• Un recuerdo junto a mi madre Alura Zor-El, mi querida madre que sigue llorandola hasta el día de hoy... Nos reencontramos cuando pensaba que estaba muerta, estuvimos juntas de nuevo en un planeta artificial llamado Nuevo Krypton pero fue destruído y ella... pereció...
    Un recuerdo junto a mi madre Alura Zor-El, mi querida madre que sigue llorandola hasta el día de hoy... Nos reencontramos cuando pensaba que estaba muerta, estuvimos juntas de nuevo en un planeta artificial llamado Nuevo Krypton pero fue destruído y ella... pereció...
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  • —Lo difícil no es fingir que estás bien durante todo el día, lo verdaderamente difícil es quedarte solo con tus pensamientos cuando llega la noche. ¿Realmente vale la pena todo esto?
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  • ─── Eso es, coman, coman que están todos flacos.

    En su camino siempre se encuentra animalitos hambrientos, independiente de sí tienen o no un hogar, les da de comer.

    Para él todos están flacos.

    ─── A Ekke le hace falta compañía tal vez encontremos más habitantes con quienes compartir.
    ─── Eso es, coman, coman que están todos flacos. En su camino siempre se encuentra animalitos hambrientos, independiente de sí tienen o no un hogar, les da de comer. Para él todos están flacos. ─── A Ekke le hace falta compañía tal vez encontremos más habitantes con quienes compartir.
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  • -Muchos pensaban que Robin era lo que era por saber disparar, porque sabía cómo tirar del gatillo y que sus balas hallaran el blanco (la mayoría del tiempo, al menos). Pero no era tanto así. Disparar era algo relativamente sencillo, lo único que tenías que tener en cuenta es que el chisme tenía retroceso y que podría hacer que perdieras el arma... o que te diera un sopapo en la cara que te rompiera la nariz. Lo de apuntar y darle al objetivo era algo un poco más complejo. El propio retroceso podía joderte mucho, así como el hecho de que el trasto tenía su peso y que tenías que tener el brazo entrenado para poder levantarlo.-

    -Lo dicho, eso era algo que se podía hacer con entrenamiento y práctica, y ya después era algo relativamente sencillo. Lo más complicado era, para él, fingir que nada le importaba. Podía parecer indiferente, despreocupado, un coqueto que podía soltarle piropos a una mujer y esperar que ésta reaccionara bien (y resignarse a que no siempre tenía suerte), un graciosillo que era normal. Eso era lo más complicado, mantener esa fachada, esa máscara... todo eso mientras se mantenía en esa cuerda floja tan delgada de ser un profesional, que era lo que esperaban de él.-

