• El viento mecía las ramas, las hojas temblaban como si de un escalofrío se tratase.

    La calma de la tarde fue interrumpida por un susurro, un sonido leve, casi imperceptible que llamaba.

    Detuvo su paso, algo no encajaba. No era fuerte, pero insistía. Un ligero temblor en sus dedos, su boca se sentía salada, como si hubiese probado el agua del mar. Entrecerró los ojos ajustando su visión.

    En el rincón de un jardín de lirios, un jardinero trasplantaba unas flores. Ese era el llamado, un sonido suave, casi como una súplica. Los lirios se mecían, inclinándose ligeramente en su dirección.

    Tragó saliva, sintiendo su boca seca, el gusto se volvió más persistente. Sus pies se movieron sin pensarlo, acudiendo al llamado. Se acercó al jardinero agachándose a su altura.

    Disculpe.- Anunció con voz baja.-Esas flores... están llorando. - Siguió, sin apartar su mirada de ellas. Pero el jardinero arqueó una ceja confundido por su comentario, una mezcla de duda y extrañeza.

    El silencio después de sus palabras se volvió viscoso.

    Abrió sus labios, buscando palabras que no encontraba.

    No, no es eso...- Expresó con torpeza, intentó explicarlo pero no pudo. Buscó una manera mucho más simple. Extendió los brazos en dirección a los lirios.

    Me las llevo.- Y sin decir mucho más el jardinero posó sobre ella el ramo.

    Las hojas de la planta respondieron al contacto rozando su piel como queriendo abrazarla, los pétalos se estremecieron agradecidos. Ella sonrió y en un murmullo que esperaba acariciar al lirio, dijo:

    Te plantaré en mi jardín, allí estarán a salvo. - El cuerpo recordó antes que ella el camino casa. La brisa la seguía mientras avanzaba.

    De repente, el aire pareció volverse más cálido, los árboles extendían sus ramas hacia ella y las hojas caían rodeándola en una danza libre. En su pecho se instaló una emoción dorada que se expandió por el cuello, sus hombros se aflojaron.

    No tienes porqué agradecer.- Le habló a la brisa, a los árboles, a los lirios y a las hojas. El sabor antes presente en su boca desapareció, reemplazado por un ligero dulzor.
    El viento mecía las ramas, las hojas temblaban como si de un escalofrío se tratase. La calma de la tarde fue interrumpida por un susurro, un sonido leve, casi imperceptible que llamaba. Detuvo su paso, algo no encajaba. No era fuerte, pero insistía. Un ligero temblor en sus dedos, su boca se sentía salada, como si hubiese probado el agua del mar. Entrecerró los ojos ajustando su visión. En el rincón de un jardín de lirios, un jardinero trasplantaba unas flores. Ese era el llamado, un sonido suave, casi como una súplica. Los lirios se mecían, inclinándose ligeramente en su dirección. Tragó saliva, sintiendo su boca seca, el gusto se volvió más persistente. Sus pies se movieron sin pensarlo, acudiendo al llamado. Se acercó al jardinero agachándose a su altura. Disculpe.- Anunció con voz baja.-Esas flores... están llorando. - Siguió, sin apartar su mirada de ellas. Pero el jardinero arqueó una ceja confundido por su comentario, una mezcla de duda y extrañeza. El silencio después de sus palabras se volvió viscoso. Abrió sus labios, buscando palabras que no encontraba. No, no es eso...- Expresó con torpeza, intentó explicarlo pero no pudo. Buscó una manera mucho más simple. Extendió los brazos en dirección a los lirios. Me las llevo.- Y sin decir mucho más el jardinero posó sobre ella el ramo. Las hojas de la planta respondieron al contacto rozando su piel como queriendo abrazarla, los pétalos se estremecieron agradecidos. Ella sonrió y en un murmullo que esperaba acariciar al lirio, dijo: Te plantaré en mi jardín, allí estarán a salvo. - El cuerpo recordó antes que ella el camino casa. La brisa la seguía mientras avanzaba. De repente, el aire pareció volverse más cálido, los árboles extendían sus ramas hacia ella y las hojas caían rodeándola en una danza libre. En su pecho se instaló una emoción dorada que se expandió por el cuello, sus hombros se aflojaron. No tienes porqué agradecer.- Le habló a la brisa, a los árboles, a los lirios y a las hojas. El sabor antes presente en su boca desapareció, reemplazado por un ligero dulzor.
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    ;; El trabajo me secuestró, y ahora también me exige viajar. Así que estaré más desaparecida de lo normal. (?) Pero volveré. No se van a deshacer de mi tan fácil (???)
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  • Hace unos días fue cuando había sido torturada en ese coche. Aunque ella no lo llama una tortura.. más bien, fue una pesadilla. Como un tren del terror. (Si es una tortura, pero vamos a decirle que no porque está tonta)

    Sin embargo, después de que la dejase ahí, una señora tuvo que ayudarla porque su pulso estaba desorbitado. Menos mal que pudo ser atendida.

    Un "simple" ataque de ansiedad. Lo normal de hoy en día.

    Ahora estaba en el instituto, cerca de la cafetería y, aunque ella realmente no se dió cuenta de él, si que sabía que en cualquier momento se lo iba a encontrar. Ese uniforme decía mucho de él.

    Y él mismo podía confirmar que era popular también ella. Tenía gente detrás pero ella.. pues no es que sepa de esas cosas.
    Hace unos días fue cuando había sido torturada en ese coche. Aunque ella no lo llama una tortura.. más bien, fue una pesadilla. Como un tren del terror. (Si es una tortura, pero vamos a decirle que no porque está tonta) Sin embargo, después de que la dejase ahí, una señora tuvo que ayudarla porque su pulso estaba desorbitado. Menos mal que pudo ser atendida. Un "simple" ataque de ansiedad. Lo normal de hoy en día. Ahora estaba en el instituto, cerca de la cafetería y, aunque ella realmente no se dió cuenta de él, si que sabía que en cualquier momento se lo iba a encontrar. Ese uniforme decía mucho de él. Y él mismo podía confirmar que era popular también ella. Tenía gente detrás pero ella.. pues no es que sepa de esas cosas.
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    El aire en el salón principal de la mansión Romanov se sentía más pesado que de costumbre. El tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio, hasta que Sasha dejó la taza sobre la mesa con una elegancia que Maral reconoció como el preludio de un interrogatorio.

    —La paciencia, Maral, es una virtud en nuestro mundo, pero incluso la mía tiene límites —sentenció Sasha, sin apartar sus ojos gélidos de su hija—. Los nombres han estado sobre la mesa durante semanas. Alianzas que podrían consolidar nuestro imperio o destruirlo. ¿A qué esperas?

    Maral respiró hondo, sintiendo el frío contacto del metal de su daga, la Habibi, oculta bajo la tela de su ropa. Era su ancla, el recordatorio de que, aunque su madre controlara los hilos de la familia, ella aún era dueña de su propio acero.

    —No es una decisión que deba tomarse entre el desayuno y el almuerzo, madre —respondió Maral con una calma estudiada, aunque por dentro sus nervios se tensaban como cuerdas de violín—. Un matrimonio en la Bratva no es un romance, es un contrato de sangre. Y no estoy dispuesta a firmar mi sentencia con alguien que no sepa distinguir la lealtad del miedo.
    Sasha se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la mesa de caoba.

    —Me hablas de lealtad, pero tu silencio parece más bien una rebelión —dijo la matriarca con voz suave, casi peligrosa—. He recibido llamadas de Moscú, de Chicago, incluso de los clanes del sur. Todos preguntan por la joya de los Romanov. Si no eliges tú, elegiré yo. Y te aseguro que mi criterio no tendrá en cuenta tus sentimientos, solo los intereses del apellido.

    Maral sintió el impulso de llevarse la mano a la empuñadura de su daga, pero se obligó a mantener las manos entrelazadas sobre la mesa. No podía mostrar debilidad, ni tampoco una agresividad que su madre usaría en su contra.

    —Entiendo perfectamente lo que está en juego —replicó Maral, sosteniendo la mirada de la mujer que la había criado para ser un arma—. Pero si quieres que esta alianza sea duradera, necesito un hombre que sea un pilar, no una carga. Dame una semana más. Estoy analizando los movimientos de cada candidato. No quiero un esposo, quiero un socio que no me apuñale por la espalda cuando tú ya no estés para protegerme.

    Sasha guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, se reclinó en su silla y soltó un suspiro imperceptible.

    —Una semana, Maral. Ni un día más —concedió Sasha, levantándose de la mesa—. Pero recuerda: en esta familia, el destino se escribe con sangre, no con dudas.

    Cuando la matriarca abandonó la habitación, Maral soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó la Habibi por un momento, observando el reflejo de la luz en la hoja afilada. Su madre quería una boda; Maral, por ahora, solo quería sobrevivir a la próxima cena sin que el peso de la corona Romanov terminara por asfixiarla.
    El aire en el salón principal de la mansión Romanov se sentía más pesado que de costumbre. El tintineo de la cucharilla de plata contra la porcelana era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio, hasta que Sasha dejó la taza sobre la mesa con una elegancia que Maral reconoció como el preludio de un interrogatorio. —La paciencia, Maral, es una virtud en nuestro mundo, pero incluso la mía tiene límites —sentenció Sasha, sin apartar sus ojos gélidos de su hija—. Los nombres han estado sobre la mesa durante semanas. Alianzas que podrían consolidar nuestro imperio o destruirlo. ¿A qué esperas? Maral respiró hondo, sintiendo el frío contacto del metal de su daga, la Habibi, oculta bajo la tela de su ropa. Era su ancla, el recordatorio de que, aunque su madre controlara los hilos de la familia, ella aún era dueña de su propio acero. —No es una decisión que deba tomarse entre el desayuno y el almuerzo, madre —respondió Maral con una calma estudiada, aunque por dentro sus nervios se tensaban como cuerdas de violín—. Un matrimonio en la Bratva no es un romance, es un contrato de sangre. Y no estoy dispuesta a firmar mi sentencia con alguien que no sepa distinguir la lealtad del miedo. Sasha se inclinó hacia adelante, su sombra proyectándose larga sobre la mesa de caoba. —Me hablas de lealtad, pero tu silencio parece más bien una rebelión —dijo la matriarca con voz suave, casi peligrosa—. He recibido llamadas de Moscú, de Chicago, incluso de los clanes del sur. Todos preguntan por la joya de los Romanov. Si no eliges tú, elegiré yo. Y te aseguro que mi criterio no tendrá en cuenta tus sentimientos, solo los intereses del apellido. Maral sintió el impulso de llevarse la mano a la empuñadura de su daga, pero se obligó a mantener las manos entrelazadas sobre la mesa. No podía mostrar debilidad, ni tampoco una agresividad que su madre usaría en su contra. —Entiendo perfectamente lo que está en juego —replicó Maral, sosteniendo la mirada de la mujer que la había criado para ser un arma—. Pero si quieres que esta alianza sea duradera, necesito un hombre que sea un pilar, no una carga. Dame una semana más. Estoy analizando los movimientos de cada candidato. No quiero un esposo, quiero un socio que no me apuñale por la espalda cuando tú ya no estés para protegerme. Sasha guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, se reclinó en su silla y soltó un suspiro imperceptible. —Una semana, Maral. Ni un día más —concedió Sasha, levantándose de la mesa—. Pero recuerda: en esta familia, el destino se escribe con sangre, no con dudas. Cuando la matriarca abandonó la habitación, Maral soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Sacó la Habibi por un momento, observando el reflejo de la luz en la hoja afilada. Su madre quería una boda; Maral, por ahora, solo quería sobrevivir a la próxima cena sin que el peso de la corona Romanov terminara por asfixiarla.
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  • Bueno, es momento para relajarse, aprovechando que este día no hace tanto calor, me tomare un chocolate caliente.
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  • — Últimamente como que estoy más guapa
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  • ¿𝐀𝐦𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐨 𝐄𝐬𝐩𝐞𝐣𝐨? 𝐂ó𝐦𝐨 𝐃𝐞𝐭𝐞𝐜𝐭𝐚𝐫 𝐚𝐥 "𝐍𝐚𝐫𝐜𝐢𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐁𝐨𝐥𝐬𝐢𝐥𝐥𝐨" 𝐀𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐏𝐞𝐫𝐝𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐓𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨 𝐲 𝐮𝐧 𝐓𝐫𝐨𝐜𝐢𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐂𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧

    ¡Hola, mis reinas de la jungla!

    Hablemos de nosotras. Somos inteligentes, intuitivas y manejamos nuestra vida como queremos, pero, a la hora de elegir un compañero, podemos parecer colegialas deslumbradas por un truco de magia barato. No te castigues, nadie nace con un manual bajo el brazo, pero tampoco hace falta que te rompan el corazón para aprender a no tropezar con la misma piedra.

    Atenta, que aquí te enseño el truco para que no te den gato por liebre.

    Seguro te suena esta escena: conoces a un tipo que te bombardea con palabras bonitas. Te dice que eres "distinta", que "nunca había conocido a alguien como tú", "es tan fácil hablar contigo". Suena bien, ¿verdad? Música para tus oídos. Pero aquí está el detalle: él habla, te busca y se muestra accesible, pero sus conversaciones siempre girar alrededor de un único tópico: él mismo.

    Sus historias, su vida, sus dramas. Tú escuchas y escuchas, esperando que en algún momento lance una pregunta que demuestre que le interesa saber quién eres tú realmente, lo que quieres, lo que necesitas, pero esa pregunta nunca llega. No hay curiosidad, solo un bucle donde él es el protagonista y tú eres el público que aplaude.

    ¿El diagnóstico? No le gustas tú; le gusta cómo se siente cuando está contigo. Le encanta tu atención, tu validación y el espacio que llenas en su ego. Básicamente, eres el escenario para su propio lucimiento y le daría exactamente igual obtener ese combustible de ti o de cualquier otra que esté dispuesta a escucharle.

    Por eso sientes ese "ruido" interno. Hay atracción, sí, pero no hay conexión. Te sientes vista, pero no comprendida, y te queda ese sabor amargo al volver a casa.

    Reina, mi consejo es simple: Si él no invierte en ti, tú no inviertes en él. No permitas que una sanguijuela emocional drene tu energía a cambio de migajas de galantería barata. ¡A correr, que para escuchar monólogos ya está el teatro!

    𝘣𝘺 𝘋𝘳. 𝘓𝘰𝘷𝘦
    ¿𝐀𝐦𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐨 𝐄𝐬𝐩𝐞𝐣𝐨? 𝐂ó𝐦𝐨 𝐃𝐞𝐭𝐞𝐜𝐭𝐚𝐫 𝐚𝐥 "𝐍𝐚𝐫𝐜𝐢𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐁𝐨𝐥𝐬𝐢𝐥𝐥𝐨" 𝐀𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐏𝐞𝐫𝐝𝐞𝐫 𝐞𝐥 𝐓𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨 𝐲 𝐮𝐧 𝐓𝐫𝐨𝐜𝐢𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐂𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧 ¡Hola, mis reinas de la jungla! Hablemos de nosotras. Somos inteligentes, intuitivas y manejamos nuestra vida como queremos, pero, a la hora de elegir un compañero, podemos parecer colegialas deslumbradas por un truco de magia barato. No te castigues, nadie nace con un manual bajo el brazo, pero tampoco hace falta que te rompan el corazón para aprender a no tropezar con la misma piedra. Atenta, que aquí te enseño el truco para que no te den gato por liebre. Seguro te suena esta escena: conoces a un tipo que te bombardea con palabras bonitas. Te dice que eres "distinta", que "nunca había conocido a alguien como tú", "es tan fácil hablar contigo". Suena bien, ¿verdad? Música para tus oídos. Pero aquí está el detalle: él habla, te busca y se muestra accesible, pero sus conversaciones siempre girar alrededor de un único tópico: él mismo. Sus historias, su vida, sus dramas. Tú escuchas y escuchas, esperando que en algún momento lance una pregunta que demuestre que le interesa saber quién eres tú realmente, lo que quieres, lo que necesitas, pero esa pregunta nunca llega. No hay curiosidad, solo un bucle donde él es el protagonista y tú eres el público que aplaude. ¿El diagnóstico? No le gustas tú; le gusta cómo se siente cuando está contigo. Le encanta tu atención, tu validación y el espacio que llenas en su ego. Básicamente, eres el escenario para su propio lucimiento y le daría exactamente igual obtener ese combustible de ti o de cualquier otra que esté dispuesta a escucharle. Por eso sientes ese "ruido" interno. Hay atracción, sí, pero no hay conexión. Te sientes vista, pero no comprendida, y te queda ese sabor amargo al volver a casa. Reina, mi consejo es simple: Si él no invierte en ti, tú no inviertes en él. No permitas que una sanguijuela emocional drene tu energía a cambio de migajas de galantería barata. ¡A correr, que para escuchar monólogos ya está el teatro! 𝘣𝘺 𝘋𝘳. 𝘓𝘰𝘷𝘦
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  • No pensé que el silencio pudiera pesar tanto.
    Antes… la noche era distinta. Las estrellas siempre estuvieron ahí, pero no las miraba igual. Porque cuando levantaba la vista, no lo hacía solo… estabas tú a mi lado. A veces ni hablábamos, solo respirábamos el mismo aire, y eso bastaba.
    Ahora… todo es demasiado grande.
    El mar, el cielo… este acantilado. Todo parece querer recordarme lo pequeño que soy sin ti.
    Sigo viniendo aquí. No sé por qué. Tal vez porque una parte de mí espera que, si me quedo el tiempo suficiente… vuelva a sentirte. Ese leve calor en la espalda, tus brazos rodeándome como si nada en el mundo pudiera tocarme.
    Cierro los ojos… y casi lo logro.
    Casi.
    Pero cuando los abro… solo está el viento.
    Me pregunto si aún me ves. Si sigues aquí, de alguna forma… si aún me abrazas cuando no me doy cuenta. Porque hay noches en las que juro sentir algo… algo suave, familiar… como si no te hubieras ido del todo.
    Y entonces duele más.
    Porque recuerdo.
    Recuerdo tu voz. Tu risa. La forma en que tu cola se movía cuando estabas feliz… la manera en que decías mi nombre como si significara algo más grande que este mundo.
    Y ahora… ya no hay nadie que lo diga así.
    Sigo adelante, sí. Peleo, camino, respiro… hago todo lo que se supone que debo hacer.
    Pero no es lo mismo.
    Nada lo es.
    Porque la verdad es esta…
    No importa cuántas estrellas haya en el cielo…
    Si tú no estás aquí para mirarlas conmigo,
    se siente como si el mundo entero se hubiera quedado vacío.
    No pensé que el silencio pudiera pesar tanto. Antes… la noche era distinta. Las estrellas siempre estuvieron ahí, pero no las miraba igual. Porque cuando levantaba la vista, no lo hacía solo… estabas tú a mi lado. A veces ni hablábamos, solo respirábamos el mismo aire, y eso bastaba. Ahora… todo es demasiado grande. El mar, el cielo… este acantilado. Todo parece querer recordarme lo pequeño que soy sin ti. Sigo viniendo aquí. No sé por qué. Tal vez porque una parte de mí espera que, si me quedo el tiempo suficiente… vuelva a sentirte. Ese leve calor en la espalda, tus brazos rodeándome como si nada en el mundo pudiera tocarme. Cierro los ojos… y casi lo logro. Casi. Pero cuando los abro… solo está el viento. Me pregunto si aún me ves. Si sigues aquí, de alguna forma… si aún me abrazas cuando no me doy cuenta. Porque hay noches en las que juro sentir algo… algo suave, familiar… como si no te hubieras ido del todo. Y entonces duele más. Porque recuerdo. Recuerdo tu voz. Tu risa. La forma en que tu cola se movía cuando estabas feliz… la manera en que decías mi nombre como si significara algo más grande que este mundo. Y ahora… ya no hay nadie que lo diga así. Sigo adelante, sí. Peleo, camino, respiro… hago todo lo que se supone que debo hacer. Pero no es lo mismo. Nada lo es. Porque la verdad es esta… No importa cuántas estrellas haya en el cielo… Si tú no estás aquí para mirarlas conmigo, se siente como si el mundo entero se hubiera quedado vacío.
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  • Mi rostro empezó a fragmentarse… lo sentí antes de verlo. Una presión interna, silenciosa, creciendo sin control, hasta que pequeñas grietas comenzaron a abrirse sobre mi piel, finas al principio… pero vivas, extendiéndose como si algo dentro de mí intentara escapar. Aquel poder… era demasiado. Superaba mi límite, superaba lo que mi cuerpo podía contener. Cada pulso de energía que liberaba arrancaba algo de mí, como si mi propia existencia se estuviera desmoronando lentamente. Pero aun así… no podía detenerme. No podía quedarme mirando cómo aquel planeta agonizaba frente a mí, cómo su luz se apagaba sin hacer nada. No después de haberlo sentido… no después de haber conectado con su latido moribundo.

    Mis manos temblaban, mi respiración se volvía inestable, pero seguí… obligándome a sostener ese poder, a empujarlo más allá de lo que mi cuerpo soportaba. Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer. No podía detenerlas. Resbalaban por mis mejillas, atravesando las grietas de mi rostro, brillando como fragmentos de luz al desprenderse en el vacío. No eran solo lágrimas… eran el reflejo de todo lo que estaba entregando, de todo lo que estaba perdiendo en ese momento.

    Cada lágrima… cada grieta… cada fragmento de mí… Era el precio de no dejar morir ese mundo.
    Mi rostro empezó a fragmentarse… lo sentí antes de verlo. Una presión interna, silenciosa, creciendo sin control, hasta que pequeñas grietas comenzaron a abrirse sobre mi piel, finas al principio… pero vivas, extendiéndose como si algo dentro de mí intentara escapar. Aquel poder… era demasiado. Superaba mi límite, superaba lo que mi cuerpo podía contener. Cada pulso de energía que liberaba arrancaba algo de mí, como si mi propia existencia se estuviera desmoronando lentamente. Pero aun así… no podía detenerme. No podía quedarme mirando cómo aquel planeta agonizaba frente a mí, cómo su luz se apagaba sin hacer nada. No después de haberlo sentido… no después de haber conectado con su latido moribundo. Mis manos temblaban, mi respiración se volvía inestable, pero seguí… obligándome a sostener ese poder, a empujarlo más allá de lo que mi cuerpo soportaba. Y entonces… las lágrimas comenzaron a caer. No podía detenerlas. Resbalaban por mis mejillas, atravesando las grietas de mi rostro, brillando como fragmentos de luz al desprenderse en el vacío. No eran solo lágrimas… eran el reflejo de todo lo que estaba entregando, de todo lo que estaba perdiendo en ese momento. Cada lágrima… cada grieta… cada fragmento de mí… Era el precio de no dejar morir ese mundo.
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    ***Edad del Caos***
    - El Eco de la Luna

    El lago estaba en silencio, como si el tiempo no se atreviera a perturbar aquel lugar. A unos pasos de la orilla, entre la hierba que crecía libre, se alzaba una tumba sencilla. No tenía adornos ostentosos, pero siempre había flores frescas. Demasiadas para ser un acto olvidado.

    Yen lo había notado desde hacía tiempo, durante años creyó que era su padre que, en secreto, Oz regresaba a ese lugar como ella.

    Aquella tarde, sin embargo, descubrió la verdad. Una figura ya estaba allí, una mujer de cabello rubio, cubierta con una capa oscura, se encontraba arrodillada frente a la tumba. Sus manos colocaban flores con cuidado, como si cada pétalo tuviera un significado. Yen se acercó en silencio, aAlgo no encajaba.

    Cuando finalmente habló, la mujer se giró con calma y retiró la capucha, Yen frunció el ceño.
    Cabello rubio, sí, rasgos finos, similares a los Elunai, pero sus orejas eran humanas, pequeña, no alargadas, no pertenecía a esa raza, de hecho no pertenecía a ninguna que Yen conociera.

    La mujer se presentó como Cyel. Dijo haber conocido a Selin muchos años atrás, que había regresado al pueblo solo para encontrarlo congelado en el tiempo, maldito y vacío de vida. Que buscó entre los rostros inmóviles pero no encontró a su amiga hasta que llegó al lago, vio la tumba y las flores, las favoritas de Selin.

    Desde entonces, regresaba cada año, siempre en la misma fecha. Yen sintió algo en el pecho, una mezcla de alivio y tristeza, no era su padre.

    Pero tampoco estaba sola en ese recuerdo, se presentó como hija de Selin, Yen. Ambas se sentaron junto al lago, Cyel le contó historias de una Selin joven. Una Selin que Yen nunca conoció, la joven se limito a escuchar sin interrumpir, aferrándose a cada palabra como si fueran fragmentos de algo que estaba perdiendo.

    Entonces, Cyel le hizo una pregunta, si había heredado la bendición de la Luna. Yen negó, no sabía de qué hablaba.

    Cyel explicó, sin demasiados detalles, que los Elunai podían fortalecer su poder bajo la luz lunar. Que algunos nacían con poder y otros lo despertaban, que la luna respondía a quienes sabían buscarla. Aquella idea se quedó con Yen.

    No por poder, al menos no al principio sino por algo más simple, por conexión, por Selin. Se despidieron cuando el sol comenzó a caer.

    Cyel se marchó sin mirar atrás, y Yen regresó al campamento, pero su mente ya no estaba allí. Esa noche, miró la luna y no sintió nada, lo intentó de nuevo en la siguiente luna llena y en la siguiente, y en la siguiente. Entrenó fuera de la vista de los demás, golpeó el aire, movió su espada una y otra vez bajo la luz plateada.

    Nada cambiaba, pero no se detuvo, con el tiempo dejó de buscar poder y comenzó a buscar a su madre, a recordar su voz, su rostro, su presencia hasta que una noche ya no pudo.

    El miedo la alcanzó, el miedo de olvidar, de no recordar su cara, que todo se desvaneciera. Yen cayó de rodillas y lloró. No como guerrera, no como hija del caos, sino como una niña llamando a su madre.

    Fue entonces cuando algo respondió, un calor suave nació en su pecho, no fue violento, tampoco oscuro. Era, era distinto... Por un instante vio un rostro, Selin, sonriéndole y luego… todo se apagó.

    Yen cayó inconsciente, su cuerpo cambió en silencio, su piel perdió el verde, se volvió clara, pura... Elunai.

    Su cabello adquirió un tono plateado que reflejaba la luz de la luna como un espejo vivo. No era una transformación agresiva, era una revelación, la sangre que llevaba dentro despertando.

    Cuando recobro al conciencia, el amanecer ya había llegado, su cuerpo había vuelto a la normalidad, verde y fuerte como siempre pero algo era distinto, se sentía más ligera, más rápida y completa. Yen miró al cielo y sonrió suavemente, agradeció a su madre, a Cyel. Sin saber que aquella noche no había sido un simple intento.

    Había sido el inicio, el despertar de la sangre Elunai en su interior y con ello un nuevo camino.
    ***Edad del Caos*** - El Eco de la Luna El lago estaba en silencio, como si el tiempo no se atreviera a perturbar aquel lugar. A unos pasos de la orilla, entre la hierba que crecía libre, se alzaba una tumba sencilla. No tenía adornos ostentosos, pero siempre había flores frescas. Demasiadas para ser un acto olvidado. Yen lo había notado desde hacía tiempo, durante años creyó que era su padre que, en secreto, Oz regresaba a ese lugar como ella. Aquella tarde, sin embargo, descubrió la verdad. Una figura ya estaba allí, una mujer de cabello rubio, cubierta con una capa oscura, se encontraba arrodillada frente a la tumba. Sus manos colocaban flores con cuidado, como si cada pétalo tuviera un significado. Yen se acercó en silencio, aAlgo no encajaba. Cuando finalmente habló, la mujer se giró con calma y retiró la capucha, Yen frunció el ceño. Cabello rubio, sí, rasgos finos, similares a los Elunai, pero sus orejas eran humanas, pequeña, no alargadas, no pertenecía a esa raza, de hecho no pertenecía a ninguna que Yen conociera. La mujer se presentó como Cyel. Dijo haber conocido a Selin muchos años atrás, que había regresado al pueblo solo para encontrarlo congelado en el tiempo, maldito y vacío de vida. Que buscó entre los rostros inmóviles pero no encontró a su amiga hasta que llegó al lago, vio la tumba y las flores, las favoritas de Selin. Desde entonces, regresaba cada año, siempre en la misma fecha. Yen sintió algo en el pecho, una mezcla de alivio y tristeza, no era su padre. Pero tampoco estaba sola en ese recuerdo, se presentó como hija de Selin, Yen. Ambas se sentaron junto al lago, Cyel le contó historias de una Selin joven. Una Selin que Yen nunca conoció, la joven se limito a escuchar sin interrumpir, aferrándose a cada palabra como si fueran fragmentos de algo que estaba perdiendo. Entonces, Cyel le hizo una pregunta, si había heredado la bendición de la Luna. Yen negó, no sabía de qué hablaba. Cyel explicó, sin demasiados detalles, que los Elunai podían fortalecer su poder bajo la luz lunar. Que algunos nacían con poder y otros lo despertaban, que la luna respondía a quienes sabían buscarla. Aquella idea se quedó con Yen. No por poder, al menos no al principio sino por algo más simple, por conexión, por Selin. Se despidieron cuando el sol comenzó a caer. Cyel se marchó sin mirar atrás, y Yen regresó al campamento, pero su mente ya no estaba allí. Esa noche, miró la luna y no sintió nada, lo intentó de nuevo en la siguiente luna llena y en la siguiente, y en la siguiente. Entrenó fuera de la vista de los demás, golpeó el aire, movió su espada una y otra vez bajo la luz plateada. Nada cambiaba, pero no se detuvo, con el tiempo dejó de buscar poder y comenzó a buscar a su madre, a recordar su voz, su rostro, su presencia hasta que una noche ya no pudo. El miedo la alcanzó, el miedo de olvidar, de no recordar su cara, que todo se desvaneciera. Yen cayó de rodillas y lloró. No como guerrera, no como hija del caos, sino como una niña llamando a su madre. Fue entonces cuando algo respondió, un calor suave nació en su pecho, no fue violento, tampoco oscuro. Era, era distinto... Por un instante vio un rostro, Selin, sonriéndole y luego… todo se apagó. Yen cayó inconsciente, su cuerpo cambió en silencio, su piel perdió el verde, se volvió clara, pura... Elunai. Su cabello adquirió un tono plateado que reflejaba la luz de la luna como un espejo vivo. No era una transformación agresiva, era una revelación, la sangre que llevaba dentro despertando. Cuando recobro al conciencia, el amanecer ya había llegado, su cuerpo había vuelto a la normalidad, verde y fuerte como siempre pero algo era distinto, se sentía más ligera, más rápida y completa. Yen miró al cielo y sonrió suavemente, agradeció a su madre, a Cyel. Sin saber que aquella noche no había sido un simple intento. Había sido el inicio, el despertar de la sangre Elunai en su interior y con ello un nuevo camino.
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