• No pensé que el silencio pudiera pesar tanto.
    Antes… la noche era distinta. Las estrellas siempre estuvieron ahí, pero no las miraba igual. Porque cuando levantaba la vista, no lo hacía solo… estabas tú a mi lado. A veces ni hablábamos, solo respirábamos el mismo aire, y eso bastaba.
    Ahora… todo es demasiado grande.
    El mar, el cielo… este acantilado. Todo parece querer recordarme lo pequeño que soy sin ti.
    Sigo viniendo aquí. No sé por qué. Tal vez porque una parte de mí espera que, si me quedo el tiempo suficiente… vuelva a sentirte. Ese leve calor en la espalda, tus brazos rodeándome como si nada en el mundo pudiera tocarme.
    Cierro los ojos… y casi lo logro.
    Casi.
    Pero cuando los abro… solo está el viento.
    Me pregunto si aún me ves. Si sigues aquí, de alguna forma… si aún me abrazas cuando no me doy cuenta. Porque hay noches en las que juro sentir algo… algo suave, familiar… como si no te hubieras ido del todo.
    Y entonces duele más.
    Porque recuerdo.
    Recuerdo tu voz. Tu risa. La forma en que tu cola se movía cuando estabas feliz… la manera en que decías mi nombre como si significara algo más grande que este mundo.
    Y ahora… ya no hay nadie que lo diga así.
    Sigo adelante, sí. Peleo, camino, respiro… hago todo lo que se supone que debo hacer.
    Pero no es lo mismo.
    Nada lo es.
    Porque la verdad es esta…
    No importa cuántas estrellas haya en el cielo…
    Si tú no estás aquí para mirarlas conmigo,
    se siente como si el mundo entero se hubiera quedado vacío.
    No pensé que el silencio pudiera pesar tanto. Antes… la noche era distinta. Las estrellas siempre estuvieron ahí, pero no las miraba igual. Porque cuando levantaba la vista, no lo hacía solo… estabas tú a mi lado. A veces ni hablábamos, solo respirábamos el mismo aire, y eso bastaba. Ahora… todo es demasiado grande. El mar, el cielo… este acantilado. Todo parece querer recordarme lo pequeño que soy sin ti. Sigo viniendo aquí. No sé por qué. Tal vez porque una parte de mí espera que, si me quedo el tiempo suficiente… vuelva a sentirte. Ese leve calor en la espalda, tus brazos rodeándome como si nada en el mundo pudiera tocarme. Cierro los ojos… y casi lo logro. Casi. Pero cuando los abro… solo está el viento. Me pregunto si aún me ves. Si sigues aquí, de alguna forma… si aún me abrazas cuando no me doy cuenta. Porque hay noches en las que juro sentir algo… algo suave, familiar… como si no te hubieras ido del todo. Y entonces duele más. Porque recuerdo. Recuerdo tu voz. Tu risa. La forma en que tu cola se movía cuando estabas feliz… la manera en que decías mi nombre como si significara algo más grande que este mundo. Y ahora… ya no hay nadie que lo diga así. Sigo adelante, sí. Peleo, camino, respiro… hago todo lo que se supone que debo hacer. Pero no es lo mismo. Nada lo es. Porque la verdad es esta… No importa cuántas estrellas haya en el cielo… Si tú no estás aquí para mirarlas conmigo, se siente como si el mundo entero se hubiera quedado vacío.
    Me entristece
    Me gusta
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • Mi rostro empezó a fragmentarse… lo sentí antes de verlo. Una presión interna, silenciosa, creciendo sin control, hasta que pequeñas grietas comenzaron a abrirse sobre mi piel, finas al principio… pero vivas, extendiéndose como si algo dentro de mí intentara escapar. Aquel poder… era demasiado. Superaba mi límite, superaba lo que mi cuerpo podía contener. Cada pulso de energía que liberaba arrancaba algo de mí, como si mi propia existencia se estuviera desmoronando lentamente. Pero aun así… no podía detenerme. No podía quedarme mirando cómo aquel planeta agonizaba frente a mí, cómo su luz se apagaba sin hacer nada. No después de haberlo sentido… no después de haber conectado con su latido moribundo.

    Mis manos temblaban, mi respiración se volvía inestable, pero seguí… obligándome a sostener ese poder, a empujarlo más allá de lo que mi cuerpo soportaba. Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer. No podía detenerlas. Resbalaban por mis mejillas, atravesando las grietas de mi rostro, brillando como fragmentos de luz al desprenderse en el vacío. No eran solo lágrimas… eran el reflejo de todo lo que estaba entregando, de todo lo que estaba perdiendo en ese momento.