    -Porque si cayera de esa cuerda floja, le entrarían los remordimientos, caería en ese mar de arrepentimientos, de muertes que pesan y de cosas que dejó atrás. Si dejaba que esa máscara que se había puesto sobre el rostro se cayera, ya no se vería al rudo agente con dos pistolas, y en su lugar solamente encontrarían a un niño solo de los manglares que partió para reencontrar su hogar pero que nunca lo halló, que lo único que encontró fue muerte, sangre y pólvora. No debía mostrar esa faceta, no podía hacerlo. Estaba encerrada, y era mejor que así se mantuviera mientras caminaba por esa cuerda floja. Aunque de vez en cuando dé un traspié, que le hace casi enfrentar ese abismo y que la máscara se le caiga del rostro, y ese traspié era su propio código que le recordaba que no era un indiferente. Y por eso era tan difícil, muy difícil, ser lo que sus mandos esperaban de él... porque en el fondo no se siente como eso.-
    -Muchos pensaban que Robin era lo que era por saber disparar, porque sabía cómo tirar del gatillo y que sus balas hallaran el blanco (la mayoría del tiempo, al menos). Pero no era tanto así. Disparar era algo relativamente sencillo, lo único que tenías que tener en cuenta es que el chisme tenía retroceso y que podría hacer que perdieras el arma... o que te diera un sopapo en la cara que te rompiera la nariz. Lo de apuntar y darle al objetivo era algo un poco más complejo. El propio retroceso podía joderte mucho, así como el hecho de que el trasto tenía su peso y que tenías que tener el brazo entrenado para poder levantarlo.- -Lo dicho, eso era algo que se podía hacer con entrenamiento y práctica, y ya después era algo relativamente sencillo. Lo más complicado era, para él, fingir que nada le importaba. Podía parecer indiferente, despreocupado, un coqueto que podía soltarle piropos a una mujer y esperar que ésta reaccionara bien (y resignarse a que no siempre tenía suerte), un graciosillo que era normal. Eso era lo más complicado, mantener esa fachada, esa máscara... todo eso mientras se mantenía en esa cuerda floja tan delgada de ser un profesional, que era lo que esperaban de él.- -Porque si cayera de esa cuerda floja, le entrarían los remordimientos, caería en ese mar de arrepentimientos, de muertes que pesan y de cosas que dejó atrás. Si dejaba que esa máscara que se había puesto sobre el rostro se cayera, ya no se vería al rudo agente con dos pistolas, y en su lugar solamente encontrarían a un niño solo de los manglares que partió para reencontrar su hogar pero que nunca lo halló, que lo único que encontró fue muerte, sangre y pólvora. No debía mostrar esa faceta, no podía hacerlo. Estaba encerrada, y era mejor que así se mantuviera mientras caminaba por esa cuerda floja. Aunque de vez en cuando dé un traspié, que le hace casi enfrentar ese abismo y que la máscara se le caiga del rostro, y ese traspié era su propio código que le recordaba que no era un indiferente. Y por eso era tan difícil, muy difícil, ser lo que sus mandos esperaban de él... porque en el fondo no se siente como eso.-
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  • Celestine había escapado hace unos días del castillo y estaba muy nerviosa porque temía que su padre, o mejor dicho, los que trabajaban para él, la encontraran y la llevaran al castillo nuevamente por la fuerza. Sin embargo, había escuchado de casualidad que en una mansión de la ciudad había una mujer capaz de conceder cualquier deseo. No le había dado importancia en ese momento, pero la idea había quedado instalada en su cerebro y estaba repitiéndose para si misma posibles deseos que podría pedirle a aquella mujer.

    Para su fortuna, días después volvió a escuchar sobre la mujer que cumplía deseos, aparentemente sus deseos tenían un precio pero Celestine estaba dispuesta a conocer ese precio a cambio de su libertad. Cómo si su fortuna no fuera suficiente, Celestine escuchó la dirección en la que esa mujer vivía. Claro que con el poco tiempo que llevaba en la ciudad eso no significaba que pudiera llegar, pero se repitió la dirección para si misma, ya podría pedirle ayuda a distintos ciudadanos para alcanzar su objetivo.

    Y así lo hizo, comenzó a caminar por las calles, pidiendo indicaciones sobre como llegar a aquella dirección. Tras un largo viaje en el que la mayoría de gente le ofreció su ayuda, llegó finalmente a aquella mansión.

    Se detuvo frente a mansión contemplándola al detalle, sin duda la dueña de aquel lugar podría tener un castillo si lo deseara. Aquel pensamiento le generó un escalofrío.

