para  todos.

    Aquella  mañana,  cuando  finalmente  logró   levantarse,   sus   piernas  temblaban.
    Ya  había   tres  niños   despiertos,   sentados   en   el   suelo  como  pajaritos   en  una   rama,   esperando.    Sus  ojos   se   iluminaron   cuando  lo  vieron,   a   pesar  de  su   cara,   a   pesar   de  la  cojera,   a  pesar  de  todo.

       ❛    Yoshi-kun,   hoy   tenemos   hambre   ❜   dijo   la   más   pequeña,   tirando   de   su   camiseta   con   dedos   diminutos.
    Yoshitaka   se   arrodilló   con   esfuerzo,   las   rodillas   le   dolían,   todo   le   dolía,   y   le   dio   un   beso   en   la   frente.
       ❛    Vamos a comer como Dios manda hoy,   ❜   dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía   ❛    ¡Tengo carne!   ❜ 
    No   era  cierto.  No  tenía  nada  de  carne.   Pero  sabía   de  un  puesto  en  el  mercado   que  a  veces  tiraba   los  recortes   al   final  del  día,   y  si   corría  rápido  y   sonreía  con  su   labio   partido,  quizás  la   señora  se  apiadaría  de  él  otra  vez.

          ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    Faltaban   tres   meses  para   que  Yoshitaka   cumpliera   dieciocho   años.
    Noventa   días.    Después   podría  firmar   papeles,   alquilar   un   cuarto,  conseguir   trabajo   de   verdad,   no   de  esos  turnos   en   el   mercado   donde  le  pagaban  con   recortes   de   carne  y    miserias.   Noventa   días   y   podría  llevarse  a  los  pequeños  a   algún   sitio   seguro.
    Esa   noche,   el   hombre  había  bebido   más   de  la   cuenta.

    El   olor  a   licor   barato  lo   golpeó  antes  de  que   pudiera  ver   nada.    Los   niños   estaban   todos  apilados   en   un   rincón,   callados demostrando   que   estaban   aterrados,   y   en   el   centro   del   salón   el   hombre   sujetaba   a   Takeshi   por   el   brazo.
    Takeshi   tenía   once   años.   Era   el   más   silencioso   de   todos,   el   que   mojaba   la   cama   y   escondía   las   sábanas   antes   de   que   nadie   pudiera   verlas,   el   que   tenía   los   ojos   demasiado   grandes   para   su   cara   y   las   manos   que   no   dejaban   de   temblar,   como   si   su   cuerpo   hubiera   aprendido   solo,   sin   que   nadie   le   enseñara,   que   el   mundo   era   un   lugar   lleno   de   golpes   inesperados.
     El   cinturón   ya   estaba   desabrochado,   el   cuero   doblado   en   dos   entre   sus   dedos.
    Mine   vio   la   mano   levantarse.

    Yoshitaka   era   un   chico   que   pesaba   cada   decisión   antes   de   tomarla,   que   sabía   perfectamente   lo   que   significaba   enfrentarse   al   hombre,   lo   que   costaba,   lo   que   se   perdía.   Pero   en   ese   momento   no   hubo   nada   de   eso.   Solo   estaba   el   cuerpo   pequeño   de   Takeshi   y   su   propia   mano   moviéndose   sola,   antes   de   que   su   cabeza   pudiera   decirle   que   se   detuviera.
    Agarró   la   muñeca   del   hombre   en   el   aire.

    Yoshitaka   sintió   el   brazo   del   hombre   tensarse   bajo   sus   dedos.   La   carne   caliente,   el   músculo   apretado.   La   suya   propia   era   piel   sobre   hueso,   pero   no   soltó.
       ❛    No,   ❜   dijo,   y   su   propia   voz   le   sonó   extraña,   como   si   viniera   de   más   lejos   de   lo   que   era.   ❛    No vas a golpearlo, ya no más.    ❜ 

    El   hombre   lo   miró   de   verdad   por   primera   vez   en   años,   con   esos   ojos   inyectados   en   sangre   que   lo   recorrieron   de   arriba   a   abajo,   el   rostro   golpeado,   el   cuerpo   flaco,   las   manos   huesudas   aferradas   a   su   muñeca.
       ❛    ¿Qué   has   dicho?   ❜ 

       ❛    Que   no.   ❜   Yoshitaka   apretó   los   dientes.   Las   costillas   le   protestaban,   los   moratones   del   día   anterior   ardían   debajo   de   la   camiseta.   ❛    Si   quieres  golpear   a   alguien  aquí   estoy   yo.   Pero  a  él   no.    A   ninguno    de  ellos.   ❜ 
    Esta   vez   no   terminó   de   la   misma   manera.

    Cuando   el   hombre   se   detuvo,   jadeando,   con   la   cara   enrojecida   por   el   esfuerzo   y   el   alcohol,   señaló   la   puerta   con   un   dedo   que   le   temblaba.
       ❛    Fuera   ❜ 
    Yoshitaka   parpadeó.   ❛    ¿Qué?   ❜

       ❛    Que   te   largues   de   mi   casa.   No   quiero   verte   más.   ❜   Escupió   en   el   suelo.    ❛    Les   llenas   la   cabeza   de   ideas.   Te   crees   mejor   que   yo,   ¿verdad?   A   ver   cómo   te   va   en   la   calle.   ❜ 

    Yoshitaka   miró   a   los   niños.   Algunos   lloraban   sin   ruido,   otros   tenían   los   ojos   vidriosos.   La   niña   pequeña,   la   del   cabello   oscuro   que   siempre   le   tiraba   de   la   camiseta   por   las   mañanas,   abrió   la   boca   para   decir   algo,   pero   uno   de   los   mayores   le   tapó   la   boca   con   la   mano.   Porque   sabían.   Sabían   que   despedirse   lo   empeoraría   todo,   que   Yoshitaka   se   iba   y   que   ninguno   de   ellos   podía   cambiar   eso.

