• Habían transcurrido más de dos horas y ningún cliente aparecía en la cafetería, los párpados de Tangi pesaban demasiado. Había intentado mantenerse despierto limpiando mesas, acomodando vasos e incluso contando sobres de azúcar por aburrimiento, pero nada funcionaba. No era la primera vez que eso le sucedía así que a pesar de sus esfuerzos lo más probable es que volvieran a llamarle la atención por quedarse dormido en el trabajo.
    Habían transcurrido más de dos horas y ningún cliente aparecía en la cafetería, los párpados de Tangi pesaban demasiado. Había intentado mantenerse despierto limpiando mesas, acomodando vasos e incluso contando sobres de azúcar por aburrimiento, pero nada funcionaba. No era la primera vez que eso le sucedía así que a pesar de sus esfuerzos lo más probable es que volvieran a llamarle la atención por quedarse dormido en el trabajo.
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  • Hay momentos que aún creo que esto es un sueño, salir para disfrutar comidas deliciosas con el mejor novio del mundo. Te amo Alex, gracias por hacerme ver que no soy tan delicada y que puedo ser independiente a un hombre.

    Alex Roberts
    Hay momentos que aún creo que esto es un sueño, salir para disfrutar comidas deliciosas con el mejor novio del mundo. Te amo Alex, gracias por hacerme ver que no soy tan delicada y que puedo ser independiente a un hombre. [Blackthcx_2]
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  • Un nuevo amanecer reclama el mundo exterior con su luz implacable, pero la calidez que me abraza entre estas sábanas es un refugio demasiado perfecto como para abandonarlo. El descanso es tan dulce y malditamente relajante... que prefiero mantener los ojos cerrados, suspendido en este tierno letargo. Me complazco en pretender, aunque sea por unos minutos más, que el tiempo se ha detenido y el deber no existe; sin embargo, al delinear el vacío en la almohada contigua, no puedo evitar pensar que este nido de seda y calma solo necesita un pequeño eco ajeno para ser, finalmente, eterno.
    Un nuevo amanecer reclama el mundo exterior con su luz implacable, pero la calidez que me abraza entre estas sábanas es un refugio demasiado perfecto como para abandonarlo. El descanso es tan dulce y malditamente relajante... que prefiero mantener los ojos cerrados, suspendido en este tierno letargo. Me complazco en pretender, aunque sea por unos minutos más, que el tiempo se ha detenido y el deber no existe; sin embargo, al delinear el vacío en la almohada contigua, no puedo evitar pensar que este nido de seda y calma solo necesita un pequeño eco ajeno para ser, finalmente, eterno.
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  • *Lilithia supo las muertes que ese ser causaba cuando despertaba de su latergo, aunque no es muy de pelear, tampoco se podría quedar ajena a las pérdidas de vidas inocentes que ese ser había provocado, solo para ¿que?

    Un ser tan despreciable que solo alarga su vida, cambiado organos ya dañados por sanos de sus víctimas, un ser tan rastrero y caroñero como ese, no merece vivir.

    Por lo que esa noche fue a buscarlo, logrado por suerte salvar a dos personas que parecía que los tenía como objetivo, lo llevo lejos de ellos, dándoles oportunidad de escapar, mientras ella lo enfrentaria, no sabe cuanto tiempo le iba a tomar pues tenía ya tiempo y antes de ella naciera, que ese moustro había estado cazado a personas inocentes y seguramente en su interior alberga mas de un corazón.

    Para llegar a matarlo completame, Lilithia debía destruir cada uno de esos corazones, solo asi ese ser dejaría de vivir, esto al parecer será una batalla de desgaste.

    Aun asi no se va a rendir tan fácilmente, estaba dispuesta a acabar con ese engendro, cueste lo que cueste, aunque deberá vigilar una vez que lo derrote, cuando vuelva a desperar para volver a asesinarlo y para evitar que vuelva a acumular corazones deberá matenerlo en lugar apartado de las personas, ser la vigilante de eso hasta destruir su último corazón.

    Usado su espada roja comenzó la batalla, el ser tomo una hacha con ambas manos, aunque para sorpresa de Lilithia, de la nada sale otro brazo para atacarla, a duras penas logró esquivar el ataque, recibiendo un corte en uno de sus brazos, pronto la sangre comenzó a emerge por la herida, aun pese al dolor, sujeta con fuerza la empuñadora de su espada.