    Finalmente Celestine tocó el timbre de la mansión y espero pacientemente. Por fin conocería a la mujer que cumple deseos: Kazuha
    Celestine había escapado hace unos días del castillo y estaba muy nerviosa porque temía que su padre, o mejor dicho, los que trabajaban para él, la encontraran y la llevaran al castillo nuevamente por la fuerza. Sin embargo, había escuchado de casualidad que en una mansión de la ciudad había una mujer capaz de conceder cualquier deseo. No le había dado importancia en ese momento, pero la idea había quedado instalada en su cerebro y estaba repitiéndose para si misma posibles deseos que podría pedirle a aquella mujer. Para su fortuna, días después volvió a escuchar sobre la mujer que cumplía deseos, aparentemente sus deseos tenían un precio pero Celestine estaba dispuesta a conocer ese precio a cambio de su libertad. Cómo si su fortuna no fuera suficiente, Celestine escuchó la dirección en la que esa mujer vivía. Claro que con el poco tiempo que llevaba en la ciudad eso no significaba que pudiera llegar, pero se repitió la dirección para si misma, ya podría pedirle ayuda a distintos ciudadanos para alcanzar su objetivo. Y así lo hizo, comenzó a caminar por las calles, pidiendo indicaciones sobre como llegar a aquella dirección. Tras un largo viaje en el que la mayoría de gente le ofreció su ayuda, llegó finalmente a aquella mansión. Se detuvo frente a mansión contemplándola al detalle, sin duda la dueña de aquel lugar podría tener un castillo si lo deseara. Aquel pensamiento le generó un escalofrío. Finalmente Celestine tocó el timbre de la mansión y espero pacientemente. Por fin conocería a la mujer que cumple deseos: [K4zuha]
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  • Ya tenía dos preocupaciones que se encuentran encerrados en el instituto y ahora Grayson está también dentro.
    Sé que no saldrá sin nuestros hijos, aunque eso le cueste su propia vida.
    Ya tenía dos preocupaciones que se encuentran encerrados en el instituto y ahora Grayson está también dentro. Sé que no saldrá sin nuestros hijos, aunque eso le cueste su propia vida.
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  • Lluvia
    Fandom Original
    Categoría Original
    Con Nairis Tzélmur

    [ Registro ]
    [ Una semana después de que todo se fuera al carajo || 2:30 p.m || Habitación de Nairis, Fallen's ]

    Un día lluvioso, como últimamente los había, desde que el bar había cambiado de administración, Jason no había tenido la oportunidad de volver a hablar con Nairis. Lo último que ella le dijo, era que se iría y días después le preguntó si podía quedarse. Él le respondió que sería su decisión, mientras quisiera estar ahí sería bien recibida.

    El día que finalmente logró despejarse para poder hablar con ella, dejó la barra y caminó a la habitación de la joven en la trastienda. Pero ¿Qué le iba a decir? Había tantas cosas que habían quedado en un limbo todos esos días, que sencillamente no había por donde empezar a decir las cosas. Aún así, no importó. Cada paso que daba era el recordatorio de una plática pendiente. Decisiones, resoluciones, cambios,

    Una vez estuvo en la puerta de la habitación, levantó la mano. Estuvo a punto de llamar a la puerta, pero un impulso le frenó. Sus dedos apenas alcanzaron a detenerse a milímetros de la madera rústica de aquella puerta. Cerró los ojos unos instantes, procesando mentalmente cuál sería la primera cuestión que debería atender.

    "¿Qué tono debía usar? ¿Cómo debía empezar? ¿Es esto lo que debería hacer? ¿Estaré molestando?"... Las preguntas comenzaron a viajar por su cabeza, golpeando cada rincón de su mente, procesando la información. Y aun así, su cuerpo respondió antes.

    - ..Mierda... - Su voz fue un susurro cargado de enojo consigo mismo por haber actuado tan rápido, sin darle tiempo de pensar más. Lo dijo inmediatamente después de que sus dedos se hubieran movido por sí mismos.

    Dos golpes con el índice y el medio, ligeramente flexionados. El sonido había roto todo proceso de concentración y planificación.

    Resignado a que todas sus ideas se habían ido por la borda en el momento en el que llamó a la puerta, suspiró con resignación.

    Pese a que en ese momento no había nada que hiciera que reaccionara, que procesara la señal de un duelo, ese acto, por mínimo que fue, lo sacó del trance y la presunta depresión que estaba enfrentando.

    - Nai... - Pensó en la forma en la que él le decía. Al no sentir que fuera el momento para hablar de esa forma, concluyó. -..ris. ¿Cómo estás?