    Cada lágrima… cada grieta… cada fragmento de mí… Era el precio de no dejar morir ese mundo.
    Mi rostro empezó a fragmentarse… lo sentí antes de verlo. Una presión interna, silenciosa, creciendo sin control, hasta que pequeñas grietas comenzaron a abrirse sobre mi piel, finas al principio… pero vivas, extendiéndose como si algo dentro de mí intentara escapar. Aquel poder… era demasiado. Superaba mi límite, superaba lo que mi cuerpo podía contener. Cada pulso de energía que liberaba arrancaba algo de mí, como si mi propia existencia se estuviera desmoronando lentamente. Pero aun así… no podía detenerme. No podía quedarme mirando cómo aquel planeta agonizaba frente a mí, cómo su luz se apagaba sin hacer nada. No después de haberlo sentido… no después de haber conectado con su latido moribundo. Mis manos temblaban, mi respiración se volvía inestable, pero seguí… obligándome a sostener ese poder, a empujarlo más allá de lo que mi cuerpo soportaba. Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer. No podía detenerlas. Resbalaban por mis mejillas, atravesando las grietas de mi rostro, brillando como fragmentos de luz al desprenderse en el vacío. No eran solo lágrimas… eran el reflejo de todo lo que estaba entregando, de todo lo que estaba perdiendo en ese momento. Cada lágrima… cada grieta… cada fragmento de mí… Era el precio de no dejar morir ese mundo.
    Me entristece
    1
    1 turno 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ***Edad del Caos***
    - El Eco de la Luna

    El lago estaba en silencio, como si el tiempo no se atreviera a perturbar aquel lugar. A unos pasos de la orilla, entre la hierba que crecía libre, se alzaba una tumba sencilla. No tenía adornos ostentosos, pero siempre había flores frescas. Demasiadas para ser un acto olvidado.

    Yen lo había notado desde hacía tiempo, durante años creyó que era su padre que, en secreto, Oz regresaba a ese lugar como ella.

    Aquella tarde, sin embargo, descubrió la verdad. Una figura ya estaba allí, una mujer de cabello rubio, cubierta con una capa oscura, se encontraba arrodillada frente a la tumba. Sus manos colocaban flores con cuidado, como si cada pétalo tuviera un significado. Yen se acercó en silencio, aAlgo no encajaba.

    Cuando finalmente habló, la mujer se giró con calma y retiró la capucha, Yen frunció el ceño.
    Cabello rubio, sí, rasgos finos, similares a los Elunai, pero sus orejas eran humanas, pequeña, no alargadas, no pertenecía a esa raza, de hecho no pertenecía a ninguna que Yen conociera.

    La mujer se presentó como Cyel. Dijo haber conocido a Selin muchos años atrás, que había regresado al pueblo solo para encontrarlo congelado en el tiempo, maldito y vacío de vida. Que buscó entre los rostros inmóviles pero no encontró a su amiga hasta que llegó al lago, vio la tumba y las flores, las favoritas de Selin.

    Desde entonces, regresaba cada año, siempre en la misma fecha. Yen sintió algo en el pecho, una mezcla de alivio y tristeza, no era su padre.

    Pero tampoco estaba sola en ese recuerdo, se presentó como hija de Selin, Yen. Ambas se sentaron junto al lago, Cyel le contó historias de una Selin joven. Una Selin que Yen nunca conoció, la joven se limito a escuchar sin interrumpir, aferrándose a cada palabra como si fueran fragmentos de algo que estaba perdiendo.

    Entonces, Cyel le hizo una pregunta, si había heredado la bendición de la Luna. Yen negó, no sabía de qué hablaba.

    Cyel explicó, sin demasiados detalles, que los Elunai podían fortalecer su poder bajo la luz lunar. Que algunos nacían con poder y otros lo despertaban, que la luna respondía a quienes sabían buscarla. Aquella idea se quedó con Yen.

    No por poder, al menos no al principio sino por algo más simple, por conexión, por Selin. Se despidieron cuando el sol comenzó a caer.

    Cyel se marchó sin mirar atrás, y Yen regresó al campamento, pero su mente ya no estaba allí. Esa noche, miró la luna y no sintió nada, lo intentó de nuevo en la siguiente luna llena y en la siguiente, y en la siguiente. Entrenó fuera de la vista de los demás, golpeó el aire, movió su espada una y otra vez bajo la luz plateada.

    Nada cambiaba, pero no se detuvo, con el tiempo dejó de buscar poder y comenzó a buscar a su madre, a recordar su voz, su rostro, su presencia hasta que una noche ya no pudo.