    Con una voluntad inquebrantable la pelea sigue, logrado asi destruir el primer corazón del ese ser, quien sorprendido, lanza un grito ensordesedor para hacer que pierda la concentración.

    Pese al potente grito, la chica no sede, debe debilitarlo más para asi capturado y tenerlo contenido para cada vez que vuelva a despertar, destruir otro corazón, hasta acabarlo, pero solo en mantenerlo preso, será suficiente para evitar que busque más víctimas para remplazar los corazones perdidos. *
    *Lilithia supo las muertes que ese ser causaba cuando despertaba de su latergo, aunque no es muy de pelear, tampoco se podría quedar ajena a las pérdidas de vidas inocentes que ese ser había provocado, solo para ¿que? Un ser tan despreciable que solo alarga su vida, cambiado organos ya dañados por sanos de sus víctimas, un ser tan rastrero y caroñero como ese, no merece vivir. Por lo que esa noche fue a buscarlo, logrado por suerte salvar a dos personas que parecía que los tenía como objetivo, lo llevo lejos de ellos, dándoles oportunidad de escapar, mientras ella lo enfrentaria, no sabe cuanto tiempo le iba a tomar pues tenía ya tiempo y antes de ella naciera, que ese moustro había estado cazado a personas inocentes y seguramente en su interior alberga mas de un corazón. Para llegar a matarlo completame, Lilithia debía destruir cada uno de esos corazones, solo asi ese ser dejaría de vivir, esto al parecer será una batalla de desgaste. Aun asi no se va a rendir tan fácilmente, estaba dispuesta a acabar con ese engendro, cueste lo que cueste, aunque deberá vigilar una vez que lo derrote, cuando vuelva a desperar para volver a asesinarlo y para evitar que vuelva a acumular corazones deberá matenerlo en lugar apartado de las personas, ser la vigilante de eso hasta destruir su último corazón. Usado su espada roja comenzó la batalla, el ser tomo una hacha con ambas manos, aunque para sorpresa de Lilithia, de la nada sale otro brazo para atacarla, a duras penas logró esquivar el ataque, recibiendo un corte en uno de sus brazos, pronto la sangre comenzó a emerge por la herida, aun pese al dolor, sujeta con fuerza la empuñadora de su espada. Con una voluntad inquebrantable la pelea sigue, logrado asi destruir el primer corazón del ese ser, quien sorprendido, lanza un grito ensordesedor para hacer que pierda la concentración. Pese al potente grito, la chica no sede, debe debilitarlo más para asi capturado y tenerlo contenido para cada vez que vuelva a despertar, destruir otro corazón, hasta acabarlo, pero solo en mantenerlo preso, será suficiente para evitar que busque más víctimas para remplazar los corazones perdidos. *
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  • La teoría de las cosas demasiado cerca
    Categoría Comedia
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.

    (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato. (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
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    Grupal
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  • Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea contra el vidrio.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.
    Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato.
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  • ♥— En este día, permitidme dirigir unas palabras a aquellos que llaman "padre". —♥

    ♥— No por la fuerza de sus manos, sino por la firmeza de su corazón, son quienes resguardan a sus seres queridos incluso en el silencio.
    Son refugio en la tormenta, guía en la incertidumbre, y la presencia que permanece cuando todo parece desvanecerse.
    Hoy os honro por vuestra dedicación, por los sacrificios que pocos ven y por el amor que muchas veces se expresa más con acciones que con palabras.
    Que este día os traiga orgullo y felicidad, pues quienes caminan bajo vuestra protección son prueba de la huella que habéis dejado en sus vidas.— ♥

    ♥—Feliz Día del Padre. —♥

    — Con mi más distinguido respeto, Albedo. ♡

    ♥— Para papá:

    https://youtube.com/shorts/CMwtIbFywr4?si=6yZZHnCC8D6GUBRy
    ♥— En este día, permitidme dirigir unas palabras a aquellos que llaman "padre". —♥ ♥— No por la fuerza de sus manos, sino por la firmeza de su corazón, son quienes resguardan a sus seres queridos incluso en el silencio. Son refugio en la tormenta, guía en la incertidumbre, y la presencia que permanece cuando todo parece desvanecerse. Hoy os honro por vuestra dedicación, por los sacrificios que pocos ven y por el amor que muchas veces se expresa más con acciones que con palabras. Que este día os traiga orgullo y felicidad, pues quienes caminan bajo vuestra protección son prueba de la huella que habéis dejado en sus vidas.— ♥ ♥—Feliz Día del Padre. —♥ — Con mi más distinguido respeto, Albedo. ♡ ♥— Para papá: https://youtube.com/shorts/CMwtIbFywr4?si=6yZZHnCC8D6GUBRy
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  • El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente.

