Lila
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Siniestra amaestrada, Luna amada, quién hila el rito de mis hilos, me demuestras una nueva carnada para esta nupcial hazaña que es la de socorrerte.
Entre ruegos y canciones devoro el devoto tiempo en saciedad; quién al rumiar el puente ante mis líricos abismos, me muestra las fauces de una hembra, ante el ayuno de su propio amparo.
Sus luceros de angeladas carencias, de sesgos siniestros, ah, almico anhelo, prestan su cobijo a las mejillas, a unos labios que han sido besados ante la calidez que me es desconocida.
Entonces el ritmo de mis pasos se acalla, el muérdago corriente en forma de espada que tiendo junto a su cuello, como el tesoro más amado, intenta morder sus ansias; no existen labios que me tienten, pero los de ella son un folklórico suspiro. Doy un suspiro, él mana de mí como una canción que se canta a fantasmas que se besan con el ardor del corazón.
Espero entre la saciedad del bosque, entre el regadío de unas rosas que me guían hasta el dueño del hálito de mi vida; que la hembra perdone mi intromisión a sus moradas, aunque ella hurta algo que es mío, por voto y por derecho. Y por él debo pelear.
Así que le digo; con el arrullo de una daga que se inclina a rozarla, si es que acaso nuestros rostros se encuentran. Ella quizá ante mi sosiego, yo que visto entre la nocturna más alada. Esa pronunciada amada, el ritual de mis tormentos.
El Sol ya ha muerto, el cielo sangró entre oro, púrpura y amarillo, y yo, y tan sólo, la admiro a ella y entono el perdón por esa rosa que viste como una novia sus manos. Una que no tiene dueño, ni altar, pero sí, alguien que le escuche.
---¿De modo que así será, que las doncellas tejen su vida ya ante la lumbre de la muerte por el amor de una sola rosa?
Pregunto para que ella sólo me escuche, y de entre todo, nuestros secretos sean agraciados por la noche, esa que le forja mariposas al día, como espero que algún día, acuda una ante mis ruegos y sea el almíbar de sus cosenos, su propia secuencia en un vals interminable.
---Mortal, la rosa que has tomado, es de entre todas, la más cara para mí. Mi corazón se hundiría en llanto de tan sólo perderla, pero si me dejas mirarte un solo instante, será tuya.
Mi muérdago quizá roza su cuello o acaso son mis labios, pero ella de aquí no parte, si no es con el perdón, de todos sus pecados. O con el relicario de un nuevo rostro de índole incorrupta.
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Siniestra amaestrada, Luna amada, quién hila el rito de mis hilos, me demuestras una nueva carnada para esta nupcial hazaña que es la de socorrerte.
Entre ruegos y canciones devoro el devoto tiempo en saciedad; quién al rumiar el puente ante mis líricos abismos, me muestra las fauces de una hembra, ante el ayuno de su propio amparo.
Sus luceros de angeladas carencias, de sesgos siniestros, ah, almico anhelo, prestan su cobijo a las mejillas, a unos labios que han sido besados ante la calidez que me es desconocida.
Entonces el ritmo de mis pasos se acalla, el muérdago corriente en forma de espada que tiendo junto a su cuello, como el tesoro más amado, intenta morder sus ansias; no existen labios que me tienten, pero los de ella son un folklórico suspiro. Doy un suspiro, él mana de mí como una canción que se canta a fantasmas que se besan con el ardor del corazón.
Espero entre la saciedad del bosque, entre el regadío de unas rosas que me guían hasta el dueño del hálito de mi vida; que la hembra perdone mi intromisión a sus moradas, aunque ella hurta algo que es mío, por voto y por derecho. Y por él debo pelear.
Así que le digo; con el arrullo de una daga que se inclina a rozarla, si es que acaso nuestros rostros se encuentran. Ella quizá ante mi sosiego, yo que visto entre la nocturna más alada. Esa pronunciada amada, el ritual de mis tormentos.
El Sol ya ha muerto, el cielo sangró entre oro, púrpura y amarillo, y yo, y tan sólo, la admiro a ella y entono el perdón por esa rosa que viste como una novia sus manos. Una que no tiene dueño, ni altar, pero sí, alguien que le escuche.
---¿De modo que así será, que las doncellas tejen su vida ya ante la lumbre de la muerte por el amor de una sola rosa?
Pregunto para que ella sólo me escuche, y de entre todo, nuestros secretos sean agraciados por la noche, esa que le forja mariposas al día, como espero que algún día, acuda una ante mis ruegos y sea el almíbar de sus cosenos, su propia secuencia en un vals interminable.
---Mortal, la rosa que has tomado, es de entre todas, la más cara para mí. Mi corazón se hundiría en llanto de tan sólo perderla, pero si me dejas mirarte un solo instante, será tuya.
Mi muérdago quizá roza su cuello o acaso son mis labios, pero ella de aquí no parte, si no es con el perdón, de todos sus pecados. O con el relicario de un nuevo rostro de índole incorrupta.