    Sus   piernas   se   movieron   solas,   igual   que   antes   su   mano.   Cruzó   la   habitación,   cruzó   el   umbral,   sin   mirar   atrás,   porque   si   miraba   se   rompía,   y   romperse   era   un   lujo   que   no   existía   cuando   no   tenía   nada   más   que   a   sí   mismo.
    La   puerta   se   cerró   con   un   golpe   seco.

    Mine   se   quedó   en   la   calle   con   la   camiseta   rota   y   la   sangre   seca   en   los   labios   y   el   eco   de   los   niños   resonándole   dentro.   Caminó   hasta   que   las   piernas   le   fallaron   y   se   sentó   contra   la   pared   exterior   del   edificio,   abrazándose   las   rodillas,   y   lloró   sin   hacer   ruido,   porque   eso   también   lo   había   aprendido   ahí   dentro,   que   llorar   en   voz   alta   era   algo   que   no   podía   permitirse.
    Se   prometió   que   volvería.   Que   sería   alguien.   Que   los   sacaría   de   ahí   a   todos.

          ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    Cuatro   años,   Yoshitaka   contó   cada   día   con   paciencia,   examen   por   examen,   semana   por   semana,   cada   hora   extra   que   realizó   el   primer   mes   apenas   tuvo   trabajo.

    Cuando   recibió   el   primer   sueldo   de   verdad,  no   compró   nada   para   él.   Llenó   una   caja   con   libros   para   los   mayores,   cuadernos   para   colorear   para   los   pequeños,   caramelos   envueltos   en   papel   brillante,   y   unos   zapatos   que   le   parecieron   del   número   correcto   para   Haruka,   aunque   cuatro   años   eran   muchos   años   y   los   pies   de   los   niños   no   esperan   a   nadie.

    Se   vistió   con   lo   más   casual   que   tenía.   No   quería   llegar   como   un   adulto   de   visita   oficial,   con   ese   porte   de   traje   y   corbata   que   hacía   que   los   niños   se   asustaran.   Quería   que   lo   reconocieran...   necesitaba   que   lo   reconocieran,   aunque   fuera   por   la   forma   de   caminar,   aunque   fuera   por   la   voz.

    El   tren   tardó   cuatro   horas   en   llegar   a   su   destino.   Pensó   en   Takeshi,   que   ahora   tendría   quince   años   y   probablemente   ya   no   mojaba   la   cama   pero   seguiría   teniendo   esas   manos   que   no   sabían   dónde   ponerse.   Pensó   en   Haruko,   seis   años   cuando   él   se   fue,   diez   ahora,   y   esperó   que   todavía   tirara   de   las   mangas   de   la   gente   para   hacerse   notar.

    El   barrio   seguía   siendo   el   mismo   barrio.   Los   postes   de   electricidad   inclinados   hacia   la   derecha,   la   tienda   de   la   esquina   con   el   letrero   descolorido,   las   mismas   calles   estrechas   donde   los   coches   tenían   que   subir   a   la   acera   para   cruzarse.   Mine   caminó   con   las   manos   en   los   bolsillos   y   la   caja   bajo   el   brazo   y   el   corazón   latíéndole   demasiado   arriba,   casi   en   la   garganta.   ❛    Todo   va   a   estar   bien,   ❜   se   dijo.   Dobló   la   esquina.

    Y   se   paró.

    Donde   había   estado   el   orfanato   había   un   solar   vacío.   Tierra   removida,   cascotes,   un   cartel   de   SE   VENDE   oxidado   que   se   movía   con   el   viento.   Nada   más.   Mine   parpadeó   como   si   el   problema   fuera   de   sus   ojos,   como   si   bastara   con   enfocar   mejor   para   que   los   ladrillos   volvieran   a   su   sitio   y   la   puerta   azul   apareciera   y   alguien   abriera   desde   dentro.

    La   caja   se   le   cayó   de   los   brazos.

    Se   sentó   en   el   bordillo   de   la   acera   y   se   dejó   caer,   con   la   espalda   doblada   y   los   codos   sobre   las   rodillas,   incapaz   de   sostener   el   peso   del   cuerpo   solo   con   las   piernas.   La   mochila   quedó   en   el   suelo   y   los   caramelos   seguían   dispersos.

    Mine   se   abrazó.   Los   brazos   rodeando   su   propio   torso,   los   dedos   apretando   la   tela   de   la   sudadera   gris   hasta   que   los   nudillos   se   pusieron   blancos.   Era   el   abrazo   de   alguien   que   no   tiene   a   nadie   que   lo   abraza   y   lleva   demasiado   tiempo   sabiéndolo.

