En el templo de entrenamiento, Kalhi observaba desde el borde con los brazos cruzados, la postura recta y equilibrada. No veía a sus compañeros como personas, los medía, los observaba, calculaba su fuerza, su equilibrio, pero sobre todo potencia, como si fueran herraientas.
El Kalaripayattu no era para tomarlo a la ligera.
Hoy había un testigo externo, un hombre que pidió presenciar el entrenamiento quién sabe por qué. Hablando demasiado y paseándose con una sonrisa ladeada, escupía palabras con voz lo bastante alta como para que todos escucharan, aunque nadie le prestaba atención realmente.
— Las mujeres siempre consiguen lo que quieren con manipulación, encanto o lloriqueo, pero no con fuerza —se encogió de hombros—. No es culpa suya, es sólo que la biología es así.
Kalhi lo estudió: mandíbula apretada, centro de gravedad adelantado y un leve olor a perro.
— Lo único manipulable es la debilidad —dijo ella.
Silencio.
— No soy débil... —masculló él.
Y queriendo demostrarlo, sacó un arma de fuego con la que apuntó a las piernas de ella.
Kalhi no retrocedió. Giró, atrapó la muñeca en trayectoria descendente, el arma se disparó, ella lo pasó por alto y pivotó, su cadera desarmó el equilibrio de él. Lo proyectó contra el suelo con un impacto seco que levantó polvo y pedacitos de orgullo roto.
El hombre intentó incorporarse. Ella ya estaba encima con la rodilla presionando su antebrazo, aunque sin romperlo. Podría hacerlo, pero se conformó con mancharle la piel con la sangre que escurrió de la herida de bala en su muslo.
— ¿Tanto te duele oír la verdad? Esa es una debilidad peligrosa...
Aumentó apenas la presión. Él gruñó y ladró una maldición.
— Dispararme no te da la razón, sólo prueba lo frágil que eres.
En el templo de entrenamiento, Kalhi observaba desde el borde con los brazos cruzados, la postura recta y equilibrada. No veía a sus compañeros como personas, los medía, los observaba, calculaba su fuerza, su equilibrio, pero sobre todo potencia, como si fueran herraientas.
El Kalaripayattu no era para tomarlo a la ligera.
Hoy había un testigo externo, un hombre que pidió presenciar el entrenamiento quién sabe por qué. Hablando demasiado y paseándose con una sonrisa ladeada, escupía palabras con voz lo bastante alta como para que todos escucharan, aunque nadie le prestaba atención realmente.
— Las mujeres siempre consiguen lo que quieren con manipulación, encanto o lloriqueo, pero no con fuerza —se encogió de hombros—. No es culpa suya, es sólo que la biología es así.
Kalhi lo estudió: mandíbula apretada, centro de gravedad adelantado y un leve olor a perro.
— Lo único manipulable es la debilidad —dijo ella.
Silencio.
— No soy débil... —masculló él.
Y queriendo demostrarlo, sacó un arma de fuego con la que apuntó a las piernas de ella.
Kalhi no retrocedió. Giró, atrapó la muñeca en trayectoria descendente, el arma se disparó, ella lo pasó por alto y pivotó, su cadera desarmó el equilibrio de él. Lo proyectó contra el suelo con un impacto seco que levantó polvo y pedacitos de orgullo roto.
El hombre intentó incorporarse. Ella ya estaba encima con la rodilla presionando su antebrazo, aunque sin romperlo. Podría hacerlo, pero se conformó con mancharle la piel con la sangre que escurrió de la herida de bala en su muslo.
— ¿Tanto te duele oír la verdad? Esa es una debilidad peligrosa...
Aumentó apenas la presión. Él gruñó y ladró una maldición.
— Dispararme no te da la razón, sólo prueba lo frágil que eres.