• La teoría de las cosas demasiado cerca
    Categoría Comedia
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea contra el vidrio.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.

    (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato. (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
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    Grupal
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    Estado
    Disponible
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  • Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea contra el vidrio.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.
    Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato.
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  • ♥— En este día, permitidme dirigir unas palabras a aquellos que llaman "padre". —♥

    ♥— No por la fuerza de sus manos, sino por la firmeza de su corazón, son quienes resguardan a sus seres queridos incluso en el silencio.
    Son refugio en la tormenta, guía en la incertidumbre, y la presencia que permanece cuando todo parece desvanecerse.
    Hoy os honro por vuestra dedicación, por los sacrificios que pocos ven y por el amor que muchas veces se expresa más con acciones que con palabras.
    Que este día os traiga orgullo y felicidad, pues quienes caminan bajo vuestra protección son prueba de la huella que habéis dejado en sus vidas.— ♥

    ♥—Feliz Día del Padre. —♥

    — Con mi más distinguido respeto, Albedo. ♡

    ♥— Para papá:

    https://youtube.com/shorts/CMwtIbFywr4?si=6yZZHnCC8D6GUBRy
    ♥— En este día, permitidme dirigir unas palabras a aquellos que llaman "padre". —♥ ♥— No por la fuerza de sus manos, sino por la firmeza de su corazón, son quienes resguardan a sus seres queridos incluso en el silencio. Son refugio en la tormenta, guía en la incertidumbre, y la presencia que permanece cuando todo parece desvanecerse. Hoy os honro por vuestra dedicación, por los sacrificios que pocos ven y por el amor que muchas veces se expresa más con acciones que con palabras. Que este día os traiga orgullo y felicidad, pues quienes caminan bajo vuestra protección son prueba de la huella que habéis dejado en sus vidas.— ♥ ♥—Feliz Día del Padre. —♥ — Con mi más distinguido respeto, Albedo. ♡ ♥— Para papá: https://youtube.com/shorts/CMwtIbFywr4?si=6yZZHnCC8D6GUBRy
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  • El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente.

    La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.

    El mercader avanzó con cuidado.

    No porque dudara de sí mismo.

    Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.

    El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.

    Gavlan se detuvo.

    Inclinó ligeramente la cabeza.

    —Hm...

    Esperó.

    Ahí estaba otra vez.

    Un sonido bajo, casi como un lamento.

    Miró a su alrededor.

    Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.

    Algunos de ellos tenían formas extrañas.

    Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.

    Y de aquellos árboles salían los sonidos.

    Quejidos débiles.

    Susurros antiguos.

    Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.

    Observó el rostro formado en el tronco.

    —Vaya...

    Su voz salió más baja de lo normal.

    —He visto mercancía extraña en mis viajes.

    Pasó una mano por la corteza.

    —Pero árboles que parecen querer contar una historia...

    Miró el rostro inmóvil.

    —Eso es nuevo.

    El árbol respondió con otro lamento.

    Gavlan retiró la mano.

    —Bien.

    Una pausa.

    —Supongo que no eres de los que negocian.

    Continuó su camino.

    Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.

    Entonces escuchó otro sonido.

    Esta vez no era un quejido.

    Era una respiración.

    Pesada.

    Profunda.

    Gavlan se detuvo de golpe.

    Entre la niebla, algo se movió.

    Primero vio la sombra.

    Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.

    Y finalmente la figura.

    Un gigante.

    Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.

    Gavlan permaneció quieto observándolo.

    No sacó su arma.

    No corrió.

    Simplemente lo evaluó.

    Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.

    —Bueno...

    Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.

    —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.

    La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.

    Gavlan miró sus flechas.

    Luego al gigante.

    Después a la enorme distancia que los separaba.

    —No creo que una venta vaya a ser sencilla.

    Una leve risa salió bajo su casco.

    —Aunque debo admitirlo...

    Observó al gigante una vez más.

    —Sería el cliente más grande que he tenido.

    El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.

    Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...

    Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.