    El   llanto   cuando   llegó   no   fue   silencioso;   No   fue   ese   llanto   apretado   contra   la   almohada   que   había   perfeccionado   de   niño .   Fue   un   llanto   desorganizado,   de   garganta,   que   dolía   al   salir   y   dejaba   un   sabor   metálico   en   los   labios.   Los   hombros   le   temblaron,   la   respiración   se   le   fue   en   pedazos.   Las   lágrimas   le   mojaron   la   mejilla   y   la   manga   de   la   sudadera   y   no   hizo   nada   por   detenerlas   porque   ya   no   le   quedaban   fuerzas   para   eso.

    Lloró   por   los   que   pasaron   por   ese   sitio   antes   de   que   él   llegara   y   después   de   que   él   se   fuera,   los   que   encontraron   algo   y   los   que   no   encontraron   nada   y   los   que   nunca   sabrá   cómo   les   fue.

    Lloró   por   él   mismo,   por   el   chico   de   diecisiete   que   se   fue   con   el   cuerpo   lleno   de   moretones   prometiéndose   volver,   que   construyó   algo   desde   la   nada   durante   cuatro   años   pensando   que   eso   era   suficiente,   que   llegar   con   los   brazos   llenos   de   cosas   simples   y   buenas   intenciones   era   suficiente.   No   lo   era.