    La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.

    El mercader avanzó con cuidado.

    No porque dudara de sí mismo.

    Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.

    El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.

    Gavlan se detuvo.

    Inclinó ligeramente la cabeza.

    —Hm...

    Esperó.

    Ahí estaba otra vez.

    Un sonido bajo, casi como un lamento.

    Miró a su alrededor.

    Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.

    Algunos de ellos tenían formas extrañas.

    Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.

    Y de aquellos árboles salían los sonidos.

    Quejidos débiles.

    Susurros antiguos.

    Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.

    Observó el rostro formado en el tronco.

    —Vaya...

    Su voz salió más baja de lo normal.

    —He visto mercancía extraña en mis viajes.

    Pasó una mano por la corteza.

    —Pero árboles que parecen querer contar una historia...

    Miró el rostro inmóvil.

    —Eso es nuevo.

    El árbol respondió con otro lamento.

    Gavlan retiró la mano.

    —Bien.

    Una pausa.

    —Supongo que no eres de los que negocian.

    Continuó su camino.

    Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.

    Entonces escuchó otro sonido.

    Esta vez no era un quejido.

    Era una respiración.

    Pesada.

    Profunda.

    Gavlan se detuvo de golpe.

    Entre la niebla, algo se movió.

    Primero vio la sombra.

    Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.

    Y finalmente la figura.

    Un gigante.

    Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.

    Gavlan permaneció quieto observándolo.

    No sacó su arma.

    No corrió.

    Simplemente lo evaluó.

    Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.

    —Bueno...

    Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.

    —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.

    La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.

    Gavlan miró sus flechas.

    Luego al gigante.

    Después a la enorme distancia que los separaba.

    —No creo que una venta vaya a ser sencilla.

    Una leve risa salió bajo su casco.

    —Aunque debo admitirlo...

    Observó al gigante una vez más.

    —Sería el cliente más grande que he tenido.

    El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.

    Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...

    Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.

    Buscar caminos nuevos.

    Encontrar mercancías nuevas.

    Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
    El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente. La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris. El mercader avanzó con cuidado. No porque dudara de sí mismo. Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos. El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque. Gavlan se detuvo. Inclinó ligeramente la cabeza. —Hm... Esperó. Ahí estaba otra vez. Un sonido bajo, casi como un lamento. Miró a su alrededor. Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles. Algunos de ellos tenían formas extrañas. Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor. Y de aquellos árboles salían los sonidos. Quejidos débiles. Susurros antiguos. Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos. Observó el rostro formado en el tronco. —Vaya... Su voz salió más baja de lo normal. —He visto mercancía extraña en mis viajes. Pasó una mano por la corteza. —Pero árboles que parecen querer contar una historia... Miró el rostro inmóvil. —Eso es nuevo. El árbol respondió con otro lamento. Gavlan retiró la mano. —Bien. Una pausa. —Supongo que no eres de los que negocian. Continuó su camino. Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás. Entonces escuchó otro sonido. Esta vez no era un quejido. Era una respiración. Pesada. Profunda. Gavlan se detuvo de golpe. Entre la niebla, algo se movió. Primero vio la sombra. Después una enorme mano apoyándose sobre una roca. Y finalmente la figura. Un gigante. Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo. Gavlan permaneció quieto observándolo. No sacó su arma. No corrió. Simplemente lo evaluó. Como si estuviera frente a un posible cliente difícil. —Bueno... Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón. —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes. La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles. Gavlan miró sus flechas. Luego al gigante. Después a la enorme distancia que los separaba. —No creo que una venta vaya a ser sencilla. Una leve risa salió bajo su casco. —Aunque debo admitirlo... Observó al gigante una vez más. —Sería el cliente más grande que he tenido. El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla. Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla... Gavlan había salido de aquella taberna por una razón. Buscar caminos nuevos. Encontrar mercancías nuevas. Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
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  • Espero que estés disfrutando este momento..

    *Comentó tomando su taza de te, mientras le miraba notando su sonrisa, tanto que se distrae un poco. *

    En serio tienes linda sonrisa...
    Espero que estés disfrutando este momento.. *Comentó tomando su taza de te, mientras le miraba notando su sonrisa, tanto que se distrae un poco. * En serio tienes linda sonrisa...
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  • Técnicos corrían de un lado a otro, cámaras flotantes ajustaban ángulos y enormes paneles luminosos anunciaban el evento más esperado del Infierno. Por primera vez en muchísimo tiempo, dos medios rivales habían decidido colaborar.