    Pregunta tonta, pero fue lo único que atinó a decir. Ni todas las posibilidades que llegó a pensar sirvieron en ese momento.
    Con [Possesed_By_Myself] [ Registro ] [ Una semana después de que todo se fuera al carajo || 2:30 p.m || Habitación de Nairis, Fallen's ] Un día lluvioso, como últimamente los había, desde que el bar había cambiado de administración, Jason no había tenido la oportunidad de volver a hablar con Nairis. Lo último que ella le dijo, era que se iría y días después le preguntó si podía quedarse. Él le respondió que sería su decisión, mientras quisiera estar ahí sería bien recibida. El día que finalmente logró despejarse para poder hablar con ella, dejó la barra y caminó a la habitación de la joven en la trastienda. Pero ¿Qué le iba a decir? Había tantas cosas que habían quedado en un limbo todos esos días, que sencillamente no había por donde empezar a decir las cosas. Aún así, no importó. Cada paso que daba era el recordatorio de una plática pendiente. Decisiones, resoluciones, cambios, Una vez estuvo en la puerta de la habitación, levantó la mano. Estuvo a punto de llamar a la puerta, pero un impulso le frenó. Sus dedos apenas alcanzaron a detenerse a milímetros de la madera rústica de aquella puerta. Cerró los ojos unos instantes, procesando mentalmente cuál sería la primera cuestión que debería atender. "¿Qué tono debía usar? ¿Cómo debía empezar? ¿Es esto lo que debería hacer? ¿Estaré molestando?"... Las preguntas comenzaron a viajar por su cabeza, golpeando cada rincón de su mente, procesando la información. Y aun así, su cuerpo respondió antes. - ..Mierda... - Su voz fue un susurro cargado de enojo consigo mismo por haber actuado tan rápido, sin darle tiempo de pensar más. Lo dijo inmediatamente después de que sus dedos se hubieran movido por sí mismos. Dos golpes con el índice y el medio, ligeramente flexionados. El sonido había roto todo proceso de concentración y planificación. Resignado a que todas sus ideas se habían ido por la borda en el momento en el que llamó a la puerta, suspiró con resignación. Pese a que en ese momento no había nada que hiciera que reaccionara, que procesara la señal de un duelo, ese acto, por mínimo que fue, lo sacó del trance y la presunta depresión que estaba enfrentando. - Nai... - Pensó en la forma en la que él le decía. Al no sentir que fuera el momento para hablar de esa forma, concluyó. -..ris. ¿Cómo estás? Pregunta tonta, pero fue lo único que atinó a decir. Ni todas las posibilidades que llegó a pensar sirvieron en ese momento.
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  • Últimamente he estado dándole vueltas a una idea y creo que puede ser útil, sobre todo para los que acabáis de llegar.

    Estoy pensando en hacer una especie de “Guía 0.1”, pero no desde lo técnico (que eso ya lo vimos), sino desde lo social: cómo empezar a rolear, cómo acercarse a otros usuarios, cómo no sentirse fuera de lugar al principio… ese tipo de cosas que muchas veces no se explican, pero que marcan la diferencia.

    Porque empezar aquí puede ser un poco abrumador, y es completamente normal no saber por dónde tirar al principio.

    La idea sería incluir pequeños tips, experiencias y recomendaciones reales, tanto mías como de lo que he ido viendo como RolSage.

    Pero antes de ponerme con ello, me gustaría saber:

    Podeis responder en comentarios un consejo que os hubiese gustado recibir como nuevos usuarios, algo que os ayudó a empezar, errores comunes a evitar... asi tambien nuevos Ficrolers pueden valerse de vuestras experiencias. Por favor, intentad que sean ideas positivas y que aporten :)

    Si sois 2D y queréis ser de ayuda para nuevos usuarios (ya que sois una comunidad fuerte y grande) puedo poner vuestros ID si os interesa crear una red de apoyo de rol.

    ¿Os interesaría algo así? ¿Hay algo en concreto que os hubiese gustado saber cuando empezasteis?