    Un   mes.   Le   dijeron   después,   un   vecino   que   lo   reconoció   y   tuvo   la   compasión   suficiente   para   contarle.   El   orfanato   había   cerrado   un   mes   después   de   que   lo   echaran.   Un   mes.   Si   hubiera   esperado.   Si   no   hubiera   levantado   la   mano   aquella   noche.   Si   hubiera   aguantado   treinta   días   más.
    El   orfanato   olía   a   humedad,   desde   que   Yoshitaka   tiene   memoria   había   sido   así. Las   paredes   sudaban   agua,   la   ropa   nunca   terminaba   de   secarse   del   todo   y   por   toda   la   casa   estaba   ese   olor   dulzón   de   leche   en   polvo   mal   disuelta   que   solían   darle   a   los   mas   pequeños.   Las   goteras   sonaban   como   un   metrónomo   durante   las   noches   de   tormenta,   y   las   grietas   en   el   yeso   dibujaban   mapas   que   a   veces   Yoshitaka   fingía   que   era   un   mapa   del   tesoro   en   un   intento   por   alegrar   a   los   mas   pequeños. Más   niños   significaban   más   dinero.   Esa   era   la   ecuación   simple   que   regía   sus   vidas,   el   hombre   que   los   había   acogido   amontonaba   cuerpos   como...   cómo   si   fueran   simples   objetos   sin   valor. Para   ese   entonces,   Yoshitaka   es   el   mayor,   con   solo   dieciséis   años. Los   siguientes   tenían   doce,   once,   nueve.   Luego   los   pequeños,   los   que   aún   no   sabían   atarse   los   zapatos   ni   pedir   por   favor.   Y   detrás   de   todos,   los   bebés   que   llegaban   y   se   iban   como   estaciones,   algunos   durando   semanas,   otros   meses,   antes   de   ser   trasladados   a   algún   lugar   que   Yoshitaka   imaginaba   mejor   solo   para   poder   dormir   por   las   noches. Los   golpes   del   día   anterior   no   habían   sido   normales. Normal   era   un   puñetazo   mal   dirigido,   un   manotazo   en   la   nuca,   un   empujón   escaleras   abajo.   Normal   era   el   dolor   sordo   que   se   convertía   en   moratón   y   luego   en   recuerdo.    Pero   lo   de   ayer   había   sido   diferente.    La   mano   del   hombre   había   cerrado   el   puño   con   una   intención   que  Mine   conocía   bien,  la   intención   de   dañar   y   no   de   castigar,   y   había   caído   una   y   otra   vez   sobre   su   espalda,   sus   costillas,   sus   brazos   levantados   en   un   intento   inútil   de   proteger   su   cara. Faltaba    dinero. Esa   había   sido   la   excusa,   siempre   había   una   excusa.    A   veces   era   un   plato   roto,   a   veces   un   niño   que   lloraba   demasiado,   a   veces   la   mirada   de   Yoshitaka,   que   según   el   hombre   ❛    siempre   estaba   juzgando   ❜ .    Pero  la verdad  era   que  la   subvención  había   llegado   tarde,   que   las   facturas   se   acumulaban,   que   el   alcohol   que   el   hombre   bebía   cada   noche   no   se   pagaba   solo. Cuando   el   hombre   se   fue   maldiciendo   y   la   puerta   se   cerró   con   un   golpe   que   hizo   temblar   las   paredes,    Yoshitaka   caminó   hasta   la   litera   más   alejada,   la   suya,   la   que   compartía   con   dos   hermanos   pequeños   que   ya   estaban   dormidos,   y   se  dejó   caer   sobre  la   fina   colchoneta. Ahí,   en    la  oscuridad,   con   el  ronquido   de   los   niños  pequeños   y   el   olor   a   humedad,   Yoshitaka  sollozó. Apretó   la   almohada   contra   su   cara   para   que   nadie   lo   oyera,   y   deseó,   con   una   claridad   que   le   daba   miedo,   no  despertar   al   día   siguiente. Cuando   el   pensamiento   se   formó   en   su   cabeza,   Yoshitaka  abrió  los   ojos  de  par  en   par  en   la  oscuridad. 𝘘𝘶𝘦́  𝘢𝘴𝘤𝘰  𝘥𝘦  𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢  𝘴𝘰𝘺,   pensó,  con   las  mejillas   aún   mojadas.    𝘘𝘶𝘦́   𝘢𝘴𝘤𝘰   𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳  𝘦𝘴𝘰  𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰  𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴  𝘮𝘦  𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯. Porque   esa   era   la   verdad.    Ellos  lo   necesitaban.    Los   pequeños   que   aún   mojaban   la   cama   y   a   los   que   Yoshitaka   cambiaba   las   sábanas   sin   hacer   comentarios.    La   niña   que   estaba   aprendiendo   a   hablar   y   que   solo   repetía   las   palabras  cuando   era   él   quien   se   las   decía.    El   chico   de   doce   años   que   ya   estaba   aprendiendo   a   mantener   la   cabeza   alta   aunque   le   temblara. Eran   como   sus   hijitos. El   adolescente   no   sabía   cómo   ponerlo  en   palabras,   porque  a   los   dieciséis  años   nadie   le  había   enseñado  ese    vocabulario.  Solo   sabía   que   cuando   el   hombre   se   acercaba  a   alguno   de  los  más   pequeños,   sus     piernas   se   movían   solas  para  ponerse  en   medio.    Solo  sabía   que   cuando  lloraban  por  la  noche,  era  su  mano  la   que   buscaba  las  suyas   bajo  las  mantas.    Solo   sabía  que   cuando  alguien  tenía   hambre,   él   distribuía  su  propia   ración  en   porciones  más  pequeñas  para  que   alcanzara  para  todos. Aquella  mañana,  cuando  finalmente  logró   levantarse,   sus   piernas  temblaban. Ya  había   tres  niños   despiertos,   sentados   en   el   suelo  como  pajaritos   en  una   rama,   esperando.    Sus  ojos   se   iluminaron   cuando  lo  vieron,   a   pesar  de  su   cara,   a   pesar   de  la  cojera,   a  pesar  de  todo.    ❛    Yoshi-kun,   hoy   tenemos   hambre   ❜   dijo   la   más   pequeña,   tirando   de   su   camiseta   con   dedos   diminutos. Yoshitaka   se   arrodilló   con   esfuerzo,   las   rodillas   le   dolían,   todo   le   dolía,   y   le   dio   un   beso   en   la   frente.    ❛    Vamos a comer como Dios manda hoy,   ❜   dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía   ❛    ¡Tengo carne!   ❜  No   era  cierto.  No  tenía  nada  de  carne.   Pero  sabía   de  un  puesto  en  el  mercado   que  a  veces  tiraba   los  recortes   al   final  del  día,   y  si   corría  rápido  y   sonreía  con  su   labio   partido,  quizás  la   señora  se  apiadaría  de  él  otra  vez.       ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ Faltaban   tres   meses  para   que  Yoshitaka   cumpliera   dieciocho   años. Noventa   días.    Después   podría  firmar   papeles,   alquilar   un   cuarto,  conseguir   trabajo   de   verdad,   no   de  esos  turnos   en   el   mercado   donde  le  pagaban  con   recortes   de   carne  y    miserias.   Noventa   días   y   podría  llevarse  a  los  pequeños  a   algún   sitio   seguro. Esa   noche,   el   hombre  había  bebido   más   de  la   cuenta. El   olor  a   licor   barato  lo   golpeó  antes  de  que   pudiera  ver   nada.    Los   niños   estaban   todos  apilados   en   un   rincón,   callados demostrando   que   estaban   aterrados,   y   en   el   centro   del   salón   el   hombre   sujetaba   a   Takeshi   por   el   brazo. Takeshi   tenía   once   años.   Era   el   más   silencioso   de   todos,   el   que   mojaba   la   cama   y   escondía   las   sábanas   antes   de   que   nadie   pudiera   verlas,   el   que   tenía   los   ojos   demasiado   grandes   para   su   cara   y   las   manos   que   no   dejaban   de   temblar,   como   si   su   cuerpo   hubiera   aprendido   solo,   sin   que   nadie   le   enseñara,   que   el   mundo   era   un   lugar   lleno   de   golpes   inesperados.  El   cinturón   ya   estaba   desabrochado,   el   cuero   doblado   en   dos   entre   sus   dedos. Mine   vio   la   mano   levantarse. Yoshitaka   era   un   chico   que   pesaba   cada   decisión   antes   de   tomarla,   que   sabía   perfectamente   lo   que   significaba   enfrentarse   al   hombre,   lo   que   costaba,   lo   que   se   perdía.   Pero   en   ese   momento   no   hubo   nada   de   eso.   