    Y, sorprendentemente, Vox estaba encantado con ello.

    —¡Más luces en el escenario principal! ¡Quiero que esas cámaras puedan captar cada maldito detalle! —

    ordené mientras observaba decenas de monitores al mismo tiempo

    —. ¡Esto va a romper todos los récords de audiencia!

    Mi sonrisa digital brillaba de oreja a oreja. Las estadísticas subían incluso antes de comenzar la transmisión. La expectativa era enorme. Televisión y radio unidas. Vox y Alastor compartiendo pantalla. Era una combinación tan absurda que se había vuelto irresistible.

    Giré sobre mis talones al escuchar movimiento detrás de mí.

    —¡Ah! Justo a quien buscaba.

    Me acerqué con una energía inusualmente genuina, sosteniendo una tableta repleta de datos, horarios y proyecciones de audiencia.

    —Escucha, Alastor. Sé que normalmente haces las cosas a tu manera, pero esta noche necesitamos algo grande. Nada de desapariciones misteriosas a mitad del espectáculo, nada de convertir a los camarógrafos en decoración ni de asustar a los patrocinadores antes de tiempo.

    Solté una pequeña risa electrónica.

    —Bueno... al menos no durante los primeros treinta minutos.

    Las pantallas cercanas mostraron una cuenta regresiva gigante. Faltaban pocos minutos para salir al aire.

    —¿Puedes creerlo? Toda la ciudad está pendiente de esto. Tu audiencia, mi audiencia... por una vez todos están mirando la misma transmisión.

    Extendí un brazo hacia el enorme escenario iluminado al otro lado del cristal.

    —Vamos, viejo amigo. Te toca prepararte. En cuanto esa cuenta llegue a cero, vamos a demostrarle al Infierno lo que ocurre cuando la radio y la televisión dejan de pelear y deciden conquistar el mundo juntos.

    ༒𓂀 𝔸𝕝𝕒𝕤𝕥𝕠𝕣 𝕿𝖍𝖊 𝕽𝖆𝖉𝖎𝖔 𝕯𝖊𝖒𝖔𝖓𓂀༒
    Técnicos corrían de un lado a otro, cámaras flotantes ajustaban ángulos y enormes paneles luminosos anunciaban el evento más esperado del Infierno. Por primera vez en muchísimo tiempo, dos medios rivales habían decidido colaborar. Y, sorprendentemente, Vox estaba encantado con ello. —¡Más luces en el escenario principal! ¡Quiero que esas cámaras puedan captar cada maldito detalle! — ordené mientras observaba decenas de monitores al mismo tiempo —. ¡Esto va a romper todos los récords de audiencia! Mi sonrisa digital brillaba de oreja a oreja. Las estadísticas subían incluso antes de comenzar la transmisión. La expectativa era enorme. Televisión y radio unidas. Vox y Alastor compartiendo pantalla. Era una combinación tan absurda que se había vuelto irresistible. Giré sobre mis talones al escuchar movimiento detrás de mí. —¡Ah! Justo a quien buscaba. Me acerqué con una energía inusualmente genuina, sosteniendo una tableta repleta de datos, horarios y proyecciones de audiencia. —Escucha, Alastor. Sé que normalmente haces las cosas a tu manera, pero esta noche necesitamos algo grande. Nada de desapariciones misteriosas a mitad del espectáculo, nada de convertir a los camarógrafos en decoración ni de asustar a los patrocinadores antes de tiempo. Solté una pequeña risa electrónica. —Bueno... al menos no durante los primeros treinta minutos. Las pantallas cercanas mostraron una cuenta regresiva gigante. Faltaban pocos minutos para salir al aire. —¿Puedes creerlo? Toda la ciudad está pendiente de esto. Tu audiencia, mi audiencia... por una vez todos están mirando la misma transmisión. Extendí un brazo hacia el enorme escenario iluminado al otro lado del cristal. —Vamos, viejo amigo. Te toca prepararte. En cuanto esa cuenta llegue a cero, vamos a demostrarle al Infierno lo que ocurre cuando la radio y la televisión dejan de pelear y deciden conquistar el mundo juntos. [Alastor_rabbit]
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