    Buscar caminos nuevos.

    Encontrar mercancías nuevas.

    Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
    El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente. La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris. El mercader avanzó con cuidado. No porque dudara de sí mismo. Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos. El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque. Gavlan se detuvo. Inclinó ligeramente la cabeza. —Hm... Esperó. Ahí estaba otra vez. Un sonido bajo, casi como un lamento. Miró a su alrededor. Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles. Algunos de ellos tenían formas extrañas. Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor. Y de aquellos árboles salían los sonidos. Quejidos débiles. Susurros antiguos. Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos. Observó el rostro formado en el tronco. —Vaya... Su voz salió más baja de lo normal. —He visto mercancía extraña en mis viajes. Pasó una mano por la corteza. —Pero árboles que parecen querer contar una historia... Miró el rostro inmóvil. —Eso es nuevo. El árbol respondió con otro lamento. Gavlan retiró la mano. —Bien. Una pausa. —Supongo que no eres de los que negocian. Continuó su camino. Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás. Entonces escuchó otro sonido. Esta vez no era un quejido. Era una respiración. Pesada. Profunda. Gavlan se detuvo de golpe. Entre la niebla, algo se movió. Primero vio la sombra. Después una enorme mano apoyándose sobre una roca. Y finalmente la figura. Un gigante. Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo. Gavlan permaneció quieto observándolo. No sacó su arma. No corrió. Simplemente lo evaluó. Como si estuviera frente a un posible cliente difícil. —Bueno... Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón. —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes. La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles. Gavlan miró sus flechas. Luego al gigante. Después a la enorme distancia que los separaba. —No creo que una venta vaya a ser sencilla. Una leve risa salió bajo su casco. —Aunque debo admitirlo... Observó al gigante una vez más. —Sería el cliente más grande que he tenido. El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla. Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla... Gavlan había salido de aquella taberna por una razón. Buscar caminos nuevos. Encontrar mercancías nuevas. Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
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  • Espero que estés disfrutando este momento..

    *Comentó tomando su taza de te, mientras le miraba notando su sonrisa, tanto que se distrae un poco. *

    En serio tienes linda sonrisa...
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  • Técnicos corrían de un lado a otro, cámaras flotantes ajustaban ángulos y enormes paneles luminosos anunciaban el evento más esperado del Infierno. Por primera vez en muchísimo tiempo, dos medios rivales habían decidido colaborar.

    Y, sorprendentemente, Vox estaba encantado con ello.

    —¡Más luces en el escenario principal! ¡Quiero que esas cámaras puedan captar cada maldito detalle! —

    ordené mientras observaba decenas de monitores al mismo tiempo

    —. ¡Esto va a romper todos los récords de audiencia!

    Mi sonrisa digital brillaba de oreja a oreja. Las estadísticas subían incluso antes de comenzar la transmisión. La expectativa era enorme. Televisión y radio unidas. Vox y Alastor compartiendo pantalla. Era una combinación tan absurda que se había vuelto irresistible.

    Giré sobre mis talones al escuchar movimiento detrás de mí.

    —¡Ah! Justo a quien buscaba.

    Me acerqué con una energía inusualmente genuina, sosteniendo una tableta repleta de datos, horarios y proyecciones de audiencia.

    —Escucha, Alastor. Sé que normalmente haces las cosas a tu manera, pero esta noche necesitamos algo grande. Nada de desapariciones misteriosas a mitad del espectáculo, nada de convertir a los camarógrafos en decoración ni de asustar a los patrocinadores antes de tiempo.

    Solté una pequeña risa electrónica.

    —Bueno... al menos no durante los primeros treinta minutos.

    Las pantallas cercanas mostraron una cuenta regresiva gigante. Faltaban pocos minutos para salir al aire.

    —¿Puedes creerlo? Toda la ciudad está pendiente de esto. Tu audiencia, mi audiencia... por una vez todos están mirando la misma transmisión.

    Extendí un brazo hacia el enorme escenario iluminado al otro lado del cristal.

    —Vamos, viejo amigo. Te toca prepararte. En cuanto esa cuenta llegue a cero, vamos a demostrarle al Infierno lo que ocurre cuando la radio y la televisión dejan de pelear y deciden conquistar el mundo juntos.

    ༒𓂀 𝔸𝕝𝕒𝕤𝕥𝕠𝕣 𝕿𝖍𝖊 𝕽𝖆𝖉𝖎𝖔 𝕯𝖊𝖒𝖔𝖓𓂀༒
    Técnicos corrían de un lado a otro, cámaras flotantes ajustaban ángulos y enormes paneles luminosos anunciaban el evento más esperado del Infierno. Por primera vez en muchísimo tiempo, dos medios rivales habían decidido colaborar. Y, sorprendentemente, Vox estaba encantado con ello. —¡Más luces en el escenario principal! ¡Quiero que esas cámaras puedan captar cada maldito detalle! — ordené mientras observaba decenas de monitores al mismo tiempo —. ¡Esto va a romper todos los récords de audiencia! Mi sonrisa digital brillaba de oreja a oreja. Las estadísticas subían incluso antes de comenzar la transmisión. La expectativa era enorme. Televisión y radio unidas. Vox y Alastor compartiendo pantalla. Era una combinación tan absurda que se había vuelto irresistible. Giré sobre mis talones al escuchar movimiento detrás de mí. —¡Ah! Justo a quien buscaba. Me acerqué con una energía inusualmente genuina, sosteniendo una tableta repleta de datos, horarios y proyecciones de audiencia. —Escucha, Alastor. Sé que normalmente haces las cosas a tu manera, pero esta noche necesitamos algo grande. Nada de desapariciones misteriosas a mitad del espectáculo, nada de convertir a los camarógrafos en decoración ni de asustar a los patrocinadores antes de tiempo. Solté una pequeña risa electrónica. —Bueno... al menos no durante los primeros treinta minutos. Las pantallas cercanas mostraron una cuenta regresiva gigante. Faltaban pocos minutos para salir al aire. —¿Puedes creerlo? Toda la ciudad está pendiente de esto. Tu audiencia, mi audiencia... por una vez todos están mirando la misma transmisión. Extendí un brazo hacia el enorme escenario iluminado al otro lado del cristal. —Vamos, viejo amigo. Te toca prepararte. En cuanto esa cuenta llegue a cero, vamos a demostrarle al Infierno lo que ocurre cuando la radio y la televisión dejan de pelear y deciden conquistar el mundo juntos. [Alastor_rabbit]
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  • En las profundidades
    Fandom Resident Evil
    Categoría Acción
    Si bien aquella situación no podía considerarse positiva, si podía ser afortunada. Podía sentir sus extremidades, su cuerpo estaba aturdido y mareado, pero entero y por lo poco que podía distinguir entre su nublada visión, estaba ilesa.
    Las ganas de vomitar persistian mientras recorría la habitación oscura con la mirada.
    Apenas era capaz de distinguir el sonido de las gotas del techo y el tenue resplandor que se filtraba desde el exterior que no le daba ningún tipo de alivio.

    Un movimiento forzado y lento para intentar ayudar a su visión le dejo claro que sus opciones eran horriblemente limitadas, pues estaba tan bien atada en una camisa de fuerza que no era capaz de calmar el frío que calaba hasta sus huesos.

    Ninguno de sus pensamientos lograba asentarse, con una idea aplastando la otra antes de que siquiera pudiera tomar forma. "Sedantes" fue lo único que tenía sentido entre todo su delirio mental, pareciendo le cómico el hecho de estar atrapada como una verdadera lunática.

    Con un empujón violento, ignorando totalmente la condición actual de su cuerpo intento ponerse de pie de una vez, con un resultado desastroso. Su cuerpo impacto sobre el suelo con un sonido seco y un quejido fue lo único que pudo hacer mientras aguantaba las ganas de vomitar y devolver lo poco que su estómago podía expulsar.
    Los segundos se sentían como horas. El constante goteo solo hacia la situación más insoportable y como si no fuera suficiente el olor a humedad penetrante y el aroma del concreto fresco la hizo replantearse dos veces el volver a respirar profundamente.

    La simple sensación de vulnerabilidad la obligó a moverse. Se arrastró hasta quedar de rodillas, con la cabeza apuntando al suelo como si pesara una tonelada. Apretó los dientes y se obligó a incorporarse, odiando el remolino en que se había convertido el mundo. No enfocó. No pensó más. Solo dio el empujón suficiente y se puso en pie, tambaleándose como un animal moribundo.

    -Carajo.

    Atravesar la habitación hasta la fuente de luz fue una travesía que bien podía sentirse como horas entre paradas y arcadas que no llegaban más que a un malestar constante. Para cuándo consiguió llegar a la puerta, tuvo una pelea contra la extraña manija que estaba tan suelta que cada que la rozaba con los seguros de la camisa de fuerza parecía estar a punto de caerse.

    -Abrete maldita sea...
    Si bien aquella situación no podía considerarse positiva, si podía ser afortunada. Podía sentir sus extremidades, su cuerpo estaba aturdido y mareado, pero entero y por lo poco que podía distinguir entre su nublada visión, estaba ilesa. Las ganas de vomitar persistian mientras recorría la habitación oscura con la mirada. Apenas era capaz de distinguir el sonido de las gotas del techo y el tenue resplandor que se filtraba desde el exterior que no le daba ningún tipo de alivio. Un movimiento forzado y lento para intentar ayudar a su visión le dejo claro que sus opciones eran horriblemente limitadas, pues estaba tan bien atada en una camisa de fuerza que no era capaz de calmar el frío que calaba hasta sus huesos. Ninguno de sus pensamientos lograba asentarse, con una idea aplastando la otra antes de que siquiera pudiera tomar forma. "Sedantes" fue lo único que tenía sentido entre todo su delirio mental, pareciendo le cómico el hecho de estar atrapada como una verdadera lunática. Con un empujón violento, ignorando totalmente la condición actual de su cuerpo intento ponerse de pie de una vez, con un resultado desastroso. Su cuerpo impacto sobre el suelo con un sonido seco y un quejido fue lo único que pudo hacer mientras aguantaba las ganas de vomitar y devolver lo poco que su estómago podía expulsar. Los segundos se sentían como horas. El constante goteo solo hacia la situación más insoportable y como si no fuera suficiente el olor a humedad penetrante y el aroma del concreto fresco la hizo replantearse dos veces el volver a respirar profundamente. La simple sensación de vulnerabilidad la obligó a moverse. Se arrastró hasta quedar de rodillas, con la cabeza apuntando al suelo como si pesara una tonelada. Apretó los dientes y se obligó a incorporarse, odiando el remolino en que se había convertido el mundo. No enfocó. No pensó más. Solo dio el empujón suficiente y se puso en pie, tambaleándose como un animal moribundo. -Carajo. Atravesar la habitación hasta la fuente de luz fue una travesía que bien podía sentirse como horas entre paradas y arcadas que no llegaban más que a un malestar constante. Para cuándo consiguió llegar a la puerta, tuvo una pelea contra la extraña manija que estaba tan suelta que cada que la rozaba con los seguros de la camisa de fuerza parecía estar a punto de caerse. -Abrete maldita sea...
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  • Volver a Nwitta tan pronto era una mala idea. Hacerlo en compañía de Thalya Valcourt la convertía en una idea pésima. Pero no es muy de ella tomar decisiones tan sensatas.

    Había usado un portal natural al menos. Y de todos modos, ese sitio olvidado por el mundo ya no representaba nada para nadie.

    — Respira despacio. Lento, inhala y exhala. El aire de Nwitta se siente un poco pesado al principio, para los humanos. Pero te acostumbras en unos minutos. Si se siente difícil, dime de inmediato y volvemos, ¿sí? —

    Le ha prometido incluirla en todo. Mostrarle todo. Quién es, de dónde viene, las cosas que la hacen ser lo que es. Y claramente, no todo de eso tienen que ser cosas bonitas o agradables.

    Pero por eso ha decidido mostrarle esto primero. No hay otra cosa que se le ha podido ocurrir. Su mano aprieta con un poco más de fuerza la ajena. No la ha soltado desde que la tomó para cruzar el portal.

    — Este campo de claveles. . . que milagrosamente permanece intacto, lo plantó y cuidó mi madre. —

    Se extendía el color rosa por varios metros. El clima es apto todo el año para que florezcan sin problemas. Aunque ha sentido siempre que ella cuida aún de sus flores, desde donde sea que se encuentre ahora.

    Camina hasta alcanzarlos. Toca uno de ellos e invita a Thalya a hacerlo también. Aunque lucen como claveles humanos, son distintos. Especiales. El tacto de sus dedos abre los pétalos y pequeñas esporas luminosas llenan el aire.

    — Y ahí. . . Es donde estaba una casa de campo que solía pertenecer a mi familia. —

    Sólo eran ruinas ahora. Restos carbonizados y un par de paredes. Se resistían a derrumbarse por alguna razón. Tal como los claveles resistían al paso de tiempo y al olvido.

    — En ese lugar fue que me convertí en lo que soy. Lo que hizo que me encerraran como a un animal. —

    Amargura en su voz. El recuerdo la obliga a cerrar los ojos y apretarlos como si esperara el impacto de algo. Pero por eso ha decidido mostrarle esto primero.

    — Pero las flores son muy bonitas, ¿cierto? —
    Volver a Nwitta tan pronto era una mala idea. Hacerlo en compañía de [Thaly.a] la convertía en una idea pésima. Pero no es muy de ella tomar decisiones tan sensatas. Había usado un portal natural al menos. Y de todos modos, ese sitio olvidado por el mundo ya no representaba nada para nadie. — Respira despacio. Lento, inhala y exhala. El aire de Nwitta se siente un poco pesado al principio, para los humanos. Pero te acostumbras en unos minutos. Si se siente difícil, dime de inmediato y volvemos, ¿sí? — Le ha prometido incluirla en todo. Mostrarle todo. Quién es, de dónde viene, las cosas que la hacen ser lo que es. Y claramente, no todo de eso tienen que ser cosas bonitas o agradables. Pero por eso ha decidido mostrarle esto primero. No hay otra cosa que se le ha podido ocurrir. Su mano aprieta con un poco más de fuerza la ajena. No la ha soltado desde que la tomó para cruzar el portal. — Este campo de claveles. . . que milagrosamente permanece intacto, lo plantó y cuidó mi madre. — Se extendía el color rosa por varios metros. El clima es apto todo el año para que florezcan sin problemas. Aunque ha sentido siempre que ella cuida aún de sus flores, desde donde sea que se encuentre ahora. Camina hasta alcanzarlos. Toca uno de ellos e invita a Thalya a hacerlo también. Aunque lucen como claveles humanos, son distintos. Especiales. El tacto de sus dedos abre los pétalos y pequeñas esporas luminosas llenan el aire. — Y ahí. . . Es donde estaba una casa de campo que solía pertenecer a mi familia. — Sólo eran ruinas ahora. Restos carbonizados y un par de paredes. Se resistían a derrumbarse por alguna razón. Tal como los claveles resistían al paso de tiempo y al olvido. — En ese lugar fue que me convertí en lo que soy. Lo que hizo que me encerraran como a un animal. — Amargura en su voz. El recuerdo la obliga a cerrar los ojos y apretarlos como si esperara el impacto de algo. Pero por eso ha decidido mostrarle esto primero. — Pero las flores son muy bonitas, ¿cierto? —
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  • — No se supone que estéis aquí... Tan cerca. Tan oscuro. Tan silencioso. Tan... Sospechoso.
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  • Este calor ha estado más mortal de lo que esperaba.
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