    Os leo
    Últimamente he estado dándole vueltas a una idea y creo que puede ser útil, sobre todo para los que acabáis de llegar. Estoy pensando en hacer una especie de “Guía 0.1”, pero no desde lo técnico (que eso ya lo vimos), sino desde lo social: cómo empezar a rolear, cómo acercarse a otros usuarios, cómo no sentirse fuera de lugar al principio… ese tipo de cosas que muchas veces no se explican, pero que marcan la diferencia. Porque empezar aquí puede ser un poco abrumador, y es completamente normal no saber por dónde tirar al principio. La idea sería incluir pequeños tips, experiencias y recomendaciones reales, tanto mías como de lo que he ido viendo como RolSage. Pero antes de ponerme con ello, me gustaría saber: Podeis responder en comentarios un consejo que os hubiese gustado recibir como nuevos usuarios, algo que os ayudó a empezar, errores comunes a evitar... asi tambien nuevos Ficrolers pueden valerse de vuestras experiencias. Por favor, intentad que sean ideas positivas y que aporten :) Si sois 2D y queréis ser de ayuda para nuevos usuarios (ya que sois una comunidad fuerte y grande) puedo poner vuestros ID si os interesa crear una red de apoyo de rol. ¿Os interesaría algo así? ¿Hay algo en concreto que os hubiese gustado saber cuando empezasteis? Os leo 👀
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  • Lleva horas caminando. No sabe cuántas, pero el sol ha bajado mucho desde que empezó a andar y el entumecimiento comienza a pasarle factura. Los pasos se han vuelto más lentos, y la espalda se ha ido encorvando. Un poco más cada hora.

    Sólo sigue el camino. Llevará a algún lugar.

    El sonido de unas ruedas de carro que se acerca le alerta. No se gira, mira por encima del hombro. Los ve y sus párpados se relajan.

    Se une a la familia por inercia. No les saluda, el carro le da alcance y al no resultar una amenaza, deciden viajar a su lado. Son tres: padre, madre e hija. Ella camina fuera del carro, cerca de él.

    La niña entonces tira de la manga de su túnica. Insiste. Hakon baja la mirada hasta ella. Rubia, pecosa y con una sonrisa enorme en la cara.

    La niña tira una tercera vez, ahora riendo. No deja de mirarlo.

    ―¡Señor! ¡Es usted muy alto! Y seguro que es guerrero. ¡Tiene una espada!

    Hakon sólo la mira. No hay respuesta.

    ―Y muy serio... ―añade después la niña, en un tono más contemplativo.

    Para él, esto se le escapa. Eleva la mirada, buscando la atención de sus padres. Hablan entre sí. Nadie acude a rescatarlo. Empieza a frotarse las manos. No encuentra sitio para ellas.

    La niña entonces suaviza la sonrisa, con comprensión, y suelta su manga.

    ―Igual es mudo. Mi tío Harold es mudo. Antes hablaba, pero un día volvió con el cuello cosido y dejó de hacerlo.

    La niña se encoge de hombros con naturalidad.

    Hakon entonces hace una mueca.

    ―No soy mudo.

    La niña abre mucho los ojos y la boca. Y da un salto pequeño en el sitio.

    ―¡Anda! ―exclama y luego se ríe―. ¡Sí hablas!

    Hakon asiente despacio. Varias veces.

    ―A veces.

    A la niña se le ilumina la mirada y vuelve a cogerle la manga de la túnica.

    La madre se baja entonces del carro y toma a la niña de la mano.

    —¡Hilda! ¡Déjalo en paz! —espeta la madre, mirando luego a Hakon. Le cuesta mirarle a los ojos y le tiembla un poco el timbre de la voz—. Por favor, discúlpela.

    —¡No le estoy molestando, mamá! —replica la pequeña—. Nos estamos haciendo amigos.

    Ese comentario provoca que algo tire de la comisura del labio de Hakon. Un gesto minúsculo.

    No para él.

    La madre la arrastra de allí. La pequeña se resiste, pero le despide con la mano mientras la intenta subir al carro.

    La mano de él se levanta sola, y baja después.

    Después de un gruñido, se pone bien la manga de la túnica. Sus dedos permanecen quietos en la tela un latido de más.