Solo   estaba   el   cuerpo   pequeño   de   Takeshi   y   su   propia   mano   moviéndose   sola,   antes   de   que   su   cabeza   pudiera   decirle   que   se   detuviera. Agarró   la   muñeca   del   hombre   en   el   aire. Yoshitaka   sintió   el   brazo   del   hombre   tensarse   bajo   sus   dedos.   La   carne   caliente,   el   músculo   apretado.   La   suya   propia   era   piel   sobre   hueso,   pero   no   soltó.    ❛    No,   ❜   dijo,   y   su   propia   voz   le   sonó   extraña,   como   si   viniera   de   más   lejos   de   lo   que   era.   ❛    No vas a golpearlo, ya no más.    ❜  El   hombre   lo   miró   de   verdad   por   primera   vez   en   años,   con   esos   ojos   inyectados   en   sangre   que   lo   recorrieron   de   arriba   a   abajo,   el   rostro   golpeado,   el   cuerpo   flaco,   las   manos   huesudas   aferradas   a   su   muñeca.    ❛    ¿Qué   has   dicho?   ❜     ❛    Que   no.   ❜   Yoshitaka   apretó   los   dientes.   Las   costillas   le   protestaban,   los   moratones   del   día   anterior   ardían   debajo   de   la   camiseta.   ❛    Si   quieres  golpear   a   alguien  aquí   estoy   yo.   Pero  a  él   no.    A   ninguno    de  ellos.   ❜  Esta   vez   no   terminó   de   la   misma   manera. Cuando   el   hombre   se   detuvo,   jadeando,   con   la   cara   enrojecida   por   el   esfuerzo   y   el   alcohol,   señaló   la   puerta   con   un   dedo   que   le   temblaba.    ❛    Fuera   ❜  Yoshitaka   parpadeó.   ❛    ¿Qué?   ❜    ❛    Que   te   largues   de   mi   casa.   No   quiero   verte   más.   ❜   Escupió   en   el   suelo.    ❛    Les   llenas   la   cabeza   de   ideas.   Te   crees   mejor   que   yo,   ¿verdad?   A   ver   cómo   te   va   en   la   calle.   ❜  Yoshitaka   miró   a   los   niños.   Algunos   lloraban   sin   ruido,   otros   tenían   los   ojos   vidriosos.   La   niña   pequeña,   la   del   cabello   oscuro   que   siempre   le   tiraba   de   la   camiseta   por   las   mañanas,   abrió   la   boca   para   decir   algo,   pero   uno   de   los   mayores   le   tapó   la   boca   con   la   mano.   Porque   sabían.   Sabían   que   despedirse   lo   empeoraría   todo,   que   Yoshitaka   se   iba   y   que   ninguno   de   ellos   podía   cambiar   eso. Sus   piernas   se   movieron   solas,   igual   que   antes   su   mano.   Cruzó   la   habitación,   cruzó   el   umbral,   sin   mirar   atrás,   porque   si   miraba   se   rompía,   y   romperse   era   un   lujo   que   no   existía   cuando   no   tenía   nada   más   que   a   sí   mismo. La   puerta   se   cerró   con   un   golpe   seco. Mine   se   quedó   en   la   calle   con   la   camiseta   rota   y   la   sangre   seca   en   los   labios   y   el   eco   de   los   niños   resonándole   dentro.   Caminó   hasta   que   las   piernas   le   fallaron   y   se   sentó   contra   la   pared   exterior   del   edificio,   abrazándose   las   rodillas,   y   lloró   sin   hacer   ruido,   porque   eso   también   lo   había   aprendido   ahí   dentro,   que   llorar   en   voz   alta   era   algo   que   no   podía   permitirse. Se   prometió   que   volvería.   Que   sería   alguien.   Que   los   sacaría   de   ahí   a   todos.       ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ Cuatro   años,   Yoshitaka   contó   cada   día   con   paciencia,   examen   por   examen,   semana   por   semana,   cada   hora   extra   que   realizó   el   primer   mes   apenas   tuvo   trabajo. Cuando   recibió   el   primer   sueldo   de   verdad,  no   compró   nada   para   él.   Llenó   una   caja   con   libros   para   los   mayores,   cuadernos   para   colorear   para   los   pequeños,   caramelos   envueltos   en   papel   brillante,   y   unos   zapatos   que   le   parecieron   del   número   correcto   para   Haruka,   aunque   cuatro   años   eran   muchos   años   y   los   pies   de   los   niños   no   esperan   a   nadie. Se   vistió   con   lo   más   casual   que   tenía.   No   quería   llegar   como   un   adulto   de   visita   oficial,   con   ese   porte   de   traje   y   corbata   que   hacía   que   los   niños   se   asustaran.   Quería   que   lo   reconocieran...   necesitaba   que   lo   reconocieran,   aunque   fuera   por   la   forma   de   caminar,   aunque   fuera   por   la   voz. El   tren   tardó   cuatro   horas   en   llegar   a   su   destino.   Pensó   en   Takeshi,   que   ahora   tendría   quince   años   y   probablemente   ya   no   mojaba   la   cama   pero   seguiría   teniendo   esas   manos   que   no   sabían   dónde   ponerse.   Pensó   en   Haruko,   seis   años   cuando   él   se   fue,   diez   ahora,   y   esperó   que   todavía   tirara   de   las   mangas   de   la   gente   para   hacerse   notar. El   barrio   seguía   siendo   el   mismo   barrio.   Los   postes   de   electricidad   inclinados   hacia   la   derecha,   la   tienda   de   la   esquina   con   el   letrero   descolorido,   las   mismas   calles   estrechas   donde   los   coches   tenían   que   subir   a   la   acera   para   cruzarse.   Mine   caminó   con   las   manos   en   los   bolsillos   y   la   caja   bajo   el   brazo   y   el   corazón   latíéndole   demasiado   arriba,   casi   en   la   garganta.   ❛    Todo   va   a   estar   bien,   ❜   se   dijo.   Dobló   la   esquina. Y   se   paró. Donde   había   estado   el   orfanato   había   un   solar   vacío.   Tierra   removida,   cascotes,   un   cartel   de   SE   VENDE   oxidado   que   se   movía   con   el   viento.   Nada   más.   Mine   parpadeó   como   si   el   problema   fuera   de   sus   ojos,   como   si   bastara   con   enfocar   mejor   para   que   los   ladrillos   volvieran   a   su   sitio   y   la   puerta   azul   apareciera   y   alguien   abriera   desde   dentro. La   caja   se   le   cayó   de   los   brazos. Se   sentó   en   el   bordillo   de   la   acera   y   se   dejó   caer,   con   la   espalda   doblada   y   los   codos   sobre   las   rodillas,   incapaz   de   sostener   el   peso   del   cuerpo   solo   con   las   piernas.   La   mochila   quedó   en   el   suelo   y   los   caramelos   seguían   dispersos. Mine   se   abrazó.   Los   brazos   rodeando   su   propio   torso,   los   dedos   apretando   la   tela   de   la   sudadera   gris   hasta   que   los   nudillos   se   pusieron   blancos.   Era   el   abrazo   de   alguien   que   no   tiene   a   nadie   que   lo   abraza   y   lleva   demasiado   tiempo   sabiéndolo. El   llanto   cuando   llegó   no   fue   silencioso;   No   fue   ese   llanto   apretado   contra   la   almohada   que   había   perfeccionado   de   niño .   Fue   un   llanto   desorganizado,   de   garganta,   que   dolía   al   salir   y   dejaba   un   sabor   metálico   en   los   labios.   Los   hombros   le   temblaron,   la   respiración   se   le   fue   en   pedazos.   Las   lágrimas   le   mojaron   la   mejilla   y   la   manga   de   la   sudadera   y   no   hizo   nada   por   detenerlas   porque   ya   no   le   quedaban   fuerzas   para   eso. Lloró   por   los   que   pasaron   por   ese   sitio   antes   de   que   él   llegara   y   después   de   que   él   se   fuera,   los   que   encontraron   algo   y   los   que   no   encontraron   nada   y   los   que   nunca   sabrá   cómo   les   fue. Lloró   por   él   mismo,   por   el   chico   de   diecisiete   que   se   fue   con   el   cuerpo   lleno   de   moretones   prometiéndose   volver,   que   construyó   algo   desde   la   nada   durante   cuatro   años   pensando   que   eso   era   suficiente,   que   llegar   con   los   brazos   llenos   de   cosas   simples   y   buenas   intenciones   era   suficiente.   No   lo   era. Un   mes.   Le   dijeron   después,   un   vecino   que   lo   reconoció   y   tuvo   la   compasión   suficiente   para   contarle.   El   orfanato   había   cerrado   un   mes   después   de   que   lo   echaran.   Un   mes.   Si   hubiera   esperado.   Si   no   hubiera   levantado   la   mano   aquella   noche.   Si   hubiera   aguantado   treinta   días   más.
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    Jason Jaegerjaquez Ishtar