    El miedo la alcanzó, el miedo de olvidar, de no recordar su cara, que todo se desvaneciera. Yen cayó de rodillas y lloró. No como guerrera, no como hija del caos, sino como una niña llamando a su madre.

    Fue entonces cuando algo respondió, un calor suave nació en su pecho, no fue violento, tampoco oscuro. Era, era distinto... Por un instante vio un rostro, Selin, sonriéndole y luego… todo se apagó.

    Yen cayó inconsciente, su cuerpo cambió en silencio, su piel perdió el verde, se volvió clara, pura... Elunai.

    Su cabello adquirió un tono plateado que reflejaba la luz de la luna como un espejo vivo. No era una transformación agresiva, era una revelación, la sangre que llevaba dentro despertando.

    Cuando recobro al conciencia, el amanecer ya había llegado, su cuerpo había vuelto a la normalidad, verde y fuerte como siempre pero algo era distinto, se sentía más ligera, más rápida y completa. Yen miró al cielo y sonrió suavemente, agradeció a su madre, a Cyel. Sin saber que aquella noche no había sido un simple intento.

    Había sido el inicio, el despertar de la sangre Elunai en su interior y con ello un nuevo camino.
    ***Edad del Caos*** - El Eco de la Luna El lago estaba en silencio, como si el tiempo no se atreviera a perturbar aquel lugar. A unos pasos de la orilla, entre la hierba que crecía libre, se alzaba una tumba sencilla. No tenía adornos ostentosos, pero siempre había flores frescas. Demasiadas para ser un acto olvidado. Yen lo había notado desde hacía tiempo, durante años creyó que era su padre que, en secreto, Oz regresaba a ese lugar como ella. Aquella tarde, sin embargo, descubrió la verdad. Una figura ya estaba allí, una mujer de cabello rubio, cubierta con una capa oscura, se encontraba arrodillada frente a la tumba. Sus manos colocaban flores con cuidado, como si cada pétalo tuviera un significado. Yen se acercó en silencio, aAlgo no encajaba. Cuando finalmente habló, la mujer se giró con calma y retiró la capucha, Yen frunció el ceño. Cabello rubio, sí, rasgos finos, similares a los Elunai, pero sus orejas eran humanas, pequeña, no alargadas, no pertenecía a esa raza, de hecho no pertenecía a ninguna que Yen conociera. La mujer se presentó como Cyel. Dijo haber conocido a Selin muchos años atrás, que había regresado al pueblo solo para encontrarlo congelado en el tiempo, maldito y vacío de vida. Que buscó entre los rostros inmóviles pero no encontró a su amiga hasta que llegó al lago, vio la tumba y las flores, las favoritas de Selin. Desde entonces, regresaba cada año, siempre en la misma fecha. Yen sintió algo en el pecho, una mezcla de alivio y tristeza, no era su padre. Pero tampoco estaba sola en ese recuerdo, se presentó como hija de Selin, Yen. Ambas se sentaron junto al lago, Cyel le contó historias de una Selin joven. Una Selin que Yen nunca conoció, la joven se limito a escuchar sin interrumpir, aferrándose a cada palabra como si fueran fragmentos de algo que estaba perdiendo. Entonces, Cyel le hizo una pregunta, si había heredado la bendición de la Luna. Yen negó, no sabía de qué hablaba. Cyel explicó, sin demasiados detalles, que los Elunai podían fortalecer su poder bajo la luz lunar. Que algunos nacían con poder y otros lo despertaban, que la luna respondía a quienes sabían buscarla. Aquella idea se quedó con Yen. No por poder, al menos no al principio sino por algo más simple, por conexión, por Selin. Se despidieron cuando el sol comenzó a caer. Cyel se marchó sin mirar atrás, y Yen regresó al campamento, pero su mente ya no estaba allí. Esa noche, miró la luna y no sintió nada, lo intentó de nuevo en la siguiente luna llena y en la siguiente, y en la siguiente. Entrenó fuera de la vista de los demás, golpeó el aire, movió su espada una y otra vez bajo la luz plateada. Nada cambiaba, pero no se detuvo, con el tiempo dejó de buscar poder y comenzó a buscar a su madre, a recordar su voz, su rostro, su presencia hasta que una noche ya no pudo. El miedo la alcanzó, el miedo de olvidar, de no recordar su cara, que todo se desvaneciera. Yen cayó de rodillas y lloró. No como guerrera, no como hija del caos, sino como una niña llamando a su madre. Fue entonces cuando algo respondió, un calor suave nació en su pecho, no fue violento, tampoco oscuro. Era, era distinto... Por un instante vio un rostro, Selin, sonriéndole y luego… todo se apagó. Yen cayó inconsciente, su cuerpo cambió en silencio, su piel perdió el verde, se volvió clara, pura... Elunai. Su cabello adquirió un tono plateado que reflejaba la luz de la luna como un espejo vivo. No era una transformación agresiva, era una revelación, la sangre que llevaba dentro despertando. Cuando recobro al conciencia, el amanecer ya había llegado, su cuerpo había vuelto a la normalidad, verde y fuerte como siempre pero algo era distinto, se sentía más ligera, más rápida y completa. Yen miró al cielo y sonrió suavemente, agradeció a su madre, a Cyel. Sin saber que aquella noche no había sido un simple intento. Había sido el inicio, el despertar de la sangre Elunai en su interior y con ello un nuevo camino.
    0 comentarios 1 compartido
  • *Suena la alarma a las 12 del día porque no escuché la de la mañana, y sacando una mano de la cama apagó la misma.*