    Un sonido familiar le endereza la espalda. El padre cae al suelo con una flecha en el cuello. Escupe sangre, se retuerce.

    Da dos zancadas. De un empujón, deja a la niña con su madre tras el carro. La madre y Hakon se miran. Él arruga el ceño y hace un ademán de cabeza. Corto. Luego se aparta del carro y golpea el escudo con su espada. El sonido se transforma en desafío. Pero es una amenaza.

    Los hombres lo envuelven. Sortean el cadáver del padre. Uno se queda rezagado y coloca una flecha en la cuerda aún por tensar.

    Demasiados. Y tienen un arquero.

    El golpe le llega desde detrás. No lo ha visto, pero reacciona. Por instinto. El escudo absorbe el impacto. El temblor le sube hasta el hombro. Avanza, desvía y da un cabezazo. Le parte la nariz. La sangre le salpica la cara. La frente le escuece.

    Mueve su espada por debajo del escudo. Entra y sale fácil.

    Una flecha le silba cerca. No lo suficiente cerca. Echa a correr con los pulmones al límite, la espada dispuesta a un lado para no entorpecer su carrera y los ojos fijos en la cuerda que se vuelve a tensar.

    Lo huele antes de verle. Apesta a sudor rancio y alcohol. No ve su cara, sólo su hacha. Le sale al paso e intenta golpear. Falla. Lo despacha rápido. Una punzada letal en el cuello. Apenas se interrumpe en su avance.

    Otra flecha.

    Esta le obliga a levantar el escudo. Se clava con tanta fuerza que la punta asoma por el otro lado. El músculo de su brazo se vuelve a resentir. Sigue. Otro hombre le intercepta y los escudos colisionan. El hombre trata de golpearle con el hacha, Hakon desvía. Se separan, toman distancia y vuelven a golpear. Suena el metal. Saltan chispas y los escudos se astillan.

    Hakon respira hondo, mantiene distancia. El olor a sudor y hierro le golpea. Sus ojos se desvían un instante. El arquero prepara otro dardo.

    Hakon se mueve. Lo hace tan rápido que se vuelve borroso. El adversario lanza varios golpes. Los ojos de Hakon siguen su trayectoria. El momento preciso llega. Sólo se aparta como ha hecho mil veces. Una más. Se abre la brecha que quiere. Clava y saja. Las tripas se abren, la sangre brota.

    Su mano se tiñe de rojo.

    Usa el cuerpo del hombre para cubrirse, aún con su filo en las entrañas del moribundo. La flecha lo remata. Se clava en su nuca. Hakon empuja y el cuerpo cae hacia atrás. En un movimiento vertiginoso toma el hacha del caído antes de que se precipite al suelo. Coge impulso. La arroja.

    El arquero abre los ojos. También la boca. Casi dice algo.

    Cae con el pecho hundido.

    Silencio.

    Los brazos le pesan. Deja caer el escudo y mira hacia atrás. La niña y la mujer salen de detrás del carro. La niña corre y se echa sobre el padre.

    Su llanto es estremecedor.

    Hakon evita mirar.

    Su espada pesa más que nunca.

    Permanece inmóvil; una estatua de hierro y sangre en mitad de la carnicería. El silencio que queda tras el combate no es tal; los sollozos de Hilda ahogados contra el pecho de su madre, que apenas logra silenciar, es peor que el gemido de un moribundo.

    Con la bota le da la vuelta al escudo en el suelo, y se inclina a observar la punta de la flecha que asoma por la parte interior. La parte en la base. El hierro es caro. Luego se guarda la pieza de metal en el cinturón y camina hacia ellas.

    —Tenemos que irnos. El olor atraerá a los lobos —masculla, y hace una pausa cuando la madre de Hilda levanta la mirada hacia él. Tiene la cara empapada en lágrimas—. O algo peor.

    —Pero mi marido...

    La mirada de Hakon se endurece un momento y baja hacia el cuerpo.

    —Yo lo haré.