    Hace demasiado tiempo que no me hablas en sueños.

    Simplemente sonríes…
    Y me muestras la misma historia una yotra vez.

    Jennifer duerme.
    Entonces comienza el ritual.

    Hechizos de protección.
    Sellos de luz.
    Runas grabadas con lágrimas.

    La velas como si siempre hubieras conocido su destino.
    El tuyo.

    El mío.

    Y después…
    Tus manos descienden sobre tu vientre.

    Sobre mí.

    Los mismos hechizos.
    La misma protección.

    ¿Qué intentas decirme, madre?

    ¿Acaso te decepcioné?

    Entonces llega el día fatídico.

    Nuestra muerte.

    Tu cuerpo cae.
    Mi alma asciende.

    Errante.
    Protegida por tus hechizos mientras Jennifer vive su vida.

    Y yo espero.

    ¿Era una maldición?

    ¿O un propósito?

    ¿Por qué ahora?

    Nací de Jennifer…
    Pero fui protegida por la misma madre que protegía a Jennifer cuando era niña.

    Entonces lo comprendo.

    Tú ya lo sabías.

    Fuiste la primera en mirar al Caos sin apartar la vista.
    La primera en tocarlo sin miedo.
    La primera en amarlo.

    Ahora entiendo por qué sigo aquí.

    Yo soy Veythra.

    La verdadera Reina del Caos.

    Y quizás…
    Todo aquello que el mundo teme del Caos nunca fue oscuridad.

    Quizás sólo era libertad.

    Ése es mi sino.

