• Gracias a los medicamentos, Lorenzo parecía volver a ser él mismo. Sus días se habían vuelto rutinarios. Despertaba, miraba la cajita donde quedaron sus ilusiones, lloraba un poco, comía, hacía algo de ejercicio y todo empezaba de nuevo.
    Un día de tantos, empezó a escribir una carta, una que tenía destinatario pero no forma de llegar.

    Carta no. 1.

    Mi bebé (habla de Theo):

    No sé cuánto tiempo ha pasado, las horas y los días en este lugar se desdibujan y ya no sé ni en qué día vivo, también es cierto que eso dejó de importarme cuando te fuiste...
    ¿Sabes?, extraño tu sonrisa, la forma en la que me mirabas, extraño estar contigo, tus ocurrencias, tus besos...quisiera poder regresar el tiempo y congelarlo en esa última noche cuando te tenía entre mis brazos...ahora la vida sin ti parece una broma...una de muy mal gusto, por cierto.
    Mí preciosidad, mi chico de cuerpo de infarto..., ¿era así cómo debía terminar nuestra historia?, yo no lo creo, yo creo que...teníamos tanto por vivir, tanto por amarnos, pero supongo que toda nuestra historia ahora se quedará sumergida en el infinito mar del "hubiera".
    A mí ya no me queda nada, sólo tu recuerdo que es lo que me mantiene vivo.
    Te amaré por siempre y para siempre

    LM.

    La dobló con sumo cuidado y la guardó en un cajón. Junto a la cajita que alguna vez le dio la felicidad más grande. Era todo lo que le quedaba de "ellos".

    Jaehyun Kim
    Gracias a los medicamentos, Lorenzo parecía volver a ser él mismo. Sus días se habían vuelto rutinarios. Despertaba, miraba la cajita donde quedaron sus ilusiones, lloraba un poco, comía, hacía algo de ejercicio y todo empezaba de nuevo. Un día de tantos, empezó a escribir una carta, una que tenía destinatario pero no forma de llegar. Carta no. 1. Mi bebé (habla de Theo): No sé cuánto tiempo ha pasado, las horas y los días en este lugar se desdibujan y ya no sé ni en qué día vivo, también es cierto que eso dejó de importarme cuando te fuiste... ¿Sabes?, extraño tu sonrisa, la forma en la que me mirabas, extraño estar contigo, tus ocurrencias, tus besos...quisiera poder regresar el tiempo y congelarlo en esa última noche cuando te tenía entre mis brazos...ahora la vida sin ti parece una broma...una de muy mal gusto, por cierto. Mí preciosidad, mi chico de cuerpo de infarto..., ¿era así cómo debía terminar nuestra historia?, yo no lo creo, yo creo que...teníamos tanto por vivir, tanto por amarnos, pero supongo que toda nuestra historia ahora se quedará sumergida en el infinito mar del "hubiera". A mí ya no me queda nada, sólo tu recuerdo que es lo que me mantiene vivo. Te amaré por siempre y para siempre LM. La dobló con sumo cuidado y la guardó en un cajón. Junto a la cajita que alguna vez le dio la felicidad más grande. Era todo lo que le quedaba de "ellos". [solar_crimson_elephant_597]
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  • La siesta es un hábito de los humanos que está dispuesta a perpetuar en el tiempo.

    La siesta es un hábito de los humanos que está dispuesta a perpetuar en el tiempo. 💤
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  • A escondidas (GL)
    Fandom Cualquiera // Ninguno
    Categoría Slice of Life
    *Gabriella era conocida en todo el instituto por ser la típica chica popular que todo el mundo amaba y temía casi a partes iguales. Tenía su grupo de chicas y chicos populares que iban con ella a todas partes, todo el mundo creía que estaba saliendo con el capitán del equipo de fútbol... todo lo que podía sonar como un cliché americano.*

    *Lo que nadie sabía, era que en realidad Gabriella estaba liada con la delegada de su curso, una chica que todo el mundo consideraba "rara" porque le gustaba el arte y el teatro, y una chica de la cual tanto Gabriella como su grupo se burlaban.*

    *Esa mañana, al cruzarse con ella, Gabriella chocó su hombro contra el de ella.*

    "Ay, perdona, no te había visto."

    *Susurró, su vista pegada a ella. Todos sus amigos rieron, sin saber que la chica que tenían en frente era en realidad la chica con la que Gabriella estaba medio saliendo.*
    *Gabriella era conocida en todo el instituto por ser la típica chica popular que todo el mundo amaba y temía casi a partes iguales. Tenía su grupo de chicas y chicos populares que iban con ella a todas partes, todo el mundo creía que estaba saliendo con el capitán del equipo de fútbol... todo lo que podía sonar como un cliché americano.* *Lo que nadie sabía, era que en realidad Gabriella estaba liada con la delegada de su curso, una chica que todo el mundo consideraba "rara" porque le gustaba el arte y el teatro, y una chica de la cual tanto Gabriella como su grupo se burlaban.* *Esa mañana, al cruzarse con ella, Gabriella chocó su hombro contra el de ella.* "Ay, perdona, no te había visto." *Susurró, su vista pegada a ella. Todos sus amigos rieron, sin saber que la chica que tenían en frente era en realidad la chica con la que Gabriella estaba medio saliendo.*
    Tipo
    Individual
    Líneas
    25
    Estado
    Disponible
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  • El Palomar de Afuera
    Fandom Original
    Categoría Fantasía
    El hombre apareció delante de Marta entre una góndola de yerba y una heladera de yogures descremados.
    No hubo trueno.
    No hubo luz sagrada.
    No hubo coro de niños muertos ni perfume a incienso caro.
    Hubo, en cambio, una leve explosión en el aire, como si alguien hubiera chasqueado los dedos manchados de pólvora. Después apareció él: alto, demasiado bien vestido para un supermercado de barrio, con un sobretodo negro lleno de polvo blanco en los hombros y una expresión de haber llegado tarde a una catástrofe que él mismo había organizado.
    Marta lo midió de arriba abajo.
    Después bajó la vista al changuito, como si necesitara confirmar que la yerba, los duraznos y el jabón blanco seguían ahí, haciendo fuerza del lado de la realidad.
    —Depende —dijo, antes de que él abriera la boca—. ¿Me vas a preguntar quién soy porque estás de levante o para ponerlo en una denuncia?
    El hombre sonrió apenas.
    —Las dos cosas pueden coexistir.
    —Ah, mirá qué bien. Un problema que habla como Señorito.
    —Marta.
    Ella se quedó quieta y bajó el mentón para mirarlo por encima de los lentes.
    —Veo que arrancamos con ventaja ajena…
    —Fausto Veyra —dijo él—. Aunque casi todos me dicen Veyra.
    Marta relajó la cara. Una cosa era el peligro y otra la empatía.
    —Ya, te sigo. Cualquier cosa antes que Fausto, ¿no? Pffff… Hasta Veyra supongo, aunque suene a almeja de restaurante caro... Ojo, no te juzgo, eh. A mí también me dieron con un caño.
    —Lo pensé mucho antes de aparecer en tu pasillo de lácteos.
    Marta sueltó el chango para abarcar el espacio con el brazo.
    —Esto no es un pasillo de lácteos. Es una trampa para gente que cree que el yogur con semillas arregla la vida.
    Fausto miró la heladera.
    —Entonces aparecí en el lugar correcto.
    Marta metió un flancito en el chango y le revisó la pinta. Mirarlo a la cara le hizo doler el cuello.
    —Vos no sos de por acá, y tus papás no eran duendecitos. ¿Qué sos? ¿Dios? ¿Vampiro? ¿Un perchero de luto?
    —Propietario.
    —Peor.
    —De una casa.
    —Peor todavía.
    —Una casa que no está siempre en el mismo lugar.
    Lo dijo como si nada. Con sus zapatos negros, los guantes grises, la camisa cerrada hasta el cuello y una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda, no tenía cara de loco de feria de ropa usada. Tenía cara de tipo que sabía dónde estaban enterradas varias cosas y había elegido no contarlo por educación. Eso, en la experiencia de Marta, requería concentración y táctica.
    —Necesito pruebas de tu… casidad mágica, o lo que sea que estés vendiendo.
    Veyra sacó una llave del bolsillo.
    No era grande. No brillaba. No flotaba.
    Era una llave común, chata, de bronce viejo, con un llavero de dado de veinte caras, azul translúcido, gastado en los bordes.
    Marta miró el llavero.
    —Mirá vos. Gótico, pero con recreo.
    —Esto abre cualquier puerta.
    Marta miró la llave.
    —Eso también lo dicen los cerrajeros turbios.
    —Abre cualquier puerta hacia el lugar al que la puerta no debería llevar.
    —Eso también lo dicen los cerrajeros turbios después de las tres de la mañana.
    Fausto caminó hasta una puerta de depósito que decía SOLO PERSONAL. Metió la llave, giró una vez y abrió.
    Del otro lado no había cajas de reposición, ni escobas, ni un empleado fumando a escondidas.
    Había un vestíbulo enorme, oscuro, con piso de piedra negra, lámparas suspendidas como estrellas enfermas y una escalera que subía en tres direcciones distintas. Al fondo, un jardín imposible respiraba atrás de unos ventanales de vidrio repartido. Algo azul se movía entre las plantas.
    Marta no dijo nada.
    No porque estuviera impresionada.
    Porque una cosa era impresionarse y otra regalarle al hombre la satisfacción de verla impresionada.
    El aire que venía del otro lado olía a tormenta, a madera vieja y a frutilla quemada.
    Marta señaló la puerta con el mentón.
    —¿Y?
    Fausto no cruzó. Soltó el picaporte y se corrió a un costado, dejándole libre la puerta.
    —Entrá si querés.
    Marta miró el vestíbulo.
    Después lo miró a él.
    —Mirá qué fino. Un secuestro donde una se tiene que meter sola.
    —No es un secuestro si no entrás.
    —Es una aparición rara en los chinos. Tampoco te me hagas el normal.
    Fausto aceptó eso con una inclinación mínima de la cabeza.
    —Normal no existe.
    Marta entrecerró los ojos.
    —Bien. Algo entendés.
    —Ni voy a decir “bienvenida” hasta que cruces por voluntad propia.
    Marta lo miró con más atención.
    —Vos tuviste entrenamiento…
    —Sobreviví a tres jefes más jóvenes, una casa que cambiaba las cerraduras cuando se ofendía y varias reuniones de consorcio con médiums.
    —Eso explica la cara.
    Fausto inclinó apenas la cabeza, como si aceptara el golpe.
    —Necesito hablar con vos en mi casa. Hay algo ahí que se está cerrando y vos, según me dijeron, sos buena abriendo cosas.
    Marta levantó una ceja.
    —¿Abriendo?
    —Rompiendo.
    —Ah. Eso sí.
    —Preferí empezar elegante.
    —Mal hecho. La elegancia atrasa.
    Fausto apoyó una mano en el marco de la puerta.
    —La casa se llama El Palomar de Afuera.
    Marta lo miró.
    —Je… ¿para que haga juego con Fausto? Qué nombre, papito. Se nota que nadie salió ileso de esa familia.
    —No lo elegí yo.
    —Eso dicen todos los padres de criaturas horribles.
    —La casa tiene biblioteca, cocina, observatorio, invernadero, salones que no recomiendo, tres pasillos que mienten y una habitación que solo aparece cuando alguien se arrepiente de verdad.
    Marta se quedó quieta.
    —Eso último es chamuyo.
    —Casi siempre.
    —Bien. Honestidad arbitraria. Me sirve.
    Fausto señaló el interior.
    —Entrás, mirás, escuchás mi propuesta y te vas cuando quieras.
    —¿Y qué gano yo?
    —Lo que me pidas, si lo tengo.
    Marta soltó una risa seca.
    —“Lo que quieras” es una frase peligrosa, Veyra. La dicen los ricos, los locos y los hombres que nunca tuvieron que compartir baño con nadie.
    —Tengo siete baños.
    —No seas hijo de puta.
    —Y ninguno funciona del todo.
    —Ah, casa vieja. Eso ya humaniza.
    Fausto sonrió. De costado. Boca larga, con personalidad, de esas que conviene no mirar mucho.
    —No soy humano.
    —No te agrandes. Nadie es perfecto.
    Marta miró el changuito. Tenía yerba, una lata de duraznos, jabón blanco y un paquete de fideos. Cosas reales. Cosas que se entendían. Del otro lado de la puerta, en cambio, una escalera subía hacia donde se le cantaba y las lámparas parecían estar escuchando.
    Suspiró.
    —Te aviso algo antes de cruzar: yo no soy adorno ni trofeo de ningún señor con sobretodo dramático. Tampoco premio consuelo para propietario aburrido. Si esto es una trampa romántica, una ceremonia rara o una de esas cosas donde al final aparezco vestida de blanco con gente con máscaras, te remodelo la cara a martillazos.
    Fausto no se ofendió.
    Eso fue interesante.
    —No quiero una consorte.
    —Bien. Porque ya veníamos mal con la palabra.
    —No quiero una amante.
    —Mejor todavía. Ese trámite conlleva reglamentos, hambre, confianza y mínima decencia.
    —Quiero contratarte.
    Marta parpadeó.
    Después carraspeó, se acomodó los lentes y apoyó los antebrazos en el caño del changuito cono si fuera un mostrador. Puso cara de persona habilitada por alguien.
    —Bueno. Ahí ya estamos en otro rubro. Yo no hago milagros, no estoy inscripta y no trabajo con gente que deja la esponja llena de fideos.
    Fausto tardó apenas un segundo.
    —No lavo platos.
    —Eso no lo mejora.
    —Lo sé.
    —Bueno. Al menos reconocés la falta ética y moral. En este país ya es un posgrado.
    Fausto aceptó el dictamen con una inclinación mínima de la cabeza.
    —Hay una puerta en el observatorio que no abre desde hace noventa y seis años. Detrás hay algo mío.
    —¿Algo tuyo como “un recuerdo de infancia” o algo tuyo como “una pesadilla con demasiadas patas”?
    —Las dos respuestas serían defendibles.
    Marta apretó los labios.
    —Veyra.
    —Sí.
    —Cuando una pregunta qué hay detrás de una puerta, la respuesta no debería tener que venir con subtítulos.
    —Por eso necesito a alguien que rompa antes de pedir permiso.
    Marta se quedó mirándolo.
    El tipo seguía siendo sospechoso. Mucho. Tenía esa calma molesta de los que no se apuran porque ya escondieron el cadáver bajo una montaña de marihuana. No la había tocado. No la había llamado hermosa —eso no era pavada—. No le había prometido eternidad, joyas ni un baño con bidet. Le había ofrecido un trabajo peligroso, mal explicado y probablemente ilegal en alguna parte.
    Nada nuevo. Nada realmente preocupante.
    —Primero me explicás el trabajo —dijo—. Riesgos, enemigos, beneficios, cláusula de salida y si el cargo incluye habitación propia con puerta que cierre desde adentro. Y obra social, porque soy una mina grande y el laburo se pone jodido.
    Fausto abrió la boca.
    Marta levantó un dedo.
    —Y cerveza. No negocio sin cerveza.
    —Tengo una bodega.
    —Dije cerveza, no tristeza con corcho.
    —Tengo cerveza.
    —Fría.
    —Fría.
    —Artesanal.
    Fausto tardó medio segundo.
    —Sí.
    —Bien. No voy a arriesgar el brazo por una rubia triste de supermercado.
    Fausto la miraba con una seriedad impecable.
    Marta sostuvo la mirada.
    —Bueno —dijo al fin—. Te escucho.
    Y cruzó la puerta.
    El hombre apareció delante de Marta entre una góndola de yerba y una heladera de yogures descremados. No hubo trueno. No hubo luz sagrada. No hubo coro de niños muertos ni perfume a incienso caro. Hubo, en cambio, una leve explosión en el aire, como si alguien hubiera chasqueado los dedos manchados de pólvora. Después apareció él: alto, demasiado bien vestido para un supermercado de barrio, con un sobretodo negro lleno de polvo blanco en los hombros y una expresión de haber llegado tarde a una catástrofe que él mismo había organizado. Marta lo midió de arriba abajo. Después bajó la vista al changuito, como si necesitara confirmar que la yerba, los duraznos y el jabón blanco seguían ahí, haciendo fuerza del lado de la realidad. —Depende —dijo, antes de que él abriera la boca—. ¿Me vas a preguntar quién soy porque estás de levante o para ponerlo en una denuncia? El hombre sonrió apenas. —Las dos cosas pueden coexistir. —Ah, mirá qué bien. Un problema que habla como Señorito. —Marta. Ella se quedó quieta y bajó el mentón para mirarlo por encima de los lentes. —Veo que arrancamos con ventaja ajena… —Fausto Veyra —dijo él—. Aunque casi todos me dicen Veyra. Marta relajó la cara. Una cosa era el peligro y otra la empatía. —Ya, te sigo. Cualquier cosa antes que Fausto, ¿no? Pffff… Hasta Veyra supongo, aunque suene a almeja de restaurante caro... Ojo, no te juzgo, eh. A mí también me dieron con un caño. —Lo pensé mucho antes de aparecer en tu pasillo de lácteos. Marta sueltó el chango para abarcar el espacio con el brazo. —Esto no es un pasillo de lácteos. Es una trampa para gente que cree que el yogur con semillas arregla la vida. Fausto miró la heladera. —Entonces aparecí en el lugar correcto. Marta metió un flancito en el chango y le revisó la pinta. Mirarlo a la cara le hizo doler el cuello. —Vos no sos de por acá, y tus papás no eran duendecitos. ¿Qué sos? ¿Dios? ¿Vampiro? ¿Un perchero de luto? —Propietario. —Peor. —De una casa. —Peor todavía. —Una casa que no está siempre en el mismo lugar. Lo dijo como si nada. Con sus zapatos negros, los guantes grises, la camisa cerrada hasta el cuello y una cicatriz fina cruzándole la ceja izquierda, no tenía cara de loco de feria de ropa usada. Tenía cara de tipo que sabía dónde estaban enterradas varias cosas y había elegido no contarlo por educación. Eso, en la experiencia de Marta, requería concentración y táctica. —Necesito pruebas de tu… casidad mágica, o lo que sea que estés vendiendo. Veyra sacó una llave del bolsillo. No era grande. No brillaba. No flotaba. Era una llave común, chata, de bronce viejo, con un llavero de dado de veinte caras, azul translúcido, gastado en los bordes. Marta miró el llavero. —Mirá vos. Gótico, pero con recreo. —Esto abre cualquier puerta. Marta miró la llave. —Eso también lo dicen los cerrajeros turbios. —Abre cualquier puerta hacia el lugar al que la puerta no debería llevar. —Eso también lo dicen los cerrajeros turbios después de las tres de la mañana. Fausto caminó hasta una puerta de depósito que decía SOLO PERSONAL. Metió la llave, giró una vez y abrió. Del otro lado no había cajas de reposición, ni escobas, ni un empleado fumando a escondidas. Había un vestíbulo enorme, oscuro, con piso de piedra negra, lámparas suspendidas como estrellas enfermas y una escalera que subía en tres direcciones distintas. Al fondo, un jardín imposible respiraba atrás de unos ventanales de vidrio repartido. Algo azul se movía entre las plantas. Marta no dijo nada. No porque estuviera impresionada. Porque una cosa era impresionarse y otra regalarle al hombre la satisfacción de verla impresionada. El aire que venía del otro lado olía a tormenta, a madera vieja y a frutilla quemada. Marta señaló la puerta con el mentón. —¿Y? Fausto no cruzó. Soltó el picaporte y se corrió a un costado, dejándole libre la puerta. —Entrá si querés. Marta miró el vestíbulo. Después lo miró a él. —Mirá qué fino. Un secuestro donde una se tiene que meter sola. —No es un secuestro si no entrás. —Es una aparición rara en los chinos. Tampoco te me hagas el normal. Fausto aceptó eso con una inclinación mínima de la cabeza. —Normal no existe. Marta entrecerró los ojos. —Bien. Algo entendés. —Ni voy a decir “bienvenida” hasta que cruces por voluntad propia. Marta lo miró con más atención. —Vos tuviste entrenamiento… —Sobreviví a tres jefes más jóvenes, una casa que cambiaba las cerraduras cuando se ofendía y varias reuniones de consorcio con médiums. —Eso explica la cara. Fausto inclinó apenas la cabeza, como si aceptara el golpe. —Necesito hablar con vos en mi casa. Hay algo ahí que se está cerrando y vos, según me dijeron, sos buena abriendo cosas. Marta levantó una ceja. —¿Abriendo? —Rompiendo. —Ah. Eso sí. —Preferí empezar elegante. —Mal hecho. La elegancia atrasa. Fausto apoyó una mano en el marco de la puerta. —La casa se llama El Palomar de Afuera. Marta lo miró. —Je… ¿para que haga juego con Fausto? Qué nombre, papito. Se nota que nadie salió ileso de esa familia. —No lo elegí yo. —Eso dicen todos los padres de criaturas horribles. —La casa tiene biblioteca, cocina, observatorio, invernadero, salones que no recomiendo, tres pasillos que mienten y una habitación que solo aparece cuando alguien se arrepiente de verdad. Marta se quedó quieta. —Eso último es chamuyo. —Casi siempre. —Bien. Honestidad arbitraria. Me sirve. Fausto señaló el interior. —Entrás, mirás, escuchás mi propuesta y te vas cuando quieras. —¿Y qué gano yo? —Lo que me pidas, si lo tengo. Marta soltó una risa seca. —“Lo que quieras” es una frase peligrosa, Veyra. La dicen los ricos, los locos y los hombres que nunca tuvieron que compartir baño con nadie. —Tengo siete baños. —No seas hijo de puta. —Y ninguno funciona del todo. —Ah, casa vieja. Eso ya humaniza. Fausto sonrió. De costado. Boca larga, con personalidad, de esas que conviene no mirar mucho. —No soy humano. —No te agrandes. Nadie es perfecto. Marta miró el changuito. Tenía yerba, una lata de duraznos, jabón blanco y un paquete de fideos. Cosas reales. Cosas que se entendían. Del otro lado de la puerta, en cambio, una escalera subía hacia donde se le cantaba y las lámparas parecían estar escuchando. Suspiró. —Te aviso algo antes de cruzar: yo no soy adorno ni trofeo de ningún señor con sobretodo dramático. Tampoco premio consuelo para propietario aburrido. Si esto es una trampa romántica, una ceremonia rara o una de esas cosas donde al final aparezco vestida de blanco con gente con máscaras, te remodelo la cara a martillazos. Fausto no se ofendió. Eso fue interesante. —No quiero una consorte. —Bien. Porque ya veníamos mal con la palabra. —No quiero una amante. —Mejor todavía. Ese trámite conlleva reglamentos, hambre, confianza y mínima decencia. —Quiero contratarte. Marta parpadeó. Después carraspeó, se acomodó los lentes y apoyó los antebrazos en el caño del changuito cono si fuera un mostrador. Puso cara de persona habilitada por alguien. —Bueno. Ahí ya estamos en otro rubro. Yo no hago milagros, no estoy inscripta y no trabajo con gente que deja la esponja llena de fideos. Fausto tardó apenas un segundo. —No lavo platos. —Eso no lo mejora. —Lo sé. —Bueno. Al menos reconocés la falta ética y moral. En este país ya es un posgrado. Fausto aceptó el dictamen con una inclinación mínima de la cabeza. —Hay una puerta en el observatorio que no abre desde hace noventa y seis años. Detrás hay algo mío. —¿Algo tuyo como “un recuerdo de infancia” o algo tuyo como “una pesadilla con demasiadas patas”? —Las dos respuestas serían defendibles. Marta apretó los labios. —Veyra. —Sí. —Cuando una pregunta qué hay detrás de una puerta, la respuesta no debería tener que venir con subtítulos. —Por eso necesito a alguien que rompa antes de pedir permiso. Marta se quedó mirándolo. El tipo seguía siendo sospechoso. Mucho. Tenía esa calma molesta de los que no se apuran porque ya escondieron el cadáver bajo una montaña de marihuana. No la había tocado. No la había llamado hermosa —eso no era pavada—. No le había prometido eternidad, joyas ni un baño con bidet. Le había ofrecido un trabajo peligroso, mal explicado y probablemente ilegal en alguna parte. Nada nuevo. Nada realmente preocupante. —Primero me explicás el trabajo —dijo—. Riesgos, enemigos, beneficios, cláusula de salida y si el cargo incluye habitación propia con puerta que cierre desde adentro. Y obra social, porque soy una mina grande y el laburo se pone jodido. Fausto abrió la boca. Marta levantó un dedo. —Y cerveza. No negocio sin cerveza. —Tengo una bodega. —Dije cerveza, no tristeza con corcho. —Tengo cerveza. —Fría. —Fría. —Artesanal. Fausto tardó medio segundo. —Sí. —Bien. No voy a arriesgar el brazo por una rubia triste de supermercado. Fausto la miraba con una seriedad impecable. Marta sostuvo la mirada. —Bueno —dijo al fin—. Te escucho. Y cruzó la puerta.
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  • Recuerdo incompleto — I

    Hay enemigos con los que no se puede negociar; así rezan los supervivientes.

    Los hombres son esclavos de sus razones: incluso de haber florecido bajo la guía de un dogma demencial, aquellos descarriados del camino de la cordura pueden ser abordados para alabar la blasfemia y nombrar correctamente los males que los someten. Son impuros en el juego de la supervivencia, mas en la certidumbre que necesitan los mortales hallan en la fechoría un sitio donde anidar.

    De las bestias se ha de reclamar que, si estas aún lamentan el llanto del mundo, el comportamiento goza de predictibilidad. El temor surge frente a lo desconocido, y los que han nacido sin oír la doliente voz de la Gran Bestia no son sino parásitos de la piel muerta de esta. Afinidades, lenguas extrañas y la veneración son necesarias para lograr una comunión y hacer de cada fiera recelosa un aliado.

    Sombras comunes, todos y cada uno de ellos; incapaces de una convivencia plena, mas conocedores del lenguaje universal de la violencia. No porque busquen atentar contra quienes comparten la miseria, sino porque incluso en la vulgaridad hay un límite que marca la decadencia terrenal de aquella que está intacta de vergüenza.

    No son los sacerdotes de la esencia fundamental, sino los vástagos moldeados a imagen y semejanza de un pecado original.

    Un alma anónima una vez habló: «Hay rugidos que quiebran voluntades. Desde que me hice esta herida en el brazo, en situaciones límites el pecho se retuerce ante el abrazo de mil espinas, pero de solo recordar cómo esas monstruosidades gruñían, siento cómo el calor se escapa por la garganta. Olieron el miedo; juro que los escuché reír mientras se daban un festín con el resto de los compañeros. Al salir el sol, con los milicianos pretendimos buscar los restos, pero ni los huesos quedaron, y donde la sangre de aquellos fue derramada, los árboles y las flores se pudrieron».

    Entre lágrimas, y con palabras tanto burdas como titubeantes, el recuerdo se expresaba así.
    Y entre todos los presentes uno en particular lo escuchó; tal fue la indignación que de su asiento se levantó y con una agresividad impertinente exigió: «Muéstrame exactamente dónde los has visto». Ni siquiera los más bravos pudieron ignorar tal orden.

    Prendas largas que no se asemejaban al gardecorps habitual. El andar pesado desvelaba la presencia de una cota de mallas y el trinar de unas placas, mas el abrigo oscuro impedía vislumbrar detalle alguno. La imponente silueta portaba un rostro resguardado de la nariz hacia abajo, reacio a enseñar el rostro, presuntamente por la presencia de heridas que carecían de estética. De por sí destacaba demasiado, pero no conforme con eso, el cabello cenizo, coincidente con una jovial vejez, era oculto bajo un bycocket de proporciones incoherentes. Admitía sin palabras un origen foráneo, pero si entre creyentes caminaba era por algo más que la necesidad de un cuerpo dedicado al exterminio y la servidumbre.

    En las fronteras de la oscura arboleda, el extranjero de ojos desgastados prescindió de cualquier apoyo militar. No fue lo imperante las sospechas, sino una genuina preocupación por quien había sido recordado por honrar con ferviente devoción a un grupo de campesinos desaparecidos ante la ignorancia de la durmiente luna.

    El coraje tiñó la voz, incluso cuando intentó actuar en disonancia; en la rigidez de su postura, con un desprecio humano comunicó: allí el resto de los hombres entendió que un aliado ellos habían encontrado. Y de no quedar claro, se expresó en una súplica que le permitió mantenerse digno:

    «No me ha de ser menester lastrar con tal pérdida a varones íntegros a quienes en sus lares aguardan; que los hijos de estos jamás hereden la memoria de un enemigo tan desamorado.»

    Y aquel hombre marchó, dejándose engullir por las fauces de la noche.

    No ha de ser una sorpresa que de él nada más se supo. Los vientos gélidos provenientes del distante norte evocan la voz, así como aquella promesa cumplida sin jamás haber sido formulada: ni siquiera fue necesaria la presencia del alba para que los infantes volvieran a dormitar en paz y las almas de bien contaran con la certeza de un mañana alejado de una tragedia que no había sido perpetuada por ídolos humanos.
    Recuerdo incompleto — I Hay enemigos con los que no se puede negociar; así rezan los supervivientes. Los hombres son esclavos de sus razones: incluso de haber florecido bajo la guía de un dogma demencial, aquellos descarriados del camino de la cordura pueden ser abordados para alabar la blasfemia y nombrar correctamente los males que los someten. Son impuros en el juego de la supervivencia, mas en la certidumbre que necesitan los mortales hallan en la fechoría un sitio donde anidar. De las bestias se ha de reclamar que, si estas aún lamentan el llanto del mundo, el comportamiento goza de predictibilidad. El temor surge frente a lo desconocido, y los que han nacido sin oír la doliente voz de la Gran Bestia no son sino parásitos de la piel muerta de esta. Afinidades, lenguas extrañas y la veneración son necesarias para lograr una comunión y hacer de cada fiera recelosa un aliado. Sombras comunes, todos y cada uno de ellos; incapaces de una convivencia plena, mas conocedores del lenguaje universal de la violencia. No porque busquen atentar contra quienes comparten la miseria, sino porque incluso en la vulgaridad hay un límite que marca la decadencia terrenal de aquella que está intacta de vergüenza. No son los sacerdotes de la esencia fundamental, sino los vástagos moldeados a imagen y semejanza de un pecado original. Un alma anónima una vez habló: «Hay rugidos que quiebran voluntades. Desde que me hice esta herida en el brazo, en situaciones límites el pecho se retuerce ante el abrazo de mil espinas, pero de solo recordar cómo esas monstruosidades gruñían, siento cómo el calor se escapa por la garganta. Olieron el miedo; juro que los escuché reír mientras se daban un festín con el resto de los compañeros. Al salir el sol, con los milicianos pretendimos buscar los restos, pero ni los huesos quedaron, y donde la sangre de aquellos fue derramada, los árboles y las flores se pudrieron». Entre lágrimas, y con palabras tanto burdas como titubeantes, el recuerdo se expresaba así. Y entre todos los presentes uno en particular lo escuchó; tal fue la indignación que de su asiento se levantó y con una agresividad impertinente exigió: «Muéstrame exactamente dónde los has visto». Ni siquiera los más bravos pudieron ignorar tal orden. Prendas largas que no se asemejaban al gardecorps habitual. El andar pesado desvelaba la presencia de una cota de mallas y el trinar de unas placas, mas el abrigo oscuro impedía vislumbrar detalle alguno. La imponente silueta portaba un rostro resguardado de la nariz hacia abajo, reacio a enseñar el rostro, presuntamente por la presencia de heridas que carecían de estética. De por sí destacaba demasiado, pero no conforme con eso, el cabello cenizo, coincidente con una jovial vejez, era oculto bajo un bycocket de proporciones incoherentes. Admitía sin palabras un origen foráneo, pero si entre creyentes caminaba era por algo más que la necesidad de un cuerpo dedicado al exterminio y la servidumbre. En las fronteras de la oscura arboleda, el extranjero de ojos desgastados prescindió de cualquier apoyo militar. No fue lo imperante las sospechas, sino una genuina preocupación por quien había sido recordado por honrar con ferviente devoción a un grupo de campesinos desaparecidos ante la ignorancia de la durmiente luna. El coraje tiñó la voz, incluso cuando intentó actuar en disonancia; en la rigidez de su postura, con un desprecio humano comunicó: allí el resto de los hombres entendió que un aliado ellos habían encontrado. Y de no quedar claro, se expresó en una súplica que le permitió mantenerse digno: «No me ha de ser menester lastrar con tal pérdida a varones íntegros a quienes en sus lares aguardan; que los hijos de estos jamás hereden la memoria de un enemigo tan desamorado.» Y aquel hombre marchó, dejándose engullir por las fauces de la noche. No ha de ser una sorpresa que de él nada más se supo. Los vientos gélidos provenientes del distante norte evocan la voz, así como aquella promesa cumplida sin jamás haber sido formulada: ni siquiera fue necesaria la presencia del alba para que los infantes volvieran a dormitar en paz y las almas de bien contaran con la certeza de un mañana alejado de una tragedia que no había sido perpetuada por ídolos humanos.
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  • La luna iluminaba débilmente el bosque mientras Pavel avanzaba por el sendero con su linterna de aceite en la mano. La cálida luz danzaba entre los árboles y las sombras.

    —Todavía necesito algunas hierbas para mi té de mañana —dijo Pavel con tranquilidad.

    Después de caminar unos minutos, encontró unas hojas de menta junto a un pequeño arroyo.

    —¡Excelente! Justo lo que estaba buscando.

    Guardó las hojas en su morral y continuó su recorrido. El sonido de los grillos llenaba el silencio de la noche.

    —Me gusta el bosque a estas horas. Todo parece más tranquilo.

    Al encontrar algunas flores de manzanilla, sonrió satisfecho.

    —Con esto será suficiente. Tendré un té delicioso.
    La luna iluminaba débilmente el bosque mientras Pavel avanzaba por el sendero con su linterna de aceite en la mano. La cálida luz danzaba entre los árboles y las sombras. —Todavía necesito algunas hierbas para mi té de mañana —dijo Pavel con tranquilidad. Después de caminar unos minutos, encontró unas hojas de menta junto a un pequeño arroyo. —¡Excelente! Justo lo que estaba buscando. Guardó las hojas en su morral y continuó su recorrido. El sonido de los grillos llenaba el silencio de la noche. —Me gusta el bosque a estas horas. Todo parece más tranquilo. Al encontrar algunas flores de manzanilla, sonrió satisfecho. —Con esto será suficiente. Tendré un té delicioso.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    — Japón sigue dando de qué hablar después de ese épico encuentro contra Países Bajos. En serio pensé que estaba viendo ese capítulo de "Captain Tsubasa" en el mismo arco del Mundial Juvenil. Ahora contra Túnez, aplastantr victoria.

    ¡Felicidades mi cuchirrumin Tamamo No Mae!
    — Japón sigue dando de qué hablar después de ese épico encuentro contra Países Bajos. En serio pensé que estaba viendo ese capítulo de "Captain Tsubasa" en el mismo arco del Mundial Juvenil. Ahora contra Túnez, aplastantr victoria. ¡Felicidades mi cuchirrumin [tamamo2025]!
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  • "Hunhow, siempre juraste destruirnos, te aliaste con Ballas, te aliaste con la sombra, nunca superaste la pérdida de tu hija, Natah."

    Reflexiona en el silencio de la noche, la tenue luz de la fogata y el cansancion de los músculos del cuerpo de Chroma, el último mensaje de Hunhow, recibido en la red de los tennos, definitivamente no fue una disculpa, ni una súplica, simplemente un favor de respeto mutuo entre rivales.

    "Tal vez otros tennos cuidarán bien de Natah, ahí te fallaré, sin embargo, ¿sabes lo raro que es la vida que brota fuera de la ciencia? gracias por darle un futuro a la Sombra y su descendencia, Orión o Sirius, a ellos, si comprometo a su bienestar, al menos se lo debemos a Jade."

    "Hunhow, siempre juraste destruirnos, te aliaste con Ballas, te aliaste con la sombra, nunca superaste la pérdida de tu hija, Natah." Reflexiona en el silencio de la noche, la tenue luz de la fogata y el cansancion de los músculos del cuerpo de Chroma, el último mensaje de Hunhow, recibido en la red de los tennos, definitivamente no fue una disculpa, ni una súplica, simplemente un favor de respeto mutuo entre rivales. "Tal vez otros tennos cuidarán bien de Natah, ahí te fallaré, sin embargo, ¿sabes lo raro que es la vida que brota fuera de la ciencia? gracias por darle un futuro a la Sombra y su descendencia, Orión o Sirius, a ellos, si comprometo a su bienestar, al menos se lo debemos a Jade."
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  • -Nunca pense que esa cosa pudiera lanzar agua, además porque no estaba registrado que se pudiera multiplicar... Era un poco más fuerte de lo que esperaba. -Dio una breve pausa para después secar su chaqueta- Aunque solo logro empaparme era muy molesto, por cierto gracias por acompañarme, aunque mi vehículo no sirviera, te has ganado salatarte el entrenamiento de mañana, te invito la cena.
    -Nunca pense que esa cosa pudiera lanzar agua, además porque no estaba registrado que se pudiera multiplicar... Era un poco más fuerte de lo que esperaba. -Dio una breve pausa para después secar su chaqueta- Aunque solo logro empaparme era muy molesto, por cierto gracias por acompañarme, aunque mi vehículo no sirviera, te has ganado salatarte el entrenamiento de mañana, te invito la cena.
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    // Perdón por la ausencia, tuve que ponerme al día con el trabajo que deje pendiente en los días que estuve incapacitada. Ahora ya regreso a la normalidad.
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