    Ella asiente y obliga a Hilda a ponerse en pie. Aunque Hakon la mira, ella no. Las dos arrastran los pies hacia el carro mientras él se deshace de su propia capa con un tirón. Cubre el cuerpo del padre y lo amortaja antes de cargarlo en brazos y dejarlo en el carro. Luego se sube y toma las riendas.

    El sol ha comenzado a ocultarse.

    Durante la travesía, Hilda ya no vuelve a tirarle de la manga de su túnica.
    Lleva horas caminando. No sabe cuántas, pero el sol ha bajado mucho desde que empezó a andar y el entumecimiento comienza a pasarle factura. Los pasos se han vuelto más lentos, y la espalda se ha ido encorvando. Un poco más cada hora. Sólo sigue el camino. Llevará a algún lugar. El sonido de unas ruedas de carro que se acerca le alerta. No se gira, mira por encima del hombro. Los ve y sus párpados se relajan. Se une a la familia por inercia. No les saluda, el carro le da alcance y al no resultar una amenaza, deciden viajar a su lado. Son tres: padre, madre e hija. Ella camina fuera del carro, cerca de él. La niña entonces tira de la manga de su túnica. Insiste. Hakon baja la mirada hasta ella. Rubia, pecosa y con una sonrisa enorme en la cara. La niña tira una tercera vez, ahora riendo. No deja de mirarlo. ―¡Señor! ¡Es usted muy alto! Y seguro que es guerrero. ¡Tiene una espada! Hakon sólo la mira. No hay respuesta. ―Y muy serio... ―añade después la niña, en un tono más contemplativo. Para él, esto se le escapa. Eleva la mirada, buscando la atención de sus padres. Hablan entre sí. Nadie acude a rescatarlo. Empieza a frotarse las manos. No encuentra sitio para ellas. La niña entonces suaviza la sonrisa, con comprensión, y suelta su manga. ―Igual es mudo. Mi tío Harold es mudo. Antes hablaba, pero un día volvió con el cuello cosido y dejó de hacerlo. La niña se encoge de hombros con naturalidad. Hakon entonces hace una mueca. ―No soy mudo. La niña abre mucho los ojos y la boca. Y da un salto pequeño en el sitio. ―¡Anda! ―exclama y luego se ríe―. ¡Sí hablas! Hakon asiente despacio. Varias veces. ―A veces. A la niña se le ilumina la mirada y vuelve a cogerle la manga de la túnica. La madre se baja entonces del carro y toma a la niña de la mano. —¡Hilda! ¡Déjalo en paz! —espeta la madre, mirando luego a Hakon. Le cuesta mirarle a los ojos y le tiembla un poco el timbre de la voz—. Por favor, discúlpela. —¡No le estoy molestando, mamá! —replica la pequeña—. Nos estamos haciendo amigos. Ese comentario provoca que algo tire de la comisura del labio de Hakon. Un gesto minúsculo. No para él. La madre la arrastra de allí. La pequeña se resiste, pero le despide con la mano mientras la intenta subir al carro. La mano de él se levanta sola, y baja después. Después de un gruñido, se pone bien la manga de la túnica. Sus dedos permanecen quietos en la tela un latido de más. Un sonido familiar le endereza la espalda. El padre cae al suelo con una flecha en el cuello. Escupe sangre, se retuerce. Da dos zancadas. De un empujón, deja a la niña con su madre tras el carro. La madre y Hakon se miran. Él arruga el ceño y hace un ademán de cabeza. Corto. Luego se aparta del carro y golpea el escudo con su espada. El sonido se transforma en desafío. Pero es una amenaza. Los hombres lo envuelven. Sortean el cadáver del padre. Uno se queda rezagado y coloca una flecha en la cuerda aún por tensar. Demasiados. Y tienen un arquero. El golpe le llega desde detrás. No lo ha visto, pero reacciona. Por instinto. El escudo absorbe el impacto. El temblor le sube hasta el hombro. Avanza, desvía y da un cabezazo. Le parte la nariz. La sangre le salpica la cara. La frente le escuece. Mueve su espada por debajo del escudo. Entra y sale fácil. Una flecha le silba cerca. No lo suficiente cerca. Echa a correr con los pulmones al límite, la espada dispuesta a un lado para no entorpecer su carrera y los ojos fijos en la cuerda que se vuelve a tensar. Lo huele antes de verle. Apesta a sudor rancio y alcohol. No ve su cara, sólo su hacha. Le sale al paso e intenta golpear. Falla. Lo despacha rápido. Una punzada letal en el cuello. Apenas se interrumpe en su avance. Otra flecha. Esta le obliga a levantar el escudo. Se clava con tanta fuerza que la punta asoma por el otro lado. El músculo de su brazo se vuelve a resentir. Sigue. Otro hombre le intercepta y los escudos colisionan. El hombre trata de golpearle con el hacha, Hakon desvía. Se separan, toman distancia y vuelven a golpear. Suena el metal. Saltan chispas y los escudos se astillan. Hakon respira hondo, mantiene distancia. El olor a sudor y hierro le golpea. Sus ojos se desvían un instante. El arquero prepara otro dardo. Hakon se mueve. Lo hace tan rápido que se vuelve borroso. El adversario lanza varios golpes. Los ojos de Hakon siguen su trayectoria. El momento preciso llega. Sólo se aparta como ha hecho mil veces. Una más. Se abre la brecha que quiere. Clava y saja. Las tripas se abren, la sangre brota. Su mano se tiñe de rojo. Usa el cuerpo del hombre para cubrirse, aún con su filo en las entrañas del moribundo. La flecha lo remata. Se clava en su nuca. Hakon empuja y el cuerpo cae hacia atrás. En un movimiento vertiginoso toma el hacha del caído antes de que se precipite al suelo. Coge impulso. La arroja. El arquero abre los ojos. También la boca. Casi dice algo. Cae con el pecho hundido. Silencio. Los brazos le pesan. Deja caer el escudo y mira hacia atrás. La niña y la mujer salen de detrás del carro. La niña corre y se echa sobre el padre. Su llanto es estremecedor. Hakon evita mirar. Su espada pesa más que nunca. Permanece inmóvil; una estatua de hierro y sangre en mitad de la carnicería. El silencio que queda tras el combate no es tal; los sollozos de Hilda ahogados contra el pecho de su madre, que apenas logra silenciar, es peor que el gemido de un moribundo. Con la bota le da la vuelta al escudo en el suelo, y se inclina a observar la punta de la flecha que asoma por la parte interior. La parte en la base. El hierro es caro. Luego se guarda la pieza de metal en el cinturón y camina hacia ellas. —Tenemos que irnos. El olor atraerá a los lobos —masculla, y hace una pausa cuando la madre de Hilda levanta la mirada hacia él. Tiene la cara empapada en lágrimas—. O algo peor. —Pero mi marido... La mirada de Hakon se endurece un momento y baja hacia el cuerpo. —Yo lo haré. Ella asiente y obliga a Hilda a ponerse en pie. Aunque Hakon la mira, ella no. Las dos arrastran los pies hacia el carro mientras él se deshace de su propia capa con un tirón. Cubre el cuerpo del padre y lo amortaja antes de cargarlo en brazos y dejarlo en el carro. Luego se sube y toma las riendas. El sol ha comenzado a ocultarse. Durante la travesía, Hilda ya no vuelve a tirarle de la manga de su túnica.
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  • -Ni creas que eso es todo, tendrás que esforzarte mucho más si quieres ganarme en una pelea real-

    Se prepara par lanzarse una vez más contra su contrincante, solo era en el ring que se podía dar la libertad de dejarse llevar y permitir que su naturaleza felina saliera a flote.
    -Ni creas que eso es todo, tendrás que esforzarte mucho más si quieres ganarme en una pelea real- Se prepara par lanzarse una vez más contra su contrincante, solo era en el ring que se podía dar la libertad de dejarse llevar y permitir que su naturaleza felina saliera a flote.
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