    Y no fallaré.
    [Jason07] Hace demasiado tiempo que no me hablas en sueños. Simplemente sonríes… Y me muestras la misma historia una yotra vez. Jennifer duerme. Entonces comienza el ritual. Hechizos de protección. Sellos de luz. Runas grabadas con lágrimas. La velas como si siempre hubieras conocido su destino. El tuyo. El mío. Y después… Tus manos descienden sobre tu vientre. Sobre mí. Los mismos hechizos. La misma protección. ¿Qué intentas decirme, madre? ¿Acaso te decepcioné? Entonces llega el día fatídico. Nuestra muerte. Tu cuerpo cae. Mi alma asciende. Errante. Protegida por tus hechizos mientras Jennifer vive su vida. Y yo espero. ¿Era una maldición? ¿O un propósito? ¿Por qué ahora? Nací de Jennifer… Pero fui protegida por la misma madre que protegía a Jennifer cuando era niña. Entonces lo comprendo. Tú ya lo sabías. Fuiste la primera en mirar al Caos sin apartar la vista. La primera en tocarlo sin miedo. La primera en amarlo. Ahora entiendo por qué sigo aquí. Yo soy Veythra. La verdadera Reina del Caos. Y quizás… Todo aquello que el mundo teme del Caos nunca fue oscuridad. Quizás sólo era libertad. Ése es mi sino. Y no fallaré.
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  • -El ogro desaparecio durante meses despues de la traicion que habia recibido por parte de su Amo, algunos decian que habia muerto finalmente. Otros aseguraban haber encontrado rastros de su sangre azul en montañas lejanas, como si hubiese arrastrado su cuerpo destruido hacia algun rincon olvidado del mundo para terminar pudriendose solo. Muchos celebraron aquella posibilidad. Despues de todo, monstruos como el no nacian para tener finales dignos. Eran armas, catastrofes, bestias hechas para destruir y luego ser destruidas. Eso era lo que todos creian comprender sobre el..-

    -La voz de un elfo se escucho en el Bar, la historia siendo relatada por un joven elfo de cabello rubio y ojos dorados, con ropajes identicos a los de un Bardo-
    "Pero estaban equivocados, porque el ogro no desaparecio para morir, desaparecio para cambiar"

    -Durante siglos habia luchado contra si mismo. Contra la cosa que vivia dentro de su sangre. Esa hambre salvaje que convertia su cuerpo en algo mas antiguo que un simple ogro. Mas monstruoso, mas cercano a una calamidad viva que a una criatura racional. Siempre intento controlarla con fuerza bruta, enterrandola bajo cadenas mentales, furia y orgullo. Temia perderse completamente si dejaba salir aquello que dormia en sus entrañas. Temia convertirse en un animal incapaz de distinguir aliados de enemigos. Y quizas por eso sufrio tanto cada traicion, cada abandono y cada decepcion. Porque seguia aferrandose a una parte demasiado humana de si mismo, pero con este tragico final, dejo de hacerlo-

    -Las montañas del Norte fueron testigos de aquello en lo que comenzo a convertirse. Los viajeres hablaban de un monstruo enorme caminando entre tormentas de nieve, cubierto de cicatrices viejas y sangre seca, como si hubiese abandonado cualquier interes en parecer una criatura civilizada. Pasaba noches enteras sentado frente a precipicios infinitos, inmovil, escuchando unicamente el viento mientras algo dentro suyo despertaba lentamente. Ya no luchaba contra esa presencia. Ya no intentaba encadenarla, por primera vez en miles de años.. comenzo a escucharla, y descubrio algo inesperado.. la bestia jamas quizo destruirlo, la bestia era el mismo, toda aquella violencia, toda aquella brutalidad, toda aquella hambre antigua que recorria su sangre no existia para consumirlo, sino para protegerlo. Era el nucleo mas honesto de su existencia. La parte de si mismo que jamas Mintio, jamas traiciono y jamas abandono. Mientras otros cambiaban por miedo, por deseo o por comodidad, aquella oscuridad interna permanecia siempre igual. Esperandolo pacientemente-

    -El elfo volvio a hablar en voz alta, como si conociera la historia detras de ese Ogro, quien era ese elfo, como lo conocia tan bien, como para contarle a ustedes, cosas que el ogro jamas contaria-"El verdadero problema nunca fue la bestia, fue el intento absurdo del ogro por seguir siendo algo aceptable para quienes jamas iban a comprenderlo.. Personas que juraron con su corazon, y clavaron el puñal mas rapido de lo esperado."

    -Y entonces ocurrio, una noche, bajo una luna roja gigantesca, el monstruo dejo de resistirse por completo. su cuerpo cambio lentamente mientras la sangre azul recorria cada musculo como fuego hirviendo. sus huesos crujieron. Los enormes cuernos crecieron aun mas hacia atras. Las venas comenzaron a brillar debajo de la piel azul oscura como rios luminosos atravezando piedra viva. Sus ojos dorados perdieron cualquier rastro de cansancio antiguo y recuperaron algo que hacia siglos no existia dentro de el.. "Claridad", no era una transformacion descontrolada, no era total locura, no era rabia ciega. Era Armonia-

    -La montaña entera temblo cuando el ogro libero aquella presencia completamente por primera vez. El aire se volvio pesado. Los arboles se doblaron, las criaturas escondidas escaparon kilometros enteros solo por sentirlo respirar. Pero el seguia quieto. Sereno, consciente de cada pensamiento, de cada latido, de cada gota de sangre recorriendo su monstruoso cuerpo, y entonces lo comprendio. No necesitaba reinas para sentirse completo. No necesitaba aprobacion, no necesitaba cadenas emocionales disfrazadas de amor. Todas aquellas decepciones, todas aquellas personas que lo arrojaron lejos apenas sus sentimientos se volvieron incomodos... habian sido necesarias para llegar alli, porque si jamas lo hubiesen traicionado, el jamas habria soltado la ultima debilidad que todabia lo mantenia dividido-
    -El ogro desaparecio durante meses despues de la traicion que habia recibido por parte de su Amo, algunos decian que habia muerto finalmente. Otros aseguraban haber encontrado rastros de su sangre azul en montañas lejanas, como si hubiese arrastrado su cuerpo destruido hacia algun rincon olvidado del mundo para terminar pudriendose solo. Muchos celebraron aquella posibilidad. Despues de todo, monstruos como el no nacian para tener finales dignos. Eran armas, catastrofes, bestias hechas para destruir y luego ser destruidas. Eso era lo que todos creian comprender sobre el..- -La voz de un elfo se escucho en el Bar, la historia siendo relatada por un joven elfo de cabello rubio y ojos dorados, con ropajes identicos a los de un Bardo- "Pero estaban equivocados, porque el ogro no desaparecio para morir, desaparecio para cambiar" -Durante siglos habia luchado contra si mismo. Contra la cosa que vivia dentro de su sangre. Esa hambre salvaje que convertia su cuerpo en algo mas antiguo que un simple ogro. Mas monstruoso, mas cercano a una calamidad viva que a una criatura racional. Siempre intento controlarla con fuerza bruta, enterrandola bajo cadenas mentales, furia y orgullo. Temia perderse completamente si dejaba salir aquello que dormia en sus entrañas. Temia convertirse en un animal incapaz de distinguir aliados de enemigos. Y quizas por eso sufrio tanto cada traicion, cada abandono y cada decepcion. Porque seguia aferrandose a una parte demasiado humana de si mismo, pero con este tragico final, dejo de hacerlo- -Las montañas del Norte fueron testigos de aquello en lo que comenzo a convertirse. Los viajeres hablaban de un monstruo enorme caminando entre tormentas de nieve, cubierto de cicatrices viejas y sangre seca, como si hubiese abandonado cualquier interes en parecer una criatura civilizada. Pasaba noches enteras sentado frente a precipicios infinitos, inmovil, escuchando unicamente el viento mientras algo dentro suyo despertaba lentamente. Ya no luchaba contra esa presencia. Ya no intentaba encadenarla, por primera vez en miles de años.. comenzo a escucharla, y descubrio algo inesperado.. la bestia jamas quizo destruirlo, la bestia era el mismo, toda aquella violencia, toda aquella brutalidad, toda aquella hambre antigua que recorria su sangre no existia para consumirlo, sino para protegerlo. Era el nucleo mas honesto de su existencia. La parte de si mismo que jamas Mintio, jamas traiciono y jamas abandono. Mientras otros cambiaban por miedo, por deseo o por comodidad, aquella oscuridad interna permanecia siempre igual. Esperandolo pacientemente- -El elfo volvio a hablar en voz alta, como si conociera la historia detras de ese Ogro, quien era ese elfo, como lo conocia tan bien, como para contarle a ustedes, cosas que el ogro jamas contaria-"El verdadero problema nunca fue la bestia, fue el intento absurdo del ogro por seguir siendo algo aceptable para quienes jamas iban a comprenderlo.. Personas que juraron con su corazon, y clavaron el puñal mas rapido de lo esperado." -Y entonces ocurrio, una noche, bajo una luna roja gigantesca, el monstruo dejo de resistirse por completo. su cuerpo cambio lentamente mientras la sangre azul recorria cada musculo como fuego hirviendo. sus huesos crujieron. Los enormes cuernos crecieron aun mas hacia atras. Las venas comenzaron a brillar debajo de la piel azul oscura como rios luminosos atravezando piedra viva. Sus ojos dorados perdieron cualquier rastro de cansancio antiguo y recuperaron algo que hacia siglos no existia dentro de el.. "Claridad", no era una transformacion descontrolada, no era total locura, no era rabia ciega. Era Armonia- -La montaña entera temblo cuando el ogro libero aquella presencia completamente por primera vez. El aire se volvio pesado. Los arboles se doblaron, las criaturas escondidas escaparon kilometros enteros solo por sentirlo respirar. Pero el seguia quieto. Sereno, consciente de cada pensamiento, de cada latido, de cada gota de sangre recorriendo su monstruoso cuerpo, y entonces lo comprendio. No necesitaba reinas para sentirse completo. No necesitaba aprobacion, no necesitaba cadenas emocionales disfrazadas de amor. Todas aquellas decepciones, todas aquellas personas que lo arrojaron lejos apenas sus sentimientos se volvieron incomodos... habian sido necesarias para llegar alli, porque si jamas lo hubiesen traicionado, el jamas habria soltado la ultima debilidad que todabia lo mantenia dividido-
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    : " ¿Eso es todo lo que tienes? "

    —Aun no viste nada..

    —Quizas las cosas hubieran sido diferentes ese día, quizás si las cosas se hubieran hablado en otra ocasión no hubieran llegado a ese extremo, pero el primer golpe ya había sido lanzado y ya no había vuelta atrás, los dos se lanzaban golpes cada vez más fuertes y con cada golpe se destruía una relación estrecha entre padre e hijo—
    FLASHBACK: 1/2 —👤: " ¿Eso es todo lo que tienes? " —Aun no viste nada.. —Quizas las cosas hubieran sido diferentes ese día, quizás si las cosas se hubieran hablado en otra ocasión no hubieran llegado a ese extremo, pero el primer golpe ya había sido lanzado y ya no había vuelta atrás, los dos se lanzaban golpes cada vez más fuertes y con cada golpe se destruía una relación estrecha entre padre e hijo—
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