Dos hombres transitaban con parsimonia por la avenida, enfrascados en una conversación trivial.
○¿Te has enterado?
□¿De qué?
Replicó el otro.
El primero se detuvo al ver el semáforo en rojo y, tras cerciorarse de que nadie prestaba atención, respondió:
○Boris Madai fue depuesto y enviado a la misma penitenciaría que Howlett.
Su compañero soltó una carcajada incrédula.
□¿Me estás tomando el pelo? ¡Eso es magnífico!
La risa le arrancó una diminuta lágrima que limpió de su ojo de cristal.
□Ese malnacido por fin conoció el infortunio. En fin... ¿debemos eliminarlo?
○En absoluto
Respondió el primero.
○¿Quién crees que somos? No ejecutamos a los nuestros salvo que incurran en traición.
El semáforo cambió a verde y ambos reanudaron la marcha con absoluta tranquilidad.
□Lo sé, lo sé...
Musitó el segundo.
□Entonces, ¿quién se hará cargo del pendrive? Y ya que estamos, ¿quién demonios nos está saboteando?
Al llegar a la esquina adquirieron un par de refrescos y un hot dog. Mientras pagaba, el primero respondió:
○Humphrey Moriarty se encargará del asunto. Parece que pretende subsanar su cagada.
El otro dio un largo trago a su bebida antes de contestar.
□¿Ese depravado? Por favor... No quisiera ser el pobre infeliz que se cruce en su camino. Si nuestra "empresa"...
Hizo un gesto de comillas con los dedos al pronunciar aquella palabra.
□...quedara expuesta públicamente, saldríamos muy mal parados. Eso es lo que los ignorantes creen que somos.
Pagó la comida y continuaron avanzando entre la multitud.
○Ya ves, viejo.
□Ya ves...
Ambos cultistas se alejaron sin llamar la atención. A simple vista parecían ciudadanos corrientes, hombres comunes inmersos en la rutina diaria. Y precisamente ahí residía la verdadera fortaleza del culto: sus miembros podían ser cualquiera. Tu padre, tu vecino o incluso un desconocido que cruzara la calle junto a ti. Bajo la apariencia de vidas ordinarias ocultaban una vasta red de influencias que se extendía desde los rincones más humildes hasta las más altas esferas. Aquella discreción garantizaba el éxito de sus designios y volvía casi imposible medir la magnitud de su alcance.
Dos hombres transitaban con parsimonia por la avenida, enfrascados en una conversación trivial.
○¿Te has enterado?
□¿De qué?
Replicó el otro.
El primero se detuvo al ver el semáforo en rojo y, tras cerciorarse de que nadie prestaba atención, respondió:
○Boris Madai fue depuesto y enviado a la misma penitenciaría que Howlett.
Su compañero soltó una carcajada incrédula.
□¿Me estás tomando el pelo? ¡Eso es magnífico!
La risa le arrancó una diminuta lágrima que limpió de su ojo de cristal.
□Ese malnacido por fin conoció el infortunio. En fin... ¿debemos eliminarlo?
○En absoluto
Respondió el primero.
○¿Quién crees que somos? No ejecutamos a los nuestros salvo que incurran en traición.
El semáforo cambió a verde y ambos reanudaron la marcha con absoluta tranquilidad.
□Lo sé, lo sé...
Musitó el segundo.
□Entonces, ¿quién se hará cargo del pendrive? Y ya que estamos, ¿quién demonios nos está saboteando?
Al llegar a la esquina adquirieron un par de refrescos y un hot dog. Mientras pagaba, el primero respondió:
○Humphrey Moriarty se encargará del asunto. Parece que pretende subsanar su cagada.
El otro dio un largo trago a su bebida antes de contestar.
□¿Ese depravado? Por favor... No quisiera ser el pobre infeliz que se cruce en su camino. Si nuestra "empresa"...
Hizo un gesto de comillas con los dedos al pronunciar aquella palabra.
□...quedara expuesta públicamente, saldríamos muy mal parados. Eso es lo que los ignorantes creen que somos.
Pagó la comida y continuaron avanzando entre la multitud.
○Ya ves, viejo.
□Ya ves...
Ambos cultistas se alejaron sin llamar la atención. A simple vista parecían ciudadanos corrientes, hombres comunes inmersos en la rutina diaria. Y precisamente ahí residía la verdadera fortaleza del culto: sus miembros podían ser cualquiera. Tu padre, tu vecino o incluso un desconocido que cruzara la calle junto a ti. Bajo la apariencia de vidas ordinarias ocultaban una vasta red de influencias que se extendía desde los rincones más humildes hasta las más altas esferas. Aquella discreción garantizaba el éxito de sus designios y volvía casi imposible medir la magnitud de su alcance.