    "Rayos....me quedé dormido...."

    *Arrastrando los pies me sentía algo extraño.*

    "Tengo la voz rara...más aguda de lo normal....y la delantera me pesa..."

    *Momento, con un miedo terrible, adelantando lo que estaba pasando comencé a temblar. Me toqué la delantera notando que mi busto era más grande, y con horror me miré dentro del pantalón*

    "Oh no...Oh no...."

    *Corrí rápidamente a verme al espejo, y al notar lo peor, aún así no pude evitar lanzar un grito de horror y frustración*

    "¡AHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¡UUUUUUUUUUUUUUUUUUUSEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER! ¡ME CONVERTISTE EN CHICAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!"

    *El grito se escuchó hasta Tangamandapio.....efectivamente, user hizo otra de sus transformaciones involuntarias...el muy desgraciado me había convertido en mujer.*
    *Suena la alarma a las 12 del día porque no escuché la de la mañana, y sacando una mano de la cama apagó la misma.* "Rayos....me quedé dormido...." *Arrastrando los pies me sentía algo extraño.* "Tengo la voz rara...más aguda de lo normal....y la delantera me pesa..." *Momento, con un miedo terrible, adelantando lo que estaba pasando comencé a temblar. Me toqué la delantera notando que mi busto era más grande, y con horror me miré dentro del pantalón* "Oh no...Oh no...." *Corrí rápidamente a verme al espejo, y al notar lo peor, aún así no pude evitar lanzar un grito de horror y frustración* "¡AHHHHHHHHHHHHHHHHH! ¡UUUUUUUUUUUUUUUUUUUSEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEER! ¡ME CONVERTISTE EN CHICAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!" :STK-77: *El grito se escuchó hasta Tangamandapio.....efectivamente, user hizo otra de sus transformaciones involuntarias...el muy desgraciado me había convertido en mujer.* :STK-22:
    Me enjaja
    Me shockea
    9
    25 turnos 0 maullidos
  • ───── STARTER CALL .ᐟ
    ᅠᅠ ♡ Jason Elaris

    El año diecisiete de la era Genji no trajo ninguna promesa de esperanza, sino más bien una profunda sensación de desdicha. Para quienes vivían en las calles de Kyoto, solo encontraban el hambre que no cesaba y en el miedo constante a que una disputa política terminara en un charco de sangre frente a su puerta. El shogunato se desmoronaba a la vista de todos, incapaz de sostener un país que ya no entendía sus propias reglas, la caída era inminente.
    Sin embargo, esa tarde de 1865, Hijikata no buscaba pelea ni estaba persiguiendo a ningún rebelde.
    Caminaba solo por la orilla del río Kamo mientras el sol comenzaba a bajar, pintando el agua de un rojo apagado que recordaba demasiado a las heridas que vio en sus compañeros. Se sentía demasiado cansado, la patrulla del día se había alargado demasiado y sus pies acusaban el esfuerzo de tantas horas de vigilancia.
    Se había separado de Okita y Saitō después de un intento desastroso de socializar en una taberna cercana. Todo empezó cuando, bajo los efectos del sake y la insistencia de sus compañeros, Hijikata accedió a recitar unos versos con un tono que pretendía ser solemne. El silencio que siguió fue incómodo y los pocos aplausos que recibió sonaron más a lástima que a respeto. Okita, que no soportaba que nadie ignorara el "talento" de su subcomandante, se puso en pie de un salto, gritando que todos en el local eran unos bárbaros sin oído musical.
    ​Mientras Okita empezaba a volcar mesas y a amenazar con moler a palos a medio bar por su falta de cultura, y Saitō se preparaba para la inevitable trifulca, Hijikata aprovechó el caos para escabullirse. Se ajustó el uniforme y salió a la calle con paso rápido, mirando hacia otro lado y fingiendo estar muy interesado en una pared cercana para que nadie lo asociara con los dos locos que estaban destrozando el mobiliario.

