• Hombre que ama a una sola mujer, que le demuestra cada dìa su amor, que no da entrada a otra mujer, se que estas en una parte y te voy a encontrar
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  • -Estar rodeado de amigos naranja como yo es lo mejor.

    Ellos sí entienden lo que es vivir. -

    >>¿Por qué no puedo ser simplemente como ellos?<< Pensó el supuesto felino.
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • 𝐓𝐡𝐞 𝐛𝐚𝐭 𝐚𝐧𝐝 𝐭𝐡𝐞 𝐜𝐚𝐭
    Fandom DCU
    Categoría Drama
    Si Alfred no lo hubiera mencionado durante el almuerzo, Bruce no se habría percatado de cuanto tiempo llevaba sin salir de la mansión, al menos como Bruce Wayne porque Batman salía todas las noches a patrullar las calles de Gotham sin excepción.

    No tenía motivos para salir. La empresa estaba segura en las confiables manos de Lucius Fox. Le había hecho creer a la prensa que estaba de vacaciones viajando por el mundo en compañía de alguna miss universo, una modelo, actriz o quizás ambas, ya no recordaba que mentira había inventado pero no le importaba, había surtido efecto.

    Había ordenado toda su vida para dedicarse a cuidar de la cuidad a tiempo completo.
    Por esa razón, se sorprendio cuando Alfred aparecio en la sala con un smoking en cada mano, preguntándole su opinión sobre cada uno.

    ──¿Cuál le gusta más, señor?── Se acerco con ambas prendas para que Bruce pudiera apreciarlas mejor, aunque su rostro expresara que no estaba interesado en verlos de cerca. ──No quiero que se sienta presionado, pero el mismo Giorgio Armani no ha dejado de llamar para suplicarme que trate de convencerlo de usar el smoking de su marca. Es este, a mi izquierda, un sobrio color azul medianoche── Le comento el anciano completamente inmerso en esa tarea, pero Bruce apenas lo estaba escuchando.

    No termino de beber su café, se levantó de su lugar junto a la chimenea y con un movimiento suave le quito ambas prendas de las manos, dejandolas una sobre la otra en el respaldo de una silla.

    ──No me importa que tan importante sea ese evento al que estas tratando de llevarme, pero no iré. Firma un cheque a mi nombre con una cantidad generosa a modo de disculpas por mi ausencia y envíaselo al anfitrión, por favor── Trató de escapar de la escena lo más rápido posible, pero al poner la mano sobre la perilla de la puerta, Alfred habló.

    ──Como usted ordene, señor. Simplemente crei que le gustaría asistir a una gala en la que subastaran algunos objetos antiguos de las familias más ricas de la cuidad. Usted mismo colaboró el año pasado donando una de las katanas de su padre cuando le mencione que lo recaudado iría hacia la cuenta bancaria de un orfanato en Metrópolis── Menciono en lo que recogía la taza de café a medio beber que Bruce había dejado sobre una pequeña mesa de mármol.

    El billonario comenzó a buscar en su memoria el momento en el que habían tenía esa conversación. Recordaba haber ofrecido una de las katanas de la colección de Thomas Wayne, pero no recordaba haber aceptado asistir a la subasta de ese objeto.

    Estaba casi seguro de que era una jugarreta de Alfred para sacarlo a dar un paseo pero no tenía las pruebas suficientes para probarlo, no era la primera vez que olvidaba algún compromiso importante, por lo que optó por darle a su mayordomo el beneficio de la duda.

    Alfred vio la resignación en los ojos azules del último de los Wayne y aprovecho para acotar algo más.

    ──Los niños asistiran con las autoridades del orfanato. Estoy seguro de que van quedar maravillados cuando lo vean llegar con alguno de sus flamantes coches deportivos. Ya sabe cuanto lo admiran los jóvenes── Agregó con la amabilidad y la inocencia que solo un hombre de esa edad podia tener aunque había cierto chantaje emocial de por medio. Aun así, la intención era benigna.

    Bruce suspiró, sacando todo el aire de sus plumones y asintió con un movimiento de cabeza adelantandole que asistiría a ese dichoso evento, pero antes de que Alfred volviera a enseñarle los smokings dio media vuelta.

    ──Dile a Giorgio Armani que agradezco el gesto, sera para otra ocasión y dile lo mismo a la otra casa de diseñador que es... ¿Prada? ¿Louis Vuitton? No importa, diles lo mismo a los dos, usaré uno de los trajes de mi padre── Acotó para hacerle saber que no era ajeno a las llamadas de dichos diseñadores y salió del salón dejando al hombre de cabello canoso con una divertida expresión en el rostro, por haber logrado su cometido.

    El mayordomo levantó la mirada hacia una fotografía de Martha y Thomas Wayne.

    ──Misión cumplida, señor y señora Wayne. Ahora solo queda conseguirle una buena mujer, a este lugar le hace falta el toque femenino.

    𝐒𝐞𝐥𝐢𝐧𝐚 𝐊𝐲𝐥𝐞
    Si Alfred no lo hubiera mencionado durante el almuerzo, Bruce no se habría percatado de cuanto tiempo llevaba sin salir de la mansión, al menos como Bruce Wayne porque Batman salía todas las noches a patrullar las calles de Gotham sin excepción. No tenía motivos para salir. La empresa estaba segura en las confiables manos de Lucius Fox. Le había hecho creer a la prensa que estaba de vacaciones viajando por el mundo en compañía de alguna miss universo, una modelo, actriz o quizás ambas, ya no recordaba que mentira había inventado pero no le importaba, había surtido efecto. Había ordenado toda su vida para dedicarse a cuidar de la cuidad a tiempo completo. Por esa razón, se sorprendio cuando Alfred aparecio en la sala con un smoking en cada mano, preguntándole su opinión sobre cada uno. ──¿Cuál le gusta más, señor?── Se acerco con ambas prendas para que Bruce pudiera apreciarlas mejor, aunque su rostro expresara que no estaba interesado en verlos de cerca. ──No quiero que se sienta presionado, pero el mismo Giorgio Armani no ha dejado de llamar para suplicarme que trate de convencerlo de usar el smoking de su marca. Es este, a mi izquierda, un sobrio color azul medianoche── Le comento el anciano completamente inmerso en esa tarea, pero Bruce apenas lo estaba escuchando. No termino de beber su café, se levantó de su lugar junto a la chimenea y con un movimiento suave le quito ambas prendas de las manos, dejandolas una sobre la otra en el respaldo de una silla. ──No me importa que tan importante sea ese evento al que estas tratando de llevarme, pero no iré. Firma un cheque a mi nombre con una cantidad generosa a modo de disculpas por mi ausencia y envíaselo al anfitrión, por favor── Trató de escapar de la escena lo más rápido posible, pero al poner la mano sobre la perilla de la puerta, Alfred habló. ──Como usted ordene, señor. Simplemente crei que le gustaría asistir a una gala en la que subastaran algunos objetos antiguos de las familias más ricas de la cuidad. Usted mismo colaboró el año pasado donando una de las katanas de su padre cuando le mencione que lo recaudado iría hacia la cuenta bancaria de un orfanato en Metrópolis── Menciono en lo que recogía la taza de café a medio beber que Bruce había dejado sobre una pequeña mesa de mármol. El billonario comenzó a buscar en su memoria el momento en el que habían tenía esa conversación. Recordaba haber ofrecido una de las katanas de la colección de Thomas Wayne, pero no recordaba haber aceptado asistir a la subasta de ese objeto. Estaba casi seguro de que era una jugarreta de Alfred para sacarlo a dar un paseo pero no tenía las pruebas suficientes para probarlo, no era la primera vez que olvidaba algún compromiso importante, por lo que optó por darle a su mayordomo el beneficio de la duda. Alfred vio la resignación en los ojos azules del último de los Wayne y aprovecho para acotar algo más. ──Los niños asistiran con las autoridades del orfanato. Estoy seguro de que van quedar maravillados cuando lo vean llegar con alguno de sus flamantes coches deportivos. Ya sabe cuanto lo admiran los jóvenes── Agregó con la amabilidad y la inocencia que solo un hombre de esa edad podia tener aunque había cierto chantaje emocial de por medio. Aun así, la intención era benigna. Bruce suspiró, sacando todo el aire de sus plumones y asintió con un movimiento de cabeza adelantandole que asistiría a ese dichoso evento, pero antes de que Alfred volviera a enseñarle los smokings dio media vuelta. ──Dile a Giorgio Armani que agradezco el gesto, sera para otra ocasión y dile lo mismo a la otra casa de diseñador que es... ¿Prada? ¿Louis Vuitton? No importa, diles lo mismo a los dos, usaré uno de los trajes de mi padre── Acotó para hacerle saber que no era ajeno a las llamadas de dichos diseñadores y salió del salón dejando al hombre de cabello canoso con una divertida expresión en el rostro, por haber logrado su cometido. El mayordomo levantó la mirada hacia una fotografía de Martha y Thomas Wayne. ──Misión cumplida, señor y señora Wayne. Ahora solo queda conseguirle una buena mujer, a este lugar le hace falta el toque femenino. [selina.kyle]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Cortesía de 焚 𝚈𝚊𝚔𝚎𝚗 𝚂𝚊𝚖𝚞𝚒𝚗𝚎𝚝𝚜𝚞 寒い ㊄ ¿Ahora entienden porque es el amor de mi vida?, mentira XD, ese soy yo mismo (?). Gracias beibi, nunca lo olvidare.
    Cortesía de [Fir3.C4rmesi_D3v1l] :STK-21: ¿Ahora entienden porque es el amor de mi vida?, mentira XD, ese soy yo mismo (?). Gracias beibi, nunca lo olvidare. :STK-13:
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  • Que estan esta bella de tarde de domingo ~
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  • —¿Cómo que esto es sexy? ¿De que estás hablando? Solo me limpio el sudor...

    #seductivesunday
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Los solemnes pasillos del palacio, diseñados para procesiones lentas y susurros reverentes, se han convertido en el escenario de una vibrante escapada. Cyrene se mueve con la agilidad de un cervatillo, sus pies apenas rozando el suelo, mientras su compañero la sigue a una distancia exacta, con las manos ocupadas manteniendo la larga cola del vestido lejos del polvo.

    Sin dejar de avanzar a saltitos y girando la cabeza con una sonrisa radiante —¡Mira, mira, mira! ¡Ese rayo de luz da justo en el cuadro del Rey Fundador! ¿Crees que se enfadaría si supiera que estamos usando su alfombra roja para nuestras carreras secretas? ¡Seguro que sí! Tenía cara de ser muy serio, como tú cuando intentas recordarme que tengo una reunión con los oráculos.

    Él no responde con palabras, pero su ceja se eleva ligeramente mientras ajusta el agarre en la seda para que ella no se enrede al dar un giro brusco. Su mirada no se aparta de ella ni un segundo; es la sombra que asegura que su luz no tropiece.

    —¡Ay, no pongas esa cara de "estamos rompiendo el protocolo"! Ya la escucho desde aquí aunque no digas nada. "Milady, la etiqueta...", "Milady, su seguridad...". ¡Hoy no hay etiquetas! Hoy soy solo Cyrene y tú eres... bueno, tú eres mi sombra favorita con manos para sostener seda. ¡No me sueltes, que si me tropiezo la Diosa de la Fortuna se va a reír de mí durante un siglo!.—

    Al llegar a una gran puerta que da a los jardines, ella se detiene de golpe. Él frena en seco un milisegundo antes de chocar con ella, manteniendo la tela del vestido perfectamente tensa pero delicada entre sus manos.

    —¡Huele eso! ¡Son las lilas! ¿Sabes qué significa? Que el invierno celestial por fin se ha rendido. Vamos, no te quedes ahí parado como una estatua de jardín, ¡todavía nos queda todo el ala oeste por explorar antes de que los sumos sacerdotes noten que mi trono está vacío! ¿A qué esperas? ¡El último en llegar a la fuente paga los pasteles!.
    Los solemnes pasillos del palacio, diseñados para procesiones lentas y susurros reverentes, se han convertido en el escenario de una vibrante escapada. Cyrene se mueve con la agilidad de un cervatillo, sus pies apenas rozando el suelo, mientras su compañero la sigue a una distancia exacta, con las manos ocupadas manteniendo la larga cola del vestido lejos del polvo. Sin dejar de avanzar a saltitos y girando la cabeza con una sonrisa radiante —¡Mira, mira, mira! ¡Ese rayo de luz da justo en el cuadro del Rey Fundador! ¿Crees que se enfadaría si supiera que estamos usando su alfombra roja para nuestras carreras secretas? ¡Seguro que sí! Tenía cara de ser muy serio, como tú cuando intentas recordarme que tengo una reunión con los oráculos.💫 Él no responde con palabras, pero su ceja se eleva ligeramente mientras ajusta el agarre en la seda para que ella no se enrede al dar un giro brusco. Su mirada no se aparta de ella ni un segundo; es la sombra que asegura que su luz no tropiece. —¡Ay, no pongas esa cara de "estamos rompiendo el protocolo"! Ya la escucho desde aquí aunque no digas nada. "Milady, la etiqueta...", "Milady, su seguridad...". ¡Hoy no hay etiquetas! Hoy soy solo Cyrene y tú eres... bueno, tú eres mi sombra favorita con manos para sostener seda. ¡No me sueltes, que si me tropiezo la Diosa de la Fortuna se va a reír de mí durante un siglo!.— Al llegar a una gran puerta que da a los jardines, ella se detiene de golpe. Él frena en seco un milisegundo antes de chocar con ella, manteniendo la tela del vestido perfectamente tensa pero delicada entre sus manos. —¡Huele eso! ¡Son las lilas! ¿Sabes qué significa? Que el invierno celestial por fin se ha rendido. Vamos, no te quedes ahí parado como una estatua de jardín, ¡todavía nos queda todo el ala oeste por explorar antes de que los sumos sacerdotes noten que mi trono está vacío! ¿A qué esperas? ¡El último en llegar a la fuente paga los pasteles!.
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  • El caos no puede extraer tiempo, que es un concepto abstracto. Lo que realmente extrae es potencial biológico futuro; Salud, suerte, oportunidades. El solicitante no muere antes, solo se vuelve estadísticamente más propenso a accidentes y enfermedades.
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  • Espero que estéis todos bien, feliz domingo.
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