El campo de entrenamiento ya no fue un lugar al que pudiera volver, pues no hubo maniquí que no acabara como peluche destrozado. Tan solo pequeños pedazos de lo que alguna vez fueron muñecos de entrenamiento ¿Y sus compañeras exorcistas? Adán las habría echado de una patada aunque ella no se contuvo de casi agarrarlas de las greñas. Ni una sola competente ¿Cómo era que se habían vuelto tan débiles? Se suponía que ellas eran el batallón de defensa del cielo, la única arma capaz de evitar una rebelión de parte del infierno... Ahora reducido a un patético grupo de niñitas que jugaban a ser soldados, pues sólo requería de un fuerte golpe a cada una para derrotarlas; un hecho que sucedió en la tarde. Ninguna fue un reto, no uno verdadero.
¿Y en las calles celestiales? Su humor no mejoró. Todos estaban tan tranquilos y alegres como de costumbre ¿Es que a nadie le importaba lo que sucedía? ¿Ni siquiera a Sera?
— Tsk... —
Chasqueó la lengua. Por supuesto que a Sera no le importaba ¿Cómo podía esperar que lo hiciera si había puesto al más patético de los ángeles como líder de las exterminadoras? Probablemente allí estaba la respuesta a la decadencia de eficacia en lo que alguna vez fueron sus compañeras.
En su habitación, los pensamientos se entremezclaron con sus sentimientos, con su alma rota y con su ira convertida en un fuego que era imposible de extinguir. La frustración creció mientras más pensaba; la decadencia en las exterminadoras, la indiferencia del cielo, los cambios en Adán....
— ¡Agh! — Y finalmente explotó, su puño metálico golpeando la pared de su cuarto hasta agrietarlo en todas direcciones.
Sus dos manos se cerraron como puños contra el muro, su frente apoyándose en la pared resquebrajada.
"¿Otra vez histérica? ¿Es que acaso siempre te baja la regla?"
Escuchó aquella voz, una que reconoció perfectamente. Se apartó del muro, levantando la mirada antes de voltear para ver a quien ya imaginaba; Adán. De brazos cruzados y recargado sobre un mueble.
Parpadeó varias veces con los ojos bien abiertos a punto de preguntarle cuándo había llegado... Hasta que se dió cuenta. No era Adán, no al menos con el que se había encontrado. No con el vivo, no... Ese era el Adán que ella recordaba. No era la primera vez que se le parecía, la única ilusión que parecía consolarla.
— Nadie me escucha. ¡Cada vez están más cegados, caen en tentación por las palabras de ellos! ¿¡Puedes creerlo!? ¡Prohibieron los exterminios! —
En su voz latente la frustración mientras el fantasma alzaba una ceja tras oírle, incluso sobresaltandose al oírla. Rápidamente acercándose con alerta.
"¿Estás de puta broma? ¿En qué puto momento?"
— Y eso no es lo peor... Cambiaste. ¡Te cambiaron! Ni siquiera eres tú... Te ves igual, pareces igual.... — Las lágrimas de nuevo se habían acumulado en sus ojos, alejándose algunos pasos de aquella ilusión mientras se dirigía hacia la ventana que daba al exterior. Observando sin ver el paisaje que le revelaba. — ¡¡Quieres a Abel!! Lo... ¡Lo defiendes! —
Soltó como si aquella hubiera sido la más grandes de las señales de su cambio. Como si aquel detalle le hubiera encendido las alarmas pues en lo otro sólo podía encontrar justificación a que se contenía porque eran órdenes de Sera... Aunque también le extrañó haberle visto tan tranquilo en ese aspecto. Adán habría puesto el grito en el cielo, más después de que casi lo habían asesinado, si tan sólo prohibieran los exterminios como si nada.
El fantasma de su Adán se sobresaltó tras lo que escuchó, incluso llevándose una mano al pecho.
"¿Defender? ¿¡A ese mocoso!? ¡Es como un grano en los huevos! Carajo. Me lavaron el puto cerebro, dime que al menos me consta que todavía soy la primera puta polla de la humanidad"
Inhaló, profundo, en silencio y lentamente fue exhalando en lo que, observando el paisaje, pasó a observar su reflejo en el cristal. Otro reflejo, aunque en realidad no estaba, cerniendose sobre ella desde su espalda; Adán que se le había acercado.
"No pensarás dejar que me quede como un retrasado ¿Verdad? Ya me dejaste atrás una vez"
Apretó los labios. Ni una sola lágrima había salido de sus ojos a pesar de que antes de habían acumulado en ellos, sus manos cerrandose fuertemente en puños a sus lados mientras su mirada no se apartaba del reflejo de Adán.
— No, señor. Voy a recuperarlo y lo llevaré a su antigua gloria —
"¿Y qué hay de las escorias? ¿De los traidores? ¿De todos los que se cagaron en mi casi puta muerte?"
— Pagarán. Todos lo harán... Acabaré hasta con el último de esos demonios. Limpiaré la podredumbre del infierno y abriré los ojos de todos en el cielo o los haré caer al abismo. Así deba hacerlo sola —
Juro con su mirada oscurecida en lo que, son un gruñido de furia de tan solo pensar en todos ellos, en la forma en la que los ángeles ignoraban deliberadamente para su comodidad los cambios en la personalidad de Adán, daba un nuevo puñetazo al vidrio de su ventana hasta quebrarlo, agrietarlo, al ounto de que tal vez hasta una pequeña brisa podría hacerlo estallar.
El campo de entrenamiento ya no fue un lugar al que pudiera volver, pues no hubo maniquí que no acabara como peluche destrozado. Tan solo pequeños pedazos de lo que alguna vez fueron muñecos de entrenamiento ¿Y sus compañeras exorcistas? Adán las habría echado de una patada aunque ella no se contuvo de casi agarrarlas de las greñas. Ni una sola competente ¿Cómo era que se habían vuelto tan débiles? Se suponía que ellas eran el batallón de defensa del cielo, la única arma capaz de evitar una rebelión de parte del infierno... Ahora reducido a un patético grupo de niñitas que jugaban a ser soldados, pues sólo requería de un fuerte golpe a cada una para derrotarlas; un hecho que sucedió en la tarde. Ninguna fue un reto, no uno verdadero.
¿Y en las calles celestiales? Su humor no mejoró. Todos estaban tan tranquilos y alegres como de costumbre ¿Es que a nadie le importaba lo que sucedía? ¿Ni siquiera a Sera?
— Tsk... —
Chasqueó la lengua. Por supuesto que a Sera no le importaba ¿Cómo podía esperar que lo hiciera si había puesto al más patético de los ángeles como líder de las exterminadoras? Probablemente allí estaba la respuesta a la decadencia de eficacia en lo que alguna vez fueron sus compañeras.
En su habitación, los pensamientos se entremezclaron con sus sentimientos, con su alma rota y con su ira convertida en un fuego que era imposible de extinguir. La frustración creció mientras más pensaba; la decadencia en las exterminadoras, la indiferencia del cielo, los cambios en Adán....
— ¡Agh! — Y finalmente explotó, su puño metálico golpeando la pared de su cuarto hasta agrietarlo en todas direcciones.
Sus dos manos se cerraron como puños contra el muro, su frente apoyándose en la pared resquebrajada.
"¿Otra vez histérica? ¿Es que acaso siempre te baja la regla?"
Escuchó aquella voz, una que reconoció perfectamente. Se apartó del muro, levantando la mirada antes de voltear para ver a quien ya imaginaba; Adán. De brazos cruzados y recargado sobre un mueble.
Parpadeó varias veces con los ojos bien abiertos a punto de preguntarle cuándo había llegado... Hasta que se dió cuenta. No era Adán, no al menos con el que se había encontrado. No con el vivo, no... Ese era el Adán que ella recordaba. No era la primera vez que se le parecía, la única ilusión que parecía consolarla.
— Nadie me escucha. ¡Cada vez están más cegados, caen en tentación por las palabras de ellos! ¿¡Puedes creerlo!? ¡Prohibieron los exterminios! —
En su voz latente la frustración mientras el fantasma alzaba una ceja tras oírle, incluso sobresaltandose al oírla. Rápidamente acercándose con alerta.
"¿Estás de puta broma? ¿En qué puto momento?"
— Y eso no es lo peor... Cambiaste. ¡Te cambiaron! Ni siquiera eres tú... Te ves igual, pareces igual.... — Las lágrimas de nuevo se habían acumulado en sus ojos, alejándose algunos pasos de aquella ilusión mientras se dirigía hacia la ventana que daba al exterior. Observando sin ver el paisaje que le revelaba. — ¡¡Quieres a Abel!! Lo... ¡Lo defiendes! —
Soltó como si aquella hubiera sido la más grandes de las señales de su cambio. Como si aquel detalle le hubiera encendido las alarmas pues en lo otro sólo podía encontrar justificación a que se contenía porque eran órdenes de Sera... Aunque también le extrañó haberle visto tan tranquilo en ese aspecto. Adán habría puesto el grito en el cielo, más después de que casi lo habían asesinado, si tan sólo prohibieran los exterminios como si nada.
El fantasma de su Adán se sobresaltó tras lo que escuchó, incluso llevándose una mano al pecho.
"¿Defender? ¿¡A ese mocoso!? ¡Es como un grano en los huevos! Carajo. Me lavaron el puto cerebro, dime que al menos me consta que todavía soy la primera puta polla de la humanidad"
Inhaló, profundo, en silencio y lentamente fue exhalando en lo que, observando el paisaje, pasó a observar su reflejo en el cristal. Otro reflejo, aunque en realidad no estaba, cerniendose sobre ella desde su espalda; Adán que se le había acercado.
"No pensarás dejar que me quede como un retrasado ¿Verdad? Ya me dejaste atrás una vez"
Apretó los labios. Ni una sola lágrima había salido de sus ojos a pesar de que antes de habían acumulado en ellos, sus manos cerrandose fuertemente en puños a sus lados mientras su mirada no se apartaba del reflejo de Adán.
— No, señor. Voy a recuperarlo y lo llevaré a su antigua gloria —
"¿Y qué hay de las escorias? ¿De los traidores? ¿De todos los que se cagaron en mi casi puta muerte?"
— Pagarán. Todos lo harán... Acabaré hasta con el último de esos demonios. Limpiaré la podredumbre del infierno y abriré los ojos de todos en el cielo o los haré caer al abismo. Así deba hacerlo sola —
Juro con su mirada oscurecida en lo que, son un gruñido de furia de tan solo pensar en todos ellos, en la forma en la que los ángeles ignoraban deliberadamente para su comodidad los cambios en la personalidad de Adán, daba un nuevo puñetazo al vidrio de su ventana hasta quebrarlo, agrietarlo, al ounto de que tal vez hasta una pequeña brisa podría hacerlo estallar.