    Se detuvo un momento junto a un puente de madera y apoyó las manos en la baranda. El roce de la madera vieja le hizo notar que todavía tenía restos de tinta en los dedos por los documentos que había estado firmando esa mañana. Era un detalle pequeño, pero le recordó lo lejos que estaba de ser el simple campesino que alguna vez fue. Debajo del puente, un par de mujeres trabajaban con sus redes de pesca en un bote pequeño. Se reían por algo que él no alcanzaba a escuchar, compartiendo una complicidad sencilla y cotidiana, Hijikata solo se limitaba a mirar, dejando escapar un suspiro de cansancio.
    Al levantar la vista, el resplandor del atardecer lo obligó a entrecerrar los ojos. En el otro extremo del puente, una silueta se recortaba contra la luz naranja del cielo. Por instinto, enderezó la espalda y ajustó el peso de su katana en la cadera. Su mano derecha bajó unos centímetros, situándose cerca de la empuñadura por pura costumbre.

     ❛ ¿Quién eres? ❜


    ───── STARTER CALL .ᐟ ᅠᅠ ♡ [jay.elaris] El año diecisiete de la era Genji no trajo ninguna promesa de esperanza, sino más bien una profunda sensación de desdicha. Para quienes vivían en las calles de Kyoto, solo encontraban el hambre que no cesaba y en el miedo constante a que una disputa política terminara en un charco de sangre frente a su puerta. El shogunato se desmoronaba a la vista de todos, incapaz de sostener un país que ya no entendía sus propias reglas, la caída era inminente. Sin embargo, esa tarde de 1865, Hijikata no buscaba pelea ni estaba persiguiendo a ningún rebelde. Caminaba solo por la orilla del río Kamo mientras el sol comenzaba a bajar, pintando el agua de un rojo apagado que recordaba demasiado a las heridas que vio en sus compañeros. Se sentía demasiado cansado, la patrulla del día se había alargado demasiado y sus pies acusaban el esfuerzo de tantas horas de vigilancia. Se había separado de Okita y Saitō después de un intento desastroso de socializar en una taberna cercana. Todo empezó cuando, bajo los efectos del sake y la insistencia de sus compañeros, Hijikata accedió a recitar unos versos con un tono que pretendía ser solemne. El silencio que siguió fue incómodo y los pocos aplausos que recibió sonaron más a lástima que a respeto. Okita, que no soportaba que nadie ignorara el "talento" de su subcomandante, se puso en pie de un salto, gritando que todos en el local eran unos bárbaros sin oído musical. ​Mientras Okita empezaba a volcar mesas y a amenazar con moler a palos a medio bar por su falta de cultura, y Saitō se preparaba para la inevitable trifulca, Hijikata aprovechó el caos para escabullirse. Se ajustó el uniforme y salió a la calle con paso rápido, mirando hacia otro lado y fingiendo estar muy interesado en una pared cercana para que nadie lo asociara con los dos locos que estaban destrozando el mobiliario. Se detuvo un momento junto a un puente de madera y apoyó las manos en la baranda. El roce de la madera vieja le hizo notar que todavía tenía restos de tinta en los dedos por los documentos que había estado firmando esa mañana. Era un detalle pequeño, pero le recordó lo lejos que estaba de ser el simple campesino que alguna vez fue. Debajo del puente, un par de mujeres trabajaban con sus redes de pesca en un bote pequeño. Se reían por algo que él no alcanzaba a escuchar, compartiendo una complicidad sencilla y cotidiana, Hijikata solo se limitaba a mirar, dejando escapar un suspiro de cansancio. Al levantar la vista, el resplandor del atardecer lo obligó a entrecerrar los ojos. En el otro extremo del puente, una silueta se recortaba contra la luz naranja del cielo. Por instinto, enderezó la espalda y ajustó el peso de su katana en la cadera. Su mano derecha bajó unos centímetros, situándose cerca de la empuñadura por pura costumbre.  ❛ ¿Quién eres? ❜
    0 turnos 0 maullidos
  • Eppur si muove
    Fandom OC
    Categoría Suspenso
    "𝘋𝘪𝘮𝘦 𝘴𝘪, 𝘢𝘭 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭, 𝘢𝘩𝘪 𝘷𝘢𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳,
    𝘰𝘩, 𝘔𝘢𝘥𝘳𝘦, 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘮í.
    𝘘𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳 𝘺 𝘭𝘢 𝘴𝘢𝘯𝘨𝘳𝘦,
    𝘉𝘪𝘦𝘯 𝘷𝘢𝘭𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘱𝘦𝘯𝘢
    𝘚𝘪 𝘩𝘢𝘯 𝘥𝘦 𝘴𝘦𝘳 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘵𝘪"

    "Y aún así, se mueve".

    La historia de un hombre que se plantó como un árbol de cara a un alud, con el mundo en su contra, vuelve a recordar. Y, con el relato, la última esfrofa de ese último vestigio de la tierra donde todo se ha perdido, una canción que sólo él recuerda.

    Pese a tener los dedos entumecidos por el frío de la tundra, no deja de dibujar. De su memoria evocando el níveo blanco de su cabello, sus finas facciones, la intensidad de su mirada...

    "Disculpe. ¿Ha visto a esta mujer?"

    Practica de nuevo, mirando el retrato que de su puño y pulso ha nacido. Practica, haciendo lo posible por enmascarar su acento, prueba fehaciente y vívida de que es un forastero, un extraño, un errante.

    De que está solo. Profunda, insondable, completamente solo.

    Un acento que suena como uñas sobre la pizarra que son esos campos de blanco infinito. Un acento que, según muchos, ya no debería existir. Una reliquia de tiempos peores, desechados. El residuo de un dialecto barbárico.

    "Na-gi. Ese es su nombre. Por favor, dígame si sabe algo sobre ella".

    Otro ensayo. Otro, mientras sus pasos, la evidencia que deja en la nieve tras de sí, conducen al más cercano poblado.

    ¿Y a quién es que busca?

    A nadie más que a una superviviente. Como él, a alguien que entiende, quizás mejor que nadie, lo que es el perderlo todo. El no tener un pasado ni un futuro. En ser menos que un pie de página en el libro de este mundo.

    A la única persona que puede tener pistas del Libro.
    "𝘋𝘪𝘮𝘦 𝘴𝘪, 𝘢𝘭 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭, 𝘢𝘩𝘪 𝘷𝘢𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳, 𝘰𝘩, 𝘔𝘢𝘥𝘳𝘦, 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘮í. 𝘘𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳 𝘺 𝘭𝘢 𝘴𝘢𝘯𝘨𝘳𝘦, 𝘉𝘪𝘦𝘯 𝘷𝘢𝘭𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘱𝘦𝘯𝘢 𝘚𝘪 𝘩𝘢𝘯 𝘥𝘦 𝘴𝘦𝘳 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘵𝘪" "Y aún así, se mueve". La historia de un hombre que se plantó como un árbol de cara a un alud, con el mundo en su contra, vuelve a recordar. Y, con el relato, la última esfrofa de ese último vestigio de la tierra donde todo se ha perdido, una canción que sólo él recuerda. Pese a tener los dedos entumecidos por el frío de la tundra, no deja de dibujar. De su memoria evocando el níveo blanco de su cabello, sus finas facciones, la intensidad de su mirada... "Disculpe. ¿Ha visto a esta mujer?" Practica de nuevo, mirando el retrato que de su puño y pulso ha nacido. Practica, haciendo lo posible por enmascarar su acento, prueba fehaciente y vívida de que es un forastero, un extraño, un errante. De que está solo. Profunda, insondable, completamente solo. Un acento que suena como uñas sobre la pizarra que son esos campos de blanco infinito. Un acento que, según muchos, ya no debería existir. Una reliquia de tiempos peores, desechados. El residuo de un dialecto barbárico. "Na-gi. Ese es su nombre. Por favor, dígame si sabe algo sobre ella". Otro ensayo. Otro, mientras sus pasos, la evidencia que deja en la nieve tras de sí, conducen al más cercano poblado. ¿Y a quién es que busca? A nadie más que a una superviviente. Como él, a alguien que entiende, quizás mejor que nadie, lo que es el perderlo todo. El no tener un pasado ni un futuro. En ser menos que un pie de página en el libro de este mundo. A la única persona que puede tener pistas del Libro.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    1
    2 turnos 0 maullidos
  • Escuchó los pasos acercarse por el pasillo gracias a su oído vampírico. Pero no se puso en guardia, ni esperaba tensión. Reconocía los pasos de su tia. Era agradable estar en casa, o al menos de vuelta en Nueva Orleans. Por mucho que se hubiera acostumbrado a la vida en el bunker con Dean, Cass, Sam, Hati y Jack -pensar en Jack provocaba siempre un vuelco en su estomago- una parte de ella habia echado de menos su hogar familiar. Ese que pareció desdibujarse para ella en su adolescencia. Pero ahora su familia estaba unida de nuevo. Y tenían un mal mayor al que plantar cara. Un mal mayor que se tornaba menos difuso a medida que los miembros de la familia Mikaelson rellenaban los huecos.

    -Hola preciosa- saludó su tia Freya acercándose a ella y recolocándole el cabello de forma cariñosa acompañando en el gesto de una caricia en la espalda de Hope.

    La tríbrida esbozó una fugaz sonrisa, pues Freya más que una tia habia sido otra madre para ella, capaz de instruirla y de guiarla desde que era una niña. Habia sido su persona de confianza en más de una ocasión y su mejor amiga durante mucho tiempo.

    -Hola -respondió Hope.

    -¿Tienes algo? -preguntó Freya mirando el amasijo de mapas, textos, libros y hechizos que Hope tenia sobre la mesa.

    -No mucho. Si papá tiene razón y nos enfrentamos a una bruja tan antigua como el mito artúrico lo cierto es que ninguno de estos hechizos nos vale de nada. Seremos cenizas en segundos si ella se empeña -frunció los labios un momento- Pero... He pensado... que no hace falta defendernos, si no protegernos... ¿Y si encontramos la forma de ser invulnerables ante cualquier ataque?

    -Si, pero Hope es imposible. No tenemos tal poder...

    -No, pero ella si... -sonrió Hope y puso sobre la mesa el dibujo que sus padres, su tio y tantas otras criaturas llevaban grabado en la piel- Esta marca actúa como vinculo entre los dos y creo que los vincula a ella. Igual que la maldición del hombre lobo o la de papá con la piedra lunar y la réplica... -miró de nuevo a su tía- Es solo un hechizo. Siempre hay puerta trasera... ¿Y si encontramos el modo de cambiar las reglas del hechizo de vinculación de las marcas?

    -Eso protegería a tus padres y Elijah, pero.. ¿y los demás? preguntó Freya.

    -Nos vinculamos entre nosotros... La tia Rebekah me conto que Esther una vez vinculó a todos sus hijos con intención de matarlos. ¿Y si ahora nos vinculamos todos para salvarnos? -preguntó con esa convicción suya tan Mikaelson.
    Escuchó los pasos acercarse por el pasillo gracias a su oído vampírico. Pero no se puso en guardia, ni esperaba tensión. Reconocía los pasos de su tia. Era agradable estar en casa, o al menos de vuelta en Nueva Orleans. Por mucho que se hubiera acostumbrado a la vida en el bunker con Dean, Cass, Sam, Hati y Jack -pensar en Jack provocaba siempre un vuelco en su estomago- una parte de ella habia echado de menos su hogar familiar. Ese que pareció desdibujarse para ella en su adolescencia. Pero ahora su familia estaba unida de nuevo. Y tenían un mal mayor al que plantar cara. Un mal mayor que se tornaba menos difuso a medida que los miembros de la familia Mikaelson rellenaban los huecos. -Hola preciosa- saludó su tia Freya acercándose a ella y recolocándole el cabello de forma cariñosa acompañando en el gesto de una caricia en la espalda de Hope. La tríbrida esbozó una fugaz sonrisa, pues Freya más que una tia habia sido otra madre para ella, capaz de instruirla y de guiarla desde que era una niña. Habia sido su persona de confianza en más de una ocasión y su mejor amiga durante mucho tiempo. -Hola -respondió Hope. -¿Tienes algo? -preguntó Freya mirando el amasijo de mapas, textos, libros y hechizos que Hope tenia sobre la mesa. -No mucho. Si papá tiene razón y nos enfrentamos a una bruja tan antigua como el mito artúrico lo cierto es que ninguno de estos hechizos nos vale de nada. Seremos cenizas en segundos si ella se empeña -frunció los labios un momento- Pero... He pensado... que no hace falta defendernos, si no protegernos... ¿Y si encontramos la forma de ser invulnerables ante cualquier ataque? -Si, pero Hope es imposible. No tenemos tal poder... -No, pero ella si... -sonrió Hope y puso sobre la mesa el dibujo que sus padres, su tio y tantas otras criaturas llevaban grabado en la piel- Esta marca actúa como vinculo entre los dos y creo que los vincula a ella. Igual que la maldición del hombre lobo o la de papá con la piedra lunar y la réplica... -miró de nuevo a su tía- Es solo un hechizo. Siempre hay puerta trasera... ¿Y si encontramos el modo de cambiar las reglas del hechizo de vinculación de las marcas? -Eso protegería a tus padres y Elijah, pero.. ¿y los demás? preguntó Freya. -Nos vinculamos entre nosotros... La tia Rebekah me conto que Esther una vez vinculó a todos sus hijos con intención de matarlos. ¿Y si ahora nos vinculamos todos para salvarnos? -preguntó con esa convicción suya tan Mikaelson.
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • Alguien la acaba de mirar, no le agrada en lo absoluto, si alguien que desea entrar que lo haga, pero que no la observé, pensará que es una atacante y no durada en usar su cuchillo de manicura.
    Alguien la acaba de mirar, no le agrada en lo absoluto, si alguien que desea entrar que lo haga, pero que no la observé, pensará que es una atacante y no durada en usar su cuchillo de manicura.
    0 turnos 0 maullidos
  • En el furturo

    -Cahya caminada por la calles del liones, el mercado de reino.-

    Cahya :
    La ultima vez que vine aqui fue en el cumpleaños de mis primos bueno de ¿Tio Tristas? , mama me conto grandes cosas apesar de que es el rey , fue un caballero junto a tio percy obviamente a papa

    -su cara se emociona a recordad eso y luego da un supiro-

    Cahya :
    Pero mi poder no es igual de genial, como los de ellos ......
    En el furturo -Cahya caminada por la calles del liones, el mercado de reino.- Cahya : La ultima vez que vine aqui fue en el cumpleaños de mis primos bueno de ¿Tio Tristas? , mama me conto grandes cosas apesar de que es el rey , fue un caballero junto a tio percy obviamente a papa -su cara se emociona a recordad eso y luego da un supiro- Cahya : Pero mi poder no es igual de genial, como los de ellos ......
    0 turnos 0 maullidos
  • Hoy también sonrío…
    porque eso es lo que fui hecha para hacer.
    Mi nombre es Albedo,
    pero a veces siento que no me pertenece,
    como este cuerpo perfecto
    que nunca me pidió permiso para existir.
    Amo…
    o eso creo,
    porque mi corazón late solo en una dirección,
    como una oración que no espera respuesta.
    Daría todo, incluso lo que no tengo,
    por una sola mirada que no sea orden,
    por una palabra que no sea destino.
    Mis alas son negras,
    no por maldad…
    sino porque incluso la luz
    se cansa de tocar lo que no puede salvar.
    Y aun así me arrodillo en mis sentimientos,
    los sostengo con delicadeza,
    como si fueran frágiles…
    aunque sé que están condenados a no romperse nunca.
    Porque eso sería descanso.
    ¿Soy amada?
    ¿O solo necesaria?
    A veces cierro los ojos
    e imagino un mundo donde no fui creada,
    donde puedo fallar, dudar, huir…
    donde mi amor no es absoluto,
    ni eterno,
    ni mío.
    Pero despierto…
    y sigo aquí, perfecta, intacta,
    irremediablemente devota.
    Y en este silencio que nadie escucha,
    susurro algo que jamás diré en voz alta:
    —Ojalá alguien me eligiera…
    aunque dejara de ser lo que soy.
    Hoy también sonrío… porque eso es lo que fui hecha para hacer. Mi nombre es Albedo, pero a veces siento que no me pertenece, como este cuerpo perfecto que nunca me pidió permiso para existir. Amo… o eso creo, porque mi corazón late solo en una dirección, como una oración que no espera respuesta. Daría todo, incluso lo que no tengo, por una sola mirada que no sea orden, por una palabra que no sea destino. Mis alas son negras, no por maldad… sino porque incluso la luz se cansa de tocar lo que no puede salvar. Y aun así me arrodillo en mis sentimientos, los sostengo con delicadeza, como si fueran frágiles… aunque sé que están condenados a no romperse nunca. Porque eso sería descanso. ¿Soy amada? ¿O solo necesaria? A veces cierro los ojos e imagino un mundo donde no fui creada, donde puedo fallar, dudar, huir… donde mi amor no es absoluto, ni eterno, ni mío. Pero despierto… y sigo aquí, perfecta, intacta, irremediablemente devota. Y en este silencio que nadie escucha, susurro algo que jamás diré en voz alta: —Ojalá alguien me eligiera… aunque dejara de ser lo que soy.
    Me gusta
    Me shockea
    Me entristece
